domingo, septiembre 13, 2015

Ámbitos caprichosos

A veces, en medio de la multitud, hablamos. Entendemos que la gente, las muchedumbres o los grupos de personas, al menos, son lugares seguros y damos una oportuindad al flujo. Y nada fluye. Soy un fantasma solitario, impermeable al escudo social que pareces buscar tú siempre.
Hoy vino una mujer hermosa a comer a mi restaurante.
La serví y ella pensó que sólo soy el camarero. Sus sandalias amarillas y ese vestidito vaporoso le sentaban de maravilla y fue simpática conmigo. También un poco condescendiente. Condescendencia que yo perdono porque en mi fuero interno quiero ignorarla.
Vino también un hombre idiota. El restaurante estaba lleno y le dejé su cerveza y la jarra helada en la mesa, sin servirle, porque la cosa estaba que ardía (no ardió,no obstante) y tenía un montón de gente impaciente esperando. Cuando, unos minutos después, pasé junto a la mesa del hombre idiota,éste me hizo una seña que yo no supe interpretar.
- ¿Perdone... ? - le dije acercándome, solícito, grandioso como soy
- Que si me la puedes servir -  dijo el idiota señalando la cerveza.
 Algunas veces soy un poco violento si me ampara la multitud. Cogí la cerveza, un tercio de Mahou, la agité tapando la boca con el pulgar y le rocié sin ceremonias. Luego le golpeé con la botella en la cabeza y salí corriendo del restaurante.
En la calle, abordé a un caballero de bigote y esperanzas, con abrigo de espiguilla gris, y pasé a cuchillo al capitán y los tripulantes más relevantes, salvando a la marinería y liberando a los esclavos. Soy el héroe magnánimo que nunca empequeñecerá
Tú estabas con tu novio, haciendo el chorra con el teléfono móvil. Os tomábais selfies y os reíais.
Ella estaba al otro lado de la calle. Bebiendo,como de costumbre. Sus ojos, como si los hubieran golpeado hacía días y estuvieran saliendo de su contusión. Pero es alcohol, es tristeza, no es violencia. Esa mujer se ha echado a perder. Está horriblemente delgada. Enfermiza. Y su conversación... esa sí que ha degenerado.Es espantosdo hablar con ella ahora. Quise comentarlo contigo, pero te habías ido con el hombre gris de los selfies, seguramente porque a ti no te parece gris.

(Yo sólo te digo una cosa.
Yo soporto que no me quieras. De verdad.
Lo que no soportaría
es que pensaras que ese hombre gris no es gris
solo porque está a tu lado.)

Estaba dándole vueltas a eso, cuando el hombre idiota del restaurante me encontró y me dio un puñetazo en la boca del estómago. No podía respirar.
Menos mal, porque seguro que ese trozo de acera sobre el que yo, doblado, había caído de rodillas, seguro, seguro que todavía olía a ti.
Y eso no puedo soportarlo. Tampoco eso. 

viernes, septiembre 11, 2015

¿Y si fuera sin hacerlo?




Estoy valorando seriamente la posibilidad de olvidarte.  Si fuera algo que dependiera de mí, ya lo habría hecho porque, a veces, me irritas, y no sabes de qué modo.
Estaba decidido, no obstante,  a forzar a mi corazón ansioso, a mi cabeza despiadada, a olvidarte y a hacer que vieras que ya no te anhelo, cuando sucedió lo de esta noche. No sé muy bien si esto, en tu fuero interno, te halaga o te incomoda, pero lo normal es que sueñe contigo (más despierto que dormido) y que mis ensoñaciones acaben en sexo de diverso pelaje. Hacemos el amor, o follamos, o te como (casi siempre) o me comes o muchas veces me pasa como a un crío al que llevan por primera vez al parque de atracciones: te veo desnuda y disponible y no sé dónde montar. Todas tus atracciones, todos tus rincones son apetecibles, quiero montarme en todo, quiero subirme, meterme en todos tus sitios. Aunque reconozco que mi atención suele centrarse en tus pechos, tus pies y tus labios mayores. Y ante semejante oferta suele suceder que me bloqueo y acabo masturbándome a solas y con fervor y frialdad gimnástica. Y me siento culpable, no sé, acaso porque pienso que tú no has disfrutado de verdad, aunque en mi ensoñación te encanta cualquier cosita que te haga. Hasta mi mirada ansiosa te da escalofríos. Pero, al fin lobo solitario, al desahogo le sucede la decepción y correrme es tan poco divertido...

Por eso, lo de anoche fue tan llamativo.

Estabas cerca de mí y algún lance afortunado te situó en mis brazos; te abracé hasta el fondo del mundo, aspirando tu olor y pegando mis antebrazos a tu espalda. Sentí estremecerse tu ser y como si tu pecho con sus gloriosas prendas me invitarán a apretarte, a pegarte a mí. Entonces me separo un poco, sólo la cabeza y el pecho, juntas y empujantes nuestras caderas, y nos miramos sólo un par de segundos casi eternos. Inclinamos nuestras cabezas a nuestra izquierda y atrapo  tus labios con los míos.
Sólo te beso. Sólo me besas. Todo el rato. Sólo nos besamos.
No sé si lo entiendes.  No te toco la tetas. No empujo tu culo con las manos para restregarme contigo. No intento hacerte sentir mi erección.
Sólo besos. Muchos besos. Todos los besos.
¿Te das cuenta? Es mi sueño, podría hacer que te corrieras diez veces con un empujoncito, que te emocionaras y lloraras al ver mi bate del amor ardiente y enhiesto... pero no.
Sólo besos. Largos y profundos, rápidos e intensos.
Te lo digo porque, si tú quisieras, si es por eso, no me importaría que nuestra primera vez fuera así. 
Tú verás. 

domingo, agosto 23, 2015

Dejarlo

Mucha, mucha gente habla de lo difícil que es dar con el momento justo de dejarlo. Algunos sostienen que es mejor dejarlo cuando estás en lo más alto, en el punto álgido de tu productividad, en el esplendor de tu creatividad. Otros, más prácticos, aconsejan que se exprima la teta hasta la última gota, sin importar lo patético que resulte tu desesperado agarre al ardiente clavo, y fijándose únicamente en el clin-clin de la caja registradora.
Ojalá pudiera decirnos que en semejante encrucijada me hallo, pero lamentablemente no es así. Desde hace tiempo peleo a ciegas por recuperar un lugar en mi profesión, en mi mundo laboral y hoy es el momento en el que me doy cuenta de que ya está todo intentando.
Definitivamente, mi profesión no es ya mi profesión sino un sueño inalcanzable de futuro, un presente escurridizo y sólo un pasado cargado de buenos y malos recuerdos, de logros que hoy aparecen ridículos, pero de los que entonces, en su momento, tan orgulloso me sentí.

La publicidad ya no me quiere. El mundo de la empresa me ve un señor gordo, viejo, anticuado y poco glamouroso que no tiene gran cosa que ofrecer.

Estoy cansado. Muy cansado. Yo tampoco veo en el mundo de la empresa referentes a los que aspirar, salvo un poco más ďe pasta y un estilo de vida un poco menos rudo que el mío de hoy.

He acabado hasta las narices el mundo ee la empresa.

Sencillamente... buscaré otro camino.





martes, julio 21, 2015

Los bailes de Caronte


Y te presentaste en mi casa vestida de Luna. De luna lejana de planeta más lejano aún. Luna que baila saltándose su órbita a la torera, dando vueltas diferentes e imprevistas y reclamando su cuota parte de cariño, atención y palabras  eufemisticas.
Te abrí la puerta y te saludé con una teatral reverencia y me dijeron que según pasabas a mi lado, agachado como estaba con la excusa de la reverencia, pero fijándome en tus pies en realidad, dejaste caer -indolente- en mi espalda la ceniza de tu cigarrillo.
El baile empezaba a animarse y tu presencia, rotunda, suave y morada,  sólo podría mejorar las cosas. Y así sucedió.

Y tanto fue así que aquél, que en realidad era mi baile, se recordaría ya siempre como el primero de tus bailes, el primero de Los Bailes de Caronte.

Bailes de voz grave, Regius y tiranosáuricos, y no divinos, futuros o radiados, no os confundais. Empezabas a moverte y tus brazos al aire eran como esos gigantes-globo, esos larguiruchos que se mueven a merced del viento, pero exactamente al revés: porque cuando tú te mueves, cuando tú bailas, el aire nace en ti, tú haces que el viento sople y y nosotros te respiramos con avidez, bebiéndonos el aire como el cazador de ostras después de 5 minutos de inmersión.

Y fue que se invirtió de tal modo el orden natural, fuiste una Luna tan magnética y talentosa, que yo, Plutonio Didio Falco, un verdadero héroe de la república, rehusé a mis privilegios -poca cosa, no creáis- por tener la oportunidad de interpretar contigo el dúo lúbrico del toma  y daca. No es un alto ideal, soy consciente, mas donde hay cabeza no manda cerebro y en mi caso este axioma es tristemente verdadero entre mis piernas.

Lo reconozco. Te deseaba tanto que perdí la perspectiva y el mechero y pensé que tal vez el mundo me premiara por invitarte a aquel primer baile, fantaseé con que quizá  tú misma me premiaras (dejándome escribirte un poema lírico, componer una canción o tocarte una teta, soy facilón) pero fui un iluso. El mundo siguió, obviamente, su camino y tú, si alguna vez pensaste en mí, cosa que dudo, fue en los términos en que un conductor piensa en un mosquito  en el parabrisas.


En esas, te secuestré. Serías mi, bom, bom, bom, satélite del amor, o no serías.  Nada. Y me fui lejos, colega, tan  lejos que daba frío sólo pensárselo. Estuvimos gran temporada
 desaparecidos, hasta que un día alguien  descubrió nuestra órbita incierta, nuestro desconcertante baile y nos dio el noveno lugar, me lo dio a mí en realidad, supongo que porque ese tío tan listo que nos descubrió, lo hizo en un lance de esos  en los que tú me orbitabas y yo fui planeta y tú mi Luna.


Más tarde, alguien más listo todavía, supongo que porque nos pilló en algún movimiento sexual envidiable, dijo que yo la tenía tan pequeña que no podía ser planeta y me llamó planeunuco, planeta enano con la picha corta, y ya no fui el noveno nunca más.

Con los tiempos de la igualdad dejamos de ser un planetucho y su Luna, para ser un planeta binario, que es como una unidad de destino en lo universal pero pasado por el tamiz progre de los tiempos.  Éramos iguales, ya, aunque tú y yo lo fuimos siempre, pero ahora una ley nos lo confirmaba. Y ahora... ahora que han llegado a nosotros y nos hacen fotos,empiezan a pensar si no fueron demasiado duros con nosotros.

Bien, pues que se jodan. Seré noveno y tú, luna mía,  serás lo que quieras ser. Sigamos bailando juntos porque, aunque sepan dónde estamos, estamos demasiado lejos, demasiado arriba para el 99% de la gente. Sigamos bailando, Caronte y hagamos el amor. Venga.




sábado, julio 11, 2015

Situación embarazosa en la meseta central


Era el suyo un embarazo delicado. En lugar de albergar a sus hijos antes de nacer, como le pasa a todo el mundo,  Fingida Missela, mediterránea por convicción, a quien le sientan mejor las chanclas que los tacones, se quedaba embarazada de sus primos Segundos, lo cual dificultaba... No, dificultar no es el verbo... complicaba las relaciones familiares.


La primosegundez, como todo el mundo sabe, es un grado de parentesco que la gente olvida con facilidad. Si tu primo segundo es un pelma, o si está buena y tiene buenas tetas, uno está dispuesto sin problemas a olvidar el parentesco. Pero si a tu primo segundo, además de ser un señor de Soria, le has llevado en tu seno... Es diferente. Si el bicho lo llevas dentro, acabas por cogerle cariño, podríamos aventurar. Ese, por decirlo en pocas palabras, era el asunto de Fingida Missela, que como se preñaba de señoritas de Ciudad Real o señores de Soria, y les tomaba cariño, acababa decepcionando, por cuestión de celos, a su familia más próxima, una familia un poco idiota, todo hay que decirlo.


Fingida, Fingy (pronúnciese "finyi") para algunos de sus amigos, albergaba otras peculiaridades en cuanto que gestante: paría personas adultas con lo que sus embarazos  la deformaban espectacularmente. Ella apenas levantaba 155cm del suelo, y estaba muy bien facturadita, tendiendo a mollar, así que si se quedaba encinta y lo que le crecía allí dentro era un transportista navarro de 93kg. (con sus tatuajes y todo), como le pasó el año pasado, a nadie le extrañará que guarde cama desde el tercer día de gestación. Afortunadamente, este delicado embarazo que ha traído  a Fingy a nuestras páginas, no era el de Fermín, el transportista antes citado, sino que en esta ocasión, nuestra heroína alojaba a una pizpireta modistilla de Zamora.


Sí, amigos, a mí también me pasa, yo también me lo pregunto, porque no es demasiado normal, aunque el pensamiento políticamente correcto nos aconseje no usar este adjetivo -"normal"- que una mujer dé a luz primos segundos adultos que sean de algún sitio antes de nacer. Así que se lo pregunté.


- No lo sé -dijo sorbiendo por la nariz - pero es que yo lo noto, igual que otras mujeres notan que sus hijos dan patadas, yo noto que son de algún sitio.


Eso es lo que dijo. Yo ni quito ni pongo. Menuda gilipollez.


Otra peculiaridad de Fingy es que no necesita echar un polvo para embarazarse, préñase sólo cuando se le olvida ponerse bragas y llueven ranas, no me preguntes  porqué . Y no le preguntes a ella, que está como un cencerro.


Y, para que no quede en el aire. El embarazo era complicado porque la modistilla de Zamora, en lo tocante a aficiones, no era manca, sino manitas y, en lo que esperaba para nacer, era muy aficionada al ganchillo, y tejía kilómetros de primores y todo ese tejido -y los tintes- dábanle acidez e Fingida Missela. Y las agujas no le daban acidez, sino pinchazos.
Y eso es todo lo que puedo decir sobre el milagro de la vida.

viernes, julio 10, 2015

Me llamaste

Supe que tu vida era ya otra vida, ajena a mí y mis circunstancias y que pensabas sostener nuestro vinculo común sin contar conmigo.
Pero, de repente, me llamaste.
Apuesto a que ni siquiera tú te lo esperabas, pero me llamaste. Después de ignorarme durante años, de repente, te sentiste mal, quizá sola, o puede que rechazada... Y por alguna extraña razón -bendita extrañeza - de entre todas las personas que tenías a tiro... me elegiste a mí.
Me llamaste.
Y yo creo que no es casual. Casi nada es casual. En algún lugar de tu sorprendente cabecita, debajo de tus rizos,  cerca de tus orejitas, junto a tu naricilla descarada, alrededor de esos labios que, tarde o temprano tendrán que fundirse con los míos en nuestro primer gran beso aún pendiente, o quizá en la zona cercana a esa nuca que sí que he acariciado, besado e incluso he visto estremecerse mientras mis manos o tus pies hacían otras cosas... En algún lugar de los nombrados, tú supiste sin dudar que siempre me tendrás, dispuesto, predispuesto y enamorado como un colegial a recibirte en mis brazos, física y espiritualmente, cuánticamente, sexualmente y que después de hacerte el amor, querré quererte, hacerte confidencias, los dos exhaustos, desnudos  y entrelazados, tu fumándote un pitillo, yo alternando chistes malos, cosquillas y besos a traición. Se trata de no dejarte pensar. Que no pienses en quiénes somos. Que no tengas tiempo para valorar lo gordo que estoy. Que no pienses en aquellos a quienes, inevitablemente, herimos. Que critiques mis opiniones, pero que me dejes, de cuando en cuando, bucear bajo las sábanas y leerte la cartilla del placer, y enseñarle los dientes a tus labios.
Me llamaste. Y quizá porque tú y yo estamos predestinados, que deberías dejarte llevar... Un poquito, al menos, dejar que me acerque, explicarme esas cosas tuyas,  que sabes que las aprecio como nadie, dejarme pistas, ser un poco mía, ser el ángel y el pez discreto que nada libre por la mar océana de mis inmensas ganas de ti. 
Esto es lo que me gustaría. Y la decepcionante verdad es que llamaste... Y me olvidaste, cruel, otra vez.
¿No podrías olvidar que me detestas?
Me llamaste...

sábado, junio 06, 2015

Los dioses no beben cerveza.

Me presento, si no os molesta.

Yo soy Átomus Linch, un diosecillo vulgar, que salta de nube en nube, con fornidas deportivas de colores feos y llamativos y las piernas depiladas y morenitas; soy Átomus, el de la Duda Sempiterna, el  que se persona en la puerta de tu casa vestido de ridículo ciclista pedestre,  en el momento menos oportuno, pretendiendo que le juzgues (con todos los pronunciamientos favorables) cuando tú... tú... tú sólo querías hacer pis.

Átomus, el que no desfallece, el pesado de las largas cartas y el tema único.

Átomus, perdida y tozudamente enamorado de ti.

Quisiera emprender un viaje iniciático hacia el centro de nosotros mismos y sólo tú, mi diosa esquiva, la que siempre me ignora y resiste, me puedes acompañar. Caminaremos, si conmigo vienes, por las altas y nevadas cumbres y los caminos más altos de la vieja Europa, y llegaremos al confín sureño y levantino de la tierra conocida, caminando por su orilla cálida, hablando de esto y de aquello, y guardando silencios largos en compañía, compartiendo nuestra mutua e incompatible atracción, resolviendo por la vía rápida el recelo que, contumaz, nos asola.


Y en llegando al gran sur, te invitaré a una cerveza. Puede que no te apetezca, como a mí. Puede que la bebas de todos modos, simplemente porque eres una diosa cordial, y hablemos de cualquier cosa que no tenga que ver con lo que en ese momento nos apetezca debatir. Quizá intente convencerte de algo en lo que yo no creo, sólo por ver si la confrontación seduce tu atención y te quedas un rato discutiendo conmigo. Conmigo, ¿entiendes? es lo único que importa de todo esto, la única palabra que importa: conmigo. No creo en Dios, la grafología, ¿ciencia o estafa? los museos ¿sirven para algo?, el sentido de la vida.

O quizá me quede simplemente mirando al mar, esperando que vengas a mi lado y te pueda cantar lo que yo veo y puedas bailarme tú  lo que sientes a la vista del inmenso mar.

Y entre mis ojos mirones y tus pies dialogantes con las piedras de la orilla, quizá hagamos un milagro. Quizá consigas perdonarme de una maldita vez.

Quizá quieras caminar otra vez por mi pijama a rayas mientras duermes; quizá quieras levantarte a beber un último vaso de agua cuando todos se han acostado, o buscar a alguien que, por favor, te dé aftersun en los hombros y, sin querer evitarlo, acabe apuntalando tus pezones y acariciando y besando las laderas suaves y acogedoras de tus pechos.

Ya lo sabes: Resaca de tantas olas bebidas, marea de tanta ida y venida.

Pero para todo eso, tienen que pasar dos cosas.

1, que vengas conmigo, y 2...

... que los dioses aprendan a beber cerveza.

(quizá tú les quieras enseñar)



jueves, mayo 28, 2015

Todo está lejos

Hm... todo está lejos.
Hay un camino, un senderillo, vamos, que arranca justo donde todo el mundo cree que el asunto ha terminado por el que me gustaría llevarte.
Olvida lo anterior porque ya no sirve para nada. El asunto sería que partiéramos de cero, rollo borrón y cuenta nueva, y que pudiéramos sencillamente caminar, avanzar cuando estemos fuertes, descansar cuando fuera preciso y desviarnos y perder tiempo en esos recodos que tanto nos gustan y que se prestan a la holganza.
Nada extraordinario, ya lo ves. Pero estoy tan cegado por las piedras que nos impiden caminar que, sencillamente andar y rozar tu hombro, tu cadera, de vez en cuando, me parece hoy el paraíso. Pero toda la mierda que no pudimos esquivar entonces, lo pringa todo hoy y su hedor y su pegajosa y odiosa presencia me están tocando la moral.
Puede que yo me equivocara entonces, seguramente tú también, pero ¿no es esta media docena de años castigo suficiente? ¿Serán las cagadas de antaño las que impregnen nuestras vidas en adelante?
Es como si no pudiéramos revivir. Y a un fin de semana feliz, libre de basura, al menos, sigue un mazazo que nos deja sin sentido. Te veo sonreír en las fotos del teléfono y el mundo gira alrededor de ese instante. Quiero pensar que soy yo el que te hace sonreír. Quiero que vuelvas.
Y al fin, todo está lejos. Tú estás lejos, la felicidad está lejos, hacerte el amor está muy lejos. Estoy lejos no ya de mi mejor yo, sino de un yo medianamente aceptable.
Esta lejos la vida que debería estar viviendo. Todo, absolutamente todo, está lejos.


Entonces, ¿podrías, tal vez, acercarte?

viernes, mayo 01, 2015

Tenemos bastante.

Quisiera contar, antes de que se me olvide, lo de aquella vez que me invitaste a aquello que tanto te apetecía a ti y  a mí, bueno, no me parecía del todo mal.
Estaba en el taller de tu marido, a donde había llevado el coche de mi mujer porque tenía un problema de encendido. Era tu marido el que arreglaba los coches, pero a ti te gustaba estar ahí, al menos en los primeros momentos, cuando el cliente dejaba el coche y tu presencia ayudaba a los clientes a tranquilizarse, como unos padres novatos que dejan a su hijo por primera vez en casa de un compañero de clase  y respiran aliviados al ver que la madre del amigo de nuestro vástago es un ser humano perfectamente normal.
Tu papel era ese. A las mujeres, les tranquilizaba verte como igual y a los hombres, bueno, tranquilizar no es la palabra, pero nos gustaba mucho verte ahí. Era mejor así, entregarte a ti el coche no podía compararse a dejárselo a tu  marido, gran mecánico, sin duda, pero más triste que la música de semana santa. Tú, mi querida tú, eres purito rocanrol.
Así pues, el coche de mi mujer tiene un problema con el encendido, signifique esto lo que signifique, y yo entro en el taller buscándote con la mirada y oh, no estás.
Hablo con el enjuto Benny, tu marido, e intento -sin mucho éxito- explicar la situación. Benny, de todos modos, asiente con educación.
- Hagamos una cosa - me dice-, tú ponte al volante y arrancas cuando te avise. Abre el capó.
Benny mira el capó abierto con la expresión de quien reconoce un territorio conocido. Yo tamborileo con los dedos en el volante esperando a que alguien me indique algo que hacer y oigo tu voz.
- ¿Qué le ha pasado al coche de Lara? - porque, caramba, Lara y tú sois buenas amigas y conoces bien su coche.
Qué bien hueles Lena, es lo primero que pienso, y hay que ver lo bien hecha que estás, lo segundo, así que, apoyándote en el techo del coche, te asomas al interior por la puerta abierta.
- Problemas con el encendido, parece. Benny sabrá, él es el experto.
- Arranca, Wolffo, porfa, y déjalo al ralentí- dice Benny con amabilidad
Obedecí, feliz, de poder hacer algo, así que arranco y trato de oír no sé muy bien qué y tú te vas con Benny el triste, a mirar el motor.
- ¡Ajá...! Ya lo tengo - dice B.-, Wolffo, deja el coche en marcha y ven a mirar.
A mí, os lo juro, me importan más bien nada el motor y sus relativos, pero Lena y du olor a cielo de sexo es otra cosa y me pongo allí, medio detrás  de Lena, inclinados los tres sobre el motor, como si repartieran pollo frito, y pongo, al principio sin intención una mano sobre su hombro, su espalda.
Algo, no sé qué, me dice que mi mano ahí te agrada, así que empiezo a dibujar circulitos con el índice en tu espalda. Suave. Recreándome en la subida y la bajada, en la presión que abre y cierra cada circulito.
No es que me lo parezca, es que te veo estremecerte en sensuales escalofríos apenas disimulados para que Benny no se cosque; te encoges de hombros mientras cierras los ojos y el rubor ilumina tu rostro.
Benny se extiende en pelmazas y entusiastas divagaciones sobre el encendido electrónico, su historia y circunstancia, mientras tú y yo, golfamente, ponemos la semilla de nuestra infidelidad.
Estoy detrás de ti, a tu izquierda, y mi mano derecha baja a la zona de tu cintura  y de repente, sin mover un músculo de la cara, ni del resto de tu cuerpo, tu mano derecha, en astuta y eficaz contorsión, atrapa mi mano sobeteadora y la presa es firme y atenazante. Lo que me transmite tu presa es: No te pases, muchacho. Pero para mi sorpresa, y espero que para la del lector, tu mano dirige la mía, apresada, hacia tu culo, el cachete derecho, exactamente, invitándome sin ambages a palparlo, sopesarlo, pellizcarlo, palmearlo y en fin todas esas cosas que nos gusta hacer a los tíos con los culos y no me preguntes porqué. Podríamos hacerlo con los codos, pero centramos nuestro interés en culos, senos (situados, en número de dos, en la zona anterosuperior del toreo femenino), muslitos y ese tipo de cosas. Tampoco sabría dar una explicación satisfactoria a este comportamiento.
Establecida esta verdad, mira cómo sonrío, mi mano en tu trasero mi libido en la luna, por lo menos.
- Lo siento mucho -dice Benny, bajándome al mundo mortal-  tengo que quedarme el coche, ¿tienes cómo volver a casa?
No tenía ganas de caminar, pero me hice el remolón y tú lo pillaste al vuelo
- Yo te llevo y así me tomo un café con Lara
Por alguna razón, el hecho de que tú fueras infiel a Benny, me parecía correcto, quizá porque el beneficiado -o uno de los beneficiados- era yo. Pero el que surgiera el nombre de Lara en la ecuación, vaya, me incomodó un poco.
"Podrías haberte callado, bonita", es una frase que resume bastante bien mi estado de ánimo.
Me subí a tu coche un poco a regañadientes, pero me subí, porque, bueno, si mostrarme digno supone pegarme una caminata gratis, prefiero parecer un tipejo y que me lleves tú, que hueles a gloria.
Tu coche es muy cómodo. Pero no bien hemos recorrido unos metros y  tomamos la primera bocacalle, me cedes el volante.
Prefiero mirarte, pero me prometes que va a valer la pena el cambio.
Te descalzas y pones los pies en el salpicadero, cosa que no me gusta, además de contravenir el código de circulación. Me miras y me dices que no sea tieso
- No soy tieso, es que no me gusta eso... Y te pueden multar
- Vamos... sé que te gustan mis pies
- Hm... ¿qué...?
- Que te ponen, te he visto mirarlos.  Te conozco.
Y, sin entrar en detalles, diré que me hizo unas bonitas y satisfactorias suertes, que lo fueron desde el punto de vista físico, mental y espiritual.
Que llegó a mi casa y que habló con mi mujer, con Lara, y se dedicaron al juego al que siempre se dedican cuando estamos los tres juntos: reírse de mí.
Y es curioso que ella quiere a Lara. Igual que yo. Que no quiere a su maridito, Benny, igual que yo. Pero ella no me quiere a mí. Igual que yo, que tampoco me quiero demasiado. Y yo la quiero a ella, igual que ella.
Tenemos mucho en común. No es sólo sexo. Tenemos bastante, los dos, y mucho en común.

viernes, abril 24, 2015

Emma está en las nubes






Ella apenas sabía nada. Yo tampoco.

Yo sabía algunas cosas, de todos modos, y nunca me dio por pensar si ella las sabía o no. No sabía si ella sabía las cosas que yo sabía. pero es que no me importaba. Entonces esas cosas, sencillamente, no importaban.

Emma era preciosa. Siempre fue una niña preciosa. Emma era la conquista mítica.

Emma, quiero pensar, soñaba casi siempre despierta y yo soñaba con Emma, y nunca a nadie le dije nada, por supuesto a ella menos que a nadie, y no creo que nunca tuviéramos una verdadera conversación.

Cuando me di cuenta de su existencia (cuando empezó a rellenar los vaqueros y los jerseys) yo era demasiado mayor, ella era demasiado pequeña. Dos años de diferencia, una eternidad. De ser una niña preciosa, pero una niña pecosa y flacucha, pasó a ser una chica levemente despampanante en cuestión de semanas. Un día, al salir a la calle, vi jugando a la goma a un grupo de niñas en uniforme colegial. El más habitual era el del Sagrado Corazón, azul marino y blanco, pero no era el único. Uno de las señales de la primavera en el Madrid de los últimos 70, era que las niñas jugaban sin abrigo a la goma. Con el bocadillo en una mano y sujetando con la otra el vuelo de la falda del uniforme, un gesto tan natural como inocente, cantando esas canciones que acompañaban esas complicadas (para los chicos) suertes que las niñas hacían con los pies y las gomas negras. Canciones de ritmos monótonos y letras amaneradas y llanamente estúpidas. En fin, por alguna razón que no consigo recordar, casi todas las niñas llevaban el uniforme del colegio, pero Emma no. Llevaba unos vaqueros claritos. Llevava puesto un trasero magnífico.Se había calzado unos estupendos muslos de curva peligrosamente suave. Y así, por encima, como si no importara la cosa, se colocó dos maravillosos pechos, dos regalos obstinados y levemente puntiagudos bajo su blusa blanca. Ya no tenía aparato corrector en la boca. Ya no me dejaría indiferente nunca más. Glups.

Y, amigos, sin el uniforme del colegio, Emma se reveló como un auténtico y genuino pimpollo reventón. De repente no era una niña flacucha, la amiga de los pequeños, la boba que apenas aparecía. Era una chica interesante y sensual, que nos ponía nerviosos a los memos que nos sentábamos a ver jugar a las niñas en uniforme.De pronto ya no estábamos atentos por si alguna se caía y se le levantaban las faldas. No sé los demás, pero yo miraba a Emma, la forma en la que su pelo rubio saltaba de un lado a otro, la perturbadora manera en que ella se quitaba el pelo de la cara.

De un modo u otro, Emma debió darse cuenta de su nuevo magnetismo, del poder de sus nuevas armas de mujer. porque si, hasta entonces, me había hecho poco caso, correspondiendo tal vez al poco caso que yo le había hecho hasta entonces, a partir de entonces me ignoró por completo. Yo revoloteaba como un colibrí nervioso, olisqueaba sus alrededores como un perrillo maltratado,la miraba como un detective aburrido, y ella seguía viviendo su vida completamente al margen de mi idiocia adolescente.

-.-

Emma y yo vivíamos en el mismo edificio, pero en portales opuestos. En calles diferentes, incluso. Pero las casas de ambos, además de al exterior, compartían un patio interior al que daba la habitación de Emma y la habitación de mi hermano mayor donde,además, estaba el tocadiscos y el amplificador al que podía enchufar mi guitarra. Así, si me asomaba a la ventana de la habitación de mi hermano, estaba a apenas 7 u 8 metros de la habitación de Emma.

Durante años canté para ella, le envié mensajes en aviones de papel, la miraba descaradamente y lanzaba clips a su ventana para que me viera como un tonto, mirando, entregado, a su ventana,con la esperanza de que ella mirara y me viera enamorado como un dibujo animado. Menos mal que, si me vio, nunca me dejó saberlo, porque nunca supe cómo reaccionaría yo mismo si ella me pillaba mirando como un idiota.

Estuve muchos años coladito por una niña que ya no era una niña (salvo en mi cabeza) porque dejé de verla cuando ella se cansó, supongo, de mi carita de corderito degollado. Como un ser etéreo, ella estaba en las nubes, ignorante no ya de mi colgadura, sino de mi existencia incluso.Ella siguió su vida sin mirar por la ventana, y yo seguí con la mía,en serio, pero nunca dejé de mirar por la ventana.

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Me casé y todo eso... y un día, me separé. Durante unos meses, volví a la casa de mis padres y sin esperanza alguna, pero como el actor que vuelve a pisar el escenario que le lanzó a la fama en otro tiempo, volví a mirar por la ventana. Metódicamente primero. Desordenadamente después. Supongo que Emma no estaba ya allí desde hacía muchos años, que como yo, como todos mis amigos,o casi todos, habría partido a vivir su vida, pero para mí Emma estaba en la misma nube. Con sus vaqueros claritos, con su bocadillo y su coleta, contestado un tanto hastiada a su madre desde su cuarto. Yo miraba esas cortinas blancas y me parecía vislumbrarla brumosa y lánguidamente detrás, como flotando en un tiempo detenido y añorado. Un tiempo en el que yo era alguien. Quizá era alguien para ella, también. Nunca la volví a ver.

-.-

Ahora han pasado un montón de años. Una verdadero montón de años que me han golpeado,a mí y a mis contemporáneos, seguro,comoun martillo pilón. Estoy físicamente deteriorado como nunca imaginé que lo estaría. Tengo una buena vida. Me quejo mucho, pero en conjunto no es una mala vida. Podría ser más cómoda,más glamourosa,más... muchas cosas, pero también podría ser mucho peor en muchos aspectos. Ell caso es que hace un par de años, quizá, volví a mirar por la ventana. A través de facebook busqué en los perfiles de mis amigos de entonces a Emma, imaginando cómo sería, pero viéndola siempre en su eterna nube de los 16 años, bella como un amanecer nublado, virgen como un amanecer nublado, fría como un amanecer nublado.

No la encontré.

Esta tarde, una muy querida amiga me ha dejado un mensaje en el Messenger de Facebook que decía: "te entreraste de los de emma?"
Y no, no me había enterado, pero me temí lo peor. Resulta que Emma viajaba en ese avión. Sí, en ese avión. En ese maldito avión con ese malnacido al mando. Me he quedado de piedra.

          (de El País, ligera, ligerísimamente modificado)

Emma consultó por última vez el WhatsApp el martes a las 9.49. Estaba ya en el aeropuerto del Prat y probablemente dentro del avión. Pudo apurar el uso del móvil gracias al retraso de 20 minutos que acumulaba su vuelo a Düsseldorf, aunque ese no era su destino final. Iba a Manchester, a buscar al mediano de sus hijos, que el viernes concluía un Erasmus allí. Y había convencido a su madre y a su hija para que la acompañaran. Aprovecharían el viaje para hacer algo de turismo.
Vivía en Sant Cugat (Barcelona) con su marido y sus tres hijos desde hacía una década. El martes hacía un mes que habían estrenado piso a 500 metros de donde habían vivido hasta entonces. Allí había establecido fuertes vínculos con vecinos, con otros padres del colegio donde estudiaron sus hijos —el Santa Isabel— y con sus compañeros de pádel, el deporte que practicaba. También compartía con sus amigas salidas a esquiar o jornadas de cocina. Con un círculo muy próximo de amigas tenía pendiente una salida de fin de semana que intentaba arreglar. Probablemente ella también organizó el desplazamiento de su madre de Madrid a Barcelona antes de partir a Alemania.
La hija de Emma, Emma también, de 12 años, era (nadie es perfecto) orgullosa fan del Atlético de Madrid.


Y Emma, la preciosa e inolvidable Emma, está, ya para siempre, en las nubes. Te veo allí.



Yo, a pesar de que me impresionó, conocía muy poco a la Emma niña. Y menos aún a la Emma mujer, pero seguro que le parecería bien esta canción para este momento. Mírala y escúchala si tienes 5 minutos. Y si conociste a Emma. Y si te emocionan las cosas sencillamente hermosas.