sábado, junio 06, 2015

Los dioses no beben cerveza.

Me presento, si no os molesta.

Yo soy Átomus Linch, un diosecillo vulgar, que salta de nube en nube, con fornidas deportivas de colores feos y llamativos y las piernas depiladas y morenitas; soy Átomus, el de la Duda Sempiterna, el  que se persona en la puerta de tu casa vestido de ridículo ciclista pedestre,  en el momento menos oportuno, pretendiendo que le juzgues (con todos los pronunciamientos favorables) cuando tú... tú... tú sólo querías hacer pis.

Átomus, el que no desfallece, el pesado de las largas cartas y el tema único.

Átomus, perdida y tozudamente enamorado de ti.

Quisiera emprender un viaje iniciático hacia el centro de nosotros mismos y sólo tú, mi diosa esquiva, la que siempre me ignora y resiste, me puedes acompañar. Caminaremos, si conmigo vienes, por las altas y nevadas cumbres y los caminos más altos de la vieja Europa, y llegaremos al confín sureño y levantino de la tierra conocida, caminando por su orilla cálida, hablando de esto y de aquello, y guardando silencios largos en compañía, compartiendo nuestra mutua e incompatible atracción, resolviendo por la vía rápida el recelo que, contumaz, nos asola.


Y en llegando al gran sur, te invitaré a una cerveza. Puede que no te apetezca, como a mí. Puede que la bebas de todos modos, simplemente porque eres una diosa cordial, y hablemos de cualquier cosa que no tenga que ver con lo que en ese momento nos apetezca debatir. Quizá intente convencerte de algo en lo que yo no creo, sólo por ver si la confrontación seduce tu atención y te quedas un rato discutiendo conmigo. Conmigo, ¿entiendes? es lo único que importa de todo esto, la única palabra que importa: conmigo. No creo en Dios, la grafología, ¿ciencia o estafa? los museos ¿sirven para algo?, el sentido de la vida.

O quizá me quede simplemente mirando al mar, esperando que vengas a mi lado y te pueda cantar lo que yo veo y puedas bailarme tú  lo que sientes a la vista del inmenso mar.

Y entre mis ojos mirones y tus pies dialogantes con las piedras de la orilla, quizá hagamos un milagro. Quizá consigas perdonarme de una maldita vez.

Quizá quieras caminar otra vez por mi pijama a rayas mientras duermes; quizá quieras levantarte a beber un último vaso de agua cuando todos se han acostado, o buscar a alguien que, por favor, te dé aftersun en los hombros y, sin querer evitarlo, acabe apuntalando tus pezones y acariciando y besando las laderas suaves y acogedoras de tus pechos.

Ya lo sabes: Resaca de tantas olas bebidas, marea de tanta ida y venida.

Pero para todo eso, tienen que pasar dos cosas.

1, que vengas conmigo, y 2...

... que los dioses aprendan a beber cerveza.

(quizá tú les quieras enseñar)



jueves, mayo 28, 2015

Todo está lejos

Hm... todo está lejos.
Hay un camino, un senderillo, vamos, que arranca justo donde todo el mundo cree que el asunto ha terminado por el que me gustaría llevarte.
Olvida lo anterior porque ya no sirve para nada. El asunto sería que partiéramos de cero, rollo borrón y cuenta nueva, y que pudiéramos sencillamente caminar, avanzar cuando estemos fuertes, descansar cuando fuera preciso y desviarnos y perder tiempo en esos recodos que tanto nos gustan y que se prestan a la holganza.
Nada extraordinario, ya lo ves. Pero estoy tan cegado por las piedras que nos impiden caminar que, sencillamente andar y rozar tu hombro, tu cadera, de vez en cuando, me parece hoy el paraíso. Pero toda la mierda que no pudimos esquivar entonces, lo pringa todo hoy y su hedor y su pegajosa y odiosa presencia me están tocando la moral.
Puede que yo me equivocara entonces, seguramente tú también, pero ¿no es esta media docena de años castigo suficiente? ¿Serán las cagadas de antaño las que impregnen nuestras vidas en adelante?
Es como si no pudiéramos revivir. Y a un fin de semana feliz, libre de basura, al menos, sigue un mazazo que nos deja sin sentido. Te veo sonreír en las fotos del teléfono y el mundo gira alrededor de ese instante. Quiero pensar que soy yo el que te hace sonreír. Quiero que vuelvas.
Y al fin, todo está lejos. Tú estás lejos, la felicidad está lejos, hacerte el amor está muy lejos. Estoy lejos no ya de mi mejor yo, sino de un yo medianamente aceptable.
Esta lejos la vida que debería estar viviendo. Todo, absolutamente todo, está lejos.


Entonces, ¿podrías, tal vez, acercarte?

viernes, mayo 01, 2015

Tenemos bastante.

Quisiera contar, antes de que se me olvide, lo de aquella vez que me invitaste a aquello que tanto te apetecía a ti y  a mí, bueno, no me parecía del todo mal.
Estaba en el taller de tu marido, a donde había llevado el coche de mi mujer porque tenía un problema de encendido. Era tu marido el que arreglaba los coches, pero a ti te gustaba estar ahí, al menos en los primeros momentos, cuando el cliente dejaba el coche y tu presencia ayudaba a los clientes a tranquilizarse, como unos padres novatos que dejan a su hijo por primera vez en casa de un compañero de clase  y respiran aliviados al ver que la madre del amigo de nuestro vástago es un ser humano perfectamente normal.
Tu papel era ese. A las mujeres, les tranquilizaba verte como igual y a los hombres, bueno, tranquilizar no es la palabra, pero nos gustaba mucho verte ahí. Era mejor así, entregarte a ti el coche no podía compararse a dejárselo a tu  marido, gran mecánico, sin duda, pero más triste que la música de semana santa. Tú, mi querida tú, eres purito rocanrol.
Así pues, el coche de mi mujer tiene un problema con el encendido, signifique esto lo que signifique, y yo entro en el taller buscándote con la mirada y oh, no estás.
Hablo con el enjuto Benny, tu marido, e intento -sin mucho éxito- explicar la situación. Benny, de todos modos, asiente con educación.
- Hagamos una cosa - me dice-, tú ponte al volante y arrancas cuando te avise. Abre el capó.
Benny mira el capó abierto con la expresión de quien reconoce un territorio conocido. Yo tamborileo con los dedos en el volante esperando a que alguien me indique algo que hacer y oigo tu voz.
- ¿Qué le ha pasado al coche de Lara? - porque, caramba, Lara y tú sois buenas amigas y conoces bien su coche.
Qué bien hueles Lena, es lo primero que pienso, y hay que ver lo bien hecha que estás, lo segundo, así que, apoyándote en el techo del coche, te asomas al interior por la puerta abierta.
- Problemas con el encendido, parece. Benny sabrá, él es el experto.
- Arranca, Wolffo, porfa, y déjalo al ralentí- dice Benny con amabilidad
Obedecí, feliz, de poder hacer algo, así que arranco y trato de oír no sé muy bien qué y tú te vas con Benny el triste, a mirar el motor.
- ¡Ajá...! Ya lo tengo - dice B.-, Wolffo, deja el coche en marcha y ven a mirar.
A mí, os lo juro, me importan más bien nada el motor y sus relativos, pero Lena y du olor a cielo de sexo es otra cosa y me pongo allí, medio detrás  de Lena, inclinados los tres sobre el motor, como si repartieran pollo frito, y pongo, al principio sin intención una mano sobre su hombro, su espalda.
Algo, no sé qué, me dice que mi mano ahí te agrada, así que empiezo a dibujar circulitos con el índice en tu espalda. Suave. Recreándome en la subida y la bajada, en la presión que abre y cierra cada circulito.
No es que me lo parezca, es que te veo estremecerte en sensuales escalofríos apenas disimulados para que Benny no se cosque; te encoges de hombros mientras cierras los ojos y el rubor ilumina tu rostro.
Benny se extiende en pelmazas y entusiastas divagaciones sobre el encendido electrónico, su historia y circunstancia, mientras tú y yo, golfamente, ponemos la semilla de nuestra infidelidad.
Estoy detrás de ti, a tu izquierda, y mi mano derecha baja a la zona de tu cintura  y de repente, sin mover un músculo de la cara, ni del resto de tu cuerpo, tu mano derecha, en astuta y eficaz contorsión, atrapa mi mano sobeteadora y la presa es firme y atenazante. Lo que me transmite tu presa es: No te pases, muchacho. Pero para mi sorpresa, y espero que para la del lector, tu mano dirige la mía, apresada, hacia tu culo, el cachete derecho, exactamente, invitándome sin ambages a palparlo, sopesarlo, pellizcarlo, palmearlo y en fin todas esas cosas que nos gusta hacer a los tíos con los culos y no me preguntes porqué. Podríamos hacerlo con los codos, pero centramos nuestro interés en culos, senos (situados, en número de dos, en la zona anterosuperior del toreo femenino), muslitos y ese tipo de cosas. Tampoco sabría dar una explicación satisfactoria a este comportamiento.
Establecida esta verdad, mira cómo sonrío, mi mano en tu trasero mi libido en la luna, por lo menos.
- Lo siento mucho -dice Benny, bajándome al mundo mortal-  tengo que quedarme el coche, ¿tienes cómo volver a casa?
No tenía ganas de caminar, pero me hice el remolón y tú lo pillaste al vuelo
- Yo te llevo y así me tomo un café con Lara
Por alguna razón, el hecho de que tú fueras infiel a Benny, me parecía correcto, quizá porque el beneficiado -o uno de los beneficiados- era yo. Pero el que surgiera el nombre de Lara en la ecuación, vaya, me incomodó un poco.
"Podrías haberte callado, bonita", es una frase que resume bastante bien mi estado de ánimo.
Me subí a tu coche un poco a regañadientes, pero me subí, porque, bueno, si mostrarme digno supone pegarme una caminata gratis, prefiero parecer un tipejo y que me lleves tú, que hueles a gloria.
Tu coche es muy cómodo. Pero no bien hemos recorrido unos metros y  tomamos la primera bocacalle, me cedes el volante.
Prefiero mirarte, pero me prometes que va a valer la pena el cambio.
Te descalzas y pones los pies en el salpicadero, cosa que no me gusta, además de contravenir el código de circulación. Me miras y me dices que no sea tieso
- No soy tieso, es que no me gusta eso... Y te pueden multar
- Vamos... sé que te gustan mis pies
- Hm... ¿qué...?
- Que te ponen, te he visto mirarlos.  Te conozco.
Y, sin entrar en detalles, diré que me hizo unas bonitas y satisfactorias suertes, que lo fueron desde el punto de vista físico, mental y espiritual.
Que llegó a mi casa y que habló con mi mujer, con Lara, y se dedicaron al juego al que siempre se dedican cuando estamos los tres juntos: reírse de mí.
Y es curioso que ella quiere a Lara. Igual que yo. Que no quiere a su maridito, Benny, igual que yo. Pero ella no me quiere a mí. Igual que yo, que tampoco me quiero demasiado. Y yo la quiero a ella, igual que ella.
Tenemos mucho en común. No es sólo sexo. Tenemos bastante, los dos, y mucho en común.

viernes, abril 24, 2015

Emma está en las nubes






Ella apenas sabía nada. Yo tampoco.

Yo sabía algunas cosas, de todos modos, y nunca me dio por pensar si ella las sabía o no. No sabía si ella sabía las cosas que yo sabía. pero es que no me importaba. Entonces esas cosas, sencillamente, no importaban.

Emma era preciosa. Siempre fue una niña preciosa. Emma era la conquista mítica.

Emma, quiero pensar, soñaba casi siempre despierta y yo soñaba con Emma, y nunca a nadie le dije nada, por supuesto a ella menos que a nadie, y no creo que nunca tuviéramos una verdadera conversación.

Cuando me di cuenta de su existencia (cuando empezó a rellenar los vaqueros y los jerseys) yo era demasiado mayor, ella era demasiado pequeña. Dos años de diferencia, una eternidad. De ser una niña preciosa, pero una niña pecosa y flacucha, pasó a ser una chica levemente despampanante en cuestión de semanas. Un día, al salir a la calle, vi jugando a la goma a un grupo de niñas en uniforme colegial. El más habitual era el del Sagrado Corazón, azul marino y blanco, pero no era el único. Uno de las señales de la primavera en el Madrid de los últimos 70, era que las niñas jugaban sin abrigo a la goma. Con el bocadillo en una mano y sujetando con la otra el vuelo de la falda del uniforme, un gesto tan natural como inocente, cantando esas canciones que acompañaban esas complicadas (para los chicos) suertes que las niñas hacían con los pies y las gomas negras. Canciones de ritmos monótonos y letras amaneradas y llanamente estúpidas. En fin, por alguna razón que no consigo recordar, casi todas las niñas llevaban el uniforme del colegio, pero Emma no. Llevaba unos vaqueros claritos. Llevava puesto un trasero magnífico.Se había calzado unos estupendos muslos de curva peligrosamente suave. Y así, por encima, como si no importara la cosa, se colocó dos maravillosos pechos, dos regalos obstinados y levemente puntiagudos bajo su blusa blanca. Ya no tenía aparato corrector en la boca. Ya no me dejaría indiferente nunca más. Glups.

Y, amigos, sin el uniforme del colegio, Emma se reveló como un auténtico y genuino pimpollo reventón. De repente no era una niña flacucha, la amiga de los pequeños, la boba que apenas aparecía. Era una chica interesante y sensual, que nos ponía nerviosos a los memos que nos sentábamos a ver jugar a las niñas en uniforme.De pronto ya no estábamos atentos por si alguna se caía y se le levantaban las faldas. No sé los demás, pero yo miraba a Emma, la forma en la que su pelo rubio saltaba de un lado a otro, la perturbadora manera en que ella se quitaba el pelo de la cara.

De un modo u otro, Emma debió darse cuenta de su nuevo magnetismo, del poder de sus nuevas armas de mujer. porque si, hasta entonces, me había hecho poco caso, correspondiendo tal vez al poco caso que yo le había hecho hasta entonces, a partir de entonces me ignoró por completo. Yo revoloteaba como un colibrí nervioso, olisqueaba sus alrededores como un perrillo maltratado,la miraba como un detective aburrido, y ella seguía viviendo su vida completamente al margen de mi idiocia adolescente.

-.-

Emma y yo vivíamos en el mismo edificio, pero en portales opuestos. En calles diferentes, incluso. Pero las casas de ambos, además de al exterior, compartían un patio interior al que daba la habitación de Emma y la habitación de mi hermano mayor donde,además, estaba el tocadiscos y el amplificador al que podía enchufar mi guitarra. Así, si me asomaba a la ventana de la habitación de mi hermano, estaba a apenas 7 u 8 metros de la habitación de Emma.

Durante años canté para ella, le envié mensajes en aviones de papel, la miraba descaradamente y lanzaba clips a su ventana para que me viera como un tonto, mirando, entregado, a su ventana,con la esperanza de que ella mirara y me viera enamorado como un dibujo animado. Menos mal que, si me vio, nunca me dejó saberlo, porque nunca supe cómo reaccionaría yo mismo si ella me pillaba mirando como un idiota.

Estuve muchos años coladito por una niña que ya no era una niña (salvo en mi cabeza) porque dejé de verla cuando ella se cansó, supongo, de mi carita de corderito degollado. Como un ser etéreo, ella estaba en las nubes, ignorante no ya de mi colgadura, sino de mi existencia incluso.Ella siguió su vida sin mirar por la ventana, y yo seguí con la mía,en serio, pero nunca dejé de mirar por la ventana.

-.-

Me casé y todo eso... y un día, me separé. Durante unos meses, volví a la casa de mis padres y sin esperanza alguna, pero como el actor que vuelve a pisar el escenario que le lanzó a la fama en otro tiempo, volví a mirar por la ventana. Metódicamente primero. Desordenadamente después. Supongo que Emma no estaba ya allí desde hacía muchos años, que como yo, como todos mis amigos,o casi todos, habría partido a vivir su vida, pero para mí Emma estaba en la misma nube. Con sus vaqueros claritos, con su bocadillo y su coleta, contestado un tanto hastiada a su madre desde su cuarto. Yo miraba esas cortinas blancas y me parecía vislumbrarla brumosa y lánguidamente detrás, como flotando en un tiempo detenido y añorado. Un tiempo en el que yo era alguien. Quizá era alguien para ella, también. Nunca la volví a ver.

-.-

Ahora han pasado un montón de años. Una verdadero montón de años que me han golpeado,a mí y a mis contemporáneos, seguro,comoun martillo pilón. Estoy físicamente deteriorado como nunca imaginé que lo estaría. Tengo una buena vida. Me quejo mucho, pero en conjunto no es una mala vida. Podría ser más cómoda,más glamourosa,más... muchas cosas, pero también podría ser mucho peor en muchos aspectos. Ell caso es que hace un par de años, quizá, volví a mirar por la ventana. A través de facebook busqué en los perfiles de mis amigos de entonces a Emma, imaginando cómo sería, pero viéndola siempre en su eterna nube de los 16 años, bella como un amanecer nublado, virgen como un amanecer nublado, fría como un amanecer nublado.

No la encontré.

Esta tarde, una muy querida amiga me ha dejado un mensaje en el Messenger de Facebook que decía: "te entreraste de los de emma?"
Y no, no me había enterado, pero me temí lo peor. Resulta que Emma viajaba en ese avión. Sí, en ese avión. En ese maldito avión con ese malnacido al mando. Me he quedado de piedra.

          (de El País, ligera, ligerísimamente modificado)

Emma consultó por última vez el WhatsApp el martes a las 9.49. Estaba ya en el aeropuerto del Prat y probablemente dentro del avión. Pudo apurar el uso del móvil gracias al retraso de 20 minutos que acumulaba su vuelo a Düsseldorf, aunque ese no era su destino final. Iba a Manchester, a buscar al mediano de sus hijos, que el viernes concluía un Erasmus allí. Y había convencido a su madre y a su hija para que la acompañaran. Aprovecharían el viaje para hacer algo de turismo.
Vivía en Sant Cugat (Barcelona) con su marido y sus tres hijos desde hacía una década. El martes hacía un mes que habían estrenado piso a 500 metros de donde habían vivido hasta entonces. Allí había establecido fuertes vínculos con vecinos, con otros padres del colegio donde estudiaron sus hijos —el Santa Isabel— y con sus compañeros de pádel, el deporte que practicaba. También compartía con sus amigas salidas a esquiar o jornadas de cocina. Con un círculo muy próximo de amigas tenía pendiente una salida de fin de semana que intentaba arreglar. Probablemente ella también organizó el desplazamiento de su madre de Madrid a Barcelona antes de partir a Alemania.
La hija de Emma, Emma también, de 12 años, era (nadie es perfecto) orgullosa fan del Atlético de Madrid.


Y Emma, la preciosa e inolvidable Emma, está, ya para siempre, en las nubes. Te veo allí.



Yo, a pesar de que me impresionó, conocía muy poco a la Emma niña. Y menos aún a la Emma mujer, pero seguro que le parecería bien esta canción para este momento. Mírala y escúchala si tienes 5 minutos. Y si conociste a Emma. Y si te emocionan las cosas sencillamente hermosas.






jueves, abril 16, 2015

7 citas

Lo bueno de ella es que no espera las cosas que espera el resto de la gente. Llega, te saca la lengua, le da una vuelta a la manzana y empieza a sonreír. Y ya no para.

En nuestro primer encuentro, caminamos juntos, hablamos de esto y de aquello, y poco a poco, me voy olvidando de lo penoso que me parezco el resto del tiempo, y empiezo a pensar que a veces merecen la pena cosas como hablar, no tener prisa, la risa inofensiva, escuchar y -sencillamente- estar al lado de alguien.

Estar a su lado, ¡qué poco parece... y cuán grande es! Sentirse a la misma altura, mirar el mismo horizonte, aunque veamos confines distintos, rozar su codo o su cadera según andamos, fijarme en cómo exploran el mundo sus pestañas cuando la miro desde un lado.

Como conductora es correcta, tirando a buena. No sé porqué se ha hecho a la idea de que soy mal conductor (no lo soy, en absoluto), de que no me gusta conducir, o de que me agobio en la ciudad, nada de eso es cierto,pero prefiero que permanezca en su error, porque así conduce ella y yo puedo mirarla a gusto sin poner en peligro nuestras vidas,como sucedería, sin ninguna duda, si ella,con toda su figura y toda su sonrisa y todo su fatal atractivo, ocupara el asiento del copiloto y yo mirara su cuello y me imaginara besándolo, me asomara a su escote y me imaginara asomándome a su escote, si yo trazara visualmente una linea golfilla por sus muslos y me imaginara trazando esa misma línea, pero con mi dedo índice.

Hablamos muchísimo durante nuestra primera cita, y hablar era mejor que chatear, porque cuando hablas no se cruzan los mensajes ni, sobre todo, hay emoticonos, cosa que detesto con toda mi alma, y en fin, hablar con ella es, en esas circunstancias, ponerse delante de una mujer que, por decirlo en pocas palabra, es mundial.

A ella le chocaba un poco eso de "mundial" y no se lo reprocho, pero, ¿se puede decir algo mejor de una mujer que hacerle ver lo mundial que es? Porque es bastante mundial, por no decir absolutamente mundial, que es más lo que a mí me parece.

Nuestra segunda cita fue bien también. Ella es buena bailarina, pero yo no.De modo que la parte del baile fue un poco penosa para mí, aunque ella insistía en que "no bailaba tan mal". Tan es importante en este contexto. Yo no dije que bailara tan mal. Ni siquiera muy mal. Yo sólo dije que no bailaba demasiado bien, lo cual es diferente.
- Bueno, yo es que no bailo demasiado bien - dije, y empezamos a bailar con ella quitando importancia al asunto.
Luego al salir de la discoteca, me sentía fatal, se notaba cantidad que ella se sentía un poco avergonzada, o decepcionada por mi torpeza bailística, así que estaba como obligado a disculparme:
- Lo siento, te advertí...
- Tampoco bailas tan mal - me interrumpió ella.
¿Veis lo que quiero decir?
Por eso no la besé al dejarla en su casa. No le di una patada de milagro.

La tercera cita me dio la oportunidad de mostrarme simpático y expansivo y a ella le dio la oportunidad de negarme el sexo por tercera vez. Quise seducirla y me mostré encantador, la llevé a comer al Quinto Vino y al estudio de un pintor en El Escorial, pero ni aun así me abrió las piernas.


La cuarta vez que me me dio calabazas fue en nuestra cuarta cita. Lo cual no es una curiosa coincidencia. Es un patrón.

La quinta vez, pensé por primera vez en matarla y lo pensé en cinco ocasiones, de modo que la sexta vez que pensé en matarla, fue en nuestra sexta cita.

La séptima cita, esta misma noche, justo cundo iba a matarla, ella se desnudó y me ofreció su cuello, sus labios, todos ellos, sus pechitos descarados, su cuerpo entero. Me desconcertó bastante. Tanto fue así, que me ha matado a polvos.

Me muero de gusto.





miércoles, abril 08, 2015

Cuando me veas



Espero que, cuando al fin me veas, sepas mirar más allá del planeta que aparento ser. Que no entres en mi atmósfera sin traje de cosmonauta, porque podrías orbitarme por toda la eternidad, ser mi luna inalcanzable, objeto de mis cantos y poemas, razón de mis altibajos ciclotímicos, imán de mis mareas, reloj de todas mis vidas.


Confío en que, cuando al fin me veas, no fijes tus ojos biempensantes en mi torpe y ajado aliño indumentario, porque los paños vulgares que, a la vez, me esconden y delatan, no son parte de mí ni de ti, no son yo ni son nosotros, son sólo un afán de otro tiempo y de otro cuerpo, un rato desafortunado de hechizo en los pasillos nada glamourosos del hipermercado, una inútil pretensión de normalidad huída hace mucho tiempo de mí. De mi planeta, si vamos a eso.
Espero que, cuando me veas, corras como una loca, desaforada, infantil, apasionadamente hasta el final del pasillo que es mi mirada esquiva. Y que en tu carrera hacia el centro del planeta, te dejes llevar por tu instinto, sin que las luces te deslumbren, sin que las sombras te atemoricen. Tu vestido blanco de vuelo y tirantes, tus pies desnudos acortando las distancias siderales, propulsados por tu sonrisa, por mis ganas de entenderlo, por el frío que derrite los polos de este planeta anhelante de vida.


Creo que cuando me veas me vas a contagiar la alegría, me transmitirás los microbios traviesos de las chispas de tus ojos, sucumbiré al virus de tu talento y se me pegarán los humores de tu simpatía desbordante.


Esto es lo que yo creo. Y yo, atento, discreto, soberanamente aburrido, sin saber nunca qué vino pedir, ni qué cantidad de comida es la correcta, ni... a dónde dirigir mis ojos hambrientos, si a los tuyos y ruborizarnos, si a tus labios y hartarme de sonrisa o a la parcela dorada de piel que baja desde el hombro, por la zona de la axila, hasta el pecho.


Cuando me veas, supongo, no serán decisivos las grandes palabras ni los gestos grandilocuentes, sino esa forma de ponerte la servilleta, o de juguetear tus pies por debajo de la mesa mientras te acabas el postre.


Después de tanto tiempo, cuando me veas, el cielo en ciernes podría reinar.



















lunes, marzo 23, 2015

Romántico asesinato en una tarde de lluvia vulgar

Llueve demasiado para matarse esta tarde. Y aquí, de pie, empapado bajo el portal de tu casa, con la memoria huyendo cada día un poco más lejos, tu rostro se me hace cada vez más lejano, más cansado.Quizá no sea tanta lluvia como para no matarte a ti.

Matarte. Acabar con tu dolorosa risa, tan ausente de mí. Es un asunto bastante serio, pero me siento fuerte, en forma, en la onda, con buenas sensaciones, con el grado de estupidez necesario para estos menesteres.

¿Qué saco yo? De momento, no volver a sentirme así. Tu estás ahí arriba, en casa, posiblemente con un vestido azul viejo y cómodo, sin sujetador, con los pies encima del sofá, debajo de tu culito, y un libro en los muslos (quien dice un libro, dice el Pronto) totalmente ignorante de que alguien, a penas a unos metros de ti, maquina el modo de acabar con tu vida.

No me atrevo a llamar, porque a lo mejor ni siquiera tienes puesto el viejo vestido azul y estás desnudísima, encima de tu novio, cabalgándole o, algo peor: leyéndole los pasajes más inspirados del libro que estás leyendo (y en este caso, no podríamos sustituir el libro por el Pronto). No lo hagas, él estará deseando que acabes con tu rollo (libro) para ponerse con sus temas (videojuegos) y no se atreve a decírtelo porque no tiene agallas. No como yo, no como las mías, que hasta te mataría. Él seguro que no se atreve ni a pensarlo. menuda birria de hombre.



Joder, cómo llueve... me siento como un ángel llegado de entre tus ojos, los ojos que, dicho sea de paso, dan un poco de esperanza al cielo de esta ciudad; me siento así, un poco Mary Poppins y otro poco Homer Simpson, y quiero fastidiarte la tarde por la sencilla razón de que esa tarde tuya, no me incluye a mí.

Hay una cabina telefónica. Todavía queda alguna. Te llamo y contestas, pero yo no digo nada. Solo respiro un poco, porque se me da mal no respirar. Escucho y no oigo más que a ti y no le oigo a él, ni música de follar, ni gemidos en plan cuelga y vuelve, nena, ni nada de eso. Tú no tienes ni idea de que pueda ser yo, porque, en fin, no sabes lo bonita que eres.

Me gusta oírte y te diría, soy yo, mi pececito lindo,estoy mojándome como un capullo aquí abajo porque espero que me digas, sube,Wolffie, y yo subo y hacemos el amor tres veces, porque la primera, de emocionado que estoy, sufro un gatillazo de espanto, la segunda vuelvo a gatillear porque, porque... porque... bueno, por lo que sea, y la tercera, al fin consigo aguantar un ratico y se te escapa algo que, si bien no puede considerarse un orgasmo con el reglamento en la mano, sí parece un gemidito aprobatorio.

Pero necesitaría poder abrir la boca y emitir quizá una o dos palabras, pero no puedo, llueve demasiado para ser expansivo, este frío húmedo me está congelando las pelotas y no soy capaz de hablar, ni me imagino diciendo algo ingenioso o interesante.

Cuelgas y yo me quedo ahí con el teléfono en la mano. Idiota completamente. Bastante mojado como para parecer seco y atractivo, dirijo mis pasos bailonguillos al centro de la calle y le robo el paraguas a una vespa. Camino bajo tus ojos, bajo mi propia decepción voladora, bajo la promesa solemne y obvia de que nunca te mataré,si me prometes que tú no volverás a ver Tu cara me suena. En ese caso, me considero liberado y podré matarte sin aspavientos, con soltura asesina, con ligereza homicida.

Te mataría sin pensarlo. Salvo que vuelva a llover.


jueves, marzo 19, 2015

Papá

Papá  sepia en un marco ovalado de pan de oro, vestido como de niña, incoloro, y creo que es él porque alguien me lo dijo, porque no parece un héroe, no parece un padre.
Papá juvenil y delgadito, sol del Pirineo catalán en su piel, dicen que con ropa de esquiar, pero parece más un pastor, o un payés en un día de fiesta, que un esquiador. Nada gay, como hoy. De fiesta con su primo, quizás un amigo, tal vez un quintacolumnista despistado.

Retrato casi de Hollywood, busto arrogante de militar amable, sonriendo para impresionar a Milagros, por fin con bigote, caminito de Canarias, la cabeza sutilmente inclinada, el alma del todo entregada.
Papá casándose -la espalda aún recta- con un pimpollo reventón, a la sazón mi madre, sables y tartas, bailes y viandas, presente y futuro hace un montón de años.

Papá inclinando su espalda por el peso de mis hermanos mayores, aun ignorando que el sexto será Su Gran Obra (el sexto soy yo), pero con una gran esperanza pintada en su rostro.

Papá en la terraza de Agustín de Foxá, sosteniendo un tomate de casi cinco kilos (yo, recién nacido), con brazos y piernas, mantita y pañales, bebé rollizo, sonriendo de medio lado, pipa apagada en sus labios.

En algún lugar en Barcelona, papá me pasea a hombros, me cuenta historias que no recuerdo. Miramos hacia arriba y yo le pellizco instintivamente el lóbulo de la oreja, pensando que algunos niños van en coche, otros van en camión, unos pocos van en avión, en helicóptero o en yate... pero el más suertudo de todos soy yo, porque yo voy en papá. Papá es el papá más cómodo del mundo para ir en él, lo saben todos mis hermanos, porque la chepilla que tiene le dota al asiento del llevado a hombros de una superficie amplia como el sillín de una vespa.

Papá preparando café de puchero, y desayunos de sentarse en el ofis con un chupito de tinto de bodega, no de bodega como las de ahora, de la bodega de La Ventilla, adonde llevaba yo con mis hermanos la garrafa y mirábamos hechizados cómo el bodeguero la limpiaba poniéndola boca abajo en un grifo mágico que había sobre el mostrador metálico tan irregular.

Papá siendo divertido de vez en cuando en la playa, corriendo de forma censurable, jugando fatal al fútbol, nadando a su manera, sin sumergir la cabeza, pero con un elegante meneo torsal.

Papá haciendo gachas los domingos, haciendo salsa de tomate, bizcochos de limón y chocolate cócteles de martini con azúcar en el borde de la copa. Ronda de babas con papá.
Papá y yo yendo a Jumbo, el sábado a las nueve y media, un carrito cada uno, sincronizamos los relojes y cada uno por su lado a hacer media compra, veloz y práctica, sin chuminadas, pero con dispensa para que me compre una napolitana o una caracola recién horneada en la panadería.



Papá llorando a mamá y a Montse, tratando de continuar, siendo práctico y, curiosamente, más cercano de lo que estuvo jamás.
Papá en lo más alto, general, ministro, magistrado, supremo y todos, pero más que ninguno, él, extrañando a mamá: si pudieras verlo...
Papá en mi boda, de blanco radiante, deseando que no meta la pata yo, volviendo a casa a esa casa en la que ya sólo quedan Flips y Shakes.
Me llaman por teléfono porque un tipo ha atropellado a Papá. Meses en la UVI, meses en la policlínica, de lenta y estrecha recuperación. Unas semanas en casa con un enorme polaco, una señora de la que no me acuerdo que iba a limpiar y una llamada de Shakes: Papá se ha caído.
Y rápido y sin dudar, papá se marcha de este mundo porque se ha cansado de echar de menos a mamá.
Hoy, aún es el día del padre. Yo soy padre, pero aun cuando pienso en lo que debe ser un padre, no pienso nunca en mí.
Pienso en ti, papá.
Feliz día del padre. Papá.









domingo, marzo 15, 2015

La Crítica Inversa (el lector, visto por el libro)

Fue cargar en la pantalla de la tableta mi primera página y empezaron las sospechas: el desdichado rostro velludo de este lector no promete nada bueno. Y es que hay lectores a los que, desde las primeras líneas, se les nota el pelillo de la dehesa. En este caso, el clásico listillo. Sea visto:


No os dejéis engañar por sus pedantes gafitas y prestad atención al gesto pedestre de incomprensión que ocupa su rostro. Ha sido al leer la palabra "esteatopigo", cuando ha aparecido este rictus de idiocia profunda y ya no se ha recuperado de este duro golpe.
Se trata de un lector poco respetuoso con libros como yo (no me he presentado, por cierto, soy Hablando del asunto, de Julian Barnes) y suele leerme a ratos sueltos en una gasolinera (¡una gasolinera...!) o bien en largos y sesudos rounds de lectura en lo que él, asaz humorísticamente, llama reunirse con sus abogados o hacer una sentadita, verbi gratia, cagar.
Es en estos ratos a solas, cuando este lector entra en comunión con los de mi calaña y a veces, sólo a veces, comprende algo.
A su favor, digamos que es lector voluntarioso, que lo intenta, inasequible al desaliento, a pesar de los esteatopigos y su más feroz enemigo, sobre todo cuando trata de leerme en el sofá: se queda frito con frecuencia facilona y es enternecedora su terca determinación por leer lo que se le escapa.
En fin, no es el típico pelma que te lee fatal, pero tampoco es para exhibirlo en tu galería de lectores ilustres.
Un lector más, aunque no uno del montón ya que, dado su tamaño (corporal e intelectual) este tipo es, en sí mismo, un montón.

Crítica de Jorge, lector no demasiado leído, por Hablando del asunto, de Julian Barnes.



jueves, marzo 12, 2015

Yo estoy aquí (¿Dónde estás?)

Esto es para ti. También es para ti. No es sobre ti, ni sobre tu vida, ni para celebrar nada, sino sobre lo que nos pasa. A tí y a mí. O a mi contigo, quizá. Dime qué te parece.




 ¿Dónde estás, dónde estás?
 Incluso estando a mi lado, me pregunto dónde estás
misterio endemoniado, magia piedras y sal
ya me has tirado los dados, estás a mi lado y no estás
¿dónde estás?

¿Dónde vás, adónde vás...?
los mapas son papel mojado, vas y vienes, vienes y vas
dame una pista, algún dato, que me permita disimular,
despistado todo el rato no hago más que preguntar
 ¿Dónde estás?

El destino me ha condenado a vagar
a dos metros por encima de tu mar
Ya no vuelve a ser mañana, ya nadie quiere jugar
en esta casa sin ventanas que huele a ti aunque tú no estás
¿Dónde estás?

¿Volverás..?. dime si volverás
finjo que no me importa, olvido que me olvidé de olvidar
mentira de piernas cortas, príncipe de ingenuidad
que se abre paso a tortas, incapaz de hacerse respetar sin más
¿volverás...?

El destino,me ha condenado a vagar
a dos metros por encima de tu mar
Ya no vuelve a ser mañana, ya nadie quiere jugar
en esta casa sin ventanas que huele a ti aunque tú no estás
No me canso de seguirte ya no puedo abandonar
existo yo porque tú existes, pero dime dónde estás
¿Dónde estás?

Cuando todos reían,cuando todos hablaban, cuando las conversaciones y las risas se disparaban a un lado y otro de la mesa y parecía que el mundo iba a estallar de felicidad... yo estaba allí, supongo que lo recuerdas. Callado, un poco al margen, pero estaba allí.

Cuando el éxito estaba rondando tu hermosa cabecita y sólo tenías que mover un músculo para irradiar ese mundano halo, Allí estaba yo. Y diría que entonces te gustaba tenerme solícito y proactivo a tu alrededor, aleteando como un colibrí, ansioso como un perrito que espera que le lances el palito.

Cuando las sombras se reunieron en torno a ti y todo parecía darse la vuelta pero no para renovarse, sino para marcarte, en plan vuelta y vuelta, como un filetito de pollo aliñado, en fin, allí estaba yo, tostándome para que tú no te quemaras, siendo el tonto útil que,al parecer, es mi papel.

Cuando ya no querías más... lo reconozco, seguía allí y tu pensarías, joder qué pesado, pero bueno, allí estaba, ¿no? Y cuando toso se vino abajo, dejaste que laira de los dioses menores, de las sargentillas y los donnadies cayera sobre mí, callando como casi casi siempre. Pero incluso para eso... allí estaba, ¿lo ves?

Y ahora, cuando la mitad de nuestras vidas acaba de desfilar ante nuestros ojos, cuando suena el viento y nos duele la espalda, cuando ya sabemos casi todas las respuestas, cuando cada cada vez tenemos más preguntas... yo estoy allí, donde siempre estuve, por ti.

Y tú, amiga mía, ¿dónde estás?