viernes, noviembre 15, 2013

Prontuario de alegrías y tristezas del príncipe Joduar (El empiece, como si dijéramos)

0. DE CÓMO LO ENCONTRÉ Y SUCUMBÍ

Muerto el príncipe, y de eso hace tres laaargos años, sin herederos legales o bastardillos, y siendo su corte inexistente, pues el reino en el que debía reinar, por razón de sangre y tradición, fue disuelto poco después de nacer él, se planteó el asunto de qué hacer con las cosas de palacio.

Como quiera que "palacio" es un enlace con el pasado, un eufemismo tras el que se medio oculta el pisito miserable que los nostálgicos pagan a Joduar, nadie hizo nada y la exigua corte se disolvió como un azucarillo aliviado en una relajante cup de black coffee in bed. Sus declaraciones al sentirse al fin libres del principito -"hicimos lo que pudimos"- sonaban a suspiros liberadores, como el silbido de la olla a presión cuando la apartas del fuego.

Y es que un ex-príncipe es, fundamentalmente, alguien a quien, como a algunos cónyuges, le cuesta asumir su ex-idad. Si uno crece comiendo mortadela, se acostumbra pronto al jamón, pero es difícil hacer el camino vicevérsico o, más que difícil, es desagradable y Joduar, al parecer, según la opinión de casi todo el mundo, no supo hacer ese camino cuesta abajo con un  mínimo de galanura.

Yo no sé qué decir al respecto. Sólo soy Camilo, el que limpia las casas de los muertos sin herederos, un trabajador no cualificado de la inmobiliaria, así que no soy una persona cultivada, ni experta, ni estudiada ni nada por el estilo. Soy un hombre supuestamente con pocos escrúpulos que hace un trabajo dicen que desagradable, pero a mí no me lo parece tanto. La expresión "casas de muerto", que yo uso sin anestesia, porque me gusta ver el efecto que causa en mis interlocutores, evoca en la mente viejos abandonados que llevan un trimestre pudriéndose o sirviendo de comida al gato. Lo cierto es que la mayoría de las veces, en mi caso, al menos, son casas de gente que salió con idea de volver un rato después, y si algo se pudre es un tupper con sobras de macarrones con chorizo en la nevera.

Si nadie reclama las pertenencias del finado (lenguaje técnico, lo uso con falsa soltura para darme importancia), hago inventario, empaqueto e identifico lo susceptible de ser reutilizado (otro eufemismo, se vende en eBay), y me deshago de lo que estimo oportuno. Es un sobreentendido laboral, latente en mi contrato, pero jamás patente por escrito, que yo, en primer lugar, y mi equipo, a continuación, nos quedemos lo que queramos, siempre, insisto, que nadie lo reclame. Finalmente, nos convertimos en brigada de reparación, desinfección y limpieza, y la vivienda queda lista para una nueva... ¿víctima?

El piso del príncipe Joduar no sería una excepción de esta decepcionante
rutina, si no fuera por el cuadernito que encontré en su mesita de noche. Un cuadernito Centauro, tamaño A7, de tapa semidura azul, muy vulgar, nada principesco, muy sencillo, nada ostentoso que con el fantástico título de "Pequeño Prontuario de Alegrías y Tristezas" me llamaba tantísimo como si emitiera luces y sirenas de emergencia.

Lo tomé con cuidado, como si quemara, o estuviera pringado de petróleo y lo examiné por fuera, antes de atreverme a abrirlo, aunque al verme, accidentalmente, reflejado en el espejo, la imagen que éste me devolvía era, seamos sinceros y gráficos, la de un chimpancé examinando un iPod. Desolado por esta imagen, preguntándome si era un reflejo de mi autoestima, abrí el cuadernillo, pero sin mirar aún dentro, y pasé con rapidez sus hojas frente a mi rostro, como abanicándome antes de empezar.

Me senté en la cama, con la sensación de que antes de seguir con todo eso tenía que leer esa rareza manuscrita, con letra firme, un poco nerviosa y picuda, de aspecto poco amable, pero firmemente determinada a permanecer contra viento y marea, through thick and thin, para que un infeliz como yo la leyera.

De modo que abandoné la Posición de Fowler y me abandoné, sucesivamente, a las de semifowler, decúbito supino, lateral, prono y por útimo, decúbito dorsal, porque leí completo el contenido del cuadernillo del príncipe, y de lo que leí en tales posiciones y de las enseñanzas que obtuve de su lectura, reflexión y maduración, es de lo que me dispongo a escribir en las líneas venideras.

Y tal.



lunes, noviembre 11, 2013

Un señor bastante importante

He visto que hoy ponen en la tele El inolvidable Simon Birch, una peli del todo encantadora, como muchas de las películas basadas en novelas de John Irving, de quien yo me atrevería a decir, sin miedo a equivocarme, que se trata de un señor bastante importante.
La película tiene esa cosa tan fantástica del cine americano que te hace meterte en la historia nada más empezar, atrapando tu alma con un par de notas musicales, la nostalgia y el discurso evocador de una voz en off que repite, casi literalmente las primeras líneas del gran libro de Irving:

"Estoy destinado a recordar a un chico de voz estridente..."
Ver que ponían esta peli me ha recordado lo mucho que disfruté leyendo la novela en que la peli está basada, Oración por Owen, y lo que, en general me ha hecho disfrutar John Irving con sus fantásticas novelas.
Irving es un autor muy peliculizado y estoy seguro de que mi amiga Clementine, una de las pocas lectoras habituales de este blog, y autora de varios blogs sobre cine, escribiría un brillante y bien documentado artículo sobre las pelis que Hollywood, o la industria del cine en general, ha hecho sobre la base de las historias de John Irving, Aquí le dejo la idea y la sugerencia, a ver si ella toma mi guante.

Pero quería escribir sobre John Irving, bueno, no sobre él, sino lo que me ha pasado a mí con John Irving. Yo creo que de los autores contemporáneos de éxito, no hay ninguno como John Irving. Puede que sea escritor de best sellers, y que esto sea malo para alguien, pero para mí es un escritor de  los pies a la cabeza, y no un escritor cualquiera, sino un gran escritor, que tiene la fortuna, por la cual le envidiamos en todo el mundo, de que su talento sea además reconocido y aplaudido por millones de lectores.

Para mí, leer a John Irving es un placer. Me encantan sus diálogos y sus personajes, su sentido del humor y su inteligencia preclara, aunque a veces me fastidie un poco su militancia (ligera, no es un tío demasiado sermones) en la superioridad moral de lo políticamente correcto que sobrevuela en ocasiones sobre su discurso, algo que ocurre, también, por ejemplo, con otro grande, aunque en mayor medida, como Paul Auster.

Me sucede, a menudo, leyendo a Irving que al leer un párrafo levanto la vista, cierro a medias el libro (sin perder la marca, eso sí) y me cago en su santa calavera, de pura envidia, y vuelvo a leer ese mismo párrafo, preguntándome y buscando qué es lo que ha hecho genial ese párrafo; y lo leo y releo, y me pregnto mil veces dónde está; y nunca lo encuentro, no hay un chispazo poético, un destello de ingenio, ni una elección afortunada de adjetivos o circumloquios; pero subyace en las palabras escogidas, y su significado, un orden rítmico inexplicable, una musicalidad latente que, como agua subterránea, riega el texto de vida, como un jardín tropical, de esos tan frondosos que casi cansa mirarlos.

No lo encuentro, decía, quizá tú sí. Quizá si lees Libertad para los osos, puedas explicar de dónde sale el genio, cuándo nació esa luz. John Irving es parte de mí, aunque él no lo sepa, y así debería seguir siendo. Si te lo encuentras un día, quizá comprando calabacines, tal vez en un ferry a una isla aburrida. no le digas nada sobre mí. Hablad de béisbol, de gambas o de Etta James o Muddy Waters, con eso le mantendrás tranquilo y circunspecto, que es el modo en el que, según la Enciclopedia Obtusa de Exploradores, debe mantenerse a los escritores. Porque, querida, te diré algo que quizá te salve la vida un día: si dejas que un escritor empiece a hablar de su obra, sus historias o personajes, estás perdida.

No y no. No hay nada tan pelmazo como un escritor hablando de su cosa, explayándose pedante y pomposamente sobre toda esa basurilla que tanto gusta a los periodistas, tipo si su historia es autobiográfica, o si el personaje del gato está inspirado en su tía Angustias. Incluso si es a Irving, no soporto las entrevistas a escritores. O a actores. Mejor la muerte.

Sé que John Irving no es el mejor, pero es, sin ninguna duda, el que a mí más me gusta. Supongo que no enseñarán sus libros en el colegio, pero igual que leía párrafos a mis hijos para dormirles y, más adelante, les recomendé y presté sus novelas, enseñaré a mis nietos la magia que se esconde tras, o sobre, algunos párrafos sublimes. Seré al abuelo cebolleta pelmazo que lee cosas pesadísimas y un día, sin darse cuenta, se encontrarán frente a la tele, o en un cine, viendo una peli cuyo guión sea suyo, o basada en una novela suya... y se acordarán de su abuelete obeso y pelmacín, el que les leía párrafos sin sentido y, en fin, todo tendrá, al fin, sentido.

¿Me entendéis, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra?

Pues a eso me refiero.












viernes, noviembre 08, 2013

La de las palabras huecas. La de Cepción

Ella, como casi todas las de allí, es bonita. Las de Cepción antes, en los tiempos en que las chicas esperaban a que los chicos les llevaran al baile, eran feas, pero ahora no, ahora que las mujeres tienen la desfachatez de no desearme espontáneamente, ahora están buenas, tienen talento y los pechos rebosantes de promesas y buenos augurios.

El caldo de la sopa es el resultado de la lenta y contumaz cocción de los alimentos esenciales, y ella sería como un caldo si no fuera de Cepción ante todo. Pero ella, por ser tan de Cepción, no tiene tiempo para ser caldo y es más gallina blanca, gallina fugaz y trepidante, cloqueando como una gallina mágica, por lo que podríamos decir que ella, como buena de Cepción adora esfumarse sin pensar en nada más.

Ella canta. Canta al sol a la luna y el viento, porque dice ser natural como el sol, la luna y el viento. Pero también son naturales las berzas, la mierda de cerda y la nariz de la lombriz y no van diciéndolo por ahí, como si fueran portuguesas, por lo que no debemos dar demasiada importancia a la canción que canta esta mujercita de pies traviesos y mente insolente, pero es que ella es toda vacuidad, ella es pura de Cepción. No hay nadie más de su pueblo que ella.

Ella a veces parece otra ella, la Mento de Cirlo, la típica mema que no sabe tocar la flauta, pero insiste una y otra vez con Twinkle, twinkle, little star, y a mí me parece completamente insustancial, totalmente irresponsable, absolutamente egoexistencial, como un conejito mirando melancólicamente las zapatillas de correr, Adidas Tampico, de la señora tortuga.

Ella sólo dice ecos. Ella sólo aflora en reflujos. Parece que sabe, pero no sabe a nada, fast food, pim-pam-pum. Tiene mucho cuento, y no tiene relato. Es una tormenta desatada de cháchara, pero ya sabes, es la lluvia incesante y calabóbica, el orballo tenaz de Cocacola en el cerebro, ella es la de las palabras huecas, la de Cepción.

La indiscutible y neta decepción.

lunes, noviembre 04, 2013

Quieres saber, tú quieres saber.

Quieres saber por qué camino mirándome los pies, y ya me gustaría a mí saberlo. Quizá es que no me atrevo a mirarte, o a mirar tus pies, o a mirar a nigún otro lado, porque me volvería loco.
Quieres saber

Camino porque si me quedo quieto, me mata la brisa que primero te abrazó ti y llega a mí impregnada de tu olor.

Quieres saber por qué me castigo así, y yo no puedo contestarte porque no tengo la menor idea. Y estúpidamente consciente como soy del mal que me hago con estos  voraces arrebatos, con esta inmovilidad suicida, se me ocurre que quizá no sea tan listo como tú pareces pensar.

Me castigo porque no sabría, si no lo hiciera, cómo justificar mi soledad física, ni cómo salvarme de la condena eterna al amor propio que parece mi vida.

Quieres saber por qué me encierro, por qué no le cuento al mundo todo lo que llevo dentro, y sigo en un trabajo de mierda, cuando es evidente que mi sitio está en otro lugar. Quieres saber por qué callo, cuando una voz como la mía se echa de menos en un mundo tan materialista.

Me encierro y callo mis anhelos, porque si no lo hiciera, el mundo sabría entonces que soy vulgar como un gato callejero, cuyo encanto  termina después del primer salto, gracioso de ver de lejos, incómodo de vivir de cerca.

Quieres saber el porqué de tantas cosas...

Y entonces pones un disco de Pablo Alborán. Y me cuentas una injusticia que se cometió en el último programa de Top Chef, y te escandalizas porque Bankia vuelve a los beneficios. Me dices lo mucho que te apetece leer otra gilipollez de Ruiz Zafón, que Barcelona es muy europea, que te da morbo hacerlo en la cocina, y que no importa la edad que tengas (te refieres a la que tú tienes, que te tortura), lo que importa es que te sientes joven por dentro.


Y yo quiero saber por qué, mi vida, por qué no soy capaz de plantarme frente a ti, y ante esta insufrible tabarra, y ponerle fin a todo este asunto porque, francamente, querida, toda esa monserga, toda esa basura, me importa bastante menos que un pimiento.

Vulgar, como un gato callejero

Te vas.


viernes, noviembre 01, 2013

La dibujante que no sabía pintar

Estaba limpiando la caseta, la inútil caseta del socorrista de Playa Nueva, la Playa Donde Nadie Se Baña, cuando algo golpeó el tejadillo. Salí, lo miré, miré hacia arriba, al mirador, y finalmente lo cogí y lo miré otro rato, desconcertado. La marea estaba subiendo, así que las olas estaban en ese momento en que salpican un huevo; un buen chorreón de agua salada cayó sobre aquello, borrando, casi mágicamente, lo que sobraba. Ahora era soberbio. Lo colgué en una de las desnudas paredes de la inútil caseta del socorrrista.

-.-

Solía visitarla los viernes, un poco antes de mediodía, aunque quizá visitarla sea un tanto inexacto. Iba a mirarla, a escondidas, mientras ella pintaba. Ahora estaba pintando, otra vez, la Ría Nueva. No siempre fue así. Quiero decir que no siempre la miré a escondidas. Ni tampoco pintaba siempre la Ría Nueva, bueno sí, pero la pintaba desde diferentes encuadres. Al principio, cuando -de golpe- la descubrí, iba a mirarla abiertamente y ella, todavía no entiendo muy bien por qué, un día me dijo:
- Eh, tú... ¿no tienes nada mejor que hacer?
Me gustaría contar que se me ocurrió una buena réplica, pero no. Me puse rojo, balbuceé dos paridas y me marché. 
Desde entonces, mis visitas fueron furtivas. Así que, bueno, no eran visitas. No iba a visitarla. La acosaba.
Ella pintaba muy divertido. Paisajes. Elegía un encuadre y primero, lo dibujaba. Su dibujo era de trazo vigoroso y suelto, maduro, experto, muy seguro. Y sin embargo, luego, al darle color, parecía sufrir una regresión. 
Su pintura era infantil, parvularia, dubitativa, en la misma medida en que su dibujo era adulto, cultivado y certero.
A mí, raro que es uno, me gustaba ver esa degradación que sufría el lienzo en su tránsito del dibujo sublime a la pintura mema. Me divertía ver su expresión cambiante, de la satisfecha mirada inicial a la incredulidad final, como diciendo, ¿cómo puedo pintar tan mal?
Lo cierto es que no pintaba tan mal. Tan mal como ella pensaba. Es cierto que su dibujo era mjuy superior, pero no era tan mala pintando. Pero ella tenía la desgracia de tener esa cosa que les pasa a algunos artistas no comprendidos y, por lo tanto, frustrados: reconocía el verdadero arte y esa intuición la torturaba por cuanto, en reconociendo el alcaloide de lo sublime, no le hacía falta más que ser honesta consigo misma para... para... deprimirse. Oh, caramba...

Aquel día, estaba rematando su nueva visión de la Ría Nueva. Esta vez, como curiosidad, había incluido una avioneta de publicidad que sobrevolaba todo el litoral anunciando el casino. Estaba terminando, de modo que estaba de muy mal humor porque, mucho antes de abordar las últimas pinceladas, era evidente que había vuelto a joderla. Su prometedor dibujo se convirtió en una decepcionante pintura.

Se acercó a la valla del mirador, y se asomó al acantilado con tenebrosas intenciones. Iba a suceder. Me sentí tentado de detenerla. De decirle que era un error, que no podía tomarse las decepciones artísticas tan a la tremenda. Pero no me atreví. Me acordé de cuando me preguntó si no tenía nada mejor que hacer que mirarla... y entre el remordimiento y la vergüenza -porque seguía mirándola  a escondidas- admito, sin sentirme demasiado orgulloso. que no fui capaz de impedirle que lo hiciera. Sucedió. Y yo, maldito cobarde, no lo impedí.

-.-

Bajé a la playa por las escaleras del acantilado. Cogí una esponja natural que la marea alta dejó anoche al pie de la escalera. Metí los pies en la orilla y metí y empapé en su agua fresca la esponja. Unos pasos más allá vi la avioneta. Maravillosamente dibujada, espantosamente pintada. Pasé por el lienzo la esponja y el color casi desapareció por completo, dejando, húmedo y resaltado, el trazo firme, sublime, suelto, vigoroso y rápido de su dibujo. Terminé de limpiarle el color, y metí el cuadro en la inútil caseta y lo colgué. Las paredes de la caseta estaban ahora llenas, forradas, práctiamente, con 25 vistas de la Ría Nueva. 25 dibujos extraordinarios.

Creo que voy a montar una exposición. Me gustaría ser una especie de mecenas. Me gustaría que el mundo descubriera el talento de mi pintorcilla. Me gustaría acostarme con la artista.









martes, octubre 29, 2013

Romántico entremés


En el centro de la escena, como si fuera idiota, pero con su cara normal de zoquete, Fernando Javier proclama al cielo su desdicha vital:
Fernando Javier: ¡Oh, tus pezones...  recurso inagotable en mis escritos! ¿Cuáles son tus razones, mi gordita deseable, para rechazar a este proscrito?
Entra Marta Rosa, sientiendo una gran realidad sobre su pecho, y sin poder disimular que sin gafas es como Rompetechos; responde a FJ, pero como si clamara en el desierto:
Marta Rosa: ¡Ay, tu pesadez sempiterna! tu salidez sin tregua, tu incansable instinto bajo
Fernando Javier: ¿Es eso lo que te amuerma? porque te amo a destajo...
Marta Rosa: y tu higiene siempre en huelga: hueles, pero bastante, a ajo
FJ se rasca los huevos mientras acentúa la idiocia de su semblante
Fernando Javier: ¿Y qué si como especiado, y al gusto mediterráneo? Tengo entendido que sin esta dieta, para vivir, vas de cráneo
Marta Rosa: tus versos son horribles, casi tanto como tu aliento; tu aspecto es discutible, tu coco no vale un pimiento, y no tienes posibles... ¡te mando a tomar viento!
Y entonces él, insensato,
sin que nadie lo impidiera,
se enfadó primero un rato,
para acabar hecho una fiera
Y así termina esta vieja
historia sin laca ni gomina
así que, moraleja:
la vida, casi nunca rima





viernes, octubre 25, 2013

El sueño, el bosque y la cima.

En lo que a mí concierne, con respecto a ti, alcancé la cima del monte, que no es una cima, propiamente dicha, pero sí una cima para mí, en el sentido de meta, de hito máximo, una noche, mientras dormías. O casi. Casi dormías, quiero decir.

-.-

Como tantas otras veces, la conversación avanzó, beoda, entre la soltura de los primeros lances, y la inconexa sinrazón brillante que propicia el ritmo de esas reuniones vespertinas: una copa, un pitillo, una anécdota, un algo de picar, una risa, una lágrima nada furtiva, la anécdota de nuevo, otra copa, más pitillos, una llamada, el recuerdo de los agravios del pasado, otra copa, risas forzadas, la misma anécdota, pero ahora con los detalles más confusos, pitillos que hacen rebosar el enorme cenicero, otra ronda de copas, de nuevo los agravios, un pequeño percance entre nosotros, que se salda con abrazos, lágrimas sentidas y promesas de que ya nunca más pelearemos por esas tonterías, más copas, algún bostezo, se acaban los pitillos y se reencienden las pavas...

Morfeo entró en la habitación y repartió sus dosis de hartazgo con equidad salomónica y uno a uno, caímos todos en sus cálidos y confortables brazos. Dormimos, pues.

-.-


Soy, de nuestro pequeño grupo, bien lo sabes, el menos dado a la anestesia voluntaria, de modo que desperté sólo un rato después. Todavía aturdido, examiné con ojo crítico el campo de batalla, de la batalla que en éĺ tuvo lugar. Dormido el total de nuestros efectivos, me levanté y cambié mi lugar en el mundo por un asiento privilegiado junto a ti, una fila cero desde la cual, me bastaba con estirar el brazo, alargar mi mano ávida, para tocar el escenario de los sueños.

Ahí, en plena noche, bañada en la oscuridad, pero a mi alcance, estaba la aventura con la que tanto soñé y que, siendo sinceros, nunca viviría en plenitud. El bosque que conozco es siempre impenetrable, siempre lo será. Cómo explicarte... el bosque es mucho más hermoso de lo que el mismo bosque parece creer. Cree que es viejo, que fue más hermoso en otra época... es igual, yo sé que su hermosura es inagotable y que, como los buenos caldos, aumenta con el paso del tiempo. A mí me parece el paisaje más bello que un hombre pueda soñar.

De modo que emprendí camino, pues no me quedaba otra alternativa. Ante mí, oscuro, como dormido, el paisaje soñado. A mi alcance estaba la parte trasera de la gran llanura, cubierta por un manto ligero, pero firme, de vegetación. Avancé, poco a poco, separando el matorral y me adentré en la foresta virgen, esperando que el monte no advirtiera que un intruso se adentraba en su caverna más íntima.
Me detuve frente a la cima. O más bien tras ella. Ya dije antes que la cima de este monte, no es realmente una cima. Es una caverna, más que otra cosa. ¿O quizá una sima? Yo estaba tras ella o, mejor, frente a lo que podríamos llamar su parte trasera.

-.-
La cima del mundo


Te acaricié. Te acaricié suave y firme, perdiendo el sentido con cada uno de los pliegues de tu piel, apreciando tu calor, emborrachándome de tu olor. Te acaricié durante más de media hora. No paré de acariciarte y no hubiera parado de acariciarte nunca, porque acariciarte es la sensación más hermosa que he sentido en mi vida, si tú, volviendo por un minuto al mundo de los vivos, no te hubieras dado la vuelta y, mirando por encima de tu hombro (tu maravilloso hombro), no hubieras dicho:
- ¿Qué está pasando aquí?
- Nada, nada...
Y la siguiente media hora, confundido entre la vergüenza y la lástima que sentía por mí mismo, la pasé llorando.

Porque esa media hora tan patética, fue la mejor media hora de, al menos, los últimos cuatro años.

¿Sabes de lo que te hablo?





martes, octubre 22, 2013

Y, más o menos, fue así...

Pues allí estaba yo, a las 9 y diez más o menos, montando el -mínimo- equipo que uso para tocar en este plan (ampli, micro y guitarra).
Celia nos invitó a cenar. Yo dije que no, que tenía el estómago cerrado por los nervios y me apreté 3 vodkas con naranjita antes de empezar. Normalmente no bebo nada, pero cuando voy a tocar, me pongo tan nervioso que necesito una ayudita.
De todos modos, resistí a los chopitos, a las croquetas... pero en cuanto trajeron el chuletón para compartir, mandé a la mierda mis nervios y ataqué la carne roja y sanguinlenta.
Ahí me tenéis, el cuarto vodka en la mano y esperando a que me digan que empiece.
Foto de Olga, mi sobrina
Cuando pareció que, efectivamente, el aforo del local no iba a sufrir grandes variaciones (había unas 7 personas), me dijeron, sube, machote y a ver qué pasa.
Subí. Enchufé la guitarra, dije "sí, sí, ah..." en el micro y empecé a canturrear.
El Plaza Copas, el local donde tocaba, es una sala adyacente al Plaza Mayor, bar que todo el que tenga dos dedos de frente debe visitar alguna vez. Como la entrada no era, digamos, un llenazo, se abrieron las puertas del Plaza Mayor, para que la gente que allí cenaba y tapeaba pudiera oír la musiquita y, si les apetecía, pasaran a tomarse una copa en el conciertillo.
Poco a poco, según se desgranaban las canciones, fue pasando gente y la cosa acabó (a las dos menos veinte de la mañana) muy animada y todo el mundo contento.
Susana me grababa, cuando se acordaba, un ratito, otro... y juntando todos los rayitos, sale esto. Más o menos, te puedes hacer una idea.
Claro que, yo qué sé... igual no te importa nada.

miércoles, octubre 16, 2013

El sábado, el sábado...

El sábado, a las 22:30, en primera convocatoria, y si no a las 23:00, toco en el Plaza Copas, la sala de copas, música y marchuqui del bar Plaza Mayor, de Villanueva de la Cañada.
Será un concierto acústico en el que tocaré mis temas habituales y alguna novedad, con mi guitarra acústica y un par de armónicas y mucha, mucha garganta.
La entrada, y eso es una novedad, que haya que pagar una entrada, costará 3,00€ y a cambio, yo me lo dejo todo: los dedos, la garganta y el alma, y si vienes tú y te animas a cantar... pues eso, genial.
Este es el poster del evento:
Click y lo ves más hermoso y legendario


Te espero. Así que tienes que venir.

jueves, octubre 10, 2013

Casting machista

Lo cierto es que ella, ...
¿Quién? me dice el tipo 
la pastora del pueblo de al lado, es preciosa, pero muy lista, ya lo creo, muy, muy lista.
¿Supone eso un problema? y yo me fijo en que ha empezado a escucharme, de verdad, olvidándose de su maldito iPhone, cuando ha escuchado la palabra "preciosa" que, por cierto, no es una palabra que se haga honor a sí misma
por mi parte no hay problema, digo, que quede claro, aunque es verdad que yo prefiero que no sean tan listas...
Vaya sorpresa...
no, no, no es eso, o sea, no me gusta, en general, que la gente sea más lista que yo...
Ha, ha... se ríe el tipo, no puede decirse que hayas puesto el listón bajo...
¿Perdona...?
Eres extrañamente exigente
No lo soy, todo lo contrario, te estoy diciendo que no exijo que sean demasiado listas...
Si tiene que ser más estúpida que tú, las posibilidades se reducen a casi nadie
Oh, mierda...
-.-

No me gusta que cuando voy a contar una cosa, se metan listillos en medio a comentar la jugada, porque es bastante fácil dejarme en evidencia. Lo que quería contar es que la pastora del pueblo de al lado es endemoniadamente bonita, pero mucho más lista que yo. Parece la típica con un montón de carácter. Entiéndeme, no es que eso sea un problema, o sea, si es lista, mejor, ¿no? pero es que las listas me desprecian, a eso me refiero.
Entonces es un problema
Sí, vale, de acuerdo, pero no es en sí, que sean listas, sino lo que hacen al ser listas, la manera que tienen de reaccionar.
¿Cómo reaccionan, como si fueran listas?
Exacto
Y eso significa...
Toman sus propias decisiones, cuestionan las mías
Perdona, macho, pero no parece tan grave...
No te lo parecerá a ti, a mí me gusta que se ocupe de la casa, que obedezca, que gaste poco... 
¿Estás buscando esposa?
No, hombre, no seas cavernícola, sólo quiero una perra