lunes, septiembre 07, 2020

Dórocy, la princesa golfa

Ubo huna vez una princesa bastante golfa, perdonadme, a la que sus amigas llamaban La Golfa, pero nunca delante de ella porque no tenían huevos. Era golfa, de acuerdo, pero practicaba el boxeo, y tenía un buen par de golpes con los puños cerrados que la hacían una temible adversaria en una situación potencial de enfrentamiento.

imagen @Stopfat0
Como buena princesa, era feúcha, pero compensaba su poco afortunado rostro con su porte principesco y, sobre todo, con su desenfadada golfería, lo que la hacía enormemente popular entre los miembros[i] de la realeza y de otros clubs populares, como el Club Stefania’s Selected Relax (seleccionamos, asimismo, clientela), el Pringao’s Club, o el Nuevo Club de Egipcios de Alaska, por nombrar unos pocos, aunque significativos, clubes.

Llamábase la princesa Dorotea, pero se hacía llamar Dórocy, con grafía hispanoamericana, cosa que excitaba mucho a los idiotas. Entre la falange de idiotas que vivía en la comarca del Golondrino en aquellos años, estaba el duque Medices, un duque bastante bueno en aquellos tiempos, que eran bastante parecidos a estos tiempos, porque hablamos de hace unos 2 años, más o menos. El duque Medices, un noble al que daban ganas de ponerle una admiración tras la ese, vivía completamente atontado y bebía los vientos por Dórocy pero era, como tantos nobles a lo largo de la historia, un ser bastante desdichado.

Su ducado apenas le reportaba nada interesante: algunos sinsabores, desde luego nada de dinero, y las risas de sus compañeros de colegio, sus socios del Pringao’s y del mundo en general. La profunda estupidez de que hacía gala, con envidiable vitalidad, le convertía en blanco perfecto de chanzas, bofas y mefas de todo el mundo, o al menos de la parte del mundo menos estúpida que él; para situar este dato en su verdadera dimensión, la parte del mundo a la que nos referimos, seamos francos, era un 98% de la humanidad.

Hasta Dórocy, mujer bastante estúpida, desde su propia bobería, se burlaba del pobre Medices con no demasiada piedad, cualidad humana que, si la adornaba, quedaba agotaba en la Asociación Para el Bien de los Negritos Pobres. Era en el trabajo en esa ONG, que presidía con tanto orgullo como ineptitud, donde, en efecto, justificaba su tiempo laboral, aunque sin resultado ninguno: La APBNP no se comía un saci, pero ahí seguía, dando lustre a la obra social de la Corona y entreteniendo a unos cuantos inútiles bienintencionados que se reunían un par de veces al mes para pensar cosas buenas para los negritos y ahí acababa el asunto; en pensarlas, toda vez que sus cabezas de huevo no producían una sola idea viable, ni hubieran sido capaces de recolectar un maldito euro para llevarlas a cabo. Sólo era otra ONG sin un mal proyecto en el que gastar energías reales.

Medices, el duque, llevaba mucho tiempo persiguiendo a Dórocy pero ésta, a pesar de su conocida golfería, a pesar de sus pocas luces, veía humillante el hecho de salir con el alelado mayor del reino; el duque era, creedme, gilipollas hasta el tuétano, el pobre. No obstante, como muchos gilipollas, Medices poseía la virtud de la cabezonería, era un auténtico pelmazo, un martillo de inmisericorde machaconería así que, finalmente, un día, la princesa se rindió y accedió a tener una cita con el noble memo.

Así que ahí tenemos al duque, el 16 de marzo de 2019, presentándose en la puerta de palacio, vestido como un idiota tirolés, con un ramito de perejil y muérdago y expectativas de mojar el churro, dada la -quizá injustificada- fama de golfa de la princesa golfa.

Le abrió la puerta Hanson Señora, el menordomo de palacio, primo de Benson, con su característico olor a merlucilla de anteayer y su aspecto cadavérico pero dulce, como de postre, y condujo al duque a la Sala de los Obtusos, el lugar de palacio donde, desde tiempo inmemorial, se recibía a los pretendientes de las princesas, incluso de las golfas. Mientras estaba esperando a Dórocy, con su ridículo ramo de perejil y muérdago, y su patético disfraz de tirolés con plumita y todo, el duque Medices pensó durante unos instantes en el destino, la fatalidad y todo eso, pero esta sorprendente hondura le iluminó sólo unos instantes: al mirar alrededor y oler la pasta, el ringorrango y todo eso que hay en los palacios, tomó la decisión de conquistar, a toda costa, el corazón de La Golfa y desposarla, porque, siendo princesa, bueno, el bodorrio, con su convite, lo pagaría la casa real y eso siempre viste cantidad. Y después de este estúpido e innoble pensamiento, Medices se empalmó como un macaco al ver a Dórocy bajar las escaleras vestida como una verdadera fulana (pensad en la imagen, en la escena final, de Olivia Newton John en Grease), pero más poligonera, con relleno para las tetas, alpargatas de plataforma con pedrería falsa y la hucha bien marcadita. Y bolso de puta.

¿Por qué coño te has vestido de tirolés? ¿Es una promesa…?

El pobre Medices, que trataba a toda costa de ocultar su evidente erección (era muy estúpido, pero estaba estupendamente dotado) en su pantaloncito verde, no supo qué responder a ese descorazonador saludo

¿Qué narices es eso…? – dijo Dórocy señalando el patético ramito de especias del estúpido duque que, lo juro, iba menguando su ya no demasiado imponente presencia.

Un Ramo De La Amistad – respondió, muy achantado, Medices, que había buscado en internet “Tipos de Ramos” y eligió el más feo, insulso e inoportuno, solo porque se lo enviaban esa misma mañana.

Vaya, eso sí que no me lo esperaba… ¿Y qué quieres, que me lo meta por el culo para purgarme? – dijo la finolis, y es que he olvidado señalar, en la semblanza de la princesa (magnífica, por otra parte), este rasgo tan bonito de su personalidad. La extrema ordinariez de la que le gustaba presumir.

No sabía que servía para eso – dijo el alelado marqués.

El caso es que sí servía para eso. Pero a Medices no le importó la grosería ilimitada de su lenguaje y su referencia escatológica, ni siquiera la poca amabilidad y educación que demostraba la pregunta. Acostumbrado a ver el lado bueno, o más bien, el lado que le beneficiaba de cualquier asunto, se agarró a la frase que antecedía a la pregunta, a ese “eso sí que no me lo esperaba”, para convencerse de lo bien que había ido la cita porque había conseguido sorprenderla. No le importó que la princesa hubiera quedado, sin hablarlo antes con el duque, con su monitor de fitness y su entrenador personal para la cena rómantica en el restaurante francés. Que no le hiciera ni puto caso en toda la noche (sólo en el momento de sacar la billetera le sonreía) y que acabara fumando en la fría y lluviosa noche madrileña mientras ella se lo montaba con los dos maromos en el Jaguar del duque. Para él, optimista incurable, estúpido en constante recaída, la cita había ido de cojones.

Un año después, la desposó. Pasaron muchas más citas humillantes - en varias ocasiones, no solo su coche, sino que tuvo que ceder su propia cama para que la princesa se acostara con jóvenes agraciados - y directamente peligrosas, como aquella ocasión en que de broma, le pegó un tiro en un tobillo y se lo destrozó para siempre, o cuando le dejó en pelotas totales, haciéndole creer que lo follaría, en un armario de un dormitorio de Ikea.

Pero, contumaz, se casó con la princesa. Y ni siquiera así consiguió acostarse con ella. En su viaje de novios se llevó a un prometedor pintor (prometedor porque le prometía muchas cosas, cosas que nunca cumplía) y a un batería borracho a los que se tiraba en noches alternas, ignorando carnalmente a su marido.

Podías hacerme una paja – le dijo un día mientras miraba al botones del hotel montar a su golfa mujer por detrás, y le ofrecía su miembro morcillón

Y tú podías ser un pepino, así me servirías para algo – dijo la princesa con ojos de perdida.

Ya en palacio, Dórocy siguió siendo golfa, Medices estúpido y el Madrid el mejor equipo del mundo. Medices se acostaba con los sirvientes gays, que eran cantidad, algunos al servicio de la princesa (y de la reina) y en ellos descubrió que para tirarse a un tío, o para que te la chupara, no hacía falta un gran esfuerzo, solo dejarse. También descubrió que los gays valoraban y celebraban su enorme pene y, sin mayores preguntas ni promesas, estaban dispuestos a celebrarlo.

Un día, el peluquero de Dórocy le dijo mientras se la meneaba con gran pericia, que el rey entendía, y que le iban las pollas grandes. Coño, se dijo Medices, es mi oportunidá. Se puso su pantalón tirolés (que guardaba desde su primera cita con Dorocy, como recuerdo “de una gran cita”) sin ropa interior y fue paseando al despacho real meneándose con la mano en el bolsillo para evidenciar la grandeza de su nabo.

Caramba – dijo el monarca, que era muy observador - , ¿qué tenemos aquí? – y él solito se respondió -  a fe mía que nos hallamos ante un notable mango…

Y yacieron.

Y resultó que de su fornicia desatada surgió el amor real; de una coyunda más que satisfactoria, el rey quedó prendado para siempre. Mandaron a la reina a recoger espárragos y desposaron, hombre con hombre, lo juro por mis hijos. Hizo un solemne comunicado a su pueblo:

Soy el rey y me caso con este, que le cuelga medio metro entre las piernas. Lo hago por el bien del pueblo. (vítores, fanfarrias y todo eso)

El duque fue, pues, rey consorte, y jamás dejó de ser estúpido y de anhelar el cuerpo de su mujer, porque el rey podía casarse con quien le saliera de los huevos sin necesidad de que el objeto de sus esponsales fuera libre a efectos del registro civil, institución que se pasaba por el forro con admirable olimpismo. Medices estaba casado con el rey y con la princesa, era supersangre real y se aficionó a la fotografía y al cultivo de narcisos.

 La princesa Dórocy siguió siendo una golfa y pasándoselo de cine, cepillándose a todo quisque, salvo al estúpido duque, ahora rey consorte.

Por lo menos, podías llamarme papá – le dijo Medices a Dórocy, y su carcajada se oyó en todo el reino

Otro día, su alteza real Medices le dijo a la princesa Dórocy

¿Por qué me tratas así?

Y ella, resuelta, respondió

Porque eres Estúpido. Y yo, una Golfa.

 

 

 



[i] Miembros: titulares de membresía o también, pollas

sábado, agosto 22, 2020

Al pasar la parka

Lo bueno de estos días es que tienen muchas cosas buenas. Pero, la mejor, para mí, es que al salir a la terraza puedo oír cómo las niñas, a la vuelta, cantan al unísono esas horribles canciones que, sin embargo, tanto me gusta escuchar, mientras juegan a la goma o a la comba. Las canciones son horribles pero oir a las niñas cantarlas me encanta, como ver a los chavalillos pasar por debajo de mi terraza en bici. Me gusta imaginar a las chicas, merienda en mano, esperando su turno para hacer ese trabapiernas que es la goma; o bien, quietas, haciendo de poste, o como le llamen a las que se quedan de pie, pacientemente con la goma en los tobillos, luego en las rodillas, luego en las caderas... cuando llegan estos días, y oigo el soniquete de esas canciones, sé que ya no es tiempo del clavo, que precisa de tierra mojada, es más de chapas o de canicas. Ya sé que el sol tardará en ponerse y las tardes serán largas, y que podremos jugar partidos a cocacola sin que se nos haga de noche, que es un fastidio.
Las chicas que me gustaban, mis amigas, en realidad, eran ya mayores para jugar a la comba y yo soy mayor para mirarlas sin levantar sospechas, pero es que me parece que no es primavera hasta que no empiezas a oír al pasar la barca, Te convido o cualquiera de esas. 
Yo vivo en el segundo piso del número 15 y, desde mi terraza, no veo a las niñas jugar, que las oculta una de las casetas que hay entre los dos edificos, pero las oigo, y sí que veo a los niños, con el bocadillo en una mano, y simplemente apoyando el dorso de ésta en la empuñadura del manillar,  pasar justo debajo de mí en uno de los extremos (el de suelo empedrado) del circuito oficioso de los biciclistas. El otro extremo del circuito es de tierra, en la parte más salvaje del jardín, la que queda junto al número 11 de la calle, pero dentro de lo que hoy llamamos urbanización, y que no es más que un espacio privado entre dos edificios.

Cuando haces este circuito en la bici, pasas por donde las niñas justo después de dar la vuelta bajo mi terraza. Es una especie de claro, de pequeña explanada empedrada, junto a la rotonda (el redondel) del aparcamiento, donde ellas se reúnen, algunas también con sus bocadillos, algunas con sus faldas de tablillas del uniforme de los colegios, todas tan bonitas, haciendo un conjunto tan deslumbrante, que te rompen el alma, aunque no te atrevas a decírselo a nadie, no te tomen por una niña o algo peor.
 
Los dos edificios que conforman lo que llamábamos el parque (la urbanización, que dirán los que hoy viven allí) son un total de 8 portales, con 8 pisos cada uno y dos viviendas en cada piso, y en la época del baby boom y tratándose de familias tradicionales, podéis imaginaros la cantidad de crías humanas que había por allí. Mis padres contribuyeron a la superpoblación con 7 churumbeles, de los que yo hacía el sexto, y no éramos, ni mucho menos, la familia más numerosa. Con semejante descendencia, no había una pandilla, sino una docena al menos, y dos años bastaban para diferenciar la pandilla de los mayores de la nuestra que, supongo, seríamos los pequeños, o algo por el estilo. Mi grupo de confianza era más reducido. Los nacidos en el 64/65 éramos unos poquillos que estábamos entre dos aguas y siempre recuerdo que nos quejábamos de lo mismo: en nuestra pandilla no había tías

Los mayores nos putean a veces, pero en verano, por razones de pura supervivencia, se diluyen las fronteras entre pandillas. El caso es que entonces, la mayoría veraneaba, es decir, unos días después de acabar el cole, se las piran a su pueblo, a casa de sus primos o donde fuera, pero se iban. Y quedaba en el parque como un pequeño retén de emergencia, compuesto por los que sólo nos íbamos en el mes en agosto. En alguna ocasión, por motivos de trabajo de mi padre, o porque la cosa no andaba demasiado fina en casa, ni siquiera en agosto y recuerdo esos 2 veranos (creo que fueron 2) como lo más espantoso de mi vida.

En uno de esos veranos conocí a Samuel. Samuel era, por decirlo en términos sencillos, un gilipollas con ínfulas. ¿Ínfulas de qué? Ínfulas de gilipollas, aisey. Era un gilipollas que hacía gala de su soplapollez en cualquier momento y circunstancia. Si en un momento dado podía elegir entre ser discreto y meter la pata, siempre metía la pata, y la metía hasta el sobaco, con convicción y alharacas, adornándose en la suerte y siendo muy, muy idiota. Yo, que entonces debía ser sólo un poco menos gilipollas que Samu, y a pesar de lo gordo que me caía, iba con Samu por dos razones. 1) No había nadie más, literalmente y 2) era mod. Lo siento, pero era así, era muy mod, con su flequilloindolente y casi albino,con sus zapatones, sus calcetines a juego con el polo, sus pantalones tobilleros, su speed de anfetas, sus camisetas de Specials... y yo estaba un poco prendado de todo aquello y me parecía que si aparecía en septiembre con un tío así, no sé, iba a molar muchísimo.

Fuimos en aquel agosto a un par de conciertos gratis por la pradera de San Isidro, fumamos un montón (algo que no me gustaba demasiado) y bebimos casi toda la cerveza que podíamos robar de la fábrica de Mahou, a pleno rendimiento en agosto. Las conversaciones con él eran estúpidas y siempre tenían lugar alrededor de un patrón que a Samu le gustaba marcar de antemano.
- ¿Hablamos de grupos mods? - era un ejemplo de patrón de lo que Samu entendía por una buena conversación que te cagas. A mí, qué quieres, me gustaban los mods, claro (Sómolosómolosómolosmods!) pero esta cosa gregaria de las tribus, esa necesidad de pertenencia, no la tenía. Él siempre decía grupos de la época, late 70s y early 80s, y yo siempre disparaba por Kinks, Small Faces, Searchers, Hollies... Un día (esa buenaconversaciónquetecagas tenía lugar, al menos, una vez al día) dije que los primeros Beatles, que hasta yo sé que no eran mods, nunca fueron tan poca cosa, no te jode, pero me dijo
- Esos son unos plásticos - que era como se despreciaba a aquellos que querían unirse a una tendencia, pero su falsedad quedaba en evidencia - y están superimportados

- ¿Cómo dices? 
- Que la gente le da mucha importancia, superimportados
- Se dice sobrevalorados, merluzo
 
Ese día terminó regular nuestra buena conversación que te cagas. Los Beatles son un tema serio. Si quieres que te aprecie, no digas gilipolleces sobre los Beatles, por favor te lo digo.

A veces, jugábamos a (perdón teníamos una buenaconversaciónquetecagas acerca de) cantar una canción no-mod y el otro tenía que adivinar el grupo y el título de la canción. Ese juego fue el detonante, la gota que colmó el vaso de mi paciencia para mandar a Samu a hacer gárgaras. Aquel día Samu estuvo gracioso, aunque sin pretenderlo. En ese juego -BCQTC-, muchas veces, claro, el título estaba en el fragmento de la canción, al menos en mi caso, porque Samu , que no tenía ni flores de ingés, inventaba la letra, pero dándose lustre con un convencimiento de estrella del rock, en una especie de inglés de pacotilla. Gracias a esa forma suya de cantar aprendí que Feelin' groovie, A hard day's night y Mull of Kintyre eran, en realidad Eslogan (por el principio, Slow down...) también conocida como la del rugby (feelin'grooovieeee....) , Espinajaus (el It's a been hard day's night, en su cabeza era Espinajaus, jaus, jaus...) y Ah, Look in time, que era como sonaba en su cabeza el Muuuuulll of Kintyyyyreeee inicial de Macca. Esa me hizo tanta gracia que se la hice repetir una y otra vez y cada vez me reía más fuerte, porque no podía creer que el pretendido experto fuera tan memo. 
Era muy curioso, y muy revelador, que el experto mod cantaba canciones nada mod, solo repetía las melodías que había oído a sus hermanos mayores (como me pasaba a mí, soy hijo musical de mis hermanos) o en la radio... pero en los 40, nada de radios independientes y emisoras guays.
 
Aquel día, juraría que acabando el mes de agosto de 1980, de mis 16, con aquel inolvidable Ah, look in time, mis risas, irreprimibles, os lo juro, fueron demasiado para su maltrecho orgullo y nos separamos, él cabreadísimo y yo muerto de risa.

El verano terminó como siempre, para mí, examinándome a primeros de septiembre de las 4 o 5 asignaturas que me habían quedado en junio y exprimiendo los días que iban del fin de los exámenes al inicio del curso, que eran los únicos en los que gozaba de verdadera libertad en el verano. Si me dijeran, ¿repetirías tu vida?, pues no lo haría. Aquello de catear 4, 5 o 6 era un verdadero coñazo y aun hoy lamento haber sido tan zoquete de no darme cuenta. En esos días, me llamó un par de veces Samu, pero no quise ponerme (te está llamando ese tío tan raro, me decía mi hermana, con el teléfono en la mano, sin tapar el auricular, y yo gritaba, ¡dile que no estoy, hoy tampoco...!) porque, bueno, decía Espinajáus y mis amigos ya estaban en Madrid y a veces, de adolescentes éramos verdaderos capullos, y yo soy un campeón en eso, podéis creerme.

Pasó ese invierno y hubo alguna llamada más de Samu y yo nunca quise hablar con él, me parecía que habían pasado siglos y no quería verle. Aquel año, repetí 2º de BUP y eso me hizo, no sé, madurar en algún aspecto. Mis nuevos compañeros de clase me parecían críos. Pasaron las navidades y en una fiesta de fin de año que se celebraba en la plaza de la Basílica, en la calle Orense, en los bajos, o el club social, o algo así de la basílica que daba nombre a la plaza, el grupo en el que tocaba, Los Residuos, en el que tocaba el bajo (de mentira, porque no tenía bajo, y tocaba con la guitarra eléctrica de mi hermano pequeño, que era más listo que yo, y sacaba mejores notas, y tenía guitarra eléctrica, una Les Paul sunburst, preciosa) daba un pequeño concierto. Normalmente, cuando me metía en un grupo, exigía cantar una de los Beatles, y luego hacía lo que me dijeran que hiciese. En ese concierto, mi tema era I call your name, lo recuerdo muy bien. El concierto fue un absoluto fracaso, con la gente sin hacernos ni
 
  
 
puto caso, pero salimos de allí sintiéndonos muy bien porque habíamos preparado un tema definitivo "Pero qué publico más tonto tengo" de KK de Luxe y nos quedamos tan anchos llamando subnormales a gente a la que no le importaba una mierda si cantábamos eso o si nos colgábamos de los huevos en el altar mayor.
Un rato después de que acabáramos entre la indiferencia absoluta del respetable, me estaba tomando un salvaje mirinda (el alcohol no corría por ahí, precisamente, y menos si eras pringadillo, como yo) y se me acerca un tipo con aspecto de lo que luego  llamarían skinheads, pero que entonces solo era como una versión radical y violenta de los  últimos mods, al que creía conocer, pero no recordaba bien
- Buen concierto de mierda... -  me dijo. Era Samu. Se había rapado la cabeza  y algo en su aspecto era truculento, desagradable, atemorizaba a un buen chico travieso como yo. 
- Coño, Samu, tú por aquí...  te veo bien
- Dos de tu grupo son mods, uno punkie y luego tú... que con ese traje pareces un gilipollas pringao
Glups.
- Hostia... iba a decir lo mismo de ti
- Yo no llevo traje
- No te hace falta. Con esa cara ya pareces bastante imbécil
Samu levantó y echó su puño derecho atrás teatralmente, como hace la gente que NO te va a dar un puñetazo, pero quiere que el personal crea que va a hacerlo. En nuestro verano, me lo hizo muchas veces, pero siempre me pareció una broma. Ese fin de año, aunque no lo demostré, algo en su mirada de loco, de su sonrisa nada amable y muy psicopática, me asustó de verdad. Vamos, que casi me meo encima.

Al salir de aquella desagradable fiesta (mal concierto, peor posconcierto) fui con mi ridículo traje gris, que me parecía muy mod, pero no lo era, y la guitarra de mi hermano colgando a coger el metro para volver a casa. Solo y derrotado, debía gastar un aspecto desastroso.  Desde lejos, en la boca del metro de Orense, vi que Samu me esperaba, fumando, iluminado a contraluz por la luz que salía del metro, envuelto en esa nube tan característica de humo de costo, con los brazos cruzados y las piernas abiertas asomando bajo la parka verde. Con los pies, enormes pies en esos enormes Dr. Martens como clavados en el suelo, me retaba desde lejos. Fui caminando hacia él, pensando que me caería una hostia o dos, pero sin darle la satisfacción de descubrir que me asustaba. Me detuve muy cerca de él, casi rozando su nariz y le dije.
- Feliz año, pringao - y pude oler su aliento, de porro y de rabia, de decepción y dolor y vi unas lágrimas anegar las cuencas de sus ojos mientras sus mandíbulas temblonas se tensaban de una forma, de verdad, temible. Pero, por alguna razón, no soy un pequeñajo, aunque jamás he intimidado a nadie por mi aspecto, yo le infundí a él más temor del que él me infundía a mí. Y, a punto de romper a llorar, pero, aguantando como un machote, se apartó y me dejó el paso expedito; empecé a bajar las escaleras sin mirar atrás.
- Te vas a acordar de esto, Wolffo -gritó, histérico y con un fondo de llanto en su voz - yo seguí bajando las escaleras, sin atreverme a volver la cabeza, muerto de miedo, tratando de no echar a correr, que era justo lo que querría haber hecho.

En aquel invierno no hubo más llamadas ni volví a saber de Samu. En el curso, en mi instituto, las cosas iban bien, me acostumbré a mi segundo 2º de BUP, a mis nuevos compañeros y a la vida sin suspender 5 en cada evaluación. Mis padres, tras el disgusto de mi curso perdido, dieron por bueno el trauma, y ahora, es verdad que un año más tarde, empezaba a parecerme más al chico que ellos hubieran querido que fuera.
 
Aquella tarde, salí a la terraza, a finales de abril, en una tarde de sol lánguido y perezoso, una tarde esas que anuncia un verano lento y caluroso y oí aquellas canciones otra vez. Claro, ya no eran mis amigas, ni siquiera la pandilla siguiente a la de mis amigas. Era otra pandilla de niñas jugando a la goma, y cantando las mismas canciones. Me quedé de codos en la barandilla de mi terraza, mirando al infinito y escuchando ese bendito soniquete que jamás admitiría ante mis amigos que me resultaba tan evocador. De pronto, por mi lado del parque, por una entrada del empedrado para peatones, irrumpió una vespa naranja, llena de espejitos y faros y entró a toda velocidad en el circuito oficioso de las bicis.

Paralizado, absolutamente petrificado, vi como la vespa atropellaba a dos niños que aprendían a montar en bici, los ignoraba y seguía su siniestro camino hacia las niñas de la goma y las canciones. Los gritos de pánico sustituyeron a mis canciones y me metí en casa para bajar corriendo al parque, porque el piloto de la Vespa, con casco, llevaba una parka verde siniestramente familiar. Llegué allí en pocos segundos y casi me muero de la impresión. Había tres niñas en el suelo en sendos charcos de sangre. El tipo de la moto, sin quitarse el casco, sujetaba a una cuarta niña por el cuello, contra su pecho y enarbolaba un enorme revólver. El hermano pequeño de esa niña, un crío simpatiquísimo de apenas 5 años gritaba sin parar que soltase a su hermana. El tipo de la moto gritó, sin soltar a la niña:
- ¡Cállate de una puta vez, niño...! - y esa voz, y la angustia que latía bajo ella, despejaron todas mis dudas. Era Samu; y como quiera que el crío solo empezó a gritar más fuerte y se acercó, con sus bracitos de plastilina, con la ilusa intención de liberar a su hermana, Samu le descerrajó, apenas a medio metro, un tiro en su cabecita castaña y pequeña, y ésta estalló como una pequeña sandía, con una explosión inútil y roja. A continuación, una quinta bala destrozó la cabeza de la niña a la que tenía agarrada, que estaba paralizada con la muerte de su hermano y sus amigas.
Samu todavía sujetaba el cuerpo inerte de la niña contra su pecho cuando se dirigió no sé muy bien a quién, pero señalándome, apuntándome a mí con su revólver.
- Ese hijoputa es el culpable de todo. 
Pensé que ya estaba, que yo era el destinatario de esa sexta bala y que la cosa, la vida, terminaba ahí. En ese lugar. En esa canción, al pasar la... parka.
Pero Samu se quitó el casco. Le había crecido el pelo otra vez. Ese pelo rubio pajizo tan lacio y tan de buen chico. Dejó de apuntarme.
- Feliz año, cabrón - dijo. y esta vez, no cabía duda, me lo dijo a mí.
Se metió el cañón en la boca y adiós.
Al pasar la parka, al pasar la parca.













miércoles, agosto 12, 2020

El hij0pvta del pantano

 

¡Ja! He sabido que si escribes pvta, con uve, en vez de escribirlo bien, con u, los bots censores de Facebook, Twitter y todo eso, se lo comen con patatas, porque bueno, son idiotas, por decirlo en términos científicos. También puedes escribir p0lla, con cero en vez de o, y es un truco buenísimo que no sé para qué sirve, pero es bueno, de todos modos, eso es innegable. En fin, esta introducción viene a cuento de que voy a contaros una historia susceptible de ser censurada por los poderes fácticos y opinativos y creo que aquí vendría bien un punto y coma, aunque, ¿¡quién usa hoy punto y coma!? ¡Yo!; una historia que pone frente al espejo de sus contradicciones a los poderosos y a la gente que compra en Mercadona productos frescos, que no me entere yo. Si llegas hasta el final de esta historia verás dónde he aprendido estas cosas tan provechosas.

Es la historia de Eibbor el Paio, un ejemplar raruno de ser humano que va por la vida como si nada, haciendo daño a la humanidad con su imperdonable actitud de comadreja plácida. Es de esas personas que, no sabes bien porqué, se te pegan desde pequeño y no te los quitas de encima ni con agua caliente: ya puedes cambiar de ciudad, de país, de planeta, que un día, estás tranquilo, a mil millones de kilómetros de todo, tomándote un café y aparece con su aura pelmaza alrededor en plan, coño, que casualidad y tú te resignas. Además, siempre ha tenido metida en la cabeza la idea (falsa, errónea, tóxica) de que somos colegas, cómplices, almas gemelas, por más que intente quitármelo de encima cada vez que aparece.

El Paio, debéis saberlo, es de raza aceitunada, una raza que os juro que en mi libro de 5º o de 6º existía, había gente de raza blanca, negra, amarilla, roja (indios americanos), indios normales (no arapahoes, no pies negros, no sioux) y los de raza aceitunada, lástima no conservar el libro, porque recuerdo leer el párrafo con estupor infantil y aun hoy, a mis 55, lo recuerdo vivamente. Raza aceitunada.

Eibbor toca la bandurria tenor en ASMA, Asociación Sabrosona el Merluzo Agrio que, en contra de lo pueda parecer, es un grupo indie insoportable, con ínfulas de son cubano, aunque ellos dicen, en un chiste preparado que colocan en cuanto pueden, que prefieren ser definidos como indi--anos (ja-ja-ja…). Además de eso, es vegano, tertuliano de verano y se hace truchos (pajas) a dos manos. Como veis tiene una fijación con las terminaciones en ano, quizá porque tiene un par de piernas que carecen absolutamente de interés, irrelevantes de la ingle al dedo gordo, y podría decirse de él que es persona solamente hasta el culo, que termina en el ano y que, de ahí abajo, ya no importa una mierda a nadie en el planeta. Tampoco es que importe mucho del escroto hacia arriba, pero hay quien se preocupa por él, como su madre y esa clase de personas.

Se ha hecho runner, y quiere que salga a hacer kilómetros con él y yo, sinceramente, prefiero una embolia. Se me agota el repertorio de excusas, y eso que he recurrido a las más psicodélicas (me ha salido una segunda espalda, viene a verme el Rey del Congo, he quedado con el descendiente directo de Jesucristo, que me voy a un congreso de gilipollas en Managua, que me ha sentado mal el elefante que me comí anoche, me van a operar del procesador para ver si puedo hacerme robot, porque yo me siento como tal), pero es tan insistente que un día, voy a tener que acompañarle… y ese día ha llegado.

Viene a buscarme en un Opel Corsa con culo/maletero separao (tercer volumen) negro del 92, con una especie de lenguas de fuego a los lados y un spoiler trasero que, además de feo, es completamente inútil.

¿Y este coche?

Ya ves… ¡un clásico!

Sí… el clásico coche del hortera de hace 30 años

Si tiene hasta spóiler

Prefiero que no me cuentes el final, mejor descubrirlo por mí mismo, ja ja ja

Ja ja ja, por el spólier, lo dices, qué gracioso eres…

Fuimos al Pantano de Valtimore del Condado, conocido localmente como Paidelamanesía, pues era la célebre fotógrafa, diseñadora, cocinera, bajista y rompecorazones PaiPai quien con sus fotos del

Pai sunrise
Foto @paidelmal
amanecer (de la amanesía) sobre el embalse, dio fama internacional al paraje.

Empezó a dar saltitos y a hacer movimientos raros que él llamaba estiramientos, mientras daba rienda suelta a su locuacidad y de pronto dijo

Coño, la mascarilla

Y se puso una especie de pañuelo de cuatrero color caca

¿Te pones eso para correr? Le pregunté alucinado. He de aclarar que todo esto sucedía el año pasado, cuando las mascarillas, fuera de un quirófano, de un laboratorio, resultaban extrañas

Claro que sí, hombre, por la contaminación, los trasgénicos y el cambio climático

¿Y el feminismo…?

Bueno, un poco por el feminismo, también

Y los migrantes, claro

¿Eh…? Me miró extrañado ¿y qué tienen que ver los migrantes con esto? Dijo como si todo lo demás sí que formara parte del mismo batiburrillo

¿No estiras? Me dijo mientras hacía unos movimientos nada atractivos. Le dije que esa parte, y la parte de correr, prefería dejársela a él, que yo había ido más a meditar y eso. No es que le pareciera bien mi explicación, pero le descubrí, mirándome a hurtadillas, como intentando calibrar el diámetro de mi tripa y tratando de averiguar, como quien mira los anillos de la sección de un árbol, cuántos años llevaba sin

hacer ejercicio, y me dejó en paz. Quedamos en reunirnos allí mismo una hora después y se marchó a una velocidad encomiable, con una especie de alegría juvenil y dicharachera y un vaivén relajado, recordándome una vieja comedia de los 90, alejándose en unos segundos de allí, dejándome una impresión agradable y desapareciendo de mi envidiosa mirada. La envidia, debo decirlo, duró tanto como su imagen al desaparecer tras el primer grupo de árboles.

Cerca de donde estaba, por no despistar al personal, o por no darme una caminata inútil, me senté en el suelo, apoyando la espalda en un pedrusco gordo y me quedé como un cesto en cuestión de segundos. Todo en esa mañana sucedía en cuestión de segundos, al parecer. O eso, o estoy repitiendo un poco más de la cuenta mis coletillas.

Desperté casi en seguida, y me puse a dar un paseíllo, buscando un recoveco bueno para mear, que tenía la vejiga a punto de estallar. Como allí no parecía haber nadie, me encaramé a una piedra enorme que había en la orilla del embalse y me puse a mear al agua fijándome, más que en la bella estampa que –sin duda- estaba componiendo, en que el pis dibujara un bonito arco y aproveché para, como suelo hacer cuando creo estar solo, forzar la máquina abdominal para expulsar un sonoro cuesco a todo lo que da. Fue, podemos admitirlo sin miedo a parecer inmodestos, una gran ventosidad, más cercana al chapoteo de un hipopótamo que al redoble de timbales por lo que, presumí, los calzoncillos debían ser cambiados cuanto antes, pues esos cuescos con tropezones son placenteros de expulsar, en la misma medida que aspersorhez, que es la forma culta de unir las palabras aspersores y hez.

Contraviniendo la Teoría General del Peo, que reza en su apartado IV que entre el peo y el olor se establece una relación inversamente proporcional, aquella fue una explosión de notable estruendo y aún mayores efectos odoríferos.

hmmm... cortezas, dijo una voz femenina que me resultaba familiar, pero que no me atrevía a identificar con exactitud. E hice bien, oh, capitán, mi capitán, pues allí se encontraba Isabela Caballuna, con su cámara Réflex aún humeante. Había sido alcaldesa de Valtimore del Condado hacía unos años, cuando su partido ParMonPro (Partido de las Monjas Progres) era predominante en la zona, antes de que el escándalo de los hábitos en B acabara con su credibilidad.

perdona, ¿me has hecho una foto? le dije en plan chulito

Técnicamente, no... me dijo ella, bajándome los humos

¿Tecnicamente...? 

He hecho una foto del paisaje, y puede que salgas, lo sabré cuando revele el carrete

¿Carrete? Maldición, era de esas. De esas personas que saben discutir. De esas personas que saben andar por la vida. No como yo, que sólo sé cagarla. De esas personas que te desconciertan con una cortinas de humo (carrete) y se van y tú te quedas con cara de pánfilo

Cuando volvió El Paio, aún seguía con cara de gilip0ll4s (para que veas que yo también sé escribir como la gente lista) y me preguntó que qué me pasaba. Le conté. 

ah, bueno, no te preocupes, no pasará nada, solo es periodista, ya no es alcaldesa, no te va a multar ni nada

joder...

 Una cosa he aprendido de Eibbor El Paio, y es que nunca acierta, por fácil que se lo pongas, su proceso mentañ siempre le lleva a la conclusión equivocada. Es una especie de don que tiene. Y, hace más o menos un año, justo en los días en que sucedieron estos escalofriantes hechos que hoy relato, obtuve la última prueba que confirmaba esta teoría sin fisuras.

Resulta que había quejas en el pueblo porque en las últimas semanas, habían detectado un sabor extrañamente amargo en el agua y los tribuletes locales andaban como locos buscando pruebas que señalaran al culpable de la teoría conspiranoica en boga: una empresa malvada hacía vertidos ilegales en el embalse. Y al día siguiente de mi amable encuentro con la antaño regidora municipal, hogaño incisiva piriodista, me encontré con esta portada en uno de nuestros periódicos locales.

Los muy cabrones, prensa manipuladora, me habían photoshopeado y me habían puesto una cabeza -la de arriba- enorme.

(y ahora, ponte los cascos y escucha esta delicia)





jueves, agosto 06, 2020

Te como mucho

Mi amigo Olegario Cifuentes, el Cifu, siempre sabe de qué hablar. No como yo, que prefiero el silencio a la charla casual. Es otra forma de verlo. Quería mucho a su hermana Lorna Cor y yo, en eso, coincidía. Bueno, yo, más que quererla, quería desnudarla y morderla bastante, y toquetearla de forma más bien insistente y cariñosa, y no niego que me gustaba que ella estuviera alrededor, pero no necesitaba hablar, o parecer listo, empático, gracioso o esas cosas que necesita la gente (las chicas sobre todo, seamos sinceros). Me gusta que Lorna esté y poder achucharla de vez en cuando, pero admitámoslo, su conversación es demasiado... no sé cómo decirlo, insustancial. Solo habla de verdad si el tema de conversación es ella, pero si quiero comentar con ella cómo me gusta la vichyssoise, entonces ni se desnuda ni quiere que le haga cosas, o hacérmelas ella, ni nada.

Total, que pillé 3 puerros hermosos, separé lo verde y lo eché a un caldo, con 2 patatas enteras, un cuarto de pollo, una zanahoria y un huesecillo de jamón. Venga, ¡al hierve!
Como una media horita
En esas, le digo, Lorna, bonica, si adivinas lo que viene a continuación, ye dejo que me des un masaje en las rodillas, que es una cosa que está muy requetebien. 
Sorprendentemente, mi oferta no hizo mella en ella, ni se quitó la camiseta ni nada. 
Mira, le dije, cortas en trozos los puerros, una cebolla y lo rehogas un par de minutillos, sin que llegue a dorar, solo que poche. Ella ni caso. Entonces, saqué las patatas (ya casi cocidas) y le toqué un poco el culo, como disimulando, con resultados desastrosos. 
Eso es acoso, me dice
No, eso es lo que llamábamos un palmeo casual, dije, mientras cortaba las patatas en trozos grandes y las añadía a las cebollas con ese estilo austero característico del buen castellano. Eso se rehoga un segundillo antes de añadir el caldo. 

Si bien soy un hombre discreto, no soy reticente a mostrar mi alegría cuando la ocasión lo merece y así lo hice cuando ella, mas acalorada que insinuante, se quitó la chaqueta 
Después, poca historia: batir y colar, dejar enfriar y aliñar un pelín con un buen aceite, pimienta y su poquito perejil. Y voilá. 
Mientras enfría en la nevera, te voy a hacer una empanada, Lorna. 
Oh, qué emoción, dice la muy zorra. 
Te vas a enterar... Sartenaca, cebolleta, pimiento rojo asado, 2 tomates maduros rallados y una chispa de vino blanco. Y carne picada y un par de choricillos, vive dios. 
Ahora, a rellenar la masa (esta vez, comprada), decorar con los recortes de la tapa, pintar con huevo y al horno. 

Lorna, podéis creerme, en los 20 minutos a 200 grados en el horno... Se quedó dormida. 
Pero luego, después de comer me hizo unas cosas francesas que, como soy un caballero, no pienso decir que me la... Bueno, eso, y además no diré lo bien que lo hizo porque soy discreto y porque quiero que lo vuelva a hacer y porque no está bien decir de una mujer que te ha comido todo... Me refiero a que se lo ha comido todo, la vichyssoise y la empanada, y lo mío también, fijaos si tendría hambre. 


 

lunes, julio 27, 2020

Me declaró la Paz

Octavia, sabrosa y sexual como pocas, al parecer, estaba en guerra conmigo. Estábamos en guerra, vaya, pero no una guerra demasiado cruenta, al menos para mí, hasta el punto de que desconocía que se hubieran desatado las hostilidades.

Ella me gritó aquella vez, vale, insultos, manotazos al aire (mírala mover sus manos al hablar de una forma teatral -al modo andaluz, más que italiano- y, lo admito, excitante, que me empalmo, vaya) y ese tipo de cosas, y yo resolví no volver a verla. Para ser justos, en el fragor de la batalla, yo la acusé de inmadura, que no sé exactamente si es un insulto (imbécil sí lo es, de eso no hay duda), pero básicamente aguanté como pude el chaparrón de histeria de su ira tan locuaz, con lo que me pareció una elegante distanciamiento, tirando mis darditos, vale, pero hierático y con la tranquilidad del que sabe que como se mueva mucho, le cae una hostia liftada.
Octavia es artística, modernista y surreal, premiada y reconocida, diplomática y dueña de una de las mejores curvas cadera/muslo de todos los tiempos y lugares, lo que propiciaba un glorioso cruce de piernas cuando se ponía vaqueros.
Pero, técnicamente (no sé si os habéis dado cuenta, pero cuando alguien dice "técnicamente", rara vez se alude a cuestiones técnicas, suele ser preludio de una precisión, como ahora, conceptual) no estábamos en guerra. Hasta el día en que se puso como una hidra, nuestra situación era la de siempre: yo intentaba tocarle el culo y las tetas cada vez que la veía y ella me esquivaba con la facilidad con la que una anguila
esquiva a un hipopótamo, si bien debo decir que yo soy más pesado... pesado no, más contumaz que un hipopótamo. Siendo yo pesado como un hipopótamo joven, podríamos decir, y ella contumaz como el conejito tamborilero de Duracell, bueno, y también una sirena elegante y acuática, pero también un poco cabraloca y dispersa. Esa era nuestro statu quo.
A partir del Día De Los Gritos, yo no quería verla. Y pensaba que a ella se la sudaba, pero resulta que no, que ella pensaba que estábamos en guerra. Y en esas, un día me dice: por mi parte, paz.
Un armisticio, cómo decirlo, en la guerra, un armisticio sería la suspensión de hostilidades pactada entre pueblos o ejércitos (o razas animales hipopótamo/conejito a pilas) beligerantes.​ Según la Convención de La Haya de 1899, suspende las operaciones de guerra por un mutuo acuerdo de la beligerancia.
Smittiger, filósofo Austriaco de la primera mitad de los 60 no estaría de acuerdo con esta definición, así que Octavia usó lo que la gente enteradilla llamamos la excepción Smittiger para declararme la paz por su cuenta y riesgo.
Fue un gesto encantador, lo admito, pero no firmamos y fue por mi culpa. Quién lo iba a decir, conejilla, que un día me plantaría ante ti, antaño dominatrix, la que dominaba hasta mis sueños, hogaño la extraña más íntima que tendré jamás.
Mírala.
Está con los pies juntos, descalzos, atados entre sí y a la silla. las manos, juntas y detrás y duerme como un ángel, un ángel de alas rotas y apresado, y me ha declarado la Paz. Cierto, eso ha sido antes de que subiera a su casa, corriendo escaleras arriba, de dos en dos, de tres en tres, para plantarme ante ella y entrar en su casa de forma expeditiva, empujando su cuerpo sorprendido e inmóvil por el desconcierto.
Por allí, por cierto, estaba su marido, Octavio (sí, hija, un matrimonio de Octavio y Octavia, qué le voy a hacer), que no dudó en venir a socorrer a su mujer, en el suelo y desubicada. Octavio es un buen empleado de banca, lo juro, pero los buenos empleados de banca no afrontan bien estas situaciones, se puso nervioso y empezó a decirme tonterías del tipo... bueno, esas tonterías que dicen los empleados de banca, que si con qué derecho, que si no toleraría...y tuve que hacerle entrar en razón con un golpe seco del canto de mi mano en su frágil y nuezuda garganta. Se calló como un pajarito herido, gimiendo naderías, muy desagradable de escuchar, así que le abrí la garganta de un navajazo y allí se quedó, con la espalda apoyada en la pared, tiñendo su ropa de empleado de banca de rojo oscuro, como un bobo, jajaja.
Octavia está paralizada... o más bien muda y como atontada.
¿Dónde están tus modales?
Ofréceme algo, hija, le dije empujándola fuera del hall que, de verdad, se estaba poniendo desagradable, con toda aquella sangre. Si alguna vez le dais boleto a un tío flacucho, no os sorprendáis, sangran mucho más que nosotros, los gordos, y su sangre es más oscura.
El bebé estaba en la cuna. Bastante mono, pero muy mal conversador
- no le hagas nada, por favor
Octavia debe ser idiota. ¿Cómo no me di cuenta antes? Los bebés me la traen floja, solo quiero que ella me explique porqué me ha declarado la Paz, creo que no es nada estrambótico lo que estoy pidiendo. Lleva una especie de pañuelo sedoso, un fular, y un vestido gris muy claro, casi, casi blanco. No puedo evitarlo y le doy un tremendo puñetazo en la nuca y ella cae como un saco de arroz, pero sin derramarse.
A los pies de la cama, hay una silla de madera, con asiento de nea, y la siento allí con delicadeza, atándola de pies y manos. Si hace 2 semanas me dicen que voy a tener sus pies desnudos en mis manos y no voy a hacer nada, no me lo creo. ¡Con lo que soñé yo con esos piececillos!
¿Por qué me declaraste la paz?
Incluso así, inconsciente, la forma en que sus pechos llenan el vestido, sus pies desmayados, caray, casi me hace dudar.
Ella me rompió el corazón, así que la paz, o la acordamos, o se la mete por el culo. A estas alturas, hasta yo me doy cuenta de que me he metido en un lío fenomenal.
Saco el móvil y le pregunto a Google "¿Cómo sacar el corazón a una persona?", porque es lo que quiero hacer. Rajarle el pecho y sacarle el corazón. Pero Google para estas cosas no sirve, todo son consejos de mierda y autoayuda
Si alguna vez os dicen que a Google le puedes preguntar cualquier cosa, eso es verdad, Google tiene todas las preguntas, pero solo algunas respuestas, y ninguna válida, creo en esos 72,000,000 de respuestas que reporta en solo 0.49 segundos
Tengo que matar a Octavia. He matado al chupatintas de su marido y ahora tengo que matarla a ella.
Y cuando me pregunten que por qué la he matado, solo tengo que decir a verdad: ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
Ella me declaró la paz.




Una canción maravillosa, que no gustará a casi nadie y en la que se da la particularidad de que toco la batería, por primera y única vez

Me falta un elemento para completar
la fórmula del viento que sopla detrás
siento que su aliento ya me empujará
descubro el yacimiento del que surge el mar
de tu risa,
me quiero ahogar
entre carcajadas
imprevistas, nado al compás
de tu vaivén y tus caricias

... y luego cuando todo parece acabar
surge la sorpresa que alarga el final
ahora soy yo la presa que quieres cobrar
me escurro entre tus dedos y ese instante
no acabará
quiero escapar
-eterno el tiempo detenido en tu mirar-
no dejarás
Que estemos juntos solos
Ni una vez más

Salto, y tú no estás,
Duermo y me velarás
Canto, y tú me oirás
Callo, y el silencio me viene
Detrás
Quieres dormir
Y el eco de mi voz te despierta
Y quieres huir
¿adónde irás?
Si yo no te persigo...
Vivo dentro de ti

viernes, julio 17, 2020

El miedo

El miedo es uno de los mejores sitios para enrollarse.
Mary, orgullosa a pesar de todo, sigue a su rollo, pase lo que pase, no protesta cuando me siento, en la barra, a su lado y pido una cerveza, de barril, por favor, no me importa la marca, mientras intento controlar el tembleque de mi pierna derecha, eléctrica y autónoma, que se pone a temblar de forma espástica cada vez que una mujer me deja rondarla. Dudo que Mary si quiera sospeche que la estoy rondando y de lo que no hay duda es de que me mandaría al infierno si tan solo lo sospechara. Pero si no lo sospecha no es porque sea tonta, que no lo es, sino porque todavía no he abierto la boca y no se me ha brindado, aún, oportunidad de meter la pata.
No soy de los que piensan que meto la pata, pero uso esta expresión, esta clase de expresiones como meter la pata, o cagarla, para referirme a lo que la gente piensa de mí, cuando la gente repara en mi presencia, cosa que, afortunadamente, no sucede muy a menudo. Me encanta la curva de los muslos de Mary.
- Sé lo que estás pensando - le digo sin pensarlo, y lo digo de una manera idiota y arrepintiéndome nada más dejar escapar esas 5 fatídicas palabras, y Mary, que sólo quería tomarse una copa en paz y que, os lo prometo, no necesitaba de mis opiniones para nada en ese momento. Nunca, en realidad, pero en ese momento era palmario que no lo necesitaba.
- ¿Ah, síii...?
Estamos en  El miedo, un pub de mi pueblo, una reliquia de los años 80 que sigue abierto porque Francis, el dueño, no tiene ni idea de que se pueden cerrar los negocios que no dan dinero, él piensa que su sitio en el pueblo es ese, el de dueño del pub, y ahí sigue, igual de miserable que en 1987.
- Sí, claro que lo sé
- Me parece que no - dice mientras da un cuarto de vuelta y bebe, de frente a la colección de botellas de licor pegadas al espejo de rigor, pero le gusta el juego, aunque aún no ha decidido si me deja jugar, o jugaremos ambos una partida.
Mary bebe Peppermint, de Marie Brizard, o sea que es más antigua aún que El miedo, pero sus
muslos son magníficos.
- Sí que lo sé, Mary, tú quieres verme bailar - he oído cómo salían esas estúpidas palabras de mi boca,  incluso antes de que salieran, cuando subían, aún formándose, por mi garganta, y quería detenerlas, porque, os lo aseguro, nadie quiere verme bailar. Nadie. Soy el bailarín más inepto del planeta, el hombre con menos gracia que hayáis conocido jamás.
- ¿Cómo dices...? - dice Mary - Y además, ¿por qué me llamas Mary?
Eso, os lo juro, es lo último que me esperaba de Mary, que no se llamase Mary. Toda una sorpresa.
- ¿No te llamas Mary? - debéis saber que tiene unos muslitos, así, con curvita, que son 100% Mary, y que me gustan bastante, si no, jamás me hubiera atrevido a abordarla con esta galantería castellana que gasto - En serio, te llamas Mary
- Nop - dice ella convencida. Si supiera cómo hacerlo, haría una encuesta, porque tiene que llamarse Mary por huebos - y huevos es con uve
- Pero no puedes corregir la ortografía de mis pensamientos, Mary, eso no cabe en cabeza humana
- Pues acabo de hacerlo, Sebastián - ¡Ahá!, ahí lo tenemos, Mary es lista, un hueso duro de roer, quiere que le pregunte que porqué me llama Sebastián, pero no pienso hacerlo, porque entonces ella me dirá que lo hace porque yo insisto en llamarla Mary
- No lo haría - insiste en leer mis pensamientos, la muy zorra - llámame como quieras, pero no me llamo Mary, solo quería que lo supieras
- Oh, solo quería que lo supieras... sili quiríi qui li sipiiris ... - mi falta de réplica es alarmante - ¿y cómo quieres que te llame?
- Preferiría que no lo hicieras -y, como advierte mi gesto de idiota integral, no entendiendo nada, se explica -, me refiero a que no me llamaras. De ninguna manera. Que no me llames jamás.
...
Joder.
Le daría un guantazo, la verdad.
Cabrona. Es mucho más lista que yo, y esos muslos... le perdonaría el Peppermint, incluso, bebida de putas, admitámoslo sin hacer aspavientos de corrección política, y el que sea tan lista es super sexy, que creo que es con i latina, así lo escribe una de las princesas de este mundo que más admiro, pero me gusta más con y griega.
Ya no estoy para muchos trotes, la verdad, pero le daría buenos besos y le podría dar la oportunidad de practicar la esgrima verbal, porque cuando ya no estoy nervioso soy listo yo también. Incluso más que ella, me atrevería a decir, y tendríamos buenos combates mentales y un poquito de sexo casual de vez en cuando, y la convencería de que dejara el Peppermint
- Ni de coña
- ¿Ni siquiera para salvar lo nuestro?
- Nooop
Y se marchó de El miedo.
O sea, me dio un corte de cojones, pero, a la vista está, ¿no es un sitio genial para enrollarse?
Me voy.





miércoles, abril 15, 2020

Solomillo tinto y puré de papas: lo que España necesita hoy

Quizá una persona mejor, y no el medio hombre en el que me he convertido, podría explicarlo mejor. Com menos estilo (no todo el mundo domina el español como yo) sin duda, pero sí más claramente. Quizá esa persona os hiciera comprender sin mucho arabesco, acaso abruptamente, la necesidad que hoy España, esta España confinada y cautiva (de corazón, corazón malherida), tenía de este sublime solomillo al vino tinto, acompañado de puré de patatas (natural, eso ni se pregunta} al estilo danés.

The recipe
Total, que en una olla sincera (una de la que os podáis fiar) echad el consabido chorretón de esencia de aceituna (vulgo, aseite) y cuando esté caliente selláis el solomillo entero sin piedad. Un par de minutos por cada lado, su puntito de sal y fuera, que luego vienen las prisas. Retira el glorioso pedazo de carne (el de la foto, antes de cocinar eran 900gr) y en el mismo aceite echa, todo cortado en dados no demasiado pequeños, una cebolla mediana, un par de dientes de ajo y un pimiento rojo (si te pilla sin pimiento rojo, vale uno verde y una zanahoria). Su poquito de sal y a dejar que se cocine la verdurita y que limpie de restos de carne el fondo de la cazuela.
Retiremos la verdura ya cocinada, 15/18 minutos aproximadamente, y hagámosle saber a estos productos de la huerta cómo se las gasta un español entre fogones, lo que alguna gente llama batir o, mejor, triturar. Se vuelve a poner, ya convertido en un sustancioso puré, en el fondo de la olla y se deposita, sin violencia, pero con la terca determinación del castellano viejo, la carne sobre esta triturada ambrosía que ya debería estar chopchopeando (sobre todo si no apagaste el fuego) cuando acometamos los siguientes y necesarios pasos. Se añade, entonces, un generoso pellizco de pimienta negra molida a lo largo del gran cipote solomillal y se echan, consecutivamente una cucharada de salsa de soja y una copa de vino tinto (unos 175cl). Cocina 5/7 minutos, para que evapore el alcohol y añade 200 cl, un vaso, de caldo (yo he puesto de buena mañana un caldo de verduras y jamón para cocer las papas del acompañamiento y he usado ese caldo) y deja cocinar unos 35 minutos.
Está listo. Y usted, querido amiga, apreciada lector, debería estarlo también. Que esto se enfría...

lunes, marzo 23, 2020

Paranoia

Me pediste una canción y la encontré, luego se me resbaló y se me escurrió entre los dedos, pero me
hice agua y bajé a las tuberías, y avancé, veloz y húmedo, hasta que la vi, nadando unos metros por delante de mí.
No le quitaba ojo por dos razones: necesitaba aprehenderla y, caramba, era una melodía preciosa y un ritmo endemoniado y te imaginaba moviendo las manos como sólo tú las mueves y quise abrazarte.
Pero no te gustó. Te sentiste atacada y yo... solo quiero cantarte tu canción, que son mil canciones, pero siempre es la misma canción, mi querida Lorna, siempre eres la misma maravillosa canción.
Hoy, te la canto así:




Paranoia

Te persigo si caminas delante de mí
Ni te quieres ir, ni te quieres quedar
No me echas de menos, ni de más

Te vigilo si te pones bajo la luz
Si bailas pa mí, si me haces mirar
Entonces miro, ¿qué esperas de mí?

Y en el mundo real, el espacio entre tú y yo
Nos hace más fuertes, nos da  más valor
Sin nada que perder, ni gente alrededor
Esta paranoia tiene que acabar

Guárdame esos besos que siempre me diste
Y abraza el recuerdo que ahora no existe
Y que habrá que imaginar

Y si no se te ocurre ya cómo alejarme
Ábreme tus sueños y déjame hablarte
De lo que no quieres hablar

Y en el mundo real, el espacio entre tú y yo
Nos hace más fuertes, nos da más valor
Sin nada que perder, ni gente alrededor
Esta paranoia me va a destrozar



Me has pillao’tra vez con el paso cambiado   
descolocado
Y la paranoia... ahora me toca a mí


domingo, marzo 22, 2020

¡Libertad para las tostadas!



Bueno, te hice aquellas tostadas, eso para empezar. La gente, esa gente, dice que si tal y que si cual, pero esas tostadas, Lorna, esas tostadas no las olvidarás fácilmente. Puede que el mundo no se detenga ante unas tostadas, pero cuando no te las esperas, incluso cuando dices, como dice todo el maldito mundo, esa chorrada de es que a esta hora no me entra nada, incluso entonces yo te hago unas tostadas, y tú dices, ufff, eso es mucho, pero yo te dejo las tostadas y en menos de dos minutos han desaparecido del plato.
¿Cómo dices? ¿que una relación adulta no se sostiene sobre unas tostadas? bueno, algunas personas, y no hablo precisamente de las personas más lerdas, no dirían lo mismo. En fin, quizá tengas razón, y las tostadas no sean la piedra angular de una relación, pero tengo más prestaciones, no soy como la Frenchie de Small Time Crooks, cuyas galletas Sunset Farms le valieron el ascenso (y la caída), y que eran, junto a los spaghetti con albóndigas de pavo, su única habilidad culinaria, yo sé hacer más cosas, además de tostadas. Sé hacer cosas y me gusta ver cómo te las comes, aunque a veces se te olvide decir que están buenas, o que no están tan mal, o simplemente gracias.
Aquellas tostadas, ¿eh...?


Saliste de casa sin muchas ganas, ¿recuerdas? pero el estómago satisfecho. Fuimos dos mamarrachillos sin oficio ni beneficio, en tiempos libres, cuando podíamos andar por la calle sin dar explicaciones, sin saber el valor que tenía eso, ser libres. Sin conciencia del tesoro que era caminar por la calle y alternar con otras personas.
Ahora ya no sirve de nada, pero de nada absolutamente, recordar aquellos tiempos, aquellas sencillas tostadas, pero no me queda otra, Lorna, que remembrar los hitos y vaivenes de nuestra agitada historia; porque en estos días grises y enclaustrados, en los que ver a otros, hablarse cara a cara con otros, besar y tocar a otros son cosas tan, tan lejanas, pensar que hubo un tiempo en que tú y yo nos tocábamos... en fin, es inevitable.
Era un ritmo lento, pero constante y pegadizo, empezabas llevando el compás con el pie y acabas bailabdo como en trance y aunque el tempo no varía, el final es salvaje y tremendo.



 

Así era el ritmo de nuestras mareas. Empezábamos tonteando y crecía la intensidad hasta que, como una tormenta, estallaba el mundo, estallaba todo.
Aquel día, junto a la playa, en vacaciones, nos despertamos tú y yo temprano, cosa rara, sobre todo en ti, y preparamos juntos aquellas tostadas... bueno, tú pusiste el café, y el aroma de tu propio ser en aquella mañana, mientras yo preparaba las tostadas. Y todos los demás dormían.
Como cada noche en aquellas vacaciones en Sanlúcar, el alcohol, la música y la francachela se alargaron hasta bien etrada la noche y en un par de ocasiones, entre las risas, las canciones a voz en cuello y los bailes etílicos, nuestras miradas se cruzaron, nuestras sonrisas se dispararon... incluso un ar de veces, nuestros pies, bajo la mesa mantuvieron una conversación intensa y prometedora.
Así que al levantarnos, continuamos aquel inocente y tórrido escarceo, mientras nuestras parejas dormían a pierna suelta la fiesta de la noche anterior. Tú con el café y contándome cosas increíbles (me refiero a cosas difíciles de creer para una mente cartesiana como la mía), iluminando con tu sonrisa, y esa forma tuya de moverte y mover las manos mientras hablas, esa fresquita mañana atlántica que era, sin embargo, preludio de otro asfixiante día de calor andaluz. Tú el café y el buen rollo. Yo, las tostadas. Sorprendentemente, ese horno como de 300 años tiraba de maravilla, así que lo encendí y metí las tostadas; 4 hermosas tostadas de sobrasada, tomate, atún y jamón
Cogimos el café y lo pusimos, junto a las tostadas, en una vieja bandeja de madera, ovalada y enorme, y salimos a desayunar a las rocas.
Me hablaste de un montón de cosas raras y yo escuchaba fascinado. Debo reconocer que la mitad de las cosas que me decías me sonaban a bueno, por dios, de qué coño me estás hablando, y que si no hubieras tenido esa mirada tan limpia, esa piel tan blanca y esa sonrisa, ese pecho redondo y pleno bajo la camiseta, y sobre todo, ese entusiasmo genuino por los disparates que me soltabas, me hubieras estropeado esa maravillosa mañana con tus locuras, pero el verte defender con esa pasión tan auténtica esas cosas tan raras me hizo querer besar cada centímetro de ti. Cuando me hablaste de la piedras, Lorna Cor, casi muero.


Me mataste.
Y aquella mañana nunca se me olvidará.  Y el sabor de esas tostadas, y el aroma de aquel café, y el sonido de tu voz mezclándose con el rumor de las olas... hoy, precisamente hoy, resultan demoledoras. Todo el conjunto es arrebatador, Lorna.
Oigo a todo el mundo repetir la misma canción, saldremos juntos, yo me quedo en casa y esa lastimosa letanía que todos cumplimos menos los que nos la imponen, y me acuerdo de las piedras y de la marea... y quiero morir. Bueno, no, quiero volver a vivir ese tiempo de tomar tostadas de libertad junto al mar.
Es todo cuanto quiero. Libertad para volver a tomar tostadas junto a ti.