viernes, julio 22, 2016

Matar, yacer, matar.

Mi padre era un asesino en serie, pero eso, te lo digo en serio, nunca fue algo que me molestara de verdad, hasta el momento en que mató a John Lennon (1). Eso, lo reconozco, fue bastate molesto. Resultó embarazoso. Hubo muchísima gente que se puso bastante exquisita con ese tema, y nadie supo ver el lado bueno, todos se centraron en la tragedia, el drama, en lo malo... ¡Menos mal que no había Facebook! Pero... la gente, ya sabes, ¿qué vas a a esperar de la gente? La gente no piensa, no aprecia, no siente... la gente solo se junta en manadas y actúa como sin cerebro. Y eso es lo que me gusta de la gente.
Como asesino en serie, mi padre resultó bastante bueno, un gran profesional,y nunca le pillaron ni de lejos, y ganó pasta y prestigio social y todo eso, pero tenía esa cosa que tenían los toreros: no quería que yo siguiera la tradición familiar. Mi padre quería que yo tuviera un estanco, como su hermano, mi tío Pablo, y que mi vida estuviera más o menos controlada. Luego, si quieres, aparte, como jobi, puedes matar gente de vez en cuando, extranjeros, árbitros de fútbol, empleados del mes... ese tipo de gente; pero no te dediques a ello profesionalmente. Es muy duro.
La verdad: a mí la gente... pues no me emociona, pero tampoco es que me muera por matarlos. No me divierte. Solo veía que mi padre se ganaba bien la vida y yo quería una vida como la suya, con mucho tiempo para jugar con nosotros, para llevar a mamá de viaje, a cenar... así que podría soportar lo incómodo que resulta algunas veces eso de matar personas, si con ello tengo una vida buena, una vida como la que tuvo mi padre.
El otro día vi una peli americana, de esas de hay que ver los hijos de los divorciados, los pobres; y en el cole, bueno, pues resulta que los niños llevaban a sus padres en algo llamado como el día delos oficios, o por ahí, y los padres daban una charla a la clase sobre su trabajo. Y el hijo del poli, imagínatelo... Y el hijo del sastre, pobrecillo, y así. Me puse a pensar que si hubiéramos vivido en Alabama, o en Ohio, o esos sitios, y llega el día en que tiene que ir mi padre, asesino free-lance, trabajitos finos, consulte disponibilidad y pregunte por nuestros precios especiales para grupos y trabajos fuera de la ciudad. Te digo yo que triunfa.

En fin... cumplí, a medias, los deseos de mi padre. No tengo un estanco, pero fumo bastante, Lucky, y con eso debería darse por satisfecho el cabroncete de mi padre. Fui a la facultad de derecho. Un año. Seis meses, quizá. Fui poco a clase. Hablaba poco. procuraba coger apuntes mientras me preguntaba qué carajo estaba haciendo allí, oyendo al marido de Pastora Vega disertar sobre... ni me acuerdo, de qué daba clase el pobre. Sí recuerdo que tenía ese aspecto de progrecillo, con su media melenita semirubia, pantalón marrón y chaqueta beige, sin corbata, gafitas de John Lennon, ni media hostia y aspecto blandengue y blanquecino. Un tío aburrido como pocos, probablemente buena persona y eso sí, con el morbo de ser el marido de una famosa de entonces.
En mi facultad también estaba Miguel Pardeza, el menos lustroso de La Quinta del Buitre (joder, qué de años, esto no le suena a nadie, fijo), pero yo no le recuerdo en clase (ni él a mí, claro, apenas visitaba yo esas estancias), siempre le recuerdo rodeado de tías por los pasillos, como con prisa por ir a pillar un coche y largarse a cualquier sitio a lo que sea. Había dos chicas que se sentaban cerca de mí y que cuchicheaban (en los primeros días,cuando iba aún a clase) y un día un profesor repipi que no recuerdo ni quién era ni de qué me daba clase, ni estaba casado con famosa alguna, me dijo
- Usted, ¿cómo se llama?
Mi primer impulso fue mirar detrás de mí, porque "usted" no era un tratamiento al que yo estuviera hecho. No tardé demasiado en comprender, no obstante, que me interpelaba a mí y me rehice
- ¿Cómo se llama.... a quién? - fue mi respuesta y todo el mundo rió mucho, como si hubiera hecho un chiste, y el profesor no me quiso explicar a qué se refería, como si hubiera hecho un chiste. Me echó de clase.
- No podré coger apuntes -protesté-. Quiero decir, si me echa... - Me habían dicho que era muy importante tener unos buenos apuntes
- Ya se las arreglará- me dijo el profe redicho.
- ¿De verdad...? -dije yo, súbitamente esperanzado, porque yo respetaba y confiaba en ese profesor, a pesar de ser un pedante, porque parecía realmente inteligente. Pero, por alguna razón, la clase volvió a reir, como si yo fuera un gracioso, y el profesor se enfadó más conmigo, como si yo fuera un gracioso.
Las chicas que cuchicheaban se me acercaron con sus carpetas al finalizar la clase.
- Hola - me dijeron muy sonnrientes
Una era un poco más bajita que yo, morena, con los ojos claros, azul casi gris, espectaculares, pero muy separados el uno del otro, dando al que la miraba una sensación como de estar viendo una cabeza de pez. Si la mirabas de frente, parecía estar vigilando constantemente los flancos, transmitiéndote una impresión de profunda inquietud. La otra tenía una graciosa melenita rubia, ni fu ni fa, era un poco gordita, muy sonriente y llevaba un vestido blanco de florecillas azul pálido, muy fresquito y una bonita chupa vaquera. A mí me gustó la gordita desde el primer momento. Pero, como suele suceder, era la mujer-pez la que parecía más interesada en conocerme, y la que llevaba la voz cantante del dúo.
- Te podemos dejar nuestros apuntes.
- Vaya... ¿y eso...?
- Eres muy gracioso
- No lo soy
- ¿Ves...? eres gracioso
LadyMerluza no me estaba pareciendo muy astuta y no era el tipo de persona en el que piensas cuando se habla de "buenos apuntes". Entonces intervino Miss Chupa vaquera
- Creíamos que eras escocés.
Y tal. Habían pensado que llevaba 10 días sin abrir la boca porque no entendía bien el español... y por mis camisetas de grupos raros. Y todo porque no me gusta demasiado hablar, tampoco me gusta la gente y me había hecho camisetas con los discos de los Jam, esos eran los grupos raros.
-No lo soy. Ni escocés, ni gracioso. Ni esto -dije señalando mi camiseta de Sound Affects -  es un grupo raro. Pero necesito los apuntes.
Mi encantadora chica vaquera me sonrió, como si supiera de qué iba todo aquello. La pez, ni flores, te lo digo yo.
Y fuimos, Besuguita, Cow girl y yo, casi del bracete a reprografía, a fotocopiar los apuntes y a ver si les explicaba que ni soy escocés, ni gracioso ni los Jam son un grupo raro, aunque sí ciertamente enrollados.
La pescao se llamaba Obdulia. Mi preciosa vaquerita, Leynie, y quise hacerle el amor desde el momento en que me dijo que creía que era escocés. Curiosamente, ella sí que era extranjera, alien, casi, de puro rara, a legal alien, como dicen los ingleses, como Sting, ella era de otro planeta, en realidad, muy esotérica y terriblemente sexual. Y yo... me enamoré de ella como un universitario.
Aquel primer día, como quería acostarme con Leynie, llevé a la dulce parejita a la cafetería de Medicina, donde ponían unos copazos de espanto por 50 pesetas; me las arreglé para que Obdulia creyera que era con ella con quien quería enrollarme y la hice seguirme a los baños. Lejos de miradas curiosas y de otras miradas que aunque no fueran curiosas, me iban a fastidiar el plan, maté a Obdulia sin contemplaciones y me las apañé para dejar su cadáver, desnudo, en compañía de otros simpáticos y discretos cadáveres en la sala de disección, donde no parecían tener un control riguroso (ni laxo) sobre sus cadáveres. Sus ropas, las tiré en los contenedores de basura de la cafetería y volví con Leynie, ya sin pececillos molestos alrededor, para hacerla mía. No quiso. Y eso que no le dije que había matado a su amiga. O quizá, esa fue la razón de que no triunfara. Quizá hubiera cambiado su opinión sobre mí (parezco escocés y divertido, pero soy un coñazo y un poco salido) de haber sabido que mataba chicas. Aunque, para ser sinceros, Obdulia fue mi bautismo de sangre, así que, entonces, no mataba chicas, aún era solo un estudiante de derecho mediocre, pero... acababa de incicar mi propio recorrido en el mundo del asesinato.

-.-

En la facultad de derecho, me aficioné a no ir a clase y, a cambio, iba a una timba de póker (clásico) que apostaba pequeñas cantidades. No se me daba demasiado bien, pero me aficioné al vértigo de la apuesta, a la emoción del farol, a poner cara de póker, a ser un poco gilipollas. Mis contendientes eran compañeros del colegio, de C.O.U., letras, que habíamos pasado en bloque a la facultad de derecho como si no hubiera otra carrera de letras en el mundo. Era malísimo jugando al póker, pero me creía muy listo, así que pensé que sería capaz de hacer trampas. Estuve durante tres o cuatro manos pensando en cómo lo haría... y lo hice, al recoger una mano de esas con 300.000 cartas descubiertas sobre la mesa, me quedé no con un as, sino con un joker en la manga.

Nunca nadie contaba las cartas, pero en esa maldita mano, Corvus, un tío sin demasiada importancia en el mundo, antes de repartir, se puso a contar las putas cartas.
- Falta una carta
Joder, joder, cuenta bien, y tal y cual... pero contó otra vez... y faltaba una carta. Tras una rápida inspección, sentenció:
- Hostias, un puto joker.
Yo no sabía dónde meterme. Creía que lo había hecho bien, y sin embargo, para mí era evidente que Corvus me había pillado.
- Alguien está haciendo trampas...
Joder, joder, es increíble... y cosas así pero no avanzamos nada. Yo traté de poner cara de poker, y combinar ese rictus inexpresivo con otro que expresara bien a las claras, que si me había visto y decía algo, le partía la cara.
- Chicos, estoy perdiendo ya demasiado -dije, con todo mi papo -  y ver que alguien está haciendo trampas,pues me toca las narices, así que me piro.
Y salí al aparcamiento, pero no me piré. Sabía que Corvus salía hacia las nueve a la cabina de teléfono (joder,qué viejuno lo de las cabinas...) que había en el aparcamiento, para llamar a su novia gallega sin que le diéramos el coñazo en la cantina.
Era una cabina de esas que no es cabina, que era una especie de poste cuadrado con un telentrabas en la cabiba, sino que hablabas junto a la cabina. Cogí un super5 que había en el aparcamiento y le hice un puente. Conduje hasta ponerme muy cerca de la cabina y esperé a que saliera Corvus y se pusiera a hablar con su novia gallega. Y despacito, para no hacer mucho ruido le aplasté mientras le decía guarradas a su novia y se tocaba la minga. Yo diría que murió empalmado, dato que aporto por si le sirve a sus familiares, aun después de 30 años, de consuelo.
éfono, dos en total, en los lados opuestos. De modo que cuando hablabas, en realidad no
Después de eso, dejé de no ir a clase y me pasé un año sin dar un palo al agua. Oficialmente, tenía la excusa de la depresión por la muerte del amigo y bla, bla. LLamé un par de veces a Leynie, pero aunque no me colgó ni nada, no pude tirármela. Sobre todo porque no conseguí que quedara conmigo. El cuento de la depresión no fue eficaz con ella. Ella estaba deprimida de verdad porque su amiga Obdulia había desaparecido.

-.-

Cambié de facultad. Me matriculé en Ciencias Empresariales. Empecé a ir a clase. Un señor que daba Contabilidad explicaba un balance como si fuera un jardín de estanques de agua y el agua iba de aquí para allá y yo, caray, apenas entendía una palabra.
Otro señor, con un enorme bigote cano, explicaba macro y microeconomía. Y nos dijo en tono melancólico: "léanse los Pactos de la Moncloa,porque ha costado mucho sacrificioo y mucha sangre llegar a un acuerdo así en este país". Ya entonces, me fastidiaba la gente que decía "este país". Yo no me enteraba de nada.
Un día llamé a Leynie. Le dije que me había matriculado "en empresas" (perdonadme) y a ella le parecía bien que rehiciera mi vida y tal. Quedamos.
Pedí una caña. Siempre me ha gustado cómo las tiran en Santa Bárbara, que no sé si sigue abierto, el de Alonso Martínez, digo. Esa capita de espuma cremosa me vuelve loco. Estaba con mi caña, de codos en la barra, manchándome las mangas de la camisa, echándome un piti, entonces se podía fumar en la cara del bebé de la ministra de sanidad, si querías. Y vi a Leynie, que no venía sola. Trajo consigo a una amiga con unas enormes tetas bamboleantes bajo un jersey de ochos finitos, de cuello vuelto. Me dio la impresión de que estaba muy distante y me presentó a su amiga: Gregoria, Goya, Lacalle, fotógrafa. Era guapa y esas mamellas no restaban atractivo, precisamente, pero a mí me gustaba Leynie mucho más, y te juro que no sé porqué. Después de unas cañas, fuimos al estudio de Goya a ver sus fotos que, dicho sea entre comas, a mí me importaban un carajo, y a beber gratis, que eso me molaba más.
En poco tiempo, se puso tan pedante y tan pesada con su arte que empezó a sentarme mal la cerveza. En un momento dado, Goya me dijo que si me gustaría ver la sala de revelado. No me apetecía una mierda, pero dije que sí, la acompañé y la maté allí mismo. Al salir, Leynie estaba como super guapa.
- ¿Y Goya...?
- Revelando
- ¿Ahora...?
- Ahora... fíjate qué idea...
Me tiré en el sofá al lado de Leynie y le dije que me hiciera mi carta astral. Me dijo que no podía, que eso no era como contar un chiste, no se podía hacer así, sobre la marcha en cualquier momento, de cualquier modo.
- Pues léeme los posos del café
- Estás bebiendo cerveza...
Al final, me hizo un somero análisis grafológico que descubrió sin ningún género de duda que yo era un hombre apasionado que la deseaba por encima de todo. La ataqué sin miramientos y ella, mientras con bastante habilidad le estaba desabrochando el sujetador, me dijo:
- ¿No nos pillará Goya...?
- No lo creo... - dije. Y yacimos.

-.-

Desde entonces, diez veces he quedado con Leynie. Diez veces hemos yacido. Y nuestras citas siguen siempre el mismo esquema. Primero, me cuesta convencerla para que quedemos. La llamo y la llamo y ella pasa de mí. De repente, un día me llama ella. No me lo avisa, pero siempre aparece con una amiga. Cuando aparece, siempre se muestra fría y distante, y su amiga, que suele ser imbécil, se muestra cariñosota. Cuando mato a su amiga, siempre de una forma discreta, sin que ella lo vea, sin que ella lo note, se pone tierna y yacemos. Nunca hablamos de su amiga muerta. Ni ella me pregunta si la he matado. Sólo me dice que si estoy seguro de que no nos molestará.

Cuando quiere matar a alguien, que es algo que es desagradable para ella, me llama.  Y yo, como Belén Esteban por Andreíta, por  Leynie, mato.

(Leynie) Amar por matar.
(Yo) Matar para yacer.












(1)¿Mark David Chapman...? ¡Vamos,hombre...! es un burdo montaje de la C.I.A.

miércoles, junio 15, 2016

Violencia de género chico.


Las casetas

Salías de casa, bajando a toda velocidad los dos pisos que te llevaban a la calle y te llamaba la atención el buen aspecto que tenía todo. El conjunto residencial, muy modesto en realidad, muy pequeño burgués, era una manzana formada por dos edificios de pisos, una serie de casetas situadas entre ambos, un aparcamiento y un jardín. Mi casa  estaba en el edificio grande de pisos, un edificio que albergaba seis portales, tres que daban al jardín, y tres que quedaban a la espalda, en el Paseo de La Castellana, aunque entonces, cuando yo era pequeño, ese tramo se llamaba Avenida del Generalísimo. El otro edificio sólo albergaba 2 portales y debían ser pisos de mayor categoría, tengo la impresión.
Justo delante de mi bloque, el grande, había una serie de parterres, delimitados por arriates, que no
estaban excesivamente cuidados, pero su mera existencia dotaba al conjunto de un aire provinciano de lo más agradable. Los suelos de loseta de conglomerado de cantos rodados, brillaban con furia los días de sol y olían tristes cuando llovía, y caminabas entre los arriates, o los recorrías en bici, si no feliz, sí razonablemente satisfecho de vivir. Entre los dos edificios de viviendas, había una serie de casetas de una planta, unidas en diagonal por la cubierta, de planta rectangular, pero dispuestas de forma que, si mirabas desde arriba (desde la terraza de casa, por ejemplo), parecían una formación de combate. Albergaban estas casetas diversos negocios de barrio: una relojería y  una peluquería, que eran dos establecimientos abiertos al público; además había una pequeña gestoría y un modesto estudio de delineantes además del negocio con más glamour, en teoría, pero más casposillo, en la dura realidad: Investigaciones Álvarez, la oficina de unos detectives privados. En la última caseta, un poco más pequeña, y de planta cuadrada, estaban las oficinas de la comunidad de propietarios. Bajo las casetas, y entre los dos edificios, estaba el garaje de la comunidad, al que se accedía por la calle Carmen Sánchez Carrascosa, a la izquierda de la imagen.
Al otro lado de las casetas, estaba el aparcamiento, de suelo de gravilla, y por fin, el otro edificio de viviendas, donde vive ella, Elsa, la chica que me tiene secuestrado el corazón. También vive el Pipas y bueno, un montón de gente más, ya sabes lo que quiero decir, pero cuando yo me levanto por la mañana los fines de semana y salgo con el café a la terraza... miro al edificio de enfrente por si la veo a ella. Un día (¡un día en 5 años...!) salí, miré y ella estaba allí. Apoyada de codos en la ventana, despeinada, con una especie de pijama escocés en tonos rojos. Yo me quedé como un tonto mirando con mi café hacia ella como seis horas y ella, no sé cómo decirlo, pero yo juraría que estaba disfrutando que la mirara y ladeaba la cabeza como un perrito (esto es un piropo... ¿sabes cuando le hablas a tu perro como si te entendiera y te mira fijo y ladea la cabeza? pues eso) y cuando la llamó su madre juraría que puso los ojos en blanco y (esto lo sé, no me hace falta juraríarlo) me dijo adiós con las dos manos y se metió en su casa.
Hasta ese día no me había fijado en Elsa. Era una más de las niñas del jardín, muy simpática, pero nosotros, los chicos, lo que habíamos comentado de ella es que le habían salido las tetas antes que a las demás, pero oficialmente no me molaba. Pero al verla despeinada, en pijama y ladeando la cabeza... caray, me volvió la cabeza del revés. Y, desde entonces, fue ella. Siempre fue ella.

Eran tiempos convulsos, los últimos 70, con la transición dando la tabarra, Suárez pudiendo prometer y prometiendo, Pina López Gay siendo musa y apalizada, el Madrid de los García fichando a Juanito y Stielike... pero nosotros, en nuestra manzana, en el jardín, teníamos nuestra propia lucha.

Zona de Exclusión

Nos gustaba, como a todos los niños, jugar al fútbol. Y en el jardín no nos dejaban. Nórba Coí Rad, conocido como el chino, un hombre de aspecto oriental pero con un fuerte acento gallego, y de origen turco, era el administrador de la comunidad, y una especie de Gárgamel en Pitufilandia, estaba obsesionado con algunas tonterías como no dejarnos jugar al fútbol, que no pisáramos el césped y nos perseguía y nos confiscaba el balón, porque, aunque no reconocíamos su capacidad legislativa, y jugábamos al fútbol por mucho que él lo prohibiera, temíamos su poder represor, especialmente su célebre chinesca, un cate liftado que te propinaba casi sin que te enteraras con sus dedos huesudos, y que era extremadamente doloroso y humillante. En aquella época, los adolescentes no levantávamos la mano a un mayor ni para fardar delante de las nenas. Si tenías agallas para desafiar la autoridad, debías ser consciente de que te la jugabas y si te daban una hostia... te la comías. 

Para que os hagáis una idea de la complejidad psicológica del personaje, en una de las entradas al jardín se pusieron unas puertas de hierro... bueno, metálicas, pintadas de verde. Dentro, pero junto a la puerta, había un cartel de madera, pintado de verde también, en el que cualquiera hubiera esperado que pusiera: "Agustín de Foxá. Acceso Portales 11-13-15", que eran los portales a los que se accedía por esa entrada. Pero no fue tan sencillo. Ni tan lógico. Estuvo sin palabras durante tres largos años, y cuando se le preguntaba, el chino contestaba que estaba pensando una buena frase, que se entendiera a la primera, que no dejara lugar a equívocos. A los tres años, una mañana, al bajar a la calle, vimos el contundente mensaje que le había llevado tres años pergeñar: PRIVADO / PRIVATE

Así, con esa brillante sencillez, logró el chino hacernos antipáticos a todo el mundo. La gente llegaba a Madrid por miles en trenes que se vaciaban en la estación de Chamartín, apenas a 500 metros del jardín; llegaban a una ciudad que presumía de abierta, de recibir con los brazos abiertos a todo el mundo. Pero en la primera casa que encontraban veían el cartelito del chino, advirtiendo de que no eran especialmente bienvenidos, al menos en esa manzana. De que aquella era una zona exclusión respecto de la proverbial hospitalidad madrileña.era aquella una zona de exclusión del indiscutible liderazgo del fútbol entre los niños y adolescentes, y llegaron incluso a poner unas ridículas canastas (sobre tierra) para que jugáramos al baloncesto,deporte que consideraban más civilizado, menos salvaje, quizá que el malvado fútbol. Al final, el uso primordial que se daba a la canasta era de "palo", de "poste" de una imaginaria portería de fútbol.

Nuestra lucha, quizá no fue una lucha demasiado noble, elevada, idealista, pero fue la nuestra, y acabó torciendo el intolerante brazo de el chino, y finalmente, obtuvimos permiso para jugar al fútbol. Y, como sucede algunas veces, el ansia juvenil por dar patadas al balón se calmó ligeramente cuando se convirtió en una actividad no clandestina y permitida.
Quizá no estuvieran ambos hechos conectados, y no era más que el discurrir natural del tiempo, pero una vez hubimos obtenido el permiso de jugar al fútbol, empezamos a tener ganas de hacer otras cosas.


Escóndete

El tiempo de jugar al futbol, tirar petardos, dar por culo a los vecinos y hacer el ganso en general, iba haciendo hueco a perseguir niñas, comprar pitillos sueltos en la Plaza de Castilla, oír y tocar música y rascarnos los huevos como si acabaran de crecernos. Era como que sí, estaban ahí, pero no les prestabas atención, y de pronto, estabas tooodo el día colocándote el paquete, a veces, de forma obsesiva. Mi amigo Javier García Charanga era especialmente pesado: era muy entusiasta hablando y exigía toda tu atención y su mano iba cada dos minutos a tu barbilla y te dirigía la mirada a sus ojos, no soportaba que miraras a otro lado y constantemente (tío, tío, tío...) te cogía la barbilla y te ponía cara a cara con él. Por si esto no fuera, de por sí, ya lo suficientemente cargante, Javier alternaba tocarte la barbilla con tocarse los huevos y si era por fuera de los vaqueros no había problema. Pero entonces, teníamos pocos reparos en meternos la mano por la cinturilla del pantalón y colocar el escroto en un rápido y preciso movimiento y claro, cuando esa mano proveniente del juvenil paquete iba justo a tu barbilla, un olor no muy apetitoso te llenaba el cerebro de rechazo. 
En aquellos días, Elsa, que era como si acabara de nacer para mí, no me hacía ni caso. Sus rizos descarados y castaños, enmarcando su rostro de boca grande y sonriente, ni siquiera sospechaban que yo soñaba con ella. Ella y sus amigas eran un par de años más pequeñas que yo y hasta que no cumplieron... ¿14, 15 años...? bueno, caretas fuera: hasta que no les salieron tetas y se les ensancharon las caderas no fueron seres dignos de tener en cuenta. Pasaron de ser niñas, a ser tías, y de ser invisibles, a monopolizar toda nuestra atención.
Un día, en casa de Lolo, en el séptimo y último piso del 11, escuchando discos de Mamá, Nacha Pop, Glutamato YeYé y algo de los Jam, los Clash, los Who... se unieron a la fiesta (nos tirábamos en el sofá con la música altísima, cantábamos, fumábamos y tocábamos la guitarra o hacíamos playback, esa era nuestra fiesta) Lola,
hermana de Lolo, y sus inseparables Elsa, Nieves y Tory. Para mi sorpresa, disfrutaban como nosotros de las canciones de El último bar de Mamá, hacían el cabra igual que nosotros con las locuras de "¿Cuándo se come aquí?" de Siniestro Total y, caray... bailaban mucho mejor que nosotros. Se movían... como mujeres. Nosotros nos limitábamos a hacer que tocábamos la guitarra y a saltar y ellas eran... sensuales.
Alguien trajo ácido, unas tabletitas, para probar. Hasta ese día, yo había sido inmune a la filosofía reinante (hay que probarlo todo... si no lo pruebas, ¿cómo vas a saber si te gusta o no?) con una contestación igual de idiota que aquel descerebrado mainstream: No he probado nunca la mierda de perro, no tengo ninguna gana de comprobar a qué sabe la mierda de perro y no me hace falta probar la mierda de perro para saber que no me va a gustar.
Yo no fumaba porros, como mis amigos. De hecho... me consideraban algo así como una especie de puritano, porque no fumaba porros y no quería probarlos. Pero aquel día... vaya, el hecho de que las chicas quisieran probar sin miedo ninguno aquellas cosas, me hizo replantearme mi puritanismo: ¿y si me gusta? Pero sobre todo, ¿y si me las puedo tirar?
Probé, pues.
Me sorprendí mirando cómo bailaban, sintiéndome en armonía, viendo como flotando aquellos cuerpecitos, apreciando la verdad absoluta en el aire, cómo se meneaban sus juveniles y descarados pechos, que latían al ritmo dela música, cómo sus caderas y sus espaldas se contoneaban al mismo ritmo que mis gentiles y traviesos genitales. Me fascinaron todas ellas. Eran niñas a las que, a veces, había dado algún consejillo dos años atrás (cuando yo tenía 14 y ellas 12, y yo era mayor) y ahora yo sólo quería... decirles cosas. Hablarlas. Sentirlas. Fundirme con ellas. Comprobar si eran de verdad. Si no eran una alucinación. Bueno... y tocarles el culo, también. Aquella noche, cuando empezó a sonar "Llegando hasta el final" de los Pegamoides, acabé bailando con Elsa, agarrado a ella como si fuera a salvarle la vida de la penosa realidad, una hora después de que la música hubiera terminado, tiempo después de haber llegado hasta el final. Seguíamos abrazados, balanceándonos, ajenos al mundo, cuando se desató la locura.

Pabellón de reposo

Mirando por la ventana, si estiro el cuello, puedo ver el nido de la cigüeña sobre el campanario de la Iglesia de la calle de enfrente. Sábanas blancas y ásperas, olor a limpio deprimente, luz a raudales, calor pegajoso y una cosa a la que llaman merienda: vaso de leche caliente, galletas sin marca y una manzana que parece más enferma y desmigada que yo.

Ha entrado Lola, mi amiga Lola, que en realidad es más amiga de Elsa que mía, pero le agradezco mogollón que venga a verme. Me pregunta que cómo estoy, que si me acuerdo de lo que pasó.

No recuerdo nada. Yo estaba bailando sin música con Elsa, sintiéndola. Un segundo después, estaba ahí, inhóspito, in hospitalis. Viene a verme gente desdichada, que presume de tener muchos libros, de escribir a máquina, de tener abuela, de ser apolítica, de ir a ver a los Rolling Stones... gente feliz con hijos felices y enrollados, gente sin enfermedad, gente que se llama como un viaje, como un  libro, enfermeras con cabeza de gato y endemoniadamente sexys, gente que quiere que vote a Podemos, gente a la que le da igual, y todos son amables y sus crueles gentilezas me desconciertan. Odio el fingido amor. Ignoro la fútil sabihondez. Soy un tip liberado de las redes sociales. Un otrosí ilegal.

Lola me ha traído algo de lucidez a la cama. Me da una tableta y es como en esas películas en las que un señor se vuelve idiota (o listo) porque se da un golpe con un tablón y hasta que alguien no le pega igualde fuerte con un tablón igual no vuelve a ser igual de idiota (o listo). Empizo a recordar.

Elsa quiere volar. Elsa cree que sólo encontrará su alma si sobrevuela la ciudad vulgar, las afueras burguesas de la burguesa urbe. Planeamos juntos cómo será el planeo. No siento mis alas... aún, me dice Elsa, y yo sé que lo que quiere es que mi semen se derrame en su espalda y se convierta así mi irme en blanca humedad, en plumas ligeras, celestiales insertos en su espalda morena. Y para obtener de mí tan mágica corrida, me dice con clarividente audacia, ha de penetrarme ella, ¡albricias!, e introducir su punzante espíritu en mi alma acogedora. No seré yo quien te lo niegue, pero ¿me dejarás tocarte el culo mientras? pregunto insípido, y ella accede generosa.

Nada. No lo conseguimos. Su espíritu es fantástico y mi alma obstetrícica, pero no conseguimos, a pesar de que lo ponemos todo, nada. Al parecer, no es tan fácil. ¿Y si me la chupas? se me ocurre preguntar y ella vuelve a acceder, generosa y lamedora mujer, y el milagro obra.


Ella se desnuda totalmente y se pone a cuatro patas y yo, de pie, convenientemente estimulado por su espíritu y sus cálidos labios, dejo que la naturaleza se derrame y salen de mí cientos de pajarillos blancos, níveas microaves que se desparraman por su espalda y se aferran a su verdad, a su espalda, y yo estoy a punto de perder el sentido por la dicha y el placer desbordantes, pero es ella, sin embargo, la que se desmaya solo a medias, y siente que todo va a comenzar y
su espalda me pide a gritos el vacío para poder surcarlo y me asomo con ella en brazos y los miles de pajarillos blancos, que conforman las alas pían alborozados porque quieren volar, toda ella quiere volar y yo la elevo y la ofrezco a la plebe de la ciudad y ella me pide que la suelte, que ya quiere volar.

¿Qué hacer?

Allá vas, vuela, Elsa, vuela, libre. Muéstrate al mundo tal como eres, hermosa y desnuda, voladora y letal, y enséñales quién eres.

Y algo marcha mal, algo que nadie entiende y menos que nadie, yo: Elsa no planea. Hace un arriesgado picado.

Cae.

Cae...

Cae.

Cayó. Y calló.
Y ahora, nadie quiere escuchar.
















jueves, mayo 19, 2016

Auge, caida y blanqueamiento de Anno

Anna era negra, en un principio, y se llamaba Annogo Briel, así que más que negra, era negro, pero el dios de las pequeñas cosas (1), no. Quiero decir que ese deiosecillo ni era negro ni se llamaba Annogo. Este hecho sin precedentes pero con gran repercusión en el reyno, fue vital a la hora de tomar decisiones, pero no lo fue a la hora del té, puesto que los negros,en aquel tiempo, no tomaban té. Tomaban colacao.

Desde pequeño, desde muy, muy pequeño, cuando, recuerden, aún era negro, Annogo fue  adulto, pero un niño adulto absolutamente inmaduro y de ese mal ya no se curaría jamás. Crecería en tamaño y en estupidez, mas no en saber y gobierno y pronto, bueno, no demasiado pronto, no te quiero engañar, se hartó del colacao.
- Hace grumitos - decía, con cara de bobo (era su cara)

En su cabaña del África Tropical, Annogo aprendió a vestirse como Brad Pitt, a elaborar una variedad africana y tropical de la butifarra con monchetas, llamada butifarra con monchetas africana y tropical, y se hizo del Sevilla, porque en el Sevilla jugaba Biri Biri y él era, de toda la vida, del Sevilla.
Annogo y Biri Biri, dos bobos en acción
Así que photoshopeó una foto del astro sevillista, añadió su propia imagen disfrazado de payés del pirineo bético, lo imprimió en tamaño póster y lo colgó junto a su cama, en lugar de una norteamericana que era modelo de alta costura y que era, ya sabes, un punto horterilla.

Creció, pues, Annogo con una inquetud que a los estudiosos nos costó identificar, pero que finalmente coincidimos en llamar lesbiana, pues como dice la coplilla: 
lesbiana era su alma,
lesbiano era su ardor,
y más lesbianos que las hijas
de la madre que las parió.
Lesbias, lesbianatis, todo es lesbianidad, por decirlo en sencillas, pero emotivas palabras.

Lesbiano y negro, el destino de Annogo parecía escrito en caracteres torcidos y con faltas de ortografía, sintaxis y de humanidad, así que, ni corto, ni perezoso, sino alargado y lleno de brío, y negro como un tizón, emprendió el camino de los suprasaharianos, que es como los negros llaman, eufemísticamente, a los blancos que vivimos en Uropa. Es un tema de corrección política: decir "blancos", "blanquitos" o "blankatas", al parecer, está mal visto por la negritud, del mismo modo que a nosotros nos cuesta, por ejemplo, llamar meapilas a los meapilas, y les llamamos socialdemócratas. Pasó por Dortmund, Londres, Calahorra y Logroño, lugares todos ellos en los que le trataron bien y no se sintió discriminado ni por su negritud, ni por su lesbianismo lo cual, y en eso coincidimos todos los estudiosos, es aburridísimo, centroeuropeo y democristiano. Así que viajó hasta Mollerusa, donde le dijeron que hallaría su sitio. En Mollerusa, al fin, le esperaba una nueva vida.

2. LA NUEVA VIDA EN MOLLERUSA
Mollerusa es una población que ni fu ni fa, pero que tiene alcalde y todo. En la provincia de Lérida es famosa por sus camellos, pero los mollerusos de toda la vida dicen que de camellos, nada, en todo caso, dromedarios, si es que hay que ser algo de eso. Mollerusa recibió a Annogo con los bares abiertos, porque eran las 14:07 cuando el negro entró en la localidá o, para que este asunto tenga mayor color local, localidat y a esa hora, a ver quién es el guapo que cierra su bar. Aunque vengan negros.
En Mollerusa, y esto es algo que cualquier analista sabe, una persona estúpida como Annogo Briel tiene las mismas pocas oportunidades que una persona estúpida que no sea como Annogo Briel, hay igualdad, la misma escasez de oportunidades para todos, siempre que seas estúpido. Pero hemos dicho que en Mollerusa le esperaba a Annogo una nueva vida y así fue.
La nueva vida, decíamos, esperaba a Annogo en una clínica pirata en la que había un bonito cartel:


No le costó demasiado tiempo ver que ahí estaba su sitio, un lugar donde imprimían un cartel así... prometía. Entró a solicitar el curro y obtuvo el trabajo sin problemas, porque dijo que sí a todo. Y así, para poder firmar su anhelado contrato, tuvo que hacerse del barça, someterse a una operación de cambio de sexo, un blanqueamiento epidérmico integral, y a otra de secado de cerebro, intervenciones todas ellas que afrontó con el entusiasmo del que afronta un nuevo reto profesional y se sabe al fin en su lugar en el mundo. Annogo Briel pasó a ser Anna Gabriel, fue al peluquero moderno del pueblo (llamada su atención por el texto del anuncio: "cambia de imagen en un solo clic") y salió con la imagen cambiada... por la de un click de Famóbil. Miradla caminar orgullosa con su corte de pelo sexy y rotundo, blanca, culé, mujer... y, merced a la operación de secado de cerebro, nacionalista catalana. Ya era una más. Ya era una de las mejores.

Mollerusa y Anna congeniaron rápido. Su trabajo como blanqueadora de anos (Oficial de Primera) llenaba su espíritu de una mórbida y maloliente alegría, y era tal el aprecio que tenían por Anna en la clínica, que le adjudicaban sin debate posible el trabajo más difícil, los casos más complicados de gestionar.
Así que su labor diaria consistía en blanquear  los anos más negros y repulsivos, tarea a la que ella, como buena independentista, se entregaba con indisimulado brío y sin una pizca de razonamiento y de sentido común.
El punto álgido de su carrera llegó en mayo de 2016, cuando en plena yincana independentista, Arnaldo Otegi se le puso a cuatro patas para que le blanquearan la imagen y ella se presentó voluntaria para tan ciclópea tarea.
Sin demora, procedió con placer desmedido a darle un masajito rectal y lamer su orificio anal pero... el auge de su meteórico ascenso, su cénit, fue también el inicio de su defenestración o, como le llamaban en Mollerusa, El Épico Hostión, pues, por mucho que lo intentó, el ano de Otegi era imposible de blanquear. Era su negro culo un agujero negro y fétido que todo lo traga y lo pudre, una zona cero del mal (olor), una creciente y tragona nada que todo lo quiere devorar. Después de varias sesiones infructuosas, en una de ellas, los manejos turbios y templaditos de Anna obraron milagros en el tracto anal de Arnaldo que, entre otras lindezas, sufría de gases.
Una serie sincopada de movimientos telúricos en el intestino del etarra tuvieron efecto de un modo imprevisto y fatal. La letal tormenta gaseosa desatada se verificó de forma tremendamente eficaz, con metralla de mochetas incluidas, y Anna tuvo que interpretar,muy apesar, el toque de rendición.
- Lo dejo - dijo
- Lo dije - dejó en el aire su reflexión el etarra - tú no tienes cara de blanqueadora anal.
- Ya... ¿y qué voy a hacer? No sé hacer nada...
- Mira pues... yo con esa cara que tienes, tan poco afortunada...
- Mira quién habló...
- Por eso, por eso te digo... con esa cara, con esa falta de cerebro y de escrúpulos (yo no me limpio el culo por no tocarme, y tú llevas días hurgando...), yo en tu lugar hacía lo que yo: dedicarme a la política.

Y así fue como Anna Gabriel pasó de blanquear anos a dar por culo a toda la sociedad. Gracias al consejo de un experto en la materia.
Pa que luego digas.




























(1) Si no has leído este libro, ¡¡léelo ya, por Dios!!

sábado, mayo 07, 2016

Nada, salvo el eco de tu nombre



Escribí a mi amada por whatsApp un soneto con rebote y dos segundas jugadas, cuarteto y terceto, y ella, ignorante de mí, ignorante de los estrambotes y de casi todo, se lo tragó entero. Le dije, total, nada:
A tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino pensamiento.
Subido a ella, el corazón sangriento
verá la mar, por él empurpurada.

Fabricaré en mi sombra la alborada,
mi lira guardaré del vano viento,
buscaré en mis entrañas mi sustento...
Mas ¡ay!, ¿y si esta paz no fuera nada?

—¡Nada, sí, nada, nada!... -O que cayera
mi corazón al agua, y de este modo
fuese el mundo un castillo hueco y frío...—

Que tú eres tú, la humana primavera,
la tierra, el aire, el agua, el fuego, ¡todo!,
...¡y soy yo sólo el pensamiento mío!

Jubiloso te escribo esperando
-ansias de adolescente tardío-
Ramilletes de flores portando y
Monacales dulces de estío;

Jirones melancólicos de duda
me estremecen y no me fío:
nez y o solitario: me la suda.
O sea, si tienes una culturilla, o te manejas con google, amado lector, sabrás que el soneto no es mío, sino un clásico de toooda la vida (soberbio, eso sí); y si eres astuto y te gusta jugar y resolver enigmas, verás que en las dos jugadas que propicia el rebote (qué importante es el rebote en el baloncesto... y en la poesía) está, cuestión de principios, y bien acrosticado, el nombre del autor del soneto. El estrambote sí que es mío, notoriamente. Luego le dije:
Oigo tu nombre aquí y allá,
pronunciado de mil y más  maneras,
por bocas perversas y pacatas, 
pero, sea como fuere,
siempre me lleva a ti.
Un link inagotable, un enlace infalible,
un libre directo; un amor factible, 
es oír esas letras, tan bien ordenadas
tan en tu nombre vertebradas
y su eco me conduce a ti,
a lo que me gustabas cuando eras mujer.
Cuando no eras matriarca,
cuando no eras chica,
cuando no eras yonki,
cuando eras solo mujer.


Ella, qué quieres que te diga, escuchadora de La estación azul, lo interpretó todo al revés. Pensó que el soneto y su estrambote, como rimaban y guardaban  su métrica, y también porque yo soy bastante redicho, eran míos. Y que lo otro, que no rimaba, que no parece poesía, que no vale ni media mierda, era una poesía contemporánea de algún poeta contemporáneo de esos que parece que no fueron al cole el día que explicaban lo de la métrica y la rima.

- Es muy bonito eso que me escribes
- Nada... (otra pista)
- Y lo otro.. ¿de quién es?
- ¿Qué otro?
- Lo del link. ¿Tampoco "nada"...?
- No... mujer lo otro no es, ni de lejos, nada. Es mucho.
- ¿DE quién es...? me gusta el poema
- (¿poema...?) Ah... es de Carlumbres, Carlos Lumpen Brescia, un poeta mexicano (totalmente inventado)
- Pues está muy bien, ¿cómo se titula?
- El eco de tu nombre
- Me encanta ese tipo de poesía...
- Si no rima...
- Hm...
- Ni guarda la métrica
- No seas provinciano

Supe que eras un poco fiasco. Que tu pretendido amor por el arte era una pose reforzada. Que tu amor era escurridizo como un corazón de sardina. Que tu compromiso era solo contigo misma... y que, a pesar de todo, me hechizabas como sólo hechizan los versos verdaderos. 

Una vez, al preguntarme tú qué era lo que evocaba  cuando te hacía el amor en mis fantasías, te contesté , lleno de juvenil idiocia:

- Nada...
Y tú, sin darte cuenta, derribando de un plumazo toda mi pretensión, siendo más arte en 4palabras que yo en toda mi vida, me dijiste:
- Tú y tus nadas...
Y me pareció la frase, el verso más hermoso que nadie pudo escribir jamás. Y, también, al oírlo de tus labios, el sonido más evocador de la Eterna Nada... salvo el eco de tu nombre.

Y puedes -deberías- escuchar y ver otra vez este temazo.


Hay que averiguar quién es el el autor del poema, y para hacerlo, basta con leer con atención.
Nada más.


miércoles, marzo 30, 2016

Vino la prima Vera

Aquel verano, fue el mejor verano de la historia, ¿sabéis por qué? Pues porque, nada más empezar el verano, vino la prima Vera. Vera no era prima mía, creo, pero es de esas personas en las que el vínculo por el que las conoces es más poderoso que su personalidad misma, como esa Tía Angustias o ese Tío Cirilo que nadie sabe exactamente de quién son tíos, pero todos les nombramos con el tío o tía por delante. Como os contaba, nada más empezar el verano, entró como una tormenta en nuestras vidas la prima Vera, y ya nada volvió a ser igual.
Vino la prima Vera en esos días de libertad absoluta y ansia de disfrute ilimitada que van desde que terminan las clases hasta que llegaban las notas (1), acontecimiento éste (la llegada de las notas) que solía traer consigo un significativo recorte en mis libertades y derechos y también en los de mis amigos, y éramos todos más o menos igual de insignificantes. Éramos tan insignificantes mis amigos y yo que, fijate bien, no recuerdo con quién de nosotros estaba emparentada la prima Vera, sólo recuerdo que era prima de alguien, acaso fuese prima mía, no me atrevería a negarlo ante un tribunal, lo que sí afirmo es que me volvió loco desde que apareció. Y a todos los demás, fueran primos o no.
La prima Vera, italiana, morenaza, está desdibujada en mi memoria  y no recuerdo si era guapa o no, me refiero a que no lo recuerdo exactamente, no recuerdo si su cara era lo que los que dictan esas normas la considerarían guapa o no, pero mi sensación es que la prima Vera era, con mucho, la chica más guapa que había visto yo hasta entonces.
Yo vivía en Pedrelayos de la Sierra, en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, de la vertiente segoviana un pueblo tan insignificante como todos nosotros, sus habitantes y cuando al principio de aquel verano, vino la prima Vera,a todos nos cogió con el pie cambiado.
En primer lugar, jugaba al fútbol, cosa que no hacía ninguna de las niñas de Pedrelayos, y no solo jugaba, sino que jugaba más o menos bien (tampoco es que fuera Maradona) pero es que tenía un sprint precioso de ver (las chicas, no nos enfademos, no saben correr, aunque luego crezcan y hagan running y todo lo que quieras, las mujeres/niñas corriendo son un desastre estético) y lo que nos dejó a todos alucinados, tiraba piedras con un estilo totalmente masculino, con fuerza masculina y puntería de golfillo. No tenía ese estilo torpón habitual de las niñas que no saben ni tirar piedras ni dar puñetazos, sino que era una experta lanzadora de piedras y exterminadora de urracas, a las que detestaba, y ahuyentadora de gatos, que tampoco eran santo de su devoción. Mataba pajaritos y puteaba a los gatos, hoy día hubiera tenido problemas en facebook, sin ninguna duda.
Era una chica de ciudad (Milán) que se encontraba como pez en el agua en el campo, y desconcertó a todas las niñas del pueblo, que no entendían como una niña tan guapa, tan estilosa y tan... perfecta, que venía de una de las capitales mundiales de la moda, podía ser tan marimacho y tan desastre, y encima volver locos a todos los cafres del pueblo... y a los veraneantes de Madrid, y todo ello sin comportarse como las meapilas habituales: grititos ante los ratoncillos de campo, o incluso ante un escarabajo, o cuando los murciélagos salían al atardecer, o porque el agua del río estaba fría, o porque en la cantina (¿por qué le llamáis "cantina" al bar...?) las patatas de la tapa las daban en un plato sopero de Duralex... la lista de agravios pueblerinos a la sensibilidad madrileña no tenía fin (os reís muy alto, coméis muchas pipas...) y nos reíamos de todas las cosas que a los veraneantes no les cool, y las exagerábamos y nos recreábamos para que pudieran sentirse especiales, porque eran más divertidos cuando se veían así que cuando querían ser iguales que nosotros. Pues bien, en eso la prima Vera era distinta: cazaba lagartijas, quemaba peos, robaba chicles... pero, al mismo tiempo, cuando salía después de cenar en casa, como hacíamos todos, a la plaza y a matar un par de horas de fresco, se ponía unos maravillosos vestidos como antiguos de tirantes, llevaba el pelo suelto y siempre muy, muy limpio y brillante, y unas sandalias super bonitas... vamos yo no recuerdo si las sandalias eran bonitas, pero sus pies en esas sandalias eran lo más bonito que pisaba la tierra, parecían algo especial, algo que nunca habíamos visto en Pedrelayos

Después de cenar, por la noche, la prima Vera pasaba de nosotros, los chicos, con quienes echaba el día haciendo el trasto, y se iba con las chicas, y se reían de nosotros, y hacían pulseras con todo tipo de materiales, y tenían conversaciones a las que nos prohibían asistir,  reuniones en las que siempre una de ellas lloraba y todos nosotros, que pasábamos de las chicas durante el día (las niñas no juegan al fútbol, no se hacen pajas... o no hablan con nosotros de ello, no roban en el colmado), las acosábamos por la noche y sólo pensábamos en lo que "se deja hacer" Pepita o Manolita y en cómo sería ducharse con Rosita o irse a la era con Anita... o simplemente que la prima Vera te dejara pasear con ella bajo la luna cogiditos de la mano y te dejara darle un beso en la nariz. A la prima Vera no querías estrujarle las tetas... querías ser su amigo del alma. Así eramos.
El verano de la prima Vera lo recordamos todos. Nadie lo olvidará jamás... y por eso nadie habla de ese verano desde entonces.
Aquella mañana, como todas, iba en el motocarro repartiendo el pan y la leche y cuando llegué a Las Eras, la urbanización en el extremo norte del pueblo, la guardia civil no me dejó entrar. No eran los de La Pradera, eran como de ciudad, menos de pueblo.
La primera verdad es que el Mario, el leñero, muy bruto y muy buena persona a decir del todo el mundo, murió aquella noche. De un hachazo en la sien. Todos pensaron que fue la prima Vera, la sangre alterada por alguna razón (estas turistas italianas...) y se la llevaron en un Toyota Land Cruiser, con vestido y sandalias, el pelo suelto... pero no tan limpio y bien peinado como lo recordaba de la noche anterior.
La primera verdad fue mentira. Un soplo interrumpido por la cazurra costumbre de no ver, no mirar, no sentir. De culpar al diferente, a aquel a cuyos padres no tenemos que ver en la cantina. A quien no tenemos que dar explicación ninguna.
La primera verdad que aprendí en la vida es que no hay verdades absolutas, ni siquiera esta, ni siquiera el fragmento de verdad que puede desprenderse de este estúpido y verdadero silogismo.
La primera verdad, la prima Vera, se fue antes de que me llegaran las notas, de que mis padres volvieran a enfadarse conmigo, de que el verano se fuera a la mierda otra vez por mi zoquetería y a pesar de eso, aquella prima Vera, aquella primera verdad llenó aquel verano, y todos los veranos que vinieron después.
Hoy, cada vez que aparecen los primeros días del verano, cuando esos primeros soles me muerden la base del cuello, inconscientemente descubierto por mi afición a las camisetas, cuando todo parece volver a ser juventud, me llena de melancolía el recuerdo hermoso de la prima Vera, de sus sandalias y vestidos, de sus pedradas, de su pelo negro suelto y de lo poca cosa que parecía entre aquellos dos enormes guardias civiles de ciudad.
Empezando aquel verano, vino la prima Vera.
Y se marchó antes de que pudiéramos saber lo que era eso.
Empezando aquel mismo verano, se fue la prima Vera. Y aprendimos a escribir, sin conocerlo,el libro del amor, ese libro largo y aburrido. Hermoso y sin igual.










(1) Esta sensación sólo pueden conercla aquellos que,como yo, solían pasar los veranos estudiando las 3, 4 o 5 asignaturas que habían cateado en junio.

sábado, enero 30, 2016

El ladrón del Museo (y su prostituta madre). Y viceversa.

Yo, bastante atractivo, y mi madre sentada a la puerta de su ofi, el Hermitage de Amsterdam

Wolffus Neptunae, un día, quizá dos al mes, iba al museo a robar. Su madre también trabaja en el museo, pero ella todos los días, salvo los lunes, que libra, porque en el Hermitage los fines de semana es cuando más afluencia de público (y de personas) hay y no se puede librar esos días, porque es cuando más dinero puede hacerse.

La madre de Wolffus es milagrosamente joven y terrenalmente guapa. Tiene algo de la china girl de Bowie y admite Visa, Mastercard y Amex, como se aprecia en la fotografía; fuma casi sin darse cuenta y al mirarla, uno no puede explicarse que un cuerpo tan menudo pudiera albergar en su interior a la bestia que ahora es (y debió ser de bebé) Wolffus.
La madre de Wolffus es una mujer accesible, y menos mal, dado su oficio, y no pone problemas a este periodista a la hora de fotografiarla, pero pone siempre la misma postura, como esas chicas que tanto se prodigan en facebook. Se llama, y ya va siendo hora de decirlo, Seul Bluos, es pelirroja de ahí abajo (un milagro de la naturaleza), rubia de axilas y morena de cabellera, cejas y pestañas, siendo esta variedad cromática capilar muy apreciada por sus clientes.

Seul no pertenece, en rigor, ni de ninguna otra manera más laxa, a la plantilla del Hermitage, pero es una mujer de hoy y ha llegado a un acuerdo win-win con la gerencia del museo: se la chupa a los Hermitagnos y solo les cobra un manual (al menos, eso es lo que creen los Hermitagnos); a cambio, le permiten usar, con discreción, las instalaciones del museo, aunque solo para cerrar tratos. Para sus celebradas ejecuciones Seul prefiere su apartamento, habitaciones de hotel o, eventualmente, el coche del cliente.

Seul paga sus impuestos y puede ser, si te  lo puedes permitir, tu enfermera de noche. Sus vecinos la respetan y a ella no le hace gracia que su hijo, Wolffus, se gane la vida robando en el mismo lugar donde ella trabaja, en un negocio cuyo nicho de mercado, cuya ventana de oportunidad, es la misma. Aunque de sexo opuesto: si bien el 99% de los clientes eran hombres (entre ellos, algunas personas), y ella no decía que no nunca a un cliente que estuviera aseado, fuera del sexo que fuera, el 100% de las víctimas (no sería justo llamar "clientes" al público objetivo del ladrón) de Wolffus, eran mujeres porque, vete tú a saber porqué, Wolffus ejercía de ladrón sólo con  mujeres.

Wolffus no contaba con el plácet de la gerencia o el personal del Hermitage para realizar su trabajo, pero lo realizaba con diligencia y profesionalidad. Wolffus robaba besos en el museo. Besaba cuellos, besaba naricitas, besaba lóbulos y besaba bocas también. Besaba párpados y besaba frentes. Pezones, hombros, rodillas, tobillos, corvas (Cristina, esto va por ti) caderas y nalgas. Bocas de labios finos, prietos y voluptuosos, besaba manos y besaba pies. A veces besaba largo y profundo, pero lo normal era un beso rápido y un esquive del guantazo subsiguiente. Besaba porque no podía evitarlo, era verte... y tratar de besarte y así... no se vive bien.

Wolffus, al contrario que Seul, su madre, no paga sus impuestos y ni de coña será tu enfermera de noche, pero puedes echarle de menos si no has vuelto a verle desde aquella tarde que os citásteis en Hawaii, cuando llovía a mares sobre la avenida y pedísteis un té con croissant. Vivía para besar. Su día no era día si no besaba a una mujer y besaba en todas partes, pero una vez, o quizá dos, al mes, tenía que dejarse caer por el Hermitage porque fue allí, una vez, donde te besó a ti aunque tú no quieres acordarte.

Era un día especial. Una exposición extraordinaria con motivo del centenario del museo de Grandes Maestros de la Humanidad (una mierda de tema, ya lo sé, pero ni soy el comisario de la exposición ni me importa). En verano. Tú llevabas un precioso vestido de tirantes, tu melena rizada y tus enormes gafas de sol (inciso: no te sientan bien esas gafas de sol, ese tipo de gafas; eres muy guapa y deberías llevar gafas de sol más pequeñas, que dejen ver tu cara... no esas pantallazas que te tapan tu precioso rostro). Se presentó delante de ti y te hizo saber por gestos que le parecías maravillosamente guapa. Cuando te dijo su nombre le diste la mano, repitiendo el tuyo (Lorna Cor...) como con miedo, y él cogió tu mano, la llevó a sus labios y te la besó. Fue un beso en el dorso de tu mano, nada ceremonioso, nada inocente. Un beso tórrido y fatal que desató un tsunami de deseo desde tu mano hasta tu axila. Te deshiciste de tus amigos y le pediste que te diera un poco de aftersun en tus maravillosos hombros quemados. No se te ocurrió nada mejor.Y a él no le pareció una mala idea. El te extendió crema en los hombros poniéndose detrás de ti, y te besó los hombros,el cuello, los labios, la barbilla y te pellizcó los pezones mientras tú te volvías tan loca como él. Pero el museo no era lugar para hacerlo que a ambos os apetecía en ese momento: arrancaros la ropa y haceros el amor salvajemente. O sin salvajismo, pero bien.

Desde ese día vuelve al museo, una vez, o quizá dos, al mes, y te busca entre beso y beso porque, bueno, vuestra historia es bonita, pero el tío besa todo lo que lleva falda. Pero... y tú lo sabes bien: aunque tú quieras pasar página, él no lo hará. Porque besándote, descubrió el sentido de la vida, la fuerza del mundo y reconoció las revelaciones de la madre naturaleza. No es justo que intente siquiera renunciar a eso.

Y nunca, nunca, nunca... nunca te olvidará. Y no quiere más.