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lunes, febrero 01, 2010

eran fiestas

Sunny afternoon

No tiene nada que ver esta canción con la entrada, pero acabo de grabar la canción y escribir la entrada, así que van juntas. Una tarde soleada. Supongo que si eres inglés, si vives allí, esto debe parecerte la bomba, una tarde de sol, nada menos. A mí me encanta el sol de febrero. Los días empiezan a alargarse y mi espíritu se regenera. Este tema habla del invierno anímico: todo puede ir mal, pero uno lo aguanta si puede pasarse una tarde holgazaneando al sol, ya sabéis, Lazing on a sunny afternoon. Y si se lo oyes a Ray Davies, en lugar de a mí, te mueres. Irresistibles Kinks.


Jonás, de frente a su ordenador, a cuyo insípido aspecto sus rasgos empiezan a asemejarse, se afana en ardua tarea, concentrado y mosca, cuando oye que le llama, con su voz cansada, pero potente, el Isaías
- ¡Joputaaaaa…!
Está tratando de terminar su resumen anual de IVA, pero asoma la cabeza por la ventana, para ver qué se le ofrece al Isaías.
- ¡Qué dices…?
- S’fiestanelpueblo… ¿t’viés?
- Estoy con los impuestos, macho, ahora no puedo…-dice Jonás, pero está hasta el gorro de la luz mortecina del pc- pero, qué cojones, vamos, que le den al IVA
El Isaías propone que vayan por la finca’l Manso, que pa’irande la feria, se va más derecho por hay
- Se dice por ahí, ceporro – apunta quisquilloso Jonás
- Sí, lo que tú digas, señorito, pero vamos porondel Manso.
A pesar de que a Jonás le parece, objetivamente, que el camino de la finca del Manso es un engorro, porque está lleno de cagarrutas y de cosas, y además, es más largo, dice, “vale, espera”, cierra la ventana y se mete en casa cambiarse. Se quita la sudadera color vino desteñida y se pone una azul un poco menos desteñida y sale.
- Isidorian, colega, he pensado que es mejor si vamos por la estación, que se camina mejor, y puedo huir con más facilidad si empiezas a ponerte tierno
- No me llames eso, tío… y yo no me pongo tierno, si fuá maricón te la metería. Per’amos porondel Manso, qué sabrás tú…
A Jonás le fastidian estas cosas de la gente del pueblo. Por ser de Madrid eres, automáticamente, idiota, te pueden vender las cosas un cincuenta por ciento más caras y además no sabes el nombre de los árboles, los pájaros, calcular distancias, comer bien, aguantar la bebida ni nada de eso.
- Ni hablar, asamantecas: vamos por la estación, que es más corto y más cómodo.
Isaías mira a Jonás cambiándose de lado el palillo de dientes y después de un largo silencio, le dice:
- ¿Qué…?
- Venga, vamos por la estación y te invito a un vino en la cantina
A Isaías le fastidian estas cosas de los pijos. Se supone que, como eres de pueblo, puede venir el señorito de la ciudá y cambiar las cosas, decidir por dónde se va mejor a los sitios porque lo han visto en un GPS, o porque son ingenieros, y callarte la boca pagándote unos vinos.
- Vas a’nvitar tu puta madre
- ¿Cómo…?
El primer puñetazo le da a Jonás en su nariz afilada y de buena familia, y antes de que sepa qué es lo que le está ocurriendo, un segundo golpe de Isaías, en la boca del estómago, le corta la respiración y le hace caer de rodillas a la puerta de su casa. Isaías absorbe ruidosamente desde la nariz y le escupe el pollo obtenido demostrando una habilidad enorme, pues no suelta el palillo al escupir y le acierta en la oreja a Jonás, que sigue derrotado en el suelo, buscando aire para recuperar el resuello y preguntándose qué coño es lo que ha pasado.
-.-
El rostro de Jonás, cuando pasea por la Calle Real, por entre los chiringuitos del supuesto mercadillo medieval, tiene un aspecto extraño. Su nariz, otrora aristocrática, es ahora como un vulgar pimiento morrón, de roja e hinchada que está. Además, el hematoma resultante se extiende a las bolsas bajo los ojos, por lo que parece llevar un antifaz. Pasea solo, confundido en el río de gente y ruido. Odia los mercadillos medievales, aunque le gusta el puesto de tartas… bueno, y el de velas aromáticas… y el de jabones naturales; el de cosas de cuero no está mal, hombre, y se compra una pulsera supermacarra y un guante de cetrería. Hay un puesto de alfarería que llama su atención y otro de artesanía que también le mola. O sea, que le mola lo que hay en el mercadillo, pero no soporta el concepto de mercadillo medieval, ni a los jipis que llevan los puestos, ni que esté ligado a las fiestas del pueblo a las que, eso es impepinable, detesta con todo el ímpetu de su ser. Detesta a la gente borracha y a la que se divierte con fecha fija. Detesta los encierros y la burricie de los pueblos. Detesta las fiestas. Pero está paseando su cara maltrecha por la feria porque busca algo.
-.-
Isaías se ha tomado ya unos cuantos cacharros cuando se detiene ante el puesto que ofrece asados y potajes medievales. Se agacha para oler la enorme marmita del caldo gallego, que levanta metro y medio del suelo; mientras deja que el aroma intenso del potaje le llene los pulmones nota, de repente, que algo muy fuerte le empuja por la nuca y le mete la cabeza en el hirviente caldo. Desde fuera se le ve aletear impotente mientras Jonás, guante de cetrero en mano, le sujeta la cabeza dentro de la olla asesina. Del forcejeo resulta, después de unos diez segundos que se hacen eternos, que la olla se vuelca sobre el pobre Isaías que decide dejar de sufrir perdiendo el sentido con quemaduras de diversa consideración en el cuerpo.
-.-
El médico responsable de la planta de quemados, el doctor Paraíso, se toma un café con el cirujano jefe, Reginaldo Jaus, y discuten sobre un caso concreto.
- No podemos amputarle las piernas a la altura de las rodillas, Paradís, las quemaduras en esa parte de su cuerpo no son relevantes…
- Lo sé, Jaus, pero si tuvieras que visitar su habitación cada mañana…
- Comprendo, Paradís, comprendo que el espectáculo del dolor es, a veces, demasiado duro, incluso para nosotros…
- No es eso, Jaus, tío, es que al tío le huelen muchísimo los pies: como a queso rancio, pasado de fecha, pero mezclado con una especie de olor a pelo quemado. Nunca me he topado con un caso así… ¡Qué manera de cantarle!
- En ese caso…
-.-
Rosie, la que no vuelve a casa, la enfermera, trata de zafarse de las manos de Isaías, mientras le cambia el vendaje de la cara, que está hecha unos zorros. Alguien da unos golpes en la puerta abierta y pregunta desde allí
- ¿Es esta la habitación de Isaías…?
- Estése quieto, Isaías, que alguien pregunta por usted…
- Oh, dios mío, qué preguntas tengo… claro que es su habitación, nadie apesta tanto… - dice Jonás entrando en la habitación- te huelo en plena forma, asamantecas – y luego, a la enfermera-; ¿Cómo puede trabajar cerca de eso sin mascarilla?
- La verdad es que no me lo explico yo tampoco –dice ella, pillando al vuelo el tono- vive, pero por el olor parece que ha muerto hace dos semanas…
- Le aseguro que no, señorita. El día que este marrano la espiche, esta región conocerá el pánico. Tendría que olerle cuando se le olvida ducharse y vuelve del bancal. Hoy huele a buena salud…
-.-
- ¿Qué tal las fiestas? – pregunta Isaías
- Bah… aburridillas. No te pierdes nada. Lo mismo de siempre, ya no hay cosas buenas, no hay sorpresas… Tío, la verdad es que hueles peor que el pis de tu padre, eres asqueroso…
- Pues tendrías que oler mi pus
- Prefiero no hacerlo, gracias, majo. ¿Sabes que eres repulsivo?
- Deja eso, boolo… ¿qué pasa en las fiestas, no han matao’naide?
- No es eso… si ayer hubo dos apuñalaos, y al Dimas le pegaron un tiro a quemarropa, pero no le quemaron la ropa, sino el entrecejo…
- Anda…
- … y le vaciaron el cráneo, de paso; un agujero de puta madre en la nuca, le quedó…
Pero no es eso, es que la gente ya no sabe divertirse… ¿te puedes creer que me quisieron cobrar el potaje que te quemó la cara?
- La gente sólo piensa en el dinero
- Eso es lo que yo digo, en lugar de divertirse, hala, el dinero…
- Oye, Jonás, una cosa
- Dime Isaías
- Cuando estaba allí, con la cabeza en ese puto potaje, me dio por pensar… ¿yo te caigo mal?
- Pero… ¿cómo se te ocurre semejante barbaridad, hombre de dios?
- Porq’as’stao a esto de matarme, Joputa
- No hombre, no, es que eran fiestas…
- Es verdá, coño, eran fiestas.



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