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lunes, febrero 22, 2010

polvo de estrellas

Ashes to ashes



Debo decir que la personalidad de Bowie me seduce absolutamente. Su personalidad artística y personal. Me parece un hombre completa e irremediablemente atractivo, con un talento natural para la expresión artística. Y debo decir que algunas de sus expresiones artísticas me dejan asombrado una y otra vez. Cada vez que oigo, por ejemplo, esta obra de arte que hoy oso versionear, suspiro pensando en lo que ocurriría si yo tuviese una centésima del talento artístico que David Bowie posee. La canción es grandiosa, prodigiosa, hipermoderna y un clásico desde el día en que se publicó. Recuerdo ver el videoclip de esta obra maestra absoluta en Aplauso, era lo que había, y quedarme de piedra ante su grandeza. Claro, hacer una versión de esto y que no suene a broma pesada es imposible, así que he tratado de reducir la canción a la mínima expresión (batería, bajo, guitarra acústica) y hacer algo no demasiado sonrojante. A ver si lo he conseguido, Tú dirás. Mira que mi mamá lo decía: si quieres hacer las cosas bien, no te enredes con el Mayor Tom. Y no le hice caso.


Cojo mi guitarra, el pie de micro, el ampli y la bolsa donde llevo el micro y los cables y las letras y las armónicas y todo lo demás y salgo a la calle. Lo subo todo al viejo utilitario Toyota que es digno en Valdemorillo, pero que parece ser la hez de la automoción en Los Angeles. Tardo mucho en llegar allí, pero al final, cada día, a eso de las once de la mañana, estoy allí, en pleno Hollywood Boulevard, en uno de los mejores sitios, a la altura del número 7050, muy cerca, niña, muy cerca de ti.
La calle se llena de turistas a mediodía, de imitadores chalados, de tontainas repeinados y yo cantando a todos esos raros caminantes que, en lugar de mirar los edificios, o el paisaje, como en cualquier otro lugar del mundo, miran al suelo y leen los nombres de las estrellas. Son curiosos estos grupos de gente tan mal vestida (¿hay alguna ley que diga que cuando estás de visita en un país extraño has de vestir como un idiota, con chanclas, pantalones cortos y ridícula gorrita de béisbol?) que van en tímidas manadas de shoegazers, ignorando la luz del cielo. Y claro, al llegar a donde estoy yo, todo el que tiene un poco de decencia, se detiene, porque a mis pies te encuentras tú, mi amor, a mis pies, con todo tu esplendor, tu brillo y tu leyenda, estás tú, Sophia Loren.
No es extraño ver que un grupo se detiene en tu baldosa y se hacen fotos y dicen chistes estúpidos y yo entonces canto más fuerte, y mejor, y con más intención, para ver si alguien, alguna vez, se da cuenta de que hay una persona haciendo música, que no es un disco lo que están ignorando, sino a mí.
Un día sucedió. Vino un grupo de italianos, ruidosos, chocantes, por bien vestidos, alegres y pendencieros. Ellas estaban calladas por lo que no estoy seguro de que fueran italianas. Ellos sí. Cuando empezaron con las fotos estaba terminando Moon River y empecé a tocar Quando dico che ti amo y la cosa se puso seria. De repente se materializaron allí un montón de italianos, y todos cantando Non dar retta alla gente credi a me, Quando dico che ti amo, quando diiiico che ti amo è la pura sacrosanta verità.. se montó un buen pollo, en definitiva.
Al día siguiente, no eran los mismos, pero vino otro montón de italianos y me decían que cantara algo en italiano, así que repetí, porque la otra que me sabía era la de C’era un ragazzo che come me amava i Beatles e i Rolling Stones y al intentarla me di cuenta que no tenía ni la mitad de gracia así que otra vez hice el quando dico.
La cosa empezó a hacerse grande y cada vez iban más italianos, a la una de la tarde a cantar a voz en cuello Quando dico che ti amo. Vino un tipo de unos 40 años muy bien vestido, que resultó ser un productor de televisión. Se llamava Wilfred nosequé, y llevaba un montón de pelotas alrededor. Todos guapísimos, todos como de plástico. Los chicos se hacían los polladura y los graciosos y las chicas le tocaban el brazo y se reían exageradamente de sus gracias que, dicho sea de paso, no eran ni medio graciosas. Me dijo que si querría salir en las noticias del día siguiente, que llevarían a Sofía Loren, harían una conexión en directo mientras tocaba y que luego se organizaba una fiesta a la que estaba invitado, por supuesto. A la fiesta irían Sofía Loren, algunas personalidades importantes de la colonia italiana en Los Angeles y, según sus palabras, todos los cazatalentos de la industria del espectáculo. Cuando le pregunté que si me pagarían algo me dijo:
- ¿Pero no has oído lo que te he dicho de la fiesta…? – Wilfred miraba incrédulo a su cohorte de pelotaris, encogiéndose de hombros y con las palmas de las manos hacia arriba y éstos, con las cejas levantadas y las bocas semiabiertas, y con una profunda expresión de neta estupidez en el rostro, asentían con una especie de rebote servil de sus bien peinadas testas.
Debía darme por pagado con esa expectativa.
Me fui a casa y cogí el poco dinero que había conseguido ahorrar para comprarme una guitarra buena (click si quieres hacer una buena obra) y me compré un traje negro medio decente, uno sin brillos, quiero decir y me dolieron cada uno de los 300 dólares que pagué por él. Compré una camisa azul gastado (40 pavos), bajé a la peluquería (50 pavos) y para quitarme los nervios, en vez de a cenar, fui al barrio chino a ver Marilynda (60 pavos por adelantado, un completo). Un desastre: como estaba tan nervioso, no se me levantaba, y Marilynda se deprimió porque decía que era porque había perdido su atractivo. Soy amigo de algunas prostis, y Marilynda no es una excepción, así que no le dije, porque soy buena persona, que no se puede perder lo que no se tiene, pero me costó invitarla a cenar y a unas cuantas copas (120 pavos) el convencerla de que no era por ella (aunque si su habitación no oliera tanto a arenques en mal estado, eso ayudaría) el que no se me levantara.
Era por Sofía Loren.

Iba a conocer a Sofía Loren. ¿Cómo sería echarle un polvo? La había visto en la entrega de los Oscar… y seguía apeteciéndome darle un meneíto. Pero me lo imaginaba más desastroso aún que con Marilynda. En mis sueños, cuando empezaba a follármela, se le dislocaba la cadera, ella empezaba a gritar como una italiana y empezaban a entrar más italianos gritones y yo me iba bajando la cabeza, intentando pasar inadvertido, como los buenos árbitros, como si la cosa no tuviera mucho que ver conmigo. Joder… ¡iba a conocer a Sofía Loren! A lo mejor tenía suerte y no le rompía la cadera con mis viriles envites. Lo mejor sería dejar lo de follármela para otra ocasión, como para dejarla con las ganas. Seguro que se pirraba por irse a la cama con la estrella emergente de Hollywood. Pero, eso sí, le dejaría bien claro que accedería a acostarme con ella en otra ocasión. Porque, caray, además de conocer a SL, tenía que prestar atención a todos los ejecutivos del show-bizz que estarían tratando de ganar la subasta que era conseguir que yo firmara el contrato. Cuando me fui a la cama esa perspectiva, la de la gente como Wilfred a guantazos para conseguirme un contrato, se me puso como un palo del 18 (ni idea de cómo son, pero quiero decir dura) y cuando fui a prestarme atención, mierda, me quedé frito.
Aquel día fueron un huevo. Hablo del día en que iba a conocer a Sofía. Hablo de italianos. Un huevo de italianos. Pon que dos millones. O así. Y a cual más tonto y gritón. Allí estaba Wilfred y su gente, y unos tipos con pinta de pordioseros que resultaron ser los técnicos. De sonido, de luz, el cámara… gente poco recomendable. Allí estaba un montón de gente y yo, con mi guitarrita, esperando a Sofía y con la sensación de que alguien debería hacerme un poco de caso. La maquilladora, por ejemplo, una punky con un culo perfecto y unos labios enloquecedores. Podría venir y hacerme un apañito, para quitarme los nervios. De repente, se organizó un follón tremendo. Venía Sofía Loren y a mí ni dios me hacía caso. Ni siquiera me miraban. Todo el mundo con Sofía y conmigo se quedó un tipo llamado Carl, que era un técnico de sonido, impidiéndome ir hacia mi diosa.
- Canta – me dice Carl -. Tienes que empezar a cantar ahora.
Entonces yo pillo la guitarra y empiezo a darle. Po, po, poooo, po, po, po, pooooo, po… Entonces, por un momento, la gente empieza a cantar conmigo. La verdad es que es emocionante, tantos miles de millones de personas cantando como una sola voz, un solo corazón, siguiendo al líder que, flipa, soy yo. Pero de Sofía Loren, ni rastro. Ni de Wilfred. Ni de las cámaras. Sólo está conmigo Carl y su puto micrófono.
Cuando acabo la canción, todo el mundo se va. Veo a Wilfred y sus satélites, que se van pegados a Sofía y Carl me da una tarjeta del Veranda Hotel y me dice: la fiesta es aquí. Y se pira.
Recojo mis bártulos como puedo y corro hacia mi Toyota y cuando llego… se lo está llevando la grúa. Corro, grito y pataleo, doy golpes en la camión grúa, pero es igual. Me han dejado tirado. Pillaré un taxi y ya resuelvo lo del coche mañana, cuando sea una puta estrella de Hollywood.
Vale. He recogido tan deprisa, que me he dejado la boina con la recaudación del día y mis aventuras de ayer con Marilyn me han dejado sin efectivo, así que tendría que coger un autobús… dios, allí está el autobús. Llevo la guitarra en plan mochila, una bolsa –llena de cables y cosas- y el pie de micro en una mano, y el ampli, un Behringer de 18 kg., en la otra mano, así que mi carrera no es muy garbosa. Además, mierda, en el coche se han llevado el puto traje y la camisa que compré ayer. Pero aun así, alcanzo el autobús cuando va a salir. Al intentar subir me dice el conductor, un pakistaní especialmente antipático, que con esos bártulos no puede llevarme.
- Y… ¿¡qué mas le da – digo harto- si sólo son tres paradas…!?
- Usted lo ha dicho: son tres paradas, vaya andando.
Y se va. Hijo de puta. Ya voy andando, sí. Llego al Veranda bañado en sudor y con la sensación de que mi gran día está siendo una gran mierda.
- ¿A dónde va? – me dice un tipo de esos ridículamente vestido
- A la fiesta de Sofía Loren
- Oh… - me dice, incrédulo – no me diga… ¿Quiere que le aparque el coche?
Un puto graciosillo, como ves. Dejo el ampli en el suelo y tomo aire.
- Mira listillo – le digo mientras saco la tarjeta y se la pongo en las narices-, déjame pasar ahora y no le diré a nadie que te has portado como un gilipollas.
- Oh, vaya… disculpe… - me dice, pero en su porte, en su cara nada indica que lo sienta. Luego parece recomponer el gesto y sigue - ¿Qué cree que es eso, un salvoconducto firmado por el rey? Es una tarjeta de este hotel, ¿y qué? Mire váyase y no me dé más el coñazo, que tengo mucho trabajo…
La vida, a veces es una mierda, en serio. Pero a veces, te reconforta con un fogonazo de esperanza. Sale Wilfred hablando por el móvil. Me acerco a él y me mira con evidente disgusto, mientras sigue hablando con un tal Phill.
- Mira Phill, lo siento, ¿sabes? Tu momento ya pasó… ahora no puedes pretender que la gente te respete…
- Oye, Wilfred –consigo sonreír condescendientemente mientras hablo-, el gilipollas del portero no me quiere dejar… - pero con un gesto me da a entender que lo que yo tengo que decir no le importa una mierda.
Entonces lo entiendo todo.
En todo este numerito, lo único que no importaba, era yo. Tenían que conseguir que tocara la canción, como todos los días mientras ellos entrevistaban a Sofía Loren, para que hubiese un contexto coherente, un fondo pintoresco, u poco de color local, en el reportaje.
Entonces me acuerdo de mi coche. De mi traje. De mi polvo no consumado. De la recaudación del día. Entonces me acuerdo del pakistaní del autobús. Entonces me acuerdo del portero sarcástico. Entonces quiero matar a Wilfred.
Quiero empalarle con el mástil de la guitarra y romperle el pie de micro en la cabeza. Quiero… Voy hacia él pero el muy capullo es más rápido que yo, me esquiva y doy un traspiés que me lleva al centro de la calzada, donde un taxi que hacía una maniobra marcha atrás, tiene la amabilidad de atropellarme. Poco. Pero lo suficiente como para romperme las dos piernas y dislocarme la cadera. Como si me hubiera follado el taxi, como yo a la Loren en mi sueño de anoche.
Soy un extraño, en la blanca quietud del hospital, a años luz de todo el mundo. A años luz de mí mismo. Me sacudo el polvo de estrellas que me pesa como si en vez de motas estuviera compuesto por losas y evoco la imagen sexual de Sofía, una más entre las mujeres que amo y me ignoran. Al día siguiente, en mi habitación, escayolado, descreído, me veo en las noticias… soy alguien que está como al fondo, tocando la guitarra pero rápidamente desaparezco. No soy yo lo que importa en la noticia. Es una de las paradas que ha hecho Sofía Loren el día de su cumpleaños. Eso es lo que importa.
- ¿Sabe? - le digo a la enfermera- Ese, el que toca la guitarra y canta soy yo, felicíteme….
Ella me mira sonriente, pero cansada, porque oye a muchos chiflados al cabo del día.
- Felicíteme usted a mí… al fin y al cabo, era mi cumpleaños.