Yo, bastante atractivo, y mi madre sentada a la puerta de su ofi, el Hermitage de Amsterdam
Wolffus Neptunae, un día, quizá dos al mes, iba al museo a robar. Su madre también trabaja en el museo, pero ella todos los días, salvo los lunes, que libra, porque en el Hermitage los fines de semana es cuando más afluencia de público (y de personas) hay y no se puede librar esos días, porque es cuando más dinero puede hacerse.
La madre de Wolffus es milagrosamente joven y terrenalmente guapa. Tiene algo de la china girl de Bowie y admite Visa, Mastercard y Amex, como se aprecia en la fotografía; fuma casi sin darse cuenta y al mirarla, uno no puede explicarse que un cuerpo tan menudo pudiera albergar en su interior a la bestia que ahora es (y debió ser de bebé) Wolffus.
La madre de Wolffus es una mujer accesible, y menos mal, dado su oficio, y no pone problemas a este periodista a la hora de fotografiarla, pero pone siempre la misma postura, como esas chicas que tanto se prodigan en facebook. Se llama, y ya va siendo hora de decirlo, Seul Bluos, es pelirroja de ahí abajo (un milagro de la naturaleza), rubia de axilas y morena de cabellera, cejas y pestañas, siendo esta variedad cromática capilar muy apreciada por sus clientes.
Seul no pertenece, en rigor, ni de ninguna otra manera más laxa, a la plantilla del Hermitage, pero es una mujer de hoy y ha llegado a un acuerdo win-win con la gerencia del museo: se la chupa a los Hermitagnos y solo les cobra un manual (al menos, eso es lo que creen los Hermitagnos); a cambio, le permiten usar, con discreción, las instalaciones del museo, aunque solo para cerrar tratos. Para sus celebradas ejecuciones Seul prefiere su apartamento, habitaciones de hotel o, eventualmente, el coche del cliente.
Seul paga sus impuestos y puede ser, si te lo puedes permitir, tu enfermera de noche. Sus vecinos la respetan y a ella no le hace gracia que su hijo, Wolffus, se gane la vida robando en el mismo lugar donde ella trabaja, en un negocio cuyo nicho de mercado, cuya ventana de oportunidad, es la misma. Aunque de sexo opuesto: si bien el 99% de los clientes eran hombres (entre ellos, algunas personas), y ella no decía que no nunca a un cliente que estuviera aseado, fuera del sexo que fuera, el 100% de las víctimas (no sería justo llamar "clientes" al público objetivo del ladrón) de Wolffus, eran mujeres porque, vete tú a saber porqué, Wolffus ejercía de ladrón sólo con mujeres.
Wolffus no contaba con el plácet de la gerencia o el personal del Hermitage para realizar su trabajo, pero lo realizaba con diligencia y profesionalidad. Wolffus robaba besos en el museo. Besaba cuellos, besaba naricitas, besaba lóbulos y besaba bocas también. Besaba párpados y besaba frentes. Pezones, hombros, rodillas, tobillos, corvas (Cristina, esto va por ti) caderas y nalgas. Bocas de labios finos, prietos y voluptuosos, besaba manos y besaba pies. A veces besaba largo y profundo, pero lo normal era un beso rápido y un esquive del guantazo subsiguiente. Besaba porque no podía evitarlo, era verte... y tratar de besarte y así... no se vive bien.
Wolffus, al contrario que Seul, su madre, no paga sus impuestos y ni de coña será tu enfermera de noche, pero puedes echarle de menos si no has vuelto a verle desde aquella tarde que os citásteis en Hawaii, cuando llovía a mares sobre la avenida y pedísteis un té con croissant. Vivía para besar. Su día no era día si no besaba a una mujer y besaba en todas partes, pero una vez, o quizá dos, al mes, tenía que dejarse caer por el Hermitage porque fue allí, una vez, donde te besó a ti aunque tú no quieres acordarte.
Era un día especial. Una exposición extraordinaria con motivo del centenario del museo de Grandes Maestros de la Humanidad (una mierda de tema, ya lo sé, pero ni soy el comisario de la exposición ni me importa). En verano. Tú llevabas un precioso vestido de tirantes, tu melena rizada y tus enormes gafas de sol (inciso: no te sientan bien esas gafas de sol, ese tipo de gafas; eres muy guapa y deberías llevar gafas de sol más pequeñas, que dejen ver tu cara... no esas pantallazas que te tapan tu precioso rostro). Se presentó delante de ti y te hizo saber por gestos que le parecías maravillosamente guapa. Cuando te dijo su nombre le diste la mano, repitiendo el tuyo (Lorna Cor...) como con miedo, y él cogió tu mano, la llevó a sus labios y te la besó. Fue un beso en el dorso de tu mano, nada ceremonioso, nada inocente. Un beso tórrido y fatal que desató un tsunami de deseo desde tu mano hasta tu axila. Te deshiciste de tus amigos y le pediste que te diera un poco de aftersun en tus maravillosos hombros quemados. No se te ocurrió nada mejor.Y a él no le pareció una mala idea. El te extendió crema en los hombros poniéndose detrás de ti, y te besó los hombros,el cuello, los labios, la barbilla y te pellizcó los pezones mientras tú te volvías tan loca como él. Pero el museo no era lugar para hacerlo que a ambos os apetecía en ese momento: arrancaros la ropa y haceros el amor salvajemente. O sin salvajismo, pero bien.
Desde ese día vuelve al museo, una vez, o quizá dos, al mes, y te busca entre beso y beso porque, bueno, vuestra historia es bonita, pero el tío besa todo lo que lleva falda. Pero... y tú lo sabes bien: aunque tú quieras pasar página, él no lo hará. Porque besándote, descubrió el sentido de la vida, la fuerza del mundo y reconoció las revelaciones de la madre naturaleza. No es justo que intente siquiera renunciar a eso.
Y nunca, nunca, nunca... nunca te olvidará. Y no quiere más.
Cuando me diagnosticaron la esquizofrenia, en mi opinión, era ya demasiuado tarde, y mi letra, demasiado grande. Corrijo eso. Ya me había desdoblado en múltiples personalidades, entre otras en un psiquiatra eminente y miope pero con gran visión de futuro y mucha vista para diagnosticar velozmente trastornos de la personalidad. Por eso he dicho que "cuando me diagnosticaron la esquizofrenia, en mi opinión..." era tarde, porque no es que yo considerara que fuera un diagnóstico tardío, es que el diagnóstico era esquizofrenia... en mi opinón. Fue un brillante autodiagnóstico por el que pasé una minuta desorbitada al idiota que vino a verme, yo mismo, perocupado por el loco que soy yo, al que acompañé de buen grado al médico, y todo el mundo estuvo de acuerdo en lo bien que había actuado, tanto desde un punto de vista médico, cuanto desde el punto de vista del paciente, como desde una óptica heterosexual. Una óptica heterosexual es, para quien no lo sepa, un establecimiento abierto al público dedicado, básicamente, a la venta de gafas y lentillas para heterosexuales, un grupo de consumo al que los ópticos estamos prestando cada vez más atención.
El mal estaba hecho. Estábamos fuera de control. Como óptico, estaba preocupado por mí, y no solo por mi negocio, sino por mi yo paciente, diagnosticado de esquizofrenia, y mi yo impaciente, el psiquiatra veloz que no tiene paciencia con sus pacientes, a los que diagnostica enfermedades, en su opinión, con presteza que, a veces, puede entenderse como precipitación. Como óptico de pueblo, además de quejarme de las franquicias de los centros comerciales a donde la gente iba como si les obligaran a ahorrar dinero, cuando es mucho mejor ir a la óptica de tu pueblo, que es más cara, está menos al día pero es más cercana,como si dijéramos.
Salgo de mí y no sé a quién querer más: a mi locura o a mi talento. Si existiéramos...
Me había visto en el video de arriba, un montón de años después, aunque para mí seguía siendo antes de ayer y me dio un ataque de caspa. Me creía una especie de leyenda, un maldito, un underground over the raise, un lonely planet in the very very morning, y resulta que no era más que un autónomo pequeño burgués con gafitas de alambre, que descuidaba su charca en invierno. Perseguía princesas de las letras, Morganas de lejanos castillos, ángeles de otra dimensión y escribía historias que la gente esperaba y aprovechaba en toda su extensión. Ha pasado un montón de tiempo y, personalmente... a veces pienso que he ido a peor. No lo sé. No lo sé muy bien. - Explíqueme eso... - me digo recostándome ligerísimamente en mi sillón- desarrolle eso. - Estoy más gordo. Soy un poco más listo... -digo mientras cierro los ojos y me dejo llevar en el diván de los locos - , pero menos ingenioso, me temo. Y mis amigos... es como si hubiera abierto una puerta, y mi corazón fuera la casa inclinada del parque de atracciones y todos se han ido cayendo, y callando, y me he quedado colgado de la brocha, de la manguera, y todo mi tiempo se gasta en sobrevivir en no soltarme de la manguera... - Lo de la manguera ¿es una imagen sexual? - me pregunto. Debéis entender que mi yo inquisidor es un hombre con mi barbita, pero muy delgadito, que puedo cruzar las piernas y todo... y fumo en pipa y tengo gafas - ¿un símil? - No... qué va. Es literalmente así. Si suelto la manguera... ¡crash! -¿Y tu familia? - Es como si me diera apuro. - ¿...? - Me da vergüenza. Me pasa también con mis amigos. Tengo la sensación, a veces, de haber decepcionado a todo el mundo. Me gustaría muchísimo poder abrazar a todos, ser como el mundo. Y hacerlos reír. - ¿Como el mundo...? - me pregunto como veloz psiquíatra - Sí...global, esférico - Bueno... esférico ya casi es... ja-ja... - Tengo la gracia en el culo Y, como psiquiatra veloz, fracaso, pero diagnostico y la gente no se entera y se lo traga. Como paciente diagnosticado, me vuelvo un poco loco, y la gente no se entera y me da consejos. Y desde la óptica heterosexual, me homosexualizo un poco para ofrecer más opciones, para ser más plural y más del cambio. Y nadie sabe de qué demonios estoy hablando. A veces, ni yo. O eso creo...
Hace un par de meses cambié mi mejor guitarra eléctrica (una tremenda Ibanez MC550 Musician) por esta impresionante Alhambra J3 CW e5. Desde el primer momento me pareció una guitarra colosal. Y lo es. Aparte de sonar mucho,pero mucho...tiene un sonido dulce, redondo y super musical. Como yo no soy un buen guitarrista (y soy aun peor como ingeniero de sonido) nose puede apreciar aquí lo que es oír esta guitarra en la misma habitación en la que está sonando. Pero es un sonido definitivo.
Aquí os dejo una pequeña muestra, con este cover de I don't live in a dream (no vivo en un sueño), de Jackie Greene, una estupenda canción, desde luego. La grabación está hecha en una toma, al aire, con un micro de condensador C1 de Beheringer, a la mesa y de ahí directamente al PC, sin tarjetas adicionales ni nada. La guitarra es la pera.
Todo está fastidiado.
Y sale sol, a duras penas, y a pesar de que me siento gris y nubarronoso, sale el sol, y levanta la niebla, y a ti todo te da igual porque nunca te has asomado a la ventana para saber si me afecta el tiempo, pensando en lo que yo pienso y decía aquella vieja canción: el mismo sol que me calienta a mí, te calienta a ti.
Pero a pesar de eso... no vivo en un sueño. Yo no. Estoy despierto, a tu lado y mirándote alejarte porque, sospecho, no puedes -sencillamente- dejarte llevar. Por eso, porque soy consciente, me dueles tanto. Porque sé en qué línea de tu libreta roja estoy. Porque sé cuántas personas y circunstancias están delante de mí, es tan fastidioso quererte. O vamos, quererte no, desearte a distancia y hacerme ilusiones cuando me haces un poco de caso... y caerme de culo cuando me doy cuenta de que te importo una mierda.
No vivo en las nubes, no vivo en la luna. Sé que tú y yo no tendremos atardeceres mágicos, nublado nuestro entorno por los martinis, lánguidamente tumbados en tu cama o en la mía. Sé que si tengo suerte, un día, tendremos 20 minutos para consumar nuestros deseos, apresuradamente, en una habitación de hotel, o en un coche, o en algún otro escondido rincón. Deseándote, no pretendo mejorar el mundo, no será mejor el mundo si consumamos, ni nadie ajeno a ti o amí se sentirá mejor... pero mi mundo mejoraría ¡y de qué manera...! si me dejaras meter la nariz entre tus pechos y contarle chistes a tu entrepierna, ya sabes, como si tuvieramos tu sexo y yo más confianza que tu alma y la mía. ¡Ha...!
Vivo, en términos relativos, cerca de ti. Si tomamos como referencia la distancia que hay entre Marte y Venus (unos 120 millones de kilómetros, para las almas inquietas... y para las que no son inquietas, también), por aquello de yo de aquí y tú de allí, y la comparamos con la distancia quie nos separa a ti y a mi a diario... estamos pegaditos. Y tenemos whatsApp, fíjate tú. Y Brummel, si quisiéramos, porque en las distancias cortas... bla, bla, bla... Pero a donde voy es a que pisamos la misma tierra, finalmente, así que no creo que seamos tan diferentes (ahora es cuando tú dices eso de ¡ha...!), aunque me gusta pensar que sí: tú me gustas bastante más que yo mismo.
¡Ay, tu retorcido corazón...! ¡cómo disfrutas viéndome seguir, como un perrito olfateador, las migajas del rastro que cuando bailas, dejas para mí! Es un juego cruel y maravilloso, en el que yo me doy un poco de alipori, pues me veo tan patético como mi perrita cuando le voy a dar los recortes de la panceta: sin dignidad, sin autoestima... si he olido tu rastro, tu panceta (porcina imagen), ya sólo quiero morderte. Y tú, sin embargo,me mantienes a raya, guardando las distancias, inventando agravios que justifiquen tu historia, amenazándome con infiernos imposibles a los que, en realidad, tú no quieres ni asomar la nariz. Y así, colgado de las cuerdas de mi guitarra, sabiendo que en el fondo del fondo hay algo en mí que tú no puedes ignorar siempre... te repito, bicho rodante en las colinas palatinas, que te dejas caer ladera abajo y nadie te detine... que no vivo en un sueño.
No.
No vivo en un sueño.
No tengo prisa. No tengo hoja de ruta para este amor indeleble. No hay líneas rojas en mi corazón rampante. No hay diálogo posible ni negociación planteable en este toma y daca que es lo que tú y yo sabemos. Nada de lo que se hable en las noticias nos influye o interesa. Lo que sea que vaya a ser, si es que alguna vez es algo, surgirá, improvisado como un solo de jazz, con destiempos controlados, con desajustes que crean tensión pero no rompen la línea. Con amor por las cosas inventadas. Ojo, digo inventadas,pero reales.
Porque yo no vivo en un sueño. Mi sueño eres tú. Y desde hace muchos años... no me dejas vivir en ti.
Conocía a Xiaoyan en la misma versión en la que casi todo el mundo la conocía: con una bata blanca, no precisamente reluciente, un pañuelo-redecilla verde en la cabeza y zuecos del siglo pasado aliviando sus cansados pies. Era china, y era cocinera, pero no cocinaba en un chino, cocinaba platos de toda la vida, guisaba, en A destiempo, mi bar, aderezando con gracia y practicismo oriental las raciones y menús del día que ofrecíamos a los trabajadores del polígono donde estaba ubicado mi negociete.
En A destiempo siempre tuvimos cocinera gallega. Y no solo en A destiempo, en todos los bares de mi familia (soy hijo y nieto de bareros o baristas, gente de restauración) siempre se confiaron los fogones a mujeres gallegas. Pero cuando Bieita nos dejó, harta de cobrar poco y trabajar mucho, sólo Chao (Xiaoyan era demasiado largo y exótico para gritarlo en el fragor de la batalla de los menús de mediodía) fue capaz de asumir la tarea de las muchas horas, el trabajo poco gratificante y sacar platos y platos y platos y platos sin despeinarse, sin quejarse demasiado (nadie que trabajara en A destiempo podía trabajar sin quejarse) y teniendo satisfecho al personal del bar. En efecto, camareros y ayudantes adoraban a esta mujer menuda pero fuerte como un roble y, en apariencia, inofensiva.
Chao tenía que trabajar en dos turnos, de comida y cena, de 11:00 a 16:00 y de 20:30 a 23:30 de la noche. Pues bien, llegaba a las 9:30 de la mañana y se sentaba para dejarse mimar "como los señoles" y sus compañeros le ponían su café y su tostada con aceite y atún y se enchufaba a su portátil hasta que empezaba a trabajar, siempre unos minutos antes de las 11. Y desde que terminaba su primer turno, a las 16:00, hasta que volvía a entrar en la cocina, hacia las ocho menos cuarto, se sentaba en su mesita, sacaba su labor y tejía primorosos kilómetros de todo tipo de prendas mientras veía en su portátil, chupando wifi como una loca, programas de testimonios uno tras otro. No tejía para su familia, de la que no teníamos noticia, sino para nosotros. Nos regalaba bufandas, guantes, gorritos para el invierno, algún jersey, tapetes... y más que regalarnoslos, paracía aliviada al deshacerse de ellos, como si los hiciera pensando en otro y no se atreviera a dárselos, y nos los atizara con tanta determinación que nadie se atrevía ni siquiera a decirle que era alégico a la lana, como le pasaba a Alecio, el camarero de barra de toda la vida del A destiempo.
Pero en la cocina, simplemente, no tenía rival. Ni sustituta, por supuesto. La cocina española la tenía completamente asumida, era muy, pero muy hábil haciendo pizzas y pasta y tenía su propia técnica de hamburguesas. Ella hacía su mezcla para la carne y hormeaba los panes que ella misma hacía y sus hamburguesas eran el reconstituyente mañanero preferido de los poligoneros que salían de fiesta de los locales de marchuqui bacalaero a las 9 de la mañana.
Cuando cumplimos 10 años en el polígono con A destiempo, organicé en casa una super fiesta con piscina y barbacoa y todos los trabajadores del bar acudieron como un solo hombre, sin mediar violencia y respondiendo con nobleza y claridad de espíritu a mi sutil coacción (o venís o a la calle). Tampoco sé porqué quise hacer ese tipo de celebración. Todos en bañador, como si fuéramos el equipo de rodaje de una peli, y el caso es que, bueno, yo estoy bastante acomplejado de mi peso. Bueno, no exactamente de mi peso, sino de mi volumen y ninguno de los trabajadores de A destiempo me había dado ni el menor indicio de que verle en paños menores fuera agradable.
Éramos un ramillete de seres poco expuestos a la luz solar, cenicientos y poco dados a la vida deportiva y al ejercicio saludable, generalmente cansados y con dolor de pies. Poco atractivos, no demasiado amantes del alterne y con más ganas de estar en casa rascándonos los codos que de ir a una fiesta en bañador con gente poco agraciada.
Y sin embargo... de quien menos esperaba, surgió la magia, un hechizo, un endemoniado encantamiento al que no pude entonces resistirme... y hoy, 15 años después, sigo sin poder hacerlo.
En cuanto vi a Xiaoyan en bañador, el tiempo empezó a contar de nuevo. Estaba harto de verla con el pelo aplastado bajo el pañuelo verde, la grasienta bata de trabajo, los horribles zuecos ennegrecidos por años de exposición a la grasa, el humo y los pasos penosos. Nunca me di cuenta de que bajo la incansable trabajadora, había una mujer de lo más comestible y el caso es que su condición de mujer trabajadora, responsable, inteligente, con sentido práctico, imaginativa y resolutiva... la hacían aún más sexy.
En realidad no era una mujer espectacularmente hermosa la que descubrí junto a la piscina... solo descubrí, o mejor dicho, descubrí, nada menos, que a una mujer.
No una cocinera china.
Una mujer.
Con los ojos rasgados. Con los pechos llenos de futuro. Con la piel llamándome a gritos. Se había hecho la manicura y la pedicura y estaba tan radiantemente femenina que casi me volvió loco. Sonreía, bebía cerveza, emitía opiniones (eran opiniones vulgares, pero entonces, bajo shock, me parecían originales y novedosas) y comía con las manos con voracidad y finura orientales.
¿Cómo pude ser tan ciego? Llevaba tres años trabajando para mí, trabajando conmigo, y hasta ese infausto día no me di cuenta de nada.
Surgió Facebook en la conversación. Al parecer, Chao era muy activa en redes sociales. Como siempre que oigo ese término, un escalofrío recorrió mi médula espinal. Me hice el suevo y subí a mi habitación a cotillear su cuenta. Madre mía... Fotitos con mensaje. Solidaridad de pacotilla: lazos, je suis, foto de perfil con banderita (arco iris, Francia.. lo que fuera), videos de youtubers sin cerebro, pero muy lenguaraces, y algunas opiniones llenas de lugares comunes. Me estaba poniendo enfermo con cada cosa que leía, así que lo dejé y bajé a la fiesta de nuevo.
La busqué. Me uní algrupo donde estaba ella. Me metí en la conversación. Estaba en desacuerdo con prácticamente cada cosa que decía. Todo me parecían tontunas y majaderías, pero no podía dejar de estar a su lado y reclamar su atención. Me daban retortijones de escuchar algunas de sus ideas, pero me hechizaban sus labios,la curva de sus hombros, sus axilas... y no podía separarme de ella. Mi deseo y mi rechazo se alimentaban paralelamente.
Deseaba a esa mujer. Detestaba a esa persona. Y ninguna de las dos eran Chao, mi cocinera china. Eran las mujeres que amo y detesto, todas las que he amado y detestado en mi vida y en mi muerte.
Alcé el vuelo. Sobrevolé la fiesta,como el humo de la barbacoa. Fui el pájaro discriminador que, fingiéndose nube, mira tu escote y caga en los parabrisas de los forasteros. Vi a Xiaoyan
desconcertada por mi nueva naturaleza planeadora, rapaz y drónica, y pensé en lo que podría hacer con esa mujer si la rapto, como a una sabina, para proveerme de un futuro hogareño y carnal.
La arrancaría de este mundo pecador de cerveza, costillas y bailes sensuales. Y la llevaría al hombro, mientras selecciono una nube confortable para hacerle el amor despacio y etéreamente, haciéndola callar, salvo que quisiera halagar mi cuerpo (mientiendo, obviamente) o mi mente, sin asomo de falsedad en este caso.
Por alguna razón, las nubes blancas son cómodas, pero las negras ni siquiera te sujetan, te caes, te lo juro, si te pones de pie en una de esas nubes grises o negras. A la luz de la luna Xiaoyan es hermosa, es lista, es ecológica. Pero al salir el sol su dimensión falsaria queda en evidencia.
No quiero ni imaginarme lo que parezco yo cuando sale el sol. A la luz mortecina de esta luna de enero parezco un saco de sebo. ¿Qué pensarás de mí mañana? Cuando despiertes y sin la pasión del momento, me veas levantarme penosamente, gordo y torpe.
Volaré, pero lejos de ti. Porque para no herirme inventas historias que te eviten ver la realidad: me detestas. Y yo te detesto a ti casi tanto como te deseo. Deseable y detestable, cerca y lejos de mí.
En mi querido sur... o en el lejano oriente.
Lejos, lejos, lejos de mí...
Y tardo en comprarlas. Quiero decir que las compro tarde, ya bien entrada la temporada... y cuando estoy seguro de que ya están como a mí me gustan... entonces pienso en comprarlas. Voy un par de días al super y paso por delante del puesto e las naranjas a granel para que no se me vengan arriba. Luego ya voy y compro dos o tres. Repito esta secuencia dos veces y ya se puede decir que compro naranjas.
Me gusta cuando te pregunto que si te apetece un zumo de naranja y tú me dices que prefieres que te haga el amor, de esa manera que sólo yo lo hago, y yo me pongo a ello, con el cuchillo y el exprimidor de palanca, pensando que te estoy haciendo un zumo y zasca, resulta que te estoy echando un quiqui.
¡Hmm...! dices tú, ¡qué bien lo haces! y yo no sé si te refieres al zumo o al meneíllo, pero me atribuyo ambos sin problemas, soy bueno en eso, y tu bebes y yo te voy a contar una anécdota interesante sobre un estudio que están haciendo sobre lo blanco de la naranja, que mi madre decía que tenía vitaminas y veo, de repente, que te quedaste dormida, como aquella vez que, mirándote, te dije:
- Me va a dar un ataque - ¿Ah, sí... de qué?
- De mi síndrome...
- ¿...? - con una sonrisa
- Ya sabes, de ver tanta belleza, en plan Muerte en Venecia, ya sabes... - No, no sé...
- Es que no me acuerdo de cómo se llamaba el síndrome... pero hay una historia que uno se muere de ver tanta belleza... es super chulo - Vaya... no sé de qué me hablas
- Pues... yo qué sé... te estoy diciendo, de una manera original y chula que eres muy guapa...
- ¿En serio...? - y casi te mueres de la risa.
Fracasé cuando traté de cortejarte - ¿Me estabas cortejando...? ... por favor, te lo he dicho mil veces, no te entrometas en mis posts. Es de mal gusto. No deberías hacerlo, este es mi espacio, no el tuyo, no el nuestro.
Te decía que trataba de flirtear contigo y bueno, reconozco que no me salió muy bien. Incluso traté
de de arreglarlo con un guasap, pero como sucede cuando intentas arreglar esas cosas, acabas cagándola.
El guasap era pedantorro como poco, y casi en seguida me arrepentí de haberlo enviado. Bueno... miento, me arrepentí al día siguiente, cuando abrí el guasap para ver si me habías contestado. No lo habías hecho.
- ¿Y qué quieres que conteste a eso?
¡Que no te inmiscuyas! No habías contestado, y tampoco me extrañó en cuanto releí la cosa. Era muy pedante.
- Pero me dabas una información curiosa, eso está bien... pero no sabía qué contestar... una chica bien educada no contesta a estas cosas... pero no me molestaste...
¿Ah, no...? vaya sorpresa. A veces me sorprendes agradablemente...
- ... sólo me aburriste.
Serás cabrona... ¡que no te metas en mis posts! Bueno, el caso es que un cumplido explicado un día después no tiene gracia. Ahí es donde iba, y quizá ahí es donde entran los zumos y las naranjas. Del mismo modo que un zumo exprimido el día antes pierde todas las vitaminas, eso dicen, y un piropo explicado 24 horas después pierde todo su poder escurrebragas.
Y así me va... yo te persigo. y tú... naranjas.
Y no sé si quiero tu zumo o tu piel. Para un bizcocho o para beberte. Y no sé porqué me tienes así de pillado. Y no sé si algún día, alguna vez, voy a dejar de desear morderte y llenarme de tu jugo y acabar con todo de una vez.
Y quería contar al principio,antes de que te metieras en mi post, como siempre, que tardé en traerme la primera naranja al trabajo. Que tardé mucho en pelarla y quitarle todo lo blanco. Y que al ir a comerla, se me cayó al suelo.
Y que a veces todo es un asco. Hasta las naranjas.
Sin comerlo ni beberlo, porque estaba más tieso que la mojama, Hassan Hossué se había convertido en el personaje prescindible de todo drama. Y de toda comedia. Pensaba, para sí mismo, que esa circunstancia era una suerte de denigración, de negación de su calidad artística e interpretativa y realmente no era así. Su prescindibilidad era, en realidad, su mejor seguro laboral, lo más parecido a ser imprescindible. Toda compañía, toda obra, todo montajillo necesita un don nadie, alguien de quien se pueda prescindir, precisamente, para poder prescindir de alguien.
No se me amontonen. Al fondo hay sitio.
Ciertamente no era un prodigio de versatilidad. Como actor, era más bien mediocre, y además no era cuidadoso con su físico, su herramienta de trabajo, y solía aparecer en los castings con exceso de peso, un desaliño indumetario notable y una actitud nada constructiva que no solía jugar, lógicamente, a su favor.
Además, algo en su actitud hacía sentirse incómodo a los directores de casting. Era como si su sola presencia, con su actitud rogatoria, imputase su mala fortuna a su interlocutor, sobre todo si éste se encontraba en situación de ofrecerle trabajo.
En esta ocasión, el casting era para el reparto de un Belén Laico Viviente patrocinado por la caja de ahorros de un pueblecito de las estribaciones de la sierra de Madrid. Un ayuntamiento de esos del cambio, no sé si me explico.
Para el asunto se buscaba transmitir una imagen de progresismo, multiculturalidad, igualdad de género, pacifismo, ecología (¡sostenibilidad, cojones!, según dijo el irritado concejal del ramo) y buen rollo en general, sobre todo entre los miembros del ayuntamiento y sus paniaguados.
Algunas voces trataron de explicar a la joven, inexperta y tozuda alcaldesa, que el portal de Belén era, esencialmente, un hecho clave, casi fundacional, acaso metafóricamente, del cristianismo, pero ella, revestida de buenas intenciones, progresismo e impermeabilidad absoluta hacia todo lo que no fueran nuevas ideas de nueva política, siguió adelante con su disparatada idea del Portal Laico de Belén, introduciendo sutiles pero reveladores cambios en la historia.
Los padres, por citar el que quizá fuera el segundo cambio más espectacular, eran Mario y Hassan, una alegre pareja gay árabe cuyo bebé era, obviamente, adoptado, y había dado en llamarse Maria Jesús. Y era bastante negra. Y bastante mayor: la YennyLuz, hija de Isaías y la Reme, una tardoadolescente obesa y negra, era la escogida para hacer de la Marijésu, y por mucha buena voluntad que uno pusiera, era difícil que inspirara la ternura del niño Jesús, aunque atesoraba otras ventajas.
El casting da para una historia en sí mismo, pero permitidme una elipsis radical y referirme a la historia del infeliz y hierático Hassan Hossué en la Navidad aciaga de 2015. 2015... y cualquiera diría que ya ha pasado un siglo.
Hassan fue contratado debido a que era el único con pinta arabesca porque Evelio, el secretario interino del ayuntamiento tenía notables virtudes, pero no sabía demasiado de interpretación ni de teatro. No obstante, con Hassan acertó de pleno, si bien no cabe apuntárselo en su haber. Es sólo que fue el primer hombre de aspecto ligeramente árabe que se presentó al casting. Y, como buen funcionario, Evelio era infalible en el cálculo de la rentabilidad/tiempo invertido en cualquier labor, especialmente las que le resultaban desagradables. Y seleccionar a los "intérpretes" del Belén Laico Viviente no era de las labores favoritas de Evelio. Pero con Hassan, dio en el clavo, porque la especialidad de Hassan era el posado rígido para escenas fotografiadas. Tenía una especial habilidad para, posando rígido como una piedra, que la imagen resultante pareciera un prodigio de dinamismo y naturalidad.
Hassan volvió a casa con la buena nueva: "tengo trabajo" pero a su mujer, Regina, le puso morritos.
- O sea, por resumir... -dijo con su tono más agrio cuando Hassan le explicó las generales de su trabajo- que no vas a venir a cenar a casa de mi madre en Nochebuena
Hassan estaba triste. Derpimido, casi. O sea, que cuando llega al fin su primera oportunidad en mucho tiempo de "volver a los escenarios" como, asaz optimísticamente lo veía él, ella sólo veía que no iba a ir a casa de su madre. Ingrata mujer. ¿Es eso apoyo?
- No me líes, muchachito - dijo Regina bajando a la arena de los crudos hechos- ¿Vas a venir... o no?
- No
-Pûes no me cuentes cuentos. ¡Capullo! - remató.Y salió de la habitación en un mutis efectista y cruel.
Hassan estaba dolido. Mancillado su honor, herido su orgullo y además tenía hambre. Y cuando Regina se enfadaba no le daba de cenar. Y él, que se consideraba a sí mismo un inútil total en la cocina, incluso presumía de ello, lo pasaba fatal porque, aunque a él se le escapara este aspecto de la cuestión, además de un inútil en la cocina, era un calzonazos de tomo y lomo.
A la mañana siguiente, Hassan se lanzó a la calle sin desayunar, y sin que su querida Regina le besara, así que tenía un agujero del mismo tamaño y profundidad en el estómago y el corazón. Hassan fue al ayuntamiento donde le esperaba, tanto a él como al resto del reparto del LaicoBelén y un sastre que les tomaría medidas para confeccionar el vestuario de la farsa navideña.
El modisto, clarísimamente, además de tomarle las medidas para el vestuario, le sonrió y le regaló una participación de la lotería de navidad (Hassan hubiera preferido un bocadillo, pero se echó al bolsillo el décimo), le palpó repetida y explícitamente, sus partes. Hassan le miró con ojos asombrados pero compalacido por el tratamiento inesperado
-Estoy tomando medidas... - le dijo el trabajador de la moda (y el amor casual) con una sonrisa extraña - ¿te apetece algo?
- Si me das algo de comer... - Hassan estaba hambriento y desonocía las sutilezas del doble lenguaje,del doble sentido. No es que no conociera la lengua (Hassan era nacido en Lavapiés, aunque de padres maeroquíes), es que era bastante bobo y era incapaz de discernir qué cosas podían decirse y cuáles otras no dependiendo del contexto. Por ejemplo, era completamente inconsciente de que acababa de incitar al modisto tocón a practicarle una felación, quediosmeperdone por hablar de estos temas en un cuento navideño.
-¿Quieres que te dé biberón....?- dijo malévolo el costurero feliz
- Preferiría un par de huevos,la verdad... - respondió estúpidamente - anoche no me dieron nada...
- Y un hombretón... un morenazo como tú - el tipo se emocionaba por momentos- necesita su ración diaria, ¿no? Que te den lo tuyo, vamos...
-Si... ¡jaja...! - rióse estúpidamente Hassan- si no me dan lo mío... no soy persona - dijo Hassan divertido,pensando en un plato con dos grasientos huevos fritos y su poquito de bacon. El sastre seguía sobándole descaradamente, pero parecía un hombre cariñoso y buena persona, y, lo más importante, parecía capaz de invitarle a un desayuno principesco, así que le dejó obrar. Craso error: el sastre se estaba poniendo tan nervioso que perdió un poco el pie y al intentar agarrarse para no caer clavó las afiladas tijeras en la cara interna del muslo de Hassan que empezó a chorrear sangre como un torero cogido en tarde de gloria.
El despacho del concejal de festejos, cultura y juventud era un cubículo preparado para echarse unos porrillos y tumbarse la mona después,m pero no para atender a un aspirante a actor hierático que sangra como si un Miura le hubiese cogido por arrimarse demasiado. El confundido sastre apenas balbuceaba una petición de ayuda, mas cuando traspasó el umbral de la puerta empapado en la sangre mora de Hassan, Virtudes, la secretaria, reprimió un grito y llamó enseguida a seguridad y a una ambulancia. En mi pueblo no hay ambulancia, pero Virtudes llamó de todos modos.
Hassan, trasladado en volandas por el Cirilo y el Pérdidas (la pareja de municipales que estaba de guardia en ese momento) ingresó bastante disminuido de vitalidad en el puesto de la Cruz Roja del pueblo donde no parecía haber nadie. El Cirilo (llamado así porque sus padres eran unos cabrones) y el Pérdidas (llamado así porque heredó el mote de su abuelo, pastor ovejero, que volvía de su pastoreo siempre indicando a quien quisiera escucharlo, las pérdidas de la jornada: "hoy tuvimos dos pérdidas") entraron dando voces en el ambulatorio y nerviosos porque el muslo de Hassan era un incansabe surtidor sanguinoláceo
- ¡Azzidentao, azziidentao...! - iban gritando de forma melancólica, pues no parecía haber nadie dispuesto a socorrer al azzidentao.Como quiera que nadie les indicó nada fueron siguiendo las indicaciones de "URGENCIAS" y entraron en la sala de curas como una exhalación.
La escena que encontraron una vez dentro, fue realmente sorprendente. Allí estaba el Doctor Simplex Simplicissimus, examinando a fondo a Regina, la mujer de Hassan, que se encontraba, abierta de piernas en la camilla gineclógica. "Examinando" es un eufemismo. En el lenguaje del sastre que atijeró en el muslo a Hassan,
le estaba dando lo suyo. Y Regina parecía complacida, ciertamente.
Hassan perdió el conocimiento. Se desmayó, se le cerraron los ojos, pero no perdió la consciencia. O quizá fuera un sueño. Porque lo que veía no tenía demasiado sentido. En su sueño, o lo que fuera, se acercaba, con bata de médico, pero con su hieratismo habitual, a la vagina de su mujer, expuesta en la camilla ginecológica, abierta como una rosa (abierta) con un batidor de huevos en la mano y una espatulilla de tocólogo, de la marca Finney's. Al acercarse al potorrillo, este se abría, como en un videoclip y entraba en una especie de cueva marina en la que, al fondo, había una estancia iluminada. En ella, cuando la alcanzó, se encontraba la madre de su mujer presidiendo una mesa, supuestamente navideña, en la que,¡albricias! en lugar del esperado cochinillo (que cocinaban siempre para joderle) estaba él mismo, asado y con bastante buena pinta (le habían depilado y rociado con una mezcla de manteca, ajo, perejil y brandy antes de meterlo al horno), con la preceptiva manzana en la boca. A los lados de la mesa, estaba el doctor SS (Simplex Simplicissimus,no lo vuelvo a repetir) y sentado sobre él,a horcajadas, su mujer. Al otro lado, con instrumentos de trinchar, estaba el sastre que le atijeró, y se disponía a trincharle el pene (erecto) al grito de "la salchicha para mí". Juanto a él, visiblemente molesta por la evidencia homosexual del modisto, la alcaldesa, en actitud oratoria,se disponía a tomar media docena de hostias, Laicas Formas, Obleas Democráticas, con ketchup y CocaCola Zero y repetía un matra progre ininteligible antes de comulgar con ruedas de cretino. La YeniLuz esperaba con un babero a que le sirvieran su ración de Hassán al hormo y Evelio, el funcionario encargado del casting del Belen Laico, se hurgaba la nariz con eficacia funcionarial.
Entonces, cuando ya se veía devorado Hassan, entró en la estancia el calvo de la lotería, ataviado con su capa, o lo que fuera y de un capotazo magistral, trasladó a Hassan a la administración de Lotería de doña Manolita, donde pudo mangar con soltura y lucidez, un décimo cuyo número os diré, si me acuerdo, al final del cuento. Guardó el décimo en el bolsillo y se disponía a eructar, justo en el momento en que alguien le pinchó en el muslo y despertó.
Le estaban curando. El doctor SS parecía más suelto en las artes curatorias que en las amatorias, pero a veces cometía errores de juicio. No estrictamente médicos, eso es verdad, pero errores al fin. Como entonces. Juzgó que no era necesaria la anestesia local para coser a Hassan porque, caramba, el tío estaba grogui, frito del todo, y se equivocó. Hassan despertó y al verse a sí mismo en la camilla ginecológica (otra idea brillante de doc) abierto de piernas y al doctor SS acercándose a él como si sus partes bajas fueran un cochinillo para trinchar, reaccion´mal, o bien, quién se atreve a juzgarle, y cerró las dos rodillas sobre las sienes de SS y éste cayó, noqueado, sobre el paquete de Hassan, aplastándole con el prominente mentón, el testículo derecho y produciéndole al morito un dolor de grado 12 en la escala de Grovsson-Marinner (actualizada).
Al grito de Hassan se unió la histeria de Regina, que por allí seguía,más preocupada por la pérdida de sentido de doc que de la de su marido, al que no solo despreciaba en casa y gustaba de hacerlo en sociedad. Hassan se miró la herida,casi totalmente cosida y se hizo una faena de apaño (un nudo doble Windsor,inexplicablemente),se puso los pantalones se palpó los doloridos cojones y se marchó de aquel ingrato y poco saludable lugar.
Se fue a casa. Miró en la nevera y no vio gran cosa. Comió algo de fruta y jugó con el gato.hasta que se dio cuenta de que, coño, ellos no tenían gato y que ese bicho era bastante feúcho. Se hizo una manolilla bastante ceremoniosa (luz de velas frente al espejo del baño y aceites y tal) y esperó a su antaño querida Regina viendo Los Soprano. Su plan era cantarle las 40. Pero... se quedó dormido escuchando una preciosa canción en la que decía que ella quería nuevos hombros sobre los que llorar, nuevos asientos traseros que probar, que quiere ver a otros chicos... la canción,a veces parece del Dylan de los mejores tiempos, pero Hassan no se deja engañar y zzzzzzzzz...
¿No es bonita?
-.-
El día 26 de diciembre, a las 12 de la mañana, Hassan está con YennyLuz y los demás componentes del Belén Laico Viviente en la plaza del Ayuntamiento, viviendo la experiencia de ser otros en un drama que es un verdadero drama por el poquísimo interés que está despertando, después del primer día de curiosidad, entre los vecinos del pueblo. A la gente le importa un pimiento la vida de estos fantoches porque, entre otras cosas, nopasa nada. En un Belén normal, nace un crío, tiene frío y la mula y el buey le calientan y luego esta la parte epopéyica del viaje de los Magos de Oriente que se acercan y le dan regalos al bebé. Pero en este, en fin, la YennyLuz tiene -literalmente- pelos en los sobacos, dos tetas de 10 kilos cada una y un culo como la sala de plenos del ayuntamiento. La virgen María, bueno, es milagroso verla, porque ha parido un niño, sin dolor, e inmaculadamente, y del joven Mario solo se sabe que es gay, pero no tiene ninguna historia milagrosa su recuperación, porque de un proceso de adopción... en fin, uno no tiene que coserse luego. Y nadie pensó en una historia lo suficientemente socialdemócrata como para sustituir a la de los Reyes Magos. Podían ser unos mensajeros,o unos funcionarios de Correos... pero no es lo mismo, ¿eh?
Regina intentó reconducir las cosas,tratando de quitar importancia a su infidelidad y cuando Hassan no tragó le insultó y le golpeó y le echó de casa.
Y Hassan Josué, en el papel del carpintero gay padre de la negra Maria Jesús, magistralmente interpretada porYennyLuz, a quien se le había caído su matrimonio y su cutre representación,pues la falta del interés del pueblo hizo reconsiderar a la entusiasta alcaldesa su idea de prolongar durante todo el mes la representación... Hassan Josué, sonreía. ¿Y eso?
Porque,en sus ropas de trabajo,doblado 4 veces, tenía un décimo premiado de la Lotería. Y en contra de la idea publicitaria de que lo mejor es compartirlo... Hassan se estaba deseando a sí mismo una feliz Navidad y un muy próspero año nuevo.
Conocía, de toda la vida, a Vincent LaPlanne y su familia.
Los LaPlanne vivían en el número 11 de la calle Serafín de Sofá, la calle donde
vivíamos nosotros también, en el número 13. Compartíamos patio interior y
nuestros portales daban al mismo jardín. Vinnie era dos años menor que yo, pero
fuimos amigos casi desde siempre, porque era como si entre él y yo esas cosas
no contaran. Vinnie estaba enfermo, o eso decía él, tenía algo en los pulmones,
enfisema atópico, le decían, y por lo visto era muy raro. Un día, al
levantarme, ¡zas! La palmaré, me decía y yo pensaba que era idiota. Pero solo
cuando hablaba de eso. Vinnie no jugaba al fútbol, ni al baloncesto ni a polis
y cacos ni a nada en lo que hubiera que correr y cosas de esas… pero a mí me
encantaba estar con él. No era raro ni nada. Sólo… un hombre tranquilo-
Mucho antes de que todo fuera distinto, las cosas eran de
otra manera. Vinnie era el pequeño de 5 hermanos, los 4 mayores mucho mayores
que él. Él era el clásico descuido; el
que nació cuando sus padres ya ni podían imaginar que podían quedarse
embarazados, y sus padres eran, comparados con los padres de los demás, muy mayores.
Su hermano Juan era ya entonces un señor, no parecía un hermano, sino un tío, o
un compañero de trabajo de tu padre o el practicante, algo así, no un hermano. Era
medio calvo, cosa que me causaba un enorme respeto, llevaba gafas de alambre y
cogía el 27 todos los días con muchísima soltura. No era demasiado simpático,
aunque a mí me caía bien, y supongo que era un buen tipo. Las tres hermanas
mayores de Vinnie eran… ¡ay! otra historia. No podían estar más buenas, entre
otras cosas.
Elena, María y Olga. Elena era la más guapa, oficialmente.
Era alta, delgada y realmente guapa, distinguida, con una melena castaña como
de buena familia; tenía novio, claro, José Demetrio, conocido como Jodé, venezolano,
un tío con megapasta, y se iban a esquiar y a montar a caballo y bueno, hacían
cosas de ricos como bucear y comer langosta y pan bimbo. María era mi favorita.
Estaba muy rellenita, por eso tenía
menos éxito, pero era super, super guapa, con el pelo rubio oscuro y los ojos
verdes oscuros y profundos, muy simpática y para mí era lo más hermoso que
había visto en la Tierra. Olga era como una traca, siempre a punto de estallar,
siempre estallando. Llevaba el pelo negro y cortito, a lo chico, decían entonces, tenía un novio, el Jimmy, que era un
poco macarra y muy simpático, motero y con coleta y siempre estaba peleándose
con su hermana mayory con sus padres. A
mí me encantaban las tres, pero Elena, conmigo, era como estiradilla, como si
no le importara nada (¿y por qué tendría yo que importar a una chica como
ella?). Olga me toleraba, salvo cuando nos poníamos demasiado pegajosos con
Jimmy, su novio, entonces le daba una patada a Vinnie y éste me hacía ver que
estábamos sobrando.
Pero María… María era muy cariñosa con Vinnie, quien no
toleraba sus besos y achuchones, y cuando venía a achuchar a Vinnie, yo no
entendía cómo a mi amigo no le apetecía que su hermana le estrechara contra sus
pechos y le llenara de besos y yo ponía cara y actitud de “házmelo a mí”, por
ver si podía ser yo el centro de sus expansiones cariñosas. Pero como cuando me
cogía yo me agarraba a ella con desesperación de huérfano, aprendió a guardar las
distancias conmigo por regla general, aunque a veces… a veces ella me besaba y
abrazaba. Hasta que con 13 años y una pelusilla ingrata sobre mi labio
superior, dejó de dedicarme muestras físicas de cariño. Vamos, que me tenía calado.
Recuerdo que fui a la boda de Elena. Me invitaron para no
tener que aguantar a Vinnie diciendo “me aburro” cada 15 minutos. Vinnie podía
ser realmente pesado con los mayores, lo recuerdo muy
bien.Ver a María probándose un vesrtido azul... fue el punto álgido de aquellos años.
La boda fue un auténtico bodorrio. Aquello era fantástico.
Estuvimos todo el día de juerga, en algún lugar con mucho césped, mucho mantel
blanco, mucha comida y mucha bebida. No recuerdo la ceremonia, igual nos la
ahorraron a Vinnie y a mí, un gesto muy considerado, desde luego, pero no
recuerdo ver todo aquello de juras amarla y todo ese rollo. Odio las bodas
desde que tengo memoria. Y llevo muy mal que la gente aplauda cuando los novios
se besan. Como cuando pasa un féretro con un cadáver. ¿Cómo se os ocurre
aplaudir? Uno debe ser un poco más comedido en eso de hacer ruido en público.
No recuerdo la ceremonia, pero sí todo lo demás. Jimmy nos
dio a probar nuestros primeros pitillos. Era un tío guay. Y Olga nos explicó
cómo tragar el humo. Yo no quería fumar, quería tarta de chocolate, que estaba buenísima,
y estar con María que estaba igual o más buena que la tarta de chocolate, pero
Olga y Jimmy sólo hacían acopio de champán y cigarrillos y Olga y Jimmy eran
los únicos que parecían soportarnos, así que probamos el champán y los Winston
y nos cogimos un mareo tremendo.
Vinnie tenía primos y tíos muy simpáticos y los familiares
de Jodé eran muy cantarines y algunas señoras venezolanas tenían las tetas
enormes y no las escondían… las llevaban a la vista, como si les gustara que yo
las mirara, con sus vestidos rojos y naranjas y amarillos muy vistosos, como si
las expusieran, como si estuvieran sopesándolas constantemente. Yo me quedaba
embobado mirando aquellas tetas gigantes en vestidos de colores. Ojalá María se
pusiera un vestido de esos y bailara para mí.
Había un señor, muy viejo y elegante, que tenía monóculo y
todo, que nos daba 25 pesetas si le llevábamos zapatos de mujer y le decíamos
de quién eran. El rollo era que había enormes mesas redondas repartidas por el
césped, con radiantes manteles blancos hasta el suelo y el viejo, que se
llamaba Juez, y que era muy listo, nos decía que nos metiéramos debajo de las
mesas y que localizáramos a las mujeres que se quitaban los zapatos
disimulando, bajo el mantel, les robáramos los zapatos y se los lleváramos a
él, mostrándole a la mujer a quien habíamos descalzado. Él nos daba 25 pesetas
y no sé qué hacía con tanto zapato, aunque supongo que los devolvería.
Volvimos a Madrid por la noche, tarde, en el coche de
Pierre, un Volvo gris oscuro de cuando nadie tenía Volvos en España, una
exótica rareza; Pierre era canadiense, y era una especie de tío de Vinnie, un
vividor muy simpático, que siempre contaba unas historias cojonudas, y que hizo
todo el camino sentándonos a Vinnie y a mí en sus rodillas y permitiéndonos
conducir (tomar el volante) alternativamente. Me lo pasé bomba. Ahora es
inimaginable, claro, pero entonces las cosas eran así.
Me quedé a dormir en casa de Vinnie y sólo esperaba que
llegara el día siguiente, a ver si veía a María en camisón, que era uno de mis
sueños recurrentes. María en camisón, con la melena rubia despeinada,
haciéndome el desayuno, dándome galletas y besos. María dándome un Colacao y yo
como un idiota en pijama. María mirando la cartelera en el ABC y yo deseando
que buscara una peli divertida para llevarnos a Vinnie y a mí.
Pero me desperté yo solo. Vinnie tenía una cama grande, así
que dormíamos juntos cuando me quedaba en su casa. Como parecía super dormido,
me tiré mi pedo mañanero al desprecio, levantando ambas piernas y agarrándome
las rodillas para conferir una mayor potencia de salida al gas. Sonó a telón
rasgado en el fin del mundo, y me extrañó no recibir una colleja de Vinnie.
Me quedé mirando al techo. Ojalá entrara María con un
Colacao, desnuda y con galletas. Incluso Olga, que había estado simpatiquísima
en la boda con un poquito más de champán y Winstons, para no perder la
costumbre. Le di un codazo a Vinnie para que despertara. Ni caso, Una patada.
Nada. Ni mu. El tío duerme como un pedrusco. Me acordé de que, por la noche,
sudaba tanto, hacía tanto ruido (una especie de ronquido dulce y agudo) y
despedía tanto calor que casi me fui de la cama. Y algo me extrañó. El caso es
que ahora no sonaba nada. Ni mu. Ni despedía nada de calor. Rodé sobre mí mismo
y fui a despertarle con un agradable y cariñoso alarido al oído, un hipogrito
huracanado (como Maguila el gorila) pero me di repelús. Estaba frío. Y no
respiraba.
Me levanté.
María estaba encantadoramente acurrucada en un sofá, con el
café en las manos y un adorable pijama de tirantes y cebras, y un pantaloncito
corto de color azul.
-¡Hola Wolfillo…! ¿Qué te pasa? – me dijo
preocupada – Vaya cara que tienes…
-Hola María… es Vinnie. Está frío. Y callado…
María demudó su hermosísimo rostro y pasó a mi lado como una
exhalación, dejando tras de sí un rastro de miedo y hogareño deseo que aún hoy
pervive en mí. No volví a hablar con María jamás. Todo el mundo se volvió loco
y yo… en fin, sencillamente me fui de allí, de aquella casa tan conocida para
mí y ahora tan extraña.
Vinnie había muerto esa noche. Habiéndose divertido el día
anterior, fumando Winstons de Jimmy, bebiendo champanes de Olga y conduciendo
el Volvo del beodo Pierre. Oliendo mis pedos antes de dormir (¿quizá la
verdadera causa de su muerte…?) y contándome historias malísimas. Nunca volví a
ver ni a hablar a nadie de su familia, excepto a Olga, que vino a verme al día
siguiente, con Jimmy, y me llevaron a tomar un Helado a Oliveri (pequeña
decepción, le había tomado gusto al champán) y no me dieron de fumar, cosa que
no me importó. Fueron muy cariñosos conmigo.
El otro día María vino a la gasolinera donde trabajo. Iba
con su marido, supongo, y sus nietos, me da la sensación. Subían a la nieve en
plan familia feliz. Tanto ella como su marido eran dos abueletes marchosos,
embutidos en modernos chandalillos de licra y sus nietos eran dos odiosos niños
mocosos, gritones y caprichosos. Compraron Aquarius, Donuts y M&M’s y ella
no me reconoció, estoy seguro. Pero yo a ella sí y me hizo gracia verla. Seguía
siendo preciosa. Mayor. Pero guapísima, como siempre había sido.
Y al verla, como un miedo extraño y regurgitado, me ha
venido a la cabeza la voz gritona de Vinnie, el olor dulce de su sudor al
dormir, su extraña forma de mirarte cuando le explicabas algo y su siempre
cariñoso sentido del humor. Vinnie, un nombre sin historia, un hombre de
leyenda
Ya me ves. Lo intento.
Escúchame, si tienes un ratito, con orejas amables y abierta la mente.
Esto es lo que me sale cuando intento pasar página.
Hay cosas que uno no puede jamás olvidar. Como escribir. Como hacer música. Como tú. Y aunque intente pasar página, siempre acabo volviendo con cualquier excusa.
Tolérame.
Y yo te seguiré escribiendo canciones, por mucho que ahora no tengamos más vida que sobrevivir y apenas podemos cruzarnos un rato.
Escucha el tema. Escúchame cantarte. Desecha los lugares comunes y haz que te llegue al alma todo lo demás. La voz desgarrada, los lamentos de guitarra. El empuje del bajo. Y el ritmo que te haga mover los pies y bailar como sólo tú sabes hacerlo.
Dos gatos. Eso es todo.
Espero que te guste.
Ayer cumplí 51 años. Y el jueves, 5 de noviembre, empieza para mí (para mi familia, en realidad) una nueva vida.
Como muchos de los que me conocéis ya sabéis, hace 5 años que entré a trabajar en una gasolinera de CEPSA. El plan era, sobre todo, accedera una nómina salvadora, pues llevaba muchos años siendo autónomo, trabajando por mi cuenta, y el último año había sido devastador. Sin trabajo, sin ingresos, sin proyectos...
Gracias a mi amigo Javier, que trabaja en CEPSA de toda la vida, entré a trabajar en una gasolinera. El plan era, al principio, aguantar unos meses, acceder al programa de formación de jefes de estación y pasar a ser jefe de estación... en fin, lo típico.
El caso es que tuve la mala suerte de topar con una persona realmente odiosa que hizo que mi trabajo se convirtiera en una tortura que llegó hasta los tribunales. Gané, por cierto, pero fue una victoria pírrica. Aunque me dieran la razón... mi autoestima estaba destrozada por completo y estos cinco años además, me han arrasado física y mentalmente. No soy ni sombra de lo que era...
-.-
Este verano, en el mes de agosto, la cosa cambió, de repente. El encargado de la estación donde trabajo (en Navacerrada) me comunicó que la estación iba a pasar a ser un COFO y si no me interesaría dirigirlo.
COFO es el acrónimo de Company Owned, Family Operated (Propiedad de la Compañía,Gestionado por una familia) que es un modelo de negocio que se está imponiendo en CEPSA, básicamente porque para una gran compañía es un chollo.
En un COFO, el cofista (yo, en este caso) actúa como gestor de la Estación de Servicio, agente comercial de la corporación y ha de encargarse de los gastos de personal. Así que el asunto está en echar muchas horas dentro de la unidad familiar (Susana está en esta historia a medias y Borja apoyará los fines de semana), y externalizar lo menos posible,para que los ingresos vayan todos al mismo cesto. Mejora la situación financiera... a costa de cierto sacrificio en la calidad de vida, vista ésta como tiempo libre ajeno al trabajo.
Cuando me lo propusieron,lo consulté con Susana y decidimos meternos en ello, no sin darle muchas vueltas, por supuesto y sopesando muchos pros y contras. Por un lado... aunque gran parte de mi trabajo sea exactamente el mismo que hago hasta ahora, yo dejaré de trabajar como si fuera a trabajos forzados, aunque trabajaré más. Por otro lado... aunque no me siento integrado en las filas de los tan en boga emprendedores, reconozco un cierto espíritu empresarial en mi cabeza últimamente.
Voy a trabajar para mí. Vamos a trabajar para nosotros. Abandono la comodidad de la nómina y el contrato indefinido a tiempo completo (aunque mal pagado) y voy a un modelo de ganas tanto como vendes y trabajas. Da un poco de vértigo.
Pero es como las primeras lluvias de otoño cuando paseaspor el campo: vivificante.