domingo, abril 23, 2006

Filippo y las flores muertas para Susie. Una historia sin demasiada importancia.


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Cuando su madre le regalaba un nuevo juego de pinceles, Filippo sonreía, decía lo mucho que le gustaba, halagaba a su madre por adivinar justo lo que necesitaba y procuraba que, en las semanas que seguían al regalo, su madre le viera pintar. A veces, incluso, terminó algún cuadro que entregaba gustoso a su madre y que ésta, orgullosa, le regalaba, a su vez, a familiares que hacían lo posible por no demostrar el profundo desasosiego y disgusto, en términos generales, que les producían las naturalezas muertas de Filippo. Filippo, por ser breves, pintaba como el culo.

Su padre, funcionario de correos, que estaba empeñado en que Filippo fuera Ingeniero de Minas, como el hijo del Director General, le compraba minerales. ¿Otra piedra? pensaba Filippo, pero decía “¡bien, la Marmolillous Infectam Deloscojonix, justo la que quería!” y llevaba su piedra a su habitación y la colocaba junto a la colección de marmolillos que había ido juntando por la cabezonería de su padre. Los minerales le interesaban lo mismo que él a los minerales.

Su padrino, que alardeaba de ser un vividor, miraba a su hijo con cierta simpatía, le soplaba un par de cientos y le decía sotovoce que invitara a los amigos a unas copas, o que se fuera a echar un polvo y Filippo, al loro, le hacía gestos cómplices a su padrino, que era justo lo que su padrino esperaba; alguna vez, además, inventó una historia solvente que referir a su padrino. Una historia con un poco de alcohol, de sexo y de policía, que su padrino (que en realidad era un membrillo con menos mundo que una monja) escuchaba con los ojos como platos y la mano en su bolsillo roto, agarrándose el pingajillo, porque imaginaba que vivía en las aventuras de su ahijado, todo lo que él no había tenido arrestos para vivir.

Su madrina, que tenía el cuerpo en Alcobendas y la cabeza en Galeprix, donde había trabajado como cajera hasta que su descerabriento fue demasiado evidente, sencillamente, se olvidaba de que era el santo de Filippo y era la única persona a quien Filippo de verdad, agradecía su regalo.

Porque a pesar del variado y costoso material de pintura que Filippo había almacenado con el pasar de los años; de la fortuna que poseía en su colección de minerales; de la colección de anécdotas falsas atesoradas con el paso de los años, de la memoria desecha… a pesar de todo lo que tenía, Filippo sólo adoraba una cosa: su camiseta con el logo de los Stones: los labios y la lengua del sinuoso Jagger.

Y Filippo iba los domingos al Rastro a pasear con su camiseta stoniana entre los puestos y soñaba con volver a encontrar a Susie y preguntarle su nombre, porque no sabía cómo se llamaba, pero no le cabía duda de que con esa cara, esa mirada perdida y negra, ese pelo que parecía un halo y ese rotundo y magnánimo culo (esto no pega, pero qué le voy a hacer: Filippo era un hombre), tenía, por fuerza, que llamarse Susie. Y, desde dentro, con fuerza, a voces, Filippo la llamaba. Así:


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La primera vez que vio a Susie, ya la hizo reir. La chica, filibustera, reventona, óptima, caminaba por el lado opuesto de la estrecha calle. Filippo la miró con descaro y, con descaro, Susie le devolvió la mirada. El resultado fue que Filippo se dio un trompazo con una farola y se disculpó:

- Usted disculpe, farola.

Pero Filippo, desde ese día, estaba enamorado de la mujer filibustera, reventona, óptima, que caminaba aquél día por el lado opuesto de la estrecha calle. Y sucedió que un día, a su llamada, Susie contestó, de la manera que Filippo hubiera imaginado si hubiera tenido un poco más de imaginación:

- Hola, ya no estás sólo.

Filipo le miró a los ojos, a los labios y a los pezones, pero lo que más le gustó de ella fueron sus anhelos. Iba a decirlo, cuando se dio cuenta de que una cursilería así le podría costar la vida. Una mujer tiene perfecto derecho a asesinar a un hombre que le diga “lo que más me gusta de ti son tus anhelos”, estaréis de acuerdo. Así que Filippo calló. Pero Filippo flipaba de que se llamara Susie. Y eso no pudo callarlo.

- Flipo de que te llames Susie, Susie.

- No es Susie, Susie, es Susie a secas.

A Filippo no le gustó esa contestación. En primer lugar, porque denotaba la poca astucia de Susie. Además, Filippo era un hombre de manías. Y una de las cosas a las que le tenía manía era a la expresión “a secas”, sin contar otras como “puro y duro” y la expresión “financiero” cuando se hablaba de poco dinero, de asuntos domésticos. Por suerte, Susie no había usado estas dos expresiones. Sea como fuere, Filippo le compró unas flores a un chino, más que nada para quitárselo de encima, porque llevaba un rato ya largo dando la brasa y se las plantificó a la Susie.

- Bueno, Susie a secas (lo dijo como tragando un sapo, en señal de buena voluntad), déjame regalarte estas flores en señal de mi amor… - dijo un poco demasiado teatralmente, pero no se lo tengamos en cuenta.

- Alucino, tío… así que eres un uno de esos… de los que crees que a las mujeres se nos gana con regalos, cuando eso es sólo un asunto financiero puro y duro…

A Filippo se le cayeron los palos del sombrajo, por utilizar una expresión inadecuada y que algunos puedan decir, coño, pues el Wolffo escribe como una mierda, que le den, y sólo acertó a decir:

- Sólo son flores…

- Flores muertas, perdona.

Joder…

Y Filippo se hizo ingeniro de minas.

jueves, abril 20, 2006

Eso va a ser el manguito. Fijo.

Dentro del capó.

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>Sólo los más fervientes seguidores del Diario Pop, o de Flor de Pasión serán capaces de recordar esta canción que traigo hoy aquí en una versión, esta vez sí, muy diferente a la original. No voy a poner de quién es y espero que Buch no me delate, pero esta vez, ni Yambra lo acierta. ¿No es una hermosa metáfora?


El otro día, hablando con Buch, nos acordamos de Javier Purgas. Un tío zumbado, de verdad. Seguro que todos habéis tenido un amigo parecido: con no demasiadas luces, pero acostumbrado a salir del paso trapicheando a todas horas y en todas partes. Un auténtico buscavidas.

Corría la leyenda de que Purgas, de pequeño, se había dado tremenda hostia en la cabeza y que eso le había afectado al comportamiento. Era bonito eso: tener una excusa que te libere de toda responsabilidad de por vida. “Es por lo del golpe”, solíamos decir cada vez que hacía alguna. Y estaba continuamente haciéndolas, cosas de verdadero zumbado. Era el clásico que, sin despeinarse, organizaba peleas de escarabajos o cucarachas especialmente grandes contra lagartijas ciegas (ciegas porque el angelito les sacaba los ojos), sabía de dónde sacar ratoncitos, o ratas, vendía morera para los gusanos de seda, nunca tenía un pavo en el bolsillo, pero acababa las colecciones de bimbo antes que nadie…

El día que le conocí había bajado a jugar al fútbol con Mich y Buch y Ramonete, como de costumbre. Jugábamos al fútbol en un aparcamiento peligrosísimo para nuestras rodillas y para las tulipas de los pilotos de los coches que aparcaban ahí. Bien, como de costumbre, nadie quería quedarse de portero. “¡Ulti de portero!” era la primera frase que se oía una vez decididos los equipos. Aquél día me tocó a mí quedarme en primer lugar. Ramonete era malo, pero no tenía mala zurda a balón parado. Disparó un balón ajustado al poste (un 850 especial – los de 4 puertas- azul marino) y yo, aunque era un poco palomitero, esa tarde no tenía demasiadas ganas de tirarme, así que me limité a seguir con la vista la trayectoria envenenada del esférico. Éste rodó y fue a parar debajo del coche.

Me agaché, vi dónde estaba el balón y metí la mano, sin mirar, para sacarlo; no llegaba, así que me coloqué de forma que pudiera meter bajo el coche la pierna y sacar el balón de una patada elegante y rasa. Accioné mi pierna derecha con tal fin y, antes de impactar el cuero noté algo blando y ese algo blando, además, dijo:

- ¡Miau!

Mierda… aquello sonaba como un gato. Con cuidado, metí la cabeza para confirmarlo y bueno, aquello parecía un gato, sí, pero no tenía pelo y estaba pegado por la tripa a los bajos del coche. Yo había oído –y visto- que los gatos en invierno se metían bajo los coches que acababan de aparcar para estar calentitos, pero no era el caso: hacía muchísimo calor y ese gato no parecía estar ahí por gusto.

- ¿Qué pasa, tío? – dijo Buch

- ¿Qué pasa macho?- dijo Mich

- ¿Qué hashesh? – dijo Ramonete escupiendo cáscaras de pipa rechupadas, mientras otras quedaban adheridas a las comisuras de los labios y a la barbilla por el exceso de saliva.

Saqué la cabeza de debajo del utilitario y dije a mis colegas:

- Joder, tíos, hay un gato… pero está calvo

Rápidamente aparecieron otras tres cabezas infantiles bajo el 850 especial.

- Más que un gato, parece un mamut – dijo inexplicablemente Ramonete; intentaba, sin duda, ser gracioso, pero joder, sin ningún éxito, sin gracia, sin sentido.

- Joder, parece que intenta follarse el cárter – dijo Buch

Y entonces oímos esa voz chillona, desagrable, pero llena de autoridad, del Purgas:

- El cárter no está ahí, idiotas

Sacamos nuestras cabecitas ligeramente humidificadas y le vimos. Flequillo al viento, ropa de calidad estándar, actitud chulesca y amenazante, como si fuera a pegarnos, pero sin tener ni media torta..

Buch defendió su teoría.

- ¿Ah, no…? ¿y entonces qué es eso que le queda a la altura de la picha?

- Eso va a ser el manguito. Fijo.

Y todos nos lo tragamos. Sólo Mich reaccionó:

- ¿Qué hace ahí ese gato? ¿lo has metido tú?

El Purgas dominaba estas situaciones. Epatar a los pardillos, digo. Y mirándonos de hito en hito, nos dijo.

- Sí lo he puesto yo ahí. Es el sacrificio.

Nos quedamos de piedra.

- ¿El sacrificio…?

- Sí, chavales, el sacrificio – nos dijo, ya absolutamente dueño de la situación- todos los años hago un sacrificio… y este año le ha tocado al gato. Lo he atado a los bajos del coche, a ver cuántos días dura…

Varias cosas: todos queríamos hacer cosas como el sacrificio, sonaba genial, aunque seguramente habríamos sacrificado, como mucho, una hormiga o algo así.

Por otra parte, empezamos a mirar con gran respeto a alguien capaz de coger un gato y atarlo a los bajos de un coche sin resultar seriamente herido.

Cuando esa noche, en estado de shock, llegué a casa y le conté a mi madre lo que había hecho el Purgas, me dijo:

- Es por lo del golpe.

Aquella fue la primera vez que oí esa frase atenuante, y la primera vez que me contaron la leyenda urbana del golpe. Todo lo que hacía el Purgas quedaba bajo ese paraguas mágico de “es por lo del golpe”. Tenía esa suerte. Yo, con estos ojillos, le vi meter a Tets, la peluquera bajita y tetona, un petardo en el escote; tirar al perro del Pelícano, un cocker negro llamado Timón, desde un séptimo piso; deshinchar las ruedas de la moto de un policía mientras éste nos pedía la documentación; tocarle las tetas a la madre de Palomo, que estaba buenísima, mientras le daba inocentes besos en la mejilla con recuerdos de su madre…

Lo último que supe de él, puede ser de hace unos 20 años. Él debía tener un par de años más que yo, así que rondaría los 24 o 25. Supe que llenaba el depósito de su Ibiza diésel con gasóleo agrícola porque era mucho más barato. Siempre igual.

Seguro que hoy está ganando una fortuna en cualquier sitio extraño. Seguro que se ha hecho pasar por ingeniero aeronáutico y está en la NASA o algo así. ¿Habéis visto algún montaje fotográfico de esos en los que una persona se abre la cabeza, como si fuera el capó de un coche? Estoy seguro que si hiciéramos eso con Javier Purgas no habría nada dentro.

Nada dentro del capó. Y los bolsillos, llenos. Y la sonrisa, en mi boquita, de acordarme de semejante semejante.

martes, abril 11, 2006

Crónicas Monclovitas: ¿Qué pasó el famoso jueves entre Bono y Zapatero? (una serpiente de Semana Santa)

Zapas (le llamo así, tenemos confianza) me llama el jueves por la tarde:

- Oh, Wolffus, te necesito aquí, esta noche tengo una cena con Coffee And One y no sé qué ponerme…

- Es Kofi Annan, merluzo, y es un pez gordo

- ¿Un pez más gordo que yo? ¿Qué clase de poder tiene?

- Bueno, distinto… él es de un organismo internacional, la FIFA, creo… organiza el mundial de fútbol, por ejemplo, puede cambiar la regla del fuera de juego… un tipo poderoso, vaya…

- Coño, sí... Pues me parece que va a ir a cenar con él su puta madre…

A veces, Zapas, se pone así de ordinario.

- Bueno, sublime Wolffus, ¿te vienes? Esto va estar divertido, creo que viene Bono.

- Buff, qué mal rollito -es como si para animar a un punki a que vaya a una fiesta le dices que va a haber curas…-. ¿Qué tiene Bono de divertido?

Y entonces Zapas me lo dijo;

- Ponemos declinarle

Y yo me imaginé, entre risas, nombrando los casos del adjetivo castellano-manchego de la segunda declinación, bonus-bona-bonum… una juerga, tú.

- Hecho. Espérame.

- ¿Desnudo? – Zapas es horrible en bolas, te lo juro.

- No, no, ponte algo, no me jodas…

Y fui.

No sé si habéis estado en el palacio de la Moncloa, pero es un sitio espantoso, sobre todo en primavera. Llegué a la vez que Bonus-bona-bonum y le saludé con una sonrisa ablativa.

- ¡Hola, capullis!

Él me respondió con desconfianza, como si adivinara mis intenciones, de forma acusativa, para entendernos.

- No me jodaj que vaij a declinarme…

Y yo, que soy un bendito, abrí las manos en ademán genitivo (o sea, las mano’s) y le dije:

- Bonorum, Bonis, ¿para qué te crees que te llamamos si no…? ¿Es que piensas que a alguien en este mundo le puede resultar tu presencia agradable de por sí?

Bono rióse, porque él es muy de reír, y yo no carezco de gracia. Sonsoles salió a la puerta con cara de paciencia y yo me acerqué a ella, con una sonrisa afable, creyendo que había salido a recibirnos.

- Hola, Sonso, qué amable de tu parte, no hacía falta que salieras, mujer…

- No he salido a recibirte, membrillo, sino a tirarme un cuesquete, que Zapas se pone imposible…

- ¿También le molestan los peos, como los cigarrillos?

- No, qué va – me respondió resuelta- , los peos le excitan, y no estoy pa ruidos.

Entré en el palacio. Bono iba a mi lado, la mano escondida en el pantalón, desgastando por la fricción digital de su mano firme pero oculta, el tejido blando de su entrepierna o, si lo prefieres, rascándose los huevos con disimulo.

- Bono, no seas ordinario, mujer…

- ¡Yo no soy mujer! –me dice el tío indignao

- Bueno, bueno… tampoco es pa ponerse así, es que no me he fijao bien. Un falo lo tiene cualquiera.

- Diráj un fallo.

- Diré un fallo un día de estos, sí, pero he dicho un falo, y lo mantengo.

Y para reafirmar mis palabras, agarré mi falo y lo mantuve enhiesto delante del aún ministro.

Zapas, a veces, está de mal humor. Ir a verle en esos días es un coñazo, podéis creerme. Ese día estaba de buen humor, o sea, muchísimo peor. Nos esperaba en un salón japonés y sonriendo como un auténtico cretino.

- He preparado un té de hierbas púnicas… lo he hecho yo mismo.

Té de hierbas púnicas, dios mío… ¡y lo ha hecho él!

- … los antiguos le atribuían propiedades.

Bono intervino

- ¿Propiedadej… qué? – parecía bastante harto de las cosas de Zapas

- Propiedades, no sé, proipiedades ¿tienen que ser de algún tipo, las propiedades?

- ¿Podrían ser, tal vez – intervine yo, conciliador- títulos de propiedad?

- A lo mejor… – dijo Zapas

- Vamoj a dejarnoj de trivialidadej, José Luij, y ademaj… ¿dónde’ejtá el sofá que había aquí…?

- Es un saloncito de té japonés, nos sentamos en el suelo

- ¡Noj sentamoj en tuj cojonej!

- Qué poco refinado eres, Pepe, répresentas la España profunda…

- Lo que quieraj, pero a mí me traej una silla y una cerveza. Y de mariconadaj, laj jujtaj, José Luij, laj jujtaj…

La cosa se ponía fea, así que intenté suavizar el ambiente.

- Venga, Bonus, seguro que Zapas ha pensao en tó y tiene hasta geishas…

- Gueisas, gueisas… -Zapas parecía buscar en su cabeza alguna referencia- no me sale nada por gueisas… ¿Qué es gueisas, como un pescao crudo o algo?

- No, idiota – dice Bonus- ej como tu madre, pero con los ojos achinaos y con kimono.

- ¿Cómo mi madre… qué quieres decir?

- ¿Probamos ese té? – intervine de nuevo, porque la cosa pintaba fatal.

- Me niego a probar esa mierda – dijo Bono-. Quiero una cerveza. Patataj fritaj, boqueronej en vinagre y largarme a dar un paseo.

Entonces, Zapas se puso serio.

- Si no pruebas el té de hierbas púnicas sentado en mi saloncito chino no te ajunto más y te quito de ministro

Vi el cielo abierto. Al fin y al cabo soy hijo de militar y muy patriotero. Molaría ser ministro.

- Eso, eso, quítale de ministro, que es un borde, y me pones a mí. Diré las mismas cosas que Bono pero sin tanta jota, eso le dará un toque más intelectual, más refinado a tu gabinete.

Zapas miró al cielo, valorando esa posibilidad, durante un minuto fui ministro de defensa in pectore, pero se le pasó pronto.

- Eres un desagradecido, te habíamos llamado para declinarte, pero ahora, te jodes, te quito la cartera (yo estiré el cuello para ver si me la pasaba a mí, pero fue inútil) y ya no te declino nunca más. Lo sepas.

Bono lloró.

Y yo no fui ministro por este poquito: (---). Hubiera molao.

Así que me bajé a pie a la esquina a ver a los mismísimos Willy and the Poorboys, que tocaban skiffle en plena calle. Y les tiré unos níqueles, y todo. Si los escucharas, seguro que tú hacías lo mismo.

Down on the corner


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Pocas canciones hay como esta pieza. Si no llevas el ritmo con los pies desde el principio es que estás muerto, háztelo mirar. Creedence Clearwater Revival, o el Renacer de la Creencia en el Agua Clara, vaya un nombre para un grupo, no sé si es más jipi o cursi. Pero, aparte del nombre, que es para darles de hotias, es verdad, John Fogerty y compañía nos dejaron una treintena de canciones increíbles, inspiradísimas y, sobre todo, un sonido inconfundible y nunca repetido. La sencillez más maravillosa que jamás hayas escuchado. Instrumentos que hacen lo justo: ni una nota de más, ni una floritura innecesaria, para que la canción sea redonda. Eso no ocurre en esta versión que cuelgo aquí, porque no tocan John Fogerty And friends, sino Wolffo y el Ciclón de Valdemorillo en un mano a mano genial y, como siempre, fallido. Enjoy it! Uséase, disfrútala.

¡FELICES VACACIONES A QUIEN LAS DISFRUTE!

sábado, abril 08, 2006

Torrijas Susaneras & Bizcocho miserable (una receta para el ama de casa apañá)

Tómatelo con calma


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Tómatelo con calma, como la novela de Elmore Leonard. Escucha, sí, pero aquí no están los fabulosos (tan odiados como amados, yo soy de los que los aman) Eagles, para mí, el último supergrupo. Aquí está Wolffo, con sus guitarritas limitadas, sus juegos de voces que apuntan pero no rematan y sus ganas de hacerte mover los pies. Esta canción, que se la regaló Jackson Browne a cambio de que le pusieran un final es realmente magnífica.

Susana hace unas torrijas excelentes. Sencillas, nada empalagosas, pero excelentes, de verdad.

Torrijas Susaneras:

Bizcocho miserable:

Por razones editoriales, he retirado estas recetas de mi weblog. Pronto, eso sí, podrás leerlas en un soporte más cómodo para ti (y más lucrativo para mí).
Gracias.

martes, abril 04, 2006

Seguir

Sígueme, por favor, sin peguntar a dónde vamos. Confía en mí, dame la mano, tápate los ojos y vamos juntos a atravesar un par de puertas ignotas. Sigue detrás de la estela que deja mi huída improbable y deseada.

El hombre que se supone que soy no puede, pero hoy quiero huír. Quiero alejarme, quiero dejar de ser, quiero dejarme llevar por la sonrisa de esa mujer rellenita, de ese niño travieso, de esa canción golfa que me hace mover los pies.

Aquí me tienes, esquivando, aguantando, deseando y recibiendo cosas buenas y malas. Viviendo mi vida. Siendo. Y quiero dejar de ser. Quiero ser un no-ente, un halo, un aroma, un recuerdo, pero quiero desgajarme de este cuerpo cansado y obeso, de este día a día mortal.

Así las cosas, cogí la guitarra y el cuaderno. Un rotulador que me manchaba los dedos de tinta roja al escribir.

Primero mis dedos se dejaron llevar sobre los caminos falsamente rectilíneos de las cuerdas de Bluessy, la guitarra que me regalaste. Y marcaron una ruta, un viaje sobrecogedor por dos melodías absolutas.

Cuando los paisajes que las progresiones de notas pintaban se fijaron en el revoltijo obvio que tengo por cerebro, empecé a escribir. Y a tachar. Y a escribir. Y a tachar. Mis dedos, muy manchados, escribieron por fin:

Cada día


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Cuadro de texto: Cada díaCada día que pasa me siento más lejos
De aquel chaval con tan buenos reflejos
Cada día que paso contigo enfrente,
Te grabo un poco más en mi mente
Mi sangre fluye más caliente,
Ya me ves,
Cada día que paso contigo al lado
Me importa menos mi pasado
Y vivo más de tu presente.

Cada día me siento un poco más viejo
Y me gusta menos verme en el espejo
Cada día aguanto menos a la gente
Pero he aprendido a tender puentes
A ser más listo y más paciente,
Y a la vez,
Cada día mis mentiras tienen más gracia
Más decidida está mi barba
Más apretados mis dientes

Cada día, justo al amanecer
Hago balance y vuelvo a nacer
Todos los días, justo al anochecer,
Miro tu calma y encuentro mi razón de ser.

Cada día es una batalla perdida
De una guerra que es una guerra suicida
Aprendiendo a vivir sin compromisos
Pensando igual: todos, lo mismo
Y renunciando a ser distintos
Yo me niego y me he encerrado en tu cariño
No quiero volver a ser niño
Quiero perderme en tu destino

Cada día, justo al amanecer
Hago balance y vuelvo a nacer
Todos los días, justo al anochecer,
Miro tu calma y encuentro mi razón de ser.

Cada día que pasa me siento más cerca
de ti, mujer, de mis hijos y mis penas
Cada día que me queda a vuestro lado
Es un día que he ganado
A la vida que me queda

Cada día que amanece es una estrofa
De esta canción que se agota
Grito a grito, nota a nota.


Hay días en los que uno, sin saber porqué, siente que le ronda la muerte.
Esto, con quien debería hablarlo, es con mi cuñada Ángel, que a veces, con razón, se queja de lo poco que hablamos. Y que es, aparte de mi rana, la primera persona que escuchó esta canción, que compuse al cumplir los 40.

Un beso, Ángel.
... que tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, compañera.

(por cierto, al hilo de esta última frase: en la letra de la canción hay un guiño a un poeta español: hay un perrito piloto de regalo para quien lo localice)

miércoles, marzo 29, 2006

Tortilla de Divorciado con Ensalada Ensimismada. Un auténtico Menú Wolffo.


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Well I'd rather see you dead, little girl, than to be with another man
You better keep your head, little girl or I won't know where I am

You better run for your life if you can, little girl
Hide your head in the sand little girl
Catch you with another man that's the end… little girl


Well you know that I'm a wicked guy and I was born with a jealous mind
And I can't spend my whole life, trying just to make you toe the line

You better run for your life …

Let this be a sermon, I mean everything I've said
Baby, I'm determined and I'd rather see you dead

You better run for your life …


I'd rather see you dead, little girl, than to be with another man
You better keep your head, little girl, or you won't know where I am

You better run for your life …

Desde la primera vez que escuché esta canción sentí unas ganas tremendas de cantarla, incluso una melancolía gigantesca por no haberla escrito yo. Me gustan las tres guitarras, los coros y la magia que tiene la melodía de las estrofas; me gusta esa primera frase: "preferiría verte muerta, nena, antes que con otro hombre", no porque la comparta, sino por lo que tiene de sincera confesión. John Lennon en estado puro, los Beatles en estado puro, yo mismo en estado de estupefacción. Báilate esta conmigo, ¿quieres?

La tortilla:

La ensalada:


Por razones editoriales, he retirado esta receta de mi weblog. Pronto, eso sí, podrás leerla en un soporte más cómodo para ti (y más lucrativo para mí).
Gracias.

jueves, marzo 23, 2006

Otra


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El consejero matrimonial entra sonriente y satisfecho en la estancia; bajo su brazo bonachón, los hombros falsamente dóciles, enormemente sólidos, del animal de bellota que lleva años aterrorizando a su familia con sus golpes, sus gritos, su mal humor. Lola mira asustada, encogida en su silla, sin comprender muy bien porqué su marido y su consejero son tan amigos. Algo no funciona.

Ella sabe, lo sabe muy bien, que el gran talento de su diario maltratador, de su semanal violador, no son los golpes, no son los gritos, no es su capacidad de sembrar el pánico en su casa, sino su paradójico encanto. Su simpatía natural, su sonrisa, su arte para concitar buenos sentimientos hacia él, de ser el centro, de provocar ternura, cuando es el más grande bestia que ella ha conocido.

El consejero, bien alimentado, de porte estúpido y mente enfermiza y actual, carraspea y se sienta en su sitio, al otro lado de la mesa, mientras Górgolo, el marido, ocupa su silla al lado de Lola. Puede que haya sido sin querer, pero Lola, que lleva sandalias hasta en invierno sólo porque a su marido le gusta ver que todos los días se pinta los deditos de sus pies casi perfectos, puede que haya sido sin querer, digo, pero una bota de Górgolo pisa con saña los delicados pies de Lola en lo que supone una novedad: sus pies eran lo único que, hasta ahora, había respetado.

Lola ha aprendido a llorar hacia dentro. Así llora, encuentra consuelo en las lágrimas vertidas hacia dentro, y nadie se da cuenta de que sufre.

El consejero pone sus manos encima de la mesa y entrecruza sus dedos gordezuelos:

- Tengo buenas noticias, Lola…

Lola derrama una lágrima más.

- Me lo ha dicho Górgolo hace un momento: a partir del viernes, va a dejar de pegarte. Eso es bueno, ¿no?

Górgolo sonríe imbécilmente. Lola empieza a llorar hacia fuera. Como tú, como yo. Como todo el mundo.

- ¿A partir del viernes? ¿Y esta noche… y si me pega esta noche?

El consejero abre sus manos como queriendo abarcar el mundo:

- Si eso pasa esta noche, ¡será la última noche! Si has aguantado palizas durante 15 años, podrás aguantar una más…

Górgolo parece incómodo, demasiado grande para un sillón tan pequeño. Además, su indumentaria parece agredir el ambiente, el frío ambiente de la consulta del consejero matrimonial. Cruza las piernas y aprovecha para darle una patadita a Lola.

Ella, con el rostro cubierto de lágrimas, casi sin fuerzas, consigue preguntar:

- ¿Eso es todo…?

- ¿Qué más quieres, hija…? ¿Qué te pida perdón?

- Bueno…

- Naturalmente, hay algunas condiciones que tienes que cumplir, pero nosotros estamos aquí para evitar la violencia, ¿verdad? Lo que perseguimos es la paz, y creo que, por fin, hemos encontrado la paz.

Por vez primera, habla Górgolo.

- La paz de los cojones, sí. Y como no estés contenta esta vez…

El consejero toma la palabra. Sabe, lo sabe bien, que es preferible que una vez declarado el cese de las palizas, es mejor que ya no hable más el animal, y que sea él mismo, como consejero, como pacificador, el que llene de optimismo y entusiasmo cada minuto. Es más presentable.

“Mira, te voy a decir, más o menos, el trato que creo, os conviene a los dos. Ya lo he pactado con Górgolo, a él le parece bien, así que si a ti te convence, ya tenemos solucionado el problema…

“… él deja de darte palizas sistemáticamente y tú, mañana mismo, sin esperar más, retiras las denuncias que has presentado contra él. También, dejarás de ir a la escuela esa de la universidad que vas, para que tengas más tiempo para la casa, que la tienes un poco descuidada últimamente. Vas a tener que dejar esa odiosa costumbre de esconderle las botellas y no volverás a cerrar la puerta desde dentro para que él no pueda entrar si viene con algun amigo o alguna amiga a casa por la noche. Por supuesto, tampoco puedes negarle el débito conyugal…

Vamos, que seguirá violándome, piensa Lola.

“… y tienes que prometer que se acabaron las denuncias. No puedes judicializar la vida marital, cada discusión que tenéis. ¿Qué te parece?”

Lola se levanta y mira a su marido: grande, cabrón y con gafas de sol. Mira al consejero: más grande aún, pero débil de carácter y de falsa pero inagotable sonrisa.

- ¿Por qué…? - Lola, tan llorona, tan maltratada, no quiere firmar el trato- O sea, que todos estos años de palizas, de violaciones, de terror, tengo que olvidarlos sólo porque él, que sólo sabe pegar, gritar, mentir y correrse dentro de mí, dice que ya no va a pegarme más palizas? Esa no es la paz que yo quiero, consejero, eso no es paz. Eso es una paliza más; la más grande, la peor. No, no y mil veces no. ¡No!

Lola, tan maltratada, ha dicho que no.

¿Y España?

domingo, marzo 19, 2006

Miedo


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M-Clan me parece que podía haber sido el gran grupo de rock español. Y francamente, no sé porqué no lo ha sido. Quizá 15 o 20 años antes, no lo sé... El caso es que dentro del desolador panorama del rock español, un grupo tan auténtico, tan banda, tan rockeros sin pose, es muy de agradecer. Tienen muchas grandes canciones pero, para mí, esta, que se la debo a mi cuñado Quique, es la mejor de todas. En su versión original es soberbia y yo, con dos bemoles, la versioneo y la cuelgo para que, definitivamente, mis detractores se suiciden al escucharla. Si me lo permitís, se la dedico a mi sobrino Chejo, que sé que le encanta este tema.

Temo el día en que deje de tener miedo. El miedo es una constante en mi vida, me ha acompañado desde pequeñito y, seguramente, me ha hecho ser como soy.

De pequeñito tenía dos miedos recurrentes. El primero, agarrotador, era el miedo a la madrastra de Blancanieves. Su imagen de estricta gobernanta me perseguía en sueños, escaleras del castillo arriba, hasta que me acorralaba en un balcón en lo alto de la torre y tenía dos opciones: saltar al vacío o entregarme a la libidinosa madrastra. No tengo cicatrices, ni columna doblada ni nada de eso, así que supongo que me enrollé con la madrastra unas cuantas veces.

El otro miedo recurrente que me perseguía asaz terroríficamente era la imagen de Fraga en Palomares. Ese bestial meyba, esas tetas caídas (bajo de pecho, como decía Obélix), esa presencia aterradora… Uf, nunca iré a bañarme a Palomares, pero no por miedo a las radiaciones, sino porque allí donde Fraga ha metido sus huevazos, no me veréis retozando a mí.

Crecí un poco.

Luego me dieron miedo, mucho miedo, Alfredo Amestoy, Kiko Ledgard y Mayra Gómez Kemp. Los tres, desnudos, me perseguían por los pasillos de mi colegio y me acorralaban en la clase de 3ºA – la única sin ventanas de todo el colegio – y me obligaban a tomar un bocadillo de mantequilla con jamón de york y un batido de fresa. Amestoy portaba el bocadillo y lo acercaba amenazador a mi cara mientras lo apretaba y un rulillo de mantequilla desbordaba. Mayra, en segundo plano se limitaba a sonreír y a cantar “que vivan los novios, los novios con marchaaaa…. con marcha nupciaaaal” (un canto premonitorio) mientras Kiko me ofrecía con mano parkinsoniana el batido de fresa que desbordaba por el temblor. Terrorífico, podéis creerme.

Crecí otro poco.

Salía de casa adolescente y terco, con un plumero rebelde de pelos rubioscuros en la cabeza; descubrí lo guapa que era mi madre, y ahora que ya era más alto que ella, le pasaba orgulloso el brazo por sus hombros redonditos y cansados y caminaba con ella así por la calle, como diciendo a mis amigos, vale, vale, pero ¿habéis visto qué madre más guapa tengo? Rubia, bajita, rellenita, con unas piernas asombrosamente bellas y guapa, muy guapa, con una belleza alegre y cansada. Ella era mi miedo. Miedo de perderla. Miedo de que algo le pasara a esa mujer formidable que alumbraba mis noches y velaba mis días. En aquellos días de inmortalidad, aferrado a mis amigos, mi miedo era la soledad, el rechazo. Mi adolescencia terminó un 2 de agosto, cuando recibí una llamada de mi hermano pequeño. Mis padres y tres de mis hermanos habían salido (coche cargado, madrugada de prisas y risas, bocadillos y bolsas de chuches para el viaje) para nuestro habitual mes de vacaciones en el sur; yo cogería el tren esa misma noche y me reuniría con ellos a la mañana siguiente. La voz de mi pequeño hermano todavía resuena en mis oídos:

- Hemos tenido un accidente… Paloma y yo sólo tenemos heridas…. A papá se lo ha llevado la ambulancia… Mamá y Montse están ahí, tapadas… me parece que se han muerto.

Ese día pensé que ya no tendría miedo jamás.

Pero el miedo nunca ha dejado de acompañarme. Ya no tengo sueños terroríficos, ni recurrentes, ni nada de eso; ya no me da miedo la oscuridad, ni siento la mano fría del miedo en mi espalda en los largos y solitarios pasillos y calles; tampoco me dan miedo las chicas y el ridículo ya sólo me produce ternura; pero me da mucho miedo de que las cosas terminen.

De que se termine el amor que me dan mi mujer y mis hijos, el amor de mis hermanos y amigos. Tengo miedo de cada tropiezo de mis hijos, de cada esquina que doblan, de cada día que amanece.

Tengo miedo de pasar inadvertido, no soy como los buenos árbitros, me gusta que hablen de mí; tengo miedo de que se termine este mundo a veces tan cabrón, pero tan fabuloso en conjunto. Bueno, de que se termine el mundo no, sino de que se termine mi historia en este mundo.

Un miedo atroz a la muerte, a dejar de levantarme por las mañanas y sentirme vivo por el amor, la amargura y el deseo. Tal vez si fuera creyente, en algo o alguien, ese miedo desaparecería. Pero tengo la desgracia de ser un descreído, un escéptico y de gustarme más lo material que lo espiritual. Entendiendo por material, claro, una sonrisa de mis hijos, la risa de los niños o el estallido de placer de la mujer que amo.

Tengo miedo, mucho miedo a que todo eso termine.

Tengo miedo, ahora que lo pienso, a dejar de tener miedo, pues sólo venciendo la parálisis a que el miedo me invita, soy capaz de sentirme valiente.

Tengo miedo: pero sigo.

(A modo de Estrambote. Añadido a las ocho y pico de la tarde.
Esta mañana, con el ánimo bien dispuesto, me he sentado a escribir pensando en hacer un post divertido, de esos que -aunque esté mal decirlo- me hacen gracia hasta a mí. Yo no sé quién maneja los hilos, más bien me inclino a pensar que no hay ser superior apretando teclas, manejando hilos, cambiando las agujas; pero el caso es que, de repente, sin darme yo cuenta, cambió el viento: y los aires nuevos me trajeron, a traición, el recuerdo de mi madre. Perdí a mi madre y a mi hermana Montse a los 18 años; de repente, me acordé del día en que casi se derrite mi madre cuando una tarde le dije, al subir de una playa del sur y una ráfaga traviesa de viento levantó los faldones de su pareo, que parecía Marilyn, a sus cincuentaymuchos años. De repente su risa, su voz, sus lágrimas llenaron mi cabeza y un enorme desasosiego me ha acompañado todo el día. Tampoco sé porqué escribo este comentario inútil pero os juro que llevo toda la tarde pensando que debía hacerlo. A lo mejor el miedo no debe mentarse. Es un fantasma que te atrapa y te desafía cada vez que lo mencionas. A lo mejor el miedo es la esencia de la vida. Ni idea, tú)

sábado, marzo 11, 2006

Vete.


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No me des más la brasa con tu melancólica pedigüeñez.

No finjas que me quieres ni un día más: vete.

No quieras darle la vuelta, ni aparecer como víctima, porque víctimas somos los dos. No quieras forzar las cosas para que sea yo el que rompa. ¿Qué más da? ¿En qué alivia eso el dolor?

Has dejado de quererme, ya no soy parte de ti, entonces, ¿para qué quedar bien? ¿En qué mejora las cosas el que puedas decirle a los demás que fui yo el que la jodió?

Hazte un favor: vete. Y ya no vuelvas.

En realidad, querida, me has echado de ti hace ya años. Y si lo piensas, si lo pienso, si un pájaro discrimador observara desde lo alto la escena completa, te lo diría con toda claridad: nunca me aceptaste del todo en tu vida.

No es que fueras alguien de quien presumir demasiado, la verdad, no tienes muy buena fama. Pero, ya lo sabes, a mí eso me da igual, no tengo que rendir cuentas, y cuando lo hago, generalmente es para posicionarme contracorriente, un rasgo estúpido, vale, pero mío. Así que yo te enseñaba con orgullo, te llevaba de la mano, te presentaba en todas partes sin complejos porque, tonto de mí, creía en lo nuestro.

Después de varias bofetadas, la vida te puso a un lado de mi camino y no lo dudé: me eché a un lado de la carretera, me detuve, llené el depósito y (me hice la ilusión de que) te seduje.

Me diste cien gramos de satisfacción y kilo y medio de calamidades, pero en mi balanza vital optimista e imperturbable, las satisfacciones, tan nimias, se convirtieron en toneladas de felicidad, ahora lo veo, fingida, que aplastaban las calamidades, como David aplastó a Goliath.

Hace un año que te estás yendo y sin embargo, cuentas que soy yo el que se pira, el que rompió la baraja el que lo ha hecho mal. Mal, caray, menuda palabra, menuda idea, hacerlo mal. A pesar de todo, te he dejado la puerta abierta, porque de vez en cuando llamas a mi puerta, pero a ver si dentro de un año, sigues viniendo por aquí.

Publicidad, eres una puta muy cara. Casi me has quitado la vida. De hecho, me has quitado la forma de ganarme la vida. Hoy ya no quiero ganármela, me conformo con un empate sin goles y sin lesionados. No me quieres, vale, pero no digas que fui yo.

Yo hice lo mío. Cumplí con mi parte. Te amé y trabajé duro para dignificar tu mal nombre. Y tú te limitaste a dejarte querer y a largarte.

Vete, por favor.

Y no vuelvas más. Nunca más.

lunes, marzo 06, 2006

Uno y trino.

Tres en uno.
Es dura la vida si eres la Golfísima Trinidad. Cuando eres uno y trino, el mundo es diferente. Sur cuento: Fui requerido en el mismo lugar, en el mismo instante, pero como tres prersonalidades diferentes, de forma esquizoide, múltiple. Debía ser Wolffo, el Ciclón de Valdemorillo, un huracán de rocanrol desatado en el pequeño escenario del Plaza; debía ser Wolffus Tribulete, el repórter, el piriodista sagaz e inquisitivo, enviado espacial, que cubriera el acontecimiento e hiciera interviús y todo lo demás; por último, la entidad gestora del grupo de empresas Plaza Mayor necesitaba un famoso, un reclamo eficaz y atractivo para el gran público, el hombre que diera el toque de glamour, de distinción, de sexo desenfrenado: Wolfferas, naturalmente.

Llegué al sitio. El mismo sitio que los lunes y los martes me abre las puertas del zulo latino al que llaman cocina para aleccionarme en las artes de la cocina de batalla; llego, digo, y me preguntan quién soy. Me lo pienso y digo que soy Wolffo, el Ciclón, porque al músico, el día que toca, se le invita a las copas. Cuando soy yo mismo nunca bebo más que PepsiMax y Gaseosa Unide, pero cuando he de transformarme en la bestia sexual que hace que las mujeres se desnuden al escuchar mi garganta rota, entonces bebo vodka con naranja y un hielo, que sabe a fanta y que me coloca sin darme cuenta. Pido, pues, y quedo fatal, porque me preguntan que qué vodka bebo y yo no sé, ¿ruso? pregunto, y no, joder, se trataba de decir una marca y yo de vodkas, ni puta, si me hubieran preguntado por la marca de la gaseosa digo cuatro sin pensarlo (revoltosa, unide, carrefur y casera, lo flipas, ¿eh?), o incluso de la naranja, sueps, fanta, kas, trina, mirinda o gold (la del carrefur, que tiñe los vasos), pero vodka… es como si me preguntan marcas de bragas, ni idea; tarde, muy tarde me doy cuenta de que mi maestro doc me lo ha puesto a huevo mil veces, Absolut, hijo, absolut, un icono de cretaividad publitaria, además…

La chica me pone un vodka que no sé cómo se llama, pero como si pone amoníaco: me da igual. Cojo mi copa, con una única piedra de hielo a la deriva y me siento. En seguida me hace efecto, porque noto que se me acerca San Pedro y se sienta a mi mesa y me dice hola, ¿tú eres el piriodista? y yo sí, coño, ¿cómo lo has notado?, y él, porque de toda la peña que hay aquí tú pareces el único que no sabe ni qué hace aquí ni qué está bebiendo, dímelo en verso, le reto al tonto de San Pedro, pero él es ágil de mente y me dice, se te nota en la cara de idiota. Cabrón. Levanto la vista y veo acercarse un trío increíble: la Divina Gilda y Lostie completamente desnudas, salvo por unas púas Jim Dunlop que posicionan en sus pezones y su triangulito mágico, acompañadas por un inmutable mOe:) que viste un elegante taparrabos de piel de castor y una pajarita hecha de prepucio de elefante. La alegría que me produce la visión de este trío calaveras hace que salga de mi propio cuerpo y me veo avanzar hacia ellos con los brazos abiertos y con una ridícula peluca verde y saludarlos efusivamente. A mOe:) le doy la mano y un amago de abrazo, o sea, tipo apretoncillo en el hombro con la mano izquierda; a Gilda y Lostie les hago el amor sobre la mesa 4 con la excusa de que estoy muy nervioso por el concierto. Son buenas chicas y no se quejan de mi exultante potencia sexual, sino que se les pinta una sonrisilla dulce en la cara y se van a la barra a pedir algo de comer, porque mi apetito carnal les ha abierto el apetito.

Joder, qué nervios, mejor empiezo.

(Pensamientos mientras suena la música:

Wolffo, el rockero:
Mierda, algo no va bien; me oigo fatal y no me encuentro bien; buff, a ver si la gente entra,m porque si no va a ser un desastre.

Wolffus, piriodista:
Suena algo raro, se le ve un poco flojillo, como bajo de moral; a ver si se entona, porque no es del todo malo, el chaval

Wolfferas, el famosete:
Podría callarse el Wolffo este, tengo que ligarme a estas dos monadas y no me apetece competir con semejante chute de sexo con guitarra y armónica…

Gilda:
¡qué rebueno que está el Wolffo y qué palizas es el wolfferas!

Lostie:
A ver si se calla el pelmazo este del Wolfferas, que no me deja escuchar al Wolffo que, por cierto, es un bombón…

mOe:) :
¿me habré dejado la plancha encendida?

Un fan:
este tío hace play-back, fijo)

-.-

Suena la música, bailan las mujeres con gusto, los hombres para ver si ligan con las mujeres, sirven copas las chicas de la barra, el alcohol corre por las gargantas, la cosa puede ir a mejor, pero al cantante se le rompe la uña de su dedo índice y empieza a sangrar y, poco después, una cuerda de la guitarra, cuando ya no se puede hacer una parada. Si se te rompe la prima, bueno, es una putada, pero se puede aguantar. Ahora, si se te rompe la tercera, la de sol, estás jodido. Tus dedos buscan una cuerda para pisar que no está y, automáticamente, pisan la superior o la inferior, y el sonido empieza a ser infernal.

Afortunadamente, el alcohol ha corrido lo bastante como para que no se note tanto como se notaría en condiciones normales. Pero es el peor concierto de Wolffo en mucho tiempo. Suerte que entre el público hay gente estupenda.

En imagen, podemos ver a Wolffo tocando, una fan que no pudo aguantar más
y se desnudó para él, y a Lostie, Gilda y Wolfferas, disfrutando del momento.(Foto: Wolffus)

Quiero mandar un beso muy especial a Gilda y Lostie, que son dos mujeres como hay tres. Bueno sí, hay una tercera, es Guiss, que iba a venir desde su ciudad, pero el cambio de fechas se lo impidió. Quiero, asimismo, abrazar en plaza pública a mOe:). Mirad la forma de escribir el nick. Refleja a su persona, verdaderamente. Es un gran tipo, sí señor.

Bueno, en cuanto tenga tiempo os cuento mis experiencias en la República Bananera de la Zulococina. Hay chicha.

Una cancioncita. A ver si Yambra sabe de quién es. Buch , ya sé que tú lo sabes, pero no jodas el juego.

Foto 1: Gilda
Foto 2: montajillo a partir de material de Gilda, Lostie y mOe:)

Mi perdido amor



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