Vale: sólo son dos acordes y se repiten machaconamente durante toda la canción sin siquiera una peqeña variación en orden, en tempo, en lo que sea. Todo el rato igual. Pero todo el mundo que ha tonteado con la guitarra ha llegado por casualidad a esos dos acordes, igual que todo el mundo ha cantado alguna vez ese estribillo de lalala's. Esta no le gusta nada a Buch, pero a mí siempre me ha parecido una extraordinaria canción de America, de esas en las que las voces van creciendo. El primer estribillo, a una voz; el segundo a dos y el tercero a tres y queda tan bonito... Parece que la cosa de unplugged en estos días, porque esta tampoco tiene guitarras eléctricas, sino dos acústicas machacando el ritmo y otras dos para el solo. En fin, esta pieza, quien la canta bien de verdad es mi amigo y compañero Sergio que, a pesar de ser sevillano, tiene un pellizco especial para la música americana. Quiero dedicar este temazo a mi buen amigo Dockof, un escritor de primera y un amigo de categoría especial. A disfrutar-la laaa, lala lalalaaa lalalaa laaaa la!
Historia de Wolffo
Era Túnez, era un día de esos que ni fu ni fa... pero bastante fe, fi y fo, como si dijéramos. Estábamos en Sidi Bou Said y el gobierno nepalí, que era quien auspiciaba el viaje nos había llevado a MariPili’s y a mí a conocer las maravillas del país, o sea, de compras o, para ser claros, nos metieron en la cueva de Alí Babá y los 1.200 ladrones.
Intentaban vendernos de todo: turbantes, alfombras, ollas exprés, fumafumas, preservativos de punto de cruz, infusiones de lentejas... ¡si estuvieron a punto de venderme mis zapatos! MariPili’s reinaba en el mercadillo (allí le llamaban caspa o algo así) y paseaba su elegancia regia de puesto en puesto, repartiendo sonrisas de esas que ella sabe repartir, esas sonrisas que cuando te tocan, te hacen sentirte abrazado. Los comerciantes, de alguna forma, sabían que a ella no le podían dar el coñazo como a mí, por ejemplo, y ella podía pasear y sonreír. Algunos comerciantes especialmente plastas requerían a la reina constantemente para que les comprase cualquier cosa, pero no lograron engañarla.
A mí sí: y me preguntaba cómo coño me habían convencido para comprar un Lada Niva 4x4 sospechosamente barato y un navegador Philips sospechosamente ligero.
Bueno, como a mí me gusta mucho la cosa de presumir, me subí en el Lada Niva y, al cerrar la puerta, mi parasoles cayó sobre el volante y por mucho lo intenté, no pude colocarlo en su sitio ni para fardar. Soy un hombre optimista, así que puse el codo en el hueco de la ventanilla, en plan experto conductor, y miré al horizonte con mirada melancólica y sexual. Cogí el GPS y lo puse en una especie de hueco que tenía el salpicadero que parecía hecho a propósito para un navegador Philips. Le dí al power, pero eso no se encendía ni de coña. Claro, las pilas, pensé. Así que me dediqué a componer una posturita interesante para cuando MariPili’s llegara a mi posición. Cuando esto sucedió, me pilló con el codo izquiero en la ventanilla, el derecho en el volante y la mano derecha acariciando mi barbilla y mi jeta en un rictus de análisis exhaustivo del terreno, como si lo hubiera hecho toda mi vida. MariPili’s subió al coche y yo, queriendo parecer un viajero experto pero llegando, como mucho, a taxista, dije:
- ¿A dónde?
- Al hotel, claro –dijo MariPili’s con cara de preocupación. - ¿Dónde está el taxista que habíamos contratado? ¿De dónde ha salido esta pocilga de coche? ¿Tú sabes ir...?
- No... –joé, yo estaba nervioso- no te preocupes, MariPili’s. ¿Para qué vamos a pagar a alguien para ir a nuestro hotel?
- No sé, ¿para llegar, tal vez...?
Al parecer, a MariPili's no le había impresionado en absoluto mi postura gallarda al volante de mi flamante Lada Niva; no confiaba en mi sentido de la orientación, y me consideraba menos mundano de lo que yo creía que aparentaba. Intenté calmarla con mi sonrisa calmamuchachas y le dije...
- No te preocupes, MariPili's, he comprado este GPS para que nos lleve... lo único es que hay que ponerle pilas; mira coge ese destornillador que hay ahí, en tu ventanilla, y esas pilas, y lo cargas...
Cuando MariPili's cogió el destornillador y la ventanilla se desplomó sobre su hueco con un sonoro golpe, recordé un fragmento de mi conversación con el tipo que me vendió el 4x4 (¿y ese destornillador? Oh, morito regala tú si comprando 4x4, destornillador bueno, alemán, americano, muchos euros, pero morito regalando si tú comprando el coche... buen trato... vale, venga, ni pa ti ni pa mi, regalando destornillador y gepese filis y haciendo trato ¿sí?) y recordé lo listo que me sentí haciendo que me regalaran el GPS...
Desoyendo al sentido común, que me aconsejaba darme por engañado totalmente, porculizado del todo, arranco el coche y, derrapando sin querer (fijo que las gomas estaban gastadas) salgo del mercadillo y me adentro en una cosa que, si no era el desierto, se le parecía un huevo.
- Por favor, no digas nada – le digo a MariPili's mientras coge el destornillador y se dispone a decir algo que, seguro, era importante. Pero como me ve mosqueado, se calla. Este Lada Niva es cojonudo, porque parece mentira que sea ruso, oyes, fíjate tú el calor que hace en lo que es el desierto y este coche ruso que tira como un príncipe y las ventanillas bajadas del coche son bestiales y le digo a MariPili's que abra arriba, porque tiene un estra el coche, eso que llaman techo solar y que no es más que una ventanilla en el tejao, y cuando MariPili's le da a la manivela la ventanilla, ¡zas!, a tomar por culo, se pira, pero no nos importa, porque el viento del desierto despeina nuestras cabelleras juveniles y yo me siento gracioso y le digo a MariPili's que al menos como secador es cojonudo, ¿eh? Y me dice que sí, que ella también vió el anuncio, y ya no me siento gracioso, sino idiota, pero caray con el viento del desierto, es la leche de caliente, menos mal que vamos en coche, porque si no es por la velocidad estaríamos asados, y así se se lo estoy comentando a MariPili's justo cuando suena un enorme croc! en el motor del coche y empieza a echar un humo nigérrimo a la vez que deja de funcionar el acelerador y todo lo demás y el coche, poco a poco, porque los frenos tampoco rulan, se detiene en mitad de ninguna parte.
Mierda.
¿Y ahora qué? ¿A dónde narices vamos? ¿Pallá o pallá? (dedos señalando en direcciones opuestas)
¡El GPS!
Algunos ya se lo imaginan. MariPili's coge el GPS y me dice: está vacío. Ya lo sé, le digo, pero le pones las pilas y ya rula... No, no, no, Wolfillo... que está vacío del todo, es sólo una carcasa... ¿no te pareció demasiado ligero, hombre...? Y entonces dije mi frase:
- ¡Pero si era Philips, MariPili's!
- Aquí no pone Philips, macho, pone Pilipis...
- Oh...
Engañado otra vez.
Así que empezamos a andar. Por aquí dije yo intentado parecer un tipo con aplomo. Y fuimos justo por el lado contrario porque, para qué engañarnos, a esas alturas, mi credibilidad era menor que cero coma. Tendía a cero, podríamos decir.
Nos encontramos con un tuareg ataviado con todos los extras, como si dijéramos, excepto por el hecho de que llevaba unas deportivas Tex, la marca textil de Carrefour, lo que hizo que me ganara en seguida el corazón. El Tuareg, que se llamaba a sí mismo Emilio José (era una especie de nick, los tuaregs ya no son como los de antes, ahora chatean y todo) iba montado sobre un camello con una pinta espantosa, pero llevaba un bonito caballo atado con una cuerda super chula. La leyenda dice que los tuaregs son altivos, hermosos y de mirada profunda y óptima; este era todo lo contrario: bajito, feo de cojones (lo pudimos observar cuando se bajaba del camello porque los faldones del comesellame se le engancharon en la chepa del bicho), de muslos y de cara y bastante tonto.
No sé cómo lo hizo pero MariPili's le cambió el Lada Niva siniestrado por el caballo y el tuareg ató la cuerda al coche, quitó el freno de mano y, sentado en el asiento trasero, se fue sonriendo, mascullando que en un camello era imposible echar un polvete...
MariPili's y yo en el desierto.
Con un caballo que, esta vez sí, parecía funcionar.
- ¿Cómo le vamos a llamar?
- Mejor no le bautizamos: si su madre no quiso hacerlo, ¿por qué vas a ponerle un nombre tú?
( Puede que tengas razón, pero ¿sabes? A mí me gusta llamar a las personas, no por su nombre, sino por el mío. No mi nombre, sino el nombre que yo le asigne. Cuando quiero a una persona empiezo, casi siempre, por ponerle un nombre; un nombre que se parece al suyo, pero que tiene algo mío. Un nombre que empleo yo y todo el que quiera, claro, pero me gusta a mí ponerle nombre a las personas.
Como tú, mi querida MariPili's, ¿de qué, si no, iba a llamarte así? Porque me gusta verte con los tuyos alrededor, con mis queridos Daiegou, Ólgula, Jaimiosky y Danilovich y su padre, el gran Dudú, y me gusta verte en tu cocina diciendo que no, que no hace falta que te ayudemos, mientras preparas “dos tonterías que no son nada” para cenar como reyes en el palacio del agustito que es tu casa. Y quería, por último, MariPili's querida, decirte que si no le ponemos nombre al caballo, no podremos felicitarle el día de su santo como hago yo hoy, aquí, contigo. Claro que siempre podemos cantarle la canción, ¿no?)
En fin...
Y nos subimos a lomos del caballo sin nombre y cantamos canciones y yo intentaba convencerte de que cuando llegáramos a casa celebraras tu santo, que no hace falta gran cosa, de verdad, ya sabes que yo con dos pepsimax y unas nueces de ese sitio raro me apaño, y con las sobras que siempre hay en tu cocina y, sobre todo, y por encima de todo, con esas tertulias interminables en las que hablamos, hasta las tantas, de operación triunfo, la clonación terapéutica, la poesía moderna o el camelo del cambio climático (más de lo primero que de lo otro, seamos francos...), y el caballo me dijo:
- No seas palizas, Wolffo, carajo. Déjate llevar, hmbre, calla un poco y disfruta de la compañía de esta reina, aprovecha su nombre y apóyate en ella y verás que nunca te sentirás más seguro que abrazado a ella.
Yo no digo que no sea verdad. A veces los caballos sin nombre tienen razón, pero una cosa: tener razón no les salva de ser espantosamente cursis. Y eso, estaréis conmigo: es imperdonable.
Es tu santo.
Felicidades, MariPili's.
Historia de MariPili's
(Esto va a quedar largüísimo, pero merece la pena, al menos para mí, leer la misma historia, pero vista ahora desde la perspectiva de la reina del desierto. La cuelgo, sobre todo porque desde este punto de vista se desdibuja mi torpeza esencial. Ya se sabe que todo es según el color del cristal con que se mira...)
Era Túnez, era un día de esos radiantes, soleados y con un sol espectacular.Estábamos en Sidi Bou Said y el Gobierno nepalí nos había organizado un viaje a Wolffo y a mí para conocer las maravillas del país. Después de pasear por las angostas calles llenas de color, olor y sabor local, entramos en una de esas tiendas típicas en las que puedes encontrar casi cualquier cosa. El dueño, Alí Babá, tenía 1200 empleados que, solícitos, nos mostraban todos sus artículos: turbantes, alfombras, incluso ollas exprés y una curiosa infusión de lentejas. Wolffo no parecía muy entusiasmado, no sé si porque para él las lentejas son sagradas o porque siempre le han agobiado las conversaciones de 1200 personas a la vez.
A decir verdad, yo estaba más agobiada que él por lo que puse mi sonrisa, esa sonrisa de "como te acerques te mato", y conseguí mantenerlos más o menos alejados.Sin embargo, el pobre Wolffo, con su aspecto bonachón y su actitud permanente de agradar a los demás, les escuchaba cada una de sus propuestas y regateaba graciosamente pero sin ceder en su objetivo de conseguir un buen precio; admiro esa habilidad para regatear que yo no poseo por lo que no pude comprar nada.
En fin, no sé como, consiguió un Lada Niva de colección con GPS y herramientas incluidas.Cuando por fin pude salir de la tienda vi a Wolffo en su flamante coche, con el brazo apoyado en la ventanilla, esperándome con la postura más interesante y atractiva que yo haya visto nunca. Observaba el terreno, admirando su belleza a la vez que decidía la ruta mejor para llegar al hotel.
- ¿Vamos al Hotel?.
- Lo que tu digas. Menos mal que has conseguido este coche, porque el puñetero taxista nos ha dejado tirados.
- ¿Sabrás llegar?
- No te preocupes, tengo un gran sentido de la orientación. Además tenemos el GPS que he comprado...lo único es que hay que ponerle pilas; mira coge ese destornillador que hay ahí, en tu ventanilla, y esas pilas, y lo cargas...
Como entre mi pocas virtudes no se encuentra la de ser una manitas, al coger el destornillador, la ventanilla se desplomó sobre su hueco con un sonoro golpe. Wolffo se quedó pensativo pero preferí no preguntarle en que pensaba y me quedé encogida en mi asiento mientras él arrancaba el coche derrapando con la habilidad de un Fernando Alonso.Por fin me decidí, con el destornillador aún en mi mano, a pedirle perdón pero me dijo:
- Por favor, no digas nada.
Pero como le vi mosqueado, me callé. Este Lada Niva es cojonudo, porque parece mentira que sea ruso, oyes, fíjate tú el calor que hace en lo que es el desierto y este coche ruso que tira como un príncipe y las ventanillas bajadas del coche son bestiales. Wolffo me dijo que abriera arriba, porque el coche tenía un estra, un techo solar de esos que te hacen sentir más libre, pero cuando le dí a la manivela la ventanilla, ¡zas!, a "tomar por teléfono", se pira, pero no nos importa, porque el viento del desierto despeina nuestras cabelleras juveniles y yo me siento aliviada cuando Wolffo me dice para tranquilizarme que al menos como secador es cojonudo, ¿eh?. Y es que se nota que es todo un creativo porque constantemente se le ocurren frases y situaciones dignas de llevarlas a un anuncio, ¡es tan gracioso!.
El viento del desierto es la leche de caliente, menos mal que vamos en coche, porque si no es por la velocidad estaríamos asados, y así me lo estaba comentando Wolffo justo cuando suena un enorme croc!
Mierda.
¿Y ahora qué? ¿A dónde narices vamos? ¿Pallá o pallá? (dedos señalando en direcciones opuestas)
¡El GPS! Pero como estamos en Túnez, los satélites no deben pasar por allí y el magnífico GPS Pilipis no funcionaba. Así que empezamos a andar. "Por aquí" dijo con aplomo. Y fuimos justo por el lado contrario porque era un camino más cómodo y Wolffo es todo un caballero que siempre piensa en los demás.
Nos encontramos con un tuareg ataviado con todos los extras, como si dijéramos, excepto por el hecho de que llevaba unas deportivas Tex, la marca textil de Carrefour, lo que hizo que me ganara en seguida el corazón. El Tuareg, que se llamaba a sí mismo Emilio José (era una especie de nick, los tuaregs ya no son como los de antes, ahora chatean y todo) iba montado sobre un camello con una pinta espantosa, pero llevaba un bonito caballo atado con una cuerda super chula. La leyenda dice que los tuaregs son altivos, hermosos y de mirada profunda y óptima; este era todo lo contrario: bajito, feo de cojones (lo pudimos observar cuando se bajaba del camello porque los faldones del comosellame se le engancharon en la chepa del bicho), de muslos y de cara y bastante tonto.
No sé cómo lo hizo pero Wolffo le cambió el Lada Niva siniestrado por el caballo y el tuareg ató la cuerda al coche, quitó el freno de mano y, sentado en el asiento trasero, se fue sonriendo, mascullando que en un camello era imposible echar un polvete...
Wolffo y yo en el desierto. Con un caballo espléndido.
- ¿Cómo le vamos a llamar?
- Mejor no le bautizamos: si su madre no quiso hacerlo, ¿por qué vas a ponerle un nombre tú? Y, aunque a Wolffo le encanta poner sus propios y originales nombre a las personas y a las cosas, respetó mi opinión y, como es un gran músico, compuso en un santiamén una preciosa canción a la que tituló "Caballo sin nombre" ("A horse with no name" en inglés, porque además es un hombre leído y políglota).
Y nos subimos a lomos del caballo sin nombre y cantamos canciones y yo intentaba resistirme a su petición de que cuando llegáramos a casa celebrara mi santo porque solo tenía sobras y, sobre todo, y por encima de todo, porque sé que esas tertulias interminables en las que hablamos, hasta las tantas, de operación triunfo, la clonación terapéutica, la poesía moderna o el camelo del cambio climático (más de lo primero que de lo otro, seamos francos...), nos las soporta. Y el caballo me dijo:
- No seas palizas, MariPili's, carajo. Déjate llevar, calla un poco y disfruta de la compañía de este Lawrence de Arabia a la española que nunca te sentirás más segura que abrazada a él.
Y seguro que es verdad. Los caballos sin nombre tienen razón, pero una cosa: tener razón no les salva de ser espantosamente cursis.
Muchas gracias por este viaje, Wolffillo.






