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jueves, diciembre 13, 2007

cuento (y esencia filosófica) de la navidad

ACTUALIZACIÓN DE LA

ACTUALIZACIÓN IMPRESCINDIBLE E INSOSPECHADA

Me manda mi querido compañero Jorge, de Directo a Casa, el complemento visual que le faltaba a este post para que podamos considerarlo un post verdaderamente navideño y propio de estas fechas tan cálidas:
una bonita y emotiva imagen del portal de Belén
enjoy it!


Pensaba que esto era gracioso y todo eso, pero ya he visto que, como decía el Fosfous, es de esos correos que vuelan como la pólvora, así que dejo la actualización reducida a su mínima expresión. Porque aunque circule por todas partes, no deja de tener su gracia, hombre...

Happy Xmas (war is over)



El divino John escribió esta canción de Navidad y debió quedarse muy a gusto. Porque es una preciosa canción, sencilla, armoniosa y entrañable, que habla de las cosas que hablan las canciones de Navidad. Habrá a quien sorprenda oírme cantar algunos de estos versos (war is over if you want it y cosas así), pero yo me hice pacifista con John Lennon. Luego, al crecer, me he dado cuenta de que el mundo entero, salvo algunos mendrugos (Stalin, Hitler, Franco, Castro, Sadam) es pacifista y que ser pacifista es una seña de identidad tan meliflua como ser humano. Y nadie presume de humano, ¿no? Pues eso. Hecha esta aclaración, vamos con la canción. Mi primer impulso fue reunir a los niños de la familia y hacer que cantaran conmigo el estribillo, o sin mí, pero luego pensé que eso me iba a llevar demasiado tiempo y estaba impaciente por colgar esta canción y dejar caer en el olvido el post anterior, porque la navidad es tiempo de paz. Y de terminar las guerras. Las mundiales y las particulares. Es de eso el espíritu de este post. En fin: guitarra acústica, mi vieja Epiphone, que sigue sonando a gloria, y tres guitarras eléctricas. Una arpegiando y ritmeando y otras dos, a voces, distorsionadas y haciendo de cuarteto de cuerda. EL bajo, limpio y sólido, y la batería, como siempre, mi talón de Aquiles, esperando a tener una tarde libre para que el_Vania me explique cómo coño hacer que la cosa suene bien. Las voces son muchas, dobladas y redobladas, sobre todo en la parte que tenían que haber cantado los niños. Sabreís cuál es en seguida, porque me oiréis desgañitándome y forzando la garganta más de lo aconsejable. Pero ahí están esas tres notas mortales un mi, un re y un do altos (en guitarra trastes 12, 10 y 8 de la prima, tiene huevos, eh?), dados con más o menos gracia, pero conseguidos. Eso no lo hace todo el mundo, de verdad. Bueno, la versión no es demasiado buena, pero me sirve para felicitaros, porque es lo mejor que puedo hacer por vosotros: cantar y callarme de una santa vez. Espero que os guste.

El que quiera unir esta canción a su CD de villancicos para estas fiestas, puede bajarla aquí:

Wolffo – Happy Xmas (War is over)

And so this is Xmas, (así que esto es la Navidad)
and what have you done (y bien ¿qué has hecho tú?)
Another year over (otro año que termina)
and a new one just begun. (y uno nuevo que empieza)
And so this is Xmas (así que ya es Navidad)
I hope you have fun
(ojalá lo paséis bien)
The near and the dear one
(los que estáis cerca y a los que quiero)
The old and the young (los viejos y los niños)

A very Merry Xmas ((Que tengáis una dichosa Navidad)
And a happy New Year
(y un feliz año nuevo)
Let's hope it's a good one
(esperemos que sea un gran año)
Without any fear
(sin nada que temer)

And so this is Xmas (así que ya es Navidad)
for weak and for strong (para los débiles y para los fuertes)
For rich and the poor ones,
(para los ricos y los pobres)
the world is so wrong (el mundo está tan equivocado...)
An so happy happy Xmas
(De modo que, Feliz Navidad)
for black and for white, (a negros y blancos)
For yellow and red ones,
(a rojos y amarillos)
let's stop all the fight (detengamos todas las luchas)

A very Merry Xmas…

War is over, (La guerra ha terminado)
if you want it (si así lo quieres)
War is over now
(la guerra ya ha terminado)

La verdad es que este año, no sé muy bien porqué, no me apecía nada que llegasen las navidades. Quizá por cómo ha estado mi corazoncito todo este año, lleno de vaivenes y dimes y diretes... Tal vez porque las navidades me han supuesto una carga de trabajo extra o por lo que fuera, da igual. El caso es que no me apetecían. Según se acercan, no obstante, empieza a cubrirme un manto acogedor y cálido que yo relaciono con la Navidad y se me empieza a quitar la tontería de encima.

La Navidad tiene, a mi juicio, bastantes cosas incómodas; no me gustan las bombillas que llenan las ciudades y pueblos, Papá Noel me da arcadas, Madrid se pone imposible a todas horas, los anuncios navideños (de los que asumo mi couta parte de responsabilidad) me estomagan y los villancicos de pandereta (que no las canciones de navidad) me atacan al hígado. Además, tengo un montón de recuerdos penosos asociados a las navidades. Pero, con mucho, lo que llevo peor de las navidades son los antinavideños. En esto me pasa como con los toros; no me gustan, y me da mucha pena de los toritos, pero joder, no aguanto a un antitaurino, en serio.

Estoy harto de esa gente que sale en la tele, o se acoda en la barra del bar y empieza a decir que si es una fiesta del consumo, que si la jerarquía del Vaticano, que si las multinacionales o que si sus cojones en vinagre. Pero ellos son los primeros que, como auténticos imbéciles, el día 31 se lanzan a la calle con el admirable propósito de cogerse una merluza del quince y divertirse por decreto ley, bailando con un gorrito ridículo una cosa de esas que se baila haciendo lo del trenecito. ¿Conga... eso es una conga? Venga pues conga.

Esto de la conga me lleva a que sólo es admisible la conga si la persona que te precede tiene un buen trasero y se le puede arrimar la cebolleta o palpar en caso de que no tengas cebolleta. Aunque bien mirado es más cebolleta lo vuestro que lo nuestro, que se parece más a lo que viene siendo el nabo. Solo si existe esa posibilidad, la del magro o arrime, puede una persona decente justificar su participación en una manifestación de tan lamentable mal gusto. Una vez, en una fiesta de fin de año, yo participé en una, pero es que estaba Ana Diosdado en el último lugar de la fila, con su culo llamándome a voces y yo, fíjate, hablaba con su marido, Carlos Larrañaga, en ese momento; me contaba el pollo lo divertido que es hablar de curas delante de un cura sin saber que estás hablando con un cura (cosa que, apunto marginalmente, de divertido no tiene nada) y cuando vi las amplias caderas de su mujer, Ana, bambolearse al ritmo de la Conga de Jalisco, le dije al tipo:

- Colega, en serio –mentí- es interesantísimo lo que cuentas, y me encantará que me hagas un resumen y me lo mandes por e-mail a esta dirección wollfo, arroba, estoesfalsopuntocom y ya te contesto y te hago un análisis morfológico y semántico si quieres, pero deja que le voy a tocar el culo a tu señora

Si he de decir la verdad, a partir de e-mail ya no me oía, por eso fui tan chulito y gracioso... Me puse tras el rotundo trasero de Ana Diosdado y coloqué mis manos como las colocaría cualquier buen magreador: una en cada moflete. Ella se volvió y me abofeteó sin ceremonias.

- Disculpa - me dijo -, pero me he dejado las ceremonias en casa.

Yo acepté sus disculpas, que eran preciosas, de acero con incrustaciones de lapislázuli y afronté la conversación sin ambages (y no, lo siento, pero no voy a decir porqué en ese momento no quise meter a mis ambages en la conversación).

- Ana Diosdado – le dije – sé que no os gusta hablar de proyectos mientras no estén bien atados, lo que equivale a decir que todavía no tenéis agarrado al productor por los huevos para que os pague, pero como yo soy así de cachondo, ¿en qué proyecto estás trabajando ahora?

Ella levantó su mirada despistada y, bien porque el hombre que vio entonces (frente despejada, peinado de fibra de carbono, mirada noble, mentón decidido y corbata de Hermés) le pareció sumamente atractivo, o bien porque yo no le gusté nada, se fue sin contestar y yo, solo otra vez, me di a la bebida.

Me di a la bebida como antes me había dado a Ana Diosdado. Con fruición, imaginación y cabezonería. Me di a la bebida y me di un trompazo con la barra del bar cuando me falló la mano que sujetaba mi cabezón dormido que, oh, sorpresa, despertó con el impacto.

Fui a levantarme, pero algo falló en todo aquello. Una descoordinación fatal, una especie de colapso (qué palabra tan bella: colapso...) en mi sistema motriz (bastante buena, también, la expresión sistema motriz, ¿eh?), derramó (caramba...) mi borracha osamenta (estoy inspirado, ¿eh?) por el suelo del local. Repito la frase sin incisos, para que podáis apreciarla en toda su belleza: una descoordinación fatal, una especie de colapso en mi sistema motriz, derramó mi borracha osamenta por el suelo del local (vaya, dicho todo seguido, no suena tan bien como a cachitos). Es como si mi cabeza hubiera despertado, pero el resto de mí seguía sumido en un alcohólico letargo y no respondía a los impulsos nerviosos de mi cerebro. Me he documentado y he visto que eso se llama Síndrome de Fault-Sogull[1].

Desde el suelo miré a mi alrededor. Mis piernas no respondían, pero mi estómago empezó a mandar señales de alarma. Antes de que mi Fault-Sogull me permitiera reaccionar, empecé a vomitar de manera generosa y ya no recuerdo más.

Desperté en un taxi, aparcado junto a una especie de vertedero que, mira tú por dónde, era un vertedero de la mejor especie. Los rayos del sol entraban, perezosos, por la luna trasera. En el asiento trasero se encuentra uno bastante bien, si uno es hábil buscándose. Pero no es mi caso, queridos. Yo me encuentro muy mal, me duele la cabeza, la boca me sabe a pies y me duelen todas las articulaciones. Todas. Hasta la de la picha.

- En la picha no hay articulaciones - me dice la taxista - y menos en la tuya, que la he estudiado bien.

Un momento. Esa voz bien modulada. Ese tono seguro y pícaro. Esa inteligencia y cultura denotantes... Tiene que ser Ana Diosdado, conozco demasiado bien su voz. Pero la taxista se da la vuelta y no es Ana Diosdado, sino María Teresa Fernández de la Vega, que me mira picarona ente los reposacabezas de los asientos delanteros.

¿Veis? A eso me refería. La Navidad es madre de escenas terroríficas (borracheras monumentales que no tienen nada de agradables, polvos involuntarios con gente repulsiva, peleas estúpidas, accidentes de tráfico) pero sé que, cada año, y este año, a estas alturas de post, ya empiezan a apetecerme, me apetece levantar la copa por vosotros y desearos, con una enorme sonrisa, una muy feliz Navidad.

Que las disfrutéis a vuestro rollo y, como soy un maldito egoísta, a ver si alguno de vosotros se acuerda de mí cuando suenen las campanadas. Sería un detallazo, en serio.

¡Feliz Navidad!



[1] Fault-Sogull, por cierto, no era un científico, sino una especie de mecenas que quería que le pusieran su nombre a una estrella o algo así, pero el equipo de astrónomos que contrató, eran en realidad, astrólogos. Es el peligro de tener dinero y no haber leído un libro en tu vida: te la dan con queso. El día que, harto de soltar pasta y no obtener resultados fue al laboratorio a ver cómo trabajaban los supuestos científicos, los encontró beodos perdidos. Intentaron escapar, pero, como a mí en la historia que hoy refiero, sus cuerpos no respondían a sus impulsos cerebrales. Fault-Sogull asesinó a los cinco supuestos científicos en el laboratorio, en una orgía de sangre y crueldad que aún recuerda el departamento de policía de San Francisco. De ahí viene el nombre al síndrome. Un poco de culturilla de crucigrama no viene mal, hombre...