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miércoles, marzo 17, 2010

al revés

Inside Out

Los Traveling Wilburys son mi supergrupo favorito. Lo formaron George Harrison, Bob Dylan, Roy Orbison, Tom Petty y Jeff Lyne (Electric Light Orchestra), a instancias del primero y el último, y sólo la lectura de los nombres de sus componentes impone respeto, ¿verdad?. El origen del nombre del grupo tiene gracia. Cuando George Harrison y Jeff Lyne (como productor) estaban grabando el disco Cloud Nine, de George, acuñaron el término
Wilbury (we'll bury), que hacía referencia a los trozos de las canciones grabadas que tendrían que ser eliminados durante la mezcla de sonido (en inglés, “We’ll bury’ them in the mix”, que puede traducirse como "los enterraremos en la mezcla"). No es que te partas, pero tiene gracia. Aparte de eso, grabaron dos discazos tremebundos (Traveling Wilburys, Vol. 1 y Traveling Wilburys, Vol. 3), aunque la aportación de la asombrosa voz de Roy Orbison, debido a su muerte, sólo puedo escucharse en el primero. Hay unas cuantas canciones inolvidables en los dos discos, y hoy hago este Inside out que, si he de ser sincero, me pasó inadvertido (como los buenos árbitros y los malos discos) hasta que Buch, que a veces tiene estas cosas, me lo mandó en un correo en plan : seguro que te gusta esta. Hacemos eso él y yo. Cuando encontramos un buen tema, nos lo mandamos, pero sin presumir en plan "mira qué cosas más guays conozco", sino que es un asunto como de decir, este tema le va a gustar a este mariconazo. Posiblemente Buch no me perdone este sacrilegio de versionear yo solo este monumento de canción, pero mira, que le den, que está muy subidito a la parra lately. Este tema, muy mejorado, se lo podréis oír este verano a ese otro supergrupo (comparable a los TW) que son Los Ciclones. A ver si os mola. No entra a la primera, pero una vez dentro, de verdad, da mucho gustito.



El hombre que respira despacio, el que llama por teléfono cuando yo no estoy, el que susurra a Lorna mientras ella trata de seguir viviendo, ya ni siquiera se conoce. Tiene un completísimo almanaque guardado en su casa de maderas improbables, que estudia metódicamente cada noche, y piensa que si un día logra asimilar toda la sabiduría que almacena y es capaz de hacerla circular por sus neuronas de una forma relajada y dúctil, Lorna caerá a sus pies.
Me pregunta, el muy idiota, que si creo que lo está haciendo bien, e insiste, bobo galáctico, en que si veo fallos, siquiera fisuras o eslabones ligeramente más débiles que el resto, le avise y le dé consejo y guía para mejorar el asedios al corazón de mi amada. ¿Cabe mayor estupidez?
Se dice rápido, efectivo y eficaz en las labores propias del amo de casa (yo no termino de creerle), y me llama cada mañana a eso de las once con sus quehaceres terminados y me proporciona un detallado informe de lo hecho y los porhaceres y yo, que soy un santo varón, aguanto con apenas un gruñido apremiante, las ganas que tengo de que me deje en paz de una maldita vez.
(es que hoy mi amigo se ha enfadado conmigo o, mejor, creo haberle decepcionado y se muestra triste y extrañamente circunspecto. De algún modo inconcreto, el regalo de sus canciones me alegra el día, así que resuelvo dar por terminado el conflicto, pero mis resoluciones espirituales no vuelan y él no sabe que ya se me ha pasado el rebote, pero soy incapaz, creo, de verbalizarlo)
¿Cómo voy a ayudarle a ganar el corazón de Lorna? ¿Es que existe un solo humano, perro incluso, sobre la faz de la tierra que no sepa que amo desesperadamente a Lorna? Lorna… el otro día la ofendí otra vez, mierda, es que se me da fatal lo de “captar señales”, en serio.
Ella me sonríe, pongamos por ejemplo, y en su sonrisa brilla más de medio mundo, brilla la esperanza y brilla el sol eterno, porque me sonríe con los labios, y los ojos, y el pelo y los hombros, y su sonrisa se merece toda la felicidad de la historia, pero yo no sé nada de eso, y la asombrosa idea que tengo es... arrimarle la polla. Es todo lo que se me ocurre, en serio, estoy para encerrarme.
Y el hombre que nunca tiene prisa, el que saca de quicio hasta a los caracoles, venga a llamarme por teléfono, a mandarme por email sus invectivas amorosas a Lorna para que se las corrija, como cuando éramos pequeños y le decíamos a otro que fuera a declararse a Juanita en nuestro nombre. El resultado es el mismo, claro: le devuelvo las cartas llenas de faltas de ortografía y de renuncios del alma, de penosas intenciones, de torpes palabras y de mala hostia. Y él, tonto al cubo, todo se lo traga, y asimila y repite los datos de su almanaque como mantras y no se da cuenta de que todo cuanto yo quiero es respirar el aire cálido que debe brotar de entre los pechos de mi amada Lorna.
Libraré la batalla de la espera para no comprometer más mi esquivo entendimiento, amada Lorna, y prestaré atención al cielo mortecino del invierno -herido ya de muerte-, para ver si entre las nubes hay algún mensajero del que mi corazón pueda fiarse; si así fuera, le entregaría, en sobre lacrado, para que llegara presto hasta ti, y a portes pagados, todo cuanto sea capaz de imaginar mientras evoco tu piel pecosa y blanca, su tacto sorprendido y su sabor a mujer ansiosa de amor. Y tal vez al recibir este regalo insospechado, decidieras tú llamarme, tenerme en cuenta y, desnuda, anhelante, ardiente y deseosa de mí, de mis besos y de mis envites, tu cuerpo esperando al mío, segregando ya los jugos que preceden a la fiesta del amor, me brindaras, al fin, la oportunidad de decirte: lo siento, cielo, pero hoy no estoy pa'ná.

Hm...