miércoles, mayo 30, 2018

La condena


Te veo sentada, a dos metros de mí, pero tú no me ves. Pasa cada tarde: espero a que llegues a casa del trabajo, te pregunto por tu día y casi ni me contestas: bien, y nada más, en modo piloto automático, porque desde hace meses ya ni siquiera añades ¿y tú? Que era lo más parecido a una conversación que teníamos entonces.
Tú te cambias y te sientas en el sofá delante de tu portátil, lo enciendes y te pones a trabajar o a jugar a Candy Crush, o como se llame eso a lo que juegas;  enciendes la tele y un cigarro y qué quieres, me gustaría que pensaras en el mensaje que me estás enviando. Me estás echando, ¿no?
Intentaré, como cada tarde entablar una conversación contigo y seguramente, poco antes de cenar trataré de seducirte… vamos, de que accedas a tener algo de intimidad física conmigo. Que te dejes querer un poco. Pero en eso tendré menos éxito aún que para hablar.
No puedes imaginar lo que es eso. Años de rechazo. De sentirme repulsivo a tu lado. De quererte y desearte y de ver que, simplemente, no es que me desprecies, pero que te causo esa profunda intolerancia epidérmica, eso es innegable. Que no te gusto en absoluto. Que ya no me quieres. Ya no de esa manera.
Y yo, qué quieres, lo entiendo a veces.Mírame: obeso, deprimido, sin trabajo, sin encanto, sin gracia, sin amigos, sin nada de lo que presumir.
Estoy condenado. Porque te veo cada día y cada día quiero gustarte y que me quieras. Y ya sé que jamás volverás a quererme, jamás volverás a abrirme tus piernas dejar que me aloje dentro de ti. Porque tu indiferencia me mata. Me mataste hace ya años.
Y ahora estoy muerto, lo sé, aunque me parece que aún no nos hemos dado cuenta.
Ahora que lo pienso, a lo mejor es por eso, y no es que no me quieras, es que llevo años muerto.


Condenados

No quiero ser el idiota que hace que te rompas la cabeza

ni quiero ser el amigo razonable que nunca se da cuenta

Pero si no tengo nada que hacer,
no sé qué hago intentando aprender

los nombres de esta historia y quién es quién en ella
No quieres ser la boba que se esconde cuando suena la puerta;
no quieres ser la otra y no quieres quererme, si quiera
Pero si no quieres ni verme los pies
no sé qué hacemos desnudos otra vez…
Estamos condenados, y no nos damos cuenta

Hace tiempo quisimos vivir
pero hoy el tiempo nos ha hecho coincidir
en la estación de los que ya estamos de vuelta
Dame una sola razón, para borrar esta canción
y convencernos de que esto ya no nos tienta
No quieres nada de mí, no quiero nada de ti
¿no te das cuenta?
Solo queremos que el mundo, y la gente, desaparezcan
Y así, sin nadie alrededor,
nadie a quien decirle que no

se nos meta al fin la cordura en la cabeza.
Hace tiempo quisimos vivir
Pero hoy el tiempo nos ha hecho coincidir
En la estación de los que ya estamos de vuelta
Dame una sola razón para borrar esta canción
Y convencernos de que esto ya no nos tienta
Lo quiero todo de ti, lo quieres todo de mí
Es nuestra apuesta
Y mientras no sea así te juro que todo me parece una mierda
Pero esto es solo una canción

y es todo cuanto sé hacer yo,
Estamos condenados, y no nos damos cuenta

lunes, mayo 07, 2018

No me ves, me voy

Acabo de componer este tema.
Las cosas en el trabajo no me han ido demasiado bien, aunque tengo mi apañito, pero mierda, esto se suma a tantas otras cosas, me hacen llegar a la triste conclusión de que aquí estoy sobrando del todo.
Así que me voy a pirar.
Una cuestión de tiempo, pero voy a pirarme, eso es seguro. Me voy p'al sur a poco que pueda, buscando sol, mar y un ritmillo de vida más humano.

Musicalmente... mucho blues, o ese tipo de blues apopalíptico que hago yo, que dará cien patadas a los puristas. En fin, que se jodan los puristas, qué quieres que te diga. dice asín:

Me voy

 no parece haber nadie aquí
que quiera ayuda o necesite nada de mí,
el tren se pone en marcha y no lo voy a perder
-no creo que me avisen, la cosa está así-
el mundo rueda y yo mirando
no lo puedo entender
soy la nada, soy cien kilos de miradas de más
soy invisible, prescindible, el que te has olvidao
me confunden con el suelo, empiezo a sobrar,
ya me voy...

La transparencia no me sienta bien hoy
canto a gritos pero nadie quiere entender
estoy sobrando hace mil años y empiezo a creer
que solo cuenta lo que tengo, no lo que soy
yo... me voy
¿no dices nada? me voy 
no me escuchan, me voy
ni me ves, yo me voy

la carretera me sienta tan bien...
vuelo a tu encuentro
la nada es la espada que corta la hiel
quisiera empiezar a creer, pero
muero por dentro
y os miento detrás de mi auténtica piel
yo me voy

Ahora estoy lejos, solo soy un perfil
un auténtico Don Nadie, un gnomo feliz
un bot socializado, el like número mil
yo no pienso, pero opino, soy un tonto civil
Ya no estoy,
no me ves, yo me voy...



viernes, abril 20, 2018

Netol entra en la historia

Fui, lamento decirlo, un cerdo. Un hombre que atropellaba los principios si el tenerlos en cuenta dificultaba en algo mi caminar. Procuraba hacerlo sin que se notara mucho, porque -odio reconocerlo también- siempre me importó lo que la gente dijera de mí. No me entendáis mal: no es que actuara como a la gente le pareciera bien que yo actuara, pero me importaba que pensaran de mí las cosas correctas, determinadas cosas, como si eso justificara, de alguna extraña manera, lo gordo que solía caer a la gente.  Aún sigue siendo así. No soy un tipo que, espontáneamente, caiga simpático al personal y eso, en serio, me da igual. Lo que no me da igual es que piensen, por ejemplo, que soy un zoquete. Eso no me mola. Pero no era de mí de quien quería hablaros, sino de un amigo de un amigo (siempre hay un amigo) al que todo el mundo conocía como el Netol.
Héctor Netol Jiménez es un hombre sin gular(1) y, siéndolo, que lo es, es dolorosamente vulgar y aburrido. Desde pequeño, le llamábamos Netol, y era el clásico mote políticamente
incorrecto que usábamos los niños antes, señalando un cierto defecto físico, si es el que ser cuellicorto puede considerarse un defecto. También le pegaba Netol porque al contrario que nosotros, iba a un colegio privado que le obligaba a llevar uniforme (chaqueta y corbata) y todo el conjunto le hacía parecer un mayordomo buscando una peli en la que salir. mí me llamaban Bola, hasta que le di un guantazo a uno que me lo llamó malamente. Sea como fuere, Héctor era el Netol porque su barbilla parecía pegada al pecho, sin el nexo (o separador) de la garganta, como nos pasa al resto de los humanos.
Por eso a todos nos resultó extraño lo que sucedió con Héctor. Héctor, que nunca había estado enamorado; que nunca se detuvo en cosas como ir a ver las estrellas reflejadas en el embalse, o en trasnochar para ver la salida del sol por detrás del Hogar del Pensionista, que jamás se puso un espejo en la punta del zapato para verle las bragas a una niña, que nunca se asomó a la tienda del Judío para decirle "calvo, baja los precios, pedazo de cabrón" fue, sin embargo, el primero de la pandilla en irse. Sí: hubo un día en que Netol fue el primero en algo.

Éramos, ya sabes, una linda pandilla de ladronzuelos de barrio, de truhancillos deshilachados de tres al cuarto, de niños desnortados y pelmazos, y ocupábamos el espacio de aquellas calles como esos que ocupan los asientos del autobús del pasillo, intentando hacer inaccesible el asiento de la ventana simplemente por dar el coñazo a la gente. Es decir, éramos unos pelmazos de primera, pero teníamos energía, a veces gracia, y aparte de ser molestos, a ratos, no hacíamos gran cosa.

Netol tenía perro, Pinga, una bobtail obesa que siempre andaba sucia y era tan pertinazmente cegatona como casi todas las de su especie. Pero a todo el mundo le encantaba esa perraza sucia, babosa y simpatiquísima y estoy por decir que Pinga era lo único que a la gente le gustaba del pobre Netol, quien, dada su falta de encantos personales, siempre recurría cosas externas (su perra, su moto, la enorme casa de sus padres) para tener algo de aceptación social.

Por eso, el día que Netol apareció en la calle  con una extraña sonrisa en la boca y nos reunió a todos con ese aire estúpidamente conspirador que tan bien sabía adoptar, nadie auguró nada bueno. En una inopinada melé en mitad del solar donde solíamos reunirnos, Netol nos dijo que tenía que enseñarnos algo que cambiaría nuestras vidas para siempre. Y vaya si lo hizo, aunque ninguno quisimos creer que sería de ese modo. Estábamos acostumbrados a ese tipo de anuncios por parte de Netol. Cosas que, aseguraba, nos iban a alucinar y eran... vaya, estupideces como un mechero zippo auténtico, una pluma de oro, un whisky escocés de 300 años, un álbum en directo de Lluis Llach (un LP), en cuyo cuadernillo interior salía Charly Rexach (el cha-cha-chá de la ciudad condal, que decía un locutor de radio de aquellos días) y cosas así que le robaba a sus padres o hermanos mayores y que a nosotros nos la soplaba bastante.

Aquel día, nos llevó a su casa asegurando que lo íbamos a flipar. Éramos solo tres los que estábamos con él: el Jerezano (madrileño, pero sus padres tenían una tienda de vinos guays, sobre todo de Jerez), el Bonmatí (madrileño también, pero veraneaba, como se decía entonces, en Sitges) y yo mismo. Todos le seguimos porque, caray, la casa de Netol era un puntazo: siempre había comida en abundancia, espacio para tirarse por el suelo, buenos discos y, con suerte, su hermana Vicky, fuera de nuestro alcance, por sus 22 añitos cuando nosotros teníamos 16, pero que estaba buena de una forma casi indecente. Cuando entramos en su casa, fuimos directamente al sótano, que era la zona de la casa donde nos toleraban y una vez allí, Netol cerró las puertas, puso a toda tralla el Made in Japan de Deep Purple y nos enseñó lo que, la verdad, nadie estaba esperando. Estábamos acostumbrados a esos numeritos de Netol y solían ser decepcionantes. Aquella vez no lo fue. Aquella vez... fue la hostia.
Estábamos tirados en el sofá, mirando las tías en bolas del Fotogramas (en su tiempo, como el Interviú, el
Fotogramas tenía tías en bolas porque sí), y Netol se puso en pie ante nosotros con su carita de pringao habitual y carraspeó un poco más fuerte de lo necesario para atraer nuestra atención.
- Mirad - dijo, dando un paso atrás - ¿mola o qué...? - y se sacó de la parte trasera de la cintura, bajo la chaqueta del uniforme de su colegio, una pistola. Una de verdad, nada de un juguetito, que junto a su habitual cara de gilipollas integral y su desafortunada expresión corporal, componía un conjunto ciertamente temible. Nos quedamos todos absolutamente privados. -  Os habéis quedao muertos, ¿eh...?

Y sí, nos habíamos quedado de piedra. Pero intentamos reaccionar pronto. Lo que solíamos hacer con Netol era, primero, no consentir que jámás, nos epatara. Y si, como en aquella ocasión, lo conseguía, que no se diera por enterado de que lo había conseguido.
El Jerezano, después de la impresión inicial, volvió rápidamente a la revista
- ¡Buf... está buenísima esta pelirroja! - dijo, mientras se colocaba con gestos exagerados el paquete
- Hm... no parece gran cosa, ¿no? - dijo Bonmatí, y cuando Netol se preparaba a demostrar que la pistola era fetén, añadió - además, en el chumino es morena... bah...
- Vaya... - dije yo que a veces me daba mucha pena -  pero, ¿de qué vas, tío?
Mi estrategia solía consistir en decir que sí, que tenía cosas guays, pero no sabía qué hacer con ellas. Por ejemplo, con el Zippo le quise convencer para que se quemara los pedos; también, por ejemplo, que le hiciera fotos en bolas a su hermana... pero nunca conseguía nada. Así que tiré por ese lado

- No voy de nada, Bola, ¿es que tienes miedo? - me dijo Netol, haciéndose el listillo y, lamento decirlo, acertando. Yo tengo mucho de eso. Presumo mucho, pero cuando llegan ciertas cosas de verdad, no me gusta estar cerca. Cuando mis amigos mods iban a pelearse con los rockers, me sentía molesto, nervioso, porque yo no me atrevía. Cuando salí con la primera mujer-mujer y ella me dijo que iba a meterse una raya, que si quería... tuve miedo también. Y cuando Netol sacó esa pistola, la verdad, me cagué.
- Noooo... no tengo miedo... mientras no me apuntes con ella cargada, chaval
- Ah... - dijo, con su cara de memo, supurando imbecilidad y sudor por el bigote y haciendo el clásico movimiento de halar la corredera sin dejar de apuntar hacia nuestro lado de la habitación - pues...ya está cargada - y dicho esto, aunque intentaba sonreír, su sonrisa era evidentemente nerviosa y el sudor empezó a perlarle las sienes. Su aspecto de imbécil era ya imbatible.
Ese ruido que hemos oído mil veces en las pelis hizo que Jerezano y Bonmatí dejasen de disimular con el Fotogramas y los tres nos levantamos del sofá como impulsados por un resorte invisible. El miedo era ese resorte, claro, y dando un dramático rodeo para salir de la zona que amenazaba la pistola, nos lanzamos hacia Netol, gritando todos al tiempo, tratando de aturdirle o no sé qué tratábamos de hacer.

Lo que es seguro es que no tratábamos de provocar lo que, de hecho, provocamos, no sé muy bien cómo: en medio del forcejeo y el griterío, y evidentemente, sin querer hacerlo, a Netol se le disparó el arma y le descerrajó un tiro a quemaboca a Jerezano, que cayó hacia atrás como un pelele con la cara ensangrentada.
Nos volvimos hacia Netol, para recriminarle a los gritos lo que acababa de hacer. Yo, lamento decirlo, fui un cerdo y di comienzo a una vergonzosa huida, porque no quería correr la misma suerte que Jerezano, pero me dio tiempo de ver a Bonmatí lanzándose sobre Netol para tratar de impedir lo que hizo éste: apoyar el cañón entre sus ojos y abrirse la cabeza de un balazo. Murió allí.

Jerezano, no. La bala entró por la boca, destrozando dientes y mejilla, pero salió bajo su oreja sin interesar, milagrosamente, ningún órgano vital. Al menos él tuvo la suerte de no ver a nuestro maltratado amigo Netol quitándose la vida, una imagen que ni Bonmatí ni yo olvidaremos jamás.

Y así fue como Netol, nuestro amigo Héctor, en el mismo instante, salió de nuestra pandilla y entró en nuestra pequeña historia.


















(1) :gular.

Del lat. gula 'garganta'.
1. adj. Zool. Perteneciente o relativo a la garganta.

jueves, marzo 22, 2018

No sé si contarlo... venga, ¡sí!

Abro los ojos, no sé ni cómo, ni porqué, pero abro los ojos exactamente en el momento que el radio-reloj despertador cambia de las 6:28 a las 6:29, es decir, un minuto antes de que suene la alarma del móvil para ir a la oficina. Desactivar el despertador del móvil es lo primero, para no despertar a Lorna, cuyo sueño adoro, sencillamente, y es entonces cuando me doy cuenta de varias cosas que, caray, uno diría tienen cierta importancia: en primer lugar, fíjate, resulta que no estoy en mi casa, o eso me parece a mí.
Al menos, si esto que no veo, pero casi adivino, es mi casa, alguien debe haber cambiado los muebles de sitio, la altura de los techos y el sitio y el color de las paredes, la ubicación de la ventana, aunque ha dejado en el mismo sitio la mesita de noche y la radio-reloj despertador; y también caigo en la cuenta de que la persona que duerme a mi lado, bueno, puede ser casi cualquier persona, pero os aseguro que no es Lorna. No es Lorna. No, definitivamente no es Lorna Cor, la persona que parece dormir a mi lado, no es mi verdadero amor de todos estos años de errático vagabundeo por el mundo de lo fenoménico, acechando incansable, merodeando el de lo sublime. Mierda... cojo el móvil y compruebo que he desactivado la alarma, porque si lo que duerme a mi lado es alguien a quien no conozco, mejor que no se despierte y así poder largarme sin dar demasiadas explicaciones.

Después de una rápida autoinspección -táctil- de urgencia, confirmo que estoy desnudo bajo las sábanas, con la ligera erección de antes de la primera visita al baño y, caray, esto sí que es extraño, un fortísimo y pastoso sabor a tabaco, a cenicero, en la boca. Hace 10 años que no fumo. También hace 10 años mi erección mañanera, mi morning glory, no era ligera, era tremenda. Tapo, con una violenta tos falsa, un pedo que podría haber inflado 6 globos pero coño, la presencia durmiente de mi lado, ni se entera de mi tos falsa, ni de mi caudalosa ventosidad.

Quiero ir al baño, pero no sé dónde está; no veo nada que parezca la puerta de un baño; salvo los dígitos rojos del reloj, nada es cierto en esta extraña habitación y, agarrado a esa única certidumbre, la de los dígitos rojos que me anuncian que el despertador debe haber sonado, allá en mi casa, hace un minuto, pienso que seguramente se habrá despertado Lorna, y casi se me olvida que me estoy meando, y que seguramente Lorna se estará preguntando que dónde coño he pasado la noche del martes al miércoles. Pues, si te sirve de de consuelo, yo también me lo pregunto, Lorna, mi Lorna querida. Ojalá estuvieras aquí en vez de... en vez de este enorme bulto que duerme a mi lado. A su favor he de decir que no ronca. Duerme en total silencio.

Me muevo inquieto y espero intranquilo a que la persona que duerme a mi lado emita alguna especie de ruido, o gemido de acomodo, queja olfativa, se gire ligeramente, o despierte. Entra algo de claridad por entre las rendijas de la persiana, no perfectamente bajada, y me atrevo a mirar hacia el lado de la cama que ocupa la otra persona, porque me estoy temiendo lo peor. Cuando mis ojos se acostumbran a la casi obscuridad, me atrevo a mirar y confirmo mis temores: lo que duerme a mi lado es grande,  lo bastante grande para suponer que no es una mujer. Al menos, no una mujer de tamaño estándar. Ni siquiera es un hombre de tamaño estándar. No es Lorna. Lorna es de tamaño estándar, aunque ella piensa que ha engordado últimamente, y no está demasiado cómoda con el tamaño de sus pechos. A mí me parecen comodísimos.

Echo de menos, cuánto la añoro en momentos como estos, la dulce simpatía de Lorna. Me refiero a la simpatía física, no al carácter. Lo agradable que es estar a su lado, sin hablar, sin hacer nada más que disfrutarse. Si fuera Lorna la que a mi lado duerme, trataría de convencerla, vocalmente, de lo cómodos que son sus pechos. Con vocalmente, me refiero a que lo haría de palabra (elogiando su deliciosa piel, su carnosa y sopesable entidad, y su adorable tendencia -ya- a caer bajo el peso de los años) y de obra (rechupeteando cada centímetro de su divina masa pectoral). Pero... no es Lorna.

Ni siquiera es un cuerpo cuya cercanía, su falta de calor o su olor, me resulte agradable. La habitación huele a cerveza amarga y a cenicero y no tengo gana ninguna de rechupetear los pechos de este dizque tiarrón que dormita a mi lado. Aunque, mierda, ni siquiera estoy seguro de que la cosa esté durmiendo. Oh... fría e inerte presencia. O, expresado asaz crudamente y con la simpleza expositiva que tanto agradecen las nuevas generaciones, puede que,  y solo lo aventuro a efectos legales, como cuando se dice "presunto" en la tele, que este tío esté muerto. Es gordo, como yo. Y huele mucho a cerveza. Y un poco a muerto.

Existe una cualidad, una textura, un algo indefinible pero que se pega a las paredes, que flota en el aire de algunas habitaciones donde ha tenido lugar una juerga; es una especie de gelatina ambiental que va de los culos de tazas de café con restos de alcohol y colillas, a los sujetadores y calzoncillos inopinada y dispersamente abandonados sobre los brazos y respaldos de los sofás, que definen y dan carácter al campo de batalla de un episodio alcohólico-sexual. En fin, esa clase de cosas, toda esa... mierda es lo que me encuentro cuando reúno la presencia de ánimo necesaria para levantarme, abandonar la cama-féretro y al salir de la habitación y asomarme a la sala contigua al dormitorio. No es mi casa, ni mucho menos, eso lo compruebo sin dificultad, y me dispongo a aventurar cuál de las puertas que veo al otro lado de la sala, en todo el perímetro, en realidad, puede ser un cuarto de baño. Estoy desnudo en medio de una habitación donde ayer se celebró una juerga, por lo menos, regular. Hay ropa desperdigada por todas partes, pero no consigo distinguir la mía. Hay ropa de hombre y de mujer y nada, ninguna prenda, me desvela nada de lo que sucedió ayer, no reconozco esos pantalones, esa falda, o ese jersey. Voy levantando prendas, unas medias, una camiseta, unos vaqueros... con el pie, separo unas botas y bajo la mesa baja de cristal que hay entre los sofás, veo, ridículamente ordenada y doblada sobre la tabla inferior de la mesa, mi ropa.

Trato de imaginar, de visualizar, cómo sería esa fiesta en la que se dio el momento en el que todo el mundo se emparejó y las mujeres decidieron que el idiota que doblaba su ropa era el hombre a evitar, y quedé de pareja del señor gordo que huele a cerveza y muerte y que yace en la habitación que acabo de dejar. Una mierda de fiesta, supongo, porque no me acuerdo de nada. ¡Y yo doblé mi ropa!

Me perdería, de verdad, en este tipo de disquisiciones, pero ya te digo que me estoy meando. No sé si es el instinto, o la suerte, o un recuerdo oculto, pero la primera puerta que abro es el baño y entro corriendo a mear. Aquí también huele a juerga. Mientras meo y paseo distraídamente la mirada en derredor veo que de la bañera, que tiene las cortinas echadas, asoma un pie de mujer. Me molan los pies, pero, ojo: me gustan los pies redonditos, no esos en plan alargado. Este pie no es gran cosa morfológicamente, pero su palidez me hace pensar que detrás de la cortina hay otro fiambre. Cualquiera hubiera pensado que semejante pensamiento debería haber cortado mi micción, pero no es así: de hecho, lo único que sucede (es triste reconocerlo) es que en mi ensoñación de matarife, he girado levemente las caderas mientras me inclinaba para ver mejor el pie asomante, y estoy meando fuera del wáter, en el suelo. En fin.

Me acerco a la bañera, descorro la cortina y bueno, asomaba un pie, pero en la bañera hay dos personas. Un hombre debajo, boca arriba y encima, también boca arriba, como haciendo la cucharita, la dueña del pie asomativo. Ambos tan desnudos como muertos, eso sí, con absoluta ausencia de sangre. Huelen, también ellos, a cerveza, a tabaco y a muerto. La fiesta debió ser mejor de lo que imagino, porque, cojones, qué nivelazo.

Salgo del baño, un poco agilipollado, la verdad, pero con intención de no sé qué, porque me siento raro. Uno no se levanta así todos los días. Yo, por lo menos, nunca me había levantado así. Justo enfrente de la puerta del dormitorio en el que pasé la noche con Fattybeer (Fattybear), sale un pasillo que conduce a lo que parece la cocina. Lo sé. Lo juicioso, lo normal hubiera sido vestirse y salir pitando de allí, pero esperaba encontrar un plátano, o quizá un poco de jamón york en la cocina, no me preguntes porqué, pero eso es lo que me apetecía entonces, un plátano o un poquito de jamón york.
Ahí me tienes, cruzando resuelto la sala de la casa, a grandes zancadas y aún en bolas, baile de
Buenísimo montaje, no fastidies.
escroto y metiendo tripa para que el bailongo paquete parezca un poco menos chico; persiguiendo el jamón york, anhelando un plátano y entrando en la cocina, muy desordenada, y muy poco novelera. Después de una rápida inspección visual sin resultados (no hay una lozana cesta de fruta a la vista), abro la nevera y coño, eso no me lo esperaba: hay una bandeja redonda, torpemente preparada para ser asada, pero con una cabeza humana en lugar de la clásica cabeza de un cochinillo y un plátano en la boca en lugar de la manzana. Es menos asqueroso de lo parece. Es, más bien, cutre. Pero es el cuarto fiambre que encuentro. En rigor (mortis) es la cabeza de un cuarto fiambre lo que llena la nevera del mismo olor que tiene toda la casa.

Me pica la curiosidad. Me pongo a buscar el cuerpo de Cabeza de Cerdo. ¿En el cuarto de la lavadora? ¿En el office? ¿En el aseo que hay junto a la cocina? ¿En la terraza? Me queda un dormitorio, que debe ser el principal de la casa. Entro y ¡bingo! al encender la luz veo el cuerpo descabezado de Cabeza de Cerdo, completamente desnudo y sentado, apoyada la espalda en el cabecero y con dos mujeres desnudas, bastante atractivas aun muertas, en sus costados, acogiéndolas en sus brazos, como si las estuviese amamantando, dando el pecho. Una escena rara.

Y no era eso lo único raro. Llamaba mi atención el hecho de que el muerto tenía un paquete enorme. Ojalá yo tuviera un mango así. Pensé en si serían posibles trasplantes de ciertos órganos, y si habría establecido un protocolo para recuperación y reimplantación de pollas. ¿Sabes? como los riñones y eso... pero de vergas. Y ¿habría un sitio bueno para cortarla? Y en si lo cubriría la Seguridad Social. Tenemos una sanidad pública cojonuda, lo dice todo el mundo. Si se cubren operaciones de cambio de sexo, a lo mejor encontraba un centro donde considerasen cambio de sexo a un cambio de nabo. Un upgrade, más que un cambio. Porque era el nabo lo único que yo quería del cadáver de Cabeza de Cerdo. Mis testículos eran mucho mejores, de color, tamaño forma y actitud. Mucha gente ha elogiado lo bien que me cuelgan, no es que lo diga yo.

Había encontrado 6 cadáveres, y el único al que había mirado un rasgo o atributo (el Atributo) era el que estaba sin cabeza. Curioso, ¿no? Empiezo a ver muertos y no les miro ni nada, pero pero veo uno sin cabeza -sin cara- y me obsesiono con su polla. Esto es de psiquiastra, no me jodas. Porque ni siquiera sería capaz de recordar un rasgo de la cabeza de Cabeza de Cerdo, pero no me quitaba de la cabeza su rabo. Quizá influía, en esto de no quitármelo de la cabeza

Las 8. Y no he desayunado. Voy a bajar, me tomo algo y luego pienso si se lo cuento a Lorna. Se va a reír.
(temazo)









lunes, febrero 19, 2018

Te veo (8)

Te veo.
A ti, a ti… Siempre te veo a ti, bajo todas las personas que en el mundo hay, te veo siempre a ti. Nadie lo entiende, pero yo miro y te veo a ti y no quiero convencer a nadie: ellos verán lo que vean, me da igual lo que sea: un cuadro, las estrellas, una novela, una puesta de sol, un concierto, una peli… y yo, que no digo que esas cosas no existan, que seguro que sí, pero al mirar la belleza, lo que veo eres tú: y me sobrecoge, me eriza el vello del antebrazo, me deja un sabor agridulce por saberte tan lejos, aunque estés tan cerca y… da igual, al final, quedas tú. Sola, recortándote en un horizonte improbable de nubes, mares y luz. No digo que estés o te sientas sola, digo que yo, lo único que veo, lo único que impresiona mi retina, mi recuerdo, mi ardor, mi afán, es tu imagen, solitaria y aúrea, plena de sensualidad y de buenos augurios.
No sabes, no puedes saberlo, hasta qué punto vives en mis sueños, en mis pensamientos. Nadie imagina lo que los otros imaginan, aunque no estoy demasiado seguro de esto, pero sé que nadie puede –ni siquiera tú- imaginar lo que eres tú, para mí: como te veo yo, nadie te va a ver jamás. No es que sea bueno, necesariamente, pero es así.
Hoy te salen las cuentas. Los números que hoy se imprimen en tantos rincones de ti, el 3 y el 5, son el ocho, el 8, como yo, el 8 que es, qué te voy a contar, un número mágico. Decís los que sabéis de esto que el 8 es organización, perseverancia y control de la energía para alcanzar logros materiales y espirituales. Alude al poder de la realización, la abundancia en el mundo mental y espiritual (representada en la curva superior), y la abundancia material, a la que hace referencia en su curva o base inferior.

Yo, en ese mismo 8, te veo a ti. Miro su intrincada geografía, su topografía y su anatomía y te veo a ti, qué quieres, y quiero posar suavemente la mano en tu cintura, te has apretado el cinturón, y sacarte a bailar. Me gusta verte bailar, siempre me gustó verte bailar, siempre sonríes al bailar. Y ahora, vestida de ocho, estás más bailable que nunca.
¿No te pasa a ti? El ocho es como bonancible, buen carácter y sin aristas, fácil y agradable de tratar. Un abrazo, ¿verdad? Un oso blanco, tan tierno visto de lejos, tan feroz de cerca, aunque, en realidad, yo creo que tú no eres feroz, solo yo te hago feroz, tengo esa maldita habilidad, hacer que seas feroz conmigo, hacia mí, en realidad, y luego me quedo acojonado, pegado a la pared, deseando ser invisible para que no me quemes con el fuego de tu ira.
Y, también, iracunda, te veo. No veo tu ira, te veo airada, y me gustas, pero tu ira, que no la veo, me deja hecho papilla: no la veo, pero la siento. Pero cómo estaré de colgado que hasta iracunda, me gusta verte.
En fin… estás aquí, cielo, estás en mí, puede que a tu pesar. Te veo porque estás, qué le voy a hacer… ¡qué le vas a hacer! Yo creo que es agradable que te quieran, si no te dan mucho la brasa y que yo decidí no darte demasiado la tabarra, pero de vez en cuando, hoy que te haces ocho, por ejemplo, me gusta recordarte que eres muy especial. Seguramente lo eres para el mundo, pero has de saber que lo eres para mí de una forma profunda y significativa.
Porque miras atrás, miras sin más, y miras lejos cuando miras. Porque sabes lo que hay detrás de una fachada.  Porque no hay nadie como tú para conversar por conversar. Así que, ya sabes: búscame cuando tú quieras que te quieran sin contar  las veces que hayas querido a tantos como quieras  sin contar; búscame cuando haga frío y amanezca dentro de ti y no haya nadie a quien contarle lo que pasa, en realidad. Cuando sientas que el mundo, ese mundo a veces tan frío, a veces tan cruel, se te haya acabado; cuando todo, todo sea nuevo y la historia se haga gris. Cuando el dolor se haya hecho hueco en tu costado.
Cuando brille todo solo para ti
Que cuando miro al mundo entero, cielo e infierno, agua, sol y fuego, no veo el mundo.
Te veo a ti.
Siempre te veo a ti; aunque creo que eso ya lo sabías. Disfruta el 8. Ya sin mí.


martes, enero 16, 2018

La última Navidad, merluzas, paleta serrana y El Factor Mercadona

(Nuevos y trepidantes líos con María)

Soy un error.
Una anomalía antropológica en un proceso vital fallido. Un desvío  genético que María, asaz poco académicamente, definía como una cagada. Una cagada suya, de ella misma. Me dijo:
"Eres la mayor equivocación de mi vida. Mi mayor cagada"
Llevo unos años - toda mi vida  adulta, en realidad - obsesionado con María, pero no hasta el punto de que me gusten sus cagadas. Tampoco me gusta tanto su culo (gustándome muchísimo) como para pensar que salir de él es como la puerta grande de Las Ventas. Y ni
siquiera estoy tan atontolinado como para consolarme con la idea de que al menos me considera algo suyo, aunque sea una deposición. Objetivamente: si bien no soy lo que pueda considerarse una persona extraordinariamente lista, tampoco me considero un zurullo, y considero que poseo un cerebro apañadito que elabora procesos mentales aseados; pero hasta yo sé reconocer cuando la idiocia del amor me ha hecho parecer patético y, seamos claros, un indigente sentimental.
Soy capaz de rebajarme moralmente hasta las catacumbas de la dignidad si cabe la posibilidad de que poses tu mano en mi pecho,  de oler tu pelo, de rozarte.
Todo eso lo sé. Mas... me duele que basta con que tú aparezcas, con tu camisa con los dos botones superiores desabrochados, con unas mallas bien rellenas de tus muslos-milagro, con unas chanclas sencillas y tus pies llamándome a gritos...basta cualquier cosa de esas, para que me convierta en un idiota. 

He de aclarar que no siempre fui mal considerado por María. Ni siquiera estoy seguro de que hoy me considere mal. Supongo que lo que ella considera mal, es "yo, a su lado" y que yo, manteniéndome alejado de ella, le resulto completamente indiferente (1). Hubo un tiempo en que me admiraba y todo, y recibía de buena gana mis ocasionales atenciones y me dispensaba ella las suyas sin recato. Ya he contado algo de eso. Pero un día se torcieron las cosas y desde entonces, nada volvió a ser lo que era. Y todo, por lo que ocurrió aquella tarde y los sucesos que, de ahí,  se desencadenaron sin tregua. Lo que los estudiosos han dado en llamar El Factor Mercadona.

En aquellos días  (cálidos, lejanos, funestos días de los albores de nuestra relación) empezábamos a sorprendernos con lo placentera que empezaba a parecernos la experiencia de compra en el Mercadona. Si bien el surtido era estrecho, poco variado, en realidad (lo sigue siendo), pero ¡ay, qué delicia eran sus pasillos y lineales...! ¡Con qué alegría y ligereza recorríamos la sección de embutidos, dando la espalda a los quesos...! Buscábamos con ahínco la enseña de Hacendado, como si en ella estuviese inserto, mágica y estúpidamente, el verdadero secreto de la felicidad intestinal debido a que (confesión íntima) ni María ni yo vamos bien de vientre, con todos los respetos. Tanto llegó a gustarnos Mercadona que ambos rellenamos entre risas el típico tríptico ese de "¿Quieres currar aquí?" y allí se dio, aunque no lo supe entonces, la primera traición de María. Yo lo rellené en broma, poniendo que quería ser Supervisor de Culos y Probador de Jamones Buenos, Pechos y Muslos, y que en 5 años me veía echando a Juan Roig a la calle y que sugería que todo el personal fuera en Ropa Interior Corporativa (verde y blanco)  y cosas así, pero María (¡ah... felona...!) lo rellenó en serio. Y la cogieron, claro, como que es una grandísima profesional, y mejor persona. Y de resultas de todo aquello, señores, María fue pescadera en Mercadona. Por lo visto a los pescaderos les pagan más, porque hay un plus por el cante. La foto es de ese momento emocionante de nuestra vida. Viéndola ahora, me pregunto cómo no lo vi entonces... me refiero a la sutil obscurescencia que provoca en su rostro la vitalidad, no del todo controlada, de su vello facial (el bigote, vamos) y corroboro lo que escribía antes, acerca de lo estúpido que puede ser uno cuando cree que está enamorado.
María trabajaba en la pescadería del Mercadona de Valdemorillo, y yo era corresponsal de The New York Times en la misma localidad serrana de Madrid y nuestra vida hubiera sido mejor, probablemente, si nuestras circunstancias profesionales hubieran sido otras... pero no las fueron.
Ser pescadera del Mercadona, y más en una metrópoli como Valdemorillo, requería de María una enorme dedicación afterhours, como si dijéramos. Una vida social de alto nivel que yo, un simple corresponsal de una publicación de carácter localista de un poblachín americano (en los 90 Nueva York era una mierda de sitio, todo el que tenga más de 30 años lo sabe, como decía -premonitoriamente- la repulsiva canción de Mecano -asquerosa, como todas las suyas- de 1988, No hay marcha en Nueva York, una de las letras más ofensivas y con menos gracia de la Historia) no podía entender, asumir, ni tolerar. Yo, como encargado de las noticias internacionales de Europa y Oriente próximo, y como corresponsal residente en la ciudad de Valdemorillo (una ciudad con un nivel noticiable de primer orden), me tocaba los huevos la mayor parte del día, pero ojo, con el stress que supone la incertidumbre de que te pillen tus jefes, que no entienden nada de este trabajo. Tenía que estar 24/7 disponible para escaquearme de mi periódico. Pero, os voy a ser sincero: no lo estaba. No... porque es que los americanos no tienen ni puta idea de periódicos. Y yo, que soy un tío de esos que dicen "ya te digo yo que..." antes de emitir cualquier opinión absurda y/o indocumentada, prefería no ser esclavo del trabajo, porque eso de ser esclavo, la verdá, es muy esclavo. Sin embargo María, con su puestazo, con su pedazo de cargo, porque aparte de Pescadera Vendedora, era Encargada Segunda De Merluzas Y Salmonetes, estaba todo el día liada... que si las sardinas, que si los jureles... móvil parriba, guasap pabajo... un sinvivir. Y olía pa echar a correr, que esa es otra, pero me pasaba como con la barba... questás enamorao, y no lo ves, coño.
Los hechos que voy a referir a continuación, tuvieron lugar entre el puente de la Constitución y la Navidad del año... no me acuerdo bien, pero fue un año bastante bueno para las cosas en general, eso ya te lo digo yo que fue así, o sea que fue uno de esos años en que la gente dice, joooer... y cosas así, por la calle y en las casas particulares también.
Bueno, pues iba a ser un puente como el de este año, acueducto, que dice la gente, pero mejor, o sea, de más calidad, eso es lo que decían en las agencias de viaje de Valdemorillo, aunque los agentes de viaje valmoriscos, esto es curioso, no me jodas, no pronuncian "calidad", sino calidá, que es como mejor. Yo quería darle una sorpresa a María, para que se olvidase del stress merlucero, y llevármela de viaje a algún sitio chulo, un sitio de interior, sin pescado ni pescaderías, sin Mercadona, incluso, algún sitio con jabón y agua caliente, eso sí, para poder darle unas friegas y quitarle el pestuccio a bacalao que la acompañaba de forma constante y dolorosa, aunque yo haya dicho que no me daba cuenta... es mentira, miento como un bellaco, lo soportaba porque el sexo con ella super excitante, pero coño, María apestaba a trainera de arenques en aquellos días y este punto queda zanjado, no seáis pesados.

Un spa, coño.
La solución era un maldito spa.
Un sitio donde podamos estar los cinco malditos días sin quitarnos el albornoz más que para acostarnos, lo que en mi cabeza (en mis sueños) sucedería, más o menos, cada dos o tres horas... y en realidad sucedería, si tenía suerte, una vez. En aquellos días, sin que yo supiera muy bien porqué, María me tenía negado... bueno, negado, no, retirado, o ignorado, el llamado débito conyugal, o, por decirlo de otro modo, que suene menos machista o patriarcal a las siempre histéricas feministas, que no quería sexo (al menos, no lo quería conmigo), y siempre tenía mucho lío, o dolor de cabeza, o de pies, o lo que sea, o no era el momento, o el lugar, o el ánimo... o lo que fuera que pensase su cabeza en aquellos días en los que empezó, literalmente, a repelerle acercarse a mí, o mi olor, o el tacto de mi piel... realmente nunca lo supe, pero que la repelía, que le daba un cierto asco la intimidad conmigo, eso era indiscutible. Y muy deprimente.

Bueno, pues fuimos al cacareado spa. Pero, como siempre pasa con los grandes ejecutivos, el puente se jorobó porque Mercadona, fiel a su compromiso con la sociedad a la que, al mismo tiempo, enriquece y exprime, decidió abrir tanto el sábado como el martes, con lo cual, imaginaos qué mierda de puente nos quedó, o queduvo, que nunca sé bien cómo se dice. Lo que sí que me sale bastante bien, sin en cambio, es repartir los acentos. Me dieron un premio en el colegio y todo(2).

Pues eso, amiguitos, que, al final, María, presionando al más alto nivel a la gerencia de Mercadona, pudo cogerse unos días de vacaciones en Navidad. Y reservé en uno de los mejores de Valdemorillo (¿para qué alejarse, si vivimos en el paraíso?), un sitio famoso -también- por sus numerosas instalaciones acuático-festivas. En EPdB, (El Portal de Balde), un spa de nombre navideño, que no es gratis a pesar de su nombre, donde pasaríamos unos días felices de albornoz, sexo y religiosidad, así que reservé sin miramientos en este singular destino.


De acuerdo: podemos considerar Valdemorillo como un lugar de interior, pero por mucha buena voluntad que le pongamos, no podemos considerarlo como un lugar sin pescaderías, y menos aún sin Mercadonas. De hecho, el Mercadona de Valdemorillo (y su magnífica pescadería con su espectacular "BAJADA DE PRECIO" a partir de las 18:00 horas) es uno de los polos de negocio destacados de la Unión Europea y, como os podéis imaginar, sus trabajadores son apreciados y envidiados apartes iguales por los lugareños y los habitantes del vasto municipio protoserrano; como cualquiera puede colegir, el tener un negocio así atrae a gente de los cuatro puntos cardinales. Y de los otros puntos, los intermedios, también. Así que además de reservar una habitación, me apunté a tratamientos y circuitos de todo tipo (de chocolate, barro, aceite, aromaterapia y otras giliterapias alternativas), uno para cada día, para que nos preparara para lo que yo planeaba como un puente de constante sobeteo profesional, sobeteo sexual, papeo (sano) y siesta sin parar.

Cierto es que debí sospechar que no sería así cuando, a instancias de María, se apuntó su compañera y amiga Gasparina, a nuestras vacaciones y yo, que siempre estoy dispuesto a mirar el lado bueno de las cosas, pensé que, oye, la amiga de María, la mires por donde la mires, está bastante buena y que quizá, sólo quizá, se abrieran nuevas e inexploradas posibilidades en el campo del sexo y el masajeo-spa grupal. No sé si os he comentado que yo, en aquellos años de corresponsal del NYT, era un poco negro y tropical (pongamos que un 30%), y me colgaba medio metro de carne trémula, morena y cadenciosa, por lo que, en fin, la gente me adoraba de forma entrañable y sensual. La gente, obvio es decirlo, no incluía a María, y mucho menos a su amiga Gasparina, que me detestaba cordialmente, seguramente, por solidaridad de género y/o amical con María. Aunque a lo mejor sólo me detestaba porque soy bobo. No sé.

Llegamos al PdB los tres, pues y nos recibió un buenazo al que llamaban Sejota, marido de MariVí, en la recepción del spa, con la expresión triste del tío que es el marido de la dueña, sí, pero al que no se tiene en cuenta para nada y se le dejan las tareas menos importantes del negocio, porque su mujer le considera un inútil incapaz de hacer nada bien. O, al menos, incapaz de hacerlo tan bien como ella lo haría. Ese era el triste rictus de Sejota, con su túnica descolorida, su barba descuidada, su melena inadvertida, y su irrelevante personalidad. Como era negro en esa época, podéis comprender que me solidaricé con Sejota enseguida, y le miré con mirada solidaria y humanista pero él, quién sabe, creo que no se enteró de mi empática actitud. Parecía cansado y con ganas de sentarse en el sofá a ver Friends o algo así. Desde luego, no estaba encantado de vernos, en plan atención al cliente, no sé si me explico. Su actitud, en lenguaje de hoy, era más funcionarial que proactiva. Yo era amiguete de Sanjota, y me interesé por él con la amabilidad propia de Valdemorillo
- Tienes una pinta asquerosa, tío, ¿estás estreñido o es que estás planeando morirte?
- No... solo estoy agotao, Wolfftasar, macho. MariVí está a punto de dar a luz... - nos dijo, asustado, hastiado también - y estamos todos un poco cansados, deseando que llegue ya la cosa...
- ¿La cosa...? - le dije, porque caray, no es la forma más cariñosa que tiene una persona de referirse a su hijo...
- Ya bueno, sí... la cosa... es que yo hasta que no lo vea... ahora es solo un bulto sospechoso que hincha la barriga de Mariví...

Gasparina estaba nerviosa. Es muy  amiga de los libros de autoayuda, aunque para ella el prefijo "auto" sobraba: le gustaba leerse esos libros, para perorar a los demás con sus recién adquiridos conocimientos. Es más, si tenías un problema, digamos de baja estima, ella compraba un libro sobre ese asunto y se lo empapaba para ayudarte con consejos perfectamente prescindibles: si quieres que los demás te quieran, tienes que empezar por quererte tú... y en ese plan. Pues bien, al ver la actitud tan poco facebookiana de SeJota sobre su inminente paternidad, a Gasparina se le notaban las ganas de abrir  la espita de su generoso arsenal de consejos, de esos que se dan medio sonriendo, dejándolos en el aire con puntos suspensivos, y como esperando a que los flojillos de turno hagan like y compartan, y se mordía nerviosa el labio inferior y emitía unos ruiditos, la verdad, encantadores, como el tertuliano educado que no termina de dar su opinión y se pasa el debate amagando, sólo amagando y levantando el dedo, buscando el hueco para intervenir. Apuesto a que le hubiera gustado darle 3 o 4 consejos al bueno de SeJota, mientras, livianamente, le apoyaba una mano de cuidadas uñas de colores en el antebrazo y éste que, en eso se parecía a mí, si hay un buen par de pechos delante, ni ve ni oye nada, se habría tragado los consejos como el frenadol, procurando no saborearlo y que la cosa entrara rapidita, y con la mirada perdida en el canalillo (épico) de La Consejera Gasparina. Afortunadamente, SeJota se adelanta y nos da la llave de la habitación y nos dice que nos espera sobre la cama un albornoz, que nos cambiemos y bajemos, que nos espera un Masaje de Bienvenida.

- Y... ¿qué tal es Bienvenida dando masajes? - digo yo, siempre dispuesto a hacerme el gracioso. Sejota sonríe generoso, Gasparina me mira como preguntándose si soy idiota (y diría que además de preguntárselo, se contesta que sí) y María no me oculta su ya célebre cara de asco porque, ella nunca miente. En este jovial ambiente, pues, nos dirigimos a nuestra habitación a dejar el equipaje y a recibir los parabienes de El Portal de Balde.

Nuestra habitación, rollo suit, tiene, sorpresa, dos habitaciones, o sea, dos estancias, dos piezas, y decidimos que María y yo ocuparemos la del fondo, o sea, el dormitorio propiamente dicho, y Gasparina domirá en el sofá convertible de la pieza general. Dejamos las maletas a los pies de la cama y nos metemos en el albornoz. Yo estoy ridículo, porque mi albornoz es demasiado pequeño, de un verde bastante feo y bueno, no soy un adonis, precisamente. María está mundial: su albornoz es igual de feo que el mío, pero ella está buena y es de la misma talla que el albornoz. Salgo del dormitorio y pillo a Gasparina mirando distraída su móvil, con el albornoz semiabierto, y uno de sus gloriosos pechos como curioseando la habitación. Sé que me detesta, pero juraría que me ha sonreído, que ha separado el teléfono, que me ha invitado a mirarla antes de cerrar, muy despacio y sin dejar de mirarme, el albornoz. 

En fin, ahí nos tienes a los tres, como tres reyes en albornoz, con estrellas, sol y luna, frente al Portal de Balde, esperando a que nos den el primer repaso, un masaje con aceites esenciales. Yo, odio reconocerlo, pero tenía una temblorosa erección desde el episodio de nuestra habitación y la perspectiva del masaje me daba muchísima vergüenza, así que al ver que en la sala había 4 camas y que íbamos a estar los tres juntos, me disculpé como un idiota, me duele la cabeza, y me fui a la habitación, henchido de un premonitorio amor propio, por decirlo de manera delicada. Me daba vergüenza que María y Gasparina me vieran con semejante empalme y pensé, además, que estarían más cómodas sin mí.

¿Qué...mato a alguien? Me molan los masajes. Quiero decir, aparte del sexo, me mola que alguien que sepa cómo hacerlo, me toque y me relaje, o me calme un dolor y todo eso. Y aquí me tienes, viendo como un bobo el canal 24h de OT en el lujoso Spa Valmorisco... y alguien llama a la puerta.

Es ella. Gasparina. Gasparina es poco sexy. Me refiero al nombre. Llámame Gasp. Te lo compro. Es raro porque le caigo muy mal a Gasp de siempre y ahora está aquí, y ustedes disculpen la manera de señalar, claramente ha venido a ser follada, pero el que me conoce sabe que soy poco de ese rollo. Como mucho, haríamos el amor, pero nunca me la follaría, no me va eso. Llámalo como quieras, pero aquí me tienes. ¿Una copa? No quiero copas, quiero que me la metas. Deja caer su albornoz y me acosa, me intimida, desnuda, supersalida, increíblemente atractiva, y yo, asombrosamente inane, atontolinado, confundido, un capullo con todas las letras. Es que, perdona, Gasp, pero yo soy de otra manera, prefiero que hablemos un poco... El estruendo de su risa me quema la cara. ¿Que seamos amigos? ¿Que tengamos una relación? No me fastidies... su risa me da miedo, sus tetas temblorosas me dan miedo, mi tontuna me da miedo, bueno, no hace falta, pero... ¿sabes...? yo iba a decir, pero ella no quería oír. Mi pregunta quedó flotando en el aire


¿  s  a  b  e  s  .  .  .  ?

Y ella no supo. No quiso saber. Se dio la vuelta para salir, dejándome con la pregunta en el aire y sin mi erección..., colapso. Conflicto. María que entra y la encuentra desnuda y yo con cara de tonto, el albornoz cerrado y, a dios gracias, el miembro en reposo, y el cerebro en knock-out. Trato de encontrarme entre los gritos de María y de Gasp, pero no soy capaz, mis manos no son capaces, mis ojos tampoco lo son, nadie puede hacer nada que no sea recibir guantazos de las dos locas que no sé qué quieren de mí, aparte de que reciba sus golpes que, bueno, tampoco son gran cosa, me duelen más las miradas, de desprecio, de asco y de ira, y eso que estoy relimpio, y encuentro edificante que me acuerde de la higiene en un momento tan crucial y llaman a la puerta y es el pedido de Mercadona, que era una sorpresa mía, que se me había olvidado anular, cuando se apuntó Gasp, y eran cosas ricas de Mercadona, salchichón Hacendado, colonia Deliplus y papel higiénico Bosque Verde... todo pensado para un finde de lujo y sexo y María se enfada aún más y Gasp se ríe y yo que agarro la Paleta Serrana de 24€ y juro que no me la comí, pero le abrí la cabeza a Gasp primero y luego a María y luego estaba manchada de sangre, así que no me apetecía comer y asesiné también al repartidor de Mercadona que cometió el error de estar por ahí y ser pelirrojo, pensé que que se le notaría menos la sangre, y me equivoqué, los pelirrojos son malísimos ocultando la sangre cuando les das con la uña del jamón en la sien y qué resultado tan chocante el de la sangre en la camisa de rayas verdes y blancas, si no hubieras venido, Mercadona...

En el juicio llevé mi propia defensa.
Otro error. El juez ni siquiera tomó en consideración, ni como atenuante el Factor Mercadona. Y si alguno os lo estábais preguntando... sí, el servicio de ayuda y defensa jurídica de Mercadona es para defender a Mercadona de gente como yo, no sirve para nada si lo que quieres es echarles la culpa de un triple asesinato.
- Señor juez - dije yo, pensando que acorralaba a su señoría -, ¿no es menos cierto que si no hubiera venido, inoportuno y puntual, el servicio de entrega a domicilio de Mercadona el acusado no hubiera podido cometer ese triple y terrible crimen?
Y el juez, asaz poco jurídicamente, clavó en mi mirada azul, como un fulgurante y puntipinchoso haz de líctores su mirada turbia y me dijo:
- Que te jodan. 
y no contento con eso, añadió:
- Al trullo.
Y me pasé 7 años en CEPSA.
¿no lo flipas?








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(1) Si así no fuera... por favor, házmelo saber. Déjalo dicho, por dios...
(2) Mentira cochina