Strangers in the night
Ustedes disculparán el atrevimiento, pero hoy me lanzo al ruedo, nada más y nada menos, que con un clásico de Sinatra. Para disimular las kilométricas, oceánicas, siderales, distancias que nos separan, he hecho mi propio arreglo. Todo gira alrededor de un rasgueo de guitarra acústica con síncopa, al que se le van sumando una batería, un bajo y, consecutivamente, van añadiéndose una, dos, tres, cuatro, cinco y seis guitarras. Como no tenía orquesta, sino un pedal multiefectos para la guitarra, al final de la canción hay siete guitarras sonando a la vez, con siete sonidos distintos; es lo más parecido a una orquesta que puedo conseguir con estas manitas. La canción es maravillosa, desde luego. Tiene ese toque chulesco y canalla que tenían las canciones que a Sinatra le gustaba cantar (y hacer suyas, porque una canción que canta Sinatra, da igual quien la haya escrito, es de Sinatra); esa cosa hipermasculina que tiene este italoamericano genial y que envidiamos todos los hombres. No se trata de su voz, sino de lo supermachote que le hace parecer al cantar. Dedico esta canción a mi amiga Alicia Clemente, tal vez mi más antigua amiga, y una de las personas a las que más quiero en el mundo. Porque una vez, tú y yo, Alicia, fuimos dos extraños, no en la noche, precisamente, sino en la Gran Planicie; a mí me desenmascararon rápido, claro, pero tú te las arreglaste para hacerles creer durante mucho más tiempo, que eras una de ellos.
Yo siempre supe que de eso nada, monada. De toda la vida, tú eres de los míos, ¿que no...?
A ti, Mal, con cariño infinito.
Si quieres, bájala aquí:
Foto fija.
Gäastad se mira en el espejo del restaurante donde está cenando con June. Ha perdido algo de peso, tiene el pelo completamente gris y reconoce que no tiene mal aspecto para tener 50 añazos. No es que tenga aspecto de ser más joven, es que tiene un gran aspecto de cincuentón. Está apoyado, de manos, sobre la encimera de mármol del lavabo; tiene el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, como si quisiera ver algo de su cara con detalle en el espejo. La cabeza está ladeada sobre el lado izquierdo y una especie de boceto de sonrisa asoma a su rostro imberbe. Gäastad cree que esta vez, al fin, conseguirá convencer a June de que es el hombre de su vida. Adora a esa mujer de gran personalidad (nariguda, vamos) y cabellos rubios recogidos, aunque hoy los lleve sueltos. Y con un poco de suerte, después de diez años...
June, aprovechando que el pelma de Gäastad está en el baño, ha llamado a una amiga y la sorprendemos en el momento justo en que le da instrucciones para que la llame como en media hora, para así librarse de la incómoda cita. Quiere librarse cuanto antes de Gäastad. Lleva un vestido de punto ceñido, de color gris claro, que parece lamerle los muslos y caderas, y sujetar su pecho sin ceremonias. La rubia melena, suelta y brillante, le tapa la mitad de la cara y entonces la gente no se entera de nada y piensan que es guapísima, que es sólo la mitad de lo guapa que, en realidad, es. Pero ella lleva el pelo suelto para fastidiar a Gäastad, porque a él le gusta más cuando se lo recoge, inexplicablemente, porque le gusta su enorme nariz; y con el pelo recogido, se le nota más.
El camarero díscolo se retrasa en el pasillo de entrada porque acaba de recoger de la mesa de Gäastad y June la casi intacta “algarabía de crujientitos rellenos de sorpresas diversas” ...
- ¿qué es esto de la aaalgar...algarb, algarabía?
- (con gesto cansado) una especie de croquetas, señor
- ¿Una especie...?
(June quiere meterse bajo la mesa)
- (haciendo acopio de paciencia) Croquetas, señor, solo que el cocinero las empana con ruffles machacadas para que estén más crujientes. Y los tropezones son distintos en cada una.
- Ahá... ¿Y por qué no las llaman croquetas?
- ¿Y por qué, sabiendo yo más que usted, y siendo bastante más inteligente, atractivo y joven que usted, soy yo el que le sirve la cena y usted el que disfruta de la compañía de esta diosa? Créame que a mí también me gustaría tener todas las respuestas, señor...
June sonríe y a Gäastad se le quitaron las ganas de seguir haciendo preguntas lelas...)
- ¡Acción!
- Por favor, amigos, créanme. Todos ustedes han sido cambiados de sitio (mentira, no había cambiado a nadie). Se trata de que intenten entablar amistad, o lo que sea, con las personas que están sentadas en su mesa, a ver qué pasa.
- Perdone –dijo una señora huesuda y antipática a quien le había tocado en suerte su marido, un tipo grasiento y bastante repulsivo que en ese momento se hurgaba la nariz- cuando dice “amistad, o lo que sea”, ¿se refiere al sexo casual?
- ¡Claro...!
- Ah...
June despierta y lo primero que hace es recogerse el pelo. Se pincha una especie de palo étnico en un inverosímil recogido y respira más tranquila. Es insoportable el calor que da una melena larga... Ve salir a Gäastad del baño y dudar entre su mesa y la de un joven efebo al que June le dan ganas de invitarle a unos garbanzos, a ver si engorda un poco, el pobre. A June le vuelve loca ese cincuentón de pelo gris y barriga cultivada; algo en su porte le habla de su masculinidad y desea, rápidamente que se siente a su lado en su sofá de casa y ponerle los pies en su regazo mientras ven una peli de Robin Williams.
- Caballero, esa es su mesa, con la dama de la nar... del vestido gris.
- (mierda) Oh, sí... claro.
En el hotel, Gäastad besa hasta el aire que respira June.
La desnuda con premura, besando cada pedacito de piel que sus dedos, torpes y nerviosos, van dejando al descuierto.
No puede evitar decir payasadas y June se entrega feliz a este juego de chistes procaces y mordiscos sensibles, tan poco esperable de un hombre tan sorprendentemente ardoroso.
June está riendo cuando Gäastad muerde el nacimiento de su seno izquierdo, junto a su axila. Entonces, de repente, olvida los chistes y se sienta a horcajadas sobre Gäastad y con sus manos, generosas, ofrece sus generosos pechos y sus pícaros pezones a la boca del hombre que, nota ella entre sus piernas, empieza también a tomarse las cosas un poco más en serio.
Cuando ella le siente tan dentro que casi están confundidos, cuando él se siente tan en el paraíso que olvida hasta su polla, cuando parece que el objetivo de toda la existencia (creación, evolución y progreso de la humanidad) era, sencillamente, ese momento, justo en ese momento, en el momento en que él entra en ella, sintiendo ella como su ariete le penetra y sientiendo él sus paredes cálidas y húmedas acogerle de forma tierna y familiar... justo en ese momento, el hombre que detiene el tiempo asoma por la puerta y rompe el hechizo.
- No digas nada, ya lo discutimos luego – dice June con la respiración aun afectada -, pero no te pares ahora...
- Podría cantarte una canción...
- Ahórratela, guapo, a no ser que tenga forma de pepino...
