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viernes, marzo 07, 2008

un día cualquiera

Blackbird


Este es un tema de esos que a todo el mundo que toca la guitarra, le gusta aprenderse. Como suele pasarme con estas cosas, soy perezoso, y no me lo he aprendido bien, sino que hago lo mínimo para no estropear la canción. Esto es una de esas cosas que, los que tengan curiosidad por qué se encontrarán cuando van a verme, pueden escuchar: yo y mi guitarrita azul, y nada más. Está grabada así, a la primera (vale, la tercera...) micrófono al aire, y he dejado un par de notas desafinadas, porque tienen su gracia y el sonido de la silla cuando termino. La canción es maravillosa, sobre esto no cabe discusión, y a mí me gusta cantarla. Ojalá te guste escucharla. Si así fuera, bájala,. si quieres, aquí:


Sólo son las seis de la mañana, y ya hace un sueño que me mata. Me levanto, porque eso es lo que espera el (mi) mundo de mí y paso por el baño a pesarme (llevo 11,5 kg) pongo el café, enciendo la radio y miro por la ventana de la cocina para comprobar que en la casita de enfrente, como siempre, a todas horas, ya está puesta la tele. En casa especulamos sobre si es un programador de esos eléctricos estropeados,de los que van apagando y encendiendo luces para dar la sensación de que hay alguien allí (mi teoría) o es que el marido y la mujer de la pareja que antes iba solo, y todos, los fines de semana a la casa, se ha separado y uno de los cónyuges está viviendo sólo en la casita de campo y se pone la tele todo el día para no sentirse tan solo (teoría de Susana, mucho más imaginativa, literaria y, a la vez, realista, que la mía).

Mientras mis ojos luchan por no volver a cerrarse en pleno embadurne de tostada, oigo, aburrido, las mismas noticias, los mismos comentarios y las mismas opiniones de ayer y anteayer en la radio, deseando que lleguen los anuncios a ver si ponen alguno de los dos de vehículos industriales de Ford que me gustan ahora: el de la tienda Gemelos Peruelo (“¿Dónde vas Laureano? A la tienda de Peruelo, necesito ir a la moda...?”) y el de la OPA hostil de la panadería Hijos de Fructuoso Ramírez sobre Big Food Corporation, (“... eh una azzión beneficiosha para ambah parteh...”).

Preparo el desayuno de todos y la comida de Susana, pero no pienso en una cosa ni en la otra, sino que mi cabeza está centrada en si debo darme un desayuno homenaje, o seguir siendo comedido para estar esta noche más en forma. En estas estoy cuando, a las seis y media, llevo el café, un zumo de naranja y un beso de buenos días a Susana para despertarla, y vuelvo a la cocina, a preparar el desayuno de Leticia y Borja, a los que llamo a las siete menos cuarto con palabras de ánimo, venga, chicos, que ya es jueves y alguna que otra orden, de momento, suave, date prisa, Borja, que luego no te da tiempo a hacerte la cama...

Todo está montado como un baile programado y cuando Susana sale, duchada y vestida, apurando el café de nuestra habitación, Borja arrastra sus pies enormes de adolescente engrandecido hacia el cuarto de baño y Leticia intenta llegar a la cocina, con el sopor aún pegado a la cara; se encuentran los tres en el pequeño distribuidor que reparte a los dormitorios, la cocina y el baño de los niños y hay una pequeña, pero confusa y cariñosa ceremionia de besos de buenos días perezosos.

Leticia se sienta y, sin poder abrir aún los ojos, pregunta que de qué es el sandwich; yo la miro, sonriendo, porque sé que ella sabe que no le voy a contestar y que, si lo hago, le diré una mentira, porque me gusta decir mentiras alimentarias de buena mañana y Susana apura el café y se marcha a trabajar y yo la acompaño a la puerta y al abrir, caray, qué frío y Samantha nos recibe calurosa y rabihistérica y saluda y acompaña a Susana, corriendo a su alrededor, hasta la puerta de la parcela, confiando, con confianza inquebrantable, perruna e inútil, en que yo la esperaré cuando Susana cierre la cancela, pero yo no la espero, porque hace frío y porque me gusta ver desayunar a Leticia; desayuna y come con eficacia, de una forma organizada y meticulosa y siempre me cuenta algo de clase, o de algo de un video del Rarito (el presentador de Nos queda la música y Central de Sonidos, de La Otra, un DJ de los de antes: culto y con criterio, por eso es tan rarito...). Borja, sin embargo, a esas horas es un ausente: se sienta frente al desayuno y su mente vaga a miles de kilómetros de allí, probablemente descansando en algún lugar donde su padre tenga el acceso denegado, al menos hasta que él se haya despertado del todo.

Mientras Borja desayuna yo, que sé que tengo un día complicado, me pongo a hacer la comida. Algo de horno, claro, para que se vaya haciendo mientras yo no paro de producir. Anoche descongelé cuatro cuartos traseros de pollo y los preparo para comerlos con una crema/salsa de calabacín y puerros; si me da tiempo, antes de comer, preparo algo de pasta para acompañar, si no: patatas fritas y arreando. Lo meto al horno y miro la hora: las siete y cuarto. A fuego muy suave, a las 9 debería estar listo, a falta solo de pasar las verduras por el chino y calentar de nuevo. Bien.

Recojo el saloncito, mi habitación, me ducho y, como hoy me toca, me afeito. Cuando salgo de la ducha, Borja, al fin, ha terminado de desayunar (no le va a dar tiempo a hacer la cama...) y puedo recoger la cocina, labor que realizo alegremente porque el pollo empieza a oler y ua sabes lo que es eso: el aroma de la vida, desde luego.

Son las ocho menos diez y Leticia y Borja se van al instituto; cuando vienen a decir adiós, les pregunto si tienen exámenes (todos los días parecen tener exámenes) y no soy capaz de recordar los que tenían el jueves, pero alguno tienen. Bromeo sobre lo fácil que es todo para ellos, no como para mí (que no estudiaba nada) y les deseo un buen día y, diez minutos después, con la cocina recogida y el pollo aromatizando la casa entera, me bajo a mi zulo (mi despacho-local de ensayo) a ver qué cosas tengo pendientes hoy.

Hay pocos comentarios nuevos en Las Peroratas y, como mis compis están en Miami, poco asunto nuevo en el correo laboral. Tengo un par de mensajes deseándome suerte, uno de MiJoe, el bajista de los Ciclones, confirmando que esta noche viene, el spam habitual, los titulares de tres periódicos digitales (que, seamos sinceros, borro sin abrir) y poco más.
Suena en el iTunes We can work it out y cojo la guitarra y toco mientras los cuatro de Liverpoool me acompañan; estoy tan contento que decido buscar unas cuantas canciones de los Beatles para incluir en mi repertorio de esa noche. Me las sé, pero necesito tener las letras impresas para que no se me olvide tocarlas. Así que busco un puñadito de canciones que me encantan y las pongo en mi formato, con el título en tocho en la esquina inferior derecha, para luego buscarlas con comodidad.

Cuando las tengo impresas, las incorporo a la carpeta que me voy a llevar esta noche y reorganizo el repertorio: si tocara todas las canciones que llevo el concierto duraría unas 5 horas, y no creo que nadie me aguantase tanto. Ni siquiera yo.

Entonces, empiezo a recoger el equipo para bajarlo al local donde esta noche voy a tocar. Parece una gilipollez, pero esto me lleva casi una hora. He de guardar un millón de paridas, cables,conectores, piececitas y tal, y todo ordenado para que cuando llegue al local, pueda montarlo de una manera rápida y eficiente.
Salgo a la calle a meter el coche en la parcela y guardo todo, excepto la guitarra, en el maletero: los 550 litros del Picasso, tan cuadraditos y accesibles, dan para mucho, podéis creerme. Son casi las diez y media, y subo a mi habitación a preparame para largarme. Ya en la escalera, el olorcillo agradable del pollo se ha convertido en el hedor penetrante de la comida quemada. La he vuelto a cagar. Se me olvidó subir a las nueve, y el resultado es asqueroso; en fin, ya no hay remedio, así que apago el horno y me largo, pensando que bueno, ya pillaré algo por ahí para comer.

En primer lugar, paso por Directo a Casa, para recoger un pedido familiar de Celltone, el auténtico extracto de baba de caracol (no acepte imitaciones) para mi cuñada Pilar. En la ofi no están los de Marketing, mi departamento, pero bromeo con la gente de medios (¡te has cortado el pelo...! no, qué va, solo me he cambiado de lado la raya... ja, ja!) y con los de contabilidad, a los que pago los tres botes de Celltone y se los llevo a Pilar, previa llamada (¿Te pillo en casa?). Pilar, adorable, como siempre, me ofrece una PepsiMax y, a pesar de que tiene mil cosas que hacer, se sienta un ratito conmigo en su preciosa cocina y me escucha quejarme mientras intenta pagarme los Celltones, pero soy más hábil y consigo escapar. Me dice que no sabe si va a venir a verme esta noche, porque tiene la cabeza como un bombo, pero que si se encuentra bien, vendrá. Pilar es muy buen público, os advierto.

Al fin, a eso de las doce menos veinte, estoy en el Plaza para montar y probar el equipo, cosa que hago con eficiencia germana: en una hora y media está el tema resuelto. Suena de puta madre y antes de subirme, encargo un par de raciones en el Plaza para sustituir mi pollo quemado. Me dan un par de baguettes, también, que me ahorran pasar por el super.

Cuando voy a preparar la mesa, llama Wilko, el drummer, confirmándome que esta noche él y su fantástica mujer, Mercedes, van a verme y a tomarse un copichuelo y me pide que le lleve la caja de la batería y la llave de tensión para afinarla. Cuando estoy terminando de rehogar un espléndido arroz blanco con ajitos que acompañará a la carne en salsa que me he subido del bar, vienen Leticia y Borja y nos sentamos a comer. Me cuentan muchas cosas del instituto, pero yo solo tengo cabeza para el concierto de esta noche y, la verdad, les escucho, pero no les oigo, en mi cabeza ya suenan a priori las canciones de por la noche y les veo mover los labios pero no sé de lo que hablan. Después de comer, me tumbo en el sofá, para mi ratito diario de tele, me pongo Doctor en Alaska (ya voy por la temporada 6) y me quedo dormido... hasta que me llaman por un asunto de trabajo. Bajo al zulo a resolver ese asunto y me lo quito de encima no sé ni cómo. Entonces, hablo con eMail, el guitarra de los Ciclones, para que me confirme que viene y para que se anime a tocarse un par de temas conmigo. Pero parece que su chica se encuentra mal y no sabe si vendrá. Sé que no vendrá, porque se le ve enamoraíllo, y estoy seguro de que cuida a su chica como ella merece. Hablo con MiJoe, el bajista, y me dice que él sí que se anima. Que se lleva una guitarra, que le baje el pie del micro, que está en el zulo. Viene Susana y me cuenta cosas, pero me pasa como con los chicos: sé que me está hablando, pero yo, aunque quiero, no la oigo. Sólo pienso en las once y media. No sé qué hago el resto de la tarde, pero creo que estoy con la chupa puesta desde las ocho y no nos vamos hasta las nueve y media. Aguantarme en un día así tiene mérito, en serio.

Estamos en el bar y, al poco, llegan Wilco y Merce, y nos sentamos en una mesita; a Wilco le apetecen unas rabas y yo completo la cosa pidiendo un poco de bienmesabe que no me cabe en mi estómago cerrado; al poco me llama MiJoe, que está en el pueblo, pero no encuentra el bar; está sorprendentemente cerca y al minuto está con nosotros. Se ha traído una guitarra que es como la mía, la que sale en la cabecera de Las Peroratas, pero en rojo. Es preciosa, la verdad. Lo dejamos todo enchufado, aunque quedamos en que no saldrá hasta el final del concierto a cantar conmigo tres canciones. Llegan Celia, la diosa del Plaza Mayor, y cuñada, además, y Pilar, mi querida Pilar, que ha venido a pesar de su jaqueca. La quiero un poco más por eso.

A las once y media, estoy afinando las cuerdas y dispuesto a empezar.

Bajan la música ambiente y sé, desde antes de empezar a tocar los primeros acordes de I am a rock, de Simon and Garfunkel, que esa va a ser una gran noche. Me presento antes de empezar, para calibrar si la gente está dispuesta a escuchar o sólo quieren follón. Parece un público genial, con ganas de divertirse y de escucharte. Van cuatro o cinco canciones y me encuentro super a gusto, y me permito pequeñas peroratas entre canción y canción. Es evidente que no va a haber descanso: solo serviría para cortarle el rollo al público y a mí mismo y sigo encadenando discursitos y canciones sin darme cuenta de cómo pasa el tiempo. La gente está super enganchada, pidiendo temas, bailando, cantando, dando palmas y haciéndome reverencias en plan ¡Cicloooooooon, ciclooooooonnn...! y yo me siento el rey de la montaña. Cuando toco Piano Man, de Billy Joel, veo que se me acerca una preciosa dama que me resulta familiar: Claro, es Cati, a la que nunca había visto,m salvo en la foto de su perfil de blogger. Nos saludamos (yo con cuiidado, estoy muy sudado en el escenario) y me dice que si le puedo cantar Honesty... aunque conozco, y me encanta, el tema, no sé tocarlo, pero el próximo día me lo sabré. Cati ha venido con dos amigos, Miguel y Claudia, a quien podréis leer en algún comentario por aquí. Al cabo de un rato Susana se me acerca y me dice: ¿Cuándo vas a avisar a MiJoe? Y miro el reloj y me doy cuenta de que llevo dos horas con la guitarrita y de que mi amigo y compañero debe estar nerviosísimo, así que canto la canción que teníamos hablado que sería la señal (Can’t buy me love) y mientras él afina su Epiphone. Le presento y me acompaña, en el primer número: Something, de los Beatles. Cuando llega el momento del precioso solo de guitarra, que MiJoe ejecuta de puta madre, le presento otra vez para que la gente se dé cuenta de que está escuchando algo bueno y le dedican una cálida ovación mientras toca. Luego canta I’ll Feel a whole lot better, de los Byrds y, para terminar, el bis de rigor: atacamos juntos el Bye, bye, love, de los Everly Brothers. A pesar de que no nos oímos nada, la gente agradece el esfuerzo y le dedican una sonora ovación. Piden otra más y, para el bis definitivo, acabo con Hey Jude, con todo el mundo haciendo el na-na-na-na final.

Ha sido un concierto agotador. Tengo la garganta como una alpargata y los dedos destrozados después de casi dos horas y media de concierto, pero en ese momento, mientras aplaudo yo al público desde el escenario, sé que no hay un ser humano ni más feliz ni más poderoso en todo el planeta.

Saludo a Cati y a Claudia, pero es tarde, son las dos de la mañana, y no podemos hablar; todo el mundo se va, porque al día siguiente hay que currar. Me fastidia que fantasma paraíso no haya venido, después de crear tanto suspense; espero que la próxima vez...

Me siento en la mesa de los míos: Celia, la dueña del Plaza y su hija, la increíble Sabina; Pilar, mi adorada cuñada y Susana; y mis amigos y colegas de banda, Wilco, con Merce, y MiJoe.

Todo el mundo está marchándose, porque cierra el bar, pero mucha gente se acerca a mi mesa y me da unos golpecitos en la espalda y se despiden de mí perfectos desconocidos que, qué queréis, me hacen aún más feliz. Como es un sitio de confianza, echo una enorme tela encima de todo el equipo y lo recogeré a la mañana siguiente. Hoy, sencillamente, me siento tan grande que no puedo ponerme a recoger cables.

Sólo me resta dar las gracias al mundo por permitirme pasar noches como esta.

Un día cualquiera, no te digo...



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Listening to: George Harrison - Blow Away
via FoxyTunes

viernes, mayo 25, 2007

El vagabundo herido (Auge y caída del Rey de la montaña, parte II)


Así, más o menos, habría sonado ayer esta canción, si la cosa hubiera sido normal. Pero anoche, en el Plaza, nada fue normal.
La cosa no empezó mal, salvo por la cosa esa de que hubiera poca gente. Pero otras veces ha sido así. La sala estaba fría y empecé a tocar temas calmaditos, como para decirles a los que allí había que podían confiar en mí, que no soy malo. Y que tengo mucho filin. Mira si no:
Vale, tios... yo cantaba Don't dream it's over, Homeward Bound, Daniel, cosas así, mientras la gente iba, poco a poco, escuchando a ese señor tan raro que estaba allí encima que, además, entre canción y canción hacía algún chiste malo, pero agradable. Poco a poco, va subiendo el concierto en intensidad, voy dándole velocidad a la cosa y algunos se animan a hacer coros, a dar palmas (había ayer uno terrible: con gran entusiasmo daba palmas, pero con un nulo sentido del ritmo, con lo que más que animar la cosa, despistaba). Empecé a meter canciones en español, temas de los Secretos, de La Guardia o Duncan Dhu, y clásicos wolffos, Lola, de los Kinks, cosas que casi siempre funcionan. La cosa no iba mal, la gente, la poca gente que había, empezaba a animarse. Tenía una sensación extraña en la mano derecha, algo en el tacto de las cuerdas no iba bien, pero no me preocupó demasiado. De vez en cuando, metía alguna cosilla más tranqui, como el Desperado, de Eagles, que fue uno de los estrenos de ayer.
De repente, al ir a pasar una de las páginas de las letras, veo que dejo un rastro de sangre en el papel. Entonces, levanto la mano, para mirarla a la luz y me doy cuenta de que tengo una herida en un dedo, el índice de la mano derecha, que sangra profusamente.

Claro. Así se explica la peguntosidad de las cuerdas. El tacto extraño de la púa. Las cuerdas están pringadísimas de sangre seca y la guitarra, horrible. Al principio creo que lo que me ha pasado es que me roto una uña. Como yo no toco la guitarra, sino que la aporreo, suele sucederme, pero pido un poco de papel para limpiarme y me doy cuenta de que no, no es la uña, que está rota, claro, como siempre. Es la yema del dedo, que está en carne viva. Tengo una sección, como si me hubieran cortado un filetito de un milímetro con un cuchillo jamonero. La verdad es que es espectacular, pero no me duele, es como si estuviera el dedo anestesiado, probablemente por efecto de la adrenalina, que es una cosa que me ha dicho la luna y yo la he creído, porque la luna nunca me ha fallado.
El caso es que, a partir de ese momento, no consigo remontar. Es cierto que no me duele, pero, a pesar de que me hacen una cura de urgencia en el escenario, no puedo tocar con ese pegote en el dedo y acabo arrancándome el espadadrapo. Celia, factótum del Plaza, me dice que llevo una hora y pico, que lo deje... Pero yo estoy cantidad de picado, por no haber hecho bailar a la gente. Bueno, allá al final de la sala un grupito se lo está pasando en grande... En esa mesa, ese grupo aplaude, canta... Esas dos chicas me miran y aplauden también con amabilidad. Ese chico gigantesco de ahí, que está solo en la mesa, con pinta de rumano, no me quita ojo de encima y se fija en cómo toco esta canción o esa... Eso es lo que pasa, si hay una persona que lo está pasando bien, no puedes dejarlo, tienes que dar el concierto entero aunque sólo te escuche esa persona.
Así que como no me duele, sigo adelante y termino el concierto, si he de ser franco, con más pena que gloria. Mirad qué pena...

Al final, después de hacerme una cura en el botiquín, salgo y se me acerca toda esa gente. Me invitan a copas, me prometen nuevos conciertos en las fiestas de su pueblo, me pasan la mano por el lomo, hasta que se dan cuenta de lo sudado que estoy.
Ese ratito es guay. cuando se te acerca la gente y te dice cosas tipo "eres grande", "has estado bestial, tío", "eres un monstruo, tío, tómate algo" y cuando pides una PepsiMax (para picar a Celia, porque sé de sobra que no tiene) te miran decepcionados. La leyenda del rocanrol dice que debes beber como un cosaco, pero yo ya me apreté tres vodkas antes de empezar, precisamente para atreverme a empezar.
Bueno, habrá otros días, otros conciertos, con más gente, con menos sangre.

Pero creo que es de ley contar que el rey de la montaña, ayer se quedó en el vagabundo que duerme encima de ese montoncito de arena.

Y hoy me he despertado con el dedo muy dolorido. El dolor que ayer no sentí, hoy ha venido para quedarse. Y además del dolor, una comida agradabilísima ha hecho que ahora me sienta genial. Ayer me acosté queriendo cortarme la mano por la muñeca y tener así una excusa para no volver a tocar. Y sin embargo, Flo, tú has hecho que este día sea un día cojonudo.

No te defraudaré.

jueves, mayo 24, 2007

El rey de la montaña

Heaven





Talking Heads, los bustos parlantes, vaya banda. Es una de esas bandas que, a pesar de estar hechas alrededor del núcleo de un genio absoluto, de una artista total, como lo es David Byrne, no podría existir sin todos y cada uno de sus miembros. Talking Heads, para mí, es sinónimo de modernidad, porque Mr. David Byrne es un hombre eternamente moderno. Hoy sigue sonando a vanguardia. Esta canción maravillosa habla sobre un bar al que todo el mundo quiere ir, donde ponen una música bestial (siempre la misma), que se llama Heaven (el cielo) y en el que a todo el mundo le sucede lo mismo: nada. Porque El cielo es ese sitio donde nunca pasa nada. Esta canción me enamoró no cuando la grabaron en estudio, sino cuando fui a ver la asombrosa película dirigida por Jonathan Demme, Stop making sense, la mejor película sobre una gira que he visto jamás. Una maravilla, podéis creerme. En la peli, esta canción es la segunda, y en ella David y Tina, la primera mujer bajista que me enamoró, sin nadie más, interpretan esta pieza de forma magistral. No os lo perdáis. En esta versión, he tocado el bajo y la guitarra acústica, además de forzar mi garganta para hacer los gorgoritos de los coros, cagándola en algunas notas, claro, pero me gustan estas cagadas. Hala, a ver si te gusta.
Aquí se baja directamente:


Oídme.

Podéis reíros de mis nervios y de lo incongruente de mis palabras, que hoy, te guste o no, me resbala todo.

Porque hoy voy a subir a la montaña. Voy a escalar, nota a nota, hasta lo más alto, hasta la cima, hasta donde, si quisiera, tocaría el cielo con solo levantar la mano.

Hoy, como todos los días, he madrugado para dar de desayunar a los míos, preparar sus comidas, besarles antes de marcharse y desearles un buen día. Pero ellos saben que hoy mi cabeza está en otro sitio. Hoy, estando a su lado, no está con ellos. Hoy mi cabeza no está con nadie, porque me espera la montaña, me espera el cielo.

Hoy voy a ponerme allí debajo y, con los brazos en jarras, miraré a la cima y la señalaré, blandiendo amenazante índice y le gritaré, en silencio que voy a llegar allí.

Hoy atenderé a los que llamen a mi puerta y a los que me escriban, pero mi cabeza no está con ellos.

Hoy soy un egoísta completo, el centro de mi universo y la luz que ciega, la que no se apaga; el ruido que no cesa, la caricia eterna y el susurro que te puede dejar sinsentido. Hoy voy a tocar.

Hoy subiré allí, al escenario y me enfrentaré a unas docenas de caras expectantes, muchas de ellas fastidiadas, porque no les pongan la música que a ellos tanto les gusta, y se haya subido ese señor gordito con esa guitarra tan bonita allí arriba.

Pues a ti, que me miras con cara de arroz, que querrías que hoy fuera un día como los demás, te digo: acabarás pidiéndome que no me vaya. Acabarás deseando que cante otra, querrás invitarme a una copa cuando acabe, desearás ser mi amigo para que la chica a la que intentas ligar vea que tienes mundo y que te codeas con amigos interesantes.

Porque hoy, esta noche, lo creáis o no, llegará un momento en que todos los que están en el bar van a querer estar en otro sitio.

Una mitad, querrían estar en mi lugar, encima del escenario epatando al personal, haciéndoles bailar, cantar y dar palmas a voluntad.

Y la otra mitad, querría estar entre mis brazos.

Sólo por ese momento, ese momento en que todo el mundo ha gritado que no, que no te vayas, que les regales otra canción, ese momento en que estás tan cerca del cielo que podrías tocarlo, cuando estás en lo más alto de la montaña de la noche, vale la pena vivir.

Por un momento seré el rey de la montaña. Del cielo.

Pero, como dice el estribillo de la canción que ilustra este artículo, el cielo es un lugar donde nunca pasa nada. Siendo así que al final, este, que por un momento se creyó dios, torna humano de nuevo y se da cuenta de que al cabo, cuando reinas en el cielo, reinas en la nada. Porque no existe el cielo. Pero sí la montaña que te lleva hasta él.

Y esta noche, amigos, el rey de la montaña, soy yo.