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domingo, abril 22, 2007

De acuerdo: no soy un santo

Por cuadragésimotercera vez en mi vida, me propongo demostrar ante sus señorías, que no soy ningún santo, como tal vez, alguno de ustedes, todavía crea.

A veces soy perezoso. Me gusta tumbarme a ratos sueltos y regodearme en el placer de no hacer nada, no por el placer de la nada en sí, no crean, sino por el gustito que me da pensar que podría estar aprovechando en tiempo en alguna tarea productiva.

No consigo tomarme en serio a mí mismo por mucho que lo intente pero es que, de verdad, tampoco lo consigo con el resto del mundo. Cuando alguien se me acerca en plan oh, qué importante es mi vida, me quedo mirándole con una mueca cuasi estudiada, una especie de rictus inofensivo, que cada cual puede interpretar como quiera, pero que tiene una misión única: esconder mi risa.

Porque, para según qué cosas, soy un pelín cobarde: no me atrevo a reírme abiertamente en la cara de todas las personas que, a lo largo del día, se lo merecen, en mi insolente opinión.

Otro defecto que tengo es la indolencia. Miro muchas veces, a muchas personas, por encima del hombro. Esto no es exactamente así, a ver si me explico. Muchas veces, pienso que podría mirar a muchas personas por encima del hombro, porque, en ocasiones, tengo cierto complejo de superioridad, no sé si os pasa a vosotros, en temas concretos, en áreas que domináis. En fin, que es una indolencia más de pensamiento que de acción porque, otro defecto que tengo, es que aunque me caigas mal, será difícil que oigas salir de mis labios palabras hirientes contra ti. Si me caes bien, no te preocupes, te lo haré saber, y pensarás que soy un exagerado.

Esto de no herir conscientemente es un defecto, digamos, reflexivo, como los verbos. Porque a quien hace daño, a quien fastidia, es a mí. En una ocasión, una persona a quien he defraudado absolutamente (aunque, justo es decirlo, aún no sé porqué) me propinó una paliza emocional tremenda. Ante mi insistencia pidiendo explicaciones y razones, acabó hartándose de mí, y cambió el ignorarme (que, evidentemente, no funcionaba, yo me puse pesadísimo) por desatar sobre mi testa un chaparrón de hiel de tales proporciones que no creo que termine de recuperarme nunca. Y eso es lo que los estudiosos podrían llamar, sin hacer demasiados aspavientos, una putada. Quiero decir, que hay una desproporción en el trato: yo no me atrevo a insultar así.

Otra rémora que me adorna es la impaciencia. Soy impaciente y lo soy en grado superior. Sobre todo en las relaciones humanas. Quiero que me demuestres que me quieres todo el rato, pero especialmente, justo después de habértelo demostrado yo a ti. Soy un pelma.

Hay un aspecto en mí que debe resultar irritante al mundo: el desnivel emocional. Es decir, el peso que le doy a según qué cosas y lo intrascendentes que me resultan otras. Cuando estoy hablando contigo, quiero que te emociones con lo que me emociono yo, que te rías con lo que yo me río y que ignores lo que a mí no me importa. Pero no tolero que lo que yo ignoro a ti te haga gracia (los monólogos); que te rías de lo que a mí me emociona (el rock and roll) y que te emociones con lo que a mí me hace reír (un discurso de ZP).

Soy insoportablemente snob con algunos de mis gustos. Detesto algunas cosas que a todo el mundo parecen gustar. Unos ejemplos:

Joaquín Sabina, por ejemplo, me parece un mamarracho, y que nadie me diga que es un poeta, por favor. El Guernica, el desafortunado collage de un escolar. Prefiero una buena hamburguesa a un buen solomillo.Creo que el único cine que es arte es el que nadie llama arte y que el cine de arte y ensayo, me parece un ensayo, pero que salió mal. El Monasterio de EL Escorial me impresiona, pero me parece aburridísimo. Y La Sagrada Familia, un poco hortera. El Acueducto de Segovia, la obra inútil de un desconocedor del principio de los vasos comunicantes. Me gusta la Estatua de la Libertad y la Gioconda me parece una tía vinagre, fea y mal pintada. El David me pareció un poco afeminado y la auténtica pizza italiana no me pareció más rica que la de PizzaHut.

Me cae mal, en general, el tipo que dice que el mejor chorizo es el de su pueblo, porque seguramente, ni siquiera sabe cómo los hacen el el pueblo de al lado.

Sé que, a veces, soy egoísta, pero tengo una cosa que tú no tienes: soy capaz de reconocerlo y de asentir. Tú, sin embargo, me llamas egoísta a mí con soltura y no eres capaz de ver lo que se refleja en el espejo de ti. Eso me fastidia a mí de ti. Como cualquiera puede ver, soy, además, un tío disperso, porque no se trata de ti y de mí, sino de mis defectos.

Queda claro, estos (que deben ser una milésima parte de los defectos que me definen) rasgos me catalogan como un No Santo.

Eso no quita para que, cortésmente, en el día del libro, al pasar por mi lado, te quites el sombrero y me sonrías y, con la voz que dios te haya dado, me digas:

- ¡Felicidades, amigo!

Porque puedo no ser un santo.

Pero el 23 de abril, es mi santo.

Y me gusta que me lo recuerdes.