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martes, abril 03, 2007

Quién es quién en el Gran Circo del Rock’n’Roll: Creedence Clearwater Revival, de la América profunda a la cima del mundo, pasando por Wolffo, claro.

Lodi



Otro temazo de esos que John Fogerty escribía para Creedence Clearwater Revival. Esta canción, de pequeñajo, me desconcertaba, porque no oía que dijeran "Lodi", así pronunciado, lo-di, y me fastidian las canciones en las que no se canta el título. Cuando descubrí que Lodi se pronunciaba Lóudai me sentí melancólicamente bobo. Poco más tarde, descubrí que la tercera palabra del nombre de la banda, Revival, no se pronunciaba révival, sino riváival, supe que que era tonto de remate, pero ya sin melancolías. En fin, para mí los temas de Creedence se dividen en 3 categorías: buenos, magníficos y extraordinarios. Este es de los magníficos, en mi opinión. Yo le añado un poco de speed, porque me sale del culo; un poco de jolgorio a la percusión (sí, puede que me haya pasado un poco con los redobles y los timbales), una armónica que casi no se nota y un par de voces (si no, no sería una versión mía) que son el puntazo que le cambia el carácter a la canción. Me gustaría dedicar esta canción a mi amiga Wen, que es maia, malagueña y cojonuda, tres características que no se dan en ninguna otra persona que yo conozca. Un beso a ti, Wen y al resto, bueno, a ver qué os parece la cosa.

Por su interés historiográfico, reproducimos la entrevista que publicó la prestigiosa revista Rolling Tostón hace un tiempo, que demuestra la influencia del gran Wolffo en el mundo del rocanrol. Como ya se demostró en “El día que comí con Maiquelyasson”, “Desmontando al chico celoso” y en “El bueno era yo”, esta influencia se extiende a todos los estilos y sorprende a los estudiosos por una sencilla razón: los estudiosos son idiotas, porque cualquiera que me conozca sabe de sobra que yo, y no Elvis, soy el verdadero padre del rocanrol.

Entrevistamos al gran Wolffo

Revista Rolling Tostón.
De nuestra enviada espacial,
Wolffilla Teresa Campos.

Los siempreverdes están verdes. Louisiana huele a ensalada de col y pepinillos y tarta de cerezas. Conduzco con la capota quitada, gafas de sol y entre algodonales, por una carretera de doble sentido, bien asfaltada y solitaria. Llego a Popkipsi y una vaca me mira con expresión triste. Si te fijas, las vacas son animales con poco interés. Si no te fijas, imagínate: ningún interés. Llegan a mis oidos los ecos de un sonido familiar. Sigo la música y mi coche se detiene ante un garaje del que salen tres acordes sincopados y cojonudos y una voz prometedora. Ese sonido country inconfundible, ese ritmo rock ireesistible. Esa voz que a todos nos gusta. Son Creedence Clearwater Revival, o, lo que es lo mismo, Wolffo y su banda, ensayando.

Bajo del coche cuando termina la canción y entro en el garaje. Están sentados todos, no parece que hayan estado ensayando...

- Vaya, hubiera jurado que estábais ensayando... ¿qué sonaba, vuestro próximo single?

- Era un disco de Julio Iglesisas, colega – me dice Wolffo –, un temazo, “De niña a mujer”. ¿No tienes muy buen oído, verdad?

Eso es lo que yo llamo un buen comienzo. En fin.

- Bueno, tampoco es tan malo... – retiro mi melena para que wolffo pueda admirar lo limpias que tengo las orejas- mira.

- Desde luego, no parece un mal oído... incapaz de hacerle daño a nadie.

Wolffo viste unos impresionantes pantalones de cuero marrón que marcan su abultado paquete con masculinidad, elegancia y esperanza. Los otros parecen un puñado de mozos de corral con esas melenitas ridículas y esas camisas de cuadros. Wolffo se adelanta y me dice, con descaro español:

- Oye, ricura, ¿empezamos la entrevista, o vas a mirarme los túyasabes con ojos golosos durante mucho más tiempo?

Y yo, que entiendo los mensajes subliminales como nadie, le contesto:

- ¿Y si follamos primero?

Y hala, ahí nos tienes, y te digo una cosa: cantará bien, parecido a Julio, si quieres, pero tampoco te creas que es gran cosa en lo otro. Me lo hace 13 veces, pero es de esos que pregunta todo el rato ¿te gusta, nena?, ¿estás disfrutando? Y yo finjo un poquito y todo eso...y le tengo donde quería para empezar la entrevista.

- ¿Cómo formáteis la banda?

Wolffo mira al horizonte inmenso de Louisiana y en un bello gesto de remembranza, se mete el índice en la nariz y modela una redondilla mientras recuerda aquellos tiempos.

- ¿Formamos? Formé yo, Wolfilla, hija, esos no pueden formar nada juntos. John, Stu, Tom y Doug se dedicaban, hasta que yo llegué a Popkipsi, en South Louisiana, a cuidar vacas flatulentas. Si idea de una juerga, para que te hagas una idea, era agitar una cerveza con el pulgar tapando el cuello de la botella y metérsela por el culo a una vaca. Luego medían los decibelios de sus terribles flatulencias. Lo dejaron cuando se empezó a hablar del agujero de la capa de Ozono.

- Muy interesante, pero, ¿a mí que me importa?

Wolffo siguió como si no me hubiera oído. Bueno, mejor, así me evitaba hacer preguntas. Puse en marcha la grabadora y, con el solecito entrando a través del cristal, me eché una sistecilla mientras Wolffo largaba.

“Tenían una banda de rock, pero imagínate: se llamaban Los Vaqueros Rockeros, un nombre que les colocaría, sin duda, junto a los grandes frikis como Las Monjitas del Jeep, Luixi Toledo, Venancio o El Pelos y los Marus o Mecano. Su repertorio no era gran cosa, pues hacían versiones del Dúo Dinámico y de los primeros discos de Karina. Las clavaban, eso sí, pero resultaba raro ver a esos rudos muchachotes cantando esas cosas.

El día que llegué yo, todo cambió. Yo no hacía versiones (eran otros tiempos, claro), sino mis propias canciones (a ver si alguien pica y visita WolffoMusic) y ellos admiraban lo bien que me quedaban las camisas blancas.

Eran cuatro desastres, así que pillé por banda a John Fogerty, que entonces se hacía Johnny Fogg y le dije:

- Hazte country

Y se hizo. Le aconsejé ponerse camisas de cuadros y dejarse un corte de pelo modelo príncipe valiente, para que la gente no se fijara demassiado en la música y le criticaran el aspecto.

- ¿Me darás tus pantalones?

Y se los di. Al principio, se llevó un disgusto porque creía que el abultamiento de la entrepierna era un extra de los pantalones, pero se acostumbró a vivir con la dura realidad: Wolffo los tiene más gordos.

Le regalé una canción, la que encabeza este artículo, y le dije:

- Copia esta canción todo el rato y le vas cambiando la letra y la velocidad y ya verás qué repertorio más majo te queda.

Y así lo hizo

- No dejes que esos tres hablen en las entrevistas y tú... habla más bien poco, colega, cuanto más desconocido sea tu rubro intelectual, mejor, créeme.

Y así fue.”

Algo me dijo que había terminado de hablar, porque cuando desperté, se oían dos cosas: a Wolffo jadeando mientras me poseía por decimocuarta vez y allí fuera, todo era poesía: junto a los siempreverdes y los campos de maíz, mientras una pandilla de niños negros esnifaba pegamento, los Creedence se lo pasaban en grande metiéndole por el culo a una vaca lo que parecía ser una litrona de Budweiser muy agitada, y el mundo seguía su curso...