Al despertarse, el Argonauta estaba soñando con ella. Había soñado con
ella, estando despierto millones de veces, pero no recordaba haber soñado con
ella de ese modo: un sueño verdadero, mientras dormía a pierna suelta, un sueño
muy explícito, muy vívido.
En el sueño, estaba en su casa, pero no su casa "de verdad",
que conocía bien, sino una casa que, en el contexto de ese sueño, era la casa
de Lorna Cor, luminosa, amplia, con poca densidad de muebles, muchos cuadros,
suelos ajedrezados con baldosas de colores vivos sueltas aquí y acullá.
No para de hablar, el Argonauta, y nadie le escucha, pero él continúa
con su cháchara, desembuchando ideas y ocurrencias según ella iba y venía,
sirviendo un café, descalzándose, como quien llega de trabajar y acostumbra a
caminar con los pies desnudos por el suelo-tablero de su casa. El Argonauta se
sientes lejano, pequeño, inservible; insignificante, casi invisible. Pero no se
rinde y está dispuesto a lo que sea, si ella se lo pide.
Imagina que ella le mira y le dice adelante, prende fuego al mundo y
que no se apague tu brasa vital; no te pares, ni alteres tu rumbo, Argus (ella
le llama así) porque ni puedes, ni debes cambiar.
Está preciosa. Se ha cortado el pelo. Su mítica melena es ahora un
peinado casi a lo garçon, pero rubio oscuro, y lleva una ligera y vaporosa -muy
grande- camisa como hawaiana; se nota a la legua que es una prenda que usa para
andar por casa, y que no se la pondría jamás, puro demodé, para salir a la
calle.
El Argonauta se cuadra ante su reflejo en el gran ventanal y que salga
el sol por donde yo diga: si puedo imaginarlo, nadie va a impedirlo. Todos
llevan siglos despreciándome, ahora tendrán que callar. Todas las cigarras,
todas las hormigas, toda la gran turba está ahora callada.
Es un mirlo que siempre se ha sabido ignorado, abandonado como una
pelota pinchada en un solar ¿qué le vas a contar?
Ella le está contando cómo le ha ido, con una cerveza de Mercadona en
la mano pero, al pasar por su lado, él la coge por la cintura, como si estuvieran
bailando y se embarca: acerca sus labios a su cuello y aspira su aroma con un
ansia y una seguridad desconocidas. Ella le corresponde y se pega absolutamente
a él. Con la cercanía, advierte que ella no lleva nada
ropa debajo del blusón hawaiano y explora con su mano la espalda bajo
la blusa. No hay nadie y la besa, con mucho miedo. Miedo al rechazo, A no estar
a la altura, a un desempeño mediocre, a que le huela el aliento, a lo que sea…
Pero no ocurre nada. Ocurre todo, en realidad. Se besan con enorme
dulzura, con firmeza y ansia y luego… lo demás. ¡Ella se ha depilado! Este
detalle le alegra, hemos de significar.
Cuando está buceando entre sus piernas, zas, despierta. Tarda en ubicarse,
pero la familiar oscuridad de su habitación, le ayudaa poner los pies en el suelo y a tomar
conciencia de su alma inmortal. Según su
experiencia, todos mienten, todos quieren su pizca de sal, así que disimula
porque sabe que aunque nadie esté, oficialmente, mirando, todos le ven. Todo
estáal revés
Tal vez algún día, nuestro insensato argonauta obtenga un poco de
atención verdadera y cobre así sentido su atroz singladura. Le llueven las canciones,
pero se va a quedar calvosi espera a
que suene la flauta y le cuesta mucho, muchísimo despertar; no quiere hacerlo, porque
sabe que en la vida real, jamás podrá besar y hacer el amor con ella como ha
sucedido en el sueño, en su vida inconsciente y abandonada entre vigilias
penosas.
Qué poca vergüenza, qué cara más dura, ¿y si nunca vuelve a aparecer?
Así que sigue andando, de esa forma lenta en que sólo él anda, dejando atrás
todo lo que ve. El sueño ha terminado y el Argonauta no sale de su ensoñación;
sigue oliendo el sexo de Lorna y sientiendo su calor en las caderas. De
repente, al final de su sueño, ahí estaba ella, sorprendente, rendida en sus
brazos, real como un pensamiento imaginado.
No despiertes, no dejes de ser, de soñar y de viajar, acaso sólo en
sueños, ángel de bien, alma discreta y viva, pez espalda, delfín principiante. Si
prisa, sin pauta, haz las maletas. Piensa, imagina que hoy empieza tu viaje.
Mi amor es como el árbol del que cuelgan las más extrañas frutas, ese arbolito que no sabes porqué, pero que siempre te olvidas de recolectar. Entonces, mis besos, mis caricias y mis atenciones, frutos de ese árbol desatendido, caen al suelo, y ya maduros, se malogran y echan a perder sin que nadie siquiera repare en ellas.
Así, eso, son mis canciones. Fruto de mi amor, sin destino ni suerte, sin brillo ni audiencia, sin nada que le importe a nadie.
De todos modos, un extraño impulso interior, una fuerza de origen ignoto, un momentum que
es como la lava a punto de rebasar el cráter, me lleva a no poder parar
de escribirlas, ni de cantarlas, ni siquiera de exponerlas al
escurtinio público para que, una y otra vez, sean cruelmente ignoradas
-cuando no machacadas- y así mi corazón empieza a parecerse a una
ciruela pocha a punto de ser pisada por un jabalí petulante y guasón.
Soy
un desastre, sí, pero aunque mi voluntad y mi empuje se quiebran al
primer guantazo, algo, que supongo que es el amor (por la música, por
la vida, por ti), me lleva a seguir haciendo el ridículo y disfrutando con ello como solo los genuinos caballeros sabemos hacerlo: en pijama. Y no me preguntes que por qué lo he hecho, porque no tengo la menor idea.
Baila, si te place, y di lo primero que se te venga a la cabeza. Te estaré escuchando.
Una canción nueva.
Hubo un tiempo en que esto me emocionaba. Y bueno,
aún me emociona, pero ya no me pone nervioso pensar que las 6 o 7
personas que lo escucharán se olvidarán de ella pasado mañana. Me basta
con que alguien lleve el ritmo con el pie, sacuda la cabeza un poquillo.
Se llama Divino Tesoro, y va de... eso, claro.
Por si tú sigues viniendo, dime, como solías, si te ha gustado. La juventud es también un poco tú, ya sabes, es un poco ese otro tiempo, cuando te estremecías si te rozaba, cuando el mundo era de otro color.
Las líricas, para el que le guste canturrear mientras escucha, debajo del reproductor
Despertar, resistir,
aprender a no sentir
no pensar, no recordar, no ser ya nada
Sin buscarla, la encontré, y más tarde la perdí una mula terca y muy, muy despiadada;
se aleja más y más de mí y yo no puedo ya ignorarla
Sé que ya, no volverá y que nunca será igual somos duendes en la ciudad de las hadas.
El calor, el sabor, el deseo y el amor no se irán, ni ella se irá de su galaxia sin dar señales ni escuchar ya más mi blues sin inmutarse, no me mira ya su luz.
Sin más, se ha marchado sin dar una sola razón en un instante, 30 años y el divino tesoro ahora es mi cruz no es fácil vivir sin su luz
Despertar, resistir, aprender a no sentir no pensar, no recordar, ya no eres mi hada.
Luché por ti, y gané y más tarde te perdí sin saber muy bien por qué me castigabas; te alejas más y más de mí mentirte es engañarme... es nada en tu espalda nace el mundo y el miedo a ya no verla me atrapó no sé vivir sin tu amor
Digamos que la cosa está fea.
Tengo que irme, eso está claro, cambiar, dar un giro absoluto, pero algo, no sé muy bien qué, me impide irme. Vamos me impide hacer las cosas que tendría que hacer para irme.
Puede que sea miedo. O vértigo.
O sea, ahora, mal que bien, tengo un apaño. Pero, ¿qué pasará luego?
Estoy bien jodido. Estoy gordo como un búfalo, el curro como el mismo culo, el corazón medio roto, la boca destrozada... normalmente, escapo de estas situaciones desastrosas con la música y la literatura. Ya sé que no soy ni músico, ni literato, no lo soy profesionalmente, pero siempre me he sentido un poco así y refugiarme en estas cosas, mis canciones y mis escritos, siempre me había funcionado.
Escribir... ya véis, este blog, en otro tiempo de asuntos sobra, de relatos exuberante, de anécdotas hipertrufado, de lectores lleno, hoy medio abandonado, como yo mismo. Pero es que aquí me gusta escribir cosas de verdad, no ese tipo de mierdas SEOptimizadas que tanto se llevan ahora y que parece que el que las escribe, piensa más en Google que en los lectores. Un desastre.
Y en cuanto a la música: cada vez escribo menos canciones (aunque las últimas me han molado
mucho) y pensando en dejar el grupo, porque tocar en directo no está mal, pero se ha convertido en una rutina y hasta los ensayos, que antes me molaban tanto, han dejado de divertirme. Siempre me ha gustado juntarme con la banda y montar un tema nuevo y ahora... es como un dolor de muelas, una especie de competición absurda de egos, de a ver quién tiene razón, cuando todos sabemos que YO siempre la tengo, no comprendo porqué le cuesta tanto a la gente entenderlo.
En fin, que debería hacer algo más que quejarme. El caso es que estoy haciendo algo, pero no lo suficiente. O a lo mejor es que no sólo está en mi mano y que las cosas a veces, este tipo de cosas, al menos, no responden al principio de acción-reacción, o no automáticamente.
Nada, y no se me ocurre una buena historia, o una medio decente, ni para fardar. Bueno, exactamente no es que no seme ocurran, es que no me apetece ponerme a escribir. Eso es. Y así está la cosa, mal vamos...
Joder...
Te veo sentada, a dos metros de mí, pero tú no me ves. Pasa
cada tarde: espero a que llegues a casa del trabajo, te pregunto por tu día y casi
ni me contestas: bien, y nada más, en modo piloto automático, porque desde hace
meses ya ni siquiera añades ¿y tú? Que era lo más parecido a una conversación
que teníamos entonces.
Tú te cambias y te sientas en el sofá delante de tu
portátil, lo enciendes y te pones a trabajar o a jugar a Candy Crush, o como se
llame eso a lo que juegas; enciendes la
tele y un cigarro y qué quieres, me gustaría que pensaras en el mensaje que me
estás enviando. Me estás echando, ¿no?
Intentaré, como cada tarde entablar una conversación contigo
y seguramente, poco antes de cenar trataré de seducirte… vamos, de que accedas
a tener algo de intimidad física conmigo. Que te dejes querer un poco. Pero
en eso tendré menos éxito aún que para hablar.
No puedes imaginar lo que es eso. Años de rechazo. De
sentirme repulsivo a tu lado. De quererte y desearte y de ver que, simplemente,
no es que me desprecies, pero que te causo esa profunda intolerancia epidérmica, eso es innegable. Que no te
gusto en absoluto. Que ya no me quieres. Ya no de esa manera.
Y yo, qué quieres, lo entiendo a veces.Mírame: obeso,
deprimido, sin trabajo, sin encanto, sin gracia, sin amigos, sin nada de lo que
presumir.
Estoy condenado. Porque te veo cada día y cada día quiero
gustarte y que me quieras. Y ya sé que jamás volverás a quererme, jamás volverás
a abrirme tus piernas dejar que me aloje dentro de ti. Porque tu indiferencia
me mata. Me mataste hace ya años.
Y ahora estoy muerto, lo sé, aunque me parece que aún no nos
hemos dado cuenta.
Ahora que lo pienso, a lo mejor es por eso, y no es que no me quieras, es que llevo años muerto.
Condenados
No quiero ser el idiota que hace que te rompas la cabeza
ni quiero ser el amigo razonable que nunca se da cuenta
Pero si no tengo nada que hacer,
no sé qué hago intentando aprender
los nombres de esta historia y quién es quién en ella
No quieres ser la boba que se esconde cuando suena la puerta;
no quieres ser la otra y no quieres quererme, si quiera
Pero si no quieres ni verme los pies
no sé qué hacemos desnudos otra vez…
Estamos condenados, y no nos damos cuenta
Hace tiempo quisimos vivir
pero hoy el tiempo nos ha hecho coincidir
en la estación de los que ya estamos de vuelta
Dame una sola razón, para borrar esta canción
y convencernos de que esto ya no nos tienta
No quieres nada de mí, no quiero nada de ti
¿no te das cuenta?
Solo queremos que el mundo, y la gente, desaparezcan
Y así, sin nadie alrededor,
nadie a quien decirle que no
se nos meta al fin la cordura en la cabeza.
Hace tiempo quisimos vivir
Pero hoy el tiempo nos ha hecho coincidir
En la estación de los que ya estamos de vuelta
Dame una sola razón para borrar esta canción
Y convencernos de que esto ya no nos tienta
Lo quiero todo de ti, lo quieres todo de mí
Es nuestra apuesta
Y mientras no sea así te juro que todo me parece una mierda
Las cosas en el trabajo no me han ido demasiado bien, aunque tengo mi apañito, pero mierda, esto se suma a tantas otras cosas, me hacen llegar a la triste conclusión de que aquí estoy sobrando del todo.
Así que me voy a pirar.
Una cuestión de tiempo, pero voy a pirarme, eso es seguro. Me voy p'al sur a poco que pueda, buscando sol, mar y un ritmillo de vida más humano.
Musicalmente... mucho blues, o ese tipo de blues apopalíptico que hago yo, que dará cien patadas a los puristas. En fin, que se jodan los puristas, qué quieres que te diga. dice asín:
Me voy
no parece haber nadie aquí
que quiera ayuda o necesite nada de mí,
el tren se pone en marcha y no lo voy a perder
-no creo que me avisen, la cosa está así-
el mundo rueda y yo mirando
no lo puedo entender
soy la nada, soy cien kilos de miradas de más
soy invisible, prescindible, el que te has olvidao
Fui, lamento decirlo, un cerdo. Un hombre que atropellaba los principios si el tenerlos en cuenta dificultaba en algo mi caminar. Procuraba hacerlo sin que se notara mucho, porque -odio reconocerlo también- siempre me importó lo que la gente dijera de mí. No me entendáis mal: no es que actuara como a la gente le pareciera bien que yo actuara, pero me importaba que pensaran de mí las cosas correctas, determinadas cosas, como si eso justificara, de alguna extraña manera, lo gordo que solía caer a la gente. Aún sigue siendo así. No soy un tipo que, espontáneamente, caiga simpático al personal y eso, en serio, me da igual. Lo que no me da igual es que piensen, por ejemplo, que soy un zoquete. Eso no me mola. Pero no era de mí de quien quería hablaros, sino de un amigo de un amigo (siempre hay un amigo) al que todo el mundo conocía como el Netol.
Héctor Netol Jiménez es un hombre sin gular(1) y, siéndolo, que lo es, es dolorosamente vulgar y aburrido. Desde pequeño, le llamábamos Netol, y era el clásico mote políticamente
incorrecto que usábamos los niños antes, señalando un cierto defecto físico, si es el que ser cuellicorto puede considerarse un defecto. También le pegaba Netol porque al contrario que nosotros, iba a un colegio privado que le obligaba a llevar uniforme (chaqueta y corbata) y todo el conjunto le hacía parecer un mayordomo buscando una peli en la que salir. mí me llamaban Bola, hasta que le di un guantazo a uno que me lo llamó malamente. Sea como fuere, Héctor era el Netol porque su barbilla parecía pegada al pecho, sin el nexo (o separador) de la garganta, como nos pasa al resto de los humanos.
Por eso a todos nos resultó extraño lo que sucedió con Héctor. Héctor, que nunca había estado enamorado; que nunca se detuvo en cosas como ir a ver las estrellas reflejadas en el embalse, o en trasnochar para ver la salida del sol por detrás del Hogar del Pensionista, que jamás se puso un espejo en la punta del zapato para verle las bragas a una niña, que nunca se asomó a la tienda del Judío para decirle "calvo, baja los precios, pedazo de cabrón" fue, sin embargo, el primero de la pandilla en irse. Sí: hubo un día en que Netol fue el primero en algo.
Éramos, ya sabes, una linda pandilla de ladronzuelos de barrio, de truhancillos deshilachados de tres al cuarto, de niños desnortados y pelmazos, y ocupábamos el espacio de aquellas calles como esos que ocupan los asientos del autobús del pasillo, intentando hacer inaccesible el asiento de la ventana simplemente por dar el coñazo a la gente. Es decir, éramos unos pelmazos de primera, pero teníamos energía, a veces gracia, y aparte de ser molestos, a ratos, no hacíamos gran cosa.
Netol tenía perro, Pinga, una bobtail obesa que siempre andaba sucia y era tan pertinazmente cegatona como casi todas las de su especie. Pero a todo el mundo le encantaba esa perraza sucia, babosa y simpatiquísima y estoy por decir que Pinga era lo único que a la gente le gustaba del pobre Netol, quien, dada su falta de encantos personales, siempre recurría cosas externas (su perra, su moto, la enorme casa de sus padres) para tener algo de aceptación social.
Por eso, el día que Netol apareció en la calle con una extraña sonrisa en la boca y nos reunió a todos con ese aire estúpidamente conspirador que tan bien sabía adoptar, nadie auguró nada bueno. En una inopinada melé en mitad del solar donde solíamos reunirnos, Netol nos dijo que tenía que enseñarnos algo que cambiaría nuestras vidas para siempre. Y vaya si lo hizo, aunque ninguno quisimos creer que sería de ese modo. Estábamos acostumbrados a ese tipo de anuncios por parte de Netol. Cosas que, aseguraba, nos iban a alucinar y eran... vaya, estupideces como un mechero zippo auténtico, una pluma de oro, un whisky escocés de 300 años, un álbum en directo de Lluis Llach (un LP), en cuyo cuadernillo interior salía Charly Rexach (el cha-cha-chá de la ciudad condal, que decía un locutor de radio de aquellos días) y cosas así que le robaba a sus padres o hermanos mayores y que a nosotros nos la soplaba bastante.
Aquel día, nos llevó a su casa asegurando que lo íbamos a flipar. Éramos solo tres los que estábamos con él: el Jerezano (madrileño, pero sus padres tenían una tienda de vinos guays, sobre todo de Jerez), el Bonmatí (madrileño también, pero veraneaba, como se decía entonces,en Sitges) y yo mismo. Todos le seguimos porque, caray, la casa de Netol era un puntazo: siempre había comida en abundancia, espacio para tirarse por el suelo, buenos discos y, con suerte, su hermana Vicky, fuera de nuestro alcance, por sus 22 añitos cuando nosotros teníamos 16, pero que estaba buena de una forma casi indecente. Cuando entramos en su casa, fuimos directamente al sótano, que era la zona de la casa donde nos toleraban y una vez allí, Netol cerró las puertas, puso a toda tralla el Made in Japan de Deep Purple y nos enseñó lo que, la verdad, nadie estaba esperando. Estábamos acostumbrados a esos numeritos de Netol y solían ser decepcionantes. Aquella vez no lo fue. Aquella vez... fue la hostia.
Estábamos tirados en el sofá, mirando las tías en bolas del Fotogramas (en su tiempo, como el Interviú, el
Fotogramas tenía tías en bolas porque sí), y Netol se puso en pie ante nosotros con su carita de pringao habitual y carraspeó un poco más fuerte de lo necesario para atraer nuestra atención.
- Mirad - dijo, dando un paso atrás - ¿mola o qué...? - y se sacó de la parte trasera de la cintura, bajo la chaqueta del uniforme de su colegio, una pistola. Una de verdad, nada de un juguetito, que junto a su habitual cara de gilipollas integral y su desafortunada expresión corporal, componía un conjunto ciertamente temible. Nos quedamos todos absolutamente privados. - Os habéis quedao muertos, ¿eh...?
Y sí, nos habíamos quedado de piedra. Pero intentamos reaccionar pronto. Lo que solíamos hacer con Netol era, primero, no consentir que jámás, nos epatara. Y si, como en aquella ocasión, lo conseguía, que no se diera por enterado de que lo había conseguido.
El Jerezano, después de la impresión inicial, volvió rápidamente a la revista
- ¡Buf... está buenísima esta pelirroja! - dijo, mientras se colocaba con gestos exagerados el paquete
- Hm... no parece gran cosa, ¿no? - dijo Bonmatí, y cuando Netol se preparaba a demostrar que la pistola era fetén, añadió - además, en el chumino es morena... bah...
- Vaya... - dije yo que a veces me daba mucha pena - pero, ¿de qué vas, tío?
Mi estrategia solía consistir en decir que sí, que tenía cosas guays, pero no sabía qué hacer con ellas. Por ejemplo, con el Zippo le quise convencer para que se quemara los pedos; también, por ejemplo, que le hiciera fotos en bolas a su hermana... pero nunca conseguía nada. Así que tiré por ese lado
- No voy de nada, Bola, ¿es que tienes miedo? - me dijo Netol, haciéndose el listillo y, lamento decirlo, acertando. Yo tengo mucho de eso. Presumo mucho, pero cuando llegan ciertas cosas de verdad, no me gusta estar cerca. Cuando mis amigos mods iban a pelearse con los rockers, me sentía molesto, nervioso, porque yo no me atrevía. Cuando salí con la primera mujer-mujer y ella me dijo que iba a meterse una raya, que si quería... tuve miedo también. Y cuando Netol sacó esa pistola, la verdad, me cagué.
- Noooo... no tengo miedo... mientras no me apuntes con ella cargada, chaval
- Ah... - dijo, con su cara de memo, supurando imbecilidad y sudor por el bigote y haciendo el clásico movimiento de halar la corredera sin dejar de apuntar hacia nuestro lado de la habitación - pues...ya está cargada - y dicho esto, aunque intentaba sonreír, su sonrisa era evidentemente nerviosa y el sudor empezó a perlarle las sienes. Su aspecto de imbécil era ya imbatible.
Ese ruido que hemos oído mil veces en las pelis hizo que Jerezano y Bonmatí dejasen de disimular con el Fotogramas y los tres nos levantamos del sofá como impulsados por un resorte invisible. El miedo era ese resorte, claro, y dando un dramático rodeo para salir de la zona que amenazaba la pistola, nos lanzamos hacia Netol, gritando todos al tiempo, tratando de aturdirle o no sé qué tratábamos de hacer.
Lo que es seguro es que no tratábamos de provocar lo que, de hecho, provocamos, no sé muy bien cómo: en medio del forcejeo y el griterío, y evidentemente, sin querer hacerlo, a Netol se le disparó el arma y le descerrajó un tiro a quemaboca a Jerezano, que cayó hacia atrás como un pelele con la cara ensangrentada.
Nos volvimos hacia Netol, para recriminarle a los gritos lo que acababa de hacer. Yo, lamento decirlo, fui un cerdo y di comienzo a una vergonzosa huida, porque no quería correr la misma suerte que Jerezano, pero me dio tiempo de ver a Bonmatí lanzándose sobre Netol para tratar de impedir lo que hizo éste: apoyar el cañón entre sus ojos y abrirse la cabeza de un balazo. Murió allí.
Jerezano, no. La bala entró por la boca, destrozando dientes y mejilla, pero salió bajo su oreja sin interesar, milagrosamente, ningún órgano vital. Al menos él tuvo la suerte de no ver a nuestro maltratado amigo Netol quitándose la vida, una imagen que ni Bonmatí ni yo olvidaremos jamás.
Y así fue como Netol, nuestro amigo Héctor, en el mismo instante, salió de nuestra pandilla y entró en nuestra pequeña historia.
(1) :gular.
Del lat. gula 'garganta'.
1. adj. Zool. Perteneciente o relativo a la garganta.
Abro los ojos, no sé ni cómo, ni porqué, pero abro los ojos exactamente en el momento que el radio-reloj despertador cambia de las 6:28 a las 6:29, es decir, un minuto antes de que suene la alarma del móvil para ir a la oficina. Desactivar el despertador del móvil es lo primero, para no despertar a Lorna, cuyo sueño adoro, sencillamente, y es entonces cuando me doy cuenta de varias cosas que, caray, uno diría tienen cierta importancia: en primer lugar, fíjate, resulta que no estoy en mi casa, o eso me parece a mí.
Al menos, si esto que no veo, pero casi adivino, es mi casa, alguien debe haber cambiado los muebles de sitio, la altura de los techos y el sitio y el color de las paredes, la ubicación de la ventana, aunque ha dejado en el mismo sitio la mesita de noche y la radio-reloj despertador; y también caigo en la cuenta de que la persona que duerme a mi lado, bueno, puede ser casi cualquier persona, pero os aseguro que no es Lorna. No es Lorna. No, definitivamente no es Lorna Cor, la persona que parece dormir a mi lado, no es mi verdadero amor de todos estos años de errático vagabundeo por el mundo de lo fenoménico, acechando incansable, merodeando el de lo sublime. Mierda... cojo el móvil y compruebo que he desactivado la alarma, porque si lo que duerme a mi lado es alguien a quien no conozco, mejor que no se despierte y así poder largarme sin dar demasiadas explicaciones.
Después de una rápida autoinspección -táctil- de urgencia, confirmo que estoy desnudo bajo las sábanas, con la ligera erección de antes de la primera visita al baño y, caray, esto sí que es extraño, un fortísimo y pastoso sabor a tabaco, a cenicero, en la boca. Hace 10 años que no fumo. También hace 10 años mi erección mañanera, mi morning glory, no era ligera, era tremenda. Tapo, con una violenta tos falsa, un pedo que podría haber inflado 6 globos pero coño, la presencia durmiente de mi lado, ni se entera de mi tos falsa, ni de mi caudalosa ventosidad.
Quiero ir al baño, pero no sé dónde está; no veo nada que parezca la puerta de un baño; salvo los dígitos rojos del reloj, nada es cierto en esta extraña habitación y, agarrado a esa única certidumbre, la de los dígitos rojos que me anuncian que el despertador debe haber sonado, allá en mi casa, hace un minuto, pienso que seguramente se habrá despertado Lorna, y casi se me olvida que me estoy meando, y que seguramente Lorna se estará preguntando que dónde coño he pasado la noche del martes al miércoles. Pues, si te sirve de de consuelo, yo también me lo pregunto, Lorna, mi Lorna querida. Ojalá estuvieras aquí en vez de... en vez de este enorme bulto que duerme a mi lado. A su favor he de decir que no ronca. Duerme en total silencio.
Me muevo inquieto y espero intranquilo a que la persona que duerme a mi lado emita alguna especie de ruido, o gemido de acomodo, queja olfativa, se gire ligeramente, o despierte. Entra algo de claridad por entre las rendijas de la persiana, no perfectamente bajada, y me atrevo a mirar hacia el lado de la cama que ocupa la otra persona, porque me estoy temiendo lo peor. Cuando mis ojos se acostumbran a la casi obscuridad, me atrevo a mirar y confirmo mis temores: lo que duerme a mi lado es grande, lo bastante grande para suponer que no es una mujer. Al menos, no una mujer de tamaño estándar. Ni siquiera es un hombre de tamaño estándar. No es Lorna. Lorna es de tamaño estándar, aunque ella piensa que ha engordado últimamente, y no está demasiado cómoda con el tamaño de sus pechos. A mí me parecen comodísimos.
Echo de menos, cuánto la añoro en momentos como estos, la dulce simpatía de Lorna. Me refiero a la simpatía física, no al carácter. Lo agradable que es estar a su lado, sin hablar, sin hacer nada más que disfrutarse. Si fuera Lorna la que a mi lado duerme, trataría de convencerla, vocalmente, de lo cómodos que son sus pechos. Con vocalmente, me refiero a que lo haría de palabra (elogiando su deliciosa piel, su carnosa y sopesable entidad, y su adorable tendencia -ya- a caer bajo el peso de los años) y de obra (rechupeteando cada centímetro de su divina masa pectoral). Pero... no es Lorna.
Ni siquiera es un cuerpo cuya cercanía, su falta de calor o su olor, me resulte agradable. La habitación huele a cerveza amarga y a cenicero y no tengo gana ninguna de rechupetear los pechos de este dizque tiarrón que dormita a mi lado. Aunque, mierda, ni siquiera estoy seguro de que la cosa esté durmiendo. Oh... fría e inerte presencia. O, expresado asaz crudamente y con la simpleza expositiva que tanto agradecen las nuevas generaciones, puede que, y solo lo aventuro a efectos legales, como cuando se dice "presunto" en la tele, que este tío esté muerto. Es gordo, como yo. Y huele mucho a cerveza. Y un poco a muerto.
Existe una cualidad, una textura, un algo indefinible pero que se pega a las paredes, que flota en el aire de algunas habitaciones donde ha tenido lugar una juerga; es una especie de gelatina ambiental que va de los culos de tazas de café con restos de alcohol y colillas, a los sujetadores y calzoncillos inopinada y dispersamente abandonados sobre los brazos y respaldos de los sofás, que definen y dan carácter al campo de batalla de un episodio alcohólico-sexual. En fin, esa clase de cosas, toda esa... mierda es lo que me encuentro cuando reúno la presencia de ánimo necesaria para levantarme, abandonar la cama-féretro y al salir de la habitación y asomarme a la sala contigua al dormitorio. No es mi casa, ni mucho menos, eso lo compruebo sin dificultad, y me dispongo a aventurar cuál de las puertas que veo al otro lado de la sala, en todo el perímetro, en realidad, puede ser un cuarto de baño. Estoy desnudo en medio de una habitación donde ayer se celebró una juerga, por lo menos, regular. Hay ropa desperdigada por todas partes, pero no consigo distinguir la mía. Hay ropa de hombre y de mujer y nada, ninguna prenda, me desvela nada de lo que sucedió ayer, no reconozco esos pantalones, esa falda, o ese jersey. Voy levantando prendas, unas medias, una camiseta, unos vaqueros... con el pie, separo unas botas y bajo la mesa baja de cristal que hay entre los sofás, veo, ridículamente ordenada y doblada sobre la tabla inferior de la mesa, mi ropa.
Trato de imaginar, de visualizar, cómo sería esa fiesta en la que se dio el momento en el que todo el mundo se emparejó y las mujeres decidieron que el idiota que doblaba su ropa era el hombre a evitar, y quedé de pareja del señor gordo que huele a cerveza y muerte y que yace en la habitación que acabo de dejar. Una mierda de fiesta, supongo, porque no me acuerdo de nada. ¡Y yo doblé mi ropa!
Me perdería, de verdad, en este tipo de disquisiciones, pero ya te digo que me estoy meando. No sé si es el instinto, o la suerte, o un recuerdo oculto, pero la primera puerta que abro es el baño y entro corriendo a mear. Aquí también huele a juerga. Mientras meo y paseo distraídamente la mirada en derredor veo que de la bañera, que tiene las cortinas echadas, asoma un pie de mujer. Me molan los pies, pero, ojo: me gustan los pies redonditos, no esos en plan alargado. Este pie no es gran cosa morfológicamente, pero su palidez me hace pensar que detrás de la cortina hay otro fiambre. Cualquiera hubiera pensado que semejante pensamiento debería haber cortado mi micción, pero no es así: de hecho, lo único que sucede (es triste reconocerlo) es que en mi ensoñación de matarife, he girado levemente las caderas mientras me inclinaba para ver mejor el pie asomante, y estoy meando fuera del wáter, en el suelo. En fin.
Me acerco a la bañera, descorro la cortina y bueno, asomaba un pie, pero en la bañera hay dos personas. Un hombre debajo, boca arriba y encima, también boca arriba, como haciendo la cucharita, la dueña del pie asomativo. Ambos tan desnudos como muertos, eso sí, con absoluta ausencia de sangre. Huelen, también ellos, a cerveza, a tabaco y a muerto. La fiesta debió ser mejor de lo que imagino, porque, cojones, qué nivelazo.
Salgo del baño, un poco agilipollado, la verdad, pero con intención de no sé qué, porque me siento raro. Uno no se levanta así todos los días. Yo, por lo menos, nunca me había levantado así. Justo enfrente de la puerta del dormitorio en el que pasé la noche con Fattybeer (Fattybear), sale un pasillo que conduce a lo que parece la cocina. Lo sé. Lo juicioso, lo normal hubiera sido vestirse y salir pitando de allí, pero esperaba encontrar un plátano, o quizá un poco de jamón york en la cocina, no me preguntes porqué, pero eso es lo que me apetecía entonces, un plátano o un poquito de jamón york.
Ahí me tienes, cruzando resuelto la sala de la casa, a grandes zancadas y aún en bolas, baile de
Buenísimo montaje, no fastidies.
escroto y metiendo tripa para que el bailongo paquete parezca un poco menos chico; persiguiendo el jamón york, anhelando un plátano y entrando en la cocina, muy desordenada, y muy poco novelera. Después de una rápida inspección visual sin resultados (no hay una lozana cesta de fruta a la vista), abro la nevera y coño, eso no me lo esperaba: hay una bandeja redonda, torpemente preparada para ser asada, pero con una cabeza humana en lugar de la clásica cabeza de un cochinillo y un plátano en la boca en lugar de la manzana. Es menos asqueroso de lo parece. Es, más bien, cutre. Pero es el cuarto fiambre que encuentro. En rigor (mortis) es la cabeza de un cuarto fiambre lo que llena la nevera del mismo olor que tiene toda la casa.
Me pica la curiosidad. Me pongo a buscar el cuerpo de Cabeza de Cerdo. ¿En el cuarto de la lavadora? ¿En el office? ¿En el aseo que hay junto a la cocina? ¿En la terraza? Me queda un dormitorio, que debe ser el principal de la casa. Entro y ¡bingo! al encender la luz veo el cuerpo descabezado de Cabeza de Cerdo, completamente desnudo y sentado, apoyada la espalda en el cabecero y con dos mujeres desnudas, bastante atractivas aun muertas, en sus costados, acogiéndolas en sus brazos, como si las estuviese amamantando, dando el pecho. Una escena rara.
Y no era eso lo único raro. Llamaba mi atención el hecho de que el muerto tenía un paquete enorme. Ojalá yo tuviera un mango así. Pensé en si serían posibles trasplantes de ciertos órganos, y si habría establecido un protocolo para recuperación y reimplantación de pollas. ¿Sabes? como los riñones y eso... pero de vergas. Y ¿habría un sitio bueno para cortarla? Y en si lo cubriría la Seguridad Social. Tenemos una sanidad pública cojonuda, lo dice todo el mundo. Si se cubren operaciones de cambio de sexo, a lo mejor encontraba un centro donde considerasen cambio de sexo a un cambio de nabo. Un upgrade, más que un cambio. Porque era el nabo lo único que yo quería del cadáver de Cabeza de Cerdo. Mis testículos eran mucho mejores, de color, tamaño forma y actitud. Mucha gente ha elogiado lo bien que me cuelgan, no es que lo diga yo.
Había encontrado 6 cadáveres, y el único al que había mirado un rasgo o atributo (el Atributo) era el que estaba sin cabeza. Curioso, ¿no? Empiezo a ver muertos y no les miro ni nada, pero pero veo uno sin cabeza -sin cara- y me obsesiono con su polla. Esto es de psiquiastra, no me jodas. Porque ni siquiera sería capaz de recordar un rasgo de la cabeza de Cabeza de Cerdo, pero no me quitaba de la cabeza su rabo. Quizá influía, en esto de no quitármelo de la cabeza
Las 8. Y no he desayunado. Voy a bajar, me tomo algo y luego pienso si se lo cuento a Lorna. Se va a reír.
A ti, a ti… Siempre te veo a ti, bajo todas las personas que
en el mundo hay, te veo siempre a ti. Nadie lo entiende, pero yo miro y te veo
a ti y no quiero convencer a nadie: ellos verán lo que vean, me da igual lo que
sea: un cuadro, las estrellas, una novela, una puesta de sol, un concierto, una
peli… y yo, que no digo que esas cosas no existan, que seguro que sí, pero al
mirar la belleza, lo que veo eres tú: y me sobrecoge, me eriza el vello del
antebrazo, me deja un sabor agridulce por saberte tan lejos, aunque estés tan
cerca y… da igual, al final, quedas tú. Sola, recortándote en un horizonte improbable
de nubes, mares y luz. No digo que estés o te sientas sola, digo que yo, lo
único que veo, lo único que impresiona mi retina, mi recuerdo, mi ardor, mi
afán, es tu imagen, solitaria y aúrea, plena de sensualidad y de buenos
augurios.
No sabes, no puedes saberlo, hasta qué punto vives en mis
sueños, en mis pensamientos. Nadie imagina lo que los otros imaginan, aunque no
estoy demasiado seguro de esto, pero sé que nadie puede –ni siquiera tú-
imaginar lo que eres tú, para mí: como te veo yo, nadie te va a ver jamás. No
es que sea bueno, necesariamente, pero es así.
Hoy te salen las cuentas. Los números que hoy se imprimen en
tantos rincones de ti, el 3 y el 5, son el ocho, el 8, como yo, el 8 que es,
qué te voy a contar, un número mágico. Decís los que sabéis de esto que el 8 es organización, perseverancia y control de la energía para alcanzar logros
materiales y espirituales. Alude al poder de la realización, la abundancia
en el mundo mental y espiritual (representada en la curva superior), y la
abundancia material, a la que hace referencia en su curva o base inferior.
Yo, en ese mismo 8, te veo a ti. Miro su intrincada geografía,
su topografía y su anatomía y te veo a ti, qué quieres, y quiero posar
suavemente la mano en tu cintura, te has apretado el cinturón, y sacarte a
bailar. Me gusta verte bailar, siempre me gustó verte bailar, siempre sonríes
al bailar. Y ahora, vestida de ocho, estás más bailable que nunca.
¿No te pasa a ti? El ocho es como bonancible, buen carácter
y sin aristas, fácil y agradable de tratar. Un abrazo, ¿verdad? Un oso blanco,
tan tierno visto de lejos, tan feroz de cerca, aunque, en realidad, yo creo que
tú no eres feroz, solo yo te hago feroz, tengo esa maldita habilidad, hacer que
seas feroz conmigo, hacia mí, en realidad, y luego me quedo acojonado, pegado a
la pared, deseando ser invisible para que no me quemes con el fuego de tu ira.
Y, también, iracunda, te veo. No veo tu ira, te veo airada,
y me gustas, pero tu ira, que no la veo, me deja hecho papilla: no la veo, pero
la siento. Pero cómo estaré de colgado que hasta iracunda, me gusta verte.
En fin… estás aquí, cielo, estás en mí, puede que a tu pesar.
Te veo porque estás, qué le voy a hacer… ¡qué le vas a hacer! Yo creo que es
agradable que te quieran, si no te dan mucho la brasa y que yo decidí no darte
demasiado la tabarra, pero de vez en cuando, hoy que te haces ocho, por
ejemplo, me gusta recordarte que eres muy especial. Seguramente lo eres para el
mundo, pero has de saber que lo eres para mí de una forma profunda y
significativa.
Porque miras atrás, miras sin más, y miras lejos cuando
miras. Porque sabes lo que hay detrás de una fachada. Porque no hay nadie como tú para conversar por
conversar. Así que, ya sabes: búscame cuando tú quieras que te quieran sin
contar las veces que hayas querido a
tantos como quieras sin contar; búscame
cuando haga frío y amanezca dentro de ti y no haya nadie a quien contarle lo
que pasa, en realidad. Cuando sientas que el mundo, ese mundo a veces tan frío,
a veces tan cruel, se te haya acabado; cuando todo, todo sea nuevo y la
historia se haga gris. Cuando el dolor se haya hecho hueco en tu costado.
Cuando brille todo solo para ti
Que cuando miro al mundo entero, cielo e infierno, agua, sol
y fuego, no veo el mundo.
Te veo a ti.
Siempre te veo a ti; aunque creo que eso ya lo sabías.
Disfruta el 8. Ya sin mí.