domingo, febrero 10, 2008

june: el principio

Lo que quieras oír


Los Pistones fue el gran grupo de pop de los primeros 80. Con más pegada que los Secretos, más inspiración y, claro, con más fragilidad, aún más, en su líder, el gran Richi, Ricardo Chirinos. No tuvieron una gran suerte comercial, pero dejaron un montón de canciones inolvidables, paradójicamente, olvidadas en un rincón y oscurecidas bajo la luz cegadora de su peor canción, El pistolero, que fue la que les dio un poco de dinerillo. Esta canción es, en mi opinión, su cénit creativo, y está inspirada en una obra de nosequién (es la típica cosa que el fantasma podría investigar) o en una actriz borracha o algo por el estilo. Me da igual, es una canción descomunal, enorme, una obra de arte del principio al fin. Estaba incluida en el magnífico LP Persecución, un álbum maravilloso que todo amante del buen pop-rock debería tener entre sus discos. Creo que en este disco es cuando empezó a participar el gran Ariel Rot, ex Tequila, en labores de producción y tocando guitarras. En esta canción, de hecho, hay un soberbio y precioso solo final de guitarra española, que me he ahorrado el bochorno de intentar reproducir, que juraría que lo toca Ariel, pero esas cosas, ya sabéis, preguntádselas al fantasma. Yo no sé buscar ese tipo de información y hablo de recuerdos, solo. En fin, el riff de guitarra, la frase musical que abre la canción es una maravilla, la melodía es preciosa, el ritmo, la inspiradísima letra... Para mí es de esas canciones que, por sí solas, se elevan a lo más alto y allí permanecen para siempre, por mucho que los destrozatemas habituales intentemos cargárnosla. Sobrevive a mi versión, claro, pero es que yo creo que sobreviviría a una versión de Enrique Iglesias o hasta de Loquillo. A ver si te gusta. Y, en caso afirmativo, puedes bajártela aquí:

Podéis creerme o no hacerlo, pero el día que conocí a June, el mundo pareció empezar a a arreglarse. Fue una impresión, como sabéis, porque el mundo sigue igual que entonces, solo que con algunos de sus mayores mendrugos aún más sueltecitos. Bueno, nos conocimos en una clínica privada, una de esas muy coqueta, dedicada a la maternidad, cerca de Marsella, y nada hacía presagiar lo que se nos venía encima.

El cómo llegamos allí el mismo día y en el mismo momento es fruto solo de la casualidad: las parejas de ambos eran amigos de Lady Sosa, la mujer de Douglas, el escultor, que acababa de dar a luz al primer (y único) hijo de la pareja.

Yo tenía mis reservas: Douglas podía ser un gran escultor, pero era un tío bastante pelma, dicho sea entre nosotros, y su mujer, Sosita, no sólo hacía honor a su nombre, sino que además era igual o más pesada que Doug. Pero Prístina, mi mujer en aquellos días, se veía obligada, en cierto modo, porque fueron amigas de adolescentes, del instituto, y tenían un pacto de esos que te crees que sólo suceden en las pelis, por el cual ambas serían las madrinas del primer hijo de la otra.

Así que hicimos las maletas para pasar un fin de semana largo (desde el miércoles, que yo esas cosas las estiro al máximo) en Marsella, en casa de mi amiga Mal Clementine, que tenía allí una escuela de Feng Shui, Tai Chi, Chop Suey, Yin Yang e interpretación de anagramas, enigmas, jeroglíficos y proverbios chinos. Y lo del masaje ese de la presión con los deditos. Eso también y, además, se le daba de fábula.

Mal nos recibió como ella lo hace siempre, con la sonrisa más luminosa que quepa en cara alguna. Imaginaos una mujer guapa, guapa con aspecto inteligente, digo, dadle unos brochazos de astucia, un velo apenas perceptible de tristeza y rematadlo todo con una mirada directa, limpia y sincera. Además de eso, claro, ojos, labios, pómulos, nariz, barbilla y mofletillos y tendréis la cara de Mal sonriendo y dándonos la bienvenida. Además, como tiene una ThermoMix, nos preparó una deliciosa crema de calabaza y una salsa de queso (siempre olvida que yo lo detesto) realmente apestosa, con un regusto a vestuario de marinería inaceptable. A Prístina, no obstante, le gustó y me dijeron lo que me dice todo el mundo: que si no sabes lo que te pierdes, que hay mil quesos distintos, que si no lo pruebas, no puedes decir que no te gusta... Y yo respondí lo de siempre: nunca me ha apetecido lo más mínimo comer mierda. Me basta su olor repulsivo y su aspecto pegajoso para saber que no me gustará no sólo masticarla, sino siquiera acercarla a mi cara. Y, por lo que a mí respecta, el queso es una diarrea especiada de leche mal digerida. No es más repugnante una deposición de, pongamos por caso, un Mitterand colítico, que un queso de Cabrales. Y es todo cuanto tengo que decir sobre este enojoso asunto.

Bueno, aunque intenté zafarme hasta el último momento de la visita social (mis relaciones con Prístina ya habían empezado a deteriorarse y una velada con una amiga suya del instituto recién parida no era mi ideal de plan apasionante), al final, transigí y acompañé a mi mujer a ver a la recién estrenada mamá. No me apetecía, entre otras cosas porque la verdad es que Douglas, además de ser pesado, que lo era, y a modo, me acobardaba un poco. Yo, en mis primeros pasos en el mundo del arte, me sentía acomplejado por su mundanismo y su grandeza. Es cierto que nunca he soportado a las personas que ahuecan la voz para oírse hablar y que se dan demasiada importancia a sí mismas, pero también lo es que yo reconozco a un artista en cuanto le veo. Y en Douglas había un artista de primera clase.

En fin, llegamos allí y junto a la parturienta, feliz con su pequeñajo dormido sobre su pecho, estaba Douglas, con aspecto aburrido y la pareja más inverosímil que he visto jamás. Él tenía pinta de idiota saludable: metro ochenta, atlético, piel bronceada, con gafitas enrolladas de cristales gruesos, pelo corto, pantalón pirata y zapatillas galácticas; ella, encantadora, claro, si era June... Mi June.

Me la presentaron y mi mundo se completó en ese momento. Nos dimos dos besos, pero no los dos besos de rigor, sus labios me besaron (no se limitó a poner la cara) cerca de la comisura de los míos, y sentí su aliento cálido mientras, levísimamente, su pecho rozaba el mío y su pelo me hacía cosquillas en la cara.

El idiota saludable me saludó con jovialidad de machito memo, apretándome la mano con su manaza y dándome una hostia en el hombro un poco más confiazuda de lo necesario. Al parecer, había sido amigo inseparable de Sosita en los días posteriores al instituto. Cuando mi mujer dejó el instituto y la ciudad para ir a estudiar Madrid, el idiota, que se llamaba Livingstone Soup’Ongo (como sopa de hongo, pero medio en inglés y hongo sin hache), ocupó el lugar de Prístina como mejor amiga de Sosita.

Saludamos a la madre, derrengada (Sosita quiso un parto natural, sin anestesias, ni epidural, ni nada), y ésta, orgullosa, nos mostró a la criatura. Sí, criatura es exactamente la palabra que quiero usar, porque decir bebé tendría cierto aire entrañable que quiero evitar, pues lo que nos mostraba Sosita, creedme, no era un bebé: era una criatura endemoniadamente fea.

Era alargado, como una salchicha fresca, con la piel de los miembros arrugados, como de reptil viejo; en la cabeza tenía una cresta genuina, que hacía recordar a un gallo enfermo; quiero decir que no era que tuviese en la parte superior unos pelitos, es que su cráneo hacía en esa zona unas protuberancias nada tranquilizadoras acerca de con la ayuda de quién había sido concebida la criatura. En cuanto al rostro, de color aceitunado, cetrino, era inenarrablemente desafortunado. Tenía todos los rasgos agrupados en el centro de la cara, dejando una gran superficie despejada alrededor. Los ojillos, permanecían obstinadamente cerrados, la nariz eran dos orificios supurantes practicados en mitad de la cara y la boca, de pitiminí, era entre repipi y remilgada. Además, para rematar la impresión, tenía el maxilar retraído y de un tamaño desproporcionadamente pequeño. El resultado era, en resumen, sumamente desdichado, recordaba vagamente a un galápago malencarado y todo el conjunto hacía caer a las personas sensibles (como June, como yo) en un estado de melancolía entre severo e irreversible.

Balbuceé un torpísimo qué gracioso y me excusé a los diez segundos. En esa época aún fumaba, Lucky Strike, por cierto, y salí al exterior a echarme un piti y a calmar mi acelerado e impresionado corazón. Al rato, mientras la nicotina hacía su trabajo y los aros de humo blanco azulado estallaban contra el cristal merced al impulso de mi boca de pez, apareció June.

- Hola, hombre del saco

- ¡Eh... vamos...! A ti te ha parecido tan feo como a mí, reconócelo

Se estableció una corriente de simpatía casi desde el primer minuto, pero con eso de venir a bromear acerca de mi reacción al ver al bebé, estaba seguro de que June no era como las demás mujeres que había conocido.

- He dejado a los tres viejos amigos contando batallitas...-hizo el gesto de meterse los dedos en la boca, como para vomitar- he tenido que huir.

- Sé a lo que te refieres... ¿un golpe de suerte? – le dije ofreciéndole un pitillo. No sé si pilláis el asunto en toda su grandeza.

- No, gracias, no fumo

- Yo sí... pero es por eso que dijo Mae West, creo: “hombre que no fuma, sabe a bebé”

- Ya... yo prefiero la otra frase, que no sé quién la dijo: “besar a un fumador es como chupar un cenicero usado”

- Tu marido fuma, le he visto el paquete de More.

- ¿Y quién te ha dicho que le beso?

- Nadie, solo lo he dado por sentado.

- Mal hecho, amigo, ¿por qué supones esas cosas?

- Porque no creo que haya nacido el hombre que, al lado de una mujer tan hermosa, no haga lo imposible por besarla todo el rato.

Hizo efecto, no creáis. Cambió no muy airosamente de tema, atropellándose, encantadoramente, ruborizando ligeramente su piel blanca. Me fijé en su ropa, tan sencilla. Llevaba unos vaqueros ajustados, unas deportivas blancas de velcro y una sudadera azul de la universidad de Los Angeles. Las letras UCLA estaban justo donde a mí me hubiera gustado estar, no sé si sabéis lo que quiero decir. El pelo lo llevaba recogido en una cola de caballo no demasiado severa, porque en las sienes, a ambos lados, tenía unos mechoncitos sueltos la mar de graciosos. La miré largo rato y contestaba tonterías, imagino, a las cosas que ella me decía. No recuerdo de qué hablábamos, pero en mi cabeza se fijó un punto de referencia, una idea recurrente: esa mujer tenía que ser mía.

Volvimos a la habitación y yo he de decir que, justo al dejarle franco el paso de la puerta para que entrara ella en primer lugar, reparé en el trasero de June por vez primera: para morirse. He visto, tocado, mordido y probado toda clase de culos y hacedme caso si os digo que era un gran ejemplar de culo. Amplio, firme, con su poquito de repisa, su forma de pera de Lérida bien cincelada y con esa tersura que uno piensa que si da una toba la carne temblará como un flan durante un minuto entero. Iba tan atontado mirándola, que no me di cuenta de que ella se detenía y choqué con ella y fue el choque más dulce que podáis imaginar.

De vuelta en la habitación me tocó hablar con Douglas y me sucedió una cosa curiosa. Él estaba contándome su rutina de trabajo, un tema que puede estar, perfectamente, entre los diez más aburridos del mundo, podéis apostar lo que queráis, que si se levantaba y se tomaba unos cereales con fibra, que si no se quitaba el pijama si no tenía que salir... y en estas, veo que, desde detrás. June empieza a hacerme gestos, como si se quitara el sombrero y empieza a vocalizar algo. Imaginaos la escena, un tío pesadísimo contando cosas sin ningún interés, pero al que debes hacer caso por cortesía y, detrás, arrebatadoramente guapa, una mujer diciéndote cosas que, seguro, son mucho más interesantes que la vida entera del puto escultor. Yo asentía a Doug, pero no podía dejar a mirar a June que, evidentemente, trataba de contarme algo de lo que no quería que Douglas se enterase. Una especie de secreto, Nuestro primer secreto, entendedme.

- ¿Sabes? Creo que el clima de Marsella es perfecto para esculpir... tiene una cualidad especial y el barro seca de una manera diferente... A mí me gusta, no obstante, antes de plantearme qué voya hacer, a dónde quiero llegar, ¿entiendes? No se trata de qué, sino de por qué...

Habla y habla sin parar y June empieza a alternar el gesto de ponerse y quitarse el sombrero con el de señalar a Douglas y tirarse del pelo y entonces, un poquito más tarde de lo que me hubiera gustado, lo entiendo: me está diciendo que Douglas lleva bisoñé. A mí me parecía que tenía un peinado raro, como antiguo, y cuando, gracias a la observadora June descubro que no es que sea raro, sino que es un peluquín espantoso, muy pedestre, de un negro intenso y antinatural. Entonces ya sí que no me entero de lo que cuenta. Mi cerebro sólo interpreta las señales que mis ojos le mandan y se fijan con atención en ese nacimiento brusco, opaco y pasa como en las pelis antiguas cuando salía un espiral, esa es la sensación que tengo yo: delante de mí está Douglas, el artista pelmazo, y me habla de sus rutinas, pero en mi cabeza sólo está el peluquín, desprovisto ya de su dueño, incluso, flotando en una nada absoluta y adquiriendo vida propia; una vida depredadora que amenaza con devorarme, cuando alguien me saca de mi ensoñación tirándome del brazo y haciéndome una desconcertante pregunta:

- ¿Qué te parece? ¿Lo hacemos?

Quien así me habla es Prístina, mi mujer, que espera una respuesta. Paseo la cabeza por la estancia del hospital y todos parecen pendientes de lo que yo tengo que decir. Sonrío bobaliconamente, porque no sé de qué va todo esto, pero acabo diciendo lo de siempre:

- Vale, por mí, de acuerdo.

Al final, no era tan grave. Resulta que estábamos quedando en vernos por la noche en L’hummanité, un bar de la playa, regido por un español amigo mío, que se llama Fosfous, en el que toco la guitarra un par de veces al año. El plan es, al parecer, que vaya a hablar con Fosfous y que le diga que me deje tocar unos temitas y que nos reserve una buena mesa, para cenar después.

Lo hago y Fosfous, como siempre, se muestra encantador: nos prepara una mesa genial y una cena para decir dos rosarios completos seguidos. Podéis imaginaros lo que pasó: le dediqué el miniconcierto entero a June, sin palabras innecesarias, sin tonterías: solo mirándola y sintiéndome mirado por ella. Sabiendo que antes de saberlo, la amaba ya. Sabiéndome querido y deseado por ella. Y no era la erótica del artista, aunque no niego que eso sucede, hasta a artistas tan mediocres como yo, era una corriente subterránea sólo perceptible por nosotros dos, pero tan clarividente que no había lugar a interpretaciones: nos hicimos el amor sin que nadie, al principio, ni siquiera nosotros, se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

Después, en la cena hablamos y reímos mucho. Livingstone y Prístina, menos, porque los chistes sobre poetas no les hacían gracia, las anécdotas sobre poetas no les resultaban interesantes y les aburría la poesía de repente, arte en el que June era maestra y yo me defendía. Improvisamos, en apenas un minuto, unos alejandrinos divertidísimos sobre las manchas en las camisas de los camareros que ni Prístina ni Livingstone parecieron apreciar.

Intercambiamos las direcciones de nuestros blogs y correo electrónico y nos fuimos cada uno al sitio donde dormíamos. Ellos a su hotel, y nosotros a casa de Mal. Prístina se fue a la cama temprano y me quedé parloteando con Mal hasta tarde. Le conté lo que había pasado esa noche y, llegado un cierto momento, me dijo que se me notaba que no me apetecía nada hablar con ella y que estaba deseando que me dejase solo para ver si ella se conectaba al mesenger.

- ¿De verdad se me nota?

- Muchísimo. Ten cuidado.

Me dio un beso, me deseó suerte, buenas noches y conecté mi portátil, ávido de noticias, a ver si encontraba a June, o un mensaje de June, o lo que fuera. Nada. Terrible desilusión... pero me rehíce; al fin y al cabo, no habíamos dicho que haríamos nada esa noche. Sólo que yo estaba tan ansioso por enganchar con June, que imaginaba que a ella debía pasarle lo mismo.

Agregué a June (luna_junera@hotmail.com) a mis contactos y empecé a escribirle una carta. Digo bien: empecé. Porque la empecé y la borré mil veces. No encontraba el tono. Estaba ya desesperado, iba a cerrar la sesión, cuando me llega la confirmación de aceptación de June. Se me abre la ventanita:

June dice:
hola, Wolffo golfo, ¿qué haces levantado a estas horas? Algo malo, seguro...

Wolffo dice:
hola, guapa...

Wolffo dice:
qué va... estaba aullando a la luna, a ver si alguna dama venía a consolarme...

June dice:
consolarte? y por qué habría de hacerlo? es que has caído en desdicha, caballero golfo?

Wolffo dice:
ya lo creo... esta noche he conocido a una mujer increíble...

June dice:
Hmmm, parece interesante...

Wolffo dice:
Y tanto... es la mujer más guapa que he conocido en mi vida

June dice:
no exageráis, caballero?

Y así estuvimos hasta las 6 de la mañana. No sé si os pasado a vosotros. Encontrar a alguien con quien se podría estar chateando toda la vida. Riéndote, llorando, discutiendo, abriendo tu corazón, cerrando tus ojos... Esa fue una de esas noches.

Los dos brillantes, seductores, olvidando el mundo y tratando de hechizar al otro. A ratos serios, a ratos payasos; sublimes minutos seguidos de charla intrascendente y vital; éramos recatados y osados, picantes y dulces, sensibles y desalmadamente sexuales. Una noche que atravesó los estados de ánimo para instalarse para siempre en mi recuerdo como la noche en que me enamoré de la mujer de mi vida.

Esa noche empezó todo.

Este post no tiene final, ni bueno ni malo, porque es sólo el principio. El caso es que llevo mucho tiempo hablándoos de June y quería que supiérais cómo nos conocimos, en qué circunstancias y bajo qué cielo. Disculpadme si ha salido demasiado largo, pero algunas cosas son así. Uno no puede contarlas más cortitas. Uno no puede estar pendiente, todo el rato, de lo que los demás quieran oír.

Ni siquiera, June, de lo que tú, amor mío, quieras oír.



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Listening to: Kinks - Money & Corruption - I am Your Man
via FoxyTunes

miércoles, febrero 06, 2008

cuando él no esté

Feel a whole lot better

Este tema de los Byrds se lo debo al bajista de los Ciclones, MiJoe, que me lo presentó un día de enero. Eso tenemos en común, a ambos nos gustan los clásicos americanos con voces, con un leve toque country y los Byrds eran maestros en esos. Este tema es de Gene Clark y es uno de mis preferidos de toda la vida desde hace 3 semanas. Hay una versión muy buena de Tom Petty y otra magnífica de Wolffo, el ciclón de Valdemorillo. Esta, la buena-buena, está tocada solo con guitarras acústicas, batería y bajo, pero ojo, hay tres guitarras haciendo diabluras y tres voces y luego una cuarta pàra darle color al asunto. Me encanta esta canción y además, ahora que he afinado correctamente mi guitarra de 12 cuerdas, estoy contentísimo con ella. Y con buen humor y una de 12 cuerdas, o tocas una de los Byrds, o es que eres gilipollas. ¿Te mola? Pues bájatela aquí:


Mi amiga, esa a la que le gusto yo por la única razón de que me llamo Sabino Joaquínez, es una mujer a la que deberías conocer, June. A veces, hemos hablado tan adentro, tan desde el fondo de su alma y la mía, que me daba miedo el día que la conozca en carne mortal, porque será como saludar a alguien que lo sabe todo de mí, excepto qué aspecto tengo.

Conozco a mucha gente en la calle y en internet y siempre interpreto mi papel; los de aquí ya me conocéis, ese fanfarrón un poco bocazas, pero entrañable, a veces, y otras insoportablemente pedante y casi siempre despistado. En lo que los internautas llaman la vida real soy un hombre tímido, cariñoso, educado y a veces un poco pelmazo, aburriente, más que aburrido, porque yo lo paso bien, pero no estoy seguro de que eso le suceda a los que están a mi alrededor.

Delante de mi amiga Moor Ris, pues sí, amigos, se trata de ella, sin embargo, no interpretaba papel alguno y, cágate, lorito, le caí bien, no me detesta ni nada. Esto es extraordinario, porque debéis saber una cosa acerca de mí: no hay quien me aguante, soy famoso por ser bastante imbécil y cuando me pongo nervioso, que es muchas veces, me vuelvo más imbécil todavía.

Hoy mi amiga está lejos de mí. La vida, ya sabéis; pero me ha llamado esta tarde y me ha despertado de mi siesta acompañada de Doctor en Alaska.

- Hola, Sabino, soy Moor.. (hala, ya le he pillado frito...)

- Hoooola, nena... (¿quién coño eres...?)

- ¿Estabas durmiendo?

- No, que va... (jodeeer..., si es Moor Ris...) Estaba ordenando unos papeles...

Me ha contado, después de perdonarme, sin decírmelo, que no admitiera que estaba como una marmota, que ya no va a venir más a Roma.

Se me olvidaba. Vivo en Roma, en mitad de la Piazza del Pomodoro, una plaza sin ninguna gracia, en un suburbio con menos gracia todavía. Ella, Moor Ris, es de Nápoles, que es una ciudad que se parece muchísimo a Barcelona, pero más en plan italiano, no sé si pilláis el matiz.

El caso es que Moor Ris solía venir a Roma muchísimas veces, y siempre quedábamos en vernos la vez siguiente que viniera, pero todas las veces siguientes fueron como la anterior y no llegamos a vernos. Tenía un novio en Roma, vamos no un novio, un noviete, pero ese noviete se enfadaba con Moor Ris cuando venía a Roma a verle y le decía que si no le importaba que iba a quedar conmigo. Le montaba numeritos y ella, bueno, con tal de no pelearse, le aguantaba.

Vale, diréis: más tonta es ella por permitir que un gil le imponga esas cosas, pero la cosa no es tan sencilla. Debéis saber otra cosa, aparte de que yo soy bastante imbécil: ella es preciosa. Es preciosa con sus gafitas, su flequillo rubio, sus chanclas de colores y los deditos de sus pies todos pintaditos, vamos las uñas, solo; es preciosa cuando se quita el sujetador y es preciosa cuando se pone el jersey de ochos, y cuando te dice, vale, Sabino, ¿quieres contarme qué es lo que pasa, en realidad? Y tú, que estabas en plan latin lover, pues dejas de hacer el indio y vas y le cuentas lo que te pasa. En eso se parece a otra amiga mía, Mal Clementine, de la que os hablo otro día, si se tercia. Pero que sepas, Mal, que te quiero mucho.-

El caso es que me dice Moor Ris que ya no va a venir a Roma nunca más... bueno, nunca no, por ahora, porque ha roto con su noviete y ya no va a venir a pasear conmigo por Roma en mi Vespa, que es algo que le apetece muchísimo desde que vio Caro Diario, de Nani Moretti, y yo la entiendo, porque es buenísimo. Es buenísimo vespear en Roma y el capítulo primero de Caro Diario, ambas cosas lo son.

Me dice que lleva tres días intentando hablar con el susodicho y que no le contesta a las llamadas, ni a los sms’s ni al mail. Que qué se ha creído y todo eso tan gracioso que decís muchas veces las mujeres. No te enfades, June, tú siempre explicabas mis cosas malas, con un “claro, eres hombre, qué vas a entender tú...”, y tienes que reconocer que las mujeres sois muy divertidas cuando os ofenden el orgullo. Bueno, en ese plan de yo valgo mucho más y todo eso.

Y yo, colega, callado.

Empieza a decirme que si no contesta, que si no se pone, es por que se huele que ella quiere dejarle y no tiene huevos para aguantarlo.

Le aconsejo que pase de él, que si ya está en ese plan nada bueno va a pasar a partir de ese momento. Si no fuera por cierto detalle, cualquiera diría, “pero, vamos, hombre... ¿qué dice este insensato de Sabino?”.

Ella llora un poco.

No me gusta verla llorar y pido al cielo que perdone por hacerla llorar.

Tú no estás haciéndome llorar, Sabino, sólo me estás escuchando...

¿Y tú cómo sabes que yo estaba en plan perdona?

Porque te oigo cuando piensas

No me jodas, Moor Ris...

A veces. A veces, me pasa, sé lo que piensas, te oigo en mi cabeza...

Y entonces yo empiezo a intentar poner la mente en blanco, porque no quiero pensar en lo único que me ronda la cabeza desde hace tres días.

(Lo que me ronda por la cabeza desde hace tres días

Salgo a la calle y, al salir de clase, me paso por el MedioMetro, el bar de Rocco, me pido una cerveza y unos calamares a la madrileña y a mi lado está un tipo con pinta de ser mala persona, de esos que te cuentan su vida sin que les hayas hecho nada; me la cuenta sin que pueda hacer nada por evitarlo, pues los calamares están demasiado calientes para tomárselos deprisa y demasiado buenos como para dejarlos en la barra, y resulta que me cuenta que tiene una novia española que vive en Nápoles y que la pobre está loquita por él, pero que él, en su alma más profunda es homosexual y que lo que quiere es que le acompañe a casa a ver unos videos grecorromanos y yo le sigo la corriente y cuando estoy en su casa me pone los videos y, la verdad, me ha engañado, porque los de la peli que me pone, que son todos muy atléticos y cariñosos, tienen aspecto como se suevos, de teutones, ¿sabes? Y cuando estamos viendo la película, cuyo argumento no alcanzo a comprender en su significado más profundo, me da un beso. No es un beso de amigo, o de primo, o en plan padre-hijo, es un beso de noviete. Me resultan extraños los labios de un hombre y el hecho que me dé esos lengüetazos. Sabe a cerveza y a otro sabor que no distingo, pero que a lo mejor es que sabe a hombre, y hazte una idea, mientras pienso todo esto, el tío está en plan morreo total y a mí no es que me guste o no, es que me tiene sorprendido la experiencia, lo distinto que es besar a una mujer y lo pesadito que está con la lengua, va a encontrar restos de calamares, me temo, como siga por ese camino; total que le aparto y le pido que me deje levantarme y no sé cómo sucede, ni qué es exactamente lo que hago, pero cuando me voy de allí, el tipo está en el suelo, más muerto de lo que le conviene a cualquiera que quiera disfrutar la vida, con lo que es la cara y el resto de la cabeza en bastante mal estado. En fin, eso, que parece ser que he matado a este tío)

No sé si habéis intentado poner la mente en blanco, pero os digo una cosa: no lo intentéis, porque, en sí mismo, es una parida y metafísicamente imposible, a no ser que seas alguien tipo un romano cabrón que tiene una novieta espaola que vive en Nápòles, o sea, que estés fiambre.

Bueno, Sabi, ¿qué hago? Porque, ¿sabes? Tengo la sensación de que no puedo seguir con él y de que , probablemente, me sentiré muchísimo mejor cuando no esté.

¿De verdad sientes eso?

De verdad. Sabes, de hecho, sólo pensarlo me hace sentirme mejor. Es raro, Sabino.

¿Raro?

Sí, es raro. Empiezo a sentirme mejor. Mucho mejor.

Ya, y yo...


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Listening to: Nacha Pop - Miedo al Terror
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lunes, febrero 04, 2008

de lobos y gacelas (aullidos en fa sostenido menor)

Como un animal



Esta canción de Gabinte Caligari, me enganchó desde el principio. Me parece verdaderamente inspirada. Gabinete Caligari me gustó muchísimo desde Golpes, en ese primer single compartido con Parálisis Permanente. GC era un grupo de canciones, un grupo que hacía buenos temas, sin pensar demasiado, como otros muchos grupos, en qué pensaría la gente de ellas. Sus canciones, como muchas de Radio Futura, respiraban inteligencia, ideas propias y haber pasado por las aulas. Comparad un texto de Gabinete Caligari con uno cualquiera de Mecano, o de La Oreja de Van Gogh, y sabréis a qué me refiero. Esta es una versión bastante fiel al original, porque me encantan los arreglos originales: las tres guitarras, el bajo, el ritmillo... me encanta la letra y la forma en que don Jaime la cantaba, asunto este en el que patino yo, lo sé, pero ahí lo dejo, para que las alimañas se diviertan un poco. Como un animal. ¿No es precioso?
Puedes bajarla aquí, si te hace:
Lo cierto, June, es que ando buscándote. Troto con mi hocico pegado al suelo, buscando como un loco tus feromonas. Sé, lo sé, mi querida June, que no es así como funciona, que tú debes liberarlas y yo, sin quererlo, debo captarlas y pelearme con la manada por el derecho a aparearme contigo. Mas desde que sé de tu existencia, desde que te vi en el valle, no pienso en otra cosa.

Reconozco que eres un bombón: eres grácil, bella suave y saltarina... y no puedo evitar quererte. Ahora me apetece corretear por las praderas y los valles a tu lado; solo pienso en estar juntos y beber, uno al lado del otro, el agua fresca y clara del nacimiento del río; sueño con tender trampas a los conejitos solo por el placer de verlos correr aterrorizados; me encantaría que me acompañaras en mis correrías y que fuéramos juntos a reírnos del bobo del perro pastor y sus ínfulas de rey de la manada de ovejas...; me encantaría, June, que cazáramos juntos... pero ahora, cuando me acerco a ti a sotavento y te veo de cerca, junto a tus iguales, cuando veo tus preciosos cuartos traseros, tu lomo suave y moteado, tu cuello largo y tus pies ligeros... cuando te veo elegir los brotes más tiernos con tu sexy lengüecita áspera, me apetece montarte, claro, pero también partirte la espalda de una dentellada; hincar mis fauces en tus muslitos; vaciar tus entrañas humeantes de un brutal y definitivo mordisco y enseñar a mi prole la mejor forma de comerte, de masticar tu carne tierna y firme, aromatizada con el tomillo y el romero de estas montañas... Estás para comerte, June.

Tú caminas con la cabeza alta y yo, ya te digo, con el hocico pegado al suelo. Tú vives en manada y yo soy un solitario; tú eres bella y yo brutal. Eres gacela y yo soy un lobo, no hay historia de amor más imposible.

Y sé, porque estas cosas se saben, que podríamos ser, tú y yo, una singular pareja. Te miro pastar, June, y te juro que me vuelvo loco.

¿Es malo querer devorarte? Siento esa necesidad. Sentir tu sangre caliente en mi gaznate, apagar tu último aliento mordiendo tu cuello o aprisionando tu morrito de gacela ilustrada.

Soy un lobo. Un zoquete carnívoro que miente para saciar sus instintos. Un ciego impulsivo que ya nunca dejará de desearte, aunque te juro que, ya jamás, tratará de matarte. Eso sí, mi preciosa comehierbas, te acosaré de lejos, sin aterrorizar a tu manada, ni a ti, porque me gusta todo de ti, excepto cuando te sientes acosada y huyes soltando improperios que, más que de gacela, son propios de hipopótama malcriada, o de buitresa solterona.

Y así, te veo, June, y sé que tú me sabes mirándote, porque te gusta jugar conmigo y comprobar el poder que ejerces sobre mí; sé que me viste la semana pasada en el discurso de la vieja tortuga, la que se hace pasar por gato (pero nadie tan tozudo puede ser felino, ¿verdad?) y que me has visto en mi peor versión, perdiendo los papeles y sin atreverme a perderlos del todo, dando dentelladas y no sabiendo recibirlas... Ahora bien, mi querida y saltarina June, no te acerques demasiado, porque tu carne es demasiado deseable para mí, ya me conoces: ronronearía con voz ronca y dulce tu nombre; haría que te confiaras, te lamería el cuello y el lomo, rozaría mis flancos contigo y, cuando más embelesada estuvieras, mi amada June, mis mortales mandíbulas se cerrarían sobre tu frágil espinazo para devorarte en una comilona sexual y atropellada.

Ahora trato de seguir, June. Intento arreglar las cosas en mi cueva. Dejar de ser un solitario y hacer que la vida me sonría más allá de los sueños.

De sueños yo sé mucho, June. Y una de las cosas que sé de los sueños es que sueños son, que jamás se cumplen, pero, también, que a un lobo como yo le es imposible vivir sin ellos. Por eso sueño y te invito, constantemente, a vivir esos sueños conmigo. Porque en mi vida ya no estás. Pero no he sido capaz de echarte de mis sueños y, pertinazmente, apareces en ellos, y me sonríes y me dices palabras que yo no me atrevería a pronunciar, de puro bellas, y me rozas y me amas.... hasta que despierto.

Entonces, ya despierto, en mitad de la noche, es cuando subo a este risco, porque sé que tú puedes verme, recortado mi perfil contra la luna, estiro mi cuello de macho poderoso y aúllo a la luna esta carta de amor.

Besos, June, de tu

Wolffo.



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Listening to: Slogan - TORRES DE viento
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viernes, febrero 01, 2008

con la iglesia hemos topado (un post impopular)

Mi parroquia era San Dámaso. La sede de San Dámaso no era una iglesia. Era un sótano malamente acondicionado como capilla para celebrar misas. Recuerdo que la recaudación del primer domingo de cada mes, de cuando pasaban el cepillo, se destinaba a la construcción del nuevo templo. Era bastante triste ir a misa allí, la verdad y yo pensaba que podían dedicarle a eso más domingos. El sótano tenía unas ventanucas, tragaluces, más bien, practicados en la parte alta de las paredes que daban al jardín donde jugábamos al fútbol los chicos. Era un sitio oscuro y triste, porque estabas en misa y estabas oyendo a tus amigos jugar al fútbol... pero cuando yo era un niño, no había discusión, se iba a misa y punto.

En San Dámaso había tres sacerdotes. El párroco, una especie de funcionario eclesial triste y gris; el Bonzo, una especie de buda enorme de piel abombada y tersa, bien alimentado (como un cura) y de papada prominente y como si estuviese rellena de foie; y el Ciego o, según Luis Bona (saludos cordiales), el Santo. El Ciego era alto, con el pelo negro racheado de canas y Luis decía “ese hombre es un santo”. Según me parecía a mí, lo que pasaba es que, de los tres, era el único que creía en Dios.

Yo iba a misa, cuando no podía librarme, el domingo a las 8. Antes, el partido de liga televisado era los domingos a esa hora y el Bonzo era especialmente breve en esa convocatoria. En menos de veinte minutos había concluido la misa y hasta la semana que viene, que yo me voy a ver el fútbol.

Lo que más me gustaba de todo aquello, era ir a misa con mis amigos e intentar aguantar la risa, cosa, como bien sabe todo el que lo ha intentado, harto difícil. A veces, nos situábamos junto a los confesionarios e intentábamos oír alguna confesión, especialmente de las chicas, pero nunca oímos nada sobresaliente; aunque más de una vez contamos mentiras a los amigos sobre lo que habíamos oído. Corrían mitos (leyendas urbanas lo llaman ahora) como el de la chica que empezaba a contar lo que había hecho con su novio y el cura le pedía más detalles y se le oía –al cura- acelerar su respiración y gemir y todo ese rollo... como los mitos sobre la yumbina en las fiestas, o su sucedáneo pobretón: las aspirinas disueltas en Cocacola.

Mis padres, que eran, como muchos padres de entonces, muy religiosos, en una época, y hartos del poco fervor cristiano del trío calavera de San Dámaso, decidieron ir los domingos a la iglesia que había en Félix Boix. Esa sí tenía templo, unos curas más creyentes y unas misas de una hora que eran insufribles. La primera vez que me llevaron, me pasé la misa entera intercambiando miraditas con una chica rubia de mi edad (unos trece o catorce años) que iba con su hermana. Fijaos: recuerdo su melena y su culo, amplio, y castigado en unos vaqueros de una talla menor de lo aconsejable, pero no recuerdo su cara. Y recuerdo su melena y su culo, porque, a partir del domingo siguiente, me ponía detrás de ella y jugaba con mis dedos en su melena y, cuando íbamos a comulgar, iba todo el pasillo central tocándole el culo. Ella se ponía a andar y se paraba de repente y yo chocaba con ella y entrábamos en contacto. Tal era mi fervor.

De todos modos, aguanté así un mes. Ni siquiera el premio de tocar un culo y restregarme ligeramente con una rubia culoncilla a la que le gustaba tanto como a mí el asunto, podéis creerme, pagaba el hecho que hubiera que aguantar una hora de coñazo y, menos aún, soportar una de las peores cosas que mis oídos oyeron jamás sobre la tierra: el típico grupito de jóvenes cristianos bien peinados que tocaban la guitarra y la pandereta y profanaban “Help!”, ese himno de terror al éxito, cantando: “Santo, santo... santo, santo... santo es el señor (lleeenoos estaaan...) llenosestánelcieloytierradetuamoooor”

Volví a San Dámaso y a sus 20 minutitos cortos de misa acelerada. Y eso, siempre que no pudiera saltármela, claro, que era lo más normal.

Estudié en un colegio militar, mucho menos estricto en sus normas de lo que la gente piensa (aunque reconozco que había cosas pintorescas), en el que había que ir a misa, a la hora del recreo, el primer viernes de cada mes. Esa misa era un coñazo, claro, pero tenía el premio de que se terminaba cantando la Salve Marinera, que es un himno precioso, que siempre me ha gustado muchísimo y que, reíros, me sigue haciendo llorar.

Bueno, atravesé, después de hacer la confirmación, una época beata, en la que iba a misa a todos los días, buscando algo que, evidentemente, no encontré y, poco a poco, fui alejándome de la iglesia. Pasando, paulatinamente, de no practicar a no creer, y a pensar que todo lo que suena a religión es pura superstición y el consuelo simplista de quien no quiere entender que la vida es un regalo y la muerte, el fin de ese regalo. De quien no entiende la vida. De quien no entiende la muerte.

No creo en dios. No creo en la vida trascendente. No creo que haya vida después de la vida y no me interesa, en abosoluto, la vida espiritual basada en supersticiones y juegos maniqueos de bien y mal.

Esa es mi postura.

Pero hay una cosa que no aguanto: es el anticlericalismo. La postura simplona del que condena a la iglesia por los pecados de su pasado y no reconoce sus aciertos ni lo mucho que ha hecho por nuestra civilización. La del ciego que no es capaz de ver que los crímenes que la Inquisición (que de santa tenía más bien poco) cometió a lo largo de toda su tenebrosa historia, son ínfimos, comparados con los que cometieron algunos de los más reputados reyes europeos en un solo reinado. Los que, por un puñado de pervertidos pederastas que sí, eran curas, condenan a toda la iglesia. Y ven a esos pocos, y les señalan con el dedo, les sacan a la plaza pública todo lo que pueden, pero no ven los miles y miles de religiosos que sacrifican sus vidas por los más desfavorecidos. A los que hablan del dineral que hay en el Vaticano, pero no ven los millones que hacen falta para mantener un vastísimo patrimonio cultural y una labor humanitaria ingente.

En serio, yo voy a misa y alucino con todo eso que pasa: el cura vestido de lagarterana levantando la hostia y diciendo que es el cuerpo de un señor que, de haber existido, murió hace dos mil años y bebiendo su sangre (¡puaaaajjj...!) y todos repitiendo sus mantras a la vez y levantándose y arrodillándose y cantando como brotes de olivo o qué alegría cuando me dijeeeroooon vamos a la casa del señooooor...

Si los obispos aconsejan a sus fieles la castidad para frenar la proliferación de enfermedades de transmisión sexual o los embarazos no deseados, se monta un gran escándalo.

Ahora, los obispos, que son los cabezas de huevo de este invento, van y dicen a sus fieles lo que ellos aconsejan que deberían tener en cuenta a la hora de votar y todo el mundo pone el grito en el cielo. Si es la UGT quien habla, nadie se escandaliza. Y eso que un sindicato de clase, como la UGT o CCOO es una cosa más superada que las friegas con linimento sloan. Por favor...

No me gusta la iglesia universal de lo políticamente correcto. Esa en la que, o comulgas con ruedas de molino, o estás fuera. Esa que nos dice cómo tenemos que pensar y cómo tenemos que reaccionar ante los estímulos. Esa en la que, si sugieres no estar en contra de una intervención militar, es que estás “a favor de la guerra”. Si te parece equivocado que a la unión civil entre personas del mismo sexo se le llame matrimonio, es que eres un homófobo. Si se te ocurre dudar del cambio climático o se que, de existir éste, sea causado por la acción depredadora y malvada del capitalismo, eres un monstruo neoliberal. Si estás en contra del canon digital es que no estás a favor de la cultura. Si no te ríes con un señor que no tiene gracia, pero es tetrapléjico y dice sus gracias desde una silla de ruedas, eres un fascista. Si la globalización te parece un fenómeno positivo, es que no tienes corazón. Si no odias a Israel y Estados Unidos es que eres un imperialista. Si no votas, no puedes protestar...

Y esta es la iglesia en la que vivimos hoy; una iglesia civil y ciudadana, cuya religión es el pensamiento único de lo políticamente correcto y con la que algunos, unos pocos, al parecer, nos sentimos ahogados y no comulgamos en absoluto.

Por eso me da la risa cuando la gente se escandaliza con la iglesia porque aconseje a sus fieles lo que deberían hacer. Al fin y al cabo, la iglesia es un club en el que entras, si quieres. La otra iglesia, la del pensamiento único, es obligatoria.

Y a mí, qué quieres, llámame fascista, neoliberal, insolidario, o lo que quieras, pero lo que de verdad me gusta, es ir por libre.

Y así me va...



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Listening to: Mozart - Cuarteto nº 17 K 458 - 2. Andante cantabile
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viernes, enero 25, 2008

snuff post

Cuando llego al lugar de los hechos, me oprime el terrible silencio que allí se percibe. En la habitación, en medio de un charco de sangre, junto a una silla caída, en mitad de todo, yace, ya sin vida. Soy un buen poli y sé cómo hay que actuar. Entro, recojo la cámara que hay en el suelo, que aún está grabando, y sujeta al trípode, buenas cámaras, las bluesky, coño, aprieto el stop y, a continuación, me dispongo a ver la grabación.

En la imagen, se ve a una mujer sentada en una silla (la misma silla que está en el suelo) con expresión aterrorizada. Está atada y amordazada con cinta americana. Se oye a un hombre que habla, fuera de imagen.

“... seguramente hoy, June, te parecerá mentira, pero has de saber que intercambiamos, entre unas cosas y otras, 523 mensajes de correo electrónico. El primero y el último son míos. En ellos me has dicho que me quieres, que me odias, que me deseas y me detestas, que soy el hombre de tu vida y que soy un gilipollas; me has deseado suerte, buenos días y buenas noches, felices sueños, que me muera, que me maten y que me den. Me has escrito las palabras más dulces, las que sólo tú eres capaz de decir, con tu inmenso talento y sensibilidad, y las más hirientes, las que sólo tú eres capaz de decir, con tu inmenso talento y sensibilidad.”

Entra en plano, de espaldas, el hombre que habla. Solo vemos parte de su espalda, que ocupa el tercio izquierdo de la pantalla.

“No he dormido, ¿sabes? Me pasé la noche leyendo nuestras cartas y reconstruyendo mi año de amor. Porque eso es lo que ha sido para mí, June. Es posible que ahora haya terminado, que ya no te ame, pero 2007 ha sido mi año de amor. En tu caso no, ya lo sé, para ti han sido unos meses de amor, vale, pero otros de indiferencia y aún otros de desprecio, así que en sensaciones tú ganas. Te lo has pasado mejor que yo, me temo.

Ahora, el hombre que habla ha cogido una silla y se sienta frente a la mujer. Está sentado con las manos cogidas, entre las piernas y ligeramente echado hacia delante.

“Leerte, y leer las cosas que nos escribíamos ha sido aleccionador, además de hermoso y doloroso, a partes iguales. Con la perspectiva que da el alejamiento, veo que los dos estábamos hambrientos, solos, juguetones y necesitados del otro. Los dos, June, éramos los dos, ambos tejimos una red de caza de la que el otro no pudiera escapar. Es verdad que yo era más cabezota, más insistente y evidente, pero tú, nena... tú eras sutil, subterránea y nunca, nunca... abandonaste el papel que te habías asignado en la comedia.

El hombre que habla se echa hacia atrás, como relajándose, y vemos que en su mano tiene una Luger clásica, con la que gesticula inocentemente mientras habla; la sensación es como de un profesor que divaga frente a sus alumnos con las gafas en la mano.

“Eras tan provocativa... tan distinta de todas las mujeres que yo había conocido... Además, claro, de tu talento. De que eras una poetisa de verdad, una hacedora de versos letales para mi espíritu impresionable; una escritora llena de erotismo en sus lineas y en su linea vital. Antes de conocerte, ya te deseaba. Antes de mirate por vez primera, antes de tocarte, antes de saber que existías como mujer, eras ya el amor de mi vida, el huracán que devastó mi corazón sin dejar en pie nada. Sólo existía para ti.

Ahora, el hombre que habla vuelve a echarse hacia delante y utiliza la Luger como un puntero, señalando y tocando con suavidad a la mujer de la silla.

“Conocerte fue un shock. Un acontecimiento que se escapaba de mi entendimiento, de mi medida, porque no sabía que podían existir mujeres así. Así de guapas (el cañón de la Luger acaricia sus mejillas y sus labios, por encima de la cinta americana), de inteligentes (por la frente y la sien derecha)... así de luchadoras (el corazón) y de sexys... (empieza a jugar con los pechos de la mujer atada). Sí, June, ¿ves?, puede que ya no te ame, nena, pero me sigues poniendo a mil. Sigues teniendo unas tetas maravillosas... (se incorpora y se separa) Pero no, tranquila, esto no va de eso... va de esto(le enseña la pistola), pero ahora, voy a cantarte una canción...

Al decir esto último se levanta, desparaece de cuadro y vuelve a aparecer con una guitarra y le canta una cación. Esta.



Ahora la apoya entre los ojos de la mujer.

“De eso va, nena. Va de que estoy cansado, June, muy, muy cansado de tanto dolor. No quiero vivir así, en el dolor. Es... ¿incómodo? Y sobre todo, doloroso. No quiero que me desprecies más. No soporto que me ignores. No te permito, en mi corazón, que no me correspondas... y mucho menos que ames, que intentes amar a otros. Que me sustituyas como quien cambia las pilas del consolador, June. Eso no se hace. Eso no te lo perdono. Y no es que crea que me perteneces, nena, no, qué va... Es que eres parte de mí. O mejor, somos la misma persona. Somos uno, June. Recuerda cómo era cuando nos fundimos. Nada había entre tú y yo. Éramos un único ser dichoso y mortal.

Ahora se levanta y sigue hablando, mientras pasea por la habitación y sigue disertando peripatéticamente

“No tenías derecho a esto, June. Éramos uno y tú no quisiste verlo, mala mujer. No quisiste, June, no me quisiste como yo a ti y ahora lo sé. Y sé, también, que la única forma de solucionar este dilema monstruoso, esta proposición unívoca que te empeñas en separar, maldita June, es actuar con firmeza y sin miedo. Y la parte de mí, de nosotros, que quede libre, podrá seguir viviendo. Pero no así.”

El hombre que habla se pone tras la mujer, le tira de la coleta para que levante la cabeza y le apoya en la frente el cañón de la Luger.

“Voy a matar este amor, June. Voya ahacer que no haya posibilidades de que crezca otra vez. No voy a permitir que un día te sientas simpática y me llames y vuelvas a engatusarme, hija de la Luna. Será solo un disparo, no temas, que no vas a sufrir.

Ahora el hombre, sin dejar de encañonar a la mujer con la mano izquierda, saca un cuchillo de su bota y rompe la cinta de las muñecas de la mujer, y la que sujeta a ésta a la silla, por la cintura.

“No te muevas ni un milímetro, June, no lo hagas más difícil... si no te mueves sé cómo hacer para que esto no duela, que no se sufra inútilmente... será solo un segundo, un disparo y ya...”

El hombre, sin dejar en ningún momento de encañonar la cabeza de la mujer, la rodea hasta ponerse en frente de ella

“Adiós, June. Has sido lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida”

Como siempre que oigo un tiro, pienso que el sonido del disparo es no es atronador, como en las películas. Es una especie de chasquido agudo y desagradable, que no da pistas sobre lo destructivo que es, sobre todo lo que es capaz de matar un solo disparo. Sale una enorme cantidad de sangre y masa cerebral cuando haces un disparo a quemarropa sobre una cabeza humana viva.

Se ve al hombre que habla tambalearse con la cabeza abierta del disparo y caer de frente a cámara. La cámara cae y ahora encuadra la puerta de la habitación, de costado. La mujer que estaba sentada aparece en cuadro, ahora, y va a salir por la puerta, corriendo, pero se detiene, se arranca la cinta y se queda mirando, horrorizada, la escena. Se agacha y desaparece del cuadro. Vuelve a aparecer, de espaldas, yéndose, con la pistola en la mano.

Después de 10 minutos de silencio, se ve algo que, hombre, tiene su gracia: yo mismo salgo en esta snuff movie, also starring, el detective Wolffo, podríamos decir. No llego a traspasar el marco de la puerta y me quedo mirando, imagino, al tipo que hay en el suelo, el desastre, como calibrándolo. Soy un buen poli, en serio, pero debéis saber una cosa: cuando veo un muerto, pongo cara de gilipollas.

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La canción, aquí:
Wolffo - Death of a clown
Death of a clown, la muerte de un payaso, es una canción curiosa. La primera curiosidad que tiene es que, siendo de los Kinks, la compone y canta Dave Davies, el hermano pequeño, el de los coros por las nubes, el guitarrista incomprendido. Es una hermosísima canción, en su versión original, a la que le falta, tal vez, una variación, para ser sublime. Esto mío no es ni una versión. Bueno, tal vez sea una...snuff version, ¿no?

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Listening to: The Kinks - Live Life
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martes, enero 22, 2008

en una isla

Living on an island

Este tema de Status Quo, los reyes del tachán-tachán, siempre me fascinó. Habla de la soledad del artista, del número uno... pedazo de cabrones, no sabéis la pena que me dáis. En fin, fuera de eso, la canción es extraordinaria y tiene esas dos partes, la primera melódica, calmada y obvia y esa segunda gritando skyyyyyyyyyy que es la pera, la verdad. Tocar esto en directo debe ser increíble. ¿O no? El sonido de guitarra acústica tan apagado y bonito que tiene esta canción, lo conseguí tocando la guitarra eléctrica, desenchufada, frente al micrófono, con una púa blanda, para que el golpeo se oyera bien. Debo decir que el resultado es magnífico. Y que yo, qué caramba, también soy magnífico. ¿Me ama el mundo? Eso es lo que yo me pregunto. Y basta.
Bájatelo aquí:


Tengo sed de ti. De tu risa y de tus besos. De tu cielo abierto y franco, de tu alma venturera esperando lo que yo te diga. Necesito tus besos, Bella. Calibrar tus labios con los míos, sentir tu aliento, apagado e implorante sofocado por mi ansia besadora. Tengo sed de ti.

Y yo tengo sed de ti, caballero andante, cómico frágil y soldado improbable; juglar que cuentas y cantas historias que me hacen pensar que piensas en mí más de lo que piensas, pero que me ensanchan el alma y me airean el corazón. Quiero beberte yo también.

Cuentas hasta diez y eres una burbuja que me aísla del mundo. Soy consciente de ti en toda tu extensión de mujer enamorada. Noto tus labios, claro, abriéndose a mí y tu lengua escapando de la mía; noto tus manos en mi espalda, tus uñas marcando tu territorio de gata de ciudad, flexible, elegante y peligrosa, si me descuido o si doy un paso en falso. Noto tu vientre ansioso y tu pecho dúctil, y el temblor de tus piernas-nave, porque estás a punto de despegar.

Te recibo con los brazos abiertos y vienes a mí como un hombre: decidido y tembloroso, valiente y muerto de miedo, adulto e infantil. Deseoso y deseable. Tus dedos fuertes y musicales juegan con mi espalda y su redondo final, y tu boca de Lucky Strike parece querer devorarme. Y te noto crecer, niño grande, contra mi vientre mientras me besas como nadie me ha besado jamás.

Nadie tiene derecho a entrar en esta isla.

No. Nadie lo tiene.

Después de hacer el amor, te gusta estar sola y yo no acabo de entenderlo, pero como no quiero parecer un idiota, pongo cara de que lo entiendo perfectamente, somos adultos, ¿no?, y te dejo sola. A otras mujeres, a todas las que yo conocí, les gustaba que les diera besitos y esas cosas, pero tú... oh, tú, incomprendida sirena, quieres estar sola.

A ver si me deja que haga mis cosas...

¿Sola? Para qué quieres estar sola, me pregunto y no hallo respuesta. ¿Hallo? ¿Hayo? incluso, ¿haio?. O, ya puestos, ¿ayo? ¿allo? ¿aio? O con la famosa hache intercalada, que de verdad, no sé para qué sirve intercalar una hache: ¿ahyo? ¿ahllo? ¿ahio? Pero estos desbarros no me vienen bien... mejor me voy a pescar. Claro, tendré que ir solo, porque a la marquesita de Rarolandia, a la princesita de los cojones, le apetece estar sola después de follar. Sola, ya ves, como si yo necesitara estar con ella para algo...

A ver, ahora va a resultar que es que si no estamos juntos a mí me va a pasar algo. Pues no, bonita, no, no me pasa nada, menudo soy. Sí, te quiero y eso, y me gusta cuando estamos juntos, pero no lo necesito. Para nada. Soy autosuficiente. Mira ese pez... mira esta lanza que me he fabricado yo con el fémur del oso que maté con mis propias manos (vamos, el que me encontré muerto) ... la lanza está doblada, el fémur de oso no es como el mío, rectilíneo y elegante, pero es tremendamente eficaz... si quieres pincharte un pie, en vez de al puto pescao. ¡Ay... su puta madre...! Duele, te lo juro. Joder, ella me lo ha dicho mil veces: con esa lanza no vas a pescar nada... claro, ella, quedándose sola después de fornicar, lo arregla todo. La posturita fácil. Me quedo sola y tú te vas y... ¿qué coño imaginará que hago yo cuando la dejo sola? Sé que ella no siente curiosidad, porque yo sí la siento, y a veces me escondo para mirar porqué quiere estar sola, qué es lo que hace, pero siempre me pilla. Me percibe, la cabrona. “Atticus, que te estoy viendo, déjame sola un ratito, anda...”

Y yo, Atticus Finch, ex-abogado, ex-persona respetada, ex-prota de libro y película, una persona con criterio, caché y nivelazo, me quedo sin palabras y me voy con el rabo entre las piernas solo porque la muy puta quiere estar sola después de que me haya exprimido para su placer. Sí, cuando estoy ahí, bien que grita, bien que me dice más, más y todo eso, pero es irse y hala, ya le estoy sobrando.

Otro pescao. A ver si es de los memos, de los que se pueden cazar a guantazos, porque con esta lanza (ahora que ella no me oye) no se pesca ni a un calamar gigante muerto. Será un fémur de oso, pero como caña, una mierda, ya te lo digo yo. Se ha escapado el muy capullo... me gustaría que los peces crecieran en los árboles. O de algas o algo así. Que estuvieran ataditos y así cuando llegase un buen salvaje como yo, al que su chica, después de follarle, le echa a la puta calle, y aunque estuviese, por esa circunstancia, sin ánimo macho, sin orgullo de cazador, pudiera así llevar alimento a su cabaña.

Hay una táctica buenísima para el mero. Nunca falla, pero es una putada tener que hacerlo ahora. Pero se me va a hacer de noche, así que voy a ello, que follar me deja hambriento. Tengo que hacer un esfuerzo por olvidar todo lo malo que pienso de ella y volver a imaginarla sexy y no sola, sino conmigo. Necesito verte.

El acto (resumen)

Estás aquí, reina de la morería, desnuda y plena a mis ojos, a mi alcance y a mi placer. Qué distinto es este mar de tu Mediterráneo

flops... ... ... ... flops... ... ...

y qué distintos son tus ojos cuando duermes, de cuando yo te voy a poseer

flops... flops... flops...

qué distinta es tu piel, suave y lisa cuando descansas y erizada cuando sabes que estoy en ti

flops, flops, flops...

y qué distinto es el mundo cuando todo es aire y cuando tú, en tu boca milagrera acoges mi dulce y abultada victoria y me llevas hasta

flopsflopsflopsflops

el final...

¡ay....!

Siempre, cuando llega este momento de flotamiento torpe, de dinámica de fluidos desigual, pienso en las vidas sublimes que se pierden en el mar... o en si, tal vez, algún pescaíllo avispado es capaz de ser fertilizado por mis espermatozoides derramados en la playa y surja alguna nueva raza de peces machotes; seres inteligentes que, por ejemplo, no permitan que su chica les expulse ignominiosamente después de tirárselos y tengan que ir a la playa a meneársela para que su semen haga de un sorprendentemente eficaz cebo para meros. Un cebo que, además los deja agilipollados nada más probarlos y puedo pescarlos sin violencia, sin fastidiar su rica y jugosa carne.

Ya vuelvo a casa, solitaria amante, ya vuelvo junto a ti con el sustento para nuestros cuerpos. Para coger fuerzas renovadas que nos permitan seguir viviendo y follando y que tú sigas echándome después... no puedo odiarte porque eres hermosa

Ya viene mi caballero andante, ya se divisa su inmenso perfil en lontananza, ya se recorta su cuerpo fuerte y masculino contra el sol de poniente y la playa... y con un mero gigante... me gustaría saber cómo se las apaña. En fin, si no quiero que me pille fumando después de hacerlo, porque entonces el tabaco que tengo me duraría exactamente la mitad de tiempo, tendré que seguir disimulando, pero un día, por estas, le sigo, a ver cómo coño se las apaña para atraer semejantes peces...



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Listening to: Pearl Jam - Black
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martes, enero 15, 2008

una fiesta de poetas

I don't want to spoil the party



Repito esta canción, porque me gusta y porque no he tenido tiempo de encontrar nada mejor para este fabuloso post. Esta canción, que es una de mis preferidas de todo el mundo mundial, se debe a otro momento de inspiración de John Lennon que los Beatles grabaron en el magnífico Beatles for sale. Es muy de Lennon eso de "no quiero estropear la fiesta, así que me piro". Esta vez la he grabado, esperando que sirva de precedente, sin nada de máquina. Guitarras electrica y acústica, bajo, pandereta y teclitas que casi no se oyen y es mejor así, os lo juro. La canción tiene una armonía vocal sencillamente maravillosa a la que yo, lo siento, añado una tercera voz en la última estrofa. Bueno, a mover el trasero, que la canción lo pide y yo, ya sabes, no querría estropearte la fiesta.
Puedes bajarla aquí: Wolffo - No quiero estropear la fiesta

El día que presentaba mi libro de poemas, todo fue bien hasta el momento en que me presentaron, es un decir, a June:

- Te presentamos a June Castaños, poetisa...
- Sé quien es... – dije - ¿quién no conoce a June?

Y June sonreía porque recordaba que ella y yo habíamos sido amantes un día, y que ese día estaba más lejano que el meteoro que acabó con los dinosaurios. Nuestra relación no acabó, precisamente, bien. June dejó claro que no quería volver a verme con las siguientes palabras:

- ... que no quiero volver a verte, ni a saber nada de ti, gilipollas.

Y yo, que a veces muestro ciertas dificultades para entender según qué mensajes complejos, le dije a June que de dónde sacaba que yo sí quería volver a verla.

- De que me escribes mensajes todos los días, al teléfono, al e-mail, en mi blog, en el tuyo... me llamas a casa, al trabajo, o a donde sea. Me escribes cartas que ni siquiera me molesto en abrir...
- ¿¡Que no las abres...!?
- Pues no, membrillo, no las abro, van directamente a la basura. Que te den, atontao.

Y esas fueron sus últimas y dolorosas palabras. Palabras que, por cierto, eran mentira, pero June era experta en decir cosas que me molestaran. Que me dolieran. Esto sucedió hace tres años. Y ahora, de nuevo, mira tú, June ante mí, dándome la mano y sonriendo con su sonrisilla que hace que quieras desnudarla y hacerle eso que cambia la sonrisa por una boca abierta y suspiros.
- Eso –dijo ella - ¿quién no me conoce?

Estuvimos haciendo la goma toda la fiesta. Nos evitábamos y no nos queríamos alejar demasiado, porque, en fin, teníamos muchísima curiosidad por qué había sido del otro en estos años. Yo sabía de su vida, digamos, literaria. Había seguido sus avatares poéticos, claro, pero no sabía nada de su vida, de su afán, de su... vamos, que no sabía quién se acostaba con ella.

Me presentaron a un montón de poetas y, la verdad, ninguno tenía el aspecto que uno se espera de un poeta: mal aspecto, vamos. Todos parecían personas. Los que tenían más aspecto de poetas, así, como mal vestidos y mirada de idiota, eran editores, y los que mejor vestidos iban son los gorrones que van de coktail en cocktail sin que nadie les invite, conozca o quiera, pero ahí están los tíos. Esto me recuerda un chiste de “La codorniz” en el que un padre, le decía a su hijo “hijo, tienes que empezar a pensar seriamente en tu futuro, ahí tienes a las moscas” y el hijo contestaba al papi “¿y qué pasa con las moscas, papi?” y el padre contestaba “nada, pero ahí las tienes...”

Recordar este chiste me puso de buen humor, y entonces me puse de buen humor, pero cuando me pongo de buen humor, a veces, repito las cosas, así que me puse de bastante buen humor, no sé si me explico. Me presentaron a Filippo Simpitto, tonto de capirote y poeta eunuco, cuya obra “Oda a los sin huevos” me pareció una obra bastante cobarde, como si no le hubiera echado cojones, ¿entiendes? Y se lo dije: es como si no le hubieras echado cojones, Filippo, ¿entiendes? Y él, que no tiene pelotas, estuvo de acuerdo.

Estaba allí Sinforoso Sinaudiencia, probablemente el hombre más pesado del mundo, cuyos poemas eran un misterio, porque nadie los había leído jamás. Empezabas en el primer verso (recuerdo uno, era así: “Obvio, justo... tafetán...”) y te aburrías tanto que cerrabas el libro inmediatamente, no fuera que se te pegara algo, como si fuera un virus o un bacilo de Koch. Si alguien no sabe lo que son los bacilos de Koch, puede verlos en esta estupenda instantánea

Conocí a Sebastián Florillo, poeta del preludio, de esos que antes de que abran la boca, estás deseando que se vayan de una vez. Es de los que empieza a carraspear y a aclararse la garganta y ya estás nervioso antes de que empiece a hablar. Su obra era una sucesión de prólogos y notas previas que nunca desembocaban en nada. Era imposible leer nada suyo hasta el final, porque tanto preludio te despistaba antes, si quiera, de empezar.

Total, que cojo a June y me la llevo a la terraza.
- June, tía, huyamos de esta fiesta, hagamos el amor.
Y ella:
- ¡Já...!

Así que nada, no me fui, porque algo en ella me hizo sospechar que no estaba del todo convencida. Ahí estaba yo, todo mono, y allí estaba ella, y allí estaba todo el mundo que estaba allí, pero no pasaba nada. Cuando parecía que la fiesta de presentación de mi libro de poemas iba a ser eso, un muermo inenarrable en el que no pasaba nada ni nada, entonces sucedió.

Ana Obregón, una chica bastante flaca y con cara de imbécil, subió al escenario. Pensaba que se le había olvidado la falda, pero no, no se le había olvidado, es que es así, no lleva falda para poder decir que la gente no deja de mirarle el culo. Yo lo intenté, en serio, mirarle el culo, pero no lo encontraba por ningún lado, ni siquiera donde se supone que debería estar, sobre las piernas, como por la parte de atrás. Debe ser por eso que no lleva falda, porque no hay culo que tapar. Si hubiera sido Ana Diosdado...

Ana Obregón, la mujer sin culo, sin falda, llevaba un papelito y se subió al escenario con intención de atizarnos un discursillo relativo a algo, tal vez a mi libro, que era el tema de la noche, pero entonces, se pisó una trenza de pelo púbico (no sé si lo sabéis, pero está de moda ponerse extensiones en el chumino) y cayó y calló.

Cogí el papelito y leí el texto de la atroz intervención que pretendía hacer y alguien pidió un médico en la sala.
- Yo soy médico – mentí - déjenme sitio
- Pero... usted es el poeta...
- Poeta y médico, no lo olvide, amigo mío. Y los poetas somos, ¿cómo decirlo? una especie de médicos del alma...

Como no había ningún médico de verdad, ni falta que hacía, me dejaron intervenir, así que me arrodillé junto a la desculada y traté de averiguar si respiraba

- ¿Respiras, hija...? – le pregunté con mi tono más amable

Ella no contestó (mujeres...), así que procedí a tratar de averiguar si su corazón latía. Para ello, llevé una mano, mi diestra, a su teta izquierda y presioné como se presionan los muñecos esos que suenan, porque algo en el tacto me hizo recordar esos juguetes.

- Este seno podría explotar en la cabina de un avión en condiciones determinadas de altitud y presión - acerté a decir con tono docto.
- Eso es un mito, oiga – dijo alguien cuyo nombre no voy a reproducir por falta de relevancia.
- ¿Un mito...? A mi teta antistress le sucedió eso, mequetrefe...

En fin, la cosa había dejado de divertirme.

- Vale, punto. Hora del óbito...
- ¿Óbito? Pero si está tosiendo
- Ya lo oigo, no soy sordo, ha sido una muerte tusiva...

Era realmente desagradable ver toser a una señora muerta, sin culo y con tetas moc-moooc, así que me levanté de ahí y traté de encontrar a alguien con quien discutir el extremo de la muerte tusiva. Alguien lo suficientemente preclaro como para hablar de la muerte, sin que el hecho de que la muerta esté tosiendo, le distraiga del tema principal. Pero no había nadie así. Allí lo que había era poetas, editores, gorrones, June y yo.

Y nadie de toda esa multitud era capaz de discutir en un plano puramente teórico. Todo el mundo quiere hechos. De modo que, como no quería estropear la fiesta, me fui.

Porque yo no soy así.

Yo soy como algunos de tus poemas, mi querida June.

Soy fea belleza.
Soy, verdaderamente, mentira.
Soy poesía.

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Listening to: Blur - Stereotypes
via FoxyTunes


ACTUALIZACIÓN
IMPRESCINDIBLE
Se me olvidó decir que en la fiesta de los poetas había una cosa buena: el grupo de rocanrol que estaba animando el cotarro: Los Ciclones, no veas qué marcha, mira...





(Por cierto, podríais pasaros por YouTube y poner estrellitas que nos hace mucha ilusión)

martes, enero 08, 2008

es sólo una canción, pero me gusta

Wolffo- Deja que te vea
Yo en mi zulo tocando esta nueva cancioncita. Eso es todo. Nada menos. A ver si te gusta.




Aquí puedes verlo en tocho, en mi canal de YouTube
Cuando ves que casi todo lo que haces es inútil, que nada puede ayudarte a pasar el trago, a explicarte a ti mismo cómo te sientes, cuando tienes ganas de decir las cosas de esa forma en que nadie más puede decirlas, entonces es el momento de hacer una canción.

Puede que cojas la guitarra, eso es lo que yo hago, desde luego, y, sin saber muy bien porqué, empiezas a jugar con cuerdas, acordes, ritmillos... De repente, una frase se te cruza en la cabeza, una frase que encaja en un dibujo musical que, caprichosamente ha salido de la guitarra.

Mi forma de hacerlo es repetirlo, repetirlo y repetirlo, añadiéndole una cosita cada vez. Una frase más, un acorde distinto, una variación... Antes de darte cuenta, tienes una frase musical completa. Puede que una estrofa, o un estribillo, eso nadie lo sabe aún. Antes no era así, pero ahora, sí. Mentalmente, voy asignando instrumentos: el dibujo del bajo podría ser así... La otra guitarra podría hacer un punteíllo chulo asá... podría meter coros aquí y aquí...

En ese momento ya sé que estoy creando una canción, así que el mundo entero desaparece y ya puede haber un terremoto, o diez mujeres rusas bailando desnudas, que no estoy pa nadie. Una excitación me recorre de la cabeza a los pies como una descarga eléctrica y me aísla del mundo exterior. Quedamos solos yo y mi mundo interior.

Para mí, el siguiente paso, es darle forma a la canción. Dotarla de una estructura, de una arquitectura sólida, sí, pero hermosa, a mi modo, que soporte todo lo que quiero cantar. Entonces es cuando decido el carácter de la canción. Será más popi, o más rockera, o más country... lo que sea. Empiezo a cantarla en inglés de palo: in the morning you came to me, how it seems to be cruel for you, it’s the same old story and you broke my heart… lo que sea.

Supongo que si alguien me está oyendo en ese momento (mis hijos, Susana…) será insufrible para ellos oírme repetir las frases musicales una y otra vez. En esta fase, mientras canto en inglés de palo, voy metiendo, con calzador, frases en español que me servirán luego para hacer la letra. Necesito una mesa, un papel y un boli... y no soltar la guitarra, claro.

A veces, si esta fase me pilla cerca de mi zulo, grabo lo que tenga, en inglés de pega y las frases en español que se me van ocurriendo, o improvisando en español, aunque no rime. Pero es posible que no me pille en mi despacho, así que voy escribiendo la letra según se me ocurre.

La letra no la escribo, en realidad, sino que la canto. Es decir, no la escribo y luego la encajo, sino que la canto, hasta que la métrica, el fraseo, suenan naturales, y luego la escribo. De esta forma tardo más, ya lo sé, pero soy fiel a una cosa que pienso de toda la vida de dios: las letras de las canciones no son para leerlas, sino para cantarlas. Del mismo modo, si no se va a leer, sino cantar, no se puede escribir, sino improvisar hasta que sale la letra. Eso hace que muchas veces, haga versos parecidos en canciones distintas, pero también me da una libertad asombrosa en el lenguaje, sin que suene, me parece a mí, pretencioso, en plan, voy a ver si se nota lo culto que soy, como Héroes del Silencio, no sé si me explico. Creo que los versos deben salir cantados, más que escritos, a eso me refiero.

Así que, guitarra en mano, voy escribiendo la letra. Y en seguida, a grabarla, que si no se olvida. Primero la grabo solo con una guitarra, que es lo que puedes escuchar aquí. Es curioso, escúchala, que es solo un cachito. Ya se ve lo parecido que es a lo que luego será la canción, y hay algunos ligerísimos cambios en la letra. Es curioso, mira:




En fin, es solo una canción, pero me gusta.

Hablemos de esta canción.

Esta canción es... mi terapia particular. Es así como intento superar las cosas: cantándolas. Temáticamente, es una canción en la línea de Ya sin ti, estoy en ello, trato de superarlo, trato de ser una persona otra vez, yo mismo, no la sospechosa sombra que intentaba ser para ti. Con mis miserias, sí, pero con mis glorias, también. Que uno no es tan gilipollas ni tan poca cosa como a veces puede colegirse de mis letras.

Musicalmente, la canción tiene solo dos frases: la de la estrofa es fluida, suave, lógica y acuática. Las notas, con una ligerísima variación, se suceden, casi, sin solución de continuidad. Los acordes son armónicos y más que tocarlos, hay que dejar que se desencadenen por sí solos.

La otra frase, el riff del estribillo, es parecido, pero sutil y decididamente distinto. Es poderoso, guitarrero, tiene notas sorpresa (uno de los acordes ni siquiera sé cómo se llama) y, en mi opinión, es una gozada para el alma. A mí me hace bailar, y hace que mis pulmoncillos me pidan más y más aire para gritar y para bailar y no decaer. Pero es que yo soy raro.

Es pop-rock wolffero: melodías suaves, guitarras machaconas y voces a tutiplén.

A ver si os gusta.

Para bajarla a tu ordenador, pincha aquí:

Wolffo - Deja que te vea


Es hora de acabar, no tiene sentido esperar
Ahora estoy fatal, y tú mereces mucho más,
Más de lo que ofrece, mi corazón de preces,
Tanta soledad sólo puede hacernos mal

Mirarte una vez más, recordar lo que no fue,
Soñar y despertar, te quise casi sin querer
Llenabas mis rincones, mi casa y mis canciones
Tanta irrealidad, pone mi alma a tus pies.

Ábreme tus puertas, te prometo no pasar,
Deja que te vea aunque ya no te haya de amar
Por mucho que me duela, quiero verte sonreír,
Dame una certeza, una razón para seguir.

Si un día vuelve el sol, si quisieras volver a ser
Ese espíritu burlón que me abrazaba cada atardecer
Deja que lo sepa, y no dejes que me muera
Pensando que ya no, que conmigo perdiste la fe

Ábreme tus puertas, te prometo no pasar,
Deja que te vea aunque ya no te haya de amar
Por mucho que me duela, quiero verte sonreír,
Dame una certeza, una razón para seguir.

Nena, es tarde, ya, te imagino antes de dormir
Sentada y sin pintar, dispuesta para escribir
y olvidarte un poco (más), de este pobre loco
que te quiso tener, sin atreverse a ser feliz

Ábreme tus puertas, te prometo no pasar,
Deja que te vea aunque ya no te haya de amar
Por mucho que me duela, quiero verte sonreír,
Dame una certeza, una razón para seguir.

Abreme la puerta, deja que te vea
Dame la receta, deja que te vea
Déjame mirarte, Deja que te vea
Deja que te quiera, sea lo que sea


Pongo la letra por Morgana, que la ha pedido, me parece.

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Listening to: Oasis - It´s Getting Better (Man!!)
via FoxyTunes

miércoles, enero 02, 2008

egotrip (si no tenemos a Zapatero, hablemos con Wolffo)

ACTUALIZACIÓN: EL VIDEO, ABAJO


dentro del capó



las peroratas no escurre el bulto: asume su responsabilidad social dando a conocer grandes páginas desconocidas del pop patrio, y por eso repito este tema. Por eso y porque no me apetecía grabar otro, todo hay que decirlo. Bueno, el caso es que sólo los más fervientes seguidores del Diario Pop, o de Flor de Pasión serán capaces de recordar esta canción que traigo hoy aquí en una versión, esta vez sí, muy diferente a la original. ¿Recuerdas a Slogan? Yo nunca me olvidaré de él. La canción tiene chicha y es magnífica. Explica, con una imagen ciertamente original, porqué algunas relaciones no pueden ir a ningún sitio, por muy bonito que parezca todo. Se la dedico a... bueno, a ti, nena, ¿a quién si no?

Si te mola, te la bajas por aquí:

Wolffo - Dentro del capó (cover de Slogan)


Vamos a empezar el año mirándonos el ombligo. Vamos, el plural es mayestático, porque lo que os propongo es que miréis mi ombligo conmigo. Os cuento.

Resulta que en Canal+ parece ser que hacen, cada trimiestre, un programa en el que presentan las series que van a emitir en ese trimestre.

El formato del programa (que se llama, por cierto, “Las series de Canal Plus”, no se rompieron las meninges, no...) según me contó su director, Jose Mª Clemente (yo no soy abonado a canal+ y, por lo tanto, lo desconozco), varía cada trimestre. En esta ocasión, y como quiera que las nuevas series tienen en común que se desarrollan y cuentan las peripecias de distintos profesionales, Jose Mª Clemente decidió que el formato de presentación sería el de mezclar el reportaje hecho con fragmentos de la serie con una entrevista a un profesional del ramo del que tratara la serie, en la que iría preguntando al profesional de turno las coincidencias de los temas y las tramas de los argumentos con la vida real. Todo esto es lo que yo sé antes de ver el resultado, porque hasta el viernes 4 de enero, a las 13:05h., no se emite.

En el caso que me ocupa, se trata de Mad Men, una serie sobre creativos publicitarios ambientada en el Nueva York de 1960, creada por Matthew Weiner, productor y ocasional guionista de las dos últimas temporadas de «Los Soprano»”, como cuenta Javier García, en 1 Blog de Televisión, donde hay una excelente info, en español, sobre la serie. Mad men es un ingenioso juego de palabras que hace alusión a la locura, claro (mad es loco, en inglés), pero que se refiere a los ejecutivos que trabajaban en Madison Avenue, la calle de las agencias de publicidad de la Gran Manzana. Qué antiguo suena esto de la Gran Manzana, ¿no?


José Mª Clemente pensó que sería una buena idea entrevistarme a mí, en calidad de creativo publicitario, para que hablara de las coincidencias y diferencias entre la vida personal y profesional de un creativo neoyorkino de 1960 y la de un free-lance de Valdemorillo en 2008.

En fin, como soy de natural valiente, aun sin ver si he hecho el ridículo más de la cuenta, os participo a los que queráis verlo, que el viernes, 4 de enero, a las 13:05 por Canal+, o a las 13:35 por Canal+30, se emitirá el programa Las series de canal+ en el que imagino que saldré un par de minutos, aunque estuve casi media hora parloteando delante de una enorme cámara. Más abajo detallo las multidifusiones del programa, con horarios y canales, pero, de cualquier modo, en cuanto disponga del cachito de programa en el que me hacen preguntas y yo, creo, que respondo, lo subiré a las peroratas, si bien esto no sucederá, en ningún caso, antes del viernes por la noche o el sábado por la mañana.

En realidad, lo que ocurre es que en canal+ están bastante apesadumbrados desde que Zapatero es más amiguito de la sexta, y después de darle vueltas a la mejor estrategia para recuperar el fervor popular, han recurrido a una solución que, en una misma persona, yo mismo, el gran Wolffo, el ciclón de Valdemorillo, les ofrece profundidad y brillantez en el discurso, calidad en los contenidos, léxico potente y seductor y un fuerte componente sexual con mi voz profunda, sedosa y desnudante. Una advertencia: para que la gente no se masturbara en masa mientras mi poderosa imagen aparecía en pantalla, y sabiendo que “la cámara engorda, al menos 5 kilos”, pedí a los responsables del programa que hicieran “el favor de grabarme con, al menos 5 cámaras y de las buenas, de las que no engordan cinco kilos, sino 6”. De modo que al hombre que veréis en imagen soy yo, sí, pero artificialmente engordado para que no se produzca una paja masiva de consecuencias incalculables para la economía española y el buen marchar del país en general.

En fin, estos son los días de emisión del programa. A ver si no me tengo que arrepentir de haberos avisado.

Día Hora Cadena
viernes 4 de enero
13:05h. Canal +
viernes 4 de enero
13:35h. Canal + ...30
martes 8 de enero
19:50h. Canal + DCine
miércoles 9 de enero
02:50h. Canal + 2
miércoles 9 de enero
09:55h. Canal + 2
viernes 11 de enero
07:30h. Canal + 2
viernes 11 de enero
19:03h. Canal +
viernes 11 de enero
19:33h. Canal + ...30
domingo 13 de enero
04:44h. Canal +
domingo 13 de enero
05:14h. Canal + ...30
domingo 13 de enero
10:25h. Canal + Comedia
domingo 13 de enero
10:55h. Canal + Comedia 30
lunes 14 de enero
03:20h. Canal + Comedia
lunes 14 de enero
03:50h. Canal + Comedia 30
martes 15 de enero
18:00h. Canal + 2
jueves 17 de enero
09:50h. Canal + Comedia
jueves 17 de enero
10:20h. Canal + Comedia 30
viernes 18 de enero
06:30h. Canal +
viernes 18 de enero
07:00h. Canal + ...30
sábado 19 de enero
01:00h. Canal + Comedia
sábado 19 de enero
01:30h. Canal + Comedia 30
viernes 25 de enero
19:10h. Canal + Comedia
viernes 25 de enero
19:40h. Canal + Comedia 30
sábado 26 de enero
13:35h. Canal +
sábado 26 de enero 14:05h. Canal + ...30

ACTUALIZACIÓN: EL VIDEO
En fin, amiguitos, aquí está el video.
Os cuento que llegaron 6 personas a casa. Jose Clemente, el director del programa, que era querido como amigo y ahora es respetado como profesional. Me quitó de enmedio con sutileza, ahora lo veo bien, para que sus compañeros, los técnicos, pudieran hacer su trabajo (poner el salón patas arriba sin que yo les gritara) y para relajarme. Estuvo conmigo en la cocina mientras ponía un café y sus compañeros ponían mi saloncito irreconocible. En su honor den¡bo decir que recogieron todo y lo volvieron a poner todo en su sitio de forma sorprendentemente rápida y eficaz.
Me sentaron delante de la tele y Jose empezó a hablar conmigo de forma muy relajada hasta que vio que no estaba ya nervioso y empezó a hacerme preguntas. Fue una conversación cercana a la media hora, de la que faltan las partes más divertidas: un par de veces que me trabé y un pequeño ataque de risa general por una descripción cruel que hice acerca de una campaña de Pascual "Desayuno de trabajo en una agencia de publicidad" especialmente desafortunada. Claro, digo que es lo mejor desde el punto de vista de quien no tiene que hacer un programa anunciando las series nuevas de su cadena, claro.
Vedlo, amigos, y que mis palabras se defiendan por sí solas. Da rabia pensar que tanto rato queda en tan poco tiempo: con lo que me gusta a mí largar...
Ello es:




¿Qué... mola?

Pues hay que agradecérselo a el_Vania, que ha tenido la gentileza de grabarlo, editarlo, limpiarlo y subir el corte a YouTube, y pasarme el código de empotration para que podamos verlo, Gracias, Vanitas, Vanitatis. Eres un amigo.


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Listening to: Mozart - Sinfonia nº 38 (Praga) - 3. Finale

via FoxyTunes