La historia de Jim Croce es muy curiosa. En apenas un par de años que duró su carrera, truncada por un accidente aéreo, le dió tiempo a publicar un númeor asombroso de maravillosas canciones. Si te gusta este tipo de música, de melodías impecables, guitarras acústicas, un poquito de cuerda, y una voz que te acaricia con sexual descaro, Jim Croce es tu hombre. Tiene muchas canciones de esas que te paran el corazón, pero esta me parece especialmente inspirada. Cada vez que intento decírtelo, se me atropella la lengua, así que tendré que decirte que te quiero en una canción, dice el estribillo. ¿No es hermoso?
Hoy, por influjo de cosas como Operación Triunfo, suele confundirse a los buenos cantantes con los exhibicionistas vocales. No es necesario un rango vocal espectacular, ni "llegar muy alto", ni siquiera afinar correctamente para cantar bien. No esta versión, pero si escuchas la original, verás como te dan ganas de que te la cante al oído.
La he grabado sin separar el micrófono de la boca y sin levantar la voz, en un ejercicio de discreción interpretativa que a mi gorgorible garganta le ha costado un huevo; a la base de percusión y cuerda, le he añadido el bajo, dos pistas de guitarra acústica (grabada al aire, no enchufada) y unas cuantas voces, con la esperanza de que a ti, y me estoy refiriendo a ti y a nadie más que a ti, te guste el resultado. Antes de esta vez, seguro que me has escuchado ya cantarla, ¿verdad? Pues eso.
A Memo Ciono lo que le gusta, es escribir. Pero trabaja en una fábrica de aspiradoras, en el departamento de compras. Le faltan la constancia y el valor de ponerse a escribir en serio, y alivia su deseo de escribir con las cartas comerciales que manda, en las que siempre hay un par de párrafos magníficos, especialmente si se dirige a una mujer, porque, si ese es el caso, además de talento, derrocha un poco de descaro juvenil, que le sienta de maravilla, y un algo de seductorcillo de tres al cuarto.
En una pequeña empresa del sur, que importa componentes de China, trabaja Lola Mento, una mujer increíble. Es licenciada en Yasesabe, y la dueña de esa pequeña empresa, dato que oculta en sus relaciones comerciales, que ha conseguido encontrar en China la fábrica capaz de fabricar los interruptores más baratos y de mejor calidad que se hayan visto nunca en el sector de las aspiradoras. Son duros, fiables y de funcionamiento asombrosamente preciso.
Memo ha hablado un par de veces con Lola, pues ya le ha hecho un par de pedidos fuertes, y se ve en una posición segura, de cliente importante, de los que puede juguetear un poco con la situación. Cuando la llama, coquetea descaradamente con ella, pero es en sus escritos, cuando le manda sus injustificadamente larguísimos e-mails, cuando destapa el tarro de las esencias de su porcino juego de la seducción.
“... aunque el funcionamiento de sus interruptores es irreprochable, es por lograr un mejor clima de trabajo, apreciada (mucho, muy apreciada, créame) proveedora, que me atrevo a sugerirle que, a partir del próximo pedido, incluya una grabación de su hermosa voz, para que todos los trabajadores de mi fábrica puedan compartir conmigo el privilegio de escuchar su maravillosa voz...”
Memo se sentía sueltecito. Sobre todo porque Lola callaba. Y aunque en sus respuestas escritas nada indicaba que estuviera animando a Memo, cuando el amante cernícalo la acosaba telefónicamente Lola, que sabía lo que se jugaba su pequeña, pero próspera empresa, se limitaba a balbucear una sonrisilla. Memo, que hacía honor a su nombre, interpretaba todo al revés. El silencio en sus cartas lo interpretaba como que Lola tenía miedo de dejar por escrito, en una carta comercial que podría llegar a su jefa, nada personal ni compremetedor. Y sus sonrisitas telefónicas, que cualquiera hubiera interpretado como “vaya, ¿otra vez con tus gracietas, pelmacín...?”, Memo las interpretaba como un pie para ir un paso más allá. Pero a Memo, francamente, le faltaban un par.
En estas estaban cuando a Memo se le ocurrió el plan perfecto para ir a conocer a Lola y, en su estúpida cabeza masculina, tirarse a la nena. La llamó.
- Hola, Lola al habla
- Perdón, ¿me repite su nombre?
- Lola...
- ¡Agárrame la cola! jajajajajaaa
- ¡Hm...! Eres memo, ¿no?
- Sí, cariño... como me conoces, ¿eh?
Mientras ella, al otro lado del teléfono, hacía gestos como de meterse los dedos en la garganta como para vomitar, Memo sonreía satisfecho de su ingenio en Madrid. Le explicó, entre gracietas de latin lover de pacotilla, que tenía que hacer su Viaje Anual de Verificación de Proveedores, y que este año le había correspondido, entre otras, a su empresa, y que él mismo se encargaría de la verificación. Así que, si no era mucha molestia, debería reservarle un día, el viernes, a ser posible, para que él se desplazara allí y, sobre el terreno, explicarle el funcionamiento de su empresa y contestar unas cuantas preguntas...
- ¿Qué clase de preguntas...? – preguntó Lola, un poco mosca, porque todo el mundo en el sector quería saber de dónde sacaba Lola sus proveedores chinos, y ella había tenido la precaución de mantenerlo en secreto. Y ese era parte del secreto de su éxito.
- Nada, mujer, cosas rutinarias, nada que comprometa a tus proveedores ni nada de eso, no te preocupes.
-.-
De modo que la cosa quedó así.
Dos semanas después, Memo Ciono llegaba a la estación término de Alicante y se bajaba del Altaria con lo que él juzgaba juvenil desenvoltura, y Lola como patética huida hacia delante. No acababan ahí las divergencias de criterio.
Él pensaba que se había vestido cásual, con acento en la a, con sus vaqueros ajustados, y Lola le veía como un mamarracho, con esos vaqueros intravenosos, cuya cintura torturaba una inocultable barriga. Él se veía seductor. Ella, risible.
Lola levantó la mano de lejos, para que él la reconociera. Se habían conocido hacía tres años, en una convención de esas a las que van las mujeres (cónyuges) con su propio programa de actividades; programa que suele ser tan delicadamente machista que excluye a los cónyuges masculinos. Lola no tuvo problema, porque no estaba emparejada, aunque mintió diciendo que su marido sí que iría, para que le dieran una habitación más grande y dos unidades del regalo de bienvenida que fuera (bombones, ¡bién!). Memo estaba casado entonces y fue con su mujer, la señora Scissors, una tía que le cortaba el rollo a todo dios, y a él antes que a nadie. Por entonces, Memo era un triste y a Lola le dio mucha pena y procuró animarle. Ese fue su error. Memo Ciono se separó meses después y se lanzó al río revuelto de la seducción, porque peces de todos los colores nadaban en tordas partes, si bien sus artes eran tan lamentables, que llevaba sin mojar (las de pago no contaban) más de un año.
Lola miró al tipo que ahora venía. No lo aseguraba, pero juraría que, de vez en cuando, se tocaba el paquete, mientras se acercaba a ella, como ofreciéndoselo. ¿Es posible que piense que eso es sexy?, se preguntaba Lola.
Y sí: era posible, lo pensaba. Y fue así todo el día. Cuando le cedía, caballerosamente, el paso para que pasara ella primero por una puerta, se las arreglaba para rozarle un pecho, o el culo, o lo que fuera. Le miraba descaradamente las tetas todo el rato y hacía comentarios de lo más asqueroso, pretendiendo ser sensual. Fue un día de pesadilla. Su acoso fue tan espectacular, tan torpe y tan necio, que Lola tomó una decisión. Y todo el mundo que la conocía sabía o que eso significaba.
Y nadie volvió a ver a Memo en dos meses.
-.-
Memo Ciono perdió su trabajo. Cuando aquel viernes, desapareció, nadie se preguntó nada. Cuando llevaba una semana sin dar señales de vida, la gente se lo preguntaba, pero todo el mundo, con cierto alivio, como esperando que se confirmara la fatal noticia.
Él mismo se dio cuenta, consternado, de la decepción general que causó su reaparición. Pero, ¿qué ocurrió con Memo?
-.-
Lola estaba harta. En la cena, a la que se vio, prácticamente, obligada a invitarle, él se descalzó y le sobaba las piernas con su pie acalcetinado por debajo de la mesa. Sentía ganas de vomitar. Pero, en cambio, le dijo:
- ¿Estás caliente, (so) Memo?
Él se puso tan nervioso que se le atragantó la merluza.
- ¿Lo has hecho alguna vez en un barco, (pedazo de) Memo?
Y le llevó a un yate de un amigo suyo. Cuando estaban relativamente lejos de la costa, Lola hizo de tripas de corazón y le propinó a Memo un tórrido beso de la muerte, atizándole un muerdo de película con un somnífero capaz de dormir a una manada de elefantes. Cuando Memo cayó a plomo, Lola hizo unas señales con una especie de lintrna y entonces se acercó un barco pesquero gobernado por Mekito Lakaka, el dueño del restaurante chino al que acudía, regularmente, Lola. Tres chinos abordaron el yate y se llevaron al durmiente Memo y lo metieron en un pequeño contenedor metálico de 2x2x2 con un cargamento de agua y galletas. El contenedor fue llevado al puerto y confundido con otros dos mil contenedores exactamente iguales que iban a China haciendo un curioso recorrido alrededor de África y Oceanía.
Una vez allí, le sacaron en Pekín de la caja y le costó cierto trabajo explicar su periplo y, tras pasar tres desagradables semanas en una cácel china, donde comprobó que eso de engañar a la gente como a un chino es mentira podrida, volvió a madrid con el rabo, literalmente, entre las piernas.
-.-
Todavía recibió una llamada de Lola. Le dijo:
- Debiste intentarlo cantando, idiota.
Y le colgó.





