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jueves, marzo 13, 2008

Un libro y una canción

A day in the life

Esta es una canción de esas de las que uno puede decir, "es una obra maestra" delante de cualquier musicólogo petulante y conseguir que se calle. Porque lo es. Es un trabajo tan soberbio de composición y arreglo, con una lírica tan brillante, con una interpretación tan estremecedora, que no cabe duda sobre su magnitud. Una pieza formidable, enorme, incontestable.
Desde la primera vez que escuché la canción, me enamoré de ella. La melodía de la parte principal, de John Lennon, el crescendo de la orquesta, el puente, de McCartney, la batería magistral de Ringo, al que muchas veces, muy injustamente, se minusvalora como instrumentista... todo en la canción es una obra inspiradísima y todo coincide y confluye en en un punto, álgido y genial, que hace de esta canción una pieza inolvidable. En un documental sobre el 30 aniversario de grabación del Sgt. Pepper's..., George Martin, el productor (y quinto Beatle, en realidad), pone las cintas originales de este tema. En la primera toma, se oye contar a John Lennon para dar entrada al grupo y, una vez empezada la canión, George Martin quita todas las pistas excepto la voz de John.
Os juro que jamás he oído nada más emocionante y estremecedor: su voz, sencillamente, te llega a lo más profundo del alma, y no es una exageración. Aparte de eso, es una hermosa canción, un precioso tema.
Como yo soy como soy, he exagerado la guitarra acústica, que es mi seña de identidad musical, pero he respetado todo el arreglo original, excepto que introduzco alguna que otra vocecita extra que no está en el original. Y eso, lo de sobrevocalizar las canciones es otra seña de identidad de mi música. Supongo que conoces la original, pero si no es así, búscala porque es, sin duda, una de las cumbres de la música del siglo XX.
Si te gusta esta versioncita mía, como siempre, estaré encantado de que la bajes, gratis total, y de que lleves, además de en tu corazón, en tu disco duro o en tu iPod o mp3. Píllala de aquí:

Cerca del parque donde te conocí, junto a la sucursal de la Caixa y Mercadona, donde aún puden oírse los gritos de los niños que juegan al fútbol, ahí es donde quiero volver a verte. Quiero ver tu vestido granate, tu pecho elegante y generoso; quiero ver tu cara apareciendo tras las grandes gafas de sol, tus caderas rotundas y prometedoras y tu melena descendente, lamiendo tu figura, como si fuera el foco que, en el escenario, hace que todos nos fijemos solo en ti.

Ese fue el peor y, a la vez, uno de mis mejores días, ¿sabes?

Iba en mi vieja Lambretta y tú me esperabas con los brazos cruzados, el libro sobre el pecho y tu figura, apoyándose ahora en el pie derecho, ahora en el izquierdo, parecía impaciente por verme llegar.

Habíamos quedado a las 10, porque ese día, los dos nos saltamos la clase y nos íbamos a regalar algo por haber resistido juntos un mes. Un mes sin vernos, además.

Nos conocimos aquí, claro, pero hace un mes. En ese portal, en el último piso, el cuarto, creo, donde un amigo de nosequién daba una fiesta aprovechando que sus padres no estaban en ese fin de semana, un fin de semana de enero, el primero después de reyes. Un frío fin de semana, un fin de semana inolvidable.

Yo te miraba bailar, con tu amiga, la de los fulares, y me quedé embobado viendo volar tus manos, tu pelo y tu risa impetuosa. Entonces tú eras así: te reías de nuestras fiestas, de nuestras cosas. Te reías de que para mí fuera importante que mi traje gris tuviera pantalones estrechos, de perneras por encima de los tobillos, para que todo el mundo apreciase bien la rotundidad de mis zapatones, y que mis calcetines rojo eléctrico hacían juego con el polo que asomaba, abrochado hasta el cuello, por debajo de la chaqueta. Te reías de mis chapitas de los Kinks y los Small Faces, de mis gafas oscuras, de mi pelo pincho, de mis pastillas azules y de mi forma de bailar. No te impresionaba nada que hubiera estado en Brighton y que allí, hubiéramos quedado con unos rockers locales para pegarnos y que al final, acabáramos bebiendo cerveza juntos. No te impresionaban, tampoco, los espejos y los faros y el respaldo de mi Lambretta, ni mi gabardina verde con el escudo de la RAF a la espalda ni que me supiera todas las canciones de la primera época de los Who y las de los Jam. Todo eso te hacía sonreír.

Por eso, porque no eras una modette como las demás, porque ibas a tu son, cuando saliste de aquella fiesta de empujones y bailes brutales, yo te seguí.

- ¡Eh, espera...!

Te diste la vuelta y parecías muy segura de que comería en la palma de tu mano en cuanto la extendieras. Empezamos a hablar y fue un desatre, porque yo intentaba epatarte con mis modos mods, con mis conocimientos de música de los años 60, de anfetaminas, de sitios con marcha... pero tú no te ibas. Sólo sonreías y me hacías ver que así nunca te conseguiría.

A ti te gustaba el cine. Hablamos de diálogos brillantes, tú escogiendo algunos buenísimos y yo esforzándome por quitar de mi cabeza los de Quadrophenia porque, dejando aparte que era todo muy mod, sabía que el guión de esa peli, y la peli entera, salvo la banda sonora, era una auténtica mierda. Me contaste uno muy bueno:

- Me gusta uno de “Con la muerte en los talones” de Hitchcock, ¿sabes cual es?

Afortunadamente, mi hermano era un loco del cine y sí, conocía la peli.

- Claro... la del tren, y el avión fumigador y todo eso...

- Bien, pues hay un momento, justo después de que Cary Grant se libre por los pelos de morir aplastado por el avión fumigador, en el hotel, en la habitación de Eva Marie Saint, en el que Cary Grant, que ya no se fía de ella le dice, zalamero: “Señorita, es usted de esa clase de mujeres que podría matar a un hombre casi sin proponérselo, así que... ¿por qué no deja de proponérselo?” Es genial, ¿no te parece?

La verdad es que era genial y yo no me quitaba de la cabeza películas musicales que tenían de todo menos diálogos brillantes. Pero me acordé de uno.

- ¿Has visto Yellow Submarine?

- ¿Yellow Submarine... pero eso... esa no es de dibujos animados? – dijiste reticente.

- Sí, pero es buena... – dije, intentando armarme de valor- Hay un momento, cuando están en el Mar de los Agujeros...

- ¿El Mar de los Agujeros? Eso suena muy bien...

- Justo, el Mar de los Agujeros – proseguí, animado – bueno, están allí Ringo y John, ya sabes metiéndose en los agujeros arriba y abajo, una escena muy psicodélica, muy de la época, y de repente, Ringo se agacha y coge del suelo un agujero, lo dobla y se lo mete en el bolsillo y dice con su voz tremenda y grave I gotta hole in my pockett, “tengo un agujero en el bolsillo”

Reíste con ua carcajada cristalina, limpia y afilada que se me clavó en el corazón. Nada, ni siquiera el hecho de estar frente a un Mercadona (no tenemos ofertas, nuestros precios son una oferta constante), hizo que el momento fuera devaluado: fue un momento mágico porque nadie ríe como tú. Entonces, a partir de entonces, se me olvidó que era un chico mod y un poco idiota y hablamos largo tiempo, hasta que, vaya, llegó el momento de besarnos. Había gente en la calle, así que nos metimos en uno de esos cajeros que están en una especie de hall del banco, cerramos la puerta y nos besamos durante unos 45 minutos. Simplemente nos besábamos y nos robábamos la lengua y el labio inferior, y chocaban nuestros dientes con choques leves y suaves y yo inspeccionaba el cielo de tu boca y tú reías cuando la punta de mi lengua te rascaba allí y yo sentí que el mundo podía terminar en ese momento.

Tenías que irte y yo también. Estuvimos un mes sin vernos, porque que un vecino tuyo trabajaba en esa sucursal de La Caixa y se encargaba de visionar las cintas de la cámara de seguridad. Dio la maldita casualidad de que esa misma noche, alguien entró en ese cajero pero no para morrearse con su chica, sino para intentar reventarlo. Tu vecino vio la escena de las risas y los besos y le pasó la cinta a tu padre, quien, la verdad, no encajó demasiado bien mis chistes procaces y mis manos exploradoras.

Así que, un mes y medio después, tras un montón de interminables, larguísimas conversaciones telefónicas, en la Mobylette Cady de mi hermano Suso, me acerco a ti, y tú me esperas ahí, en la puerta del Mercadona (pruebe nuestras marcas Hacendado y DeliPlus). Tienes el libro que me has prometido. Y yo llevo una cinta con una canción de los Beatles que he grabado para ti.

No me he quitado el casco aún, ni siquiera me he bajado de la moto, pero tú muestras una habilidad lingual asombrosa, y evitas la mentonera del casco y consigues saludar a mi lengua con la tuya en el beso más vocalmente acrobático de la historia de mis besos (no sé si de los tuyos).

Me das el libro: El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kippling. Una maravilla, eso es lo que pienso ahora, después de los años y de haberlo leído, al menos, una docena de veces, porque entonces pensé, ¿qué mierda es eso que me das?

- ¿Te gusta Kippling? – me dijiste.

- (¿Quiplin...?) Mujer, qué cosas tienes, no me va a gustar... – dije, pero no tenía ni idea de quién era, ni puta idea, vamos.

- A mí me deja k.o. No hablo del poema ese “If”, que le gusta a todo el mundo, y a mi también, claro, sino de su forma de escribir, de contar las cosas: este libro es el mejor libro del mundo. Ya verás cómo te suena la historia y... cómo te gusta el libro - todo eso que dijiste era como chino básico para mis oídos lerdos y yo sólo sonreía con cara de bobo, pero no entendía nada - ¿Y tú qué... me traes algo?

- Claro, toma... – dije acercándole la cinta (una Basf C-60, de las buenas, buenas)

- Ah... una cinta...

- Te he grabado una canción

- ¿Solo una...?

- Bueno, es que la canto y toco yo la guitarra y el bajo y todo

- Ah, vale... y ¿me va a gustar la canción?

- Claro: la he escogido por el último verso que dice, después de que en la estrofa explique que han encontrado cuatro mil agujeros en Blackbourne, Lancashire, y que tuvieron que contarlos todos, que ahora sabían cuantos agujeros hacían falta para llenar el Albert Hall, ¿entiendes?

- No

(¿qué pasa, es que eres tonta?)

- Agujeros que llenan, ¿no ves el juego de palabras?

- Ah, sí...

O sea, que no eras tan tonta.

- Te traigo otra cosa. Toma – le dije y le regalé, impulsivamente, mi walkman - te dará vidilla.

- ¿Vidilla?

- Sí, vidilla, vidilla, diminutivo de vida, cariñosote, en -illa, en vez de en -ita, es más gracioso: ya verás cómo te da vidilla.

- Vale, me voy, pero te empezaré a escuchar desde ahora mismo. ¿Me prometes que leerás el libro?

- Sí, claro (¿por qué napias me meto yo en estos jardines?), pero yo esperaré a llegar a casa para leer tu libro, si no te importa

- No me importa.

Y te fuiste. Y mi walkman no te dio, precisamente, vidilla.

Me quedé mirando tus preciosas caderas alejarse de mí. Y tu pelo lamiendo tu espalda y tus orejitas preciosas tapadas por los auriculares de mi walkman y yo sonando dentro de tu cabeza e impidiéndote escuhar el claxon del taxi que te arrolló y te mató en menos de un segundo, antes de que nadie se diera cuenta de lo que estaba pasando.

O sea, que mi walkman no te dio vidilla.

Ahora, voy a poner un epílogo.

Epílogo.

No he leído su libro. Es decir, esa obra sí que la he leído, muchas veces, pero el ejemplar que ella me regaló, con una cariñosísima dedicatoria que no os cuento, duerme a mi lado y todas las noches, antes de dormir, lo miro, lo tomo en mis manos y, sencillamente, no puedo leerlo. Pero me gusta meterlo bajo la almohada y mis sueños siempre empiezan por sus besos y sus besos siempre me ponen alegre, y la alegría me hace dormir tranquilo y el sueño reparador me hace separar el día de la noche y creedme si os digo que aún la amo.

Creedme, porque no puedo dejar de amarla, por mucho que me disfrace.

Creedme.