sábado, diciembre 02, 2006

El amante estúpido

I'll have to say I love you in a song


La historia de Jim Croce es muy curiosa. En apenas un par de años que duró su carrera, truncada por un accidente aéreo, le dió tiempo a publicar un númeor asombroso de maravillosas canciones. Si te gusta este tipo de música, de melodías impecables, guitarras acústicas, un poquito de cuerda, y una voz que te acaricia con sexual descaro, Jim Croce es tu hombre. Tiene muchas canciones de esas que te paran el corazón, pero esta me parece especialmente inspirada. Cada vez que intento decírtelo, se me atropella la lengua, así que tendré que decirte que te quiero en una canción, dice el estribillo. ¿No es hermoso?
Hoy, por influjo de cosas como Operación Triunfo, suele confundirse a los buenos cantantes con los exhibicionistas vocales. No es necesario un rango vocal espectacular, ni "llegar muy alto", ni siquiera afinar correctamente para cantar bien. No esta versión, pero si escuchas la original, verás como te dan ganas de que te la cante al oído.
La he grabado sin separar el micrófono de la boca y sin levantar la voz, en un ejercicio de discreción interpretativa que a mi gorgorible garganta le ha costado un huevo; a la base de percusión y cuerda, le he añadido el bajo, dos pistas de guitarra acústica (grabada al aire, no enchufada) y unas cuantas voces, con la esperanza de que a ti, y me estoy refiriendo a ti y a nadie más que a ti, te guste el resultado. Antes de esta vez, seguro que me has escuchado ya cantarla, ¿verdad? Pues eso.


A Memo Ciono lo que le gusta, es escribir. Pero trabaja en una fábrica de aspiradoras, en el departamento de compras. Le faltan la constancia y el valor de ponerse a escribir en serio, y alivia su deseo de escribir con las cartas comerciales que manda, en las que siempre hay un par de párrafos magníficos, especialmente si se dirige a una mujer, porque, si ese es el caso, además de talento, derrocha un poco de descaro juvenil, que le sienta de maravilla, y un algo de seductorcillo de tres al cuarto.

En una pequeña empresa del sur, que importa componentes de China, trabaja Lola Mento, una mujer increíble. Es licenciada en Yasesabe, y la dueña de esa pequeña empresa, dato que oculta en sus relaciones comerciales, que ha conseguido encontrar en China la fábrica capaz de fabricar los interruptores más baratos y de mejor calidad que se hayan visto nunca en el sector de las aspiradoras. Son duros, fiables y de funcionamiento asombrosamente preciso.

Memo ha hablado un par de veces con Lola, pues ya le ha hecho un par de pedidos fuertes, y se ve en una posición segura, de cliente importante, de los que puede juguetear un poco con la situación. Cuando la llama, coquetea descaradamente con ella, pero es en sus escritos, cuando le manda sus injustificadamente larguísimos e-mails, cuando destapa el tarro de las esencias de su porcino juego de la seducción.

“... aunque el funcionamiento de sus interruptores es irreprochable, es por lograr un mejor clima de trabajo, apreciada (mucho, muy apreciada, créame) proveedora, que me atrevo a sugerirle que, a partir del próximo pedido, incluya una grabación de su hermosa voz, para que todos los trabajadores de mi fábrica puedan compartir conmigo el privilegio de escuchar su maravillosa voz...”

Memo se sentía sueltecito. Sobre todo porque Lola callaba. Y aunque en sus respuestas escritas nada indicaba que estuviera animando a Memo, cuando el amante cernícalo la acosaba telefónicamente Lola, que sabía lo que se jugaba su pequeña, pero próspera empresa, se limitaba a balbucear una sonrisilla. Memo, que hacía honor a su nombre, interpretaba todo al revés. El silencio en sus cartas lo interpretaba como que Lola tenía miedo de dejar por escrito, en una carta comercial que podría llegar a su jefa, nada personal ni compremetedor. Y sus sonrisitas telefónicas, que cualquiera hubiera interpretado como “vaya, ¿otra vez con tus gracietas, pelmacín...?”, Memo las interpretaba como un pie para ir un paso más allá. Pero a Memo, francamente, le faltaban un par.

En estas estaban cuando a Memo se le ocurrió el plan perfecto para ir a conocer a Lola y, en su estúpida cabeza masculina, tirarse a la nena. La llamó.

- Hola, Lola al habla

- Perdón, ¿me repite su nombre?

- Lola...

- ¡Agárrame la cola! jajajajajaaa

- ¡Hm...! Eres memo, ¿no?

- Sí, cariño... como me conoces, ¿eh?

Mientras ella, al otro lado del teléfono, hacía gestos como de meterse los dedos en la garganta como para vomitar, Memo sonreía satisfecho de su ingenio en Madrid. Le explicó, entre gracietas de latin lover de pacotilla, que tenía que hacer su Viaje Anual de Verificación de Proveedores, y que este año le había correspondido, entre otras, a su empresa, y que él mismo se encargaría de la verificación. Así que, si no era mucha molestia, debería reservarle un día, el viernes, a ser posible, para que él se desplazara allí y, sobre el terreno, explicarle el funcionamiento de su empresa y contestar unas cuantas preguntas...

- ¿Qué clase de preguntas...? – preguntó Lola, un poco mosca, porque todo el mundo en el sector quería saber de dónde sacaba Lola sus proveedores chinos, y ella había tenido la precaución de mantenerlo en secreto. Y ese era parte del secreto de su éxito.

- Nada, mujer, cosas rutinarias, nada que comprometa a tus proveedores ni nada de eso, no te preocupes.

-.-

De modo que la cosa quedó así.

Dos semanas después, Memo Ciono llegaba a la estación término de Alicante y se bajaba del Altaria con lo que él juzgaba juvenil desenvoltura, y Lola como patética huida hacia delante. No acababan ahí las divergencias de criterio.

Él pensaba que se había vestido cásual, con acento en la a, con sus vaqueros ajustados, y Lola le veía como un mamarracho, con esos vaqueros intravenosos, cuya cintura torturaba una inocultable barriga. Él se veía seductor. Ella, risible.

Lola levantó la mano de lejos, para que él la reconociera. Se habían conocido hacía tres años, en una convención de esas a las que van las mujeres (cónyuges) con su propio programa de actividades; programa que suele ser tan delicadamente machista que excluye a los cónyuges masculinos. Lola no tuvo problema, porque no estaba emparejada, aunque mintió diciendo que su marido sí que iría, para que le dieran una habitación más grande y dos unidades del regalo de bienvenida que fuera (bombones, ¡bién!). Memo estaba casado entonces y fue con su mujer, la señora Scissors, una tía que le cortaba el rollo a todo dios, y a él antes que a nadie. Por entonces, Memo era un triste y a Lola le dio mucha pena y procuró animarle. Ese fue su error. Memo Ciono se separó meses después y se lanzó al río revuelto de la seducción, porque peces de todos los colores nadaban en tordas partes, si bien sus artes eran tan lamentables, que llevaba sin mojar (las de pago no contaban) más de un año.

Lola miró al tipo que ahora venía. No lo aseguraba, pero juraría que, de vez en cuando, se tocaba el paquete, mientras se acercaba a ella, como ofreciéndoselo. ¿Es posible que piense que eso es sexy?, se preguntaba Lola.

Y sí: era posible, lo pensaba. Y fue así todo el día. Cuando le cedía, caballerosamente, el paso para que pasara ella primero por una puerta, se las arreglaba para rozarle un pecho, o el culo, o lo que fuera. Le miraba descaradamente las tetas todo el rato y hacía comentarios de lo más asqueroso, pretendiendo ser sensual. Fue un día de pesadilla. Su acoso fue tan espectacular, tan torpe y tan necio, que Lola tomó una decisión. Y todo el mundo que la conocía sabía o que eso significaba.

Y nadie volvió a ver a Memo en dos meses.

-.-

Memo Ciono perdió su trabajo. Cuando aquel viernes, desapareció, nadie se preguntó nada. Cuando llevaba una semana sin dar señales de vida, la gente se lo preguntaba, pero todo el mundo, con cierto alivio, como esperando que se confirmara la fatal noticia.

Él mismo se dio cuenta, consternado, de la decepción general que causó su reaparición. Pero, ¿qué ocurrió con Memo?

-.-

Lola estaba harta. En la cena, a la que se vio, prácticamente, obligada a invitarle, él se descalzó y le sobaba las piernas con su pie acalcetinado por debajo de la mesa. Sentía ganas de vomitar. Pero, en cambio, le dijo:

- ¿Estás caliente, (so) Memo?

Él se puso tan nervioso que se le atragantó la merluza.

- ¿Lo has hecho alguna vez en un barco, (pedazo de) Memo?

Y le llevó a un yate de un amigo suyo. Cuando estaban relativamente lejos de la costa, Lola hizo de tripas de corazón y le propinó a Memo un tórrido beso de la muerte, atizándole un muerdo de película con un somnífero capaz de dormir a una manada de elefantes. Cuando Memo cayó a plomo, Lola hizo unas señales con una especie de lintrna y entonces se acercó un barco pesquero gobernado por Mekito Lakaka, el dueño del restaurante chino al que acudía, regularmente, Lola. Tres chinos abordaron el yate y se llevaron al durmiente Memo y lo metieron en un pequeño contenedor metálico de 2x2x2 con un cargamento de agua y galletas. El contenedor fue llevado al puerto y confundido con otros dos mil contenedores exactamente iguales que iban a China haciendo un curioso recorrido alrededor de África y Oceanía.

Una vez allí, le sacaron en Pekín de la caja y le costó cierto trabajo explicar su periplo y, tras pasar tres desagradables semanas en una cácel china, donde comprobó que eso de engañar a la gente como a un chino es mentira podrida, volvió a madrid con el rabo, literalmente, entre las piernas.

-.-

Todavía recibió una llamada de Lola. Le dijo:

- Debiste intentarlo cantando, idiota.

Y le colgó.


martes, noviembre 28, 2006

El proceso Fotherengate: caso cerrado.

Don't look back in anger

El día que escuché esta canción pensé: caray, otro gran grupo. No había escuchado el muy alabado primer disco de Oasis y esta canción, del maravilloso (What's the story) Morning Glory me dejó absolutamente tirado. Creo que es la mejor canción de los 90 y me he resistido a grabarla hasta hoy porque me daba miedo, y el que la escuche entenderá porqué. Mi versión es eso... una versioncita nada más. Pero la canción es tan, tan buena, que soporta hasta que la haga yo. Una obra maestra absoluta que es una gozada cantar de lo bien hecha que está. Ojalá pudieras disfrutarla tanto al escucharla como yo al grabarla. Una pasada, una auténtica pasada.

Expediente número 13.
Archivo de los Juzgados de lo Social y la Memoria Proyectiva de Madrid.

15 de enero de 2063.

“Se abre la sesión, retrocedamos e intentemos, con la verdad y nada más que la verdad, reconstruir los hechos”, dijo el juez Yambra.

Buch, que los conocía de la escalera, de cuando niños, declaró lo siguiente:
“Juanillo Fotherengate nunca contestaba a sus padres. Hizo siempre lo que pudo para merecer la aprobación de éstos y su mayor alegría era cuando ellos declaraban su orgullo paterno. Pero Juanillo tenía un punto débil: Margaritita Repollo Rushmore, una niña coletuda y rizonglera, amante de los vestidos y los lazos, de las merceditas y las diademas, de los leotardos y los chupa-chups Kojak, esos que tenían un chicle en el centro.”

La declaración de Guisanttèesse tampoco se perdió en demasiados dibujos:
“Juanillo estaba loco por Margaritita y ella, claro, le castigaba con el látigo feroz de su indiferencia. En eso, y en algunas fiestas de cumpleaños en las que siempre se encontraba de más, consistió su niñez. La verdad, señoría, no recuerdo nada más...”

Doc, que compartió con él los años maravillosos de la adolescencia, contaba:
“Juanillo alcanzó la adolescencia tratando de olvidar a Margaritita y con un desarrollo desigual de sus testículos: el derecho era grande, como el XL estándar de gallina, y el izquierdo, pequeño y pecoso, como de codorniz. Aparte de esta anomalía cojonuda, Juanillo vivió en aquellos años su esplendor físico: alcanzó su estatura máxima, no tenía barriga sobresaliente y su cambio de voz no fue traumático, sino suave y progresivo. No era mal tío, pero encajaba mal las bromas sobre sus huevos”.

Tautina, una de sus amigas en el proceso de cambio de niña a mujer lo tenía muy claro:
“Margaritita Repollo Rushmore, sin embargo, sufrió en esos años la ingrata apariencia común en muchas mujeres que luego pasamos a ser genuinos bomboncitos. Piernas más largas de lo corriente, rodillas huesudas, pecho inexistente, curva de culo de valores casi negativos y proliferación de granitos, eccemas, además de una grasiento y laxo peinado; sus rizos dorados de la niñez eran ahora una lacia y amarillenta cascada de orina que repelía a los peines y, por extensión, a las personas que los portaban.”

En el juicio, el testimonio del doctor Ararat, compañero por entonces de su equipo de fútbol sala, levantó cierto revuelo...
“A los 21 años, Juanillo era conocido como Johnny Dospollas, y no porque tuviera dos penes, ni porque su único pene valiera por dos, sino por el desarrollo desconcertante de sus testículos. El XL de gallináceo aspecto se alargó magníficamente, adquiriendo un perfil fuertemente aplatanado, y se colocó en la parte superior del escroto. El efecto, al verle relajado, dado que no se había practicado la circuncisión y su prepucio era, digámoslo así, de cuello vuelto, era que uno se encontraba ante un hombre, un ser, vaya, con dos cipotes. Este efecto desaparecía en estado de erección (el huevo-plátano, entonces, bajaba a la altura del huevo-codorniz), pero cuando sus compañeros de fútbol-sala le vimos en la ducha, él no estaba, ni mucho menos, empalmado. Trataba de pasar desapercibido cuando Luisito el Lentejo (renegrío, redondeado y pequeñajo) exclamó:

-¡Juanillo tiene dos pichas!

Y ya se sabe, señoría, cómo son las cosas en un equipo e fútbol....”

Wen, Wendeling, la dulce maia, para los amigos, la ginecóloga que la atendía, arrojó luz sobre la verdadera naturaleza del pronblema de Margarita:

“A su vez, a Margaritita Repollo Rushmore habían dejado de llamarla así, y era conocida como Marga Culiflor, no porque fuera afortunada, porque era todo lo contrario. Su prometedora adolescencia derivó en una juventud monstruosa. La llamaban Culiflor porque su chumino era abultado y prominente, de gran volumen, de modo que parecía tener, donde debería haber una vagina, una especie de culo delantero, de enormes labios mayores como hinchados que parecían las nalgas de una negra pálida y con una especie de restos letales de acné juvenil. Su potorrillo tenía, sin exagerar, el tamaño de una pelota de balonmano y sobresalía de forma descarada, o descoñada, más bien.”

LunaNegra, una de las primeras clientas textiles de Margarita, declaraba, sobre aquellos años:

“Marga Culiflor estuvo a punto de dedicarse al comercio sexual de su anomalía, pues descubrió que el mercado de la carne era prolijo en perversiones disfrazadas de actitudes morbosas, pero finalmente optó por dedicarse de lleno a su carrera de modistilla de tercera y empezó a ganarse la vida haciendo arreglos a domicilio en el barrio, el barrio de Prosperidad, la prospe, en Madrid.”

MariRayas, la psicóloga argentina del barrio, contaba en el juicio:

“... pero muy pronto se hizo evidente que los dobladillos, el arreglo de sisas, coger los bajos, coser botones y cambiar cremalleras no le daba para vivir. Las prendas nuevas que vendían los chinos eran más baratas que sus baratísimos apaños. Así que Marga Culiflor diversificó su actividad empresarial, ampliando su negocio, abriéndose hacia nuevas oportunidades de futuro y nuevos retos y servicios: la limpieza de hogares. La mala leche de los vecinos de la prospe hizo que empezara a conocerse a Marga Culiflor como la Chocha, un juego de palabras realmente poco refinado y elevado.”

Jartos, con una ligera carraspera, era su mejor amigo, acaso el único, en aquellos momentos:

“Johnny Dospollas había dejado el fútbol sala, porque no soportaba que se rieran de él en las duchas y fue adaptando su vida a un estilo monacal y poco sociable. Trabajaba en casa, escribiendo microespacios para la radio (¿Qué tal tu hijo con el nuevo curso? Fenomenal, porque este año, para evitar sustos, he llamado a Acadomia...¿Acadomiaaa? Sí, Acadomia, son profesores a domicilio...) y comunicándose con el mundo a través de su ordenador. Todo lo que no hacía en el mundo, todo lo que le estaba vedado, lo fingía en internet. Estaba registrado en múltiples páginas de contactos y foros de los más variados temas, y en cada página poseía un perfil diferente. Era hombre, mujer, gay o viejecillo, músico o elfo... según le convenía. Era un hombre que desarrollaba una intensísima vida social en la web... y que iba engordando y engriseciendo según pasaban los años”

Morgana, una historiadora que adoraba a los Pretenders, era su vecina en aquéllos días:

“El trabajo, por lo que yo sé, le iba bien: le encargaban textos que no le costaba nada escribir y se los pagaban generosamente, así que decidió que ya era hora de pagar a alguien para que recogiera lo que él había empezado a dejar de recoger dos años atrás. De modo que habló conmigo y yo le dije que, al día siguiente, si a él no le parecía mal que compartiéramos la chica de la limpieza, le diría a la mía, con la que estaba muy contenta, que se pasara por su casa cuando acabara en casa.”

MalaPerzona, amiga íntima de Morgana, contaba cómo fue el reencuentro:

“Sí, sí, sí... era la Chocha, Marga Culiflor, Margaritita Repollo Rushmore, la niña de los rizos de oro que, de pequeña. Le robara el corazón. Se reconocieron al primer instante, a pesar de que habían pasado, perfectamente, más de 20 años.”

Tulipana, que fue compañera de Margarita, contaba lo que, a su vez, le había contado Margarita:

“Al parecer, é se quedó mirándola fijamente y no pudo evitar que su vista reparara en el bulto que había en la zona vainal de ella.

- No tengo nada ahí metido... ni soy un travesti superdotado... soy así.

- No, no, no.... no me importa, mira – dijo él soltándose el botón de los vaqueros y dejándolos caer a sus tobillos (vergonzoso: no llevaba calzones) y mostrando así su anomalía- Yo tampoco soy perfecto.

Sabelilla, la locutora habitual de los anuncios de Juan, acabó siendo amiga de la pareja y dio su punto de vista:

“Y, lo crea o no, señoría, se amaron. Y como él tenía talento para escribir y ella para coser, juntos progresaron muchísimo. Porque lo único que les hacía falta a ambos era confianza, la confianza que ahora, se brindaban el uno al otro.”

Triniá, la farmacéutica sevillana del barrio, les conocía bien:

“Sí, es verdad, entonces empezaron a hacer amigos. Amigos de mierda, con perdón, que se reían de ellos en cuanto se daban la vuelta, pero ellos lo sabían y parecía no importarles, porque se tenían el uno al otro.”

Gilda, su amiga periodista, hizo la crónica social del proceso:

“El día que se casaron en la Iglesia del Cristo de la Esperanza, ella había preparado un primoroso vestido de novia, y vestidos para las damas de honor a juego; todo un poco horterilla y recargado, seamos sinceros; y había cosido un intolerable chaqué en tonos malva para el novio y los testigos. Pero destilaban felicidad. Y Esperanza.”

Crispulain expuso también su punto de vista:

“Juanillo escribió unos votos que eran lo más de lo más en emotividad y cursilería proletaria. Sería una boda perfecta. Con todo el mundo llorando y sonándose los mocos. Porque, seamos sinceros, señoría: somos un país cursi y tendente a la lágrima fácil. En ese sentido, todo iba maravillosamente. Todo sensibleramente preparado”

Por último, Fray Hermano, el que iba a oficiar de maestro de ceremonias, dejó sus pinceladas de memoria:

“La Iglesia del Cristo de la Esperanza está presidida por una enorme e incomprensible imagen de un Cristo un poco obeso y feo como si fuera un demonio, el cura que lo encargó debía estar pedo el día que lo pusieron. Margaritita le preparó una corona de flores de miga de pan que parecía el pelo de Marge Simpson, pero en rosa. Estaba verdaderamente atroz.

Pero abría sus manos en gesto más o menos amable (en realidad parecía que te decía ¿de qué vas...?) y todo el mundo se sorprendía de que se mantuviera en pie, porque tenía una inclinación intencionada con fines dramáticos: la intención era que su acercamiento tenía que provocar ternura, confianza, pero realmente, esa zozobra adelantada, lo que inspiraba era desazón.

Pero nunca se había caído, a pesar de su inclinación.”

Yambra, el juez titular del juzgado expuso sus conclusiones:

“Lo que nadie ha contado, pero lo haré yo, que para algo soy más listo que todos ustedes, es que aquél día Pepiño Blanco, que entonces estaba con su jefe en la oposición, cavaba un túnel en el suelo de Madrid para colocar un micrófono bajo el Banco de España, a ver si así se enteraban de algo; entonces estaba aún más desorientado que hoy, así que erró el disparo, más o menos 10 kilómetros y fue a parar debajo mismo del dedo gordo del pie izquierdo del Cristo Obeso, haciendo que la que se consideraba hasta ese momento la obra precursora de la Ingeniería Imagenética Eclesial, dubitase en el espacio-tiempo. Bastó desestabilizar el dedo gordo del pie de apoyo para que la mórbida imagen se viniera adelante y aplastara, bajo sus pechos abubdantes y pétreos, a los contrayentes, que no reaccionaron a la sensata voz de ¡hostiá, que nos aplasta! de Fray Hermano, el oficiante.

Cierro el caso sin más culpable que el mal gusto. Aquí el crimen se ha cometido contra el buen gusto y la decencia. Aunque lamente que termine justo cuando iban a empezar a pasarlo bien...

En cualquier caso, ya pasó. No vale la pena mirar atrás. Y menos hacerlo con ira. Se cierra la sesión.”

miércoles, noviembre 22, 2006

¿Es usted un apenado? ¡demuestre que no atreviéndose con las auténticas Patatas Aydiosmío!

You ain't going nowhere



Ya os he hablado alguna vez de mi adorada MariPili's, que merece mi adoración y la de todos los hombres de la tierra. El otro día me acerqué a su casa con mi Borj y mi Su a tomar una PepsiMax y unos filetitos de pollo empanado (cuando mis glándulas olfativas detectan que alguien conocido ha hecho filetes de pollo empanados me las arreglo para aparecer casualmente en la puerta de su casa) decía que fui a su casa y tuve uno de esos ratitos mágicos que uno guarda en su memoria. Bueno, fueron dos los ratitos. El primero fue la llegada a su casa: los cuatro magníficos salieron a recibirnos con una alegría tan desbordante... vamos, como si fuéramos los reyes magos, pero no llevábamos regalo alguno. Antes al contrario, porque a los pocos minutos de estar allí, cuando empezaba a ponerme nervioso porque esos filetes empanados no salían, en simpar Dudú, padre espléndido de las criaturas y los cuatro magníficos aparecieron en divertidísima procesión trayendo en los cinco pares de manos nada menos que siete armónicas, siete, que constituían mi maravilloso regalo de cumpleaños. La magia, por supuesto, no estaba en las armónicas, sino en la sonrisa de los cuatro magníficos: Diego, Olga, Jaime y Daniel sonreían tan ampliamente, sus ojos brillaban de tal manera mientras bajaban la escalera que da a la cocina, que recuerdo el momento como una bajada de escaleras de un musical de Hollywood, tal era la luz del momento. En fin, para estrenar las armónicas (bueno, una de ellas, la de Sol) grabo esta espléndida canción de Bob Dylan; una de esas canciones suyas que, sin versión ajena, yo jamás me hubiera interesado por ella. Dylan es un genio componiendo, pero como bien dice mi compañero Sergio, mejor que se esté calladito. Esta versión mía está basada en la versión de los muy dylanianos The Byrds. Muchas voces, guitarras acústicas tocadas con púa blanda haciendo el chunda-chunda y una guitarra muy brillante y muy reverberada que se turna y se pelea con la armónica para matizar los interludios sin letra de esta gran canción. Así que ya lo ves, nena: tú no vas a ninguna parte. Quédate conmigo escuchándola, ¿sí?




Por razones editoriales, he retirado esta receta de mi weblog. Pronto, eso sí,
podrás leerla en un soporte más cómodo. Gracias.

lunes, noviembre 13, 2006

Ropa Hueva: lo que va de un cocido sobrao a uno huevón.

¿Quién rompió el hechizo?


La primera vez que supe de La Frontera me cayeron como el culo. Se presentaban a la misma edición del trofeo de rock Villa de Madrid que mi grupo "Los Residuos" y en la primera ronda nos dieron boleto, mientras ellos, con gran diferencia sobre los que tocábamos ese día pasaron adelante. De hecho, nosotros éramos un grupo muy primerizo, de chicos de 16 años que ese día faltaron a clase, mientras ellos eran ya un grupo hecho y derecho al estrellato. La diferencia era abismal y por eso, me cayeron tan mal. Pura envidia. Envidia no ya insana, sino malsana. Con el tiempo se me pasó y reconocí que el single que grabaron gracias a ganar ese certamen (Duelo al sol) me encantó y me lo compré, como hice con otros tantos discos suyos. Esta canción, pertenece para mí, junto a otras tipo La Verdad, Juan Antonio Cortés o Diez minutos de pasión, a ese ramillete de canciones supuestamente menores, pero que para mí son absolutamente geniales. Esta quiero dedicársela a la simpar Tautina, que escribe como una diablesa eternamente provocadora, que sigue ese lema que leí un día en la camiseta de mi hija: las chicas buenas van al cielo; las malas, a todas partes. Pues eso, Tautina, pues eso; muévete por todas partes, que el mundo te está esperando.


Por razones editoriales, he retirado esta receta de mi weblog. Pronto, eso sí, podrás leerla en un soporte más cómodo. Gracias.

viernes, noviembre 10, 2006

Quédate conmigo

Stand by me


Stand by me... vaya título; cuando lo vi en la contraportada del superdisco "Be here now" de Oasis, pensé, ¿se han atrevido? pero no, era otro Stand by me... Yo no sé qué piensas tú de Oasis, pero a mí me asombra la capacidad de componer buenas canciones que tienen. Esta es una especie de heavy-ballad preciosa en la que, como no tengo una orquesta sinfónica para hacer el payaso delante de ellos como seguramente hicieron los Gallagher, he tenido que meter hasta 6 guitarras en la última parte de la canción, una tocada, incluso con la técnica del pizzicato, pero muy distorsionada. El efecto es el de una orquesta sinfónica borracha, pero ya al borde del delirium tremens. Como es una versión mía tiene, por supuesto voces extra y un par de soplidos de armónica en la introducción. A ver si se puede escuchar bien, porque con la supercompresión que hace Evoca de la música (y mira que grabo un mp3 de calidad, a 256 kbps) el resultado suele ser desolador. Quiero dedicar, entrañablemente, esta canción a mi queridísima MariPili's, para decirle que siempre que ella lo quiera, estaré a su lado, aunque a veces, a pesar de mi diámetro, cueste verme. Venga, no seas lila, escucha esto y quédate a mi lado.

Una vez estuve a punto de perderla. Pero fui valiente, mas nada queda ya de aquel aguerrido tipo. ¿Cómo fue que llegamos a esto? Quizá nos ayude echar la vista atrás y recordar cómo empezó todo.

- A lo mejor no nos ayuda nada.

Es cierto, listilla, a lo mejor no nos ayuda, pero a lo mejor sí y como esta es mi vida, y este desecho gris, mi cerebro, es mi privilegio contar y descontar, enseñar y ocultar y ese privilegio es el que voy a usar.

Era el mundo un poco al revés, el tiempo se balanceaba en el columpio de la feliz inconsciencia, el aire olía a atardeceres marinos y sorpresas y tú no dejabas de joder con la pelotita.

- ¿Joder con la pelotita? Eras tú el que jugaba al baloncesto...

Sí, era yo el que, esbelto, botaba la pelota, pivotaba magistralmente, hacía movimientos astutos y viriles, entraba a canasta y lanzaba en suspensión con elegancia soviética, pero eras tú la que me lo echaba en cara y me decías que a ver cuando crecía y yo lanzaba a canasta y parecía un trasunto de Corbalán y Chechu Biriukov y tú no lo apreciabas...

- Nunca metías canasta...

Nunca metías canasta, nunca metías canasta... ¿tú eres tonta? ¿Qué me dices de mi elegancia natural? Porque todo esto era antes de que se pusiera de moda esa modalidad circense y lamentable de baloncesto que es la NBA, cuando era casi tan importante como meter una canasta, el componer una figura plásticamente aceptable y no había tatuajes, ni mates ni gimifaiv ni inyurfeis ni alijups, y el baloncesto era un deporte de caballeros, no de macarras.

- Ya, pero no la metías ni de coña...

¿Ves? Es imposible. Sigues jodiendo con la pelotita. Sigues empeñada en demostrarme lo distante, lo guay, lo imbécil que eres, cretinita mía, pero tu mejor baza es la otra, cuando callas, cuando te has dormido, cuando sólo me queda tu recuerdo de ti. Si no estás, siempre recuerdo esa forma de sonreír, tu voz cuando no sabes que te estoy grabando en mi memoria, tus manos que ignoran cómo las adoro, tu lengua de trapo tan errática y tan experta, esa forma tuya de recoger los pìes bajo el trasero mientras ves la tele. Pero luego vuelves.

- Pero si nunca me he ido...

Eso es lo que tú te crees, bonita, estabas yéndote continuamente, siempre, cuando voy a terminar por besarte, por atrapar y sellar tu silencio bendito con un beso de tornillo, cuando voy a beber de ti hasta tu última ausencia, reapareces y en ti eso es largarse, es hacer mutis de este escenario de amores y hacer que todo caiga como un decorado barato. Estabas aquí, pero tuviste que volver a irte, tuviste que hablar, dejaste de nuevo que tu ira te atrapara y fuiste cruel y te reíste de mi porcentaje de tiro

- Tu media era de una canasta por cada 30 intentos...

Ya estamos otra vez, hijalagranputa, mira que te pones cabezona, todo lo traduces en números y te olvidas de la poesía del momento, del movimiento sutil, de la música de las formas, de mí... te olvidas de mí y sólo miras lo que he hecho y yo, lo siento, pero no soy mi obra, no soy mis consecuencias; soy yo...

- Entonces, dime, ¿por qué quieres que me quede?

Pregúntaselo al viento, porque yo no lo sé. Sé que me haces daño, que me duele cada vez que abres esa boquita, cada vez que me señalas con tu precioso dedo de purulentas intenciones, cada vez que tus ojos bellos y crueles se fijan en un detalle, cada vez que, jodida listilla, me hacías pensar y darme cuenta de que estaba equivocado... y sin embargo, te necesito más que a mi mala leche, porque saberte cerca me tranquiliza...

- Para mí no es suficiente, es agotador estar pendiente de alguien como tú...

Agotador, agotador... ¿acaso tienes otra cosa que hacer que estar pendiente de mí? ¿Es que tienes algo mejor en lo que ocupar tu tiempo? ¿Hay algo más importante en tu vida que mirarme?

(momento decisivo: ella me mira de hito en hito, y yo, ¡menudo soy!, le aguanto la mirada; sé que está pensando que soy un cerdo machista, y es posible que alguien más lo esté pensando pero, si alguna vez habéis confiado en mí, dadme unas líneas, sólo unas líneas de crédito)

Entonces, querida, aunque parezca que me odias, aunque parezca que no puedo soportarte, quédate conmigo.

- Venga, vale.

Y entonces, fui como el mundo. Entonces no dejé de tenerte. Desde entonces, fue sencillo aceptarte. Entonces fui consciente de que yo también tenía conciencia.

Aunque en mi caso bien podría heberse dicho de mí que tenía mala conciencia.

lunes, noviembre 06, 2006

A veces, escribo con Mayúsculas Iniciales

Mrs. Brown, you've got a lovely daughter


En 1965 un grupo llamado Herman's Hermits publica esta canción deliciosa con título un pelín atragantante: Señora Marrón, tiene usté una hija adorable. Es decir, la tesis de la canción es un poco patética: como mi novia me ha dejado, voy a intentar quedar bien con su vieja, a ver si la convence de lo buen tipo que soy... inaceptable, ¿verdad? Si oyes el original, piensas, al principio, que el tipo canta de coña por el acento tan raro que tiene. No sé si es que imita a algún especimen conocido por entonces o algo así, pero es muy curioso escucharlo. A mí me encanta esta canción, que conozco, como tantas otras gracias, gracias a mi hermano Jose. En esta versión mía, toco el bajo y 4 guitarras, incluyendo una con un pequeño efecto de Wha-wha que le va al pelo; a cambio, no toco el ukelele que hay en la original. Añado, también, alguna voz de regalo y la programación de la batería que me ha costado un huevo, porque la canción, que parece una parida, tiene un tempo, un compás, de lo más enrevesado. Es una cancioncita de esas de mover la cabeza y que te dibuja una sonrisa boba en la boca y una carita de buena persona que ya, ya... Bueno, a ver si te gusta, que es genial. Me gustaría dedicarle este tema a mi amigo Doc, que seguro que la conoce y la disfruta.

Salgo de casa, cada día, hacia las siete de la mañana. Empieza a hacer frío y yo empiezo a abrigarme más de la cuenta, porque soy de esos que siempre se abrigan más de la cuenta. El autobús que pasa por mi parada a las siete y cinco está todavía frío, porque es la segunda parada, y los cristales empapados de vaho y gélida humedad hacen que mi gesto de quitarme el abrigo y ponerlo en mi regazo sea, más que nada, un acto de fe. Pero es que sé que dentro de diez minutos me va a sobrar el abrigo y voy a estar incomodísimo con él puesto y además va a ser incomodísimo para el que siente en el asiento de al lado. Porque yo pienso en los demás, no como el Hombre Cenicero, un señor que apesta a colilla de Habanos (cigarrillo, no cigarro), que a pesar de que se sube en la parada siguiente a la mía, que es la tercera, todavía en esta urbanización, antes de llegar al pueblo, se sienta en un asiento de pasillo, en vez de hacerlo en el de ventanilla, con el único objetivo de disuadir a las personas de que se sienten a su lado. Me dan ganas de decirle que esté tranquilo, que si hubiera posibilidad de sentarse en otro lado, nadie elegiría su apestosa compañía, pero no le digo nada porque tampoco yo soy el Salvador de la Sierra Oeste, sólo soy el Hombre Que Juzga en Silencio Equitativo.

Yo me siento en la ventanilla, me soplo los puños y rezo para que una Chica Bonita se siente a mi lado; si no es una chica bonita, me vale con que sea una Persona Pequeña, un niño o un loro, pero que sea Alguien Con Quien No Tenga Que Rozar Los Muslos, que no me gusta, la verdad.

Bueno, si es la chica que veo montar en bici por la urbanización, no me importaría, porque ella, La Chica Que Pedalea Y Sonríe, eso es otro nivel, como dice mi hermana. Mi madre no sabe nada de la ciclista arrebatadora, pero estoy seguro de que la aprobaría. Tiene unas saludables chapetas coloradas, unos labios sonrientes y confiables, pechos redondos y discretos y generosas caderas anchas de sólidos muslos. Estoy seguro de que si ella subiera al autobús, sin la bici, claro, y se sentara a mi lado (cuando sube una chica guapa intento parecer más pequeño, me escoro hacia la ventana, para que el sitio se vea grande y no invadido por mis Celebérrima Anchura De Hombros y pongo cara de que no estoy atento a si se sienta o no a mi lado) no me importaría que sus muslitos rozaran con los míos. Estoy seguro de que tiene unos Bonitos Pies Rosados y que no me importaría darle un masajito de vez en cuando, cuando terminara sus paseos en bici, por ejemplo, y le pondría un té rojo o de cualquier color de esos que ahora a todo el mundo le ha dado por tomar. Ella, la Ciclista Óptima De Pies Seguramente Acariciables sonreiría y me dejaría ser su TPPT (Terapeuta Particular de Pinreles y Tobillos) y seríamos felices si un día decidimos casarnos y todo lo demás.

Mamá la aceptaría, seguro, así que un día de estos le cuento que la amo y que me ayude a preparar el casamiento.

Hoy, viernes, cuando llega el autobús a la tercera parada, veo la escena de siempre, en la que el Hombre Cenicero apura un Habanos agarrando la colilla –caliente, reblandecida- entre el índice y el pulgar mientras aspira lo que, por su careto, parece ser algo asqueroso pero yo, que he fumado, puedo decir que el Habanos es un tabaco fuerte, sí, pero sabroso, nada asqueroso, así que no sé a qué viene poner esa cara ni fumar de esa Manera Desesperada, si todos los días le pasa lo mismo: que empiece el pitillo un par de minutos antes y ya está... en fin, el caso es que hoy hay una sorpresa, y es que está acompañado, en su Apurada Agónica del Pitillo, de alguien especial; ha subido al autobús acompañado de la Ciclista Óptima De Pies Seguramente Acariciables y yo me muero de ganas de rescatarla de ese malvado malandrín, pero no lo hago porque ya he dicho antes que no soy el Salvador de la Sierra Oeste y, sobre todo, porque ella, la Pedaleadora Sensual, parece estar a gusto con el Hombre Cenicero.

Entro en la ofi y trabajo como todos los días. Hago fotocopias, reparto el correo, llevo cafés a Los Que No Dicen Tacos, o a los que, al menos, lo intentan y siempre tengo una sonrisa y una pregunta amable para los Ejecutivos No Agresivos, porque con los Agresivos, con los que dicen tacos, me limito a cumplir, pero no les hago La Vida Más Fácil.

Es mi cumple y, al final de la jornada, mis compañeros de oficina, que son buena gente, y que se habían pasado todo el día disimulando, haciendo ver que habían olvidado mi cumpleaños, me hacen una mini fiesta sorpresa de oficina y me regalan una bici de montaña preciosa con una dedicatoria que dice:

“Para Ínfimo, de sus compañeros de oficina;
por ser El Hombre Más Agradable Del Mundo,
para que persiga sus sueños pedaleando,
además de soñando”

Además de regalarme la bici, mi jefe, vamos, el jefe de todos, don Susano Juicio, el dueño de la empresa, me dice que él me lleva a casa, pero si yo vivo en Valdemorillo, don Susano, a 50 kilómetros de aquí, no importa, hijo, hoy tenía que pasar por allí, voy a ver a unos amigos, y yo sonrío y le doy las gracias, pero yo sé que en realidad no va a ver a nadie, porque en mi pueblo no viven los amigos de don Susano Juicio sino los míos, pero don Susano es un hombre generoso y me lleva en su enorme Mercedes azul marino que tiene un maletero casi tan grande como mi casa y un chófer que casi no dice nada, que se llama Sucinto Modo, pero que no parece mala persona, de verdad.

Ya es sábado y voy a buscar croasanes recién hormeados para mi madre en mi flamante bicicleta de montaña de color futurible. Mi bici es bonita.


Joé, hace mogollón de años que no me subo a una bicicleta. Antes de subirme a ella me parece enorme, pero al verme reflejado en una ventana me doy cuenta de la figura poco afortunada que formamos la asociciación de la bella bicicleta y el hombre con sobrepeso. Tal vez, pienso, me ayude a perder ese sobrepeso el andar dando pedales. Me pongo en posición y empiezo a dar pedales. El sitio donde vivo es bonito, pero tiene unas cuestas de cojones (yo mismo no me llevaré el café hoy) y el sillín de la bici, que al tacto, antes de sibir, me había parecido un Sillín Acolchado Y Confortable, ahora me tortura las ingles con mucha mala leche.

Los muslos se me ponen verdaderamente tensos y cada vez me resulta más penoso dar una pedalada, así que echo pie a tierra y me pongo a reflexionar sobre la vida en general, haciendo un brillante paralelismo entre ésta y la dureza de las cuestas, en plan “la vida es dura, como las cuestas” y todo eso. Oigo el sonido de un coche que se acerca y me pongo a examinar el pedalier de la bici con aire experto, para no parecer el gordo fuera de forma que soy, sino un Experimentado Ciclista con Problemas Técnicos. El coche pasa sin hacerme ni puto caso (sin café mañana), así que tomo aire y me lanzo a la conquista de este exigente puerto que es la parte baja de la avenida Roncesvalles y a los cincuenta metros tengo que volver echar pie a tierra a tomar aire; calculo mentalmente que para llegar al super, que está en la parte alta de la urbanización, voy a necesitar, al menos, una semana si sigo parando cada cincuenta metros. Es dura la vida del ciclista ocasional. No sé si habéis visto a los ciclistas cuando, al final de la etapa les dan el trofeo y todo eso: van como en chanclas y da bastante grima verles. Se les ve esmirriaíllos y como muy poco agraciados, con esos culottes pegaos, marcando paquete, esas gorras ridículas y esas chancletas intolerables... su aspecto no es nada saludable como el de otros deportistas, los luchadores de sumo, sin ir más lejos, pero ahí les tenéis, recogiendo premios y todo lo demás. No sé a qué viene esto. Mi aspecto es más noble, por supuesto, con mi chándal gris oscuro sin rayas ni adornos, monocromo, austero, sucinto... con deportivas negras de decathlon de a nueve pavos, no sé, elegante, buena persona, orondo, como si dijéramos. Pero mamao, oyes. Cuando estoy a unos veinte metros del súper y estoy a punto de echar pie a tierra, me pasa, como una exhalación, la Ciclista Óptima De Pies Seguramente Acariciables, con una cadencia de pedaleo envidiable, y lo que es más humillante, una sonrisa en el rostro como de que no le afectan las rampas del 88% que estamos superando, ella con más soltura que yo. La estela que deja mi Ciclista Favorita es adorablemente adorable, de verdad, porque se echa nenuco y me gusta que se ponga nenuco para hacer ejercicio y la veo alegre y vital llegar al súper y bajarse de un elegante saltito de la bici, y entrar correteando en el súper con su coleta de caballo castaña rebotando alegremente en sus hombros. Yo tardo unos 15 minutos en recorrer, haciendo penosas eses, los últimos 15 metros y cuando echo pie a tierra siento tal dolor en los muslos que no me importaría que me amputaran. Intento dejar la bici y entrar por mi propio pie en el super pero, dios, no soy capaz de dar un paso. Me duelen muchísimo las piernas. Además, en una Conjunción Perversa De Desastres, empiezo a sudar de mala manera y me convierto en una especie de Emisor De Vapores Desagradables, una Central De Efluvios, un Generador De Olor A Salchicha.

Ella sale y yo sonrío y hasta sonreír me duele y se sube de un saltito encantador en su bici roja y se deja caer colina abajo. Eso sí puedo hacerlo, pienso yo, y me olvido de los cruasanes y me dejo caer y dejo que mis cien kilos se deslicen a tumba abierta. Pronto en mi cara la expresión dominante, debido a la aceleración que tomo es la famosa Sonrisa China De Velocidad y adelanto a la Ciclista Óptima De Pies Seguramente Acariciables y miro hacia atrás para ver cómo ella admira mi Velocidad Casi Terminal y cuando vuelvo los ojos a la carretera veo que no controlo la bici y que acabo de salir de la carretera y que voy a estrellarme contra una puerta metálica pintada de verde que tiene un aspecto asquerosamente sólido, oigo a la chica gritar ¡cuidado! (a buenas horas, rica) y cuando creo que todo ha terminado, veo, con sorpresa que el Hombre Cenicero abre, desde dentro, la puerta verde y, al verme veloz y descontrolado, se echa a un lado, dejando el paso libre, en una demostración de la Célebre Hospitalidad Valdemorillense, y entro en su propiedad como una puta centella (un mes sin café, coño) y me dirijo, directo, a la piscina, a una velocidad estimada de 85 km/h, y las piscinas en noviembre están bastante frías y los hombres veloces se desmayan es esas circunstancias.

Despierto y veo a una mujer guapa y mayor que me dice que es la Señora Marrón, casada con el Hombre Cenicero y madre de mi adorable Ciclista Óptima De Pies Seguramente Acariciables.

- ¿Cómo te encuentras? – dice ella

- Difícilmente – digo - ¿Estoy vivo?

Sí, estoy vivo y me doy cuenta de que mi sueño de poseer, sentimental y sexualmente, a la Ciclista Óptima De Pies Seguramente Acariciables, se aleja, pero quiero jugar una última y patética carta: ganarme a su mamá.

- Señora Marrón, tiene usté una hija adorable – le digo - chicas tan apañás como ella son raras de ver.

La Señora Marrón me mira con pena. Y, llena de ternura, me dice:

- Tienes más posibilidades de ganar el Tour de Francia que de ligarte a mi niña, chavalote. Pero no seré yo quien te diga que no entrenes... a lo mejor en uno de estos años, todo el mundo, menos tú, se dopa y ganas.

- Pues tiene usted una puerta pintada de un verde horrible, que lo sepa.

Me fui de allí. El sol se ponía receloso en el horizonte insomne y en algún lugar, no demasiado lejos, una mujer freía unas tiras de tocino y un hombre se rascaba los huevos.
Y yo montaba en bici.

martes, octubre 31, 2006

Breve historia de mí mismo.

Birthday
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Rock'n'roll a lo bestia, festivo y vocinglero, para felicitar a quien le apetezca ser felicitado, por ejemplo a mí mismo. Esta bestialidad de McCartney grabada por los Beatles en el Álbum Blanco siempre me ha parecido la forma más vital de felicitarle el cumpleaños a alguien, así que la repesco para felicitarme a mí mismo. Es un rocanrol trepidante, divertidísimo de tocar, con un cambio fabuloso y un riff de esos que te levantan el culo de la silla irremediablemente. ¡A disfrutarla!


Y sucedió que, igual que 42 años atrás, el sol tuvo un ramalazo veraniego y lanzó un rayo, con perdón, de puta madre, pero de puta madre, a la tierra y el rayo sobrevolaba Madrid, aun indeciso, a las ocho y media de la mañana del primer día de noviembre de 1964.
Ese rayo de sol con ramalazo veraniego y acariciador sobrevolaba, como os decía, el cielo azul del Madrid gris de los los años 60 y, como un pájaro discriminador, como un halcón peregrino, como una rapaz implacable, planeaba sobre quién caer, cuando observó una mujercita rechonchilla y hermosa y a un hombre enjuto y ligeramente encorvado que entraban en ese momento en un hospital. No dudó mucho más tiempo ese rayo juguetón y fue a caer, después de esquivar a un montón de patanes, en la tripilla (bueno, el uno de noviembre de 1964 era una gran tripa) de doña Milagros, que esperaba para ingresar en el Gómez Ulla, en el muy madrileño barrio de Carabanchel. El hombre enjuto era militar, así que esa es la razón de que atravesaran la ciudad entera (la familia vivía en lo que entonces eran las afueras del norte de la ciudad, la Plaza de Castilla) para dar a luz a esa bola de sebo que entorpecía sus pasos y su vida en general.
Por decirlo en pocas palabras, eso que inflaba la tripa de doña Milagros más allá de lo razonable, era yo. Así que, al notar la impertinencia amable y calentita del susodicho rayo, me puse en contacto con mi madre, para comunicarle. por medio de contracciones regulares y tremendas, mi intención no dilatable en el tiempo, pero sí en su... bueno ahí, de nacer.
Nací, pues, a eso de las nueve de la mañana de un hermoso día otoñal en un hospital militar de Carabanchel, pesando cuatro kilos setecientos gramos, una buena cifra hoy, pero no demasiado espectacular en aquellos años es los que a las embarazadas, su médico les decía “come, come, que tienes que comer por dos”. Salí colorado como un tomate, hermoso como una calabaza gigante, comilón como ahora, y sin atisbos de lo que hoy todos conocen como mi genialidad singular y cocorbitante.
Crecí fugaz y simpaticote, un buen tipo, dicen los que me conocieron en mis primeros años. Mi primer amigo, desde antes de poder sostenerme en pie, fue el gran Mich, que había nacido 4 meses después que yo y que vivía puerta con puerta en el segundo piso del 15. Yo el segundo izquierda, él el segundo derecha. Contaban nuestras orgullosas mamás que salían juntas al parque a que nos diera el sol de primavera en los cochecitos que éramos tan distintos como pueden serlo dos personas: Mich alargado, blanquito y elegantemente delgado, una configuración que aún conserva, el muy cabroncete. Yo achatado por los polos, rosado y redondo como una mortadela bolognesa, una configuración que no le logrado quitarme de encima ni para fardar.
Cuentan que en los primeros años de mis andares en esta tierra no era el muchacho tímido que luego fui, sino que en las reuniones familiares era un niño que repetía con entusiasmo todo el repertorio de gracietas que hacen sentirse orgullosos a los padres y que hacen que los invitados se sientan atrapados en una horrible cárcel. Al parecer, mi número estrella era cantar, lleno de convencimiento, “Yo soy aquel”, de Raphael, con una fidelidad tal al single que teníamos en casa, que me rallaba en el momento en que se había rallado el disco (...y estoy aq... y estoy aqu... y estoy aqu... y estoy aqu... ) y no reanudaba la canción (¡ ... y estoy aquíiiii, para querereteeee...!) hasta que me daban un ligero topetazo en el hombro, como hacíamos con el comediscos en casa. A todo el mundo le hacía mucha gracia recordarlo, pero yo jamás le he visto la gracia.
Una característica física que me marcaba entonces eran mis orejas desabrochadas. Desplegadas como las alas de un águila y del mismo tamaño del que las que tengo hoy, pero en una cabeza más chiquitita, me daban cierto aspecto de ratón mickey, sobre todo al salir del baño, con mi abundante pelambrera pegada al cráneo. Me gustaba jugar muchísimo a los coches y me pasaba horas en casa, arrastrándome por el suelo con cochecitos metálicos inventando historias y carreras imposibles. Entonces, como ahora, no me gustaban especialmente los coches de carreras, ni los deportivos, sino los que reproduicían más fielmente los modelos más modestos. Por ejemplo, tenía un 850 azul precioso, que en mis carreras ganaba a los Pontiac y a los Dodge y a los Mercedes.
En la calle, Mich y yo jugábamos al fútbol, a buscar cosas y cuando cruzábamos las calles lo hacíamos diciendo: ¡los autooos... locoooos...! mientras atravesábamos la calle a lo que a nosotros nos parecía toda velocidad, dando pasitos cortos pero muy veloces. Era muy divertido, aunque suene raro.
En casa éramos nueve, pero siempre había alguien más a comer, a dormir o lo que fuera. Para comer, juntábamos dos mesas en el cuerto de estar, una estancia extraña, según la recuerdo ahora, como medio de paso y mal distribuida... Pero lo mejor eran las cenas. Libres y distorsionadas cenas.
Para cenar, había que buscarse la vida: sobras, bocadillos... Recuerdo que Jose, el mayor, el cinéfilo, el que siendo hijo era ya un poco padre, se hacía guisantes con jamón, y Jesús, el segundo se hacía enormes perolos de sopa de gato (café con leche con trozos de pan flotando, lo flipas, pero estaba que te cagas) y yo me ponía a su lado con cara de pena y Jesús acababa diciéndome ¿quieres un poco?, siéntate aquí conmigo, y yo me sentaba a su lado y me sentía mayor, como Jesús, los dos codo con codo, como dos viejos camaradas, comiendo sopa de gato y hablando de nuestras cosas...
Las niñas, que iban después de Jose y Jesús eran Militos, Montse y Paloma. Militos (Milagros, como mamá en su partida de nacimiento) no recuerdo muy bien lo que cenaba, pero sí la recuerdo por las tardes batiendo claras de huevo al punto de nieve, paseando por la casa con el plato hondo y ese constante clac-clac-clac-clac mientras canturreaba. Paloma hacía sopas al minuto, especialmente de arroz, le salían muy ricas y yo procuraba que hiciera para dos para sumarme a su buen hacer sopil. Con Paloma la cosa era hablar una especie de jerga infantiloide inventada por nosotros en la que Paloma era Palomise y yo , no me preguntéis porqué, era Ñoñise.
En cuanto a Montse... me acuerdo tan pocas veces de ella. Montse murió hace más de 20 años, el mismo día, en el mismo minuto que mi madre, en el mismo sitio, en el mismo maldito accidente. Montse padecía una enfermedad mental que nadie supo nunca diagnosticar con exactitud. Mentalmente, en sus veintitantos años, creció hasta los ocho años, más o menos y ocupó, mientras vivió, toda la atención de mis padres. Era emocionalmente muy inestable y sufría ataques de ira tan violentos que siempre he pensado que nos marcó a todos esa exposición tan salvaje al desequilibrio. Un miedo extraño que, con los años, he detectado en la pupila de todos nosotros, los hijos normales de José y Milagros. Los que nunca estallamos de ira, porque sabemos el daño que la ira incontrolada es capaz de causar. Aparte de esos accesos de furia, Montse era capaz de las muestras de cariño más enternecedoras y ahora, al recordarla, riendo, bailando, haciendo ganchillo, se me nubla la vista, se me llenan los ojos de lágrimas y recuerdos que se empujan y agolpan y quisiera tenerte aquí conmigo, Montsita, y que cantáramos juntos algunas de tus canciones, moreneta, que cantáramos y bailáramos hasta que eso se acabe. Porque Montse hacía honor a su nombre y era medio negrita como la moreneta, era tan inalcanzable y tan virgen...
Mariano, no sé, Mariano, mi hermano pequeño, el séptimo, de pequeño le queríamos tanto todos que me imagino que no tenía problemas para cenar y siempre encontraba un aliado. De Mariano, al que yo llamo Shaky (pronúnciese en inglés: Sheiqui), por un juego deductivo que sólo él es capaz de entender, en esa época puedo decir poco: era simpático, jugaba muy bien al fútbol y sacaba muy buenas notas, pero era injusto, porque no daba ni golpe, pero era muy, muy listo. A mí, si no hubiera servido para que me compararan con él, me hubieran alegrado sus buenas notas, pero sólo me servían para evidenciar lo mal estudiante que era yo...
Caray, mis hermanos.

Cuando era un poco más consciente de las cosas, con 10 años o así, cuando casi no hacía otra cosa que jugar al fútbol en la calle, aparece Buch. Hasta entonces estaba Mich, y luego todos los demás, Antoñito y Ramonete, Javier y Luis, Luis y Luisa, Los Ortoll, Los Delgado, Nano... todos como una especie de magma secundario. Pero cuando llega Buch, nos hacemos amiguísimos en seguida. Es como el amigo que me faltaba.
Mich es, por decirlo de alguna manera, mi amigo del alma.
Buch se convierte, por seguir con esa forma de llamarlo, mi amigo del corazón. Buch y yo pasamos tardes enormes, largas y frías, andando sin parar, hablando y hablando y haciendo cosas rarísimas: vamos a la estación de Chamartín y hablamos en inglés, sin saber lo que decimos, recitando en voz alta letras de canciones de los Beatles para impresionar a las chicas: ninguna se impresiona, claro.
En esa época preadolescente despliego mi amor por el fútbol y la música. Empiezo a tocar la guitarra y a cantar, pero sólo para mí. Me enseña a tocar Jose y luego empiezo a aprender por mi cuenta. Pero me da mucha vergüenza que mis amigos sepan que me gusta cantar y tocar la guitarra. Por supuesto, en el colegio, no digo ni palabra. Es como si fuera cosa de maricas o algo así.
En el colegio voy de trastazo en trastazo, de cate en cate hasta el gran cate final: el día que repito segundo de BUP. Buch me acompaña a recoger las notas ese día de septiembre fatídico. Me había acostumbrado a grandes remontadas en los exámenes de septiembre, pero ese año algo falló. Me quedaron las matemáticas (Porky, cabrón), la Lengua (Chocho, hijoputa) y el dibujo, ésta con total justicia. Repetir curso con 16 años es asqueroso. Yo tenía muchos amigos un año y dos años menores que yo, pero estar en clase con ellos... bufff, qué mal asunto, de verdad.
Por entonces, ya en plena adolescencia, se suma El Rubio a mi selecto grupo de Amigos Por Encima Del Resto y todos mis mejores recuerdos de la adolescencia los relaciono con Mich, Buch y el Rubio. Acampadas, fiestas, fracasos amorosos, éxitos deportivos, tardes aburridísimas, días gloriosos, noches inolvidables... mis amigos.

Como esto empieza a hacerse eterno, corto y abrevio, que si no leer esto va a ser insoportable; elipsis bestial hasta esta mañana de octubre de 2006, la última del mes, un día antes de empezar a ser, conscientemente, de lleno, un cuarentón. Un papá de dos adolescentes increíbles, tío de un auténtico ejército de humanoides asombrosos, de una sobrinada formidable, amigo de muy poquitos pero escogidos, publicitario en horas bajas, músico en eclosión y escritor de bobadas en un blog personal que me sirve de espejo.
Cumplo 42 años consciente de algunas cosas buenas y de otras muy tristes sobre mí mismo. No soy el ser maravilloso que me hubiera gustado ser, eso está claro, pero en general estoy satisfecho con la persona en que me he convertido. La verdad, me imaginaba en una situación más estable, más, digamos, reconocida social y profesionalmente, pero no me queda más remedio que admitir que el mundo y yo no estamos de acuerdo en cuanto a los valores que hay que reconocer y premiar en las personas. El mundo este no necesita gente como yo, eso parece evidente, pero como creo que, al menos, tres personas en este mundo me necesitan, seguiré adelante, porque son las tres personas más importantes de mi vida.
Sí, por un lado, ellos dos, Leticia y Borja, mis hijos, a los que esta mañana veía marchar al instituto escondido, sin que ellos me vieran, mientras hablaban de sus cosas y mi corazón estallaba de alegría al ver lo normales y maravillosos que son. Afortunadamente, no son bichos raros como su padre.
Por otro lado mi amada Susana, la mujer que me sostiene, que me hace vivir. La que me besa cuando sonrío, sí, pero también cuando lloro (como hace a penas quince minutos, cuando escribía sobre mi hermana Montse); la mujer que el destino, dios, o tal vez sólo la casualidad puso en mi camino un día y me dijo: ya no estás solo.
Esas palabras, exactamente “ya no estás solo” son las primeras que Susana me dijo. No sabes cuánto, amor mío, no sabes de qué manera, han sido verdad esas palabras, desde ese momento, en el que entraste en mi vida y espero que hasta el fin de los días. Ahora sé que ya nunca, mientras yo exista, mientras tú existas, estaré solo.
Mañana, hoy, ayer... cuando sea que leas esto, ya no estoy solo.
Y eso me parece suficiente para que al cumplir 42 años esté más que satisfecho de mi vida y me dé por pensar, como me dijo cierta amiga Monstruosa, hace apenas unas horas, que todo saldrá bien.
Sí, todo saldrá bien.

miércoles, octubre 25, 2006

Otoño del 42 (que es la mitad de 84)

Pasado mañana, mi padre hubiera cumplido 84 años. Justo el doble de los 42 que voy a cumplir yo la semana que viene. No puedo pensar en otra cosa.

When I'm eighty-four



Esta canción es, para muchos, un irritante ramalazo pequeño burgués de Sir Paul McCartney y no diré yo que no les falte algo de razón. Algo. Para mí es una muestra más de la ingente capacidad del que podría ser, sin exagerar demasiado, el más grande compositor de música popular del siglo XX. Es evidente que he cambiado ligeramente el título, porque me venía de coña para ilustrar el post. En esta versión, absolutamente acústica (tres guitarras acústicas -una haciendo de bajo- y tres voces) he dejado unos pequeños follones que me armado en un par de ocasiones con las guitarras, porque tienen su gracia, y una frase de curiosa pronunciación "grandchildren on your knee", pronunciado "gran-children on llur ní" porque en el original me hace muchísima gracia. Vale, no es tan gracioso, pero como era yo el que cantaba... se siente. Adoro cantar con la guitarra acústica. Lo bueno sería que esa no fuera una opinión tan particular, y que hubiera mucha gente que disfrutara conmigo. En fin, hasta que ese día llegue... Enjoy it!


Este otoño me está haciendo más mella que otros, porque, sin saber cómo, os veo desfilar, a mis amigos y familiares, por delante de mi puerta, y yo quisiera llamaros, pero no me sale la voz.

Quisiera invitaros a casa a tomar una cerveza, un caldito casero de gallina, hueso de jamón y verduras, a pasar un rato a mi lado y a contaros que pudiera ser que este fuera el último otoño de mis otoños aquí; que me esperan otoños más verdes, más húmedos, más cerca, tal vez, del mar, o así son los sueños que estos días, por las noches, me asaltan.

Pero no puedo llamaros por vuestros nombres, intento gritaros y sólo consigo emitir un ligero lamento en do menor que no llama vuestra atención. Y os veo pasar ante mi puerta y nadie vuelve si quiera la cabeza, no es que no llaméis a mi puerta, que vale, es que ni siquiera miráis y yo hago gestos con la garganta muda y os veo y sé quiénes sois, pero no puedo decir vuestros nombres.

La sensación de soledad es tan bestial que me ahoga. Y un tinte de fracaso empieza a teñir mis pasos. Porque, visto que no venís a mi casa, he salido al camino y he procurado seguiros, a vosotros que andáis con tan bellos pasos, pero miradme, cojeo, ando muy despacio, y veo que seguís andando, cada vez más firmes, cada vez más lejos de mí.

Todo el mundo parece muy ocupado y yo no sé que deciros, porque si haciendo un esfuerzo os alcanzo, me pongo a la par, e intento hablaros, parece que tenéis la cabeza en asuntos muy principales y me veo incapaz de molestaros con mis bagatelas. Así que mientras busco en mi cabeza desastrosa un tema de conversación que no os haga odiarme, pierdo velocidad y os alejáis un poco más de mí.

Esta lluvia otoñal me desarma, porque es como si me dijera que ya todo da igual, que da lo mismo morirse aquí que allá, pero yo no pienso así, amiguito, yo creo que es mejor morirse donde no moleste a nadie. Quizá lo mejor que puedo hacer es preocuparme por eso, por dejar todo arreglado para que, ya que mi vida ha sido un engorro para todo el que me ha rodeado, que mi muerte no moleste a nadie.

Ser un buen muerto no debería costarme mucho, he sido un buen cero a la izquierda en mi vida. Y ser un buen muerto es, en cierta medida eso: no molestar demasiado en tu mutis definitivo.

Así que eso voy a hacer: palmarla como un señor. Y será mi muerte balsámica para mis problemas y tribulaciones: se acabarán de golpe, definitiva y completamente.

Le comento esta idea al cura de mi pueblo y me mira raro, y lo mismo hace mi familia, y mis amigos dejan de serlo en cuanto les comento mis proyectos. Ten amigos para esto...

Así que hice un fallecimiento ocasional, que es una forma de palmar que no está mal, porque puedes volver, y me fui al limbo y pregunté por Pepe. Alli estaba, el tipo, con sus largas piernas, sus ojos tristes, grises, hermosos y claros, y sus manos que nunca se paraban y acariciaban el aire mientras hablaba, en una especie de permanente didáctica; movía las manos como un buen profesor, hechizando la ignorante mirada de los aprendices, ordenando los electrones y los protones, dirigiendo la orquesta microscópica y otoñal que danzaba en frente de él.

Estaba sentado y cruzadas las largas piernas, con una pipa sencilla y aromática en sus labios, bajo su bigote entrecano, me hizo gestos amables para que me acercara y eso, solo eso, suponía ya toda una novedad. Al menos aquí no me ignoran.

- Hola, papá, cuánto tiempo...

- Hmmm... – dijo él, y una nube de humo azulado le envolvía la sonrisa y trataba de disimular lo que le estaba pasando. Mi padre era de puta madre, sí, pero se olvidaba de los nombres de la gente, sus hijos incluidos y justo en ese momento, en ese preciso instante, le estaba pasando eso: el muy... el muy c...

- Hombre, papá, no me fastidies, macho, que soy tu hijo, ¿de verdad no eres capaz de acordarte de mi nombre? Hombre, cuando estabas vivo, joer, lo podía soportar, me hacía gracia, incluso, que llamaras Pirandello a Espinete, pero ya llevas un huevo de años muerto, hombre, y al menos el nombre de tus hijos...

Pero no los recordaba... o al menos no recordaba el mío.

- Bueno, bueno, tampoco te pongas así, sabes que siempre me ha costado ese tema... ¿quieres algo más? – el tío parecía que tenía prisa o algo.

Y sí: yo quería tres cosas. La receta de su salsa de tomate, la de su vermú y contarle un buen montón de bonitas mentiras sobre mi vida profesional, decirle lo fabulosamente que me iba, para que se sintiera orgulloso de mí, algo que no pudo sentir mientras vivió.

Por supuesto no recordaba ni la receta del vermú (¿Vermú? Yo jamás he bebido, papá, no me jodas, no seas mentiroso, bueno, puede que una cervecita...) ni la de la salsa de tomate. No recordaba ni que fuera capaz de cocinarla.

- Sí hombre –le dije- tienes que acordarte... todos los sábados, cuando ponías el aperitivo, unos panchitos, unas patatuelas, siempre había uno de nosotros que terminaba de pasar la salsa por el chino y así, juntos, alrededor de la mesa redonda de la cocina nueva, todos despreciábamos las patatas y los panchitos y mojábamos pan en esa deliciosa salsa de color anaranjado aún calentita, la salsa más deliciosa que he probado jamás...

Pero no había manera: no se acordaba. Y pasa una cosa con los fallecimientos ocasionales, y esa cosa que pasa es que duran poco, pero no te dan un reloj ni nada que haga la cuenta atrás, de pronto notas que empiezas a irte, que te desdibujas y eso, es como si te estuvieras muriendo, pero no, lo que pasa es que estás resucitando, así que sólo me dio tiempo a decirle a mi padre que me iba muy bien, que tenía un trabajo increíble y que la gente me quería: una sarta de mentiras.

Así que volví y vosotros seguíais caminando a buen paso y yo me siento tan quieto, tan incapaz de seguir vuestro ritmo, que no sé cómo termina esto.

De modo que, mi querido padre, mi amado Pepe, no sé si en el limbo tenéis banda ancha, y si la tienes no sé si me lees, sería una sorpresa (¡un familiar que se interesa por mí!), desde luego, pero recuerdo que tú sí que tenías manga ancha y que sabes encajar las trolas que te conté allá en tu casa.

A veces, papá, me siento más muerto que vivo, porque mi alma está quieta, y quiero parar mis pies, y la gente viva no para de moverse, y me miran raro y no sé qué decirles, sólo quiero descansar; que la gente pase si quiere, ¿pero es que no vale pararse? . Otras veces, me da la sensación de que has venido a verme, y que aunque te escondes, yo te veo; estás entado en tu mecedora, fumando una de tus mil pipas, con esa medio sonrisa que tanto envidio; yo sólo quiero quedarme quieto, papá, aquí, a tu lado y míralos: no descansan, siguen adelante, progresan y sonríen. ¿qué va a ser de mí?

Este año, por fin, serías exactamente el doble que yo. Tú 84 y yo 42.

Y ni siquiera para disfrutar eso me puedo parar.

Vaya mierda de ritmo de vida.

jueves, octubre 19, 2006

La Pantoja era insaciable; la Venus de Milo, inabordable.



La primera vez que escuché esta canción me dejaron totalmente parado las voces que hacían "uh-uuuhh... uh!". Los grupos españoles sonaban mal, cutres, aunque supieran tocar. De hecho, Los Secretos eran instrumentistas limitadísimos, pero su primer EP sonaba de maravilla. El otro día mi hio me dijo que en su clase de música estaban aprendiendo "Déjame" (por cierto, su profa se la está enseñando mal, en Do, en lugar de en Sol y apuesto a que se come el Si bemol/Fa y el Re menor/La menor); dejando aparte los detalles, el hecho de que en los colegios americanos aprendieran clasicos del rock y el pop en el colegio era algo que me daba mucha envidia. En mi época, lo más popular que me enseñaban era Serrat y porque cantaba a Machado. Tengo la sensación de que Los Secretos fueron el principio de algo especial. Yo les considero los primeros, aunque sé que Burning, Mermelada, Paraíso, Radio Futura, KK de Luxe estuvieron antes, hasta que no llegaron ellos no empezó a cambiar la cosa. Lo sé porque lo viví, que conste. Bueno, en esta versión mía de Déjame le añado una guitarra más rockerita en el solo y una voz que apenas se nota pero que hace su función. ¿Quién no ha cantado esta canción alguna vez? Reconozcámoslo: es, en su extrema sencillez, maravillosa.


Me hiciste soñar, boba, pero ahora déjame.

Todo el día conduciendo. Llevo todo el día al volante y la rabadilla empieza a mandar angustiadas señales de alarma a mi sistema nervioso central. Éste, en forma de rictus inclinado, de correciones penosas de postura, me dice, para, hombre, pero sólo quedan 150 kilómetros para llegar a Dos Hermanas, pero esta vez lo haré de un tirón. Sé que si paro a estirar las piernas, a tomarme un café o a dejar que Julius me acompañe al baño para ponerse a mi lado y enseñarme el pito, sé que si paro para lo que sea, volver a sentarme va a ser mucho más doloroso que aguantar las molestias la horita larga que me queda de camino.

Somos la Clinton Ragtime Band, sí, ya lo sé, el nombre es completamente descerebrado, pero es nuestro nombre. Además no tiene nada que ver con la música que hacemos. No somos progrecillos, no hacemos ragtime y no somos una banda, en ninguna de las acepciones del término. Ni siquiera somos un grupo. Somos una orquesta de esas que van de fiestas del pueblo en fiestas de otro pueblo, y alguna vez nos has visto, me apostaría el cuello. No somos mejores que las otras orquestas, porque en este mundillo nadie puede decir que es mejor. Unos son malos y otros insoportables. Y algunos, unos pocos, somos orgullosamente mediocres. Muy, muy mediocres.

Nuestra orquesta es feliz. Está Anillos, el batería, narigudo y bonachón, como casi todos los baterías, un buen tipo. Nunca conduce, porque dice que le estresa, pero lo que le pasa es no sabe conducir, ni nadar, ni hacer globos de chicle. Están Harturo y Hartura, los cantantes, o solistas, como les gusta decir a ellos. Imagínate como son sólo por ese detalle. Creen más importante lo suyo que todo lo demás, por supuesto. Luego viene Miqyaguer, el guitarra, con complejo de estrella del rocanrol, también hace voces, aunque preferiría librarse de eso; ahí tenéis a Cleiderman, el teclas, con su peluca rubia, que se hace el ciego y toca y canta coros moviéndose como Stevie Wonder, en una de las peores imitaciones que he visto en mi vida. Yo, en fin, toco el bajo y hago coros, soy el arreglista de la orquesta, el manager, el gilipollas... así que imaginaros el nivel.

Y, por fin, está Julius, el saxo; un músico de esos que nunca será bueno, por mucho que mejore, porque no tiene alma de músico; es muy buena persona, pero sigue empeñado en seducirme por el ingenioso método de enseñarme el nabo. He intentado persuadirle muchas veces de que, aun en el caso de que fuera homosexual, su cacho carne no me resultaría nada tentador, y mucho menos su zafiedad en el cortejo; pero es de esas personas que no oye lo que no quiere oír. Esa es la otra razón por la que jamás será un buen músico.

La furgoneta, una espléndida y ya veterana Volkswagen Caravelle negra, traga millas y mis compañeros de fatigas duermen casi todos. En el asiento del copiloto duerme Julius en una postura un poco forzada, porque se durmió poniendo una postura que denotara su paquete bien marcado en sus pantalones de pana, por lo que se despertará con tortícolis y, previsiblemente, con dolor de huevos. Él verá.

Cuando la furgoneta empieza a atravesar las calles de Dos Hermanas, ya son las once y media de la noche y las calles del pueblo están llenas de farolillos y banderolas y esas cosas tan feas que se empeñan en poner en los pueblos cuando están en fiestas; así que entramos en el casco urbano, subo el volumen de la radio exageradamente, para despertar a mis compañeros de fatigas.

Al son de un éxito especialmente irritante de La Oreja de Van Gogh (casi tan irritante como todos sus demás éxitos), me llaman gilipollas, joputa, tuerestonto y toda la retahíla, pero se calman al ver que estamos en el pueblo.

- ¿Por qué no nos dejas en el hotel mientras hablas con el concejal? – me dice Harturo, que tiene ganas de meterse en la cama

- Porque no soy tu maldito representante, atontao – le respondo fastidiado – y por eso, hasta que yo no descanse, no lo hace nadie. Bastante hago ya como para hacerte de taxista...

El resto de la banda se debate en dudas. Por un lado, les molesta que la pareja harturas se crean más que los demás, pero por otro, les apetecería meterse ya en el hotel.

- Tampoco es para ponerse así... – tercia Cleiderman - al fin y al cabo, vamos a llegar a donde sea, te vas a bajar tú mientras nosotros nos quedamos aquí criticándote, vas a hablar con el fulano ese y luego vamos ir al hotel... la única diferencia es de tiempo, ¿qué más te da, tronco?

Entonces caigo.

Entonces me doy cuenta de que tiene razón. De que a todos les da igual si hablo con el concejal o si me la meneo. Lo único que quieren es que no les dé la murga, cobrar después de tocar lo que yo les he dicho que toquen y descansar.

Vale. En realidad no es su culpa, pero... ¿qué pinto yo en todo esto? ¿Me divierte este curro? En realidad, no me va ni un pelo este rollo de las orquestas de fiestas de pueblo; vale que se gana pasta, pero es aburridísimo. Y cuando vuelve a sonar esa canción tan espantosa de La Oreja de la ca-ri-ta empa-pa-da se me revuelven las tripas, porque me imagino a Hatura cantándola con su voz horrible, poniéndole caritas a Harturo, y yo no quiero tocarla nunca más, y no quiero ser parte de ese fin de fiesta que significa la muerte de la música que es Paquito el Chocolatero y es ese instante decisivo que cambia la vida de una persona.

- Vale, colegas, perdonadme – les digo - . Os dejo en el hotel y voy yo a hablar con el concejal, a ver si le saco una cena gratis...

Y les dejo en el Hotel Emperatriz del Sol, de Dos Hermanas, un hotel de dos estrellas porque el que las repartía debería estar borracho; les dejo y la Volkswagen no se detiene ya más esa noche, porque quiero alejarme de ellos todo lo que pueda. Pueden seguir sin mí, porque el equipo va en el otro camión y porque si no siguen sin mí me la suda en tres tiempos (romper a sudar - perlas de sudor - sudor frío), porque yo no sigo con ellos, yo sigo conduciendo hasta Chiclana y allí paso por un bar que se llama El Ciclón de Chiclana que tiene en la puerta un señor gordo con bigote, delantal sucio y esperanzas y es un sitio tan bueno como otro cualquiera para empezar una nueva vida.

Entro en el bar y pido una cerveza calentita, no tengo calentita, me dice el tipo, vale, pero... ¿tienes microondas? Sí, claro, eso sí... pues entonces, me calientas un botellín un minutito y me da unos calamares para mojarlos en la birra, y no os váis a creer quién me está sirviendo la mesa: Isabel Pantoja que me pide un autógrafo. ¿Yo...? si la famosa eres tú... no, hijo, en Chiclana no, aquí todavía se comenta que hace tres años viniste con tu orquesta, la Clinton y cuando estabas afinando tocaste unas progresiones de jazz con tu bajo eléctrico de cinco cuerdas que la gente no ha olvidado. El famoso, en Chiclana, eres tú... verás cuando se lo diga a la Venus de Milo

- ¿La Venus de Milo vive en Chiclana, hoy...?

Y así fue como entré en contacto con la Venus de Milo. Estaba muy guapa, un poco gordita según los cánones actuales de belleza, pero perfecta para mí, que me gustan las mujeres así. Llevaba el pelo recogido en un moño y su piel, su pelo, su estilo, su todo... contrastaba con todo lo de la Pantoja.

Olegario, que así se llamaba el dueño del local, me da una guitarra y me dice: Chiclana te espera, pero no nos cantes nada de la Cojera de Van Ploff, por favor, prefirimos tu repertorio jazzístico.

Todo Chiclana (Isabel Pantoja, la Venus de Milo y el señor gordo con delantal sucio, bigote y esperanzas) estaba allí y a ellos, mi público, me debía. Escogí las piezas de Jazz más singulares, las más señeras y representativas: Qué pasa contigo tío, Mamma mia (la de Ricchi e Poveri) y ese temazo que es el Sancho-Quijote, Quijote-Sancho. La emoción de este repertorio espectacular hizo que la Panjoja se sentara y empezara a levantar las manos en pleno ataque de salero y tronío, y la Venus de Milo se desnudó y, empezaron a hacerme los coros en el mítico tema (momento que recoge la fotografía).

Así empezó mi carrera en solitario. Así nació El Ciclón de Valdemorillo.

Me enamoré de la Venus de Milo, pero ésta me dio calabazas, porque estaba quedada del señor gordo con delantal sucio, bigote y esperanzas, y eso bastó para desenamorarme al momento, pero entonces sucedió que la Pantoja se enamoró de mi. Pero yo no la amaba. Y ella no se resignaba. Me dijo:

- Si no puedo tener tu corazón, si me golpeas con el látigo de tu indiferencia, deja al menos que disfrute: clava en lo más hondo de mi ser, pero mejor por delante, la espada formidable de tu sexo ardiente...

Y yo, al fin, hombre, le concedí ese deseo y esa noche yacimos 35 veces, y no me despeiné ni nada y ella sí. Desde entonces, ya sabéis, ya conocéis su historia: la crónica lamentable de un despropósito, de mal en peor. Claro que es comprensible: su cénit fui yo, y después de mí ¿a quién iba a encontrar que no supusiera bajar el nivel?

Y, aparte, os digo una cosa: la Pantoja, en plan marinero de luces y eso, vale, puede que se defienda, pero cantando jazz, haciendo los coros de sancho-quijote, quijote-sancho, una mierda. Una perfecta mierda.

Yo, sin en cambio...