Así, más o menos, habría sonado ayer esta canción, si la cosa hubiera sido normal. Pero anoche, en el Plaza, nada fue normal.
La cosa no empezó mal, salvo por la cosa esa de que hubiera poca gente. Pero otras veces ha sido así. La sala estaba fría y empecé a tocar temas calmaditos, como para decirles a los que allí había que podían confiar en mí, que no soy malo. Y que tengo mucho filin. Mira si no:
Vale, tios... yo cantaba Don't dream it's over, Homeward Bound, Daniel, cosas así, mientras la gente iba, poco a poco, escuchando a ese señor tan raro que estaba allí encima que, además, entre canción y canción hacía algún chiste malo, pero agradable. Poco a poco, va subiendo el concierto en intensidad, voy dándole velocidad a la cosa y algunos se animan a hacer coros, a dar palmas (había ayer uno terrible: con gran entusiasmo daba palmas, pero con un nulo sentido del ritmo, con lo que más que animar la cosa, despistaba). Empecé a meter canciones en español, temas de los Secretos, de La Guardia o Duncan Dhu, y clásicos wolffos, Lola, de los Kinks, cosas que casi siempre funcionan. La cosa no iba mal, la gente, la poca gente que había, empezaba a animarse. Tenía una sensación extraña en la mano derecha, algo en el tacto de las cuerdas no iba bien, pero no me preocupó demasiado. De vez en cuando, metía alguna cosilla más tranqui, como el Desperado, de Eagles, que fue uno de los estrenos de ayer.
De repente, al ir a pasar una de las páginas de las letras, veo que dejo un rastro de sangre en el papel. Entonces, levanto la mano, para mirarla a la luz y me doy cuenta de que tengo una herida en un dedo, el índice de la mano derecha, que sangra profusamente.
Claro. Así se explica la peguntosidad de las cuerdas. El tacto extraño de la púa. Las cuerdas están pringadísimas de sangre seca y la guitarra, horrible. Al principio creo que lo que me ha pasado es que me roto una uña. Como yo no toco la guitarra, sino que la aporreo, suele sucederme, pero pido un poco de papel para limpiarme y me doy cuenta de que no, no es la uña, que está rota, claro, como siempre. Es la yema del dedo, que está en carne viva. Tengo una sección, como si me hubieran cortado un filetito de un milímetro con un cuchillo jamonero. La verdad es que es espectacular, pero no me duele, es como si estuviera el dedo anestesiado, probablemente por efecto de la adrenalina, que es una cosa que me ha dicho la luna y yo la he creído, porque la luna nunca me ha fallado.
El caso es que, a partir de ese momento, no consigo remontar. Es cierto que no me duele, pero, a pesar de que me hacen una cura de urgencia en el escenario, no puedo tocar con ese pegote en el dedo y acabo arrancándome el espadadrapo. Celia, factótum del Plaza, me dice que llevo una hora y pico, que lo deje... Pero yo estoy cantidad de picado, por no haber hecho bailar a la gente. Bueno, allá al final de la sala un grupito se lo está pasando en grande... En esa mesa, ese grupo aplaude, canta... Esas dos chicas me miran y aplauden también con amabilidad. Ese chico gigantesco de ahí, que está solo en la mesa, con pinta de rumano, no me quita ojo de encima y se fija en cómo toco esta canción o esa... Eso es lo que pasa, si hay una persona que lo está pasando bien, no puedes dejarlo, tienes que dar el concierto entero aunque sólo te escuche esa persona.
Así que como no me duele, sigo adelante y termino el concierto, si he de ser franco, con más pena que gloria. Mirad qué pena...
Al final, después de hacerme una cura en el botiquín, salgo y se me acerca toda esa gente. Me invitan a copas, me prometen nuevos conciertos en las fiestas de su pueblo, me pasan la mano por el lomo, hasta que se dan cuenta de lo sudado que estoy.
Ese ratito es guay. cuando se te acerca la gente y te dice cosas tipo "eres grande", "has estado bestial, tío", "eres un monstruo, tío, tómate algo" y cuando pides una PepsiMax (para picar a Celia, porque sé de sobra que no tiene) te miran decepcionados. La leyenda del rocanrol dice que debes beber como un cosaco, pero yo ya me apreté tres vodkas antes de empezar, precisamente para atreverme a empezar.
Bueno, habrá otros días, otros conciertos, con más gente, con menos sangre.
Pero creo que es de ley contar que el rey de la montaña, ayer se quedó en el vagabundo que duerme encima de ese montoncito de arena.
Y hoy me he despertado con el dedo muy dolorido. El dolor que ayer no sentí, hoy ha venido para quedarse. Y además del dolor, una comida agradabilísima ha hecho que ahora me sienta genial. Ayer me acosté queriendo cortarme la mano por la muñeca y tener así una excusa para no volver a tocar. Y sin embargo, Flo, tú has hecho que este día sea un día cojonudo.
No te defraudaré.
viernes, mayo 25, 2007
El vagabundo herido (Auge y caída del Rey de la montaña, parte II)
jueves, mayo 24, 2007
El rey de la montaña
Talking Heads, los bustos parlantes, vaya banda. Es una de esas bandas que, a pesar de estar hechas alrededor del núcleo de un genio absoluto, de una artista total, como lo es David Byrne, no podría existir sin todos y cada uno de sus miembros. Talking Heads, para mí, es sinónimo de modernidad, porque Mr. David Byrne es un hombre eternamente moderno. Hoy sigue sonando a vanguardia. Esta canción maravillosa habla sobre un bar al que todo el mundo quiere ir, donde ponen una música bestial (siempre la misma), que se llama Heaven (el cielo) y en el que a todo el mundo le sucede lo mismo: nada. Porque El cielo es ese sitio donde nunca pasa nada. Esta canción me enamoró no cuando la grabaron en estudio, sino cuando fui a ver la asombrosa película dirigida por Jonathan Demme, Stop making sense, la mejor película sobre una gira que he visto jamás. Una maravilla, podéis creerme. En la peli, esta canción es la segunda, y en ella David y Tina, la primera mujer bajista que me enamoró, sin nadie más, interpretan esta pieza de forma magistral. No os lo perdáis. En esta versión, he tocado el bajo y la guitarra acústica, además de forzar mi garganta para hacer los gorgoritos de los coros, cagándola en algunas notas, claro, pero me gustan estas cagadas. Hala, a ver si te gusta.
Aquí se baja directamente:
Oídme.
Podéis reíros de mis nervios y de lo incongruente de mis palabras, que hoy, te guste o no, me resbala todo.
Porque hoy voy a subir a la montaña. Voy a escalar, nota a nota, hasta lo más alto, hasta la cima, hasta donde, si quisiera, tocaría el cielo con solo levantar la mano.
Hoy, como todos los días, he madrugado para dar de desayunar a los míos, preparar sus comidas, besarles antes de marcharse y desearles un buen día. Pero ellos saben que hoy mi cabeza está en otro sitio. Hoy, estando a su lado, no está con ellos. Hoy mi cabeza no está con nadie, porque me espera la montaña, me espera el cielo.
Hoy voy a ponerme allí debajo y, con los brazos en jarras, miraré a la cima y la señalaré, blandiendo amenazante índice y le gritaré, en silencio que voy a llegar allí.
Hoy atenderé a los que llamen a mi puerta y a los que me escriban, pero mi cabeza no está con ellos.
Hoy soy un egoísta completo, el centro de mi universo y la luz que ciega, la que no se apaga; el ruido que no cesa, la caricia eterna y el susurro que te puede dejar sinsentido. Hoy voy a tocar.
Hoy subiré allí, al escenario y me enfrentaré a unas docenas de caras expectantes, muchas de ellas fastidiadas, porque no les pongan la música que a ellos tanto les gusta, y se haya subido ese señor gordito con esa guitarra tan bonita allí arriba.
Pues a ti, que me miras con cara de arroz, que querrías que hoy fuera un día como los demás, te digo: acabarás pidiéndome que no me vaya. Acabarás deseando que cante otra, querrás invitarme a una copa cuando acabe, desearás ser mi amigo para que la chica a la que intentas ligar vea que tienes mundo y que te codeas con amigos interesantes.
Porque hoy, esta noche, lo creáis o no, llegará un momento en que todos los que están en el bar van a querer estar en otro sitio.
Una mitad, querrían estar en mi lugar, encima del escenario epatando al personal, haciéndoles bailar, cantar y dar palmas a voluntad.
Y la otra mitad, querría estar entre mis brazos.
Sólo por ese momento, ese momento en que todo el mundo ha gritado que no, que no te vayas, que les regales otra canción, ese momento en que estás tan cerca del cielo que podrías tocarlo, cuando estás en lo más alto de la montaña de la noche, vale la pena vivir.
Por un momento seré el rey de la montaña. Del cielo.
Pero, como dice el estribillo de la canción que ilustra este artículo, el cielo es un lugar donde nunca pasa nada. Siendo así que al final, este, que por un momento se creyó dios, torna humano de nuevo y se da cuenta de que al cabo, cuando reinas en el cielo, reinas en la nada. Porque no existe el cielo. Pero sí la montaña que te lleva hasta él.
Y esta noche, amigos, el rey de la montaña, soy yo.
