(si hay suerte, prueba con Castpost que da más problemas, es verdad, pero la calidad del sonido es muy superior)
Esta canción de Mamá es extraordinaria en su sencillez. Cuatro acordes, un ritmo que te hace mover los pinrelillos y una melodía pop irresistible y estamos en el ajo. Mamá era un gran candidato a supergrupo, pero se quedó en eso, en candidato promesa. Tenía un compositor y cantante carismático y con talento, José María Granados, y un directo potentísimo. Para mi gusto, abusaban del saxo en directo y adolecían de falta de profesionalidad, o al menos esa es la sensación que me daba a mí. No parecían necesitar la música para respirar y eso les mató. Dejaron un puñado de grandes canciones y, en concreto, esta siempre me ha encantado, con sus dos primeros versos magníficos: Yo no sé qué careta va a servir; si me miras, sólo pienso en huir... Busca el original porque, de verdad, es magnífica.
El Pondio intenta explicarnos la diferencia entre esto y aquello, dice que todo en la vida es física y química, y escribe fórmulas raras en la pizarra, pero a mí, Óscula, ya lo sabes, me da igual. Sólo pienso en el momento en que suene el timbre y en hacerme el encontradizo contigo en el camino de vuelta a casa. Nada más. Y mientras tanto, me gusta mirarte y verte atenta con cara de entenderlo todo, aunque yo sé que no es verdad, que no es que no entiendas, es que estás en otro mundo, como yo, aunque tu mundo no es el mío, tú piensas en tus cosas, que son otras cosas, ojalá las cosas en las que tú piensas fueran cosas buenas como yo marcando un gol en la final contra los mayores de COU, o yo cantando en la fiesta de fin de curso, con mi guitarra y mi grupo las canciones que sólo tú sabrías que son para ti...
Ahora el Pondio te mira a ti, como si le estuvieras haciendo caso, pero yo sé que toda tu atención está puesta en no reírte, mientras tu amiga Réplica, con el pie desnudo, hurga en tu costado por debajo del jersey. Es increíble que no te rías, que no hagas un solo gesto, cuando yo sé las cosquillas que tienes. No sólo le miras y asientes, de vez en cuando, sino que, además, tienes la jeta de poner cara de eso último no lo he entendido y haces que el Pondio se pare y repita lo último sólo para ti, porque el Pondio será doctor en Física, sí, pero entre las piernas le cuelga lo mismo que a mí, y entre las orejas tiene lo mismo que yo, así que cuando te mira, Óscula, ve lo mismo que veo yo: un bombón, y no puede evitar sentir más simpatía por tu poca instrucción que por la mía. No le culpo, no creas, pero jode...
Te das la vuelta y me dices, susurrando, que si juego a paella. Vale, te digo, me pido la gamba, no, la gamba soy yo, me dices, y yo que imagino que el langostino es el que se tira a la gamba y digo, vale, yo el langostino y tú apuntas Wolffo flecha langostino justo debajo de Óscula flechita gamba y de los nombres flechita los ingredientes que son los demás. Y mientras el Pondio habla del par de fuerzas, uno de sus temas favoritos, tú, que eres la jefa, dices ¡arroz! y se levanta Lunilla y cuando el Pondio la mira por si quería algo, ella se lleva la mano a la boca, en gesto de no sé si lo entiendo, y señala la última fórmula y el Pondio dice no lo has pillado, ¿eh?, no te preocupes y repite lo acaba de decir, y todos admiramos la forma en que Lunilla ha salvado la situación, porque en el auténtico juego de la paella, hay que levantarse y no decir nada, aunque el profesor te pregunte y Lunilla lo ha hecho muy bien. Espero que digan langostino antes de decir paella, porque el profesor suele mosquearse cuando a la voz de ¡paella! todos los que juegan se levantan sin motivo aparente y le miran.
Pero hoy no es mi día de suerte. Cuando Hípico, que era el pimiento morrón, con su cara alargada y su voz relinchante dijo ¡gamba! Tú te levantaste y el Pondio te miró, te limitaste a estirar tu jersey el Pondio simplemente se masturbó mentalmente mirándote y vas y te sientas y dices, mirando al Pondio a los ojos, ¡paella! y él no sé si pensaba que le estabas invitando a comer o qué, pero no dice nada, y todos los que estamos jugando, que somos 15, nos levantamos y nos ponemos de pie, sin decir nada, parados junto a nuestro pupitre. El Pondio se confunde y mira el reloj y nos pregunta que qué hacemos, que aún quedan 20 minutos y nos dice que nos sentemos y todos contamos 10 y nos sentamos; entonces, tú, que eras la jefa, vas y dices ¡langostino! y yo no sé qué hacer, y me levanto y el Pondio no hace como contigo, que te mira embobado, pero sigue hablando del par de fuerzas o de lo que sea, cuando me mira a mí, no se emboba, se cabrea y se calla y se ve en su cara que está pensando un sarcasmo hiriente y yo que no sé qué hacer, empiezo a meterme la camisa por los pantalones, nerviosísimo, y aprovecho para colocarme el paquete y sonrío y el Pondio que dice cuando Wolffo acabe de vestirse a lo mejor nos explica porqué ha confundido esta clase con el vestuario y yo sonrío, a pesar de que el sarcasmo es malísimo y no tiene ni puta gracia, pero muerto de miedo, porque si sigue por ese camino le voy a dar una patada de 100 kilopondios en sus tristes huevos, pero al fin me siento y digo ¡guisante! y se levanta mi amiga Augusta Nítida, que tiene las piernas bonitas y un coco privilegiado y sé que ella sabe salir de estas situaciones airosa, y en fin, el Pondio que está más salido que el quicio de una ventana, mira a Nítida y me deja en paz.
Al salir de clase, mientras yo te espero escondido detrás del taller de Juan para que coincidamos en el camino, veo que vienes y entro en el taller de Juan y le robo un par de flores de plástico que son preciosas, porque no parecen flores de verdad, sino esos floripondios que pintan los niños pequeños, y yo sé que este tipo de cosas te tienen que gustar, porque tú eres como yo, un poco de otro mundo, ¿a que sí?
Me siento, con las flores en la mano, en la cuneta del camino que lleva a tu casa y te veo venir, la sonrisa en la cara y dos cretinos imbatibles a tu lado, uno en cada flanco. Te acompañan el Zapas y el Ánsar y yo no sé cómo les soportas, Óscula, si son dos idiotas de primera. Quiero verte, de todos modos así que me siento en el otro bordillo, entre dos coches, para que no me veáis.
Soy un patético muchachote con tres floripondios de plástico escondido tras el viejo 124 de Juan y una furgoneta de reparto, enamorado de ti hasta las cachas, casi tanto como lo que tú me ignoras. Porque somos vecinos desde siempre, porque nuestras madres son las mejores amigas, porque tú estás acostumbrada a mi presencia a tu lado, pero nunca me has mirado de esa manera...
Soy el fin de los días, Óscula querida, el fin de los días bonitos, el que te espera, te vigila y te quiere, el que tiene las flores, los besos y las historias para ti. Cuando pasáis a mi lado, sin verme, veo que los dos memos te llevan menos amigablemente de lo que yo creía. El Zapas tiene una navaja apoyada en tu costado y el Ánsar va tocándote el culo.
¿Ves como soy patético? No sé cuánto tiempo llevan estos idiotas acosándote y no me he dado cuenta: siempre pensé que te molaba ir con los macarras del pueblo. Así que salgo de mi escondite y te llamo a voces ¡Óscula, Óscula...! Y los tres os dáis la vuelta y entonces veo lágrimas en tus ojos, niña. Traigo estas flores para ti, pensé que te gustarían, te digo, sin hacer caso a los dos memos que te escoltan, son graciosas, ¿verdad? me recuerdan a las que pintabas tú, de niña, te digo, y tus ojos enormes y preciosos se llenan de lágrimas y no sabes qué decir, pero no estamos jugando a paella y podrías hablar, y Zapas me dice que porqué no me largo y Ánsar, que es bobo, no sabe qué hacer, quizá porque es un poco menos bobo que Zapas y calibra mejor la situación. No quiero irme sin ella, les digo, es mi amiga y hoy pensaba pedirle que sea mi novia, que salga conmigo, así que si no os importa... os largáis, les digo como si hablara de fútbol o de algo así, sin importancia. Así que podéis marcharos, chicos, podéis guardar la navaja y marcharos, que ya no hay peligro, ya me ocupo yo de acompañarla...
No sé cómo fue, es todo muy borroso, pero me acuerdo de la cara asustada de Zapas, perlada de gotitas de sudor justo delante de mí, un dolor punzante en un costado y una especie de mareo terrible que me hizo caer.
Y estaba sin fuerzas para mantenerme en pie y tú, tan niña y tan mamá, me apoyabas en tu costado y llorabas muchísimo y yo, todo lo contrario, en la misma gloria, abrazado por mi amor, pero tú llorabas y gritabas pidiendo ayuda. Y yo, que me costaba un huevo hablar te preguntaba si querías salir conmigo, pero no me oías, sólo gritabas como una loca, como una verdadera loca, y yo, al fin, supe que no podías salir conmigo, porque yo estaba saliendo de un mundo en el que tú, de momento, estabas atrapada, y entonces yo salí de mí y me ví allí abajo, sostenido en tus brazos y en tus gritos y vi como se acercaba la gente corriendo y alguien pedía una ambulancia y vi a Juan llegar corriendo y extrañarse de ver sus floripondios de plástico en el suelo y manchados de sangre; y se agachó y los recogió y miró al cielo, como buscándome, y yo le sonreía y le decía hola con la mano, pero me parece que no, que ya no podéis verme ya más.
Te lo di todo, Óscula, y ya no tengo nada más para ti.
Nada, nada más.