miércoles, junio 27, 2007

Las ballenas también bailan (una canción del verano políticamente correcta)

Seamos francos. Pertenezco a una minoría étnica: soy blanco, heterosexual, ateo, liberal, español, madurito, no me trago lo del cambio climático y semiobeso. Artísticamente, estoy anclado en hace 30 años y prefiero la comida de puchero a las aberraciones químicas de la nueva cocina. Soy casi todo lo malo que puede ser una persona hoy día, por lo que exijo mi derecho a ser escuchado por el pueblo soverano (sí, es a posta, la uve) y respetado por la intelectualidad.
Pero vamos al busilis del asunto: las ballenas también bailan. Puede ser una aseveración peligrosa, lo sé, pero bailamos, y si no, mirad esta canción que hoy propongo para que sea canción del verano.

Wolffo - A veces



¿Por qué debe ser esta canción la canción del verano? Trataré de contestar sin ambages, sin rodeos y sin franqueza absoluta, para no abrumar demasiado al personal.
1. Porque tiene algunas frases idiotas y un taco al final.
En cuanto veáis el video, lo descubriréis. Algunos de los versos no tienen ni pies ni cabeza, y como los monologuistas, esa plaga nefasta del siglo XXI en España, cuando quieren hacer reír dicen jodido, hijoputa o gilipollas, en plan yo es que soy muy libre y muy espontáneo.
2. Porque sale un tío haciendo el ridi y está en YouTube.
El frikismo, lo queramos o no, nos invade. Hoy lo que se lleva, lo que a la gente le gusta es que un imbécil olvide el sentido del ridículo y cuelgue su video en internet para que la gente pueda pasarlo y mandarlo en esos odiosos correos, junto con una presentación lamentable y cursi en ese programa que es la encarnación de todos los males de la sociedad moderna: el power point.
3. Porque levanta la moral de la población.
Puede que pienses que eres feo o desgarbado. Quizá tu novio no se atreve a ponerse esa camiseta ajustada que le has regalado, porque se evidencia que tiene más pecho que tú. Sea cual sea el complejo físico que tengas tú o tu pareja, al ver a esta alegre ballena bailando despreocupadamente, haciendo rebotar sus tetas bajo la camiseta, sonriendo con mellada sonrisa, dirás: si a él no le da le vergüenza...
4. Porque me vendría bastante bien la pasta.
Efectivamente, aunque no te lo expliques, un hombre de mi talento, con mi gracejo, con mi sex-appeal, con esta voz varonil que te acaricia la entrepierna, con este paquetazo español, con mi rotunda presencia... con todo esto, no soy un hombre rico, y en agosto van a revisarme la hipoteca otra vez, por lo que un éxito moderado (tampoco quiero desbancar a Leonardo Dantés) me vendría medianamente bien.
5. Porque la canción es buena.
Ya, ya... qué voy a decir. Pero si agunatas hasta el final, verás que no es tan boba como te pareció en sus primeros acordes. Es sencilla, pero tiene de todo...
¡Mierda! me estoy dando cuenta de que este último punto explica, en realidad, porqué esta canción no va a ser la canción del verano. Porque si es buena, no puede serlo.

Aquí, en WolffoMusic, podéis leer algo sobre cómo la compuse y bajaros el mp3; y aquí, en YouTube, podéis verla a toda pantalla y votarla y darle cinco estrellas, que me hace muchísima ilusión.

En fin, amiguetes, con este post músico-festivo me despido por unos días, porque tengo mucho curro y el sábado me piro de vacas, un par de semanas en el paraíso, me voy a tirar.

Sed buenos hasta que empecéis a aburriros, luego podéis empezar a ser malos y luego podéis confesaros con el cura de mi pueblo, que está sordo y no le huele el aliento.

Hala, hala... a disfrutarlo.

ACTUALIZACIÓN CRÍTICA
(DONDE SE REFLEJAN LAS CRÍTICAS MÁS SEVERAS RECIBIDAS POR EL VIDEO)

  • La colcha vieja del fondo, calificada de "paño de cocina estirao", y "trapaja"
  • La camisola verde de cuello chino y faldones del bajista, intolerable, a decir de una espectadora, que me ha conminado a quemarla en fogata ritual.
  • Los barrilitos que flanquean la puerta, que según otra querida amiga, parecen el avituallamiento de un San Bernardo y que hacen que tire por la borda años de estilismo respetuoso con la sensibilidad.
  • Ha sido fuertemente criticada mi poca gracia para el baile, aunque yo me veo muy suelto y mis carnes rebotan con naturalidad tras la ropa.

martes, junio 19, 2007

Ilusiones

Desordenada habitación



Ser canción es complicado. Pongamos por ejemplo, esta delicia que el genial Antonio Vega (el más grande, el sí) escribió para el último LP de estudio de Nacha Pop, El momento. Pongamos, pues, que Antonio Vega te compone y que eres Desordenada Habitación. La gente te escucha y te dice lo bonita que eres, lo inspirada que eres; lo mucho que sienten cuando te escuchan... y todo eso está bien. Pero luego, eres un disparo al aire que nadie sabe dónde vas a caer. Puedes ser cantada por algún desgraciado que busca el factor X o el triunfo, o siemplemente, puede llegar un lila como yo y hacer esta versión. No es fácil, nada fácil ser canción. Y menos ser canción buena.
Nacha Pop fue el mejor grupo de los 80, en mi opinión. Ahora parece que éramos muchos, pero sus discos los comprábamos 4 gatos y era un grupo casi de culto. Se prodigaban poquísimo en vivo y Ya entonces se veía que la genialidad de Antonio Vega corría pareja con su fragilidad personal.
Me da mucho palo hacer una versión de una canción tan preciosa, por eso es tan distinta de la original. Porque no me atrevía a imitarla. Hay, en esta versión mía, una guitarra rítmica doblada, otra acústica que responde con fraseos a la voz, y un bajo. Y nada de percusión. Y debo decir que me gusta el carácter que adquiere la canción con este arreglo. A ver si te gusta a ti.
(Si la quieres, píllala de aquí)

Ilusiones, sí.

Y siendo así que nunca me miras cuando me cantas – piensa ella-, mírame, al menos cuando te lo hago. No cierres los ojos, tonto, que me gusta cuando los abro yo, perderme en el verde marino de tus profundidades, y no en el rompeolas pálido de tus párpados. Te quiero mucho, pero no tienes bonitos los párpados, qué quieres que te diga, tampoco vamos a decir lo que no es.

Es verdad lo que dices de los párpados (¡no lo he dicho, que sólo lo he pensado!) pero ¿quién los tiene? ¿Quién a este lado del Atlántico tiene bonitos los párpados? Otra cosa son los de ambas laderas de los Andes y ambas orillas del Amazonas, cuyos párpados son célebres por su belleza y suavidad, aunque no tanto como la negritud de sus ingles, de las te he hablado ya en una ocasión o dos... joder, ¿qué hago pensando en eso mientras ella tiene eso en la boca? Sólo quiero que esto dure, pero no sé muy bien para qué quiero que dure. Es cierto que tu boca atrapándome es el paraíso en la tierra, pero si no me concentro en lo que ella hace, y me pongo a pensar en las ingles de los andinos o las amazonas, ya no disfruto tanto, así que dura más, sí, pero ¿qué es lo que dura?

¡Oh, no, de nuevo pensamientos escapistas...! A mí no me importa hacértelo, de verdad, pero no pienses en tonterías, porque no te voy a querer más porque tardes quince minutos, tontorrón. A mí no me impresiona lo que duras, lerdito mío, sino lo que disfrutas. Además, yo adoro verte perder el sentido de placer, y no el sabor de esto, la verdad, así que olvida a los nativos americanos y disfruta de esto, idiota, que ya sabes que como se cuele un capilar inoportuno...

¿De verdad le gusta? El otro día intenté probarlo yo... pero claro, no llegaba, no soy tan flexible... ni la tengo tan... desproporcionada, porque de tamaño... es bonita, coño, perdona, que la saco un momento para mirarla... y cuando está así toda brillante... seguro que le gusta, mira cómo se pone de nerviosa cuando no la tiene en esos labios tan preciosos, esos morros... ¡eh, tranqui! Párpados, ingles americanas, telediarios, clavos, muerte, Ana Obregón.... bueno, eso tampoco, que se me baja...

¿Porqué ese empeño en sacarla y mirársela? Anda que no la tendrá vista... pero le da gustito, eso es indudable, porque lo hace siempre; eso y agarrarme el pelo y empujarme suavemente, aunque a él le gustaría no hacerlo tan suavemente... pero eso ya se lo tengo dicho: eso no, porque siempre acaba perdiendo el control y acaba dándome unos porrazos.... porque son porrazos no lo otro, lo que cambia las erres de porrazos por eles, porque me da con la cadera, no con su cosita...

¡Mírame, cariño! Me gusta cuando lo tienes ahí dentro y me miras; y tus ojos, elevándose al cielo pero deteniéndose en mis ojos, son preciosos y parecen implorar... no, parecen dar las gracias, sí, agradecer el tener semejante trozo de hombre, vibrante, ancho y caliente entre sus labios morrocotudos... tengo el poder, parece decir... si cierro la boca te dejo hecho cisco...¡ay, no...! la saco...

¡Otra vez la saca...! Cielos, ahora seguro que empieza con el numerito del Rey Arturo... Y querrá ordenarme caballera, con suaves y glandiosos golpecitos alrededor de mi boca, como hacía Arturo con la espada en los hombros de los caballeros... ¿porqué pensará que es tan gracioso y porqué no le digo yo que es un númerito que hace años que perdió toda su gracia...?

Yo, el rey Harturo con hache, porque me harto de follar, jajajajaja, qué gracioso soy, te ordeno, mi hermosa y ansiosa dama, Feladora Mayor del Reino, y lo hago por el poder que me da mi espada mágica y vengadora... Excalibrum, la espada humana de mayor calibre... y mejor rendimiento... pero se me está enfriando...

¡Ya está bien! Esto empieza a alargarse demasiado, vamos a poner fin a esta tortura con la clásica y eficaz técnica de la milenaria fellatio: ritmo, presión, succión y decisión: ya ha hecho todas sus gracias, ahora se dejará ir, de una vez...

Ay, cielo, que me pierdes, ay cielo que me pierdes, ay nena, qué bueno, ay, nena qué bueno, ay nena, qué bueno, ay, nena qué bueno, ay nena, qué bueno, ay, nena qué bueno, ay nena, qué bueno, ay, nena qué bueno...

Estás en mis manos... en mi boca, más bien; pero no porque te muerda, pequeño saltamontes, sino porque sé apretar el gatillo que disipa tu voluntad. Porque atrapo entre mis labios tu pequeña (sí, pequeña) pero adorable cosita y te veo desaparecer de este mundo. Tengo el poder absoluto para verte abandonar tu existencia fenoménica y dejarte entrar en la ilusión de lo sublime. Y disparas sobre mí tu placer y me dejas llena de blanca y densa alegría.

Y soy yo la que lo ha conseguido.

Mírate. Enorme hombre encogido en los labios de la mujer que amas. Te amo. Pero me haces tanta gracia...

Mírate. Enorme hombre en brazos de sus ilusiones.

miércoles, junio 13, 2007

Una chica de buenas costumbres.

Ain't she sweet


Ain’t she sweet es una canción compuesta en 1927 por el mítico dúo Milton Ager, música, y Jack Yellen, letra, pollos ambos de los que no sé nada más que lo mucho y bueno que de ellos dice Wikipedia. Pero me da pereza hacer un panegírico. Yo conocí la canción en la versión que a los Beatles permitieron grabar en su primer álbum, cuando ni siquiera se llamaban The Beatles, sino The Beat Brothers, y actuaban como grupo de acompañamiento del emergente rocker Tony Sheridan, del que nunca más se supo, pero ha vivido más o menos bien de la leyenda de ser una especie de mentor de los Beatles y de sus recuerdos. El caso es que cuando a los Beatles les propusieron grabar con Tony Sheridan, les permitieron colocar dos canciones: esta versión, que ya era un clásico en 1960, y una deliciosa rareza llamada Cry for a Shadow, única composición del dúo John Lennon-George Harrison. Luego he oído la canción en multitud de películas, en dibujos animados, anuncios... en multitud de versiones pero, creo, faltaba el unplugged, y aquí estoy yo para subsanar esa penosa carencia. Lo del unplugged es un rollo. Se supone que quiere decir “desenchufado”, sin cables y eso, todo acústico y al aire, pero al final es mentira. Todo está enchufado y todo está súper tratado. La mejor definición de unplugged que oí jamás me la dio mi excompañero, pero eterno amigo Sergio: “Jordi –me dijo con su acento medio sevillano-, un anplág es como un concierto normal, pero con guitarra acústica y sentaos”. Bueno, en mi caso, esta versión es desenchufada total. Tanto que ni he programado batería. Pandereta y golpes en lo que pille es toda la percusión. Guitarra acústica, armónica y voz. Y arreando. a ver qué os parece. Os suena, fijo.


Savile es rubia y es guapa. Y lista. Pero no entiende qué es lo que hace esa preciosa y enorme perra pastor que todas las mañanas la sigue, a unos cinco metros. En realidad, no sabe si es perro o perra, pero Savile está bastante segura de que es una perra. Parece demasiado lista para ser perro.

No se lo ha dicho a nadie porque nadie la creería. Pensarían que estaba ya con sus paranoias. Como aquella vez que un tipo la seguía y nadie, especialmente sus compañeras, quiso creerla y le decían si es que no sabía otra manera de llamar la atención de los hombres que inventando a un acosador.

Esta vez, la acusarían de querer llamar la atención del mundo animal, inventando a una perra pastor acosadora.

Pero ella lo había comprobado. Era una perra preciosa de verdad: grande, fuerte y noble y no parecía una perra callejera. La esperaba en el kiosko de prensa, a unos cinco metros de la boca del metro y siempre guardaba esta distancia. Empezaba a caminar cuando ella caminaba y, si se detenía, la perra se detenía también. Al principio sintió miedo. La perra era preciosa, sí, pero enorme y, si le daba truculenta, podría comérsela de dos bocados y un cuarto.

Pero pronto descubrió que no había peligro: incluso si Savile avanzaba hacia la perra, esta retrocedía guardando siempre esa distancia de unos cinco metros. Y la miraba como con cariño. ¿O era pena? Era un sentimiento dulce, pensaba Savile, si es que los perro tienen sentimientos, claro, asunto este, el de los sentimientos de los animales, en el que Savile no estaba muy versada.

Empezó a llevarle cosas a la perra. Como nunca había tenido perro ni nada parecido (los peluches no cuentan), le llevaba cosas pintorescas. Una ramita de perejil le llevó un día. Otro día, una tostada que no se había comido la noche anterior. Otro día, una zanahoria. Otro día, un pepino, eso sí, pelado. En realidad, cualquiera que no sea Savile reconocerá que le llevaba cosas nada apetecibles, pero Savile veía que cualquier cosa que le dejaba en el suelo, la perra la recogía.

Luego mientras ella se encendía un pitillo esperando al autobús, a veces hablando con algún compañero, pero generalmente sola, la perra se sentaba a su distancia y se quedaba mirándola con una expresión melancólica en el hocico. Si es que los perros eran capaces de sentir melancolía, claro. Desde luego, eran muy capaces de transmitirla, eso lo comprobaba Savile cada mañana.

Pero lo que Savile no sabía es lo que sucedía después; porque cuando ella subía al autobús de la empresa que la llevaba a la oficina de las afueras, y se alejaba dejando a la perra sentada mirando el autobús, ésta se levantaba, dejaba en el suelo lo que había traído Savile y desaparecía hasta el día siguiente, a las ocho menos diez, hora en la que, sentada también, esperaba a que Savile saliera de la boca del metro.

-.-

Pímlico, con acento en la primera “i”, es reportero. Su sueño es trabajar en Mi cámara y yo, pero mientras tanto, recorre la ciudad con su cámara digital por si ve algo interesante. Compra el periódico todos los días en el mismo kiosko. Sí, el mismo en el que la perra pastor espera a Savile. Desde luego, como es un reportero de raza, se ha fijado en la perra, que también es de raza, aunque no sabría decir qué raza exactamente (echémosle una mano: pastor belga), y un día le pregunta al kioskero, más que nada por ser amable:

- Precioso perro, ¿cómo se llama?

- Pregúnteselo a él, yo solo vendo periódicos...

- ¡Ah... perdone! ¿No es suyo?

- No, ¿y suyo?

Magnífico gremio, el de los kioskeros, pero no exento de gilipollas, como acaba de apreciar Pímlico. Entonces se queda mirando a la preciosa perra, que él cree perro, porque, aunque no es tan listo como Savile, se ha dado cuenta de que es de raza. Se pone a cierta distancia y le saca unos planos. Se aleja más, pero pone en marcha el zoom a lo burro, porque quiere pillarla con piernas desenfocadas de gente de por medio. De pronto, unas piernas bastante principales, que surgen de una falda granate y se esconden en unas botas negras de piel, llaman la atención del reportero, que se olvida del artístico plano de la perra, de la evocación de la soledad urbana que estaba filmando y persigue, por unos metros, esas piernas. Está decidiendo si le gustaría más que esas piernas fueran su cinturón o su bufanda cuando aparece, inopinadamente, en cuadro, la perra que Pímlico cree perro.

- ¡Mierda...! – sigue grabando, porque el plano le está quedando de primera – A ese perro le gusta chupar plano... – y llega un momento en que se alejan tanto que ya no los ve. Pímlico sale corriendo y busca una ubicación para seguir observando. Y grabando.

Durante una semana, graba todo lo que puede y cada día se sorprende más.

Un día, al fin, reúne fuerzas y se atreve a abordar a la chica.

- Perdona – le dice a Savile- ¿es tuyo ese perro?

Savile se asusta, pero contesta que no.

Pímlico le cuenta entonces que lleva una semana observándola, que se ha dado cuenta de que el perro la sigue y que tiene pruebas. Le va a enseñar las imágenes grabadas Y Savile, que teme más a los humanos que a los perros, quizá porque sabe más de humanos que de perros, sale corriendo, pensando que Pímlico está loco.

Y un poco loco sí que parece, con esos pelos.

-.-

El viernes, Savile está viendo Telemadrid y se sorprende al ver el kiosko donde la espera la perra.

“Ahora una historia emocionante – anuncia la locutora – Esta preciosa perra, de la raza pastor belga...

- ¡Caray, es mi perra!

“... sigue, desde hace días, a una joven belleza madrileña...

- Joven, belleza y madrileña, tres mentiras... ¡pero no está mal.! – dice Savile, satisfecha.

“... que ha preferido guardar el anonimato; la perraespera todos los días a la misteriosa rubia y la sigue hasta la parada del autobús que toma a diario la enigmática mujer.

El reportaje, la verdad, no contaba gran cosa. Aparecía un sorprendentemente simpático kioskero (hay que ver lo que una cámara es capaz de cambiar a algunas personas) y algunos vecinos que mentían descaradamente, pero que salían para que el reportaje tuviera un poco de sabor local. Savile aparecía irreconocible, toda pixelada y enigmática y eso le gustó.

Ahora Savile sabía que no era una paranioca. La perra, efectivamente, la seguía a ella. Y verlo desde esa otra perspectiva, le había gustado muchísimo.

Pero seguía sin entender nada.

-.-

Seis meses atrás, sucedía algo relacionado con todo esto.

Soho, un escritorzuelo sin suerte, pasea con su perra. En este momento, está en realidad parado, no paseando, con su perra junto al kiosko de prensa en el que jamás comprará nada porque el kioskero es un borde de mierda que un día no le quiso dar cambio. Soho suele hablar con su perra, quien, la verdad, no le hace demasiado caso.

- Mírala. ¿No es una monada? Mirala caminando calle abajo... dímelo, Öptima, entre tú y yo, confidencialmente, que no se lo voy a decir a nadie ¿no es adorable?

Y baja la calle esa rubia que es guapa y es lista, bajo la atenta mirada de Soho y Öptima, su perra. La rubia lista y guapa camina del todo ajena al efecto que causa en Soho, que es discreto, e igualmente ignorante de que Öptima, la perra, la ignora. O eso parece.

Como todos los días, ella camina calle abajo a primera hora y él la sigue unos metros detrás, con despreocupada e indisimulada discreción, pero sin atreverse a abordarla. O a saludarla. O lo que sea.

Es lunes. Y los lunes son los mejores días, porque Soho lleva dos días sin verla y cuando ella surge de la escalera del metro y camina dos manzanas hasta el punto donde el autobús de la empresa que recoge a los trabajadores somnolientos, Soho se pone realmente contento de ver a la chica a la que no conoce, pero ama ya con locura. Porque Soho lleva siguiendo a esa chica cerca de un año. Y ha decidido que esa semana tiene que decírselo.

Soho mira a la chica rubia y lista, con Öptima sentada a sus pies, mientras se fuma un cigarrillo, casi siempre sola, pero a veces acompañada. Pero Soho sabe que ella prefiere fumar sola.

Ese lunes, precisamente, cuando el autobús se va, y él se queda mirándolo al borde de la calzada, a Soho le suena el móvil y, al ir a contestar, se le cae en la carretera. Se agacha a recogerlo justo en el momento en el que un hombre que también iba hablando por teléfono, pero al volante de un Cherokee, pasaba por ese mismo sitio.

A Soho no le da tiempo ni de sentir daño. El hombre del Cherokee, que es médico, lo sube, como un inerte bulto a su coche y lo lleva a su hospital, donde ingresa cadáver.

De quien nadie se acordó es de Öptima, la preciosa perra pastor belga.

Una perra de costumbres, sin duda.

miércoles, junio 06, 2007

Tirar (de) la manta

Te llamo y tú no me escuchas. No me haces caso. No vienes a mí. Es como si no estuvieses aquí.

(si alguien quiere info o rollo sobre este tema, puede pinchar aquí)

Tú lo sabías. Yo también lo sabía. Había que hacerlo, no había más remedio. Pero eso, el que ambos lo supiéramos, el que fuese inevitable tomar aquella decisión, no la hacía más agradable. Ni más llevadera. Ni mejor.
Era una espantosa decisión.
Ahora, el aire que antes se filtraba por entre la maraña de marrones de varios tonos, circulaba libre y libertino y, más que refrescar, helaba. Pero, reconoce, mi dulce Sah, que eso no es malo en estos días.
Y ahora ya no quieres que te toque.
Antes mis manos eran para ti un poderoso imán y te rozabas, descarada, contra mí con tal de que mis brazos te abarcaran; buscabas mi contacto de manera casi enfermiza y adorabas que mis manos se perdieran entre tus cabellos largos de color canela; me ponías franco tu pecho para que lo acariciara, te quedabas en éxtasis cuando mis manos recorrían, a veces, violentamente, tu columna, tus muslos y tu nuca.
Me recuerdo sentado y tú eras capaz de subirte encima de mí, sin mediar palabra, sólo para que estuviéramos en contacto. A veces, te hacías la sumisa, y sabiéndome un poco libertino, me lamías los tobillos, me mordisqueabas los pies, con tal de que te prestase atención.
No he conocido a nadie a quien le guste más que la soben, dulce y perversa Sah.
Y, sin embargo ya no me quieres igual.
Con lo guapa y fresquita que te has quedado:
El invierno y el esplendoroso campo salvaje valdemorillense hicieron que la manta de pelo de esta perrita preciosa se trufara de espiguitas que fueron enquistándose en su pellejo. Mis cuidados con el champú y el cepillo han resultado ineficaces e insuficientes y, esta mañana, he tenido que dejarla en la peluquería del veterinario; y casi me muero del susto cuando he ido a buscarla.
Y, como le han quitado su manta de pelo, la ecuación es bien sencilla:

(Samantha) - (manta) = Sah

Así pues, Samantha pasa a ser, por mor de un rapado inmisericorde, por un esquile cabrón pero inevitable, Sah, lo que os hago saber para lo que proceda de ahora en adelante. La verdad es que, además de la manta, parece que le han quitado el colchón, la almohada, el somier y la funda nórdica, dejando la estructura pelada. Miradla, si no:

Y, si se ha visto en la pelu, en un espejo (no sería extraño, recuerdo que en los tiempos en que yo iba a la pelu, me pasaba todo el rato ante y tras un espejo), por muy fresquita que esté, no me extraña que me odie.
No me odies, Sah.

miércoles, mayo 30, 2007

Dos dedos de frente (canción triste del hombre de cristal)

La música se ha detenido. El hombre de cristal (¡el hombre de cristal, el hombre de cristal, le tocas y le rompes, no resiste ná...!, cantan los niños) no sabe qué decirle al barman, porque lo que le sale es llamarle idiota sin principios, así que calla y espera que al final, se olvide de cobrarle.
Frágil momento el que atraviesa el hombre de cristal, cuando no puede hacer sonar su nobleza soplada y se limita a brillar en la barra del bar. Pero es un bar nocturno, con poquísima luz y, claro, poquísimo brillo, por lo tanto. Él cree, no obstante, que su aura le hace especial, su halo de misterio y el mito de su fuerza en el escenario bastan para que las mujeres le adoren y los hombres simpaticen con él; o al revés, que no es demasiado exigente, sólo busca amor.
Transparente como el aire que se respira fuera del bar, antes de que pida otra copa, el barman, que no tiene ni un pelo de tonto, ya se la está sirviendo y el traslúcido lerdo sonríe porque cuando no sabe cómo reaccionar, saca esa sonrisa que todos ensayamos ante el espejo, como si nos estuvieran entrevistando, porque pensamos que el mundo quiere ver el mundo a través de nuestros cuerpos transparentes y brillantes. Hablo, claro, de los hombres de cristal, humanos, digo, hombres y mujeres.
- ¿Quieres algo para acompañar la copa?
- ¿Una mamada...?
- Pensaba, más bien, en una buena canción, si no te importa...
- Vale, pínchala




(subo este tema de Dylan por segunda vez porque me encanta cómo quedó y para que al que le gusten estas canciones, pueda escucharlo –y bajarlo- en buena calidad. Lamentablemente, aún no puedo tocar la guitarra, así que hay que vivir de las rentas... si puedes, pon el volumen a todo trapo, verás qué bien suena todo: la guitarra, la armónica, los coros...)


Suena la guitarra cristalina, suena la armónica con un poco de arena y suena la voz ya francamente arenosa de alguien con ganas de decir cosas, pero que se pasa callado la mayor parte del día. Y el barman, que tiene un chaleco que brilla con brillo brillante, intolerable fuera del bar, pero bellísimo para poner whiskies, hace pitos con la mano derecha y cierra los ojos al son de la música.
En la mesa tres, ocupada por las tres limpiadoras del edificio de oficinas en cuyos bajos está el bar, la música hace levantarse a las tres mujeres heterogéneas, pero con la misma bata azul y se ponen a bailar como en un musical de la época dorada de Hollywood.
El hombre de crital suscita sobre sí tal atención que los focos se concentran en él. y Baila y canta en play-back en el centro de la sala.
Avanza por entre las mesas, con las tres limpiadoras haciéndole los coros y bailando tras de él y atrayendo con sus movimientos sensuales y fugaces al resto de la parroquia del bar.
Pronto el bar es un plató. El hombre de cristal está sobre una mesa, bailando al modo de Elvis, y parece el mesías de una nueva secta; las tres limpiadoras extraordinarias, bailan sobre las sillas, evolucionando como poseídas por el demonio carnal del rock and roll y son las sacerdotisas de la nueva creencia. Y el resto de los clientes se han hecho fieles seguidores de las enseñanzas cristalinas y bailan y hacen du-duás como si toda la vida hubieran estado ensayando.
El barman, con su bello chaleco, se hurga la nariz creyendo –erróneamente- que la cámara no le enfoca y, al darse cuenta, se deshace de su moco con torpeza y fatal disimulo en el paño que usa para sacar brillo a los vasos largos.
Entran al bar sujetos y sueltos, mujeres y meretrices, monjes y capitanas, soles y lunas y todos miran, hipnotizados a ese mesías de baratillo que baila sin gracia sobre la mesa y, aunque quieren darse la vuelta y largarse, nada más oír la frase con la que finalizan las estrofas (no os váis a ninguna parte) la fiebre se contagia y se propaga a la velocidad de una plaga y ahí los tienes bailando, poseídos. Siendo.
Hoy el hombre de cristal se enfrenta a su destino, y está tan nervioso que lo único que se le ocurre es cagarse en el mundo y cabrearse, porque ya basta de que le ignoren, ya está bien de mirar su DNI antes que su su talento; ya basta de mierdas y de lugares comunes. Porque, tal como está, lo siento, pero el mundo no puede mirarse sin dos dedos de frente. Y enhiestos. Como estos.


Avanza decidido el hombre de cristal. Hacedle paso.
Deseadle suerte.


viernes, mayo 25, 2007

El vagabundo herido (Auge y caída del Rey de la montaña, parte II)


Así, más o menos, habría sonado ayer esta canción, si la cosa hubiera sido normal. Pero anoche, en el Plaza, nada fue normal.
La cosa no empezó mal, salvo por la cosa esa de que hubiera poca gente. Pero otras veces ha sido así. La sala estaba fría y empecé a tocar temas calmaditos, como para decirles a los que allí había que podían confiar en mí, que no soy malo. Y que tengo mucho filin. Mira si no:
Vale, tios... yo cantaba Don't dream it's over, Homeward Bound, Daniel, cosas así, mientras la gente iba, poco a poco, escuchando a ese señor tan raro que estaba allí encima que, además, entre canción y canción hacía algún chiste malo, pero agradable. Poco a poco, va subiendo el concierto en intensidad, voy dándole velocidad a la cosa y algunos se animan a hacer coros, a dar palmas (había ayer uno terrible: con gran entusiasmo daba palmas, pero con un nulo sentido del ritmo, con lo que más que animar la cosa, despistaba). Empecé a meter canciones en español, temas de los Secretos, de La Guardia o Duncan Dhu, y clásicos wolffos, Lola, de los Kinks, cosas que casi siempre funcionan. La cosa no iba mal, la gente, la poca gente que había, empezaba a animarse. Tenía una sensación extraña en la mano derecha, algo en el tacto de las cuerdas no iba bien, pero no me preocupó demasiado. De vez en cuando, metía alguna cosilla más tranqui, como el Desperado, de Eagles, que fue uno de los estrenos de ayer.
De repente, al ir a pasar una de las páginas de las letras, veo que dejo un rastro de sangre en el papel. Entonces, levanto la mano, para mirarla a la luz y me doy cuenta de que tengo una herida en un dedo, el índice de la mano derecha, que sangra profusamente.

Claro. Así se explica la peguntosidad de las cuerdas. El tacto extraño de la púa. Las cuerdas están pringadísimas de sangre seca y la guitarra, horrible. Al principio creo que lo que me ha pasado es que me roto una uña. Como yo no toco la guitarra, sino que la aporreo, suele sucederme, pero pido un poco de papel para limpiarme y me doy cuenta de que no, no es la uña, que está rota, claro, como siempre. Es la yema del dedo, que está en carne viva. Tengo una sección, como si me hubieran cortado un filetito de un milímetro con un cuchillo jamonero. La verdad es que es espectacular, pero no me duele, es como si estuviera el dedo anestesiado, probablemente por efecto de la adrenalina, que es una cosa que me ha dicho la luna y yo la he creído, porque la luna nunca me ha fallado.
El caso es que, a partir de ese momento, no consigo remontar. Es cierto que no me duele, pero, a pesar de que me hacen una cura de urgencia en el escenario, no puedo tocar con ese pegote en el dedo y acabo arrancándome el espadadrapo. Celia, factótum del Plaza, me dice que llevo una hora y pico, que lo deje... Pero yo estoy cantidad de picado, por no haber hecho bailar a la gente. Bueno, allá al final de la sala un grupito se lo está pasando en grande... En esa mesa, ese grupo aplaude, canta... Esas dos chicas me miran y aplauden también con amabilidad. Ese chico gigantesco de ahí, que está solo en la mesa, con pinta de rumano, no me quita ojo de encima y se fija en cómo toco esta canción o esa... Eso es lo que pasa, si hay una persona que lo está pasando bien, no puedes dejarlo, tienes que dar el concierto entero aunque sólo te escuche esa persona.
Así que como no me duele, sigo adelante y termino el concierto, si he de ser franco, con más pena que gloria. Mirad qué pena...

Al final, después de hacerme una cura en el botiquín, salgo y se me acerca toda esa gente. Me invitan a copas, me prometen nuevos conciertos en las fiestas de su pueblo, me pasan la mano por el lomo, hasta que se dan cuenta de lo sudado que estoy.
Ese ratito es guay. cuando se te acerca la gente y te dice cosas tipo "eres grande", "has estado bestial, tío", "eres un monstruo, tío, tómate algo" y cuando pides una PepsiMax (para picar a Celia, porque sé de sobra que no tiene) te miran decepcionados. La leyenda del rocanrol dice que debes beber como un cosaco, pero yo ya me apreté tres vodkas antes de empezar, precisamente para atreverme a empezar.
Bueno, habrá otros días, otros conciertos, con más gente, con menos sangre.

Pero creo que es de ley contar que el rey de la montaña, ayer se quedó en el vagabundo que duerme encima de ese montoncito de arena.

Y hoy me he despertado con el dedo muy dolorido. El dolor que ayer no sentí, hoy ha venido para quedarse. Y además del dolor, una comida agradabilísima ha hecho que ahora me sienta genial. Ayer me acosté queriendo cortarme la mano por la muñeca y tener así una excusa para no volver a tocar. Y sin embargo, Flo, tú has hecho que este día sea un día cojonudo.

No te defraudaré.

jueves, mayo 24, 2007

El rey de la montaña

Heaven





Talking Heads, los bustos parlantes, vaya banda. Es una de esas bandas que, a pesar de estar hechas alrededor del núcleo de un genio absoluto, de una artista total, como lo es David Byrne, no podría existir sin todos y cada uno de sus miembros. Talking Heads, para mí, es sinónimo de modernidad, porque Mr. David Byrne es un hombre eternamente moderno. Hoy sigue sonando a vanguardia. Esta canción maravillosa habla sobre un bar al que todo el mundo quiere ir, donde ponen una música bestial (siempre la misma), que se llama Heaven (el cielo) y en el que a todo el mundo le sucede lo mismo: nada. Porque El cielo es ese sitio donde nunca pasa nada. Esta canción me enamoró no cuando la grabaron en estudio, sino cuando fui a ver la asombrosa película dirigida por Jonathan Demme, Stop making sense, la mejor película sobre una gira que he visto jamás. Una maravilla, podéis creerme. En la peli, esta canción es la segunda, y en ella David y Tina, la primera mujer bajista que me enamoró, sin nadie más, interpretan esta pieza de forma magistral. No os lo perdáis. En esta versión, he tocado el bajo y la guitarra acústica, además de forzar mi garganta para hacer los gorgoritos de los coros, cagándola en algunas notas, claro, pero me gustan estas cagadas. Hala, a ver si te gusta.
Aquí se baja directamente:


Oídme.

Podéis reíros de mis nervios y de lo incongruente de mis palabras, que hoy, te guste o no, me resbala todo.

Porque hoy voy a subir a la montaña. Voy a escalar, nota a nota, hasta lo más alto, hasta la cima, hasta donde, si quisiera, tocaría el cielo con solo levantar la mano.

Hoy, como todos los días, he madrugado para dar de desayunar a los míos, preparar sus comidas, besarles antes de marcharse y desearles un buen día. Pero ellos saben que hoy mi cabeza está en otro sitio. Hoy, estando a su lado, no está con ellos. Hoy mi cabeza no está con nadie, porque me espera la montaña, me espera el cielo.

Hoy voy a ponerme allí debajo y, con los brazos en jarras, miraré a la cima y la señalaré, blandiendo amenazante índice y le gritaré, en silencio que voy a llegar allí.

Hoy atenderé a los que llamen a mi puerta y a los que me escriban, pero mi cabeza no está con ellos.

Hoy soy un egoísta completo, el centro de mi universo y la luz que ciega, la que no se apaga; el ruido que no cesa, la caricia eterna y el susurro que te puede dejar sinsentido. Hoy voy a tocar.

Hoy subiré allí, al escenario y me enfrentaré a unas docenas de caras expectantes, muchas de ellas fastidiadas, porque no les pongan la música que a ellos tanto les gusta, y se haya subido ese señor gordito con esa guitarra tan bonita allí arriba.

Pues a ti, que me miras con cara de arroz, que querrías que hoy fuera un día como los demás, te digo: acabarás pidiéndome que no me vaya. Acabarás deseando que cante otra, querrás invitarme a una copa cuando acabe, desearás ser mi amigo para que la chica a la que intentas ligar vea que tienes mundo y que te codeas con amigos interesantes.

Porque hoy, esta noche, lo creáis o no, llegará un momento en que todos los que están en el bar van a querer estar en otro sitio.

Una mitad, querrían estar en mi lugar, encima del escenario epatando al personal, haciéndoles bailar, cantar y dar palmas a voluntad.

Y la otra mitad, querría estar entre mis brazos.

Sólo por ese momento, ese momento en que todo el mundo ha gritado que no, que no te vayas, que les regales otra canción, ese momento en que estás tan cerca del cielo que podrías tocarlo, cuando estás en lo más alto de la montaña de la noche, vale la pena vivir.

Por un momento seré el rey de la montaña. Del cielo.

Pero, como dice el estribillo de la canción que ilustra este artículo, el cielo es un lugar donde nunca pasa nada. Siendo así que al final, este, que por un momento se creyó dios, torna humano de nuevo y se da cuenta de que al cabo, cuando reinas en el cielo, reinas en la nada. Porque no existe el cielo. Pero sí la montaña que te lleva hasta él.

Y esta noche, amigos, el rey de la montaña, soy yo.

lunes, mayo 21, 2007

Acordaos del jueves y el Libro Gordo de Wolffete

¡¡ES ESTE JUEVES!!
Todo el que se encuentre en un radio inferior a 900 km. desde Villanueva de Cañada, debería asistir a esta singular celebración de la vida que es un concierto mío. Te digo una cosa si no vas: peor para ti.
Y, como hay gente pa tó, aquí tenéis, íntegra, sin editar, la entrevista que me hicieron el viernes, que incluye dos canciones tocadas en directo y otra emitida. Ojo, que son 45 minutos. Puede escucharse aquí o bajarse siguiendo este enlace.




jueves, mayo 17, 2007

Oigo voces

I'll be back (a capella)


Todo el que me conoce sabe de mi pasión por los juegos de voces. Para mí no hay instrumento que se parezca a las voces humanas y cuando éstas se combinan en buenas armonías, son el ruido del cielo. Lamentablemente, en el reparto de talentos no me concedieron el de una gran voz, pero sé apañarme cantando, y no tengo el oído del todo desastroso. Así que me he atrevido a hacer esta versión a capella del clásico que los Beatles sacaron en su absolutamente genial A hard day's night. Creo que esto ya lo dije cuando subí la versión instrumental, pero, alucina: esta era una de las seis canciones de relleno que escribieron y grabaron en una semana para ponerle una cara B al LP de la película. Bueno, a ver qué te parece. Sólo yo y mis voces. ¿Qué más quieres?

Para bajártelo, puedes hacerlo aquí:





Morrison R. Jules, Doctora En Enfermedades De Lo Que Es La Cabeza, decía el letrero (muy bonito, por cierto) pegado en la puerta de cristal traslúcido de su consulta. Empujé el tirador metálico y modernísimo con elegancia y gracia británicas, mientras se me ocurría el pensamiento original del día: eso que mi mano asía para abrir la puerta tenía todo el derecho del mundo a llamarse tirador, pero ¿quién le había robado el derecho de llamarse empujador? Porque esa era la acción necesaria para abrir la puerta desde el exterior. Entonces, así que traspasé el quicio, me invadió la inquietante sensación de que la doctora iba a levantarse para darme la mano y decirme que, por favor, me sentara.

- Buenos días, caballero – me dijo la doctora poniéndose en pie y ofreciéndome su mano derecha para ejecutar lo que es la clásica bacalada. Me estrechó la mano con fuerza innecesaria y me hizo un ademán con sus ojitos- Siéntese, por favor.

- De acuerdo, me sentaré si eso le place - dije yo, arrepintiéndome en seguida de ser tan lerdo. Pero ya sabes, cielo, que me pongo nervioso en presencia de mujeres hermosas. Y esta era realmente hermosa. Y negra. De raza negra, quiero decir, porque de color era más bien chocolate con leche, marrón clarito, menos la palma de la mano derecha (que es la que yo vi, la izquierda la tenía metida en el bolsillo de la bata), que era de color colacao del colegio, ya sabes, clarito, clarito, no como el de casa que es marrón.

La Dra. Jules viene de serie con unas hermosas mamas, o senos, que, en número de dos, se sitúan en la sección anterosuperior de su tórax, a ambos lados del esternón.. No son demasiado grandes, pero son preciosas, de verdad. Redondas, ¿sabes? Y con unas cosas que sobresalen que, por lo visto, se llaman pezones, y cuya misión es, al parecer, indicar a las crías por dónde se bebe.

- ¿Y bien, señor... Wolffo? ¿Qué le ocurre? - me dice la churri echándose hacia atrás en su silla que, observo, es mejor que la mía y llevándose la mano izquierda al mentón, como si le interesara lo que voy a contarle. Que puede que le interese, no digo que no, pero ella lo hace presuponiéndolo, y por eso, empieza a no caerme tan bien como, espontáneamente, me caen las negras. Observo, además, que la palma de su mano izquierda tiene la misma peculiaridad que la de la derecha, lo cual me resulta simpático. Vuelves a caerme bien, doctora.

- Oigo voces (ricura).

- ¿Voces?

- Sí voces

- Ah, voces...

- Oigo voces en mi cabeza. Voces eruditas.

- ¿Voces eruditas?

- Oiga, es usted negra, tiene las palmas de las manos color colacao de pobre, me gusta el letrero de la puerta, me cae bien, ya sabe, no lo fastidie todo repitiendo lo que yo digo. He dicho voces eruditas, pero usted no tiene porqué repetirlo...

- Ah, no tengo porqué repetirlo...

- Oiga, pare, en serio...

Por lo visto, además de indicar a las crías por dónde deben alimentarse, los pezones tienen una función sexual que no podemos dejar de señalar y, si se manipulan con destreza, son capaces de proporcionar grandes cantidades de placer a la hembra.

- Venga, sólo trataba de romper el hielo. Cuénteme lo de las voces, que parece interesante, ¿las oye ahora?

- Sip.

- ¿Y qué le dicen?

- No me dicen, ¿sabe? Hablan, peroran, disertan, pero no se dirigen a mí, en particular. Sólo que yo las oigo. Eso sí, siempre hablan de algo en lo que me he fijado o ha llamado mi atención. Es como si fuesen una especie profesor pelmazo o algo así. Entre usted y yo: son bastante plúmbeas.

- Venga, dígame, ¿qué tema tratan ahora?

- Las tetas.

Los hombres se sienten atraídos por las mamas abultadas y su visión continuada, o la expectativa de un contacto cierto con ellas, especialmente si éste contacto se verifica con los dedos, los labios o lo que es el pene, suele provocar en el macho una erección que, médicamente, tiene una explicación muy simple: sencillamente...

- ¡Ya sé lo que es una erección, joder –grité de repente-, no expliques porqué me empalmo, por el amor de dios!

- ¿Cómo dice? - me pregunta la negrita cachonda - ¿No le estaba hablando del pecho femnenino? ¿Cómo es que ahora le habla de erecciones masculinas?

- ¿Sabe? Es una voz lista, esta... me estaba hablando de las mamas, pero salta de un tema a otro, va de link en link como loca. Es erudita, sí, pero dispersa y disgresiva...

Cuando la erección se prolonga más allá de la eyaculación o el deseo sexual, el asunto toma un matiz médico, es el síntoma principal del priapismo: una erección perenne y dolorosa. Si, por el contrario, con la estimulación sexual no se consigue una erección o ésta no tiene la firmeza y la consistencia deseada para la penetración...

- Oiga, señor Wolffo, ¿sabe lo que creo?

- Oiga, pechos bonitos, no lo sé.

- Creo que a usted le apetece un café. ¿Qué me dice?

- Ya lo creo...- caray con la negra galena, adivina, la tía, vuelve a caerme bien, y es que ya se sabe, los negros... tienen esa cosa de caer bien porque sí- ¿Sabe una cosa? Es usted más café con leche que chocolate con leche. Al decirme lo del café, he caído...

- Muy interesante...

- ¿Sabe otra cosa? Me resulta muy simpático que tenga las manos tan limpias... quiero decir, que sean de distinto color que el resto de usted...

Al fin y al cabo, es un asunto de pigmentación básico. Pero, curiosamente, en las culturas milenarias africanas hay explicaciones a esa peculiaridad pigmental sumamente interesantes, eso sí, de indudable carácter mítico o legendario.

- Dígame una cosa, doctora café.

- Una cosa, ja, ja...

- Mire que al final, me olvido de todo ese asunto de su negritud y empieza usted a caerme fatal...

- Venga, diga.

- ¿Va usted a explicarme alguna leyenda o mito que explique porqué las personas de raza negra tienen las palmas de las manos claritas? Sea sincera, ¿es eso lo que iba a hacer cuando me pusiera el café?

Morrison R. Jules abre su boca carnosa y deja caer su redondo y rotundo culo sobre su silla, que sigue siendo mejor que la mía, pero eso ya no me da envidia, porque que es un justo homenaje a tan mordisqueables nalgas.

- Es asombroso, Wolffo, ¿cómo sabe usted lo que iba a hacer?

Yo iba a contestarle algo bueno, te lo juro, pero de repente se quedó callada. Quieta. Con la boca abierta. Absolutamente muda e inmóvil. Inanimada. Fuera, debió esconderse el sol o algo parecido, porque, de repente, estaba oscuro y la consulta de la doctora Jules es mi cocina y la doctora Jules es Jenny, mi muñeca hinchable. Es negra la muñeca y tiene practicados tres orifios (bucal, anal y vaginal) para mi solaz. No entiendo nada, pero cojo la taza de café y bebo un sorbito mientras estoy de pie al lado de la nevera. Blanca, fuerte y alta nevera.

Y en cuanto me despisto, vuelve a salir el sol, y entonces le digo al funcionario de la embajada rusa, que es muy alto, muy fuerte y muy blanco, que está a mi lado:

- ¿Y cómo es que en Rusia les salen tan guapas las negras y con esos morritos así de redondos?

Por una curiosa jugarreta del destino, una casualidad migratoria tal vez, una providencia histórica, quizá, se sabe que los conocidos como negros siberianos son, en realidad, fruto del azar. Varias hipótesis tratan de explicar tan curioso fenómeno, pero ninguno tan sorpendente como el que, a finales del siglo pasado, publicó en Human Nature el profesor Wolffeinstein...

miércoles, mayo 16, 2007

Egonews (Noticias de cuando mi ombligo mira a mi culo)

Days (canción para Tautina)




Esta soberbia canción de los Kinks, del año 1968, es posible que suene a mucha gente porque ha sido utilizada en muchas ocasiones como banda sonora de anuncios de toda clase. Yo mismo la usé (y la grabé) en una campaña hace varios años. Adoro a Ray Davies y a los Kinks, y creo que, fuera de los Beatles, que son cosa aparte para mí, son los más grandes. Desde luego, un millón de veces más valiosos que los aburridos Rolling Stones, que son un 98% de imagen y un 2% de música. La canción es un tesoro de principio a fin en la que el autor agradece a alguien que ya no está lo que compartió con él. He grabado esta canción tocando la guitarra acústica, dos pistas de guitarra eléctrica, bajo, pandereta y hasta cuatro voces, para decir adiós, bloguero adiós, con todo el cariño que soy capaz de reunir, a la que, a mi juicio, ha sido la mejor bitácora que jamás leí: La espina de Tautina que dijo adiós el pasado 11 de abril, y todavía no me he recuperado. Porque, desgraciadamente, Tautina no es como yo, que cada trimestre digo adiós, y ella, además de un innato talento para la escritura, tiene palabra.
Bueno, a ver si os gusta la cancioncilla. Aquí podéis bajarla con buen sonido si el reproductor no rula:

Vivo días raros e inolvidables y por eso, me váis a perdonar este egotrip, pero he de dar tres noticias, tres, relacionadas conmigo y con las dos únicas empresas que parecen apreciar mis dudosas habilidades como músico.

La primera de ellas es el bar Plaza Mayor, de Villanueva de la Cañada (calle Cristo, 30, copas, raciones y bocadillos sorprendentes) que vuelve a convocarme para que el próximo jueves, 24 de mayo, entre las 11 y las 12 de la noche, amenice la noche con un nuevo concierto. Esta vez, por problemas de agenda, estaré yo sólo con mi guitarra azul pues el gran Sergio Knoffler, mi compañero habitual, no puede estar presente.

Animaos a venir, porque podemos pasarlo de coña. Hay posibilidad de subir a cantar, si os sabéis la canción, nada de espontáneos borrachos, y hay posibilidad, sobre todo, de disfrutar de ese monstruo escénico, esa presencia rotunda, densa y con el punto de fusión donde tiene que tenerse el punto de fusión que es El Gran Wolffo, conocido artísticamente con el descriptivo nombre de El Ciclón de Valdemorillo. Con ese nombre, no es de extrañar que al final de cada concierto me pidan bises, me griten ¡torero, torero! y me pidan el rabo.


La segunda noticia es que JuanMa Tomás, el periodista que puso mi música por primera vez hace unos días en su programa de radio en Murcia (ya os hablé de ello), sigue creyendo que tengo algo interesante que decir y me ha pedido que le conceda una entrevista este viernes, en su programa ¡Y qué más da...! . Si consiguen arreglar la cosa para que la emisión en internet pueda seguirse (hoy por hoy está jodidilla), podréis hacerlo, si alguien quiere oír cómo se defenestra un mito, podéis hacerlo siguiendo este enlace. Por favor, rogaría silencio y abstención de gracietas sobre el propietario de la emisora, ya sé que, tratándose me mí, es, por lo menos, pintoresco. Por lo visto, la entrevista, si todo va bien será el viernes hacia las seis y cuarto de la tarde. Si eres del escaso, pero escogidísimo grupo de mis lectores de Murcia y zonas aledañas, los diales donde podrá escucharse la emisión por la radio normal son: para la ciudad de Murcia, 99.9 FM y para la de Cartagena, 104.3 FM. Ya lo que sería un puntazo sería llamar y decir hostiá como mola el pavo ese que has entrevistado y tal, pero comprendo que no todo el mundo tiene la gracia que tengo yo para mentir como un bellaco.



La tercera y última noticia que tengo que dar es que ayer hice un delicioso bizcocho de chocolate con fresas y zumo de mandarina al que llamaré Bizcocho Fugaz, debido a lo poquísimo que ha durado. Si me acuerdo, cuelgo la receta en breve, que hace tiempo que no cuelgo una receta decente.

¿A que es apetitoso? ¿a que tiene una pinta asombrosamente buena? ¿A que te lo llevarías a la boca sin pensarlo? Pues el bizcocho estaba riquísimo también.