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lunes, marzo 17, 2008

Semana Santa, Manana y Jim Croce.

New York's not my home

Mi amigo Michel me presentó a tres de los más grandes: los Beatles, John Denver y también al héroe que traigo hoy aquí, al enorme Jim Croce, léase Yim Crouchi. Jim Croce es para mí, hoy puedo admitirlo, el hombre que me reveló que se podía ser un músico sensible, sensato y absolutamente impermeable al éxito. Oyes sus primeros discos y suenan igual de sencillos, igual de estremecedores y geniales que los últimos. Eso es algo de lo que todos los músicos presumen, todos los artistas, y hasta los presidentes de gobierno (el éxito no me cambiará), pero son muy pocos los que pueden certificarlo con su trabajo, con su obra, no con declaraciones más o menos bienintencionadas.
Jim Croce y su guitarra acústica son una especie de referencia eterna y bien patente en mi despistado olimpo. Sus canciones son tan bonitas que dan miedo, a veces. No es la primera vez que subo aquí una de Jim Croce, subí hace algo más de un año I'll have to say you I love you in a song, canción que todo
el mundo tendría que oír una vez al menos en la vida. Tengo pendiente Operator, que cerraría el círculo de las tres canciones mágicas de este genio que a los 30 años dejó de existir.
En esta versión que yo hago hoy hay algunos cambios con respecto al original, como casi siempre. En primer lugar, como yo no tengo sexteto de cuerda, lo sustituyo con guitarras tratadas, festival musico-vocal y armónica. La canción empieza con guitarra acústica y voz; se le
unen percusión, bajo y armónica en la segunda estrofa y luego entran los coros y las guitarras tratadas a disimular la ausencia de sección de cuerda. Añado un montón de voces, al final hay ocho, ni más ni menos, cantando a la vez, te pedes.
En el original, que recomiendo vivamente a todo el que no la conozca, la canción acaba en fade out, y yo le he puesto un final estratosférico en el que se me va un poco la pinza, y la voz, pero lo
he dejado, porque me sentía inspirado, aunque no deja de ser un poco raro ese gorgorito final. Bueno, a ver qué te parece a ti.
Esta canción está dedicada a
Manana, la madre de mi mejor amigo, Michel, a la que mando un estrecho abrazo y un caluroso beso por si llegara a leer y a escuchar esto.
Si se diera la cosa de que te gusta la canción, puedes bajártela aquí:


Cuando oigo esta canción no puedo dejar de pensar en Manana, la dulce, bella e inteligente madre de Michel, a la que, no estoy seguro, pero creo que Jim Croce le gustaba mucho también. Manana me llamaba Jordiloco- Jordichiflado-Jordiasqueroso y nadie jamás me ha llamado nada parecido, ni me he sentido tan querido al oír semejantes palabras a mí dedicadas.
Yo, no sé si sabéis esta sensación, quería con locura a mi madre, pero creo que si alguien me hubiera dicho que cómo sería la madre que yo elegiría si me faltara la mía, hubiera dicho que yo quería a Manana o a una mamá como ella.
Manana tenía, tiene, estoy seguro, un exquisito sentido del humor, una amplísima y bien ordenada cultura y una valentía y una inteligencia impropias (por extraordinaria) de una mujer de su generación. No me atrevería a intentar adivinar su edad, ni me importa demasiado, esa es la verdad, pero era la mamá de mi mejor amigo de cuando era pequeño.
Hablé con ella muchas veces de bobadas y de cosas menos bobas, pero recuerdo dos conversaciones especialmente importantes para mí. Dos situaciones más bien.
La primera se dio al morir mi madre y mi hermana Montse. Era verano y, bueno, ya lo conté en una ocasión, pero cuando me llamaron para decirme que mi madre y mi hermana habían muerto y que mi padre estaba malherido, Manana fue el adulto al que pude agarrarme y ella fue la que con serenidad y un cariño infinitos, se hizo cargo de la situación y me salvó de tirarme por la ventana.
La segunda se dio un verano, que volví de las vacaciones familiares un poco antes que el resto de la familia para examinarme de algo. Finales de agosto, claro, a eso de las ocho o las nueve y yo salgo a la terraza a cotillear un poco el barrio y veo que está Manana regando. Manana tenía una preciosa terraza, simétrica a la nuestra. Mientras mi madre vivió, las terrazas eran simétricas porque, si bien eran muy distintas, ambas estaban cuidadas y frondosas. Cuando mi madre murió empezó a hacerse evidente la asimetría de nuestras terrazas.
Bien, ella regaba y, entre nosotros, le cantaba por lo bajini a las plantas. Algo en francés, no sé muy bien qué. El caso es que tenía algo para nosotros, algo para la casa, creo y me dijo que pasara. Pasé y me invitó a una cervecilla fría y rica y estuvimos hablando de un montón de cosas. Recuerdo que me vi, de pronto, sentado, contándole a la madre de mi mejor amigo cosas que apenas había esbozado con mi propia madre. Le conté cosas tan raras como que me gustaba imaginar cosas que nadie hubiese imaginado antes; que me gustaba la gente así o asá y que me caían gordos los que eran de esta o aquella manera. Hablamos de Rusia y del ruso, no sé muy bien a cuento de qué; creo que ella estaba estudiando ruso por entonces. Pero si hoy, a mí, pobre infeliz, si el embajador de Rusia me dice que le cuente que qué sé de su país, me pondría en apuros como a una aspirantre a miss cualquiera, imaginaos lo que podía saber entonces de ese gran país. Estoy seguro de que ella no recuerda esa conversación, pero para mí fue crucial, porque , mirando hacia atrás con la perspectiva que me dan los años, debió ser una de las primeras veces que un adulto me hacía sentirme un igual, un adulto, y me preguntaba por mis cosas y mis afanes y compartía conmigo los suyos. Fue uno de los hitos de mi transición a la vida adulta.
Otra cosa que jamás podría pagar a Manana es el cariño, la paciencia y la comprensión que mostró siempre hacia mi hermana Montse, la hija de la ira y la madre de la miel, de la que ya os hablé también hace algún tiempo. Como dije entonces:
"Mi hermana Montse era un verso suelto. Había sólo una persona capaz de calmarla cuando la ira se desataba en su interior. Era la madre de Mich, a quien los más viejos en esta bitácora habrán visto comentar de vez en cuando, cuando me entran estos ataques de nostalgia. Cuando Montse se subía a lomos de la ira, ella, MamaMich, era como la mujer que susurra a los caballos. Se acercaba a ella con un amor difícil de encontrar en el mundo, y aplacaba la tormenta con caricias y susurros desconocidos para los demás..."
Así es Manana, una mujer extraordinaria y una de las razones de que eche de menos Madrid. Si esto llegara a sus manos le resultaría increíble saber que ha seguido en mi pensamiento todos estos años. Pero estoy seguro de que si siguiera en casa de mis padres, allá junto a la Plaza de Castilla, cuidaría mi terraza e intercambiaría consejos de jardinería con ella. Seguro que le gustaría tener uno de mis mandarinos, estoy convencido.
No sé qué oculto interruptor de mi memoria ha pulsado esta canción para que Manana venga a hacerme esta visitilla, pero os aseguro que estoy encantado. En fin, este post de Semana Santa es cortito, pero intenso en sentimientos. Acordarme de Manana me ha puesto de buen humor, voy a darle a la guitarrita, hombre.

A todos, que paséis buena semana.
Nos vemos el lunes o el martes. O... cuando sea.

actualización
He aquí las fotos de la discordia. Juzguen los lectores (si es que hay alguien al otro lado después de tanto tiempo) y saquen sus propias conclusiones.

Kotts, Kotinusa, Koti, nos manda esta simpática instantánea, en la que se sugiere, solo se sugiere, la enorme belleza de sus ojos alegres y cantarines. Se aprecia, también, la buena salud y mejor crianza de la dama en lo luminoso de su piel, lo abundante de su cabellera y su bellísima sonrisa que, seamos sinceros, a todos los caballeros de la sala nos apetece besar. Lleva una preciosa camiseta multicolor y declara ella sobre esta foto:
"No recuerdo si tenía 16 ó 17 años. Más bien 17. Fue durante un verano en Grazalema"
También se lamenta de la poca calidad del escaneo de una foto que, según sus propias palabras, en el original, "es muy nítida". a mí lo que me parece nítido, cristalino e indiscutible, es que nuestra amiga amiga Kotts a esa tierna edad, estaba como un queso y por si a alguien le interesa, hoy sigue estándolo.

Aquí tenemos a Michel, en la indolente y chulesca postura del ligón madrileño que las mata a pares que solía adoptar rondando el año 82. No sabemos a cierta cierta quienes eran las mujeres que a su lado estaban, mas parece claro que se trata de féminas y, por su cara de satisfacción, debían ser buenas piezas. Michel viste con sobria elegancia y ladea la cabeza con sorna y superioridad, además de presumir de nuez y parece retarnos a los demás a que le digamos que no está guapo, porque, según ha declarado, tiene otra foto con la que, asegura, gana fijo. Debe estar en pelotas o algo así, porque le conozco y siempre ha sido un pelín exhibicionista y mostraba una sorprendente facilidad para dejarse caer los pantalones y desnudarse (esto, sépanlo, es una mentira envidiosa).
La verdad es que la foto hace justicia a un Michel tardoadolescente que era un guapo muchacho a quien las chicas se rifaban, pero, lástima, no les tocaba nunca, y ahí estaba yo, con la caña preparada, poniendo cara de premio de consolación que las niñas aceptaban como mal menor.
Ya lo véis...





Buch dice que en esta foto "destaca mi personalidad rebelde e inconformista, ..." y yo creo que es verdad. Destaca que es un hombre para el que las normas no significan nada en esta vida, y se las salta a la torera, con alegre despreocupación, a pesar de lo que la perilla pudiera sugerir. Con la misma facilidad que parece saltarse la valla en la foto, nuestro amigo se salta las normas de esta competición sana y verdadera y nos manda una foto cuasiactual, ya con pelo y todo, para evitar que veamos al adolescente que fue. Buch era un muchacho alegre y desprendido y podéis ver sus hechuras adolescentes en la foto famosa que puse hace unos posts y que sale en aquel video "de despedida", y le vemos ejecutando un difícil y meritorio escorzo hacia atrás (la pelea es fingida). En fin, esto es lo que hay.

Este soy yo. El muchacho hosco (y culturista) que parezco no es más que el reflejo de una sociedad que no se atrevía a abarcar todo mi ser. Estoy en el cuarto de estar de mi casa, donde me había hecho fuerte negándome a comer un potaje de semana santa. Mis padres, incapaces de dominar una furia natural como la mía, avisaron a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y el fotógrafo oficial de la policía nacional, en medio de un ataque de pánico, me sacó esta instantánea en la que se capta, perfectamente, la terca determinación de los Duret por hacer daño al mundo en general.
La carga policial tuvo lugar unos segundos después, con resultados lamentables para el buen nombre de la policía que salieron escaldados de un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con esta fuerza indomable de la naturaleza. Les zurré a modo, y les hice comer el potaje de garbanzos y bacalao de mi madre, que todo el undo, menos yo, parecía apreciar. Para mí, amigos, es una de las razones por las que la semana santa, tradicional, me hace sumirme en un estado de melancolía irrecuperable.

Ahí está eso. Tienen hasta el lunes para comentar alegremente estas divertidas instantáneas.

¡Buen finde!