Si al llegar al cruce que hay justo debajo del anuncio viejo de Nivea, en vez de seguir hacia delante, tomas hacia la derecha, ese caminillo que apenas se ve, llegas a la cabaña de mi tío Ignatuis. Mucha gente va en coche, o en moto, pero si de verdad quieres ir como se debe ir, bájate del coche y ve andando. Es un paseo increíble; créelo.
Ignatius te abre la puerta si le apetece, si llamas con buenos golpes y si está en casa. Siempre tiene a mano una cerveza, pero sólo te la dará si le caes bien. Si no le caes bien y, a pesar de eso te ha abierto la puerta, será encantador, pero te convencerá de que no tiene dinero suficiente para tener cervezas en la nevera y acabarás dándole dinero, si eres confiado, para unas cerves, o encargando al chico del súper que le lleve una caja.
Ignatius toca la guitarra con suave convicción. Compone canciones que casi siempre tienen un regusto nostálgico y canta con una extraño y cálido color de voz. Casi todo el mundo coincide en que canta bien pero, técnicamente, es un desastre de desafinación.
Ignatius ha conseguido con su faceta musical, el mismo reconocimiento que como escritor, guionista o torero: ninguno. Pero Ignatius vive, coño, y no desfallece, el pollo; y con cada nueva composición, se renuevan sus sueños de que alguien, en algún lado, le oirá un día y descubrirá ante el mundo su inmenso talento ignoto.
Yo, que conozco a Ignatius como nadie, sé que morirá entre el afecto y la admiración de una docena de incondicionales, que le quieren con locura, y poco más. Nadie hablará de Ignatius después. Pero eso no está todavía en perspectiva. Ignatius vive, Ignatius vive, claro que sí. No trascenderá, pero hablas con él y, si le pillas de buenas, te contará cómo ve él las cosas. Es inteligente, pero su inteligencia es extraña, y tiene una cualidad maravillosa. Cuando en una reunión, empieza a hablar, a exponer con convicción una opinión, un pensamiento, una reflexión, el silencio se extiende, como un terremoto de paz, desde el epicentro-Ignatius. Muchos son los que le escuchan, callados y entonces, él, según se da cuenta, embrolla su discurso hasta donde no admita réplica. Y todos se quedan callados, asintiendo con ruiditos tipo “¡hm...!” porque nadie es capaz, si quiera, de decir tienes razón; su discurso es brillante, elocuente y convincente, pero no sabes muy bien porqué brilla, qué es lo que te cuenta o de qué te ha convencido.
Otras veces, Ignatius es como un autista. Mi familia se lo perdona, porque tampoco molesta a nadie, pero es un poco enervante. En mi familia es corriente preparar una mesa para veintitantos y alargar la comida hasta el amanecer, ¿no?, pues a veces, entre risa y risa, entre
copa y copa, ves a Ignatius en una esquina de la mesa, con la mirada perdida en algún punto del horizonte, presente y a miles de kilómetros de todos nosotros y sé que a mí, y a mis primos y a mis demás tíos les gustaría saber qué pasa dentro de la cabeza despeinada de Ignatius. Esa cabeza que nos sonríe pero que a veces es capaz de no emitir sonido alguno durante horas. ¿Dónde te vas, tío Ignatius, cuando tus ojos miran tan lejos?
¿Quién ocupa tu cabeza?
¿Es acaso la Luna de larga cabellera y poéticos senos y muslos de dos temperaturas? ¿Es una estrella fugaz para todo el mundo, pero permanentemente brillante en tu corazón?
Dicen que Ignatius era un buen trabajador, pero tenía esa cosa rara en la mirada que inquietaba a todo el mundo. A veces Ignatius parece tan suficiente... Sus jefes, pocos, no soportaban que él les mirara a los ojos y les dijera, sin decir una palabra, sólo clavando su mirada verdazul en sus jetas asustadas: no te respeto. Acababan deshaciéndose de ese hombre raro. Ese punto indolente e incómodo lo tiene mi tío Ignatius. Pero vive, Ignatius, no creas que no.
Si quieres ver a Ignatius en su ser, tal y como realmente es, tienes que ir a su cabaña. Pero no llames, por favor, que su alma, ahora, es asustadiza y frágil. Quebradizo corazón que salta de miedo en miedo y que nunca se lanza a volar.
Mira por la ventana sin desvelar que estás ahí. Mirale cuando coge su guitarra porque una idea revolotea su caótica cabeza. Mírale cómo compone una canción.
Esos acordes, van acomodándose a sus dedos y acaban por ser una progresión lógica y bien armada. Un arpegio digno de él. Mi tío Ignatius empieza a vivir dentro de esa melodía. Óyele balbucear. Dice frases sin sentido encima del arpegio recién encajado. De repente, esa frase “un momento era el tiempo que duraba un café”, se sube encima de las notas del arpegio y empieza a cabalgar. Se levanta, nervioso. Busca algo para escribir. Encuentra un lápiz de Ikea junto a las especias y se sienta en la mesa. Busca, nervioso, dónde escribir y acaba escribiendo la letra de la canción en el interior de la caja de Golden Grahams.
Ignatius vive en el interior de una caja de cereales. En la mina de un lápiz de Ikea. En la mesa de listones de madera. En la silla de la familia política de su hermana. Ignatius vive en el corazón incansable de Gumersinda, que le sostiene y le anima a seguir. Ignatius no quiere fallar a nadie, pero falla a todos constantemente, y todos le perdonan con la misma adorable cabezonería que él emplea para joderla.
Mi tío Ignatius está lleno de defectos, ¿sabéis? A veces piensa que el mundo no le quiere escuchar. Pero yo sé que eso no es así. El mundo está deseando escuchar a Ignatius, pero éste todavía no ha encontrado la canción que haga que cese el ruido. El maldito ruido. El ruido ensordecedor que le oprime. El ruido que le está exprimiendo el corazón.
Pero un día encontrará la canción adecuada. Y entonces, como un inmenso terremoto de paz, su canción se irá extendiendo conforme el mundo calla y escucha, y mi tío Ignatius podrá, al fin, morir en paz.
Ignatius vive. Mi tío Ignatius vive en mí.