(Capítulo primero del Insignificante y, sin embargo, Épico relato titulado PRONTUARIO DE ALEGRÍAS Y TRISTEZAS DEL PRÍNCIPE JODUAR)
Cuando por la razón que fuere, me decía mi padre,
te encuentres en presencia de tus gobernados, de esa parte de ellos
sincera y humilde, sé sólo igual que ellos, sincero y humilde, porque,
pequeño principito de la nada, como rey, a lo máximo que puedes aspirar
es a ser como ellos... sincero y humilde. Simplemente sincero,
complicadamente humilde.
Si bien como
consejo general, vital, si quieres, si eres esa clase de persona, es
admirable, lo cierto es que como entrada consultable de prontuario es un
apunte manifiestamente mejorable, y menos mal que mi vida ha
transcurrido por senderos decepcionantes para un heredero real, porque
si me planto, pogamos, ante un grupo de labriegos, abro el prontuario, y
leo este consejo, caray, me hubiera cagado, literalmente, en mis
muertos, empezando por el más próximo de todos ellos.
Traducido
a mi experiencia vital, un tanto burbujeante en los primeros años de mi
vida, y no por la abundancia de espumosos, sino porque me tenían, como
al niño de la burbuja, un tanto aislado del mundo, un encuentro con
gentiles y "si ante ellos hubiera de hablar" podría ser algo así como
Cómo entrarle a una rubia poligonera
Y
es que, vaya, una vez libre de la espada de Damocles que para mí,
suponía el trono, más una amenaza que una esperanza, mi salida al mundo
fue un poco la del paleto al que sueltan, a los 50 años, en medio de
Nueva York. Miradme: la mano derecha en jarras, en la cintura, mano
izquierda haciendo visera y el torso inclinando hacia atrás, ante un
rascacielos, y exclamando, asombrado: "¡coño, qué alto!". Así me sentía
yo, simplemente, en el mundo.
-.-
El primer trabajo
serio
que tuve me lo proporcionó, al terminar mis inútiles estudios de
Ciencias Políticas, uno de los más entregados miembros de la "corte".
Era Director Comercial de TransitOn, una empresa de logística centrada
sobre todo en el transporte, un cargo absolutamente inmerecido, y tan
fuera de mis capacidades como todos los trabajos que he tenido después. Y
es que el único mérito laboral que uno, en su humildad, puede
enarbolar, es la aceptación de ser enchufado con abierta naturalidad.
Este primer trabajo, se me dio sin tener expectativas, al menos
explícitas, en lo que mi trabajo y mi tesón pudieran revertir en la
cuenta de resultados de la empresa. Como mucho, se confiaba en que al
ser presentado como "El príncipe Joduar" el interlocutor fuese lo
suficientemente trepa como para quedar impresionado y que esa impresión
se tradujera en jugosos contratos o cuantiosos pedidos en cuanto los
comerciales de verdad entraran a hacer su trabajo. El mío, al parecer,
era
engrasar las bisagras de las puertas de los clientes, con un par de anécdotas sobre
palacio, o sobre
princesas y duques y gente por el estilo.
Lo
cierto es que esta fórmula funcionaba mejor en el campo social que en
el mercantil y era normal ver que la gente encajaba con incomodidad la
palabra príncipe, para luego reaccionar e intentar ganarse mi simpatía,
mi favor, o al menos mi atención a toda costa, disimulando peor que mal,
generalmente.
En aquel primer empleo en TransitOn, era
costumbre que después de una jornada de trabajo, en mi caso, poco
fructífera, nos reuniéramos en el Pub que había en el polígono y
tomáramos unas cervezuelas en campechana comunidad (los Borbón no son
los únicos). Éramos un buen puñado de currantes encorbatados y/o
taconazos, de diferentes compañías, los que nos dejábamos caer por ahí,
deseando que el mundo, acaso por un par de horas, se olvidara de
nosotros, y creando un microclima particular, un ecosistema inmune a la
realidad, nos disolvíamos con la indolencia de un azucarillo en un
hábitat natural propicio para el escarceo sexual, la conversación
fanfarrona, la risotada viril y el arreglo general del mundo. Allí eran
habituales las beodas invectivas del tipo "esto lo arreglaba yo en dos
días", discursos mal ensamblados y peor articulados, emitidos en un
estilo etílico y pelmazo que contaban con el asentimiento murmurado de
ese círculo hipócrita que formábamos los tontos allí reunidos.
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Ejemplo sabrosón de poligonera fetén |
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Una chica de belleza chillona y plasitificada llamaba
mi atención. Se llamaba Ana, pero ella pronunciaba -y escribía- "Anna",
haciendo énfasis en la doble ene, ella sabrá porqué. La susodicha, una
Auténtica Rubia Poligonera Nivel 1, trabajaba en la tele local y era lo
que podríamos llamar, una
estrella emergente, dicho sea con todas
las salvedades y dimensionando el término correctamente (tele local de
una antigua ciudad dormitorio del entorno de Madrid). Vestía de forma
práctica: todo lo que se ponía encima no buscaba la belleza o la
elegancia, sino que estaba destinado a resaltar sus, ya de por sí,
resaltables atributos. Y vaya si lo conseguía...
También era, aunque de una forma bastante
bastorra,
una mujer simpática, resuelta y desinhibida, y mucho más lista de lo
que insistía en mostrar; en lo suyo, en la tele, era muy buena, estaba
bien preparada y, en fin, todo ello mezclado estallaba en cuanto se
ponía delante de la cámara. De momento, lo era sólo a escala local, pero
sin ninguna duda era una chica con madera de estrella.
Un
día especialmente aciago en el trabajo, le eché el ojo. Era uno de esos
días en los que quieres asesinar a alguien, emborracharte, o acostarte
con una mujer como Anna (lo que podríamos llamar un día normal). Me hice
presentar por uno de esos bobos a los que impresionaba el hecho de que
fuera príncipe y ese fue mi último acierto de esa noche.
Anna
se quedó prendada de la palabra "príncipe" desde que la oyó pronunciar
por primera vez, y ya al ser presentados, con los dos besos de rigor, me
regaló con un restregoncillo de sus pechos. Rió durante toda la velada
mis comentarios, incluso los que tenían alguna gracia, y cuando me
hablaba, o cuando hablaba a otros, dejaba caer su mano (su garra
buitresca) en mi antebrazo, en mi muslo o en mi pecho. Al reírse, me
agarraba del brazo y restregaba sus maravillosas tetas en mi fofo y poco
musculado brazo, pero vaya... supongo que da el mismo gustito que si
hubiera sido un brazo fibroso y musculoso.
Ahora sé que
todo eso eran, como se dice ahora, "señales", pero entonces era tan
capullo que ni idea. Lo que sí sabía era que me estaba volviendo loco
esa solicitud de semejante mujer, y que cada vez que su mano, o sus
pezones, se me clavaban en la piel... en fin, esa pequeña parte de mí se
hacía un poco menos pequeña. Estaba salido como un demonio libidinoso
(por si alguien no lo sabe, los demonios libidinosos son los más salidos
del mundo, según un estudio de la Universidad Central de Ontario) y
acudí al prontuario que me dejó mi padre para buscar su luz y su
consuelo en un momento así. Y esta entrada es la que encontré:
Cuando por la razón que fuere te
encuentres en presencia de tus gobernados, de esa parte de ellos sincera
y humilde, sé sólo igual que ellos, sincero y humilde, porque, pequeño
principito de la nada, como rey, a lo máximo que puedes aspirar es a ser
como ellos... sincero y humilde. Simplemente sincero, complicadamente
humilde
En fin... a ello. Empecé a
emitir risotadas explosivas, a tocar a mis semejantes mientras hablaba;
emitía juicios vulgares y opiniones que mejor hubiera sido para todos si
las hubiera silenciado. Trufaba por doquier con "ya te digos" y
"además que sí" (con acento madrileño:
ademájjjesí...) los
comentarios de los demás, o colofonaba sus anécdotas con el inevitable
"Sí... ¿no?", me colocaba el paquete como sin darle impotancia y contaba
las anécdotas desde un punto de vista revisitado, quedando yo bien, con
numerosos "y entonces le digo" totalmente inventados, que no se me
ocurrieron mientras duraba la conversación que estaba referenciando,
cuando hubieran sido oportunos y letales, sino diez minutos después,
cuando ya eran completamente inútiles.
Para cuando la
francachela empezaba a languidecer, empecé a pensar en la logística. ¿A
dónde podría llevar a Anna? No quería traerla a casa, porque este
tugurio no es lugar para personas, es sólo mi guarida, mi alma con
paredes, y nadie puede entrar aquí.
Por entonces,
además de que mi nueva personalidad poligonera había hecho descender
sensiblemente los anhelos de Anna (pero no desaparecer, pues seguía
viéndome con el cartel de "príncipe" en la frente), me había enterado de
que la casa de Anna estaba descartada porque vivía con su madre, y
¡dios libre a un príncipe de las madres de las mozas casaderas!
Así
las cosas, discurrí un rato y di con una estrategia totalmente
poligonera: ¡botellón y posterior polvo en el coche! Era tan bueno que
me decepcionó enormemente que ella no compartira mi entusiasmo.
-
¿En tu coche...? - dijo. Y más adelante, cuando vio mi coche, un vulgar
Opel Corsa, varió ligeramente su pregunta - ¿Es tu coche...?
No ocurrió, claro.
A
la alegría de los primeos lances, cuando Anna, solícita y ambiciosa,
receptiva hasta la obsequiosidad, me tocaba, reía mis gracias, se me
restregaba... sucedió la tristeza neta de ver el dulce pajarillo de la
felicidad alejarse aleteando al mismo ritmo cansino con el que mi
poligonismo se imponía en mi estrategia; una frialdad creciente creció
dentro de la otrora tórrida Anna y todoo terminó antes incluso de haber
comenzado.
-.-
Y es
tan así que se me ocurre decir que quizá los consejos, así, en general,
no sirven para los príncipes. O tal vez sea sólo este consejo.
Lo
cierto es que hay cierto tipo de personas para las que este circo sí que
tiene importancia. Que uno, a veces, está atrapado por su destino, que
existe, creedme, el destino, en ocasiones, existe.
Soy un
príncipe, mal que me pese. Soy torpe, desangelado, huérfano y
desnortado, pero esa parte de mí me acompañará siempre mientras exista
gente como yo, como Anna, para las que las cosas que no tienen
importancia (el color de mi sangre, el tamaño de sus tetas) y aun
sabiendo que no la tienen, en realidad, se convierten en prioritarias
cuando actuamos.
Quizá el consejo era bueno, un discurso
útil. Quizá sólo yo soy el malo, el príncipe inútil. Pero tengo la
impresión de sólo si por mí mismo, y con mi parda experiencia, seré
capaz de desgranar los consejos de mi padre, puede que tan llenos de
sensatez como de desconexión mundana. Sobre todo... tratándose de mí.