Lo que quieras oír
Los Pistones fue el gran grupo de pop de los primeros 80. Con más pegada que los Secretos, más inspiración y, claro, con más fragilidad, aún más, en su líder, el gran Richi, Ricardo Chirinos. No tuvieron una gran suerte comercial, pero dejaron un montón de canciones inolvidables, paradójicamente, olvidadas en un rincón y oscurecidas bajo la luz cegadora de su peor canción, El pistolero, que fue la que les dio un poco de dinerillo. Esta canción es, en mi opinión, su cénit creativo, y está inspirada en una obra de nosequién (es la típica cosa que el fantasma podría investigar) o en una actriz borracha o algo por el estilo. Me da igual, es una canción descomunal, enorme, una obra de arte del principio al fin. Estaba incluida en el magnífico LP Persecución, un álbum maravilloso que todo amante del buen pop-rock debería tener entre sus discos. Creo que en este disco es cuando empezó a participar el gran Ariel Rot, ex Tequila, en labores de producción y tocando guitarras. En esta canción, de hecho, hay un soberbio y precioso solo final de guitarra española, que me he ahorrado el bochorno de intentar reproducir, que juraría que lo toca Ariel, pero esas cosas, ya sabéis, preguntádselas al fantasma. Yo no sé buscar ese tipo de información y hablo de recuerdos, solo. En fin, el riff de guitarra, la frase musical que abre la canción es una maravilla, la melodía es preciosa, el ritmo, la inspiradísima letra... Para mí es de esas canciones que, por sí solas, se elevan a lo más alto y allí permanecen para siempre, por mucho que los destrozatemas habituales intentemos cargárnosla. Sobrevive a mi versión, claro, pero es que yo creo que sobreviviría a una versión de Enrique Iglesias o hasta de Loquillo. A ver si te gusta. Y, en caso afirmativo, puedes bajártela aquí:
Podéis creerme o no hacerlo, pero el día que conocí a June, el mundo pareció empezar a a arreglarse. Fue una impresión, como sabéis, porque el mundo sigue igual que entonces, solo que con algunos de sus mayores mendrugos aún más sueltecitos. Bueno, nos conocimos en una clínica privada, una de esas muy coqueta, dedicada a la maternidad, cerca de Marsella, y nada hacía presagiar lo que se nos venía encima.
El cómo llegamos allí el mismo día y en el mismo momento es fruto solo de la casualidad: las parejas de ambos eran amigos de Lady Sosa, la mujer de Douglas, el escultor, que acababa de dar a luz al primer (y único) hijo de la pareja.
Yo tenía mis reservas: Douglas podía ser un gran escultor, pero era un tío bastante pelma, dicho sea entre nosotros, y su mujer, Sosita, no sólo hacía honor a su nombre, sino que además era igual o más pesada que Doug. Pero Prístina, mi mujer en aquellos días, se veía obligada, en cierto modo, porque fueron amigas de adolescentes, del instituto, y tenían un pacto de esos que te crees que sólo suceden en las pelis, por el cual ambas serían las madrinas del primer hijo de la otra.
Así que hicimos las maletas para pasar un fin de semana largo (desde el miércoles, que yo esas cosas las estiro al máximo) en Marsella, en casa de mi amiga Mal Clementine, que tenía allí una escuela de Feng Shui, Tai Chi, Chop Suey, Yin Yang e interpretación de anagramas, enigmas, jeroglíficos y proverbios chinos. Y lo del masaje ese de la presión con los deditos. Eso también y, además, se le daba de fábula.
Mal nos recibió como ella lo hace siempre, con la sonrisa más luminosa que quepa en cara alguna. Imaginaos una mujer guapa, guapa con aspecto inteligente, digo, dadle unos brochazos de astucia, un velo apenas perceptible de tristeza y rematadlo todo con una mirada directa, limpia y sincera. Además de eso, claro, ojos, labios, pómulos, nariz, barbilla y mofletillos y tendréis la cara de Mal sonriendo y dándonos la bienvenida. Además, como tiene una ThermoMix, nos preparó una deliciosa crema de calabaza y una salsa de queso (siempre olvida que yo lo detesto) realmente apestosa, con un regusto a vestuario de marinería inaceptable. A Prístina, no obstante, le gustó y me dijeron lo que me dice todo el mundo: que si no sabes lo que te pierdes, que hay mil quesos distintos, que si no lo pruebas, no puedes decir que no te gusta... Y yo respondí lo de siempre: nunca me ha apetecido lo más mínimo comer mierda. Me basta su olor repulsivo y su aspecto pegajoso para saber que no me gustará no sólo masticarla, sino siquiera acercarla a mi cara. Y, por lo que a mí respecta, el queso es una diarrea especiada de leche mal digerida. No es más repugnante una deposición de, pongamos por caso, un Mitterand colítico, que un queso de Cabrales. Y es todo cuanto tengo que decir sobre este enojoso asunto.
Bueno, aunque intenté zafarme hasta el último momento de la visita social (mis relaciones con Prístina ya habían empezado a deteriorarse y una velada con una amiga suya del instituto recién parida no era mi ideal de plan apasionante), al final, transigí y acompañé a mi mujer a ver a la recién estrenada mamá. No me apetecía, entre otras cosas porque la verdad es que Douglas, además de ser pesado, que lo era, y a modo, me acobardaba un poco. Yo, en mis primeros pasos en el mundo del arte, me sentía acomplejado por su mundanismo y su grandeza. Es cierto que nunca he soportado a las personas que ahuecan la voz para oírse hablar y que se dan demasiada importancia a sí mismas, pero también lo es que yo reconozco a un artista en cuanto le veo. Y en Douglas había un artista de primera clase.
En fin, llegamos allí y junto a la parturienta, feliz con su pequeñajo dormido sobre su pecho, estaba Douglas, con aspecto aburrido y la pareja más inverosímil que he visto jamás. Él tenía pinta de idiota saludable: metro ochenta, atlético, piel bronceada, con gafitas enrolladas de cristales gruesos, pelo corto, pantalón pirata y zapatillas galácticas; ella, encantadora, claro, si era June... Mi June.
Me la presentaron y mi mundo se completó en ese momento. Nos dimos dos besos, pero no los dos besos de rigor, sus labios me besaron (no se limitó a poner la cara) cerca de la comisura de los míos, y sentí su aliento cálido mientras, levísimamente, su pecho rozaba el mío y su pelo me hacía cosquillas en la cara.
El idiota saludable me saludó con jovialidad de machito memo, apretándome la mano con su manaza y dándome una hostia en el hombro un poco más confiazuda de lo necesario. Al parecer, había sido amigo inseparable de Sosita en los días posteriores al instituto. Cuando mi mujer dejó el instituto y la ciudad para ir a estudiar Madrid, el idiota, que se llamaba Livingstone Soup’Ongo (como sopa de hongo, pero medio en inglés y hongo sin hache), ocupó el lugar de Prístina como mejor amiga de Sosita.
Saludamos a la madre, derrengada (Sosita quiso un parto natural, sin anestesias, ni epidural, ni nada), y ésta, orgullosa, nos mostró a la criatura. Sí, criatura es exactamente la palabra que quiero usar, porque decir bebé tendría cierto aire entrañable que quiero evitar, pues lo que nos mostraba Sosita, creedme, no era un bebé: era una criatura endemoniadamente fea.
Era alargado, como una salchicha fresca, con la piel de los miembros arrugados, como de reptil viejo; en la cabeza tenía una cresta genuina, que hacía recordar a un gallo enfermo; quiero decir que no era que tuviese en la parte superior unos pelitos, es que su cráneo hacía en esa zona unas protuberancias nada tranquilizadoras acerca de con la ayuda de quién había sido concebida la criatura. En cuanto al rostro, de color aceitunado, cetrino, era inenarrablemente desafortunado. Tenía todos los rasgos agrupados en el centro de la cara, dejando una gran superficie despejada alrededor. Los ojillos, permanecían obstinadamente cerrados, la nariz eran dos orificios supurantes practicados en mitad de la cara y la boca, de pitiminí, era entre repipi y remilgada. Además, para rematar la impresión, tenía el maxilar retraído y de un tamaño desproporcionadamente pequeño. El resultado era, en resumen, sumamente desdichado, recordaba vagamente a un galápago malencarado y todo el conjunto hacía caer a las personas sensibles (como June, como yo) en un estado de melancolía entre severo e irreversible.
Balbuceé un torpísimo qué gracioso y me excusé a los diez segundos. En esa época aún fumaba, Lucky Strike, por cierto, y salí al exterior a echarme un piti y a calmar mi acelerado e impresionado corazón. Al rato, mientras la nicotina hacía su trabajo y los aros de humo blanco azulado estallaban contra el cristal merced al impulso de mi boca de pez, apareció June.
- Hola, hombre del saco
- ¡Eh... vamos...! A ti te ha parecido tan feo como a mí, reconócelo
Se estableció una corriente de simpatía casi desde el primer minuto, pero con eso de venir a bromear acerca de mi reacción al ver al bebé, estaba seguro de que June no era como las demás mujeres que había conocido.
- He dejado a los tres viejos amigos contando batallitas...-hizo el gesto de meterse los dedos en la boca, como para vomitar- he tenido que huir.
- Sé a lo que te refieres... ¿un golpe de suerte? – le dije ofreciéndole un pitillo. No sé si pilláis el asunto en toda su grandeza.
- No, gracias, no fumo
- Yo sí... pero es por eso que dijo Mae West, creo: “hombre que no fuma, sabe a bebé”
- Ya... yo prefiero la otra frase, que no sé quién la dijo: “besar a un fumador es como chupar un cenicero usado”
- Tu marido fuma, le he visto el paquete de More.
- ¿Y quién te ha dicho que le beso?
- Nadie, solo lo he dado por sentado.
- Mal hecho, amigo, ¿por qué supones esas cosas?
- Porque no creo que haya nacido el hombre que, al lado de una mujer tan hermosa, no haga lo imposible por besarla todo el rato.
Hizo efecto, no creáis. Cambió no muy airosamente de tema, atropellándose, encantadoramente, ruborizando ligeramente su piel blanca. Me fijé en su ropa, tan sencilla. Llevaba unos vaqueros ajustados, unas deportivas blancas de velcro y una sudadera azul de la universidad de Los Angeles. Las letras UCLA estaban justo donde a mí me hubiera gustado estar, no sé si sabéis lo que quiero decir. El pelo lo llevaba recogido en una cola de caballo no demasiado severa, porque en las sienes, a ambos lados, tenía unos mechoncitos sueltos la mar de graciosos. La miré largo rato y contestaba tonterías, imagino, a las cosas que ella me decía. No recuerdo de qué hablábamos, pero en mi cabeza se fijó un punto de referencia, una idea recurrente: esa mujer tenía que ser mía.
Volvimos a la habitación y yo he de decir que, justo al dejarle franco el paso de la puerta para que entrara ella en primer lugar, reparé en el trasero de June por vez primera: para morirse. He visto, tocado, mordido y probado toda clase de culos y hacedme caso si os digo que era un gran ejemplar de culo. Amplio, firme, con su poquito de repisa, su forma de pera de Lérida bien cincelada y con esa tersura que uno piensa que si da una toba la carne temblará como un flan durante un minuto entero. Iba tan atontado mirándola, que no me di cuenta de que ella se detenía y choqué con ella y fue el choque más dulce que podáis imaginar.
De vuelta en la habitación me tocó hablar con Douglas y me sucedió una cosa curiosa. Él estaba contándome su rutina de trabajo, un tema que puede estar, perfectamente, entre los diez más aburridos del mundo, podéis apostar lo que queráis, que si se levantaba y se tomaba unos cereales con fibra, que si no se quitaba el pijama si no tenía que salir... y en estas, veo que, desde detrás. June empieza a hacerme gestos, como si se quitara el sombrero y empieza a vocalizar algo. Imaginaos la escena, un tío pesadísimo contando cosas sin ningún interés, pero al que debes hacer caso por cortesía y, detrás, arrebatadoramente guapa, una mujer diciéndote cosas que, seguro, son mucho más interesantes que la vida entera del puto escultor. Yo asentía a Doug, pero no podía dejar a mirar a June que, evidentemente, trataba de contarme algo de lo que no quería que Douglas se enterase. Una especie de secreto, Nuestro primer secreto, entendedme.
- ¿Sabes? Creo que el clima de Marsella es perfecto para esculpir... tiene una cualidad especial y el barro seca de una manera diferente... A mí me gusta, no obstante, antes de plantearme qué voya hacer, a dónde quiero llegar, ¿entiendes? No se trata de qué, sino de por qué...
Habla y habla sin parar y June empieza a alternar el gesto de ponerse y quitarse el sombrero con el de señalar a Douglas y tirarse del pelo y entonces, un poquito más tarde de lo que me hubiera gustado, lo entiendo: me está diciendo que Douglas lleva bisoñé. A mí me parecía que tenía un peinado raro, como antiguo, y cuando, gracias a la observadora June descubro que no es que sea raro, sino que es un peluquín espantoso, muy pedestre, de un negro intenso y antinatural. Entonces ya sí que no me entero de lo que cuenta. Mi cerebro sólo interpreta las señales que mis ojos le mandan y se fijan con atención en ese nacimiento brusco, opaco y pasa como en las pelis antiguas cuando salía un espiral, esa es la sensación que tengo yo: delante de mí está Douglas, el artista pelmazo, y me habla de sus rutinas, pero en mi cabeza sólo está el peluquín, desprovisto ya de su dueño, incluso, flotando en una nada absoluta y adquiriendo vida propia; una vida depredadora que amenaza con devorarme, cuando alguien me saca de mi ensoñación tirándome del brazo y haciéndome una desconcertante pregunta:
- ¿Qué te parece? ¿Lo hacemos?
Quien así me habla es Prístina, mi mujer, que espera una respuesta. Paseo la cabeza por la estancia del hospital y todos parecen pendientes de lo que yo tengo que decir. Sonrío bobaliconamente, porque no sé de qué va todo esto, pero acabo diciendo lo de siempre:
- Vale, por mí, de acuerdo.
Al final, no era tan grave. Resulta que estábamos quedando en vernos por la noche en L’hummanité, un bar de la playa, regido por un español amigo mío, que se llama Fosfous, en el que toco la guitarra un par de veces al año. El plan es, al parecer, que vaya a hablar con Fosfous y que le diga que me deje tocar unos temitas y que nos reserve una buena mesa, para cenar después.
Lo hago y Fosfous, como siempre, se muestra encantador: nos prepara una mesa genial y una cena para decir dos rosarios completos seguidos. Podéis imaginaros lo que pasó: le dediqué el miniconcierto entero a June, sin palabras innecesarias, sin tonterías: solo mirándola y sintiéndome mirado por ella. Sabiendo que antes de saberlo, la amaba ya. Sabiéndome querido y deseado por ella. Y no era la erótica del artista, aunque no niego que eso sucede, hasta a artistas tan mediocres como yo, era una corriente subterránea sólo perceptible por nosotros dos, pero tan clarividente que no había lugar a interpretaciones: nos hicimos el amor sin que nadie, al principio, ni siquiera nosotros, se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.
Después, en la cena hablamos y reímos mucho. Livingstone y Prístina, menos, porque los chistes sobre poetas no les hacían gracia, las anécdotas sobre poetas no les resultaban interesantes y les aburría la poesía de repente, arte en el que June era maestra y yo me defendía. Improvisamos, en apenas un minuto, unos alejandrinos divertidísimos sobre las manchas en las camisas de los camareros que ni Prístina ni Livingstone parecieron apreciar.
Intercambiamos las direcciones de nuestros blogs y correo electrónico y nos fuimos cada uno al sitio donde dormíamos. Ellos a su hotel, y nosotros a casa de Mal. Prístina se fue a la cama temprano y me quedé parloteando con Mal hasta tarde. Le conté lo que había pasado esa noche y, llegado un cierto momento, me dijo que se me notaba que no me apetecía nada hablar con ella y que estaba deseando que me dejase solo para ver si ella se conectaba al mesenger.
- ¿De verdad se me nota?
- Muchísimo. Ten cuidado.
Me dio un beso, me deseó suerte, buenas noches y conecté mi portátil, ávido de noticias, a ver si encontraba a June, o un mensaje de June, o lo que fuera. Nada. Terrible desilusión... pero me rehíce; al fin y al cabo, no habíamos dicho que haríamos nada esa noche. Sólo que yo estaba tan ansioso por enganchar con June, que imaginaba que a ella debía pasarle lo mismo.
Agregué a June (luna_junera@hotmail.com) a mis contactos y empecé a escribirle una carta. Digo bien: empecé. Porque la empecé y la borré mil veces. No encontraba el tono. Estaba ya desesperado, iba a cerrar la sesión, cuando me llega la confirmación de aceptación de June. Se me abre la ventanita:
June dice:
hola, Wolffo golfo, ¿qué haces levantado a estas horas? Algo malo, seguro...
Wolffo dice:
hola, guapa...
Wolffo dice:
qué va... estaba aullando a la luna, a ver si alguna dama venía a consolarme...
June dice:
consolarte? y por qué habría de hacerlo? es que has caído en desdicha, caballero golfo?
Wolffo dice:
ya lo creo... esta noche he conocido a una mujer increíble...
June dice:
Hmmm, parece interesante...
Wolffo dice:
Y tanto... es la mujer más guapa que he conocido en mi vida
June dice:
no exageráis, caballero?
Y así estuvimos hasta las 6 de la mañana. No sé si os pasado a vosotros. Encontrar a alguien con quien se podría estar chateando toda la vida. Riéndote, llorando, discutiendo, abriendo tu corazón, cerrando tus ojos... Esa fue una de esas noches.
Los dos brillantes, seductores, olvidando el mundo y tratando de hechizar al otro. A ratos serios, a ratos payasos; sublimes minutos seguidos de charla intrascendente y vital; éramos recatados y osados, picantes y dulces, sensibles y desalmadamente sexuales. Una noche que atravesó los estados de ánimo para instalarse para siempre en mi recuerdo como la noche en que me enamoré de la mujer de mi vida.
Esa noche empezó todo.
Este post no tiene final, ni bueno ni malo, porque es sólo el principio. El caso es que llevo mucho tiempo hablándoos de June y quería que supiérais cómo nos conocimos, en qué circunstancias y bajo qué cielo. Disculpadme si ha salido demasiado largo, pero algunas cosas son así. Uno no puede contarlas más cortitas. Uno no puede estar pendiente, todo el rato, de lo que los demás quieran oír.
Ni siquiera, June, de lo que tú, amor mío, quieras oír.
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Listening to: Kinks - Money & Corruption - I am Your Man
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