lunes, febrero 19, 2018

Te veo (8)

Te veo.
A ti, a ti… Siempre te veo a ti, bajo todas las personas que en el mundo hay, te veo siempre a ti. Nadie lo entiende, pero yo miro y te veo a ti y no quiero convencer a nadie: ellos verán lo que vean, me da igual lo que sea: un cuadro, las estrellas, una novela, una puesta de sol, un concierto, una peli… y yo, que no digo que esas cosas no existan, que seguro que sí, pero al mirar la belleza, lo que veo eres tú: y me sobrecoge, me eriza el vello del antebrazo, me deja un sabor agridulce por saberte tan lejos, aunque estés tan cerca y… da igual, al final, quedas tú. Sola, recortándote en un horizonte improbable de nubes, mares y luz. No digo que estés o te sientas sola, digo que yo, lo único que veo, lo único que impresiona mi retina, mi recuerdo, mi ardor, mi afán, es tu imagen, solitaria y aúrea, plena de sensualidad y de buenos augurios.
No sabes, no puedes saberlo, hasta qué punto vives en mis sueños, en mis pensamientos. Nadie imagina lo que los otros imaginan, aunque no estoy demasiado seguro de esto, pero sé que nadie puede –ni siquiera tú- imaginar lo que eres tú, para mí: como te veo yo, nadie te va a ver jamás. No es que sea bueno, necesariamente, pero es así.
Hoy te salen las cuentas. Los números que hoy se imprimen en tantos rincones de ti, el 3 y el 5, son el ocho, el 8, como yo, el 8 que es, qué te voy a contar, un número mágico. Decís los que sabéis de esto que el 8 es organización, perseverancia y control de la energía para alcanzar logros materiales y espirituales. Alude al poder de la realización, la abundancia en el mundo mental y espiritual (representada en la curva superior), y la abundancia material, a la que hace referencia en su curva o base inferior.

Yo, en ese mismo 8, te veo a ti. Miro su intrincada geografía, su topografía y su anatomía y te veo a ti, qué quieres, y quiero posar suavemente la mano en tu cintura, te has apretado el cinturón, y sacarte a bailar. Me gusta verte bailar, siempre me gustó verte bailar, siempre sonríes al bailar. Y ahora, vestida de ocho, estás más bailable que nunca.
¿No te pasa a ti? El ocho es como bonancible, buen carácter y sin aristas, fácil y agradable de tratar. Un abrazo, ¿verdad? Un oso blanco, tan tierno visto de lejos, tan feroz de cerca, aunque, en realidad, yo creo que tú no eres feroz, solo yo te hago feroz, tengo esa maldita habilidad, hacer que seas feroz conmigo, hacia mí, en realidad, y luego me quedo acojonado, pegado a la pared, deseando ser invisible para que no me quemes con el fuego de tu ira.
Y, también, iracunda, te veo. No veo tu ira, te veo airada, y me gustas, pero tu ira, que no la veo, me deja hecho papilla: no la veo, pero la siento. Pero cómo estaré de colgado que hasta iracunda, me gusta verte.
En fin… estás aquí, cielo, estás en mí, puede que a tu pesar. Te veo porque estás, qué le voy a hacer… ¡qué le vas a hacer! Yo creo que es agradable que te quieran, si no te dan mucho la brasa y que yo decidí no darte demasiado la tabarra, pero de vez en cuando, hoy que te haces ocho, por ejemplo, me gusta recordarte que eres muy especial. Seguramente lo eres para el mundo, pero has de saber que lo eres para mí de una forma profunda y significativa.
Porque miras atrás, miras sin más, y miras lejos cuando miras. Porque sabes lo que hay detrás de una fachada.  Porque no hay nadie como tú para conversar por conversar. Así que, ya sabes: búscame cuando tú quieras que te quieran sin contar  las veces que hayas querido a tantos como quieras  sin contar; búscame cuando haga frío y amanezca dentro de ti y no haya nadie a quien contarle lo que pasa, en realidad. Cuando sientas que el mundo, ese mundo a veces tan frío, a veces tan cruel, se te haya acabado; cuando todo, todo sea nuevo y la historia se haga gris. Cuando el dolor se haya hecho hueco en tu costado.
Cuando brille todo solo para ti
Que cuando miro al mundo entero, cielo e infierno, agua, sol y fuego, no veo el mundo.
Te veo a ti.
Siempre te veo a ti; aunque creo que eso ya lo sabías. Disfruta el 8. Ya sin mí.


martes, enero 16, 2018

La última Navidad, merluzas, paleta serrana y El Factor Mercadona

(Nuevos y trepidantes líos con María)

Soy un error.
Una anomalía antropológica en un proceso vital fallido. Un desvío  genético que María, asaz poco académicamente, definía como una cagada. Una cagada suya, de ella misma. Me dijo:
"Eres la mayor equivocación de mi vida. Mi mayor cagada"
Llevo unos años - toda mi vida  adulta, en realidad - obsesionado con María, pero no hasta el punto de que me gusten sus cagadas. Tampoco me gusta tanto su culo (gustándome muchísimo) como para pensar que salir de él es como la puerta grande de Las Ventas. Y ni
siquiera estoy tan atontolinado como para consolarme con la idea de que al menos me considera algo suyo, aunque sea una deposición. Objetivamente: si bien no soy lo que pueda considerarse una persona extraordinariamente lista, tampoco me considero un zurullo, y considero que poseo un cerebro apañadito que elabora procesos mentales aseados; pero hasta yo sé reconocer cuando la idiocia del amor me ha hecho parecer patético y, seamos claros, un indigente sentimental.
Soy capaz de rebajarme moralmente hasta las catacumbas de la dignidad si cabe la posibilidad de que poses tu mano en mi pecho,  de oler tu pelo, de rozarte.
Todo eso lo sé. Mas... me duele que basta con que tú aparezcas, con tu camisa con los dos botones superiores desabrochados, con unas mallas bien rellenas de tus muslos-milagro, con unas chanclas sencillas y tus pies llamándome a gritos...basta cualquier cosa de esas, para que me convierta en un idiota. 

He de aclarar que no siempre fui mal considerado por María. Ni siquiera estoy seguro de que hoy me considere mal. Supongo que lo que ella considera mal, es "yo, a su lado" y que yo, manteniéndome alejado de ella, le resulto completamente indiferente (1). Hubo un tiempo en que me admiraba y todo, y recibía de buena gana mis ocasionales atenciones y me dispensaba ella las suyas sin recato. Ya he contado algo de eso. Pero un día se torcieron las cosas y desde entonces, nada volvió a ser lo que era. Y todo, por lo que ocurrió aquella tarde y los sucesos que, de ahí,  se desencadenaron sin tregua. Lo que los estudiosos han dado en llamar El Factor Mercadona.

En aquellos días  (cálidos, lejanos, funestos días de los albores de nuestra relación) empezábamos a sorprendernos con lo placentera que empezaba a parecernos la experiencia de compra en el Mercadona. Si bien el surtido era estrecho, poco variado, en realidad (lo sigue siendo), pero ¡ay, qué delicia eran sus pasillos y lineales...! ¡Con qué alegría y ligereza recorríamos la sección de embutidos, dando la espalda a los quesos...! Buscábamos con ahínco la enseña de Hacendado, como si en ella estuviese inserto, mágica y estúpidamente, el verdadero secreto de la felicidad intestinal debido a que (confesión íntima) ni María ni yo vamos bien de vientre, con todos los respetos. Tanto llegó a gustarnos Mercadona que ambos rellenamos entre risas el típico tríptico ese de "¿Quieres currar aquí?" y allí se dio, aunque no lo supe entonces, la primera traición de María. Yo lo rellené en broma, poniendo que quería ser Supervisor de Culos y Probador de Jamones Buenos, Pechos y Muslos, y que en 5 años me veía echando a Juan Roig a la calle y que sugería que todo el personal fuera en Ropa Interior Corporativa (verde y blanco)  y cosas así, pero María (¡ah... felona...!) lo rellenó en serio. Y la cogieron, claro, como que es una grandísima profesional, y mejor persona. Y de resultas de todo aquello, señores, María fue pescadera en Mercadona. Por lo visto a los pescaderos les pagan más, porque hay un plus por el cante. La foto es de ese momento emocionante de nuestra vida. Viéndola ahora, me pregunto cómo no lo vi entonces... me refiero a la sutil obscurescencia que provoca en su rostro la vitalidad, no del todo controlada, de su vello facial (el bigote, vamos) y corroboro lo que escribía antes, acerca de lo estúpido que puede ser uno cuando cree que está enamorado.
María trabajaba en la pescadería del Mercadona de Valdemorillo, y yo era corresponsal de The New York Times en la misma localidad serrana de Madrid y nuestra vida hubiera sido mejor, probablemente, si nuestras circunstancias profesionales hubieran sido otras... pero no las fueron.
Ser pescadera del Mercadona, y más en una metrópoli como Valdemorillo, requería de María una enorme dedicación afterhours, como si dijéramos. Una vida social de alto nivel que yo, un simple corresponsal de una publicación de carácter localista de un poblachín americano (en los 90 Nueva York era una mierda de sitio, todo el que tenga más de 30 años lo sabe, como decía -premonitoriamente- la repulsiva canción de Mecano -asquerosa, como todas las suyas- de 1988, No hay marcha en Nueva York, una de las letras más ofensivas y con menos gracia de la Historia) no podía entender, asumir, ni tolerar. Yo, como encargado de las noticias internacionales de Europa y Oriente próximo, y como corresponsal residente en la ciudad de Valdemorillo (una ciudad con un nivel noticiable de primer orden), me tocaba los huevos la mayor parte del día, pero ojo, con el stress que supone la incertidumbre de que te pillen tus jefes, que no entienden nada de este trabajo. Tenía que estar 24/7 disponible para escaquearme de mi periódico. Pero, os voy a ser sincero: no lo estaba. No... porque es que los americanos no tienen ni puta idea de periódicos. Y yo, que soy un tío de esos que dicen "ya te digo yo que..." antes de emitir cualquier opinión absurda y/o indocumentada, prefería no ser esclavo del trabajo, porque eso de ser esclavo, la verdá, es muy esclavo. Sin embargo María, con su puestazo, con su pedazo de cargo, porque aparte de Pescadera Vendedora, era Encargada Segunda De Merluzas Y Salmonetes, estaba todo el día liada... que si las sardinas, que si los jureles... móvil parriba, guasap pabajo... un sinvivir. Y olía pa echar a correr, que esa es otra, pero me pasaba como con la barba... questás enamorao, y no lo ves, coño.
Los hechos que voy a referir a continuación, tuvieron lugar entre el puente de la Constitución y la Navidad del año... no me acuerdo bien, pero fue un año bastante bueno para las cosas en general, eso ya te lo digo yo que fue así, o sea que fue uno de esos años en que la gente dice, joooer... y cosas así, por la calle y en las casas particulares también.
Bueno, pues iba a ser un puente como el de este año, acueducto, que dice la gente, pero mejor, o sea, de más calidad, eso es lo que decían en las agencias de viaje de Valdemorillo, aunque los agentes de viaje valmoriscos, esto es curioso, no me jodas, no pronuncian "calidad", sino calidá, que es como mejor. Yo quería darle una sorpresa a María, para que se olvidase del stress merlucero, y llevármela de viaje a algún sitio chulo, un sitio de interior, sin pescado ni pescaderías, sin Mercadona, incluso, algún sitio con jabón y agua caliente, eso sí, para poder darle unas friegas y quitarle el pestuccio a bacalao que la acompañaba de forma constante y dolorosa, aunque yo haya dicho que no me daba cuenta... es mentira, miento como un bellaco, lo soportaba porque el sexo con ella super excitante, pero coño, María apestaba a trainera de arenques en aquellos días y este punto queda zanjado, no seáis pesados.

Un spa, coño.
La solución era un maldito spa.
Un sitio donde podamos estar los cinco malditos días sin quitarnos el albornoz más que para acostarnos, lo que en mi cabeza (en mis sueños) sucedería, más o menos, cada dos o tres horas... y en realidad sucedería, si tenía suerte, una vez. En aquellos días, sin que yo supiera muy bien porqué, María me tenía negado... bueno, negado, no, retirado, o ignorado, el llamado débito conyugal, o, por decirlo de otro modo, que suene menos machista o patriarcal a las siempre histéricas feministas, que no quería sexo (al menos, no lo quería conmigo), y siempre tenía mucho lío, o dolor de cabeza, o de pies, o lo que sea, o no era el momento, o el lugar, o el ánimo... o lo que fuera que pensase su cabeza en aquellos días en los que empezó, literalmente, a repelerle acercarse a mí, o mi olor, o el tacto de mi piel... realmente nunca lo supe, pero que la repelía, que le daba un cierto asco la intimidad conmigo, eso era indiscutible. Y muy deprimente.

Bueno, pues fuimos al cacareado spa. Pero, como siempre pasa con los grandes ejecutivos, el puente se jorobó porque Mercadona, fiel a su compromiso con la sociedad a la que, al mismo tiempo, enriquece y exprime, decidió abrir tanto el sábado como el martes, con lo cual, imaginaos qué mierda de puente nos quedó, o queduvo, que nunca sé bien cómo se dice. Lo que sí que me sale bastante bien, sin en cambio, es repartir los acentos. Me dieron un premio en el colegio y todo(2).

Pues eso, amiguitos, que, al final, María, presionando al más alto nivel a la gerencia de Mercadona, pudo cogerse unos días de vacaciones en Navidad. Y reservé en uno de los mejores de Valdemorillo (¿para qué alejarse, si vivimos en el paraíso?), un sitio famoso -también- por sus numerosas instalaciones acuático-festivas. En EPdB, (El Portal de Balde), un spa de nombre navideño, que no es gratis a pesar de su nombre, donde pasaríamos unos días felices de albornoz, sexo y religiosidad, así que reservé sin miramientos en este singular destino.


De acuerdo: podemos considerar Valdemorillo como un lugar de interior, pero por mucha buena voluntad que le pongamos, no podemos considerarlo como un lugar sin pescaderías, y menos aún sin Mercadonas. De hecho, el Mercadona de Valdemorillo (y su magnífica pescadería con su espectacular "BAJADA DE PRECIO" a partir de las 18:00 horas) es uno de los polos de negocio destacados de la Unión Europea y, como os podéis imaginar, sus trabajadores son apreciados y envidiados apartes iguales por los lugareños y los habitantes del vasto municipio protoserrano; como cualquiera puede colegir, el tener un negocio así atrae a gente de los cuatro puntos cardinales. Y de los otros puntos, los intermedios, también. Así que además de reservar una habitación, me apunté a tratamientos y circuitos de todo tipo (de chocolate, barro, aceite, aromaterapia y otras giliterapias alternativas), uno para cada día, para que nos preparara para lo que yo planeaba como un puente de constante sobeteo profesional, sobeteo sexual, papeo (sano) y siesta sin parar.

Cierto es que debí sospechar que no sería así cuando, a instancias de María, se apuntó su compañera y amiga Gasparina, a nuestras vacaciones y yo, que siempre estoy dispuesto a mirar el lado bueno de las cosas, pensé que, oye, la amiga de María, la mires por donde la mires, está bastante buena y que quizá, sólo quizá, se abrieran nuevas e inexploradas posibilidades en el campo del sexo y el masajeo-spa grupal. No sé si os he comentado que yo, en aquellos años de corresponsal del NYT, era un poco negro y tropical (pongamos que un 30%), y me colgaba medio metro de carne trémula, morena y cadenciosa, por lo que, en fin, la gente me adoraba de forma entrañable y sensual. La gente, obvio es decirlo, no incluía a María, y mucho menos a su amiga Gasparina, que me detestaba cordialmente, seguramente, por solidaridad de género y/o amical con María. Aunque a lo mejor sólo me detestaba porque soy bobo. No sé.

Llegamos al PdB los tres, pues y nos recibió un buenazo al que llamaban Sejota, marido de MariVí, en la recepción del spa, con la expresión triste del tío que es el marido de la dueña, sí, pero al que no se tiene en cuenta para nada y se le dejan las tareas menos importantes del negocio, porque su mujer le considera un inútil incapaz de hacer nada bien. O, al menos, incapaz de hacerlo tan bien como ella lo haría. Ese era el triste rictus de Sejota, con su túnica descolorida, su barba descuidada, su melena inadvertida, y su irrelevante personalidad. Como era negro en esa época, podéis comprender que me solidaricé con Sejota enseguida, y le miré con mirada solidaria y humanista pero él, quién sabe, creo que no se enteró de mi empática actitud. Parecía cansado y con ganas de sentarse en el sofá a ver Friends o algo así. Desde luego, no estaba encantado de vernos, en plan atención al cliente, no sé si me explico. Su actitud, en lenguaje de hoy, era más funcionarial que proactiva. Yo era amiguete de Sanjota, y me interesé por él con la amabilidad propia de Valdemorillo
- Tienes una pinta asquerosa, tío, ¿estás estreñido o es que estás planeando morirte?
- No... solo estoy agotao, Wolfftasar, macho. MariVí está a punto de dar a luz... - nos dijo, asustado, hastiado también - y estamos todos un poco cansados, deseando que llegue ya la cosa...
- ¿La cosa...? - le dije, porque caray, no es la forma más cariñosa que tiene una persona de referirse a su hijo...
- Ya bueno, sí... la cosa... es que yo hasta que no lo vea... ahora es solo un bulto sospechoso que hincha la barriga de Mariví...

Gasparina estaba nerviosa. Es muy  amiga de los libros de autoayuda, aunque para ella el prefijo "auto" sobraba: le gustaba leerse esos libros, para perorar a los demás con sus recién adquiridos conocimientos. Es más, si tenías un problema, digamos de baja estima, ella compraba un libro sobre ese asunto y se lo empapaba para ayudarte con consejos perfectamente prescindibles: si quieres que los demás te quieran, tienes que empezar por quererte tú... y en ese plan. Pues bien, al ver la actitud tan poco facebookiana de SeJota sobre su inminente paternidad, a Gasparina se le notaban las ganas de abrir  la espita de su generoso arsenal de consejos, de esos que se dan medio sonriendo, dejándolos en el aire con puntos suspensivos, y como esperando a que los flojillos de turno hagan like y compartan, y se mordía nerviosa el labio inferior y emitía unos ruiditos, la verdad, encantadores, como el tertuliano educado que no termina de dar su opinión y se pasa el debate amagando, sólo amagando y levantando el dedo, buscando el hueco para intervenir. Apuesto a que le hubiera gustado darle 3 o 4 consejos al bueno de SeJota, mientras, livianamente, le apoyaba una mano de cuidadas uñas de colores en el antebrazo y éste que, en eso se parecía a mí, si hay un buen par de pechos delante, ni ve ni oye nada, se habría tragado los consejos como el frenadol, procurando no saborearlo y que la cosa entrara rapidita, y con la mirada perdida en el canalillo (épico) de La Consejera Gasparina. Afortunadamente, SeJota se adelanta y nos da la llave de la habitación y nos dice que nos espera sobre la cama un albornoz, que nos cambiemos y bajemos, que nos espera un Masaje de Bienvenida.

- Y... ¿qué tal es Bienvenida dando masajes? - digo yo, siempre dispuesto a hacerme el gracioso. Sejota sonríe generoso, Gasparina me mira como preguntándose si soy idiota (y diría que además de preguntárselo, se contesta que sí) y María no me oculta su ya célebre cara de asco porque, ella nunca miente. En este jovial ambiente, pues, nos dirigimos a nuestra habitación a dejar el equipaje y a recibir los parabienes de El Portal de Balde.

Nuestra habitación, rollo suit, tiene, sorpresa, dos habitaciones, o sea, dos estancias, dos piezas, y decidimos que María y yo ocuparemos la del fondo, o sea, el dormitorio propiamente dicho, y Gasparina domirá en el sofá convertible de la pieza general. Dejamos las maletas a los pies de la cama y nos metemos en el albornoz. Yo estoy ridículo, porque mi albornoz es demasiado pequeño, de un verde bastante feo y bueno, no soy un adonis, precisamente. María está mundial: su albornoz es igual de feo que el mío, pero ella está buena y es de la misma talla que el albornoz. Salgo del dormitorio y pillo a Gasparina mirando distraída su móvil, con el albornoz semiabierto, y uno de sus gloriosos pechos como curioseando la habitación. Sé que me detesta, pero juraría que me ha sonreído, que ha separado el teléfono, que me ha invitado a mirarla antes de cerrar, muy despacio y sin dejar de mirarme, el albornoz. 

En fin, ahí nos tienes a los tres, como tres reyes en albornoz, con estrellas, sol y luna, frente al Portal de Balde, esperando a que nos den el primer repaso, un masaje con aceites esenciales. Yo, odio reconocerlo, pero tenía una temblorosa erección desde el episodio de nuestra habitación y la perspectiva del masaje me daba muchísima vergüenza, así que al ver que en la sala había 4 camas y que íbamos a estar los tres juntos, me disculpé como un idiota, me duele la cabeza, y me fui a la habitación, henchido de un premonitorio amor propio, por decirlo de manera delicada. Me daba vergüenza que María y Gasparina me vieran con semejante empalme y pensé, además, que estarían más cómodas sin mí.

¿Qué...mato a alguien? Me molan los masajes. Quiero decir, aparte del sexo, me mola que alguien que sepa cómo hacerlo, me toque y me relaje, o me calme un dolor y todo eso. Y aquí me tienes, viendo como un bobo el canal 24h de OT en el lujoso Spa Valmorisco... y alguien llama a la puerta.

Es ella. Gasparina. Gasparina es poco sexy. Me refiero al nombre. Llámame Gasp. Te lo compro. Es raro porque le caigo muy mal a Gasp de siempre y ahora está aquí, y ustedes disculpen la manera de señalar, claramente ha venido a ser follada, pero el que me conoce sabe que soy poco de ese rollo. Como mucho, haríamos el amor, pero nunca me la follaría, no me va eso. Llámalo como quieras, pero aquí me tienes. ¿Una copa? No quiero copas, quiero que me la metas. Deja caer su albornoz y me acosa, me intimida, desnuda, supersalida, increíblemente atractiva, y yo, asombrosamente inane, atontolinado, confundido, un capullo con todas las letras. Es que, perdona, Gasp, pero yo soy de otra manera, prefiero que hablemos un poco... El estruendo de su risa me quema la cara. ¿Que seamos amigos? ¿Que tengamos una relación? No me fastidies... su risa me da miedo, sus tetas temblorosas me dan miedo, mi tontuna me da miedo, bueno, no hace falta, pero... ¿sabes...? yo iba a decir, pero ella no quería oír. Mi pregunta quedó flotando en el aire


¿  s  a  b  e  s  .  .  .  ?

Y ella no supo. No quiso saber. Se dio la vuelta para salir, dejándome con la pregunta en el aire y sin mi erección..., colapso. Conflicto. María que entra y la encuentra desnuda y yo con cara de tonto, el albornoz cerrado y, a dios gracias, el miembro en reposo, y el cerebro en knock-out. Trato de encontrarme entre los gritos de María y de Gasp, pero no soy capaz, mis manos no son capaces, mis ojos tampoco lo son, nadie puede hacer nada que no sea recibir guantazos de las dos locas que no sé qué quieren de mí, aparte de que reciba sus golpes que, bueno, tampoco son gran cosa, me duelen más las miradas, de desprecio, de asco y de ira, y eso que estoy relimpio, y encuentro edificante que me acuerde de la higiene en un momento tan crucial y llaman a la puerta y es el pedido de Mercadona, que era una sorpresa mía, que se me había olvidado anular, cuando se apuntó Gasp, y eran cosas ricas de Mercadona, salchichón Hacendado, colonia Deliplus y papel higiénico Bosque Verde... todo pensado para un finde de lujo y sexo y María se enfada aún más y Gasp se ríe y yo que agarro la Paleta Serrana de 24€ y juro que no me la comí, pero le abrí la cabeza a Gasp primero y luego a María y luego estaba manchada de sangre, así que no me apetecía comer y asesiné también al repartidor de Mercadona que cometió el error de estar por ahí y ser pelirrojo, pensé que que se le notaría menos la sangre, y me equivoqué, los pelirrojos son malísimos ocultando la sangre cuando les das con la uña del jamón en la sien y qué resultado tan chocante el de la sangre en la camisa de rayas verdes y blancas, si no hubieras venido, Mercadona...

En el juicio llevé mi propia defensa.
Otro error. El juez ni siquiera tomó en consideración, ni como atenuante el Factor Mercadona. Y si alguno os lo estábais preguntando... sí, el servicio de ayuda y defensa jurídica de Mercadona es para defender a Mercadona de gente como yo, no sirve para nada si lo que quieres es echarles la culpa de un triple asesinato.
- Señor juez - dije yo, pensando que acorralaba a su señoría -, ¿no es menos cierto que si no hubiera venido, inoportuno y puntual, el servicio de entrega a domicilio de Mercadona el acusado no hubiera podido cometer ese triple y terrible crimen?
Y el juez, asaz poco jurídicamente, clavó en mi mirada azul, como un fulgurante y puntipinchoso haz de líctores su mirada turbia y me dijo:
- Que te jodan. 
y no contento con eso, añadió:
- Al trullo.
Y me pasé 7 años en CEPSA.
¿no lo flipas?








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(1) Si así no fuera... por favor, házmelo saber. Déjalo dicho, por dios...
(2) Mentira cochina

lunes, enero 01, 2018

Noviembre

El hombre que explica los estados de ánimo, me dijo, cuando detuve el coche y me paré, con intención de repostar:

Noviembre, de escorpiones y tormentas, de renaceres y de blues. Sigues lejos, cada vez más lejos, cada vez más ausente de mí. Es doloroso el no ser, el rechazo y el saberme tan distinto a ti. Y también es doloroso que no entiendas lo que yo te quiero. Lo que significas para mí. Aunque vayan mejor casi todas las cosas, otras cosas siguen su camino desconcertante y pertinaz. Por favor, no te vayas.

Joder, me diseccionó en dos brochazos. Y escribí esta canción en la que,por vez primera, me atrevo a tocar el piano(honky tonk, que le da un aire divertido y optimista a la canción), acompañando y a hacer una de las guitarras del solo (es a dos guitarras) con slide metálico, de ahí, supongo, la falta de precisión.



Wolffo, el ciclón de Valdemorillo
Noviembre 

Y si al final toda esta historia resultó tan mal

¿a qué viene tanta risa sólo al recordar?

Septiembre se alargaba y no acababa el sol

Y el rugir de los motores, de pronto cesó,

ya lo ves, nací de pie,

y el temblor de mi montaña me hace sentir bien

Tú y yo esperando no tenemos rival,

Noviembre en el horizonte, ¿qué eslo que nos traerá?



Estuve más de 30 días jugando a no cambiar

Y el mundo aceleraba a mi lado sin ver

Los tesoros, las miserias, y esa taza de té

Que en octubre te apetece sin saber por qué,

Y al final, ¿cambiarás?

Dejarás que vuelva a ser tu trovador simpar

El mundo ha terminado, ¿qué hacemos aquí?

Mañana ya es noviembre, ¡alacranes, salid!



Ya está…

todo ha cambiado, ya, noviembre otra vez.

¿Volverás…

A ser la brisa que me vio nacer,

A ver la risa que me hace crecer en noviembre.



Llegó noviembre y todo cambió

Algunas cosas, también, a peor,

He vuelto a la vida medio siglo después

Un poco más viejo y más solo tal vez,

Ya lo ves, es la ley

Del amor insatisfecho. De mi reino, soy rey

Soy otoño interminable, mentiroso y bribón,

Yo nací en noviembre, noviembre en mí nació.

Soy puro noviembre, noviembre me parió

Noviembre por mis venas, noviembre es mi voz.

Escúchala con cariño, no la vayas a estropear, ojo...

miércoles, noviembre 22, 2017

He vuelto. Volved.

Han pasado 7 laaargos años.
Desde que a finales de octubre de 2010 mi amigo Buch me dijo que podía intentar hacer carrera en
CEPSA, y empecé a trabajar en una gasolinera, sin saber exactamente dónde me metía, han pasado 7 larguísimos años. Y, de verdad, me han parecido 70.

Primero 5 años como empleado raso, como trabajador manual no cualificado, como obrero, sin querer sonar populista, y después otros dos años gestionando una gasolinera (también de CEPSA) como cofista (ver La nueva vida), han sido suficientes para mí. Suficientes, no... demasiados.

Mi experiencia en CEPSA no ha sido buena, ni mucho menos, y he acabado hasta el gorro de una empresa que, ni como empleadora, ni como partner, disculpen el palabro, estuvo jamás a la altura de lo que uno espera de una gran empresa.

En esa empresa, además casi perdí por completo la autoestima, la salud, la línea, las ganas de ver a mis amigos y familiares (me daba vergüenza, ¿podéis creerlo...?) y la cordura; también se erosionaron gravemente mis ganas de escribir y de hacer música, de editar audios y videos y, afortunadamente, la creatividad y las ideas, simplemente, se quedaron aletargadas, esperando un mejor momento.

Al parecer, ese momento ha llegado.
Desde el pasado 6 de noviembre he vuelto al mundo de la comunicación, la publicidad y el marketing. Me siento, aún hoy, un poco entumecido y abrumado por todas las cosas que tengo que retomar, las que tengo que actualizar y las cosas nuevas que he de aprender. Afortunadamente, el mundo no se para. Sigue rodando y siempre hay que seguir aprendiendo.
Aunque mi carrera se ha desarrollado en un campo algo más amplio, en realidad mi profesión es la de creativo publicitario. Empecé en creatividad como copy, como redactor, y terminé siendo un hombre de ideas en el sentido más amplio, haciendo muchas más cosas, pero mi campo fue siempre la creatividad. En mi nuevo puesto de trabajo, como consultor, o responsable del área de marketing y comunicación de mi nueva empresa, Avanza2, he de asumir otras tareas de comunicación, estrategia, marketing... pero me siento bien. También estoy teniendo la oportunidad de aprender a marchas forzadas, de explorar nuevas habilidades y técnicas y de... volver a ser yo. De volver.

Volved, pues, a mí, las ideas; las ganas de inventar platos y recetas nuevas, de escribir, de hacer canciones, de editar videoclips, de hacer el amor y la guerra, de quedar con mis amigos, de dar el coñazo a mis compañeros de la banda...
Volved a mí, ideas, y yo os prometo usaros bien. Daros buenos campos de juego y pistas de despegue para que voléis (no demasiado, tampoco hay que exagerar) hacia mundos desconocidos, pero apetecibles.
Volved, amigos, que yo ya he vuelto.
Y... volved, volved, volved.




Mirad. Este videoclip lo edité al poco de empezar a trabajar en la gasolinera. Cuando empecé con los turnos de noche, casi me suicido del aburrimiento, así que... hice una canción.



Eso es lo que me pasaba antes. Cuando me pasaba algo, cuando tenía alguna experiencia, eso se convertía en mi cabeza en un relato, una canción, un plato... un algo provechoso, un algo con entidad, con sustancia. Pocos años después, cuando parecía que jamás saldría de las gasolineras, cuando me pasaba algo... me deprimía. Y esa sensación, esa capacidad (convertir las experiencias en creaciones sustanciosas) es lo que tiene que volver.

He vuelto. ¡Volved!

martes, septiembre 26, 2017

Un debate en Facebook


Ayer, cotilleando Facebook, vi que un amigo virtual, con el que suelo discrepar en todo menos en algunas filias musicales, había pulsado “Me gusta” en una publicación cuyo título llamó mi atención. Creo que era así, literalmente: “¿Por qué la izquierda odia la bandera de su país?”
Pensé que alguien que titula un artículo así (era la entrada de un blog) se habría molestado en escribir algo interesante, algo no superficial, que habría al menos googleado algo como “origen bandera españa”... no sé, que intentaría profundizar algo en el asunto.
Leí el artículo con interés, al principio, decepción en seguida y finalmente con el cabreo natural que te produce el perder el tiempo en algo inútil.
En resumen, la idea que manejaba el post era que España, “en el único periodo democrático de su historia”, “eligió” la banderita tricolor (la de la segunda república) y que vino Franco, y ayudado por las “tropas nazis y fascistas que invadieron España” la cambió por la rojigualda, imponiéndola por la fuerza, y los meapilas de la transición no tuvieron huevos de cambiarla. Y claro, como la bandera la “impuso” un dictador, de derechas, la izquierda prístina y pura, no podía aceptar semejante trapo.
Hacía, también, una pequeña incursión en el concepto de patriotismo, pero claro, se trataba de un patriotismo que no tenía nada que ver con los impresentables que llevaban la banderita en la muñeca que querían una España unida, católica y no sé qué más memeces.
El artículo era de una superficialidad pasmosa e iba desgranando lugares comunes, mentiras e inexactitudes con una meritoria soltura. Su autora (Nosecuantos Venezuela),  decía en los comentarios que eso que había depuesto no era su opinión -que se la guardaba- sino que “daba voz” a lo que pensaba “la izquierda” erigiéndose en portavoz de ella (nada menos).
Yo no tenía ganas de guerra, pero dejé un comentario en el sentido de que la conclusión que se podía sacar al leer el artículo es que, si “eso” era lo que pensaba “la izquierda”, la razón del odio a la bandera eran la incultura y el desconocimiento absoluto de la historia de España, y que pensar que la bandera roja igualda era franquista era un disparate.
Obtuve 3 respuestas.
  • Un tal Perro Nosecuantos dijo, dándoselas de perspicaz, que le daba “pereza” porque había echado un ojo a mi perfil y se veía claramente “de qué pie cojeaba”; le dije, creo que literalmente, “gran argumento”  (puede que añadiera “chaval”) y me respondió que “con los años había aprendido a saber con quién debía discutir” a lo que contesté que “quién le había dicho que yo querría discutir con él”. Y ya no supe más.
  • Uno cuyo nombre no recuerdo, me dijo que la bandera la “impuso” Carlos III (qué cabronazo, ni referéndum ni nada) y que por lo tanto la única bandera legítima era la republicana. Como argumento, resulta sorprendente, y se lo hice notar diciendo que aunque diera por buena la cadena de medias verdades que acababa de escribir, ninguna de esas cosas hacía legítima la bandera tricolor y menos aún, convertía en franquista la rojigualda. No supe más.
  • La autora del post,  la señora Venezuela, me contestó que ella “no juzgaba a nadie por lo que pensaba, sino por lo que hacía” y que respetaba a todo el mundo y “todas las opiniones”. Le faltó añadir que respetaba a todos y todas las opiniones… que fueran como la suya, claro, porque, le contesté, sus palabras sobre la gente que lleva “banderitas” en la muñeca no eran, precisamente, respetuosas. Tampoco supe más.
Fui bloqueado, supongo que por la autora del post, porque incluso, dejé de ver en mis notificaciones las que previamente había visto y usado para contestar.
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Y esta la historia de un típico debate en Facebook. Ves algo que podría ser interesante. Lo lees y ves que, en fin, podrias aportar algo y lo intentas. Pero te contestan memeces que tú no has mencionado, se justifican por bobadas que nadie ha dicho y finalmente, te bloquean, supongo, después de insultarte.

Esto está lleno de gente intolerante y cabezas huecas. No tenemos remedio.

miércoles, mayo 10, 2017

Un hortera llamado René (Mis líos con María IV)

 
Hubo una época, de remembranza no demasiado grata, la verdad, en la que rondarte era una experiencia peligrosa. No, ni siquiera eso... rondarte ni se me pasaba por la cabeza. Así las cosas, la sensación que yo tenía al hacerlo era la de caminar por una fina y bamboleante pared de yeso, entre dos ardientes parcelas, odiosas las dos: el ridículo y la indiferencia.
Temía tanto que mi obsesión te resultase cómica, como no despertar emoción alguna en ti. Fue la época en que te liaste con René. Maldito René.
René era un ejemplar genuino de imbécil integral y tú a su lado, déjame que te lo diga, parecías...
...
...
... vulgar.




René iba en moto, y esa era la típica cosa (me refiero a ir en moto) que me parecía envidiable hasta que vi que René la practicaba. René era bastante mayor que tú y que yo,  pero -como casi todo el mundo- estaba en mucha mejor forma que yo y que tú. Eso no es difícil, teniendo en cuenta que yo dejé de estar en forma,más o menos, a los 16 años y tú... tú nunca has estado en forma. Has estado muy buena siempre, bien es cierto, pero no en forma. En buena forma. Afortunadamente, no te ha dado nunca por salir a correr a la calle o, lo que hubiera sido imperdonable, ir a un gimnasio o a bailes de salón, salsa o sevillanas. En eso siempre fuiste tan estricta como yo: es imperdonable cualquiera de esas cosas.
René sí. Iba al gimnasio. En esa época en que los gimnasios olían a pies. O sea, en cualquier época desde los años 80 hasta ahora. Antes de eso olían a linimento Sloan, que era el equivalente a la Rhum Quinina de las barberías de antes, las de pirulí, las de antes de los consultorios de belleza, antes de que el mundo se volviera idiota. René ha sido, podríamos decir, cntribuyente neto a la idiotez mundial, un importante activo de la ola de horterez y la oquedad craneal humana que se impone en nuestros días. René es culpable.
René tuvo la desgracia de tener lo que podemos llamar unos padres memos. Le bautizaron Renato, pero como nació el 14 de julio,día de la república francesa, su madre, Doris (Dorotea de nacimiento) que era imbécil, insistió a todo el mundo, ya desde el hospital, de que debían llamar René al bebé de aspecto desdichado y como alargado que dormitaba en un capacho a su lado. Triunfó el empeño francófono de la madre, en parte porque a la gente le daba igual llamar Renato o René a aquel pequeñajo cetrino, larguirucho e infeliz, y en parte porque en la Ventilla, antiguo pueblecito y luego barrio del norte de Madrid, donde todo el mundo debía tener un mote, hubo una especie de consenso espontáneo en que llamar René a aquello... en fin, era más cruel que el mote más despiadado que se les pudiera ocurrir.
Creció René con una pátina de atontolinamiento de la que fue liberándose como de la pelusilla del bigote de los adolescentes: a base de hacerlo crecer y convertirlo en idiotez fuertemente enraizada en su cuerpo y su alma. Fue un joven flacurris y pálido en los primeros 80, un chico a la moda, así que vestía como un afterpunk, hablaba con dulzura afectada y amaneradamente mal, y vivía como un posmoderno cualquiera, de la Vía Lactea al Sol, del Pentagrama a Escridiscos, de Donoso al Knight y terminaba sus findes a esondidas en el Globo, a escondidas porque era un sitio medio jipi y nada moderno, pero tenía la ventaja de estar cerquita de su casa.
Cuando la fiebre movimadrileña bajó unos grados, terminó de mala manera sus estudios (o sea, no los terminó) y empezó a trabajar en publicidad, era la época de ¿diseñas o trabajas? y él se puso a diseñar.
Cuando René llevaba un tiempo trabajando en publicidad, empezó a frecuentar los gimnasios, hacerse aficionado a la enología, leer novelas históricas, escuchar música de mierda, comer sano y tocarse los huevos mientras se quejaba de lo liado que estaba con sus muchos temas. El alfeñique, pues, fue dejando sitio a un señor normal, eso sí, aún con cara de besugo y un rictus de profunda estupidez que ya nunca abandonaría su rostro ahora saludable. Esto en cuanto a su aspecto, porque en lo que respecta a su intelecto, vaya, hay cosas que no tienen una solución fácil. Ni la tendrán.

René no era más merluzo que el común de los mortales, pero era merluzo... es merluzo, de hecho. Nada puede sorprenderme de los ataques a la decencia y el buen vivir de René, un hortera más previsible que las estaciones, pero, María, hija... ¿cómo fuiste capaz de liarte con semejante montón de mierda?

María conoció a René en una fiesta en la facultad de Derecho de la Autónoma de Madrid, y ambos, medio pedos de coca, se fueron al baño al ratito de magrearse un poco para ver si consumaban su recién comenzada amistad con un polvete rápido y deprimente en los repugnantes baños de Derecho. Eran repugnantes sin fiesta/botellón,así que podéis imaginar sin mucho esfuerzo cómo eran cuando 100 cabestros bebían y bebían y luego trataban de acertar sus erráticos pises en las tazas. Tenían una especie de película barrosa en toda la superficie del suelo, una humedad sucia y fría, y un aire absolutamente irrespirable. A René no se le levantó, pero su poca vergüenza le hizo gracia a María y así, lo que hubiera sido un polvo asquerosete, se convirtió en una divertida anécdota y el pistoletazo de salida a una relación absurda y desnivelada.

María llamaba Ronnie a René, porque le causaba rubor decir en voz alta semejante nombre para referirse al desdichado René, y decía que, además, se parecía a Ron Wood, el asalariado de los Stones. Aunque lo cierto es que había que tener muy buen corazón para dar por válido ese parecido: efectivamente tenía una prominente napia, con el tabique desviado, aspecto de tonto con suerte y te caía mal de primeras, pero ahí terminaban las semejanzas. Cuando estaban enrollados María y René, yo vivía con Vladimira, que no se llamaba así, pero es que no me acuerdo muy bien de su nombre, aunque la quería mucho, en serio. Era prima o amiga del alma, o hermana, de María,no me acuerdo, pero vamos, que me la presentó María y yo, que me fiaba de María mogollón, me hice noviete de Vladimira y ésta,antes de que me diera cuenta, estaba preparándome el desayuno en casa. Ahora que lo pienso, a lo mejor Vladimira era hermana de René. Nunca se me han dado bien los parentescos y eso.

Un día, Vladimira estaba fumándose un peta de té con costo (yes, she did) y decidió cambiar las cortinas del cuarto de estar. Como no tenía una escalera a mano, se subió a la estantería blanca para la tele de Muebles La Fábrica que había junto a la ventana. Era una estantería horrorosa, pero con ruedas, así que, bueno, os podéis imaginar. Hostiazo. Rotura de Orgullo y menisco a la virulé. Hala, al sofá, o a la silla de ruedas, con la mantita y la botella de agua caliente y a darme el coñazo con los yaquestás (... de pie, traeme una mirinda, hazme una tortilla o córtamelasuñas de los pies) y yo, pues venga, porque me daba mucho el coñazo, pero la quería tanto...
Pues en esas, vino a hacer la visitilla al enfermo María, con otra chica que me caía superbien, pero que no me acuerdo ni de su cara, y que no sé si era hermana de Vladimira, de María o del puto René, pero que tenía unos pechos (dos, para ser exactos) muy bien colocaditos, uno a cada lado, en la parte antero frontal del tórax. No trajeron al bobo de René, pero éste hacía de chófer, y las dejó en mi casa mientras se iba a jugar al pádel. Por el telefonillo me dijo que si iba con él. No le maté de milagro.
Así que suben María y Pechoslindos a mi casa, convertida, por mor de la invasión, en pabellón de reposo de Vladimira y yo les abro la puerta, las llevo en presencia de la doliente Vladimira, les pongo un café, y me disculpo y me voy a mi despacho a reunirme con mis asesores fiscales (1). Para estas reuniones, solía hojear, para documentarme, la vieja colección de Fotogramas de mi hermano mayor, porque habéis de saber que además de versar sobre el séptimo arte, traía siempre, in illo tempore, interesantes reportajes naturistas, o sea, tías en bolas, al estilo de Interviú. De Interviú también guardaba un único y viejo número,  mi ejemplar favorito, uno que me impactó profundamente en mi tierna adolescencia, el que tenía un lindo reportaje titulado "Bárbara Rey. Fruta prohibida".

Así que allí estaban Vladimira, con María y Pechoslindos en la terraza de mi casa fumando las cosas raras que preparaba Vladimira; yo y mis asesores fiscales en mi despacho y René, se supone, en la pista de padel cuando se desató la locura. Yo estaba, digamos, en pleno argumentario, ensoñando y disfrutando la fruta prohibida, cuando Pechoslindos entra en mi despacho corriendo, levantándose la falda y bajando con habilidad increíble sus bragas, porque estaba buscando el baño, según dijo ella misma y me caza con las manos en la cosa. Bueno, no daré muchos detalles, pero cuando entró María en el despacho, buscando a Pechoslindos, yo había cambiado la fruta prohibida, por los lindos pechos de Pechoslindos y ésta, sentada a horcajadas sobre mí, me hacía una demostración práctica de cómo era el baile que estudiaba en ese momento, bamboleeeeo, bamboleeeia y todo lo demás.
María, sin poder aguantar la risa, provocada por el peta, trae en su silla de ruedas a Vladimira  y yo estoy en una situación complicada.
Estoy encajado, por decirlo así en Pechoslindos que ha entrado en trance y sólo dice noooopares, siguesigue y yo tengo ganas de parar y no seguir, porque María y Vladimira no hacen más que regañarme por estar tirándome a Pechoslindos, pero ambas me regañan entre risas incontroladas por algo que se me escapa. En un momento dado, Vladimira dice:
- No has sabido leer nuestra relación
La estupidez hace que las risas de María cambien de bando y ahora no puede dejar de reír de lo boba que es Vladimira. Son demasiadas emociones y a mí se me viene abajo el asunto y ahora la que está enfadada conmigo es Pechoslindos que termina yéndose con Vladimira a maquinar contra mí mientras yo intento aprovechar la coyuntura para liarme con María que, dicho sea de paso, no opone demasiada resitencia.
Al rato, cuando estoy enseñándole a María unas suertes, aparece el hortera de René, a quien fueron a buscar Vladmira y Pechoslindos, sorprendentemente aliadas contra mí, recortando su figura por el quicio de la puerta. Se monta. Drama. Melodrama, incluso. René es bueno y de lágrima fácil para el teatrillo sentimentaloide y alterna gritos y silencios con sorprendente sapiencia y manejo de los tiempos. En un discurso imperdonablemente cursi, pero conmovedor, deja sobre la marcha a María y yo me froto las manos
- ¿Por qué?
- ¿Por qué qué?
- Que porqué te frotas las manos... si crees que como quedo disponible, me voy a ir contigo, estás loco
- Mujer... pero ¿cómo piensas eso de mí...? (es exactamente lo que estaba pensando) ¿Qué clase de tipejo crees que soy...?

 Como casi siempre, María sabía exactamente la clase de tipejo que soy, pero con María lo que ocurre es que aunque lo sabe, me lo perdona, increíblemente. Yo debería aprender de ella y no despreciar sus relaciones con gentucilla como René, pero no hay manera de que aprenda. En cuanto voy a aprenderlo, zas, se me pasa.

Pero lo curioso del caso es que, aunque me avergonzaba que me tuviera tan calado,nunca perdía la esperanza de que un día, pudiese hacerla mía del todo. Nada de acostarme con ella... sino que se enamorase de mí absolutamente. Como yo de ella. Que dejase de pensar que soy el peor error de su vida. Que,al menos, me considerara el error más divertido.

Con eso... y con que me dejes tocarte, me conformo, María.
¿Cuándo acabará este lío?



















(1) Hacerme una paja.

lunes, mayo 08, 2017

El vacío (blues)

Estoy vacío.
No estoy enfermo (no mucho), pero tampoco estoy sano; no estoy alegre, sino triste, muy triste, y esta tristeza es como una capa de lana vieja y pesada que no consigo quitarme de encima, como si la hubieran tejido conmigo dentro mientras dormía. Hecho este un tanto insólito, pues, dada mi gordura, la primorosa tejedora quese impuso esta tarea debió emplearse a fondo para tejer kilómetros en unas pocas horas.
Cuando venía en coche a trabajar, al tomar algunas curvas con más velocidad (siempre dentro de los límites legales, que cuando estoy triste soy muy cumplidor) sentía que mi alma venturera y azul rebotaba en mi corpachón redondo y agrandado, pero vacío, y quizá por ese accidentado viaje me siento un poco desalmado hoy.
He tratado de tener un par de ideas, pero cuando empezaban a tener forma, y cuerpo y grasa, empezaban a rebotar como la bola de un pinball en buena forma, gritaba para pedir ayuda, pero mi súplica es como el S.O.S de un montañero solitario en la última sima del mundo, como la prédica de un poeta verdadero en televisión: inútil.

He sabido que el vacío me causa amargura y esta mañana he pensado mal de casi todo el mundo pero, oh, sorpresa, no he acertado.

No. El vacío no es ausencia. Es una plúmbea presencia. No es que no tenga alegría. Es que tengo vacío. Estoy lleno de vacío y tan en así, que creo que este fin de semana, a pesar de mi régimen, he ganado peso. No me he atrevido a pesarme esta mañana, pero me sentía tan lleno de vacío, tan poco ágil, tan pesado, que he huido de la báscula como quien huye de un mal presagio.

Estoy vacío y sólo tú podrías ayudarme, pero no me atrevo a llamar a esa puerta. Siento ganas de derribarla a patadas. Porque estoy triste como un portugués, inflado de nada, como cualquier cerebro de hoy en día; estoy hambriento de sustancia para el alma. Ayuno de risas. Sin roce, sin piel, sin augurios, siquiera.

Estoy triste, estoy bluessy, estoy vacío.
Hoy estoy vacío.




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