Hace unos años, a alguien más listo que tú y que yo, Josele, hablando del asunto de las prespectivas económicas de los países en vías de desarrollo y la protección del medio ambiente, se le ocurrió el concepto de “desarrollo sostenible” y desde entonces, hablamos de la sostenibilidad. Como es una palabra larga y que suena bien, que parecía nueva y estaba -colateralmente- relacionada con el medio ambiente, los bobos y los ecologistas, valga la redundancia, se enamoraron de su eufonía y la adoptaron como propia.
Un ecologista, en esencia, es un ser humano que se esfuerza en demostrar que es tonto (como si hiciera falta) y que no tiene cerebro, y el poco corazón que tiene lo emplea en preocuparse por las langostas de África y no por los humanos a los que esas langostas impiden progresar, porque arrasan sus sembrados.
Un ecologista como dios manda está en contra de la globalización, Josele, porque hay que ver lo mala que es. Para un ecologista (ser humano desprovisto de cerebro y prácticamente de corazón, como hemos visto) la globalización es que Nike venda en Swazehilandia a 100 dólares zapatillas hechas por niños de tres años violados por capitalistas amercicanos bajo amenazas de muerte en Tururulandia.
El buen ecologista, es idiota netamente, sin descuentos, y sabe que la crisis económica que vive el mundo es una crisis del capitalismo, que es un modelo agotado (¿?), y que es causada por la avaricia de las entidades financieras americanas y los sueldos altísimos que pagaban a esos mendrugos a los que, irresponsablemente, entregaron las riendas de la economía mundial, cuando podían habérselas dado a mentes preclaras como la de Kofi Anan, Michael Moore, Mayor Zaragoza, Al gore o el mismo Cándido Méndez, a quien adoro, Josele.
Si eres como hay que ser, ecologista, sostienes que el cambio climático “es una de las causas de la recesión” y que, por lo tanto, la forma de salir de la crisis es con una “economía sostenible”, como si "la sostenibilidad" fuera una cosa que se coge para salir de un sitio, como se coge el bus para salir del centro de la ciudad, el avión para salir de un país o las de Villadiego, para salir por patas de un problema iracundo.
Un ecologista, como vemos, eres tú, Josele, que no eres más tonto porque ya no es posible. Puedes pregonarlo más ampliamente, hacer que perdure eternamente tu tontuna, ser universalmente idiota, pero no puedes ser más tonto. No es posible. No cabe tanta tontez en una sola persona, aunque esa persona seas tú.
Por eso no sabes que la sostenibilidad es un concepto económico y no “medioambiental”. La sostenibilidad habla del avance económico sostenible de los países en vías de desarrollo, de hacer que ese desarrollo económico, basado en la explotación de los recursos naturales y propios de una zona, se sostenga en el tiempo (es decir, sin acabar con esos recursos), no de no usar según qué insecticidas o pesticidas para no matar mariposas. Lo que ha de sostenerse es el desarrollo humano (económico) de una zona, sus posibilidades de progreso, de supervivencia, y no el número de focas, o lo bonita que le resulte al europeo de turno, que va allí de vacaciones a limpiar su conciencia, la selva tropical. Sostenible no quiere decir ecológico o natural, quiere decir, simplemente, que se puede sostener a lo largo del tiempo.
Debería estar prohibido usar la palabra “sostenibilidad” fuera del ámbito que le es propio: el de la lencería femenina. Ese cruzado mágico de Playtex sí que era un prodigio de sostenibilidad. Por eso, cada vez que te oigo hablar del cambio climático y la sostenibilidad, Josele, me dan los siete males. Porque sencillamente, hijo, tu discurso tan pomposo, tan solemnemente vacuo y tan, tan, tan... sostenible, resulta que no se sostiene.
viernes, septiembre 25, 2009
esa insostenible sostenibilidad (sostiene wolffo)
lunes, septiembre 21, 2009
lorna del sur
Vale, no hay que ser un lince para saber que no, que no es eso, por dios. Como digo, ella pasea descalza por el litoral y sus pies, a veces doloridos, en contacto con las piedrecitas, preguntan a la Madre Tierra si acaso son ellas de allí o si el mar las trajo del otro lado del planeta; porque su piel sabe que de los habitantes de este mundo, quizá sean las piedras los más antiguos y, por lo tanto, casi con toda seguridad, los más sabios y los que mejores historias nos pueden contar.
La hoguera en mitad de la noche nos da calor y, sentados a su alrededor, contamos historias casi tan viejas como las mismas piedras, y la brisa nocturna nos disuade de seguir por mucho tiempo despiertos. Cuando decido levantarme y acostarme, la noche no ha terminado, aunque languidece, y mi cuerpo me está pidiendo un poco de descanso.
La brisa me obliga a acurrucarme y a esconder mis manos en las axilas, entre las piernas, y el sueño relaja mis músculos y me deja en pocos minutos en total estado de quietud. Apago las alertas, me duermo profundamente y, en mis sueños, mis perores sueños, Lorna se está yendo. Ha tenido un ataque de sensatez y se va. Y cuando trato de sujetarla, de hacerla recapacitar, de convencerla de que se quede a mi lado, ella da un paso atrás, me mira con incredulidad, como negando con la cabeza. Es entonces cuando tomo consciencia de que estoy en la calle, desnudo y desamparado, en medio de la gente, vestida, socialdemócrata, normal. Me miran con desaprobación, y me dejan claro lo poco atractivo que resulto en pelotas; pero lo peor es que Lorna no me desaprueba, sino que sonríe, suficiente y letal, y me dice:
- Para que eso fuera posible, tendría que estar loquita por ti… -me dice, distante- y mírate, por favor: ¿cómo voy a estar loquita por ti?
Me miro yo mismo con ojos distantes y no soy capaz de imaginar que nadie esté loquito por mí, así que levanto la vista y veo a Lorna alejarse y no puedo seguirla, porque mis pies se meten en la tierra, como raíces, y ahora soy un árbol, viejo, grande, frondoso y de pies inmóviles y con mis ramas digo adiós al ritmo de los latidos de mi corazón herido, pero ella no parece darse cuenta de que me estoy moviendo por ella, y piensa que es el viento, y que ya cambiará.
Despierto ene se momento, bañado en sudor, y la brisa o el viento ya no me sirven de nada. Necesito respirar aire fresco. Salgo al exterior y veo a Lorna, de pie en el muelle, con el alma suspendida ene l tiempo y la mirada absorta en la luna llena de la madrugada.
La abrazo.
Ella, al principio, se deja abrazar, pero pronto se abandona al placer del abrazo sensual, firme y tierno. Así como yo siento los vértices de su pecho clavados en mí, sé que ella me siente y aprieta sus caderas contra las mías y quiere atrapar ese instante eterno. Nadie sabe porqué los amantes saben instintivamente hacia qué lado han de inclinar sus cabezas cuando sus bocas se unen, fruncidas en un beso voraz, pero ocurre así desde siempre. Mis manos, ávidas, recorren su espalda y ella me lleva a la espesura del bosque.
Camina delante de mí, asiendo en su mano delicada la mía, un poco ajada; seguirla es un placer. Veo como sus piernas contonean su espalda y su nuca no sé a dónde me lleva, pero me atrae, así que por un segundo, la detengo, la abrazo por detrás y beso allí, justo de tras de la oreja y mi mano se detiene en su vientre y estrecho su cuerpo breve, vibrante, ardiente, contra mí.
Lorna se tiende sobre un lecho de hojas tiernas y durante un rato nuestros cuerpos se limitan a estar juntos, pegados, ansiosos. Soy consciente de ti, Lorna, desde tu frente despejada, tus ojos de hierba llenos de luz, tus labios deseosos de besos eternos, tu cuello de cisne y tus hombros pecosos como un traje de gitana; muerdo la cima de tus senos, la punta de tus pies y no sé cómo, mi cabeza está entre tus piernas y yo estoy frente al centro del universo.
Es profundo y suave al tiempo, un lugar al que llegar y en el que perderse; está cerrado, pero paso la lengua por el cauce y la espesura se abre, tierna y frondosa, como una selva tropical, rebosante de vida; arqueas la espalda como un delfín juguetón y tus manos me quieren raptar y me aprietas contra ti y, por un momento, creo que es otra fase del sueño. Uno distinto, más vívido, más real, pero también más improbable.
Porque, de pronto, no estás.
De repente… no estoy.
La luna se ha marchado y todo es como si nada hubiera sucedido.
Quizá suceda, tal vez nunca llegue a ocurrir. Pero siempre, como la espada de Damocles, estará sobre nuestras cabezas la incertidumbre.
Estamos condenados, pero no sabemos bien a qué obedece esa condena. Ni en qué consiste. ¿Condenados a amarnos o la condena consiste en no tenernos jamás?
¿Me lo dirás, Lorna?
el sábado, 26, a las 23:15,
Los Ciclones en directo
en el Auditorio del Parque de Berlín,
c/ San Ernesto, 28002 MADRID
METRO: Concha Espina. BUS: 16 , 29 , 43 , 52 , 7 , 120
¡Os esperamos a todos!
viernes, septiembre 18, 2009
guarriquicos modenados: el sabor del fracaso
Siendo yo quien soy, huyendo como del diablo del pasillo de quesos del súper, me encuentro de cara, sin anestesia, con lo más irresistible que existe para mí en el mundo si dejamos aparte los senos generosos y los muslitos de una mujer que haya dejado atrás la cuarentena: una oferta en la sección de carnicería.
En serio, nada capta más poderosamente mi atención, nada excita más mi imaginación calenturienta, que el rótulo cuidadosa y primorosamente manuscrito (el mercado tradicional, y el del supermercado, ha surtido de grandes rotulistas al mundo del cine, por ejemplo) de una buena oferta en carne. Tranquilidad: llevo más de 30 años haciendo la compra y no se me engaña fácilmente. Yo sé lo que cuestan las cosas (la cebolla, los pimientos, el chorizo cular, el azúcar, los yogures, el papel higiénico, la cerveza, las alitas de pollo -¡ay, si yo os contara de las alitas de pollo…!- los bolis bic, una mamada, el paquete de lucky, medio gramo –de azafrán, cuidado- el café, las púas o un asesinato sin testigos) y no se me engaña con hábiles promociones publicitarias. Sé cuándo estoy pagando un céntimo de más y cuándo me estoy ahorrando ciento, y cuanto más llamativa es una oferta, tanto más vigilante está mi alma cofrade del puño y podéis creerme: haciendo la compra, no es fácil llevarme al huerto. Muchas compras he hecho de carritos llenos a 3.000 pelas (18€, para los jovenzuelos), porque no me podía permitir más, como para que me la peguen con un antes tanto y ahora cuanto.
De modo que ahí me tenéis, andando de forma tranquila, pero decidida, empujando mi carrito con la determinación de los héroes anónimos y las piernas arqueadas, como el mismísimo John Wayne hiciera junto a Río Bravo, pero yo entre los lineales de aceite/vinagre y el de cerveza, hacia el mostrador de carnicería con una sonrisa de suficiencia en la boca y esperando que Germán, el carnicero, no note la excitación que me ha producido ya la jugosa oferta. Pero si yo soy perro viejo comprando, Germán me supera con creces desde el otro lado del mostrador, y es un demonio infalible calificando psicológicamente al incauto comprador.
- Ya tardas… - me dice seguro de sí mismo
- ¿Por…? – trato, en vano, de disimular, de mostrar una serenidad que disto mucho de tener- ¿es que hay algo nuevo…?
- Caretas fuera, Wolffo, que ya peinamos canas en esto… - y sin esperar a que lo confirme, toma el pedazo de carne que yo iba a pedir y me dice: - Kilo y medio en un trozo y un kilo en librillos, ¿no?
Porque, hora es ya decirlo, hombre, la oferta era la cinta de lomo fresca a 4,49€ y, en efecto, yo quería un kilo medio en un trozo, para asar y un kilo en librillos para hacer alguna delicatessen, pero como me joden los listillos (por eso yo me jodo tanto a veces), le digo:
- No, Herman (pronunciado con hache aspirada, y cambiando el acento de sílaba), no quiero librillos… - y entonces, en uno de esos momentos gloriosos en los que sientes que tienes la sartén por el mango, mientras saboreo su desconcierto, improviso una salida – Esta vez me vas a poner ocho filetes, solo ocho, pero gorditos, de unos dos dedos de grosor…
Porque en la décima de segundo que transcurrió entre las decisiones de darle un corte al fraile que había sido previamente cocinero y encargado de letrinas y ladronzuelo y listillo en general, y verbalizarlo, se hizo la luz en mi fértil imaginación de cocinero porquenomequedaotra.
Lo sabía: sabía cómo sería el plato en mi cabeza y sólo hacía falta comprar un par de cosas para llevarlo a cabo. Compré un pimiento rojo, que era lo único que no tenía en casa para cocinar el plato que ya bullía en mi cabeza y pasé como una exhalación por la caja porque en mi cabeza, tan fértil como mal peinada, ya sólo existían los Guarriquicos Modenados, y con esa idea fija, con ese objetivo gastronómico marcado a fuego en mi terco espíritu, aliñando mi alma cocinera, me dirigí a casa como poseído por el demonio de los fogones.
Salieron mis hijos al paso, a preguntarme una de las dos preguntas que siempre te hacen los hijos de uno: ¿qué hay para comer? (si es en coche, ¿cuánto falta?, es la otra). Y yo contesté lo que nos contestaba a nosotros mi madre, cuando, de pequeños, la acribillábamos los siete hermanos con la preguntita: Caca de cadete. Mi madre tenía otro latiguillo inexplicable, de carácter castrense también, para cuando alguien tenía una ocurrencia de esas idiotas, lo que luego vi que todo el mundo llamaba “ideas de bombero”, para ella eran ideas “de cabo interino”. Fin de la disgresión.
Salieron mis hijos de la cocina pensando que soy gilipollas y sabiendo que, en este estado, es mejor dejarme solo, y yo, con una mirada posesiva sobre mis dominios (la cocina) me senti cono el señor feudal que dispone a su antojo de cuanto hay en sus tierras.
Pundonoroso, creativo y tenaz, me puse manos a la obra.
El recién comprado pimiento rojo, fue salado y envuelto en papel de aluminio y entrado con la
violencia justa en el mini-horno de encimera que me regaló MariCleria’s para que fuese asándose mientras preparaba el resto del plato y hacía otras cosas interesantes, como ir al baño y sentarse en el trono con el catálogo de MusicStore en las piernas, y soñar con guitarras, bajos, amplis, sistemas inalámbricos, fundas de cuero para las guitarras, etc. Este trámite me lleva entre 20 y 30 minutos y no daré más detalles al respecto.
Al salir, me siento más ligero (¿física, fisiología o psicología?) y decido que una bandeja de horno de base perfectamente circular sería el continente perfecto de los Guarriquicos.
Enciendo el horno (el de verdad, el grande) para que se vaya calentando.
Caliento un chorrito de aceite en una sartén, para que sea más manejable, y cubro el suelo de la bandeja con este aceite.
Cojo una cebolla de tamaño mediano/pequeño, le quito el culo, la pelo y uso el cortafiambres para cortar rodajas semitransparentes de cebolla que me servirán de suelo para los guarriquicos.
Tomo la botella del vinagre de módena (del que no soy fan, precisamente, pero lo compré y hay que usarlo) y salpico un poco la cebolla; añado, además, medio vaso (de los de vino) de agua y espolvoreo la cebolla con un poco de orégano.Es el momento de los filetes gruesos de lomo.
En la misma sartén que he usado para calentar el aceite, pongo un poco más de aceite y espero a que esté muy caliente (humeante) para poner, ya salados, los filetes de lomo. El objetivo es que se tuesten rápidamente, pero sin llegar a hacerse del todo, así que vuelta y vuelta y a la bandeja de horno, sobre la cebolla; cuando están los filetes, se añade, por encima, el aceite en el que se han frito.
Saco del hornito el pimiento, ya asado y lo dejo enfriar, para después, proceder a pelarlo y a cortarlo en tiras. Ahora reservamos mientras se enfría.
Mientras tanto, cojo una bolsa de quicos y la vacío en la picadora (el accesorio picador de la túrmix, en realidad) y lo machaco hasta que se hace una arenilla gruesa, sin dejar que llegue a ser polvo de quicos. Cojo una cucharadita generosa, colmada (de las de café), y coloco amorosamente una montañita de quicos encima de cada filete. Sobre esto, pongo un par de tiras de pimiento asado cruzadas sobre cada filete, también, espolvoreo con perejil, sin cortarme, como si fuera gratis, tapo todo con papel de aluminio y lo meto en el horno a fuego vivo. Quince minutos bastarán.
A la hora de comer, mis hijos esperan con el cuchillo y el tenedor en la mano, apuntando hacia arriba en actitud de “¡date prisa, maldita cantinera!” y los Guarriquicos Modenados son recibidos con alborozo en la mesa.
Tienen un aspecto delicioso y el olor es pornográfico. La salsilla, con la cebolla desleída, el vinagre, el caldo soltado por la carne… está de muerte, pero al hincar el diente a la carne…
Sólo sabe a quicos.
Pero sin la gracia de los quicos, puesto que no es una textura crujiente. Sólo un grueso y jugoso filete de lomo de cerdo con sabor a quicos. La salsa, que no ha sido contaminada por los quicos, está de puta madre, pero los lomitos de guarro no hay quien se los coma. O sea, sí, se pueden comer, si te gusta comer algo que parece un bocadillo de quicos.
Una mierda, vamos.
Mis hijos me lanzan miradas furibundas, pero se abstienen de hablar, sabiendo lo sensible que soy en estos temas pero observo que, sin alzar la voz, separan la cobertura de quicos y pimiento y se comen con gusto la carne. Pruebo yo y la carne está riquísima y no sabe a quicos. Los quicos lo contaminan todo si entran en el bocado, pero no dejan su sabor al resto de los ingredientes. No demasiado.
Imagino que con almendras, cacahuetes, avellanas, anacardos, estará riquísimo, pero con quicos, creedme, un fracaso de lo más sabroso. En fin…
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Os dejo otro rocanrolillo cantado furiosamente por Buch como aperitivo.
(Kotts, en este se ve bien a Buchito)
domingo, septiembre 13, 2009
Termina la temporada de Los Ciclones
En serio, ver a Los Ciclones se está convirtiendo en todo un espectáculo de música, optimista y vigorizante. Este es el último testimonio, el pasado 29 de agosto en Los Hinojosos (Cuenca)
¡Hey...!
Si estás en Madrid, es la forma perfecta de despedir al verano: imagínate respirando el aire viciado (de coches, sí, pero también de churros con chocolate, fritangas y porros) pero
entrañable de la ciudad en el veranillo de San Miguel, con una copa en la mano, tu pareja tocándote el culo, el cielo de Madrid como bóveda y los Ciclones poniendo la banda sonora a este momento único. Y si no estás en Madrid, ¿se te ocurre alguna excusa mejor para venir? Imagínate respirando el aire viciado (de coches, sí, pero también de churros con chocolate, fritangas y porros) pero entrañable de la ciudad en el veranillo de San Miguel, con una copa en la mano, tu pareja tocándote el culo, el cielo de Madrid como bóveda y los Ciclones poniendo la banda sonora a este momento único (deja vú, ¿verdad?)Fiestas de San Miguel
Auditorio del Parque de Berlín
c/ San Ernesto, 28002 MADRID
METRO: Concha Espina. BUS: 16 , 29 , 43 , 52 , 7 , 120
Actualización:
malos "empieces" quieren los gitanos pa sus ninios. Así empezó en los Hinojosos. Afortunadamente, luego la cosa se enderezó...
lunes, agosto 31, 2009
donde deje mi sombrero, ésa es mi casa
Mi hogar en cualquier sitio (de Antonio Vega)
Soy un caracol, asomado al borde de la mesa, para controlar lo que está pasando en el mundo que se mueve a velocidad real. El precedente de este tema es la del hombre de la voz de arena que cantó al amor del pueblo llano y que le decía a su chica que cada vez que se iba se llevaba con ella un cachito de sí, y el que hizo una grandiosa versión del tema de Marvin Gaye. Es un tópico: el hombre sin raíces, el holandés errante, el caracol, el que no es que sea un homeless, es que su hogar es el sitio donde esté, rollo ciudadano del mundo y toda esa basura.
Antonio Vega graba este tema en el disco Anatomía de una ola que, si no estoy muy descaminado, era su tercer trabajo en solitario. Me refiero a ser músico, después de haber sido chico de los recados en una tienda de regalos y de dedicarse a la especulación de valores etéreos en Wall Street.
La canción es una delicia, te pongas como te pongas, Buch. No es lo que estamos acostumbrados a oír de Antonio Vega, pero es muy clásico de su música: una frase musical recurrente, un bucle eterno, roto por un vigoroso estribillo y una letra cuidada y a ratos, de sorprendente poética. Como muchos temas suyos, cuando le coges el aire, es una gozada tocarlos, interpretarlos, porque la sencillez genial que tienen (sencillo, no simple) hacen que se desarrollen en tus manos con tu propio estilo de una forma muy natural.
En esta ocasión, la instrumentación este tema está grabada en sólo dos pistas: una de guitarra acústica y otra de bajo. Y voces, claro, le he puesto un trabajo vocal distinto del que tiene el original, pero es que… no puedo evitarlo. Pero si te fijas en la banda sonora, verás que es asombroso que sólo una guitarra sincopada y un bajo juguetón consigan hacer tanta música.
He vuelto a robar algunos clips de Getty Images y me he sumergido a fondo en el mundo de la animación por ordenador. En Pixar están temblando y ya he recibido unas cuantas ofertas y otras tantas amenazas, porque mi habilidad como animador, como queda patente en esta pieza maestra, es asombrosa. Y como retocador fotográfico, también: el PhotoShop no tiene, como se aprecia en el video, secretos para mí.
Por último, darle las gracias a Susana, que me ha hecho las ilustraciones que se ven en el videoclip. Las buenas, porque los músicos (los palos con mi cabeza), son ilustraciones mías.
Otra cosa que me gustaría destacar es lo mucho que pueden parecerse dos cosas tan opuestas como un Libro Mayor y un buen culo en tanga, dependiendo de cómo se ponga la cámara, ¿no es asombroso?
P.D.:
Oh, no...
Me dice Leticia que Noel Gallagher deja Oasis. Mierda, a mí me encanta Oasis y sobre todo, Noel. ¡Mierda, mierda...!
lunes, agosto 24, 2009
aeropuerto ’09 (la balada de la estúpida odisea, la muerte útil y el duelo vulgar)
Fly me to the moon
Mi querida amiga Kotinussa me convenció para que grabara esta canción. Vale, no es la mejor versión, pero es mi versión, y por eso, querría dedicársela a ella en este día que, si mis cuentas no salen mal, ella cumple años. Añado unas cuantas versio9nes más que, creo, serán de su gusto también y le dedico, asimismo, la historia que viene a continuación. Yo sé que a Kotts lo que más le gusta de mi página es cuando desvarío y la hago reír. Es arriesgado intentarlo, pero espero que ría con esta historia absolutamente disparatada de desastre aéreo y desastre posterior terrestre. Un beso, Kotts, y muchas felicidades.
Sinforoso Delano Rojo murió de la forma más estúpida que quepa imaginar: y este es un post de homenaje a su persona.
Sinforoso era casi obeso, y viajaba de vuelta de Tenerife a Madrid en avión, como todo hijo de vecino: en turista, y en turista (Vuelo 525i de Hem Air Roide, una compañía con fama de incómoda y con una realidad económica innegable: iba de culo) le entró el apretón y se dirigió al baño, digno y apresurado; como siempre, se llevó su novela para tener algo que hacer, algo que ocupara su cabeza, mientras se aliviaba. Imaginadle: concentrado, con los pantalones por los tobillos, los calzones perdidos entre la ropa arrebujada, y los faldones de la camisa hawaiana cayendo a ambos lados de sus gordos muslos, que ocupan sin dejar resquicios el agujero de la taza, su novela en el regazo y haciendo esfuerzos regulares para efectuar la descarga de archivos nocivos. Como mucha gente que sufre de constipación del vientre, un apretón no significa una evacuación rápida, completa y satisfactoria. Sobre todo cuando estás fuera de tu rutina. De tu casa. Significa, de corriente, que has de sentarte, apretar los dientes, las tripas, y sudar la gota gorda para que el asunto fluya. Es un esfuerzo no continuado, sino que, como la inspiración, viene y se va. De repente, Sinforoso lo siente: ¡ahora! Y aprieta con todo su ser durante un minuto para expulsar una canica que, en la poco acogedora taza del avión, suena no al caer al agua, sino al rebotar, como un pimball, en las paredes no inundadas del inodoro. Bien, pues para los interludios inter-aprietis, a veces de diez minutos de reloj, cada uno de ellos con sus sesenta segundos del mismo reloj, un libro es mejor compañía, y ofrece mayor consuelo, que contar las baldosas o la literatura (mejorable) de las etiquetas del desatascador de tuberías.
Como casi toda la gente estreñida, además, a este mal le acompañaba una silente hemorroide que se irritaba y florecía magnífica (como queriendo saludar) cuando las sentadas de Sinforoso superaban los quince minutos.
Por mucho que duela leerlo, e imaginarlo, me debo a la verdad y a ella seré leal en el relato de los hechos que acontecieron a bordo del vuelo 525i. Y por ello advierto a los sensibles de corazón, a las mentes impresionables y a los débiles de tripas revueltas, que no avancen, por favor, en esta crónica verdadera, sí, pero cruda y cruel con la sensibilidad.
Sinforoso el lector, atravesaba en ese momento una época Elmore Leonard, y era la quinta novela del gran novelista americano. A Sinfo le daban esas épocas (las tenía Wodehouse, novelaza histó/érica, grandes sagas, Jardielescas, ingleses de principios del siglo XX, contemporáneos americanos o clásicos personales) y ahora estaba ya a punto de terminar con Leonard, pues estaba un poco harto ya de los arquetipos leonardescos: el poli duro, el prota hiper duro, pero sensible, el malote desagradable y sin sentimientos y el fortachón enorme, chulo, tonto y cobardica. La que ahora devoraba, aquella cuyo canto vibraba entre sus rodillas desnudas mientras apretaba para expulsar un tronquito en ese momento, era Joe LaBrava y a él le gustaría ser como el prota, claro.
Apretaba pues, los dientes, las páginas de Joe LaBrava y las tripas cuando sucedió lo inesperado: de la presión, el cerito dijo que no aguantaba más tensión y se desgarró con gran aparato hemorrágico y sonoro. El grito de Sinforoso no fue pequeño, pero quedó apagado por el descomunal pedo, que fue lo que llamó la atención de Rosita, la azafata, que en ese momento preparaba el carrito de la infamia (el tentempié de abordo).
La tranquilidad de Rosita y el ano de Sinforoso, no fueron lo únicos arruinados por la gigantesca ventosidad: la taza del inodoro, que estaba preparada para las más grandes cagadas, era a prueba de mierda, como si dijéramos, no estaba sin embargo, diseñada para los efectos que el atronador cuesco produjo: unas ondas demasiado potentes para la débil estructura metálica del wáter: como si, en lugar de una hez, Sinforoso hubiera cagado un misil aire-tierra, el pepino mortal, tras dejar atrás el sangrante culo de nuestro héroe, atravesó el fuselaje del avión y cayó, produciendo un mini seísmo marino, en el atlántico, matando una ballena payasa y tres peces-berenjena que le estaban dando la mañana a la ballena, riéndose a sus lomos.
Las consecuencias en la cabina fueron inmediatas: el comandante Mich Tanguy percibió el impacto e interpretó que se trataba de un ataque terrorista, así que le dijo a Marjorie, azafata y, a la sazón, hermana guapa de Rosita, que se levantara de donde estaba sentada (o sea, encima de él) y que iba a confirmar que se trataba de un ataque terrorista.
- Dios mío, ¿y si lo es…? – preguntó aterrada Marjorie
- En ese caso –dijo el comandante Tanguy mirando de forma ausente al horizonte extraño (porque las nubes eran el suelo) pero hermoso (porque se trataba del cielo, al fin y al cabo) - en se caso, Marjorie, si lo que tenemos entre manos es un ataque terrorista, bonita, terminamos lo que estábamos haciendo, que se te da muy bien y así nos despedimos del mundo con una sonrisa.
Pero no era un ataque terrorista.
Aunque sí terrorífico, a juzgar por los daños causados. El agujero del fuselaje hizo ventosa en el culo de Sinforoso y la hemorroide, los intestinos, el estómago y todas los higadillos salieron del cuerpo sin vida de Sinforoso y, en contacto con la atmósfera, provocaron una pequeña, pero letal, lluvia ácida en la costa oeste de El Jadida (Marruecos).
En realidad, no se me ha escapado lo de "el cuerpo sin vida de Sinfo", pero quería resaltar (para facilitar la labor de Grissom y sus muchachos) que murió del pedo, y que cuando se vació como un odre rajado, estaba ya fiambre.
En el avión, superada por el pasaje la conmoción del super-pedo, el comandante Tanguy su puso manos a la obra y dejó que el copiloto, Ramón E.T. siguiera a los mandos del avión, exactamente igual que si siguiera follándose a Marjorie. Fue a inspeccionar los daños causados en la cabina por el temible cagarro volador.
- ¡Joder, joder, joder…! – fueron sus únicas palabras en los primeros minutos de su inspección. Nadie sabía si se trataba de una exclamación causada por la impresión, de cabreo o simplemente de la verbalización de su deseo, de su coitus interruptus.
Cuando comprendió la naturaleza del incidente (la gran cagada) tuvo un acceso de humanidad: se descojonó internamente, vamos, y tuvo que hacer grandes esfuerzos por no hacerlo abiertamente cuando abrieron el W.C. y vieron al parcialmente desinflado Sinforoso con la expresión de dolor cagón congelada en el rostro.
Rosita, jefa de azafatas de abordo, había hecho la inevitable pregunta “¿hay algún médico abordo?” y el doctor FantCotts se personó, claro, para echar una mano.
Así que Rosita, el comandante Tanguy y el doctor FanCotts formaban el gabinete de crisis que se asomaba, incrédulo al W.C. donde el cuerpo vacío de Sinforoso seguía en esa poco decorosa postura.
- Démosle dignidad a la escena, vistámosle – dijo Rosita
- ¡Anda… está leyendo a Elmore Leonard…! – dijo el doctor y se dispuso a ayudar a Rosita y aprovechó cuando pasó a su lado para tocarle el culo.
- ¡Por dios, no lo haga! – gritó el comandante
- Envidia, ¿eh…? – dijo doc
- Me refiero a mover al sujeto… gracias a su gran culo, está haciendo de tapón y nos está salvando la vida a todos. Le vestiremos al aterrizar. Si le movemos, la cagamos…
Y nadie puedo evitar, esta vez, las risas apagadas.
Sinforoso Delano Rojo fue rellenado por un taxidermista para que su capilla ardiente tuviera un cadáver presentable en el féretro. Porque hubo capilla ardiente. Era la típica noticia idiota que encantaba a los periodistas: un hombre salva, gracias a su obesidad, a todo el pasaje del vuelo 525i de HAR de una muerte segura. Durante tres días, y a falta de una catástrofe mejor que rellenara los noticiarios, se entrevistó a la tripulación y los viajeros del vuelo, que mintieron como bellacos para parecer buenas personas (“era un tipo simpático, le dio un caramelo a mi hijo…” “era un pasajero modelo –dijo Rosita-, educado, atento con nosotras, siempre agradable… ha sido una gran pérdida”). Se entrevistó a un sinfín de psicólogos y pretendidos expertos en las más variadas disciplinas con las preguntas más peregrinas (¿deberían vigilar en los aviones a los obesos? ¿habría que habilitar vuelos especiales para estreñidos? ) y se oían las típicas y falsas frases de siempre: “hay que seguir adelante”, “es lo que a él le hubiera gustado”, “la muerte no puede marcar nuestra hoja de ruta” y estupideces así.
Joaquín Sabina, perdido en su habitual mar de chocheo mental, le escribió una canción; Nieves Herrero promovió una asociación de “Héroes Obesos”; Matías Pratts hizo un guiño de los suyos diciendo que Sinforoso dejaba “un legado… de peso…” y sucedieron todas las cosas que suceden siempre.
En los programas del corazón se hicieron unos sonrojantes homenajes con supuestas novias (unas veinte, en total) todas con una pinta inefable de golfas calentorras que jamás se hubiesen acercado a Sinforoso en vida y que, sin embargo, ahora contaban sin pudor sus hazañas sexuales con un poco verosímil, sorprendentemente hábil y bien dotado Sinfo. Todo terminó cuando unos de esos programas, presentándolo como una exclusiva, entrevistó en directo, telefónicamente, a la madre de Sinforoso.
- Esperad, esperad – dijo el presentador, tratando de acallar los cacareos de los pretendidos periodistas que debatían- porque tenemos en directo, en exclusiva, a Dorotea, la madre de Sinforoso… Dorotea, cariño, buenas noches, le agradezco muchísimo que nos atienda en tan dolorosas circunstancias, pero, como sabe, estamos tratando de que la gente conozca al verdadero Sinforoso… díganos, Dorotea, ¿cómo era Sinforoso?
Y se oyó, atronadora, la voz de la decencia
- Váyase usted - sollozos-, y todos los que están ahí--- -respiración entrecortada-, a tomar por culo. ¿Me han oído? - gritando - ¡¡A tomar por culo, malditas hienas!!
Y no tengo nada más que añadir.
lunes, agosto 17, 2009
carta a una amiga
he sabido que sigues adelante, a pesar de todo, y que nunca dejas de sonreír, por más que cuando el sol declina y baja la cabeza como saludándote, a veces, te entran ganas de llorar. Y lloras, si delante hay alguien en quien confías, o si el momento no puede brindarte una vía de escape digna de ti.
¿Sabes? recuerdo, perfectamente, lo que pensé el día que te conocí: "¡Qué elgante es!" Eras una entre muchos, los 30 de rigor, más o menos, con algunas bajas, otras altas y añadidos, como siempre, y yo estaba aturdido por la cantidad de gente, costumbres, nombres, caras que asimilar en ese día en que me exponían por primera vez a la Hermandad Constructiva, Endogámica y Familiar. Estábamos en el local de la Hermandad, el antiguo y te recuerdo perfectamente bajo la luz incierta de la pérgola, algunos rayos filtrados, otros no, porque, en esa época del año, aún le faltaban unas semanas para estar completamente tupida; ibas de un lado a otro, cuidando de que a nadie le faltara nada, eso me parecía a mí que hacías, pero yo te recuerdo, según mi punto de vista, moviéndote de izquierda a derecha en mi cuadro visual, dejando un plato en la gran mesa y tu pelo brillando al sol, tu vestido claro y estampado (con motivos que, en mi recuerdo, son florales, de largos y sutiles tallos) ciñéndose a tu cintura y tus caderas; recuerdo que me fijé en eso, en tus piernas, que asomaban bajo el vuelo de la falda, y en que parecías moverte unos 30 centímetros por encima del suelo, como si flotaras, con una ingravidez, una majestad y una elgancia que siempre he atribuido a la leyenda de Jesús andando sobre las aguas. Andando, elegante y repartiendo paz, así te recuerdo yo. Bueno, así y pensando que estabas buenísima, todo hay que decirlo.
Porque a mí siempre, cuando no hablamos, cuando te miro de lejos entre la multitud de la Hermandad, me has parecido eso, majestuosa y me has transmitido paz: es como si, en medio de la tempestad (creo que ya sabes que esas reuniones masivas me causan enorme inquietud) tu imagen dulce, firme, amistosa, acogedora y maternal me dijera, "tranquilo, Wolffo, siempre te puedes refugiar aquí". Por eso, tú eres el otro pilar en el que me apoyo para pasar el mal trago que para mí son estas ocasiones.
Te vi convertirte en amiga. Me acostumbré a hablar contigo. ¡Qué placer! Y descubrí, lejos de lo que otros, o tú misma dices de ti, que eres una mujer dulce, cariñosa, sincera, más necesitada de amor (de hermano, de amigo, de amor verdadero) de lo que se atreve a traslucir y/o declarar. Todo esto me hizo darme cuenta de que eras aún más hermosa de lo que mis ojos me habían dicho. Es hermosa tu forma de plantarte en medio de la pista, o delante de la prole, cuadrarte, poner los brazos en jarras y retar a los bobos del mundo, haciéndoles creer que eres malvada, cuando, nena, eres puro encanto.
Te vi convertirte en madre. O, mejor dicho, vi como, de forma natural, la madre que estaba en ti se abría paso, no a codazos, sino a empujoncitos cariñosos, de entre la multitud de mujeres que te habitan: la profesional competente, la mujer tradicional de su casa, la hermana entregada, la esposa cómplice, la malhumorada, por tímida, pero cariñosa tía, la amiga leal… y la madre que eres pasó al primer plano de ese imbatible equipo y con la misma naturalidad que habías sido una profesional intachable, nos dejaste ver a la mamá con la que sueñan todos los niños.
Han pasado años y cosas, algunos años y muchas cosas, y algunas de las cosas que han pasado en los últimos meses han sido verdaderamente terribles. Pero todo lo que ha pasado y lo que no ha llegado a ocurrir, todo lo que va a suceder y todo aquello de lo que nos libraremos, conforman el cauce por donde los ríos de nuestras vidas transcurren, directos al mismo mar.
Hoy, sin aspavientos, quiero felicitarme por lo mucho que te quiero. Porque, aunque te cueste creerlo, has dejado de ser parte de mi familia, para empezar a formar parte de mí. Me cuesta pensar en los años venideros, mi preciosa amiga, sin pensar en ti y en tus niños revoloteando alrededor, conformando la misma y única escena. Bueno, correteando los niños, tú dejándome estar a tu lado, compartiendo un atardecer, cinco trasnoches, diez días de alegría y otro de llanto, fiestas preparadas e improvisadas y, ya lo sabes, regalándome mi más preciado tesoro: unas cuantas horas sentado a tu lado poniendo al mundo en su sitio, interesándonos por nuestras cosas, poniendo a caldo a quien le toque esa semana, planificando vacaciones, discutiendo y, en definitiva, dejándome llevar por el placer de vivir en el mismo mundo, la misma época, el mismo lugar y la misma vida que vives tú, mi queridísima parte de mí.
Bueno, se hace tarde y tengo que llamarte y desearte que este sea el primero de tus cumpleaños en los que, lejos de sentirte sola, te sientas más arropada que nunca, así que voy a dejar de enrollarme. A pesar de todo, mi querida amiga, mi querida luna alada, a pesar de todo lo que tienes que sujetar, ya sabes que esta canción tiene un significado especial, es de antes del terremoto y te va como anillo al dedo, así que, tuya es. Escúcuchala y léela y piensa en ella, en la Rana, en ti y en mí.
Te quiere,
J.
Sujetando nada
No temas nada
hoy no hay nada, nada que sujetar.
Quédate echada,
escucha nada y siente el ritmo nadar
entre tus venas, suena,
fluye el ruido dentro de ti.
Hoy llena el día
la alegría de la nada sin fin.
Hoy no hay caminos
ni destinos, nada que seguir.
Hoy solo date
el acicate caminar junto a mí;
veremos mundo juntos
tendremos ganas de sobrevivir.
Hoy descansada,
sujetando nada, para variar
Hoy vas a verte
suave y fuerte en mi mirada neutral.
Hoy, sincopada,
te vi moverte y eso me hizo callar.
Disfruta sola,
pilla la ola, déjate llevar.
Hoy, descarada,
sujetando nada, para variar.
Voy a contarte,
Niña grande, historias de mi ciudad.
Voy a cantarte
para pedirte que no me olvides jamás.
Renace en tu mirada
la leyenda de mis nadas
Hoy, luna alada,
Sujetando nada, nada más
jueves, agosto 06, 2009
anoche, mientras dormías
A palo seco (Los Hermanos Cover)
Me gusta, por la noche, en verano, antes de irme a la cama para la lectura que precede al sueño, ir a mi habitación a por mi toalla de playa, echármela al hombro y salir al porche de casa, dejar que la noche difumine el vergonzante perfil de la tripa, esperar a Samantha, que, me acompaña cada noche en este ritual, y caminar despacio hacia la piscina, a darme mi chapuzón nocturno.
Sam es sabia y me acompaña sólo un ratito, porque sabe que si se pone muy cerca, no podré resistir la infantil tentación de salpicarla, y se acuesta a sus buenos cinco metros del borde de la piscina y, desde allí, me cuida.
En noches como la de anoche, también te echo de menos, claro. Entro en el agua bañada por la luz de la luna, tan quieta y sedosa a esa hora, que solo moverme me llena de remordimiento, como si la estuviera violentando, y mi culpa se propaga, circular y concéntrica, como la onda expansiva que es: un atentado contra la naturaleza de las cosas.
El remordimiento no es fruto sólo de perturbar la calma de las aguas, sino, también, en gran medida, porque a esas horas me gusta bañarme desnudo y no consigo quitarme de encima la sensación de estar haciendo una gamberrada. Pero es superior el placer al remordimiento, claro, y cuando el agua oscura de la noche me acoge, fresca y violada, entiendo a los naturistas. La desnudez total en el agua es como el estado natural de las cosas: del agua y de ti, y entro en comunión con la noche sin que ésta se dé cuenta de nada.
Técnicamente, no es un chapuzón, porque entro despacio y despacio me muevo, no chapoteo (salvo si Sam se acerca) y te busco entre las sombras y, de no encontrarte, me enfrío, porque es aquí donde deberías estar, quejándote de que está fría y dejándote abrazar por mí, porque yo te haría entrar en calor.
Pasa un coche despistado y algo de la luz de sus faros halógenos se filtra por entre la arizónica salvaje y crea espectaculares y fugaces reflejos en la superficie de la piscina, recordándome que… un momento: basta, por favor, no me recuerdan nada, sólo son bonitos.
¿Y si en vez de descansar en la noche, en lugar de extenderte cual larga eres sobre las praderas y las ciudades, vinieras y me llevaras contigo?
Soy bueno para que me lleven, en serio, me dejo llevar sin quejarme, escucho atentamente lo que tengas que contarme, discuto si tú lo quieres, muestro entusiasmo con las cosas que me digas tú que son bonitas y si sabes de lo que hablas, y me lo cuentas con pasión, me habrás ganado para siempre.
Si quieres, jugamos a ser amigos, sólo amigos, te doy crema en la espalda y no me excito; me siento a tu lado y finjo que no me estremezco cuando nuestras rodillas se rozan; o te miro y desvío la mirada cuando tú me mires, y no sostengo tus ojos boscosos frente a los míos marinos. Si quieres, te quiero pero si no quieres saber que te quiero, sencillamente quédate allí arriba, en las nubes, y sólo en noches como la de anoche, yo te llamaré en silencio, a ver si suena la flauta.
Tan cerca y tan lejos. Tan afortunado y tan desgraciado.
¡Ay, soledad…!
martes, agosto 04, 2009
casi lorna cor
Mirar
Subo este tema de nuevo porque me gusta y porque es de esos que subí en videoclip (uno con muchas gafas) y así le doy una oportunidad a la canción, que no es pegadiza, pero es buena, os lo juro. De todos modos, puede verse aquí el video: Mirar, por Wolffo
Y ella sonríe con su ser entero, entregado a iluminarte, si la miras, y a mi casi me vuelve loco cuando me dedica, de entre todos, una sonrisa a mí. Y yo, ya sabes, la estoy mirando en medio de todo lo demás y ella habla, se ríe, mira y de repente, vuelve a mí sus ojos marinos y me dedica un par de segundos en los que yo trato de disimular que la estaba mirando. Fracaso, claro.
Estamos ella y yo, y 50 listillos más, en este extravagante autobús descapotable (pensado, sin duda, para días mejores que este frío día de octubre) que nos lleva hoy por Moscú, dentro del programa denominado Tour Intensivo City Europa al que nos hemos apuntado, y promete, en 3 horas, enseñarnos lo más destacado e importante de la capital rusa. En la semana y pico de viaje que llevamos, ya conocemos –“nos hemos hecho”, según la jerga del viajero intensivo- París, Amsterdam, Berlín, Praga, Viena, Budapest y Varsovia, y somos un poco más cultos, un poco más europeos, más personas, incluso, hasta el punto de que, casi sin saberlo, nos convertiremos en unos expertos conversadores en la barra de cualquier bar cosmopolita.
- Cierta noche, mientras veíamos caer el sol a espaldas de la majestuosa silueta de la Ópera Estatal Húngara y nos tomábamos unos Svässes – una especie de gaseosa amarga de pepinos con ginebra y angostura –tendrías que probarla (pensamiento no verbalizado: es un asco)-, un marinero sueco quiso llevarnos a ver una representación del Ballet Gork… naturalmente, no caímos en su trampa porque, como seguramente sabréis, la delincuencia sueca es una particularidad de algunas de las más hermosas ciudades de la Europa Central, pero sólo atracan a los grupos de pardillos, claro…
Yo lo sé. Sé lo necio del propósito de este viaje estúpido, de lo inane que es pretender conocer una ciudad sin bajarse del autobús, y sé que cuando vuelva a casa el vacío será aún mayor. Supongo que ella lo sabe también. Pero estamos aquí. Raros e inadaptados. A mí me empujó la soledad y a ella… no sé lo que la impulsaría a ella. A lo largo de la semana que llevamos juntos (juntos es una expresión optimista) en este cutre LandCrucero (viajamos por Europa en Autobús de lujo, ¿hay algo más deprimente?) he sabido que ella no es como los demás. Ella es… más elevada. Aunque, si lo piensas bien, y por las –escasas- conversaciones que he mantenido con el resto de los Touristas, eso de no ser “como los demás” es algo que llevamos todos en el alma. Como una marca de ADN. Nos avergüenza ser vulgares y, privadamente, todos nos manifestamos distintos del resto, todos nos creemos más… pero, al final, todos hemos coincidido, sin que mediaran amenazas o coacciones (¿es la soledad un chantaje?) en este tour de mierda por estos vetustos cachitos del mundo aspirando no sé muy bien a qué.
El plan de viaje es aterrador: vamos en bus a una ciudad. Llegamos. Si no llueve, el autobús se descapota y recorre sus calles y un señor de bigote y polo azul de manga larga, bastante homosexual, nos explica cosas de este edificio que ven a su derecha o esa calle que se ve allá abajo. Cenamos en esa ciudad y después de cenar, bajamos al piso de abajo del bus y dormimos en los camarotes-colmena, que son más bien nichos durmientes. Mientras dormimos, viajamos de una ciudad a otra y así todo el rato.
En París me fijé en ella por primera vez. Mientras cenábamos en un infecto restaurante de ambiente pretendidamente Apache (yo de pequeño pensaba que los españoles éramos más listos, sólo porque los extranjeros parecían caer fascinados por los bandoleros), ella se lamentaba de no tener tiempo en este viaje de visitar el Louvre, porque a ella le gusta mucho el arte, y yo pensé “qué típico”, pero me quedé embobado mirándola, porque su sonrisa era descongelante y al rato me fijé en cómo sus pechos llenaban la camisa discreta pero carnalmente. No se vestía para resaltarlos, mas bien al contrario, pero en fin, puede que no fuera una mujer demasiado original, pero hay que ver lo buena que estaba.
En el viaje hacia Amsterdam me di cuenta de que no hacía más que buscarla con la mirada y ella llenó mis pensamientos en mi ritual masturbatorio de antes de dormir y en el de después de desayunar, también. La visita de Amsterdam fue igual de frustrante que la de París, pero yo no me di cuenta porque no miraba por la ventana, sino que miraba, todo el rato a sus ojos y, a veces, a sus pechos y antes de cenar, lo juro, algo me obligó a ir al baño a pensar un poco más en ella. Mientras tocaba la zambomba (esto, lo juro, no estoy seguro de si es gracioso u ordinario… a mí me parece gracioso) su imagen de sonrisa llena y pechos sonrientes, o al revés, me inspiraba… dejémoslo ahí, me inspiraba profundamente. En la cena holandesa, gané dos o tres puestos hacia ella, pero no estaba aún en situación de que ella me viera así que sólo la hablé en mi imaginación mientras pensaba en ella antes de dormir.
Durante las jornadas siguientes pensé muchísimo en ella, tanto que tuve una especie de reacción en el pellejo ese, el prepux, y se me inflamó un poco, todo rojo y tal, y me picaba, pero el picor se me aliviaba si me la meneaba, así que entre las ganas que tenía de pensar en ella y lo agradable que era que dejara de picarme, un círculo vicioso perfecto, casi me mato, literalmente, a pajas.
Moscú es la última noche. Después de cenar en algún sitio tan deprimente como todos los que han jalonado esta gira de los despropósitos, este autobús de lujo (define lujo, como dijo aquél…) nos llevará al aeropuerto para volver a Madrid, así que esta noche tengo que atreverme a hablar con ella. He pensado tanto en ella que me da corte hablarla o algo tan inocente como darle dos besitos, no sea que se me escapen las manos y le toque un pezón.
Nos hemos sentado en una mesa alargada, muy alargada, en la que estamos los 52 viajeros y yo estoy, justo, enfrente de ella. Si estiro mis pies entrarán en contacto con los suyos, siempre que no los meta debajo de su silla, algo muy normal en las mujeres, por otra parte. Estamos hablando (bueno, habla la gente, yo me limito a unos vagos asentimientos y a reírme cuando el clima es propicio) y a veces, ella me mira, como si me conociera. Yo no le quito el ojo de encima. Cuando nuestras miradas coinciden, ella sonríe y yo, si me doy cuenta, también, porque alguien me dijo una vez que cuando me quedo así, mirando embobado a alguien (y ella me emboba, puedes creerlo) mi expresión roza la psicopatía y no es demasiado agradable.
Todos comentan anécdotas de estos días de viaje y yo me exprimo el cerebro buscando algo divertido que contar y lo único que viene a la cabeza es el día que pensando en ella, me imaginé a todos los viajeros desnudos, en un teatro, mirándonos mientras lo hacíamos al estilo perrito, porque era muy gracioso verme a mí follar con un sombrero vaquero y a ella gozar mientras gritaba ¡iiaaaajúuuuuu…! pero afortunadamente, no cuento en voz alta lo que me pasa por la cabeza.
Estamos en los postres, queda poco y, al fin, digo algo en voz alta. Menos mal. Alguien comenta lo raros que nos vamos a sentir, después de 10 días sin separar el culo de la carretera, cuando despegue el avión.
- Mi alma se eleva, solo de pensarlo – dice una
- Creo, que por primera vez, me alegraré de no tener los pies en el suelo – comenta otro
- Yo ya me estoy preparando – dice uno, dando un trago – me emborracharé y esa será la única forma de ser sincero con vosotros… los borrachos siempre dicen la verdad
- Pues, te pongas como te pongas – comenta una chica muy rapidilla ella-, nos pondrás por las nubes, claro…
Y mientras todos ríen ese jocoso chascarrillo, aprovechando el ambiente de francachela y camaradería, yo añado este mar de sabiduría:
- Ya te digo, ¡no te jode…!
Vale, no ha sido un gran discurso, pero vosotros que pensáis, ¿se habrá fijado en mí? ¿le habré caído bien? Como estoy seguro de conquistarla, y como más vale pájaro en mano que ciento volando, con vuestro permiso, os cuento otro día el final del viaje, que me voy a pensar en ella un poquito...
No te tengo, Lorna Cor, pero casi, ¿eh?
martes, julio 28, 2009
la noche me confunde
Las letras de la luna
Subo otra vez este tema, pero ahora con el sonido un poco mejorado. La vez anterior, la canción tenía demasiada reverberación y se perdían las cosas importantes. De todas formas, necesito aprender a mezclar porque sé que si mezclara bien este tema, sería un tiro. Aun así, me gusta muchísimo. A ver si os gusta a vosotros también.Y si fuera la Luna la que no me deja dormir,
y si sus destellos dejaran su sello aquí;
y si sobre mi cuello cayeran tus cabellos al fin...
Y si fuera la Luna la que no me deja dormir,
Noche adelante, miedo constante
no poder amarte, y tampoco extrañarte
la Luna, si viene, no me deja dormir
Y si fuera tu risa la que no me deja reír,
y si fueran los sueños los que se han hecho dueños de mí
y si me empeño en amarte y desdeño lo bueno de ti
y si fuera tu risa la que no me deja reír
Los ojos abiertos, mi mundo, despierto,
a los magos, alerto; y requiero a los muertos
la Luna, no puede, ya sabes, dejarme dormir
Luna lunera, tu luz vagabunda
se extiende, profunda, por mi alma entera
la Luna, ya sabes, me ha vuelto loco por ti
Y si fueran tus letras las que no pudiera leer
y si al irse tus rimas mi estima se diluyera en el té
si me faltan tus cuentos, no encuentro el momento de ser
el hombre que bebe tus letras, ¿Y si no las puedo beber…?
Ya noto tu aliento, porque es mi alimento,
tu brisa es mi viento, me muero tan lento
Si no puedo leerte, no sé qué más puedo hacer
Subo, acompañado de Luis Mariñas, con quien formo, en la BBC el equipo de noticias más celebrado de la década, los dos pisos necesarios para acceder al célebre 4M, el Museo de las
Mariposas Muertas de Marrakech, un museo que, por lo que a mí respecta, en cuanto a prestigio científico mundial, está a la altura del Smithsonian (¿y qué tendrá que ver…?), el museo en el que, por dar un dato, Clarice Starling confió para que le revelaran qué tipo de insecto era el que había encontrado en el velo del paladar de la primera víctima que ella conoció, en carne mortal (y nunca mejor dicho), del asesino en serie conocido como Buffalo Bill. Resultó ser la ninfa de una mariposa (no recuerdo qué mariposa), por cierto (eso es lo que tenía que ver).Luis y yo hemos llegado juntos al museo, y estoy convencido de que trabajamos juntos, pero yo, antes de llegar al segundo piso, ya estoy harto de él, de su verbo lento y pringoso y de su manera de ladear la cabeza para que su mirada resulte interesante. Antes de entrar en el 4M, he tomado la decisión de que lo dejemos, que cada uno siga su camino profesional independientemente del otro. Cuando estoy admirando la luz de un Eustaquio Segrelles, un mediocre imitador de Sorolla, me doy cuenta de que Mariñas ya ha tomado la decisión de dar el salto a la tele privada y acompañar a las mamachicho en sus programas culturales, dejándome a mí en la estacada con mi programa amarillo y sensacionalista de noticias falsas y malintencionadas. Por lo visto, para él no tienen valor los 6 años de trabajo, codo con codo, en los que hemos hundido a personas perfectamente respetables, inventando y difundiendo basura informativa sobre ellas, destrozado carreras profesionales y familias con nuestros infundios. Para él eso no importa. Él sólo piensa en su prestigio. Muy bien, que le den por culo. Lo dejo, me voy.
Mientras bajo las escaleras del edificio, al caer la tarde y asomar una noche preciosa en el horizonte, me doy cuenta de que en mis manos llevo dos camisas de manga corta, de cuadritos, que acabo de comprar en Decathlon, , con sus respectivas perchas, una azul marino y la otra de colores tierra, muy majas, oye, ambas, y una chaqueta –americana- de lana, de mezclilla, color marrón, preciosa, pero pasadísima de moda, porque la compré en Cortefiel cuando necesitaba ir a trabajar con corbata (hace 20 años). No sé porqué llevo esas prendas en mi mano mientras bajo las escaleras de un inexistente museo de Marrakech. Por cierto, para los que viajáis mucho, apuntad este dato: Marrakech es igual que mi barrio (Plaza de Castilla, tirando hacia la estación de Chamartín) cuando era pequeño, es decir, sin Torres KIO, sin intercambiador de autobuses, con descampados y donde el edificio más alto es el viejo depósito del Canal de Isabel II. Voy con prisa, porque voy a perder el tren. No sé qué tren, porque la estación no es la de Chamartín (claro, hombre, estamos en Marrakech), sino algo parecido al apeadero de Pitis antes de que las Cercanías fueran una alternativa seria de transporte.
Al llegar al apeadero, con nervios porque no puedo preguntar a nadie (unos moros rarísimos, por cierto, altos y rubios) por causa del idioma, busco mi cartera, que estaba en el bolsillo interior de la chaqueta de Cortefiel y me doy cuenta de que, mierda, he perdido la chaqueta. En algún momento del azaroso viaje, se ha debido escurrir de entre mis manos y la he perdido.
No tengo un centavo, o sea ni una centésima parte de la moneda que utilicen en Marrakech (¿dólares, dínares, francos, pesetas…?) así que mi única alternativa es volver sobre mis pasos hasta el 4M, a ver si, por casualidad, puedo recuperar mi chaqueta pasada de moda, con sus hombreras excesivas y todo. Por alguna razón que no acierto a reconstruir, me importa una mierda todo (dinero, tarjetas, carnet, pasaporte, etc) salvo mi elegante chaqueta de mezclilla marrón: quiero volver a sentir su cálido peso sobre mis hombros: me da seguridad, me transmite confianza en que algunas cosas (el depósito de Isabel II, el río Duero, la nariz de Portugal, la pesadez de los entendidos en vino, la inmutable calidad de la ropa de Cortefiel) no cambian nunca porque no pueden cambiar: sencillamente han sido así desde el principio de los tiempos.
Ahora, sin que hayan pasado más de 30 minutos desde que eran las nueve y pico de la noche, es mediodía. Me encuentro con mi cuñada Sonia y me alegra ver que, aunque permanece el sencillo vestido azul de 10 euros –lo dijo ella, no es una crítica- sobre su esqueleto, se ha quitado la flor de papel que adornaba su testa la noche anterior, en la fiesta de Celia. No sé qué hace Sonia en Marrakech, pero la visión de una cara amiga, me tranquiliza.
- ¿Qué te pasa? – me pregunta porque mi cara de preocupación es un poema.
- Nada… - digo apesadumbrado - he perdido mi chaqueta, con mi cartera…
- Oh…
- Ah… bueno, podemos buscarla, ¿no?
- Sí, espera, que organizo una partida de caza con los sobrinos
Sonia, que trabaja en una guardería, organiza a los sobrinos mayores -Alex y Guille, de 23 años, Sabina, de 26, y mis hijos, Leticia (19) y Borja (17) - pero como si fueran niños de 5 años, convenciéndoles de que buscar mi chaqueta es el juego más divertido al que pueden entregar sus infantiles afanes en esa mañana. Tiene bastante maña para ello, pero miro a mis sobrinos e hijos, todos con pelos en los huevos, por decir las cosas de una forma sencilla y llana, y no entiendo porqué les entusiasma tanto. Bueno, lo importante es que busquen, aunque según avanza la mañana voy perdiendo la esperanza de recuperar algo.

Ahora rastreamos una zona de Marrakech que es clavadita, oye, al Redondel, que era como llamábamos al aparcamiento de superficie de las casas donde vivíamos que era, además, nuestro campo de fútbol, hasta que la junta de vecinos nos dio permiso para jugar en otro lado, hartos de que destrozáramos las tulipas de los coches. La planta del redondel es una especie de chupachups de palo gordo, o de bola pequeña, depende de si te gusta ver la botella medio llena o medio vacía. Leticia encuentra una chaqueta de mezclilla, pero es gris, aunque, curiosamente, tiene los mismos elementos que la mía: cartera, llaves, pasaporte, gafas. Aunque no es la mía, la agarro fuerte (ahora, no sé porqué ya no tengo las camisas) y avanzo firme hacia la bola por el palo. Entonces, sentados en el poyete, hay un grupito como de jubilados de vacaciones. Son españoles. Uno de ellos, tiene en sus manos mis gafas de sol y las llaves del coche de Susana y una bandeja de hamburguesas de Mercadona.
- ¡Eh…! – le apremio - ¡Eso es mío! – y ante la mirada torva y de duda del grupo de vejetes, añado – me llamo Wolffo Elgrande… puede comprobarlo
Entonces, para comprobar mi nombre, pasa una cosa rarísima, pero que entonces no me lo parece: le dan la vuelta al paquete de hamburguesas buscando la etiqueta y no encuentran ahí mi nombre.
- Se debe haber caído – dice una viejecita bondadosa
Y a continuación me dan la cartera, las llaves y las gafas (pero no la chaqueta que ahora, curiosamente, no echo de menos), yo le entrego al vejete su chaqueta (porque era suya) y al darme la vuelta la cuñada que está ahí no es Sonia, sino Ángel, con sus gafas de sol clásicas (que a mí me gustaría que cambiara, porque esas no le favorecen del todo, y le estropean un poco su preciosa carita), al volante de un viejísimo 4x4 descapotable.
Lo más chocante de todo es el final de la historia.
Me subo al 4x4 y hago un gesto de victoria al cielo (como si hubiera marcado un gol en un partido decisivo, o algo así) y Ángel, mis hijos y los vejetes cantan al unísono:
- Andalucíaaaaaaaaaaaaaaa…. Descubre el lado bueno de la vidaaaaaaa
Lo cantan genial, todos al tiempo y en el mismo tono, y es como si fuese el final de un anuncio, de lo bien hecho que está todo. Lo que no sé es a qué venía lo de Andalucía, porque la historia se desarrollaba en Marrakech y los escenarios eran los de mi niñez.
Pues eso es lo que he soñado esta noche.


