lunes, julio 27, 2020

Me declaró la Paz

Octavia, sabrosa y sexual como pocas, al parecer, estaba en guerra conmigo. Estábamos en guerra, vaya, pero no una guerra demasiado cruenta, al menos para mí, hasta el punto de que desconocía que se hubieran desatado las hostilidades.

Ella me gritó aquella vez, vale, insultos, manotazos al aire (mírala mover sus manos al hablar de una forma teatral -al modo andaluz, más que italiano- y, lo admito, excitante, que me empalmo, vaya) y ese tipo de cosas, y yo resolví no volver a verla. Para ser justos, en el fragor de la batalla, yo la acusé de inmadura, que no sé exactamente si es un insulto (imbécil sí lo es, de eso no hay duda), pero básicamente aguanté como pude el chaparrón de histeria de su ira tan locuaz, con lo que me pareció una elegante distanciamiento, tirando mis darditos, vale, pero hierático y con la tranquilidad del que sabe que como se mueva mucho, le cae una hostia liftada.
Octavia es artística, modernista y surreal, premiada y reconocida, diplomática y dueña de una de las mejores curvas cadera/muslo de todos los tiempos y lugares, lo que propiciaba un glorioso cruce de piernas cuando se ponía vaqueros.
Pero, técnicamente (no sé si os habéis dado cuenta, pero cuando alguien dice "técnicamente", rara vez se alude a cuestiones técnicas, suele ser preludio de una precisión, como ahora, conceptual) no estábamos en guerra. Hasta el día en que se puso como una hidra, nuestra situación era la de siempre: yo intentaba tocarle el culo y las tetas cada vez que la veía y ella me esquivaba con la facilidad con la que una anguila
esquiva a un hipopótamo, si bien debo decir que yo soy más pesado... pesado no, más contumaz que un hipopótamo. Siendo yo pesado como un hipopótamo joven, podríamos decir, y ella contumaz como el conejito tamborilero de Duracell, bueno, y también una sirena elegante y acuática, pero también un poco cabraloca y dispersa. Esa era nuestro statu quo.
A partir del Día De Los Gritos, yo no quería verla. Y pensaba que a ella se la sudaba, pero resulta que no, que ella pensaba que estábamos en guerra. Y en esas, un día me dice: por mi parte, paz.
Un armisticio, cómo decirlo, en la guerra, un armisticio sería la suspensión de hostilidades pactada entre pueblos o ejércitos (o razas animales hipopótamo/conejito a pilas) beligerantes.​ Según la Convención de La Haya de 1899, suspende las operaciones de guerra por un mutuo acuerdo de la beligerancia.
Smittiger, filósofo Austriaco de la primera mitad de los 60 no estaría de acuerdo con esta definición, así que Octavia usó lo que la gente enteradilla llamamos la excepción Smittiger para declararme la paz por su cuenta y riesgo.
Fue un gesto encantador, lo admito, pero no firmamos y fue por mi culpa. Quién lo iba a decir, conejilla, que un día me plantaría ante ti, antaño dominatrix, la que dominaba hasta mis sueños, hogaño la extraña más íntima que tendré jamás.
Mírala.
Está con los pies juntos, descalzos, atados entre sí y a la silla. las manos, juntas y detrás y duerme como un ángel, un ángel de alas rotas y apresado, y me ha declarado la Paz. Cierto, eso ha sido antes de que subiera a su casa, corriendo escaleras arriba, de dos en dos, de tres en tres, para plantarme ante ella y entrar en su casa de forma expeditiva, empujando su cuerpo sorprendido e inmóvil por el desconcierto.
Por allí, por cierto, estaba su marido, Octavio (sí, hija, un matrimonio de Octavio y Octavia, qué le voy a hacer), que no dudó en venir a socorrer a su mujer, en el suelo y desubicada. Octavio es un buen empleado de banca, lo juro, pero los buenos empleados de banca no afrontan bien estas situaciones, se puso nervioso y empezó a decirme tonterías del tipo... bueno, esas tonterías que dicen los empleados de banca, que si con qué derecho, que si no toleraría...y tuve que hacerle entrar en razón con un golpe seco del canto de mi mano en su frágil y nuezuda garganta. Se calló como un pajarito herido, gimiendo naderías, muy desagradable de escuchar, así que le abrí la garganta de un navajazo y allí se quedó, con la espalda apoyada en la pared, tiñendo su ropa de empleado de banca de rojo oscuro, como un bobo, jajaja.
Octavia está paralizada... o más bien muda y como atontada.
¿Dónde están tus modales?
Ofréceme algo, hija, le dije empujándola fuera del hall que, de verdad, se estaba poniendo desagradable, con toda aquella sangre. Si alguna vez le dais boleto a un tío flacucho, no os sorprendáis, sangran mucho más que nosotros, los gordos, y su sangre es más oscura.
El bebé estaba en la cuna. Bastante mono, pero muy mal conversador
- no le hagas nada, por favor
Octavia debe ser idiota. ¿Cómo no me di cuenta antes? Los bebés me la traen floja, solo quiero que ella me explique porqué me ha declarado la Paz, creo que no es nada estrambótico lo que estoy pidiendo. Lleva una especie de pañuelo sedoso, un fular, y un vestido gris muy claro, casi, casi blanco. No puedo evitarlo y le doy un tremendo puñetazo en la nuca y ella cae como un saco de arroz, pero sin derramarse.
A los pies de la cama, hay una silla de madera, con asiento de nea, y la siento allí con delicadeza, atándola de pies y manos. Si hace 2 semanas me dicen que voy a tener sus pies desnudos en mis manos y no voy a hacer nada, no me lo creo. ¡Con lo que soñé yo con esos piececillos!
¿Por qué me declaraste la paz?
Incluso así, inconsciente, la forma en que sus pechos llenan el vestido, sus pies desmayados, caray, casi me hace dudar.
Ella me rompió el corazón, así que la paz, o la acordamos, o se la mete por el culo. A estas alturas, hasta yo me doy cuenta de que me he metido en un lío fenomenal.
Saco el móvil y le pregunto a Google "¿Cómo sacar el corazón a una persona?", porque es lo que quiero hacer. Rajarle el pecho y sacarle el corazón. Pero Google para estas cosas no sirve, todo son consejos de mierda y autoayuda
Si alguna vez os dicen que a Google le puedes preguntar cualquier cosa, eso es verdad, Google tiene todas las preguntas, pero solo algunas respuestas, y ninguna válida, creo en esos 72,000,000 de respuestas que reporta en solo 0.49 segundos
Tengo que matar a Octavia. He matado al chupatintas de su marido y ahora tengo que matarla a ella.
Y cuando me pregunten que por qué la he matado, solo tengo que decir a verdad: ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
Ella me declaró la paz.




Una canción maravillosa, que no gustará a casi nadie y en la que se da la particularidad de que toco la batería, por primera y única vez

Me falta un elemento para completar
la fórmula del viento que sopla detrás
siento que su aliento ya me empujará
descubro el yacimiento del que surge el mar
de tu risa,
me quiero ahogar
entre carcajadas
imprevistas, nado al compás
de tu vaivén y tus caricias

... y luego cuando todo parece acabar
surge la sorpresa que alarga el final
ahora soy yo la presa que quieres cobrar
me escurro entre tus dedos y ese instante
no acabará
quiero escapar
-eterno el tiempo detenido en tu mirar-
no dejarás
Que estemos juntos solos
Ni una vez más

Salto, y tú no estás,
Duermo y me velarás
Canto, y tú me oirás
Callo, y el silencio me viene
Detrás
Quieres dormir
Y el eco de mi voz te despierta
Y quieres huir
¿adónde irás?
Si yo no te persigo...
Vivo dentro de ti

viernes, julio 17, 2020

El miedo

El miedo es uno de los mejores sitios para enrollarse.
Mary, orgullosa a pesar de todo, sigue a su rollo, pase lo que pase, no protesta cuando me siento, en la barra, a su lado y pido una cerveza, de barril, por favor, no me importa la marca, mientras intento controlar el tembleque de mi pierna derecha, eléctrica y autónoma, que se pone a temblar de forma espástica cada vez que una mujer me deja rondarla. Dudo que Mary si quiera sospeche que la estoy rondando y de lo que no hay duda es de que me mandaría al infierno si tan solo lo sospechara. Pero si no lo sospecha no es porque sea tonta, que no lo es, sino porque todavía no he abierto la boca y no se me ha brindado, aún, oportunidad de meter la pata.
No soy de los que piensan que meto la pata, pero uso esta expresión, esta clase de expresiones como meter la pata, o cagarla, para referirme a lo que la gente piensa de mí, cuando la gente repara en mi presencia, cosa que, afortunadamente, no sucede muy a menudo. Me encanta la curva de los muslos de Mary.
- Sé lo que estás pensando - le digo sin pensarlo, y lo digo de una manera idiota y arrepintiéndome nada más dejar escapar esas 5 fatídicas palabras, y Mary, que sólo quería tomarse una copa en paz y que, os lo prometo, no necesitaba de mis opiniones para nada en ese momento. Nunca, en realidad, pero en ese momento era palmario que no lo necesitaba.
- ¿Ah, síii...?
Estamos en  El miedo, un pub de mi pueblo, una reliquia de los años 80 que sigue abierto porque Francis, el dueño, no tiene ni idea de que se pueden cerrar los negocios que no dan dinero, él piensa que su sitio en el pueblo es ese, el de dueño del pub, y ahí sigue, igual de miserable que en 1987.
- Sí, claro que lo sé
- Me parece que no - dice mientras da un cuarto de vuelta y bebe, de frente a la colección de botellas de licor pegadas al espejo de rigor, pero le gusta el juego, aunque aún no ha decidido si me deja jugar, o jugaremos ambos una partida.
Mary bebe Peppermint, de Marie Brizard, o sea que es más antigua aún que El miedo, pero sus
muslos son magníficos.
- Sí que lo sé, Mary, tú quieres verme bailar - he oído cómo salían esas estúpidas palabras de mi boca,  incluso antes de que salieran, cuando subían, aún formándose, por mi garganta, y quería detenerlas, porque, os lo aseguro, nadie quiere verme bailar. Nadie. Soy el bailarín más inepto del planeta, el hombre con menos gracia que hayáis conocido jamás.
- ¿Cómo dices...? - dice Mary - Y además, ¿por qué me llamas Mary?
Eso, os lo juro, es lo último que me esperaba de Mary, que no se llamase Mary. Toda una sorpresa.
- ¿No te llamas Mary? - debéis saber que tiene unos muslitos, así, con curvita, que son 100% Mary, y que me gustan bastante, si no, jamás me hubiera atrevido a abordarla con esta galantería castellana que gasto - En serio, te llamas Mary
- Nop - dice ella convencida. Si supiera cómo hacerlo, haría una encuesta, porque tiene que llamarse Mary por huebos - y huevos es con uve
- Pero no puedes corregir la ortografía de mis pensamientos, Mary, eso no cabe en cabeza humana
- Pues acabo de hacerlo, Sebastián - ¡Ahá!, ahí lo tenemos, Mary es lista, un hueso duro de roer, quiere que le pregunte que porqué me llama Sebastián, pero no pienso hacerlo, porque entonces ella me dirá que lo hace porque yo insisto en llamarla Mary
- No lo haría - insiste en leer mis pensamientos, la muy zorra - llámame como quieras, pero no me llamo Mary, solo quería que lo supieras
- Oh, solo quería que lo supieras... sili quiríi qui li sipiiris ... - mi falta de réplica es alarmante - ¿y cómo quieres que te llame?
- Preferiría que no lo hicieras -y, como advierte mi gesto de idiota integral, no entendiendo nada, se explica -, me refiero a que no me llamaras. De ninguna manera. Que no me llames jamás.
...
Joder.
Le daría un guantazo, la verdad.
Cabrona. Es mucho más lista que yo, y esos muslos... le perdonaría el Peppermint, incluso, bebida de putas, admitámoslo sin hacer aspavientos de corrección política, y el que sea tan lista es super sexy, que creo que es con i latina, así lo escribe una de las princesas de este mundo que más admiro, pero me gusta más con y griega.
Ya no estoy para muchos trotes, la verdad, pero le daría buenos besos y le podría dar la oportunidad de practicar la esgrima verbal, porque cuando ya no estoy nervioso soy listo yo también. Incluso más que ella, me atrevería a decir, y tendríamos buenos combates mentales y un poquito de sexo casual de vez en cuando, y la convencería de que dejara el Peppermint
- Ni de coña
- ¿Ni siquiera para salvar lo nuestro?
- Nooop
Y se marchó de El miedo.
O sea, me dio un corte de cojones, pero, a la vista está, ¿no es un sitio genial para enrollarse?
Me voy.





miércoles, abril 15, 2020

Solomillo tinto y puré de papas: lo que España necesita hoy

Quizá una persona mejor, y no el medio hombre en el que me he convertido, podría explicarlo mejor. Com menos estilo (no todo el mundo domina el español como yo) sin duda, pero sí más claramente. Quizá esa persona os hiciera comprender sin mucho arabesco, acaso abruptamente, la necesidad que hoy España, esta España confinada y cautiva (de corazón, corazón malherida), tenía de este sublime solomillo al vino tinto, acompañado de puré de patatas (natural, eso ni se pregunta} al estilo danés.

The recipe
Total, que en una olla sincera (una de la que os podáis fiar) echad el consabido chorretón de esencia de aceituna (vulgo, aseite) y cuando esté caliente selláis el solomillo entero sin piedad. Un par de minutos por cada lado, su puntito de sal y fuera, que luego vienen las prisas. Retira el glorioso pedazo de carne (el de la foto, antes de cocinar eran 900gr) y en el mismo aceite echa, todo cortado en dados no demasiado pequeños, una cebolla mediana, un par de dientes de ajo y un pimiento rojo (si te pilla sin pimiento rojo, vale uno verde y una zanahoria). Su poquito de sal y a dejar que se cocine la verdurita y que limpie de restos de carne el fondo de la cazuela.
Retiremos la verdura ya cocinada, 15/18 minutos aproximadamente, y hagámosle saber a estos productos de la huerta cómo se las gasta un español entre fogones, lo que alguna gente llama batir o, mejor, triturar. Se vuelve a poner, ya convertido en un sustancioso puré, en el fondo de la olla y se deposita, sin violencia, pero con la terca determinación del castellano viejo, la carne sobre esta triturada ambrosía que ya debería estar chopchopeando (sobre todo si no apagaste el fuego) cuando acometamos los siguientes y necesarios pasos. Se añade, entonces, un generoso pellizco de pimienta negra molida a lo largo del gran cipote solomillal y se echan, consecutivamente una cucharada de salsa de soja y una copa de vino tinto (unos 175cl). Cocina 5/7 minutos, para que evapore el alcohol y añade 200 cl, un vaso, de caldo (yo he puesto de buena mañana un caldo de verduras y jamón para cocer las papas del acompañamiento y he usado ese caldo) y deja cocinar unos 35 minutos.
Está listo. Y usted, querido amiga, apreciada lector, debería estarlo también. Que esto se enfría...

lunes, marzo 23, 2020

Paranoia

Me pediste una canción y la encontré, luego se me resbaló y se me escurrió entre los dedos, pero me
hice agua y bajé a las tuberías, y avancé, veloz y húmedo, hasta que la vi, nadando unos metros por delante de mí.
No le quitaba ojo por dos razones: necesitaba aprehenderla y, caramba, era una melodía preciosa y un ritmo endemoniado y te imaginaba moviendo las manos como sólo tú las mueves y quise abrazarte.
Pero no te gustó. Te sentiste atacada y yo... solo quiero cantarte tu canción, que son mil canciones, pero siempre es la misma canción, mi querida Lorna, siempre eres la misma maravillosa canción.
Hoy, te la canto así:




Paranoia

Te persigo si caminas delante de mí
Ni te quieres ir, ni te quieres quedar
No me echas de menos, ni de más

Te vigilo si te pones bajo la luz
Si bailas pa mí, si me haces mirar
Entonces miro, ¿qué esperas de mí?

Y en el mundo real, el espacio entre tú y yo
Nos hace más fuertes, nos da  más valor
Sin nada que perder, ni gente alrededor
Esta paranoia tiene que acabar

Guárdame esos besos que siempre me diste
Y abraza el recuerdo que ahora no existe
Y que habrá que imaginar

Y si no se te ocurre ya cómo alejarme
Ábreme tus sueños y déjame hablarte
De lo que no quieres hablar

Y en el mundo real, el espacio entre tú y yo
Nos hace más fuertes, nos da más valor
Sin nada que perder, ni gente alrededor
Esta paranoia me va a destrozar



Me has pillao’tra vez con el paso cambiado   
descolocado
Y la paranoia... ahora me toca a mí


domingo, marzo 22, 2020

¡Libertad para las tostadas!



Bueno, te hice aquellas tostadas, eso para empezar. La gente, esa gente, dice que si tal y que si cual, pero esas tostadas, Lorna, esas tostadas no las olvidarás fácilmente. Puede que el mundo no se detenga ante unas tostadas, pero cuando no te las esperas, incluso cuando dices, como dice todo el maldito mundo, esa chorrada de es que a esta hora no me entra nada, incluso entonces yo te hago unas tostadas, y tú dices, ufff, eso es mucho, pero yo te dejo las tostadas y en menos de dos minutos han desaparecido del plato.
¿Cómo dices? ¿que una relación adulta no se sostiene sobre unas tostadas? bueno, algunas personas, y no hablo precisamente de las personas más lerdas, no dirían lo mismo. En fin, quizá tengas razón, y las tostadas no sean la piedra angular de una relación, pero tengo más prestaciones, no soy como la Frenchie de Small Time Crooks, cuyas galletas Sunset Farms le valieron el ascenso (y la caída), y que eran, junto a los spaghetti con albóndigas de pavo, su única habilidad culinaria, yo sé hacer más cosas, además de tostadas. Sé hacer cosas y me gusta ver cómo te las comes, aunque a veces se te olvide decir que están buenas, o que no están tan mal, o simplemente gracias.
Aquellas tostadas, ¿eh...?


Saliste de casa sin muchas ganas, ¿recuerdas? pero el estómago satisfecho. Fuimos dos mamarrachillos sin oficio ni beneficio, en tiempos libres, cuando podíamos andar por la calle sin dar explicaciones, sin saber el valor que tenía eso, ser libres. Sin conciencia del tesoro que era caminar por la calle y alternar con otras personas.
Ahora ya no sirve de nada, pero de nada absolutamente, recordar aquellos tiempos, aquellas sencillas tostadas, pero no me queda otra, Lorna, que remembrar los hitos y vaivenes de nuestra agitada historia; porque en estos días grises y enclaustrados, en los que ver a otros, hablarse cara a cara con otros, besar y tocar a otros son cosas tan, tan lejanas, pensar que hubo un tiempo en que tú y yo nos tocábamos... en fin, es inevitable.
Era un ritmo lento, pero constante y pegadizo, empezabas llevando el compás con el pie y acabas bailabdo como en trance y aunque el tempo no varía, el final es salvaje y tremendo.



 

Así era el ritmo de nuestras mareas. Empezábamos tonteando y crecía la intensidad hasta que, como una tormenta, estallaba el mundo, estallaba todo.
Aquel día, junto a la playa, en vacaciones, nos despertamos tú y yo temprano, cosa rara, sobre todo en ti, y preparamos juntos aquellas tostadas... bueno, tú pusiste el café, y el aroma de tu propio ser en aquella mañana, mientras yo preparaba las tostadas. Y todos los demás dormían.
Como cada noche en aquellas vacaciones en Sanlúcar, el alcohol, la música y la francachela se alargaron hasta bien etrada la noche y en un par de ocasiones, entre las risas, las canciones a voz en cuello y los bailes etílicos, nuestras miradas se cruzaron, nuestras sonrisas se dispararon... incluso un ar de veces, nuestros pies, bajo la mesa mantuvieron una conversación intensa y prometedora.
Así que al levantarnos, continuamos aquel inocente y tórrido escarceo, mientras nuestras parejas dormían a pierna suelta la fiesta de la noche anterior. Tú con el café y contándome cosas increíbles (me refiero a cosas difíciles de creer para una mente cartesiana como la mía), iluminando con tu sonrisa, y esa forma tuya de moverte y mover las manos mientras hablas, esa fresquita mañana atlántica que era, sin embargo, preludio de otro asfixiante día de calor andaluz. Tú el café y el buen rollo. Yo, las tostadas. Sorprendentemente, ese horno como de 300 años tiraba de maravilla, así que lo encendí y metí las tostadas; 4 hermosas tostadas de sobrasada, tomate, atún y jamón
Cogimos el café y lo pusimos, junto a las tostadas, en una vieja bandeja de madera, ovalada y enorme, y salimos a desayunar a las rocas.
Me hablaste de un montón de cosas raras y yo escuchaba fascinado. Debo reconocer que la mitad de las cosas que me decías me sonaban a bueno, por dios, de qué coño me estás hablando, y que si no hubieras tenido esa mirada tan limpia, esa piel tan blanca y esa sonrisa, ese pecho redondo y pleno bajo la camiseta, y sobre todo, ese entusiasmo genuino por los disparates que me soltabas, me hubieras estropeado esa maravillosa mañana con tus locuras, pero el verte defender con esa pasión tan auténtica esas cosas tan raras me hizo querer besar cada centímetro de ti. Cuando me hablaste de la piedras, Lorna Cor, casi muero.


Me mataste.
Y aquella mañana nunca se me olvidará.  Y el sabor de esas tostadas, y el aroma de aquel café, y el sonido de tu voz mezclándose con el rumor de las olas... hoy, precisamente hoy, resultan demoledoras. Todo el conjunto es arrebatador, Lorna.
Oigo a todo el mundo repetir la misma canción, saldremos juntos, yo me quedo en casa y esa lastimosa letanía que todos cumplimos menos los que nos la imponen, y me acuerdo de las piedras y de la marea... y quiero morir. Bueno, no, quiero volver a vivir ese tiempo de tomar tostadas de libertad junto al mar.
Es todo cuanto quiero. Libertad para volver a tomar tostadas junto a ti.







jueves, febrero 20, 2020

¿Qué te has creído?

(dale y escucha mientras lees, si te place, es un temazo)


Pasa una vez a la semana, a veces dos, bajo la gran ventana de la casa donde ella, ignorándolo todo, vive. Y vive su vida, con sus momentos buenos y malos, completamente ajena a la tormenta que su sola existencia desata en el corazón de Gap. Pasa todos los miércoles, justo antes de comprobar los boletos que, semanalmente, juega a los diversos sorteos de loterías, lotos y los ciegos; piensa que así tiene la ilusión de una baza más: la riqueza.

En realidad, en su yo más profundo -y me refiero al yo que piensa con la cabeza, y no con el nabo- sabe que su falta de dinero no tiene nada que ver con que Selena ni siquiera repare en su presencia, pero, caramba,  piensa, 17 millones, o 43, son una buena baza siempre, acaso porque es consciente de que a él le costaría rechazar a una mujer si se presentara con esa cantidad bajo el brazo y ofreciéndose como él se ofrecería a Selena: del todo, definitiva y absolutamente, incondicionalmente enamorado. Incluso si se le ofrecen sin amor, pero con unas piernas bonitas y una actitud abierta hacia el sexo casual, le valdría.

¿Cómo se imagina que sucederían las cosas si él se presentara, millonario y repugnante ante la mujer por la que vive? ¿Sería claro... o diplomático? Gordo y viejo, vale, y una erección que ya no es, ni de lejos, la de antes... bueno, quizá lo de la erección, siendo rico, podría solucionarlo antes... coño, y lo de la gordura, aunque eso retrasara unos meses el abordaje. No, definitivamente iría to'gordo a por ella, aunque tendría que arreglárselas para que se notara el dinero, que la pasta se le saliera, literalmente, por las orejas,  ya que el pobre infeliz se quiere tan poquito, que piensa que, de haber uno, ese sería su atractivo. Su único argumento de verdad. Un argumento ilusorio, además.

No sé si esto le pasa a todo el mundo, pero a Gap, desde luego, sí. Cuando piensa en ella piensa en su risa, en la curva de su cadera, en sus pechos llenos de promesas, en besos y en escenas de sexo imposibles en las que ella hace todo el curro y de bastante buen grado, además, agradeciéndole a Gap sus pequeños gestos (un mordisquito en el hombro, un pellizco en culo...) como si fueran El Gran Polvo Del Siglo... pero nunca piensa, ¿por qué iba a hacerlo?, en si por las mañanas le huele al aliento; en si, tal vez, cuando ella salga del baño, allí sea imposible la vida, porque no haya quien respire; no piensa en si ella tendrá manías como las suyas (orden histérico en el lavaplatos, el papel
higiénico siempre colgando por delante, respaldos de sillas convertidos en percheros, ver la tele siempre descalzo y con una mano en el paquete...) y en si estas manías suyas la irritarían.

No sería justo, en absoluto, que le criticase por cualquiera de sus manías, piensa, mientras sigue su camino al kiosco de la ONCE, ¿quién se habrá creído que es?, porque sus manías son lo único, piensa, que le distinguen de todos los idiotas viejos y gordos que en el mundo son. Camina Gap con su ya simpático y resuelto despiste, absorbiendo sin darse cuenta las imágenes que la vida le pone alrededor, como los viejecitos del parque que pasean antes de entregarse a los dos hobbies más populares de esta temporada: partida de petanca, o ponerse a mirar la interminable obra de la rotonda, o las madres que dejan en el cole a sus hijos que son de dos clases, con chandal, o con tacones y él prefiere el chándal, que marca mejor los traseros, que a su vez se dividen en dos categorías, las que lo usan por comodidad (culos grandes, flácidos, apetecibles) y las que hacen deporte de verdad (culos más contenidos pero menos apetecibles) que resultan flacuhas, en opinión de Gap; o ese negro reluciente (es tan negro que casi es azul) que parece la estatua de un dios africano, que levanta el cierre de la frutería grande y que prepara los pedidos de los clientes para el reparto en cajas azules de plástico en la calle, junto a los expositores de la fruta. Y esas imágenes que absorbe sin querer, se mezclan en su cabeza con sus ensoñaciones sobre Selena, y dan vueltas en su cabeza todas juntas, como en el depósito de una aspiradora, en un agitado, ruidoso e impredecible caos.

Sin saber cómo, ha pasado de largo el kiosco de la ONCE sin comprobar, una semana más, que no es rico y sin comprar esperanzas de riqueza para la semana siguiente, y está frente a la puerta de la casa de Selena. Casi sin pensarlo, casi sin consciencia, llama a la puerta y espera nervioso, pero Selena no abre la puerta. Gap inclina la cabeza y examina la cerradura, luego mira alrededor y comprueba si alguien está mirando. Nadie. Saca una tarjeta bancaria y, no me preguntes cómo, abre la puerta, entra con discreción y cierra sin hacer ruido, desde dentro.

-.-

Selena se ha levantado temprano por pura costumbre, porque está de baja (una baja que se prolonga ya varios meses) por una operación de espalda no demasiado complicada, pero de lenta curación, y no tiene nada que le apremie a esas horas de la mañana. En sus 54 años, Selena se siente cansada, pero no físicamente, que está en buena forma, está cansada de pensar, de darle vueltas a las cosas, de tomarse la vida demasiado en serio. 

Pone la radio, pone el café y pone dos o tres cosas en su sitio mientras la cafetera (de tipo Melitta, no ha sucumbido a la moda del café de cápsulas) cumple con su magia y filtrando el agua por el café molido, y con ese pot-poteo tan característico, convierte la cocina en un lugar agradable, cálido y aromático. A su gato, Yonki, que murió hace tres años ya, le encantaba el olor del café.

Anoche tuvo otra desastrosa primera cita con un hombre que conoció a través de meetic y mientras hace acopio de la voluntad y los aperos necesarios para hacer sus ejercicios de rehabilitación (una cinta elástica, el palo de una escoba, una colchoneta...) se conjura para cerrar de una vez su cuenta de meetic y parar en su empeño de buscar pareja. No es que se cierre en banda a tener pareja, pero le agota el pensar en todo el proceso que ese empeño significa, y sobre todo, le agota buscar pareja de forma activa. Y le disgusta profundamente.

Hace sus ejercicios en el cuarto de baño, con más resignación que convencimiento y, con la parte baja de la espalda ligeramente dolorida, entra en la ducha después de poner en el móvil a Rocío Jurado, a todo lo que da el altavoz bluetooth, mientras espera a que se caliente el agua de la ducha que, ahora en invierno, y con la espalda mandácomponé como la tiene, es -con mucho- el rato más agradable del día. Se entrega, pues, con pasión a la placentera desidia de quedarse quieta bajo el ardiente chorro (que casi duele) de la ducha y bajo la tormenta de epítetos que es Rocío Jurado cuando se pone estupenda.

Sale del baño con una toalla liada en la cabeza y antes de llegar a su dormitorio, coño, juraría que lo que está oyendo es el sonido de un tío roncando. Se detiene en el armario del pasillo donde guarda el uniforme (es poli municipal) y coge su arma reglamentaria, una semiautomática de 9mm, ligera, pero contundente, sobre todo cuando está cargada, que no es el caso, aunque eso no tiene porqué saberlo el tipo que ronca en su dormitorio.

Se pone en plan FBI, las típicas posturitas aprendidas de la tele, y entra a su dormitorio encañonando con su arma descargada al roncante intruso.

- ¡¡Pero... qué coño haces tú en mi cama?? - grita Selena de manera bastante convincente, despertando al tipo que dormía boca abajo y que, con el susto que le ha dado el grito de Selena, se da la vuelta asustado y se cae de culo junto a la cama
- Coñostiajoder... -acierta a decir Gap- ha sido sin querer, no te enfades...

Pero su argumento no resulta demasiado convincente: al darse la vuelta Selena ve que tiene la cola fuera, ya fofa, y que una de sus bragas, unas color carne bastante poco sexys, están hechas un burruño y con señales de haber servido para que Gap se masturbara con ellas. Como ya tiene una edad, en fin, se quedó dormido casi en el acto (de correrse).

- ¿Sin querer...? - dice Selena - ¿Y las bragas las cogiste para limpiar el polvo...? - pero la ironía es un estadio mental demasiado alejado para el bueno de Gap, que ante el enfado de su amada, y esa pistola apuntándole, se derrumba fácil
- No, Selena, eran para hacerme una paja - dice Gap procurando parecer sincero
- Vaya eso me tranquiliza...
- Gracias...

Entonces Selena se da cuenta. Es Gap, ese pobre idiota que los miércoles se pasa la mañana rondando por el parque y mirando melancólicamente hacia su ventana. Y es tonto.

- ¿Sabes...? Debería meterte un tiro, debería reventarte esa polla arrugada por cerdo...
- Oh, perdona... - dice Gap cayendo en la cuenta de que no se había guardado el cipotillo y guardándoselo de un soprendentemente ágil movimiento - no lo hagas, por favor...
- Que no haga... ¿qué?
- Lo de reventarme la polla... si fallas igual me rompes la cadera o algo así
- (ay, madre, pero ¿este tío es así de imbécil...?) Eso no sería un fallo, puede que no fuera un acierto, pero un balazo en la cadera de un cerdo como tú no sería un fallo - y mientras esto decía encañonó de nuevo y le apuntó a la zona genital
- ¡No... No... oh, vaya mierda, lo siento...!
- ¿Qué es lo que sientes?
- Que me he cagado, me acabo de cagar encima, ¿puedo usar tu baño?

Y Gap, ante el asombro de Selena, que le dejó usar su baño,  y lo dejó todo hecho una mierda y oliendo a pocilga; Gap, que dejó la colcha de la cama de Selena, y sus bragas, pringadas de semen; el mismo Gap dejó la impresión de ser el tío más desastroso y miserable del mundo y que, no lo olvidemos, entró de forma ilegal en casa de un agente de la ley... ese mismo Gap salió del baño y le dijo, en su tono más sincero, a su amada:

- A ver si aprendemos a poner bien el papel higiénico, bonita...

Entonces, Selena lo supo. Cargó su arma, apuntó entre los ojos y disparó. Gap no murió en el acto, pero casi. Aun así, le dio tiempo a escuchar las palabras de Selena:

- Vas a decirle a una poli que ha tenido gato, cómo se coloca el papel higiénico... pero tú, ¿qué te has creído...?





domingo, enero 26, 2020

La deuda

Estoy durmiendo. Suena,vibra, porque el sonido está desactivado, el teléfono. Miro el reloj de la radio nocturna (otra vez me la dejé encendida sin acordarme de activar la función "sleep") y son las 6:14 de la mañana... ¿quién coño llama a esa hora?
Algo grave.
Pues no; es Bagheera, la pantera negra, la Reina del Silencio, de la que Rudyard Kipling (y no Walt Disney) hizo que me enamorara... y por eso llamo así a... ella, Annith, se llama, pero yo en vez de cielo, o cariño, le decía dime pantera...
Recuerdo su melenita negra, sus maravillosas caderas, sus manos, los pómulos, su sonrisa, sus ojos de hechicera, su alegría de vivir, su risa que estallaba como si tiras una piedra a un estanque lleno de aves bebientes. Recuerdo su manera de hablar, su olor,, la manera en que, sin decir una palabra, me hacía saber que yo también era algo especial para ella. Algo, no en el sentido una cosa especial, sino en el sentido de un poco (solo un poco, no te vengas arriba) especial. No olvidaré jamás esa manera en que, en las fiestas de empresa (fuimos compañeros de trabajo),  desde el otro lado de la sala, ella levantaba la mirada y me hacía una pequeña señal con el dedo, haciéndome sentir distinto, mejor en su consideración, valioso para ella.
Recuerdo que la primera vez que fuimos a besarnos, me refiero a besarnos, besarnos, no a un piquito, a enrollarnos, como si dijéramos, inclinamos mal las cabezas (los dos hacia el mismo lado) y, aunque evitamos una colisión de narices, que hubiera sido un puntito desastrosa (ambos presumíamos de nariz bella y del tamaño adecuado)  nuestros dientes chocaron, creando un momento, sólo un momento de confusión. Fue una sensación extraña, seguida de una rectificación inmediata de inclinación de cabeza correcta por su parte (menos mal, yo estaba algo perdido) y nuestras bocas encajaron a la perfeccción y nos besamos con esa cosa fabulosa que tienen los besos largamente pospuestos, lo que los guionistas (y los pedantes) llaman tensión sexual no resulta; pues así fue la cosa: el beso que resolvía esa tensión sexual, un poco apremiante, urgencia en las lenguas, presión en los labios, caderas magnetizadas, manos en la espalda del otro.
La recuerdo de tantas formas...
Pero todo eso había sucedido 30 años antes. 30 años. Tres décadas sin saber de ella y de pronto, veo su nombre en la pantalla de mi móvil. ¿Esto que es?
- Hola, Wolffo
¿Borracha? estaba bebida, seguro... y por eso me llamaba, no se había dado cuenta de la hora que era. A veces pienso en voz alta, es un defecto que me ha dejado con el culo al aire en un montón de ocasiones. Verbi gratia
- No, bobo, no estoy pedo , ni pasa nada raro... te llamo a estas horas porque llevo pensando toda la noche en ti, dándole vueltas a lo que te debo desde hace... sí, puede que ya hayan pasado 30 años.
Llámame idiota. Pero no tenía ni idea de qué narices me estaba hablando. No soy lo que la gente entiende por un triunfador, llevo 55 años tieso como una pierna de madera y tengo bien presentes a las (pocas) personas de las que soy acreedor, y Annith no estaba entre ellas. También tengo presente a todas las (muchas) personas de las que soy deudor, puede que incluso alguna esté leyendo esto, pero de ese asunto podemos tratar, hablar largo y tendido, como viejos compinches, en otra ocasión.
-Pero ¿de qué coño me hablas?
- Calle Comandante Garmendia, 2
Me sonaba esa dirección... ¿un pub, un restaurante...?
- No, idiota, esa era mi dirección, allí vivía yo. Me acompañaste andando a casa al salir de la agencia un montón de veces.
- Ya... es verdad, vivías cerca
Así que Annith, Bagheera, la Reina del Silencio, tenía una deuda conmigo, y era algo que le estaba rondando la cabeza 30 años después. Pocas veces me he visto en esa situación: una mujer bonita te debe algo, eso mola muchísimo. Lo que sí que sé, es una cosa: cuando me veo ante una oportunidad  largamente deseada, algo de lo que cualquiera presumiría,me arrugo.
Recuerdo una vez, en Las Rozas, después de un concierto en El Aperitoche, cuando era un bar chiquitín en la Plaza de España. Acababa de recoger el equipo y estaba guardándolo en el maletero del coche. Un sábado, a eso de las 3 de la mañana. Dos mujeres que han asistido al concierto o, mejor dicho, que se estaban tomando una copa allí mientras nosotros tocábamos, se me acercan y empiezan a hablar conmigo, mientras acomodo las guitarras y el amplificador y el resto de las cosas en el maletero
- Qué buen concierto, nos lo hemos pasado genial... ¿te vas a casa?
- Sí, estoy cansadísimo
- Nosotras nos vamos a una fiesta,aquí al lado, ¿te quieres venir...?
- Puff, os lo agradezco, de verdad, pero estoy hecho polvo - la verdad es que odio las fiestas y que haya mucha gente en los sitios, menos cuando toco. Pero ir a una fiesta y que esté llena de gente, es un asco. De nuevo, mi mala costumbre de pensar en voz alta involuntariamente, me jugó una mala pasada.
- por si quieres más detalles, por ahora en la fiesta solo va a haber 2 personas... nosotras dos -dijo señalando alternativamente las tetas de ambas- ... y si vienes tú, seremos tres, un trío...
Bueno, no seguiré reproduciendo la conversación tal y como se desarrolló, porque, en fin, mi papel no es muy rumboso, pero el resumen de la historia es que dos mujeres bonitas (no eran super bellezones, pero eran dos bonitas mujeres que, por separado hubieran hecho feliz a cualquier hombre), en mis treintaytantos, me ofrecieron un trío. Y bueno, esta es la verdad, no tuve huevos. O quizá fue al revés, entonces ya tenía una relación que me gustaba y no quise joderla... pero creo que lo que pasó de verdad es que no tuve huevos.
En fin, estábamos en la conversación con Annith y en qué sería lo que me debía una mujer como ella. Hablamos de muchas cosas, fue una conversación de casi 2 horas, muy agradable. Debo decir, en mi defensa, que sí estaba un poquillo pedo, pero hablamos de cosas geniales y de lo bien que nos caíamos. Pensándlo ahora, supongo que es parte de la idealización del pasado y de nuestro pasado en la que, inevitablemente, todos caemos.
En fin, una conversación genial.
- bueno - dijo ella -, ¿qué hacemos con la deuda?
- Pero, Annith, ¿de qué deuda me hablas?
- ¿Recuerdas el sexo sentido?
El sexo sentido. Entre las cosas exageradas que hacía yo entonces, estaba una que vaya, es un poco de psiquiatra. Resulta que a Annith, mientras trabajábamos juntos, para conquistarla, y dado que nunca he sido un tío guapo, o buenorro, ni nada de eso, tuve que ganármela con el coco. Entonces cada día le escribía un cuento. Una chorrada de cuento, pero un cuento que le dejaba en la mesa todos los días. Un día, ella me dijo que le habían llamado la atención porque mi merodeo continuo por su mesa de trabajo hacía que su rendimiento laboral pudiera bajar, porque claro, en vez de estar 100% al curro, dedicaba un x% (un % no determinado, pero me gusta pensar que era alto) a estar ocupada conmigo, leyendo mis cuentos, rechazando mis acercamientos, en fin, distraída.
Así que me dijo que dejara, por favor, de escribirle cuentos. Que le encantaban, pero que no le dejara un cuento cada mañana, porque no era bueno para su trabajo.
DEmodo que dejé pasar un par de meses sin cuentos... y un día, no en su mesa de trabajo, pero sí en sus preciosas manos, le di una novela que había escrito para ella.
Y bueno... funcionó.
La novela iba de un tío que está enamorado de una chica y le escribía cuentos (economía de esfuerzos) así que pude incluir algunos de los mejores cuentos y relatillos que le había escrito a diario en ella, y uno de los hechos que relataba la novela era el único encuentro de carácter sexual (vagamente sexual) que tuvimos. Fue en mi coche, delante del portal de su casa (Comandante Garmendia, 2), y en aquel episodio, si somos estrictos, ella alcanzó el orgasmo y yo no me corrí. No sé aún cómo explicarlo hoy sin recurrir a esa expresión "el sexo sentido", pero fue algo realmente notable en mi vida. Entonces no me importó nada no haberme descargado, porque, en fin, oírla, olerla, tocarla mientras alcanzaba el orgasmo... fue, 30 años después, el mejor sexo de mi vida, aunque yo no eyaculara, podéis creerme.
- ¿Te acuerdas de ese día? - me preguntó
Claro que me acordaba. Puede que no recordara la dirección de su casa, pero jamás olvidaré el sexo sentido. Lo que nunca imaginé es que ella lo recordara. Y estaba convencido de que, en caso de que así fuera alguna vez, sería para ella un pasaje sórdido y nada memorable. Una especie de "ah sí, cuando ese tío me metió mano..."
Pero no era así. Resulta que ella lo recordaba de otra manera. Para ella fue también un día, un rato, muy especial, aun pasados 30 años de experiencias de todo tipo.
- Claro que me acuerdo, pantera
- Pues llevo 30 años pensando que tengo una deuda contigo.
- ¿Ah, sí...? - dije,intentando parecer mundano y divertido - y dime, ¿qué me debes?
Ella guardó unos 3 segundos de silencio que se hicieron eternos. Tres segundos dramáticos, que rompió diciendo

- Te debo una mamada.
...
..
.
..
...
¿Y bien...?













sábado, enero 18, 2020

57/55. Notas entre el éxito y el fracaso

Carlos Sainz acaba de ganar su tercer Dakar con 57 años. Sigue conduciendo como nadie.
Yo tengo 55 años.
Mi cerebro es, con mucho, mejor que hace 30 años. Pienso con más perspectiva y profundidad, analizo los problemas y las dificultades de una forma crítica y tratando de encontrar la mejor salida, he leído mucho más y por lo tanto escribo mil veces mejor; no he dejado de ejercitar mi creatividad ni escribiendo, ni haciendo música, ni cocinando... ¡ni siquiera para encontrar el modo más eficiente de llenar el lavavajillas para un vaciado más rápido y eficaz! No revelaré mi secreto, no insistáis.
Es cierto: no tengo la fuerza física ni el dinamismo de entonces y seguro que en cualquier oficina los hay más rápidos que yo en llevarle el café al jefe... Tampoco los vaqueros y las camisetas me sientan tan bien (con 30 kg más, me sientan fatal) pero aun así me empeño en llevarlos cada vez que doy un concierto con mi banda de rock. Reconozco, asimismo, que los trajes me han sentado, joven o viejo, gordo o delgado, como a un Cristo dos pistolas...
Todo lo que importa para hacer mi trabajo está en mejor condición que hace 30 años. Sería más rentable hoy que hace 30/20/10 años para cualquier empresa. Porque hoy costaría mucho menos dinero y le daría mucho más. 
Solo viendo la tele (cualquiera), oyendo la radio (cualquiera), leyendo la prensa, atendiendo los anuncios... Incluso leyendo las publicaciones que las empresas hacen en redes sociales, incluidas las profesionales, sé que podría mejorar sin despeinarme su forma de comunicar, 
Desde hace unos 10 años he comprobado que al 90% de las empresas españolas (si no digo el 100% es porque supongo que alguna habrá que no sea asi) hay dos cosas que no les importa una mierda:
  1. La calidad en su comunicación: "se entiende lo que quiero decir, ¿no? Entonces, ¿qué más da la sintaxis, la ortografía, incluso las palabras que use o que ponga mal una coma? 
  2. La experiencia de sus empleados. Independientemente del sueldo 
En fin, nunca he sido tan bueno en lo mío como Carlos Sainz en lo suyo, ni de lejos. 
Pero soy un muy buen profesional y me gustaría trabajar en un país que valorara, de verdad, el talento, la experiencia, el conocimiento y la profesionalidad. 
Y es algo que me causa una pena tremenda.
Y ese país, lamentablemente, no es este país, mi querida España. 

domingo, diciembre 29, 2019

Ahora vas y lo comes (tiempos difíciles sin sardinas y boquerones)

Vino Scarlett Johanson a mi casa. Necesitaba consejo acerca de cómo manejar cierta situación comprometida en la que jugaban, a partes iguales, la estupidez de Hollywood y la sensual gracia con la que cruzan los pies, mientras leen en el sofá, las mujeres mayores de 50 años. 
Iban a comer en su casa, con motivo de su cumpleaños, Gilbert O'Sullivan, Torrebruno, Barack Obama, Cristina Almeida, Lorna Cor y ella misma y acababa de despedir a su cocinero, un tal Ferrán Adriá, por su excesiva flatulencia y su tendencia a destrozar las viandas porque, admitámoslo, hablaba demasiado rápido. Su abuela materna, me refiero a la abuela ma'Patty de Scarlett, una señora muy pesada y con una injustificada fama de sabia, le dijo una vez que no se fiara nunca de la gente que habla demasiado rápido; sus palabras textuales fueron "no te fíes nunca de la gente que habla demasiado rápido", y después de este mar de nadería, falleció de un ataque de pis. 
La situación, entonces era esa: el tal Adriá despedido y los invitados de Scarlett esperando ser agasajados y Scarlett que no sabe ni hacer una tostada... y yo, libre como un taxi (como uno que está libre), le digo, tranqui, Scarlett, solo te costará una mamada jaja es una broma, que yo voy y te cocino, pero esperando que ella haya tomado nota mentalmente de la broma y se plantee pagarme de esa dulce manera que, como broma, es una mierda, pero como sueño.es dulce y satisfactorio.
Voy a la casa que Scarlett posee en la Guayana Logroñesa, un palacete solariego que olía un poco a pies, pero nadie se atrevía a decírselo, porque, bueno, por eso y por lo otro y lo de más allá.
Toal que llego y avanzo por el pasillo y le digo, abre un poco, Scarlett, colega, que apesta a pinreles y ella me dice que ella también lo ha notado pero que no se lo explica y entonces lo veo: en el salón, en calzoncillos, están Joaquín Sabina y Al Pacino, dos personas que las miras a la cara y ya huelen a pies y le digo a la Johanson, el hedor son ellos, que es una frase que, a poco que lo pienses, mola: Johanson, el hedor son ellos.
Me pongo a mirar qué tenemos por allí. Repollo, sardinas grandes, boquerones medianillos, tocino de jamón, pimientos rojos... organizo la cosa rápidamente.
Mira, Scarlett, corta en juliana muy finita el repollo, lo lavas bien y lo dejas en esa fuente, que ahora lo aliño con un majado de ajo, aceite y limón y le ponemos encima los boquerones fritos.
Por otro lado...
- ¿Qué es "en juliana"? - me interrumpe Scarlett, que está buena, pero no es muy buena en la cocina.
- Juliana es cuando cortas la col o repollo en bragas y camiseta mojada, pero sin sujetador, correteando a mi alrededor y frotándote conmigo mientras cortas a lo largo y en tiras muy finitas y vas diciendo "uuuhhh" y das saltitos.
Como dato interesante para los biógrafos de la señora Johanson, debo decir que es menos tonta de lo que cabría pensar por algunos de los papeles que interpreta, y no coló mi explicación de juliana y no pude comprobar si la tersura de sus pechos era tan satisfactoria como prometía su flanígera inquietud. Asimismo, se mostró muy diligente cortando en juliana la col. Le dije que en los usos españoles estaba el darle un mordisco en el muslo a los aprendices competentes, como ella estaba demostrando ser, pero tampoco coló. Dejamos la col sumergida en agua hasta justo antes de servirla.
Yo preparé un aliño sencillo para las sardinas, que limpié quitando la espina, tripas, escamas y cabeza y cortando los lomos resultantes en dos trozos cada uno. El aliño era un chorrito de aceite, mostaza, limón, pimentón y sal. Y allí sumergidas estuvieron los lomos de sardinas durante una hora. 
Traté. después de limpiar y descabezar los boquerones, que Scarlett los enharinara entre sus pechos a su vez enharinados, pero esta Johanson no se aviene a razones y pasó los boquerones por harina al modo tradicional y los dejamos reposar media horita después de hacerlo, al objeto de que luego, al freírlos, quede una capita fina crujiente.
Las cabezas de los boquerones y las de las sardinas,así como sus espinas, me sirven para hacer un fumé de esos que hacen que se te caigan las bragas, ahí a fuego suave, mientras preparo el resto de cosas.
Vamos con el arroz, Scarlett, le dije, pero ella estaba pedo y se quedó dormida.
Paella al fuego muy vivo, con su chorretón de aceite del Roger, un amigo de Granada, y allí voy friendo, solo por el lado de la pielecilla, los lomitos de sardina, que saco y reservo. En ese aceite hiperflavorizado con los aromas de la sardina aliñada, echo,cortado en daditos minúsculos, el tocinillo del jamón, y me marco un sofrito con ajo, puerros y pimiento rojo; esto ya huele que huele que alimenta, así que tacita de arroz, rehogo como si fuera el último arroz sobre la tierra y... el fumé y a correr.
Mientras el arroz se hace sin apenas supervisión (es un arroz bastante responsable y se puede confiar en que, habiendo echado la cantidad de agua correcta, el arroz no se pasará), preparo una satén con más aceite del Roger para freir los boqueronces que Scarlett, desgraciadamente, rebozó sin el concurso de sus divinos pechos.
Tenemos el arroz chupando el fumé, el aceite calentándose así que parece un buen momento para escurrir el repollo y servirlo en una fuente sobre la que decantamos, con gracia mediterránea, aquel majado de limón aceite del bueno y ajo que mencioné como de pasada y que, como los buenos guionistas, dejé en el aire como quien no quiere la cosa.
Apago el arroz y lo dejo reposar, tapado con un paño mientras voy sacando los boquerones, una vez fritos y dejándolos bien ordenaditos sobre la col, para que dejen caer las gotitas de aceite caliente sobre ésta, templándola y dándole un toque fabuloso. 
La comida está lista, huele que te cagas, pero coño, voy a hacer un alioli que le va a ir de luxury al arroz.


Llegan los invitados y al verlos todos juntos, y exceptuando a Lorna Cor, que es el amor de mi vida, no puedo evitar la sensación de que me parezcan una falange de imbéciles imbuidos de un lastimoso halo de arrogancia. 
Obama come como un pajarito.... o quizá como un cerdo: agachando la cabeza y picoteando del plato, en vez de usar el tenedor.
Torrebruno pide palillos chinos. Le disparo entre las cejas. Fallo, mierda...
Gilbert O'Sullivan pregunta si el arroz es ecológico, le digo que no, que es nuclear y que ojalá le atasque las tripas y no cague hasta 2025.
Cristina Almeida pregunta si se han comprado los ingredientes en comercio justo y le decimos que sí, que justo en el comercio que hay al lado, que es una multinacional super injusta, que no sea gilipollas y que no pregunte sandeces.
Lorna Cor me enseña las tetas. Bravo.
Todos se lo comen todo. Obama me dice que, como hombre negro, puede decirme que... le interrumpo y le digo que a mí no me engaña, que no es negro, que es solo café con leche... nescafé con leche, incluso, y le doy una toba en la nariz, jajaja, digo yo, con esa narizota de negro es fácil acertar, hahaha dice él, los negros tenemos sentido del humor y queda fatal, porque todos pueden ver que no es ni medio negro en realidad. Gilbert o'Sullivan se hace caca y hace mutis por el foro, mientras Cristina Almeida,que se ha puesto hasta las ingles de col, se tira unos pedos tremendos y Lorna Cor me deja besarla. Scarlett Johanson no, pero teniendo a Lorna Cor, amigo... ¿quién quiere a Scarlet Johanson?

Version guitarrera:








martes, diciembre 24, 2019

(Cuento de Navidad) antes de que todo acabe



Yo era el minuto antes de fin de año. Cuando nadie escucha nadie y todos están nerviosos y sencillamente esperan a que pase el tiempo y que lleguen las 12 campanadas, la cuenta atrás, las uvas, el beso bajo el muérdago, el champán.

Me gustaba ser ese minuto, especialmente, aunque no te lo creas, los segundos anteriores a la locura general, esos instantes de excitación y esperanza, de expectativa y calentamiento de glándulas competitivas, ¿seré capaz de comerme las doce? ¿reunirá el valor de besarme cuando llegue el momento? Me gustaba ser ese minuto, repito, y transportar millones de wasaps, contener miles de besos, ser portador de promesas y propósitos, ser segundos estirados, alargada algarada, un poco de respiración contenida, mano en los huevos, lengua en sus labios, este año adelgazo, dejo de fumar, me divorcio, dejo la cerveza, seré buena persona. Seré otro, serás otra.

Pero el hombre que repartía los minutos fue despedido. En virtud de la paridad fue nombrada repartidora de minutos una mujer que, a su vez, adjudicó ese minuto tremendo a otra mujer, ojo, mucho mejor que yo en todo, pero pasé de ser ese minuto, con todo lo suyo, a ser ese ratito en el ascensor cuando vuelves a casa.

Me dijeron que era un ascenso, para no deprimirme, pero yo recordaba ese ratito de pequeño. Vivía en un segundo piso, no es una gran altura, pero recuerdo esos segundos de ascensor, especialmente cuando volvía del colegio, como unos segundos de angustia por las ganas de hacer pis, dando saltitos, apretando las piernas, agarrándome con la mano y estrujándome el rabo porque me meo, de verdad te digo que me meo. De minuto de oro a minuto de pis. Puedes ser todo lo psicóloga que quieras, abrazar el pensamiento mágico con mil brazos mórbidos y besuqueables, pero lo mires como lo mires, eso no es un ascenso.

Era una mierda ser ese minuto hasta que te mudaste a la ciudad. La ciudad enorme y eterna en la que, si lo piensas, sólo estamos tú y yo. Hasta el día en que, por primera vez volviste a casa y yo estaba que me resbalaba de aburrimiento por el espejo del ascensor. Y entraste. Alguien te mandó un mensaje con una foto tuya, de hace unos años, en la que estabas con tu sobrina; sonreías sin exagerar con una camiseta gris, el pelo recogido y una belleza serena y divertida. Desde entonces habías ganado unos kilos, puede que sí, y entre la pérdida de agudeza visual y el triunfo de las gafas como complemento de moda, había menos cara tuya a la vista. Las gafas tapaban una buena porción de ti y, especialmente, tu absolutamente arrebatadora y cálida mirada. Pero estabas ahí, frente a mí, frente a ti misma, frente a tu yo del espejo, frente a mi yo enamorado.
Tu olor. Esos segundos de respirar bien dentro tu olor, de ver, sin que lo sepas, esa lágrima que resbala por tu mejilla, fría y destemplada de Navidad. Estiro un dedo de instantes y recojo esa lagrimita y me llevo ese instante a la boca, y pruebo tu llanto un poco salado. Es como besar tus penas, tratando de endulzarte por dentro. Soy solo tiempo, pero te abrazo y no lo notas, o puede que sí; estrecho entre mis segundos el cielo de tus sonrisas, que viajan atrás mirando en mis momentos esos años pasados capturados ahora mismo en un mensaje. No estoy bien, escribes en tu móvil, y necesito tiempo, por favor no me mandes mensajes, y se me rompe el continuo espacio tiempo, que es como si dijéramos, mi corazón.

Llegará en breve el ascensor a tu piso y sacas un lápiz de labios de tu bolso y te perfilas la sonrisa, tan esquiva últimamente, y dejas un beso en el espejo. Y, sin separar apenas los labios del espejo felicitas la Navidad –vahos y ese olor amargo y dulzón de la cerveza entre tú y tu reflejo- a nadie en general, a todos en particular; pero, sin que tú lo sepas, o puede que sí, yo me quedo sólo para mí tu beso, tus vahos, tu ligera decepción, tu inmensa e inmortal belleza y el reflejo de tu persona al salir del ascensor, de espaldas a mí, dejándome atrás porque los que somos tiempo, mi pequeño pececillo, nunca ocupamos vuestro pensamiento salvo cuando ya nos habéis dejado atrás.
Yo era el minuto justo antes de medianoche en fin de año. Ahora soy alguien a quien solo reconoces y recuerdas cuando ya me has dejado atrás, cuando soy historia, cuando soy ese tiempo que jamás ha de volver.

Feliz Navidad, un poco, sólo un poco antes de Navidad, aunque quizá sólo seas consciente cuando el momento haya pasado.

Seguiré soñando que un día serás mía. Y tú pensando que un día, casi, lo fuiste. Ojalá, pienso yo. Menos mal, dices tú, dejando un beso y vaho en el espejo mientras te das la vuelta y te vas, para volver. Para siempre volver.

Feliz Navidad.


La balada del hombre de viento (dentro de ti)
Me falta un elemento para completar
la fórmula del viento que sopla detrás
siento que su aliento ya me empujará
descubro el yacimiento del que surge el mar
de tu risa,
me quiero ahogar
entre carcajadas
imprevistas, nado al compás
de tu vaivén y tus caricias

... y luego cuando todo parece acabar
surge la sorpresa que alarga el final
ahora soy yo la presa que quieres cobrar
me escurro entre tus dedos y ese instante
no acabará
quiero escapar
-eterno el tiempo detenido en tu mirar-
no dejarás
Que estemos juntos solos
Ni una vez más

Salto, y tú no estás,
Duermo y me velarás
Canto, y tú me oirás
Callo, y el silencio me viene
Detrás
Quieres dormir
Y el eco de mi voz te despierta
Y quieres huir
¿adónde irás?
Si yo no te persigo...
Vivo dentro de ti