domingo, febrero 03, 2013

Las sosas aventuras de Juanito, el Rayo Saltador (las crónicas de Gas-gas-gas).- 1

31 de enero de 2013


Sin saber de dónde vino, me llevé una hostia de campeonato el mismo día que se graduaba la hermana pequeña de mi jefa, que, por decirlo en pocas palabras, fue ayer.
Mi jefa estaba contenta, porque su hija se graduaba (ignoro de qué) y ella iba esa noche a la fiesta a presumir de hija que, por lo visto es guapa y lista y está muy bien educada y es simpatiquísima: todo lo que no es su madre, mi jefa, a la sazón. Mi jefa se llama Francisca Obvia, pero todos la llaman Pancha, y yo cualquier día de estos me sumo a esta corriente, es una mujer de presencia apabullante. No pasa desapercibida jamás a pesar de su, relativamente, escaso tamaño, sobre todo si la mesura que usamos es la vertical. Pero es, en palabras de Osmius, cliente habitual, como Tazz, el Demonio de Tasmania: pequeñaja, revoltosa, malhablada y un terremoto andante (vibrante) que no deja nada en pie a su paso.
- Perdona, Juanito - me dijo la jefa Pancha con una expresión dubitativa: resultaba evidente que el guantazo que acababa de soltar se le había escapado, pero era igualmente palmario que le había producido enorme placer cruzarme la cara de tan sonora manera -, no sé qué me ha pasado... - dijo, y a continuación se levantó y se acercó a mi rostro aún ardiente por el triple efecto de la guantada, la vergüenza y la ira contenida, y me puso una mano en la zona enrojecida y se acercó a valorar los daños y, como siempre que se encontraba cerca de mí, el estómago se me revolvió, al sentir, como un martillazo en el cerebro, una vaharada de su desagradable olor corporal. 
- Joder, jefa...
- Perdona, es que estoy nerviosa últimamente, perdona... en serio, no volverá a pasar.

Desde luego que no volverá a pasar. No. al menos en esos términos, no al menos en esos términos tan penosos.

No volverá a pasar porque si vuelve a ocurrir, le devuelvo el tortazo, te digo que le devuelvo el tortazo multiplicado por tres.
No volverá a pasar porque la sorpresa de verle las tetas a mi jefa ya está descontada y ya no se me volvería a quedar la boca abierta y la cara de bobo que había provocado su reacción. Porque eso fue lo que pasó: jefa Pancha me pidió que me acercara a su mesa.
- Juanito, mira esto, anda, que a tí se te dan mejor estas máquinas... (ordenadores)
Yo me acerqué a su mesa y cuando estaba le estaba contando lo que había hecho mal (siempre hace mal todo lo que tiene que ver con el ordenador) los ojos se me escaparon hacia su escote, anormalmente abierto esa mañana, supongo que por accidente, y en fin, debí quedarme callado en mitad de la frase, con la boca abierta y con cara de idiota, porque lo siguiente que reecuerdo es echarme hacia atrás con violencia, con la cara ardiendo y oyendo a la jefa Pancha aullar y gritar a su estilo chabacano y vulgar:
 - Pero bueno... ¿qué te has creído? ¡Que una no se chupa el dedo! - desgraciadamente, pensé yo, porque de chuparte el dedo, ese dedo gordezuelo y purulento, de perenne uña negra, te envenenarías y te quedarías en el sitio.

Pero no, no se chupa el dedo, lástima de muerte por intoxicación, y se acerca a mí, a su pesar, para disculparse por darme una hostia y yo prefiero que se quede en su sitio, porque os lo digo en serio: esta mujer huele fatal. Mucho y mal. Parece tener algún problema con las glándulas sudoríparas (no sé si existen esas glándulas, por cierto) y huele siempre a sudor fresco, como si acabara de darse una larga e intensa carrera para coger el autobús.

No quiero que se disculpe, porque me cae mal. Quiero tener agravios frescos para el momento de mi desquite.

Es mi jefa, la jefa Pancha, y es una mala mujer. Una jefa más joven que yo, funcionalmente analfabeta, cerebro de mosquito y lista como un rayo, a la vez, una mujer acomplejada y terriblemente vulgar,  que me da tortazos, a mis 48 añazos, ¿es posible mayor humillación?

Espero que no. Pero ya veremos, ya...





miércoles, enero 30, 2013

The long and winding road WolffAcoustic

El lunes cumplí 2 años en la estación de servicio donde trabajo. Dos años y la sensación que tengo ahora, es que caí en un agujero negro del que va a ser complicado salir. Ahora atravieso un mal momento en la empresa, me ahogo poco a poco, no veo perspectivas y tengo una jefa que vaya, vaya... Estos dos años han sido, pues esto que dice la canción, un largo y tortuoso camino, además de empinado y de desagradable paisaje. Sé que no debería quejarme porque tengo un puesto de trabajo, pero, os lo juro, se me hace un mundo venir a trabajar cada día.
Tengo mi guitarrita, y puedo cantar canciones como esta, eso me salva de la locura. Ojalá a alguien le gustase tanto escucharme cantar este tema como a mí me gusta cantarlo.
Dos años en este camino, dos años pisando mierdas. Caray...

lunes, enero 21, 2013

Tocar en un grupo


De todas las cosas que siempre quise hacer, de las que me imaginaba, cuando niño, que haría cuando  fuera mayor, tocar en un grupo es de las pocas que se han cumplido y, además, se han cumplido bien.

Me gusta, me gusta muchísimo tocar en un grupo. Simplemente eso, tocar, tener unos compañeros de banda con los que compartir momentos vitales de calidad, con los que experimentas toda la gama de sensaciones de la autoestima: desde la sensación inicial de "dios mío, con lo malos que somos, ¿cómo vamos a tocar estas canciones?" hasta el subidón verdadero (a mí a veces se me saltan las lágrimas y otras veces, con perdón, me empalmo

Casi siempre soy el más atractivo, no sé porqué
mientras tocamos y la cosa "suena").

Tocar es difícil. Cuando tienes ya cerca de 50 castañas, ojo, juntar a cuatro personas y que las cuatro coincidan en todas las cosas que hay que coincidir para poder ensayar juntos, sólo intentarlo es ya un triunfo. Cuando ves que la cosa empieza a funcionar (y "funcionar" quiere decir tantas cosas como grupos hay) te das cuenta de lo gustoso que es eso de juntarte con personas unidas por una extraña pasión -tocar música junto a otras personas- y, juntos, empezar a construir el proyecto.

Yo adoro esto. Montar canciones. Trabajarlas. Ver que las cosas funcionan. que lo que tienes en la cabeza empieza a cobrar sentido. Me gusta trabajar temas propios y versiones y me gusta, sobre todo, tocar. Ver que la primera vez que tocas suena a mierda. Y que poco a poco las piezas empiezan a encajar y surgen nuevas formas, nuevas sensaciones que ni de coña esperabas, pero que te sorprenden mientras te aprendes un lick de guitarra, un patrón de batería, una línea de bajo, una armonía vocal complicada.

Ahora toco con thePerros. Con Jota, al bajo, y sus movidas personales y musicales y su constante tormenta interior; con Bertoldo, a la guitarra, un maestro de la teoría musical y de la práctica, sobre todo con las guitarras acústicas (española y americana) y su generosidad de carácter; con EmeÁ, a la batería, hombre de sabias manos y carácter afable, el típico tío al que no puedes evitar pasar la mano por los hombros cuando le ves. Somos cuatro bichos raros que, de no mediar la música, jamás hubiéramos tenido un minuto en común, pero... ya nos ves, viéndonos todas las semanas y levantando un grupo que espero que puedas ver pronto en vivo.

Cuando tocas en un grupo, otro aspecto importante, es el tiempo que dedicas a eso, incluso cuando no estás con ellos. Como no hay demasiado tiempo para ensayar juntos (si hay suerte, una tarde a la semana), es importante el trabajo en solitario, en tu casa. Entre las muchas canciones que estamos montando ahora, me tiene sorbido el seso Hotel California, el clásico de Eagles. Desde siempre me ha encantado esta canción, especialmente, las guitarras. En thePerros, Bertoldo es el guitarra solista oficial, pero a mí me gusta mucho pisar el distorsionador y marcarme mis solitos. En este tema, el super solo final de la canción, me ha tocado a mí y estoy en ello. Un día lo tocaré bien y el día que nos veas en un escenario tocándola, te la dedicaré, por haberla aguantado en este video.

¡A por ellos!


 Mejorará, lo juro.

jueves, enero 17, 2013

El extraño caso de la ardiente cafetera

Tengo una sensación algo más que extraña. Una ansiedad vieja que, sin embargo desconozco, y que me tiene en vilo desde que esta mañana se ha roto la cafetera. El mundo parece ir a desmoronarse y sin embargo, nada cambia su paso, todo sigue su ritmo como si no importara nada que una cafetera eléctrica Ufesa se rompiera. ¿Importa?

Bonita foto de fea cafetera.
He de decir que la mala suerte que tenemos en casa con las cafeteras es casi una enfermedad crónica. Da igual del tipo que sea, las cafeteras acaban por romperse en mi casa. Voy a otras casas y la gente consigue  que sus cafeteras duren años y hacen un café rico y a mí no me importa que sus coches sean mejores, sus ventanas más bonitas, sus suelos más confortables y sus calefacciones más eficientes y amorosas; ni siquiera quiero esas cafeteras exprés tan de modhttp://otradewolffo.blogspot.com.es/2013/01/el-extrano-caso-de-la-ardiente-cafetera.htmla ahora, sólo envidio esas viejas melittas que hacen café casero para tomar con leche calentita y cremosa. Cuanto más viejas son esas cafeteras, cuanto más ajadas parecen, tanto mayor es mi envidia y mi aprecio insano.

¿Por qué duran tan poco las cafeteras en mi casa? Lo más probable es que la causa sea yo, pues soy yo, en general, aunque no siempre, el que "pone" el café, pero no logro adivinar qué es lo que hago mal. Las roturas son de toda índole: mecánicas, eléctricas, de fontanería, las causas son distintas en cada caso, y como he dicho, ha habido muchos casos, muchas cafeteras, pero esta mañana, mientras hacía el café... bueno, casi sale ardiendo.

He recordado que me aficioné a hacer el café mañanero con mi padre. Aunque últimamente el trabajo, de horarios cambiantes y agotador para mi corpachón ya viejo y con bastante sobrepeso, me hace dormir más, a pesar de esto, digo, siempre he sido madrugador. No me gusta estirar la dormida más de lo necesario para recuperar fuerzas. La luz de la mañana suele ser la última frontera: por tarde que me haya acostado, encuentro antinatural dormir mientras la luz entra por la ventana.

Mi padre amanecía, de siempre, muy temprano. Cuando yo empecé a madrugar, no sé, debía tener, ¿10 años? quizá sí. Me levantaba y descubría a mi padre trasteando en la cocina de mi casa, con el aroma del café de puchero recién hecho y de cosas más apetitosas aún: pan tostado, huevos fritos, beicon, chorizo, cebolla, ajos, pimientos, tomates... mi padre desayunaba como un príncipe inglés y a mí me dio mucha envidia desde que lo descubrí.

Llegamos a un acuerdo favorable para ambas partes: yo haría el café (me enseñó él) y él prepararía el desayuno, el mismo desayuno, para los dos. Desayunar higado encebollado, pollo con tomate, huevos fritos con puerros y pimientos, patatas machacadas con pimentón y bacalao... era una delicia. Mientras yo hacía el café, mi padre escudriñaba los restos de la comida de los días anteriores y con un talento que me gusta pensar que he heredado, improvisaba un desayuno que era para morirse, pero que en realidad te devolvía a la vida. Sólo en una cosa nos distanciábamos: a mi padre le gustaba desayunar con su vasito de tinto de garrafa (garrafas que rellenábamos en la bodega de la Ventilla), y a mí me gustaba hacerlo con el café que había hecho. Aún hoy, cuando mi desayuno tiene ese rubro pantagruélico, recuerdo esos días en el no había problema en mojar (es una forma de hablar, no lo mojaba, lógicamente) el atún en el café.

Eso es lo que tengo en mente. Me gusta cocinar mientras oigo el gorgojeo del café haciendo ese líquido milagroso que me hace despertar. Ahora el café sale alegre y borbotea mientras cocino para los míos, bien para que desayunen (no al estilo de mi padre ni al mío) o bien para llevarse la comida al trabajo. Necesito ese ruido, ese aroma y ese sabor para salir adelante cada día. Por eso me fastidia muchísimo que se rompan continuamente las cafeteras. Las he tenido de todos los tipos y marcas, precios y capacidades: da igual, ninguna dura más de un año.

Desdichado de mí, que ninguna se queda conmigo.

¿Qué tengo yo que, a pesar de mi necesidad y amor por ellas, me odian tanto las cafeteras?


Desdichado de mí...



jueves, enero 10, 2013

Hablando con las piedras (Epílogo)

Hace unos días, por razones de trabajo, volví a Almería, o cerca de Almería, más bien, porque recalé en Roquetas de Mar. Trabajo para un grupo de inversión que, en plena crisis, compró un montón de promociones inmobiliarias a precio de risa y ahora las vamos colocando, aun a buen precio, pero con jugosos beneficios.
Mi trabajo es sencillo, pero crucial: fotografío la promoción, el entorno, le pongo un nombre evocador y diseño la campaña de comunicación, presentando el asunto como si fuera la última oportunidad de tu vida de ser feliz en el paraíso, porque todas las promociones, estén donde estén, son, invariablemente, El Paraíso. Puedes creerlo o no, pero funciona.

No es que me pillara de paso, pero me acerqué a la Fabriquilla por pura curiosidad. No había vuelto desde mi episodio con Selena y supuse que 3 años eran tiempo más que suficiente como cuarentena, o margen de seguridad.

El Jipi Perdío no estaba ya, y en su lugar había otro bar que parecía lo mismo: garito de urbanita intentando parecer del lugar de toda la vida. Ni siquiera entré. Recordaba, aunque vagamente, el sitio al que nos llevó Isabela, el bar de Floren y Amparo y allí dirigí mis pasos, más dubitativos a medida que me acercaba y veía lo cambiado que estaba todo. Ni Floren ni Amparo, naturalmente, se acuerdan de mí, pero en un rincón está Isabela, metida hasta las cachas en la lectura de un libro. Me acerco a ella y, no diré que se alegra de verme, pero parece reconocerme y esboza una sonrisilla.
- Isabela...
- ¡Anda...! el piriodista escéptico... el de las preguntas incómodas - dijo con una sonrisa abierta y simpática - ¿qué tal va todo?

Estuvimos hablando un buen rato y bueno, Isabela seguía siendo la misma encantadora mujer, con un punto excéntrico, que recordaba. Hablar con ella es siempre agradable y te hace sentir bien. Me llevó un buen rato, mis buenos 20 minutos, preguntarle lo que realmente quería preguntar.
- ¿Sabes algo de Selena, la ves habitualmente...? - ella sonrió sobre su sonrisa establecida, o sea que cambió de sonrisa. Si la que reinaba hasta ese momento era su sonrisa de qué bien lo estamos pasando, ahora me regalo una sonrisa de ya era hora.
- Así que has venido a ver a Selena, ¿eh...? - no digo que no sea un tío simplón, primario, seguramente lo soy, pero en según qué asuntos, no me gusta que los demás (las demás) lo adviertan espontáneamente. Llevo años cultivando una imagen no exactamente sofisticada, pero sí un poco de hombre modernillo, socialdemócrata, como si dijéramos, sensible y todo ese rollo. Pero bueno, en según qué  situaciones... no cuela.
- Sí... he venido a eso.

-.-

Isabela me llevó a su casa y me invitó a un té alucinante. Me contó cómo estaban las cosas y me acompañó al acantilado mientras me preparaba para lo que me encontraría a continuación.

Selena.

Ahí la tienes, ahí la tengo. Ha engordado un poco. Me gusta.
Hablamos de muchas cosas. Está distante. Selena nunca ha estado cerca de mí, en realidad. Profundamente, quiero decir. Se acerca a mí cíclicamente, de forma superficial. Pero yo no formo parte de ella, de su vida, de su camino. Soy como una gasolinera en la vía de servicio a la que, a veces, entra a repostar, si viaja sola, y si le apetece. Me paga en efectivo, no pide ticket y no quiere dejar huella. Ni siquiera saluda. Simplemente viene y me deja que rellene su depósito. Deja que me vacíe en ella. Hace de su repostaje un paréntesis y sigue sus camino, pero a mí me deja al margen, mirando como un tonto en la cuneta, esperando a que vuelva al día siguiente. Pero nunca vuelve. Bueno, volverá, si quiere. Pero yo no tengo opinión en eso. Vendrá, si quiere y volverá a repostar y tendremos otra remenbranza. Para ser justos, la remembranza será mía, ella simplemente ha llenado su depósito de vanidad, de ego o de cariño, no sé muy bien lo que busca en mí, y seguirá su camino sin recordar si quiera la marca de la gasolinera que acaba de dejar.

Estamos juntos un rato, pero apenas intercambiamos una docena de frases. Es raro, pero nos sentimos incomodísimos uno al lado del otro. Yo no sé muy bien qué decir, pero su problema parece ser que ella preferiría no estar conmigo. Siempre me pareció un poco alocada y egotrípica, pero esencialmente buena. Ahora me parece descubrir que su caráter es un poco más salvaje, más asilvestrado y es capaz de morder... no, mejor, es capaz de arañar, de sacar las garras. Más gata que perro. No la ves venir. Selena. Es lo que quiero, y lo que odio. Es un sueño y, muchas veces, mi pesadilla.

Vive allí. En una cabaña preciosa. Moderna y eso. No es jipi ni nada, sigue trabajando para la revista, pero escribe desde allí. Vamos caminando, esquivando piedras, cuando pasamos por delante de su casa; me parece ver a alguien en la casa. Le pregunto con la mirada.
- Es Benny, me ayuda a configurar todo, viene una semana cada trimestre y me deja todo funcionando - Benny Vidal, su amiguito del alma. Pase lo que pase, la vida sigue. No sé cómo no me doy cuenta de eso: la vida sigue al margen de mí. No soy el centro del universo - ¿Quieres entrar y le saludas? - dice ella.
- No, Selena... claro que no. Entra tú - ella no me contesta, pero parece aliviada - Yo sigo allí, ya sabes...
- ¿Dónde...?
- A un lado del camino, hablando con las piedras.

Selena se va.
Y será poético. Será evocador. Será un sueño. Pero os juro por lo que más queráis, que a mí, las piedras, no me dicen ni pío.

Me falta corazón.




jueves, enero 03, 2013

El despertar, en todo su sentido (y 10)

El sol de una playa sureña, incluso en invierno, es a veces insuficiente para que mi despertar sea el más dichoso del mundo. Selena está a mi lado, encima de mí, más bien, dormida sobre mi pecho, acurrucada, me temo que medio muerta de frío también. He esperado un poco, esperando que el sol de Almería nos calentara y echarme otra dormidita, calentito, con Selena aquí, dispuesta a todo al despertar, pero no, si no me la llevo de aquí pronto y entramos en calor, vamos a pillarnos una buena.
- Eh... Selena
Ella murmulla algo con dulzura, como es ella, pero de su delicioso amanecer sólo capto las vocales
- ¡...e.a.e e. .a., .i.i.o..a.! (1)
- Venga, cielo, que te estás quedando helada...
- Joder...
- ¿Cómo...?
- Que me dejes en paz, gilipollas, que ya te he oído
Entonces, si yo fuera una de esas personas que llevan siempre consigo un cuadernito donde apuntan enseñanzas, datos de interés y teléfonos de tías buenas, apuntaría, probablemente con forma de silogismo sentencioso, la enseñanza del día:  "Algunas mujeres, por dulces que parezcan, no tienen un dulce despertar si no les llevas a la cama con edredón de plumas y almohada de viscolática,un zumo de naranja y un par de croasanes".  Pero no llevo cuadernito, así que reacciono de la única forma en que se me ocurre: me zafo, con la rapidez de un extremo zurdo, de mi marcador rodando hacia el lado en el que no está Selena (el derecho, en este caso) y dejo que ella caiga de cara sobre la arena para despertar de una forma abrupta.
- ¡Dejándote...! - digo según me escurro a la derecha y dejándola caer con gran prosopopeya.
- ¡Capullo...! - dice ella levantando la mirada. Miradla bien. Con la cara aún hinchada por el incómodo y poco reparador sueño, el maquillaje corrido, despeinada, la arena pegada a su rostro y la cara de cabreo que tiene, no está en su mejor momento, no está para hacerse una foto, pero me sigue pareciendo la mujer más deseable de la tierra.
- Espera un momento... - le digo mientras saco mi teléfono, hago como que busco algo, pero lo que hago es ponerlo en modo cámara de fotos y le tiro una traicionera instantánea - estás horrible, Selena, y esto tengo que rememorarlo cuando pasen los años.
- ¡Capullo...! - insiste ella, pero esta vez, bajando la mirada y sin la suficiente rapidez como para evitar mi disparo. Se incorpora y se queda, sentadita, con la espalda apoyada en el rompeolas, esperando a despertarse de verdad, y pensando, tal vez, en cómo hacerme sufrir algún tipo de humillación.
- Espera un momento, cielo, no te muevas...
- ¿Cielo...? para ti soy el averno, anormal. ¿será idiota...? - pero yo ya me he levantado y me voy, porque sé que me va a perdonar.
Y lo sé, porque a menos de 50 metros, en el mismo paseo marítimo, hay una cafetería abierta y convenzo al camarero de que me deje una bandeja con un par de cafés, un zumo recién exprimido y un croasán y se lo llevo a Selena. Es un bello gesto romántico e inútil.
- ¡Qué encanto! - me dice... - pero entre nosotros, Wolffo, tengo que mear o voy a estallar
- De acuerdo - digo, malinterpretando su urgencia - ¿quieres que me ponga así delante y te tape?
Si hubiera miradas asesinas, estaría fulminado, os lo juro.
- ¿Tú eres imbécil? -  me dice - ¿Crees que me voy a poner aquí a hacer pis, agachadita, mientras tú haces de parapeto...? ¿No crees que hemos tenido ya bastante escatología en nuestra relación, Wolfillo? - el cabreo se le ha pasado. Es un efecto que suelo causar en las mujeres: a veces soy tan tonto que se olvidan de que estaban enfadadas conmigo y empiezan a reírse de mí abiertamente
- Bueno, yo sólo queria...
- Vamos a ver, Wolffito... - me dice divertida por mi azoramiento- Has tardado 2 minutos en traerme esto de un bar... ¿no será más fácil que vaya a ese bar?
Vale, de acuerdo, es más fácil, más lógico, pero menos romántico. O sea, no es que ver mear a tu chica sea romántico, pero si va al bar de donde he sacado yo el desayuno, en fin, mi desayuno en plan "héroe mío" se va a la mierda. Pero Selena es única.
Cuando nos levantamos, me hace sentarme y esperarla en ese mismo sitio de la playa. Y vuelve, tres minutos después ya meadita (eso lo supongo) y radiante (peinada y retocada, eso lo constato) a mi lado. Para terminar de redondear la jugada, me trae un café, un zumo y una tostada de jamón con tomate. ¿Os imagináis algo mejor? Yo sí, que hubiera venido completamente desnuda y me hubiera ofrecido un polvo de agradecimiento con ella encima, al sol playero, pero no se lo voy a tener en cuenta. Esta vez.

-.-

Después de desayunar (desayuno con diamantes), mientras esperamos a que nos den un cochecito de alquiler, esquivamos a Cay que tiene una pinta tremenda de no importarle una mierda todo lo que no sea su corbata. Le vemos detener su cochazo, dejarlo en mitad de la calle, taponando la circulación, bajarse, sacar dinero de un cajero que está justo al otro lado de la calle donde estamos nosotros, sin importarle nada que le piten y le griten los que han quedado bloqueados y se va conduciendo con el corazón. Quiero decir con el dedo corazón enhiesto y asomando por la ventanilla mientas acelera y se va. Un bobo menos del que preocuparse.
Tenemos que darnos prisa. El plan es pasarnos por el hotel, duchazo, cambiarnos (polvete rápido si estoy de suerte), coger el coche e ir a un sitio del Cabo de Gata que se llama La Fabriquilla, a unos 50 minutos de Almería, pero hacia el otro lado de la costa, bordeándola hacia levante.
No hay suerte. En el viaje hacia el hotel, Selena centra su conversación en lo mono que es el coche, lo bien que funciona,  y lo poco que gasta, extremo este que no puede comprobar hasta que llevemos un buen montón de kilómetros, pero Selena parece haberse tragado la cháchara del comercial del Rent a Car. Si me hubiera preguntado, a mí me importa un bledo lo mono que sea el coche, sus detallitos, su consumo (el real, por favor, no el anunciado) y todo eso. No quiero parecer insensible, pero es que la cosa graciosa es que creo que me habla del coche porque cree que a mí me va a interesar esa conversación.
En el hotel, no me da opción. Me paseo un rato en bolas por la habitación, a ver si hay suerte y entra Selena. No es que tenga un desnudo bonito, pero vi un capítulo de "Cómo conocí a vuestra madre" en el que un tío feísimo afirmaba que esta técnica (plantarte desnudo delante de la chica con la que estás), a la que llamaba, asaz descriptivamente, como "el hombre desnudo", funcionaba dos de cada tres veces. La técnica correcta no es la mía, puesto que yo estoy en mi habitación esperando a que ella entre y la buena ejecución de esta estrategia consiste en estar con ella en la misma casa, y aprovechar que ella va a al baño, o a por unas bebidas, o algo y desnudarse y adoptar una postura rumbosa para que cuando ella regrese, te encuentre en pelotas, por ejemplo, con un pie sobre el sofá y en la postura del pensador, con el asunto colgando, yaque no es estrictamente necesaria la exhibición erecta del pene. Sea como fuere, no funciona.
Nos vamos al Cabo de Gata.

-.-


I used to think of no one else, but you were just the same
La Fabriquilla y una barca que ya no navega
La Fabriquilla es un sitio encantador. Es una especie de minipueblo, todo blanco y azul, con barcazas abandonadas que son maceteros, flores de pita secas que todos fotografían, y un mar y un atardecer que que cuando se ponen bravos, todo el mundo debería estar obligado a mirar.

Llegamos a eso de las 2 de la tarde y rápidamente localizamos El Jipi Perdío, el sitio en el que hemos quedado con Isabela Balsa, para tomar algo, antes de entrevistarla, se supone que en su casa, si la caemos lo suficientemente bien como para que nos lleve allí. El Jipi Perdío es el clásico garito que monta un urbanita que quiere hacerse el troglodita, si es en la montaña, o el viejo lobo de mar, si es en la playa. A mí, os lo confieso, no me va ese rollo; prefiero mil veces el bar sencillo de un lugareño que se esfuerza en dar a su negocio un aspecto aseado, al negociete de un ex-urbanita que se empeña en parecer más del lugar que las piedras, vestido como un guarro y, en mi modesta opinión, con cara de gilipollas. Es una especie de prototipo, no sé si me explico. Y el dueño del Jipi responde al prototipo como un maldito manual. Y ni siquiera sabe tirar una cerveza en condiciones.

Isabela, sin embargo, me sorprende. Tiene pinta de señora de su casa, no de abogado, y menos de pintora, y menos aún de ex-abogado que se lía la manta la cabeza y se instala como pintora en el Cabo de Gata. Es agradable de aspecto y de trato, gordita (punto a su favor) y muy educada. Parece una abuela joven con ropa de pasar el domingo en casa. No me creo que a ella le guste esta mierda de sitio. Cuando estamos acabando la cervecita, y estoy convencido de que a ninguno de los tres nos gusta este local, me lanzo:
- Isabela, si llevas tiempo aquí, seguro que conoces un sitio mejor para comer, aunque no esté en la misma playa

Aliviada, estoy seguro, nos lleva al bar de un amigo, Floren, donde comemos como príncipes. Tiene esas cosas que molan: tú no eliges la comida, según llegas, te plantan una ensalada sencilla de que huele a gloria bendita, una jarra de vino de sospechosa higiene pero sabor áspero y delicioso, otra de cerveza,  pan, alioli y unas quisquillas a la plancha con limón y pimienta de aperitivo que están de infarto. Luego nos trae un plato con embutido, mientras sigue la conversación y la preparación de la soberbia bandeja de pescados raros que nos trae a continuación. Dios mío qué cosa tan rica.

Pasamos unas tres horas en el bar de Floren, tres de las horas más deliciosas que he pasado en mi vida. Después de comer, Amparo, la mujer de Floren, cocinera, amiga de Isabela, se sienta en nuestra mesa. Amparo tiene unos 60 años y nos habla de sus cosas y sus cosas son insignificantes e importantes al mismo tiempo y es genial ver como el Floren, que no ha parado de atender las mesas, le trae a su mujer un cariñoso café con un bombón y la besa en la frente sudada y se va tras la barra a fregar los platos.

-.-

Vamos caminando hacia la casa de Isabela, porque no hay acceso por carretera. Ni siquiera un camino que un coche pueda afrontar. Me pregunto cómo se las arreglará cuando tenga que llevar cosas pesadas, hasta que llegamos a su casa y veo el precioso burro gris que remolonea por detrás de la casa. La casa de Isabela es sencilla, pero muy bonita. Muy de señora de su casa.Cómoda, razonable. Piedra, madera, barro, todo combinado de forma graciosa y práctica y nos sentamos en un porche desde el que vemos el magnífico acantilado que, estando hace un minuto en la playa, no sé de dónde ha salido; y nos sirve un café, ofreciéndonos también algo para desinfectar, un resto, sin duda, de sus días de ciudad. No sé lo que le echa finalmente al café, pero está endemoniadamente bueno y yo, endemoniadamente colocado.

Hablamos y es todo muy natural y relajado. Yo no termino de creerme estas movidas, pero ella me entiende, y yo entiendo a Selena y su entusiasmo por el renacer artístico y pastoril de una letrada de asfalto. Aunque Selena muestra su entusiasmo con un silencio que no sé muy bien cómo interpretar.
- Selana, ¿vas a permanecer en silencio...?
- A veces, el silencio habla - dice Isabela y Selena, que parece extrañamente ausente, sigue callada.

Pero yo estoy con la cabeza un poco ida, y además, la obra de Isabela es soprendentemente agradable de mirar: caballos blancos por doquier, paisajes ajenos al entorno (montañas verdes y oscuras) y formatos tirando a grandes. Anoto mentalmente que tengo que volver con mi coche para llevarme uno de sus cuadros, porque no entiendo una palabra de arte, pero me gustan sus caballos y sus hojas verdes y oscuras.

El atardecer asoma e Isabela nos invita a dar un paseo mientras ella prepara la cena. Insiste en que nos quedemos a cenar y a dormir, pero que "hagamos el favor de dajarla sola un rato" y que nos vayamos a dar una vuelta.

-.-

Sé que camino junto a Selena porque la oigo hablar y me cuenta cosas preciosas acerca de su relación con algunos amigos y con algunos miembros de su familia. En condiciones normales, me parecería un rollo patatero, y estaría deseando que se callase para comerle la boca. Pero Isabela y el Cabo de Gata, y el amor de Floren por Amparo y su frente sudada, la tarde ardiendo al otro lado del mar y los caballos blancos me han dejado esta tarde más blandito que de costumbre.

En un momento dado, ella se detiene y de nuevo, como si fuera la cosa más natural, nos besamos. Estamos en mitad de ninguna parte, sin gente ni nada alrededor que no sea el cielo ardiente del atardecer. Sin dejar de besarnos, caemos sobre las piedras cálidas, con cuidado, porque estoy un poco pedo, pero no insensible, y hacemos el amor. Ella se funde con las rocas lisas y calentadas por el sol así que yo entro más y un poco más en ella y cuando la consciencia parece que me va a abandonar, ella ya no está y yo estoy acostado con las piedras, a quienes entrego, un poco alucinado, mi semillita despistada.

Me cuesta un rato levantarme, recomponer mi triste figura, preguntarme dónde está Selena, preguntándome si es posible que acabe de follarme una piedra y en este estado de confusión, al volver a la casa de Isabela, ésta me recibe con un papelito escrito por Selena que leo con atención:
El atardecer me entusiasma y he decidido pasear por el acantilado. Miro al horizonte y, sumergida en mi mundo de fantasía y atrevimiento, resbalo con unas piedrecillas que me hacen caer al mar. Ahora seré marina, y disfrutaré de conversaciones con las piedras y, para mi sorpresa, con todo aquello que encierra ese otro mundo nuevo que yo antes desconocía. En este mundo, Wolfillo, querido, no tienes cabida tú.

Espero que me entiendas y lo respetes. (Es cierto que el silencio habla)

Y aquí estoy yo, con cara de tonto. Otra vez.


(ojo, falta el epílogo)





























(1) Si cada puntito es una letra, lo que dijo Selena fue: ¡Déjame en paz, gilipollas! (N del A)

miércoles, enero 02, 2013

Presentando a... thePerros

Aquí tenéis un poquito de mi nuevo grupo, thePerros, en un video montado de un ensayo para el bolo acústico que tuvimos el pasado día 28. En el video se puede escuchar la intro de nuestra versión de "The Masterplan", de Oasis y, cómo no, una cancioncita a voces de los Beatles: Devil in her heart.
Pronto otras cosas, más fuertes y aún mejores.





Mola, ¿eh?

martes, diciembre 25, 2012

Mejor, fuera de la fiesta (9)

La fiesta se desarrolla con extraordinaria pesadez. ¿Sabéis cuando uno quisiera estar en cualquier sitio del mundo, cualquiera, antes de estar en el lugar donde uno, de hecho, está? Es mi caso. Selena, ni idea. No sé dónde está. La perdí hace tres horas y no sé porqué narices no estoy con ella, si ese era el plan.

Esta fiesta es, literalmente, para pegarse un tiro. Estamos en el yate de un ruso, en el puerto de Aguadulce, cerquita de Almería, y aquí corre de todo menos buenos tiempos. Abundan fosas nasales irritadas, estómagos hartos de comida y bebida, sexos agotados por exceso de uso, gente con dinero de sobra, gente sin dinero, pero que va donde va la gente con dinero para recoger las migajas y yo, más perdido que un poeta. Ahora que lo pienso, ¿puede ser envidia? Puede serlo, porque me gusta pensar que el sexo y las drogas y la bebida y el dinero son inmorales cuando los disfrutan otros, pero a los que no recuerdo haber hecho ascos cuando estuvieron a mi alcance. ¿Me convierte esto en un ser envidioso y ruin? Bueno, no me convierte, porque creo que nací así de mísero de espíritu, pero, por lo demás...

De todos modos, se me da de fábula fingir la indignación moral, y la tormenta se dibuja en mi cara con notoria expresividad cuando decido que en un sitio como en el yate en el que estaba, se han sobrepasado los límites de lo tolerable o, por decirlo en palabras más ciertas y sencillas, cuando veo que todo lo que hay de bueno en esta fiesta, no es para mí, que no me voy a comer ni media rosca, me revisto de indignación, me levanto digno -tanto como puedo, que no es gran cosa- me levanto y me voy.

No quiero estropear la fiesta con mi cara de arroz, con mi tristeza infinita, ni con mi ánimo tan poco simpático con el mundo en general, así que me voy. Vine junto a Selena, en un sorprendente giro de los acontecimientos del día más románticamente desastroso que recuerdo. Pero ahora no sé dónde está Selena y sus amigos, ala verdad, me repatean. Nada hay para mí aquí, así que desapareceré.Si ella regresa mientras no estoy, hacédmelo saber por favor.

(I don't want to spoil the party


¡menudo temazo!)

Es así de sencillo. Después de mi aventura (desventura) con la taza del váter de la habitación de Selena, en fin, logramos, con mucho estómago y mucho corazón, sobre todo por parte de ella, rectificar la tarde. A ello contribuyó, y no de manera despreciable, el que evitamos el incidente en la conversación y el hecho de que cambiáramos el carácter de nuestra reunión, desechando, de momento, cualquier aspecto romántico. Debo decir que eso, con una mujer como Selena delante es harto complicado: mis ojos la están viendo, mi nariz la está olisqueando, mis oídos la oyen, mi imaginación la recuerda y es difícil abstraerse de todo lo que evoca Selena en mí.

Bajé a la cafetería y echamos casi toda la tarde hablando, preparando la entrevista del día siguiente, trabajando como dos buenos profesionales, cosa que hay que saber valorarme, en serio, que Selena es mucho delante de uno.

El caso es que, eludiendo el tema, y mientras decidíamos si salíamos a picar algo, aparece un pollo vestido cien veces mejor que yo, con un pelazo peinado a raya hace tambalear mi masculinidad, alto, bien plantado (un poco de cara de memo, como de pingüino, pero quiero señalar lo bueno, para que no se me tache de  -excesivamente- envidioso) e inclinándose y ahuecando la voz para parecer más machote, como si hiciera falta, dice:

- ¡Por todos los santos, si es Selena...!

La invocación al santoral me pone en guardia. Además, no se limita a uno o dos santos, sino que alude a todos, convocándolos en torno a su causa, como si fuera a librar una batalla. Para mi inmenso pesar, Selena, en lugar de poner cara de grima, o de echarme una mirada de horror de esas tipo "¡sálvame!", o algo que indique que está de mi lado, o sea, deseando que el bien plantado caballero se esfume, si es posible, tropezando y haciendo el ridículo, Selena, digo, sonríe con toda su sonrisa y contesta, como quien descubre a un viejo amigo largamente esperado

- ¡Caracoles, Cayetano! - sí, ha dicho caracoles. Y sí... se llama Cayetano. El aludido echa atrás su cabeza bien peinada y deja escapar una cosa parecida al resuello de un pez volador que es lo que hace en vez de reír. Es una especie de movimiento circular de la cabeza, con caidita de ojos y apertura bucal que deja escapar el resuello y una visual de su perfecta dentadura. Será muy atractivo, pero vaya mierda de carcajada que tiene.
- ¡Heah...! - grazna - ¿Caracoles, aún te acuerdas...?

Era una broma privada lo de "caracoles". Mierda. Eso significa que tenían cositas en común. Bueno, hablan, Selena me presenta y el tío es encantador, pero me cae como una patada en los huevos, qué quieres que te diga. De todas formas, aunque no participo en la conversación, a pesar de las continuas invitaciones a hacerlo por parte de Selena, que es un encanto, aguanto el tipo sin escupir al suelo ni nada, por no parecer tan patán como soy en realidad, y acabo aceptando que nos subamos al X5 de Cayetano para asistir a una fiesta en un yate que esa noche está atracado en el puerto de Aguadulce.

En el coche dejo de disimular. Quiero poner cara de pedo, mientras Selena y Cay (le llama Cay, ¡qué desgracia!) pero la carretera bordeando la costa es demasiado bonita como para ignorarla y, como un niño madrileño cuando, después de un largo viaje en coche, llega, por fin, al mar, admiro atontado el trabajo del agua con la costa y los asombrosos paisajes que siempre genera. ¡Cómo me gusta el mar! Sobre todo la costa, cuando el mar y la tierra se juntan y se dan y quitan cosas. Claro, entre mirar eso y escuchar como el maldito Cay trata de seducir a Selena, me quedo con la lucha abierta entre el mar y la montaña, no hay color.

-.-

El yate es una pasada. Es de un ruso cuyo nombre no recuerdo ni a los tres segundos de ser presentado a él. El yate tiene, en serio, probablemente, la colección de tías buenas más apabullante que he visto en mi vida. O sea, hay unas cuantas mujeres españolas, muy guapas y elegantes y tal, pero la colección de chicas rusas impresionantes es tan, tan asombrosa que a uno se le quitan hasta las ganas. No es posible que sean de verdad. son como hologramas de una revista de moda que pululan por ahí y que, por supuesto, me ignoran absolutamente, con mi camiseta negra, mi chupilla vaquera y mis chinos de mercadillo, con mi corte de pelo Philips casero, con mi cara de bobo mirando los sofás que cuestan más de lo que yo jamás podré pagar.

Selena, bueno... Selena no es una chica. Es toda una mujer, ya ha cumplido los cuarenta y no tiene nada que ver con estas ninfas y claro, el maldito ruso y sus amigos, hartos de los hologramas neumáticos, se lanzan a por ella como si no hubiesen visto jamás esa mujer.  Me echa, al principio, un par de miradas en petición de auxilio, pero estoy con la boca abierta y la baba caída mirando tetas, comida, culos, sofás, cristalerías y mayordomos y no acudo, cobardemente a su llamada. De lo que no me pierdo una es de las pasadas de camareros con bandejas con champán y otros brebajes, pero esta noche, me estoy dedicando al champán en cuerpo y alma. Los camareros, expertos, tratan de fintarme con movimientos rápidos de cinturas y hombro, con quiebros de piernas, pero soy demasiado astuto para dejarme engañar por regates tan primarios y cazo al vuelo las copas y las vacío con singular apremio y acierto.

Entre copa y copa toco algún trasero en plan palmeo de incógnito, pero en eso no estoy demasiado fino esta noche (será el champán) porque a la tercera hostia que recibo, desisto. ¡qué rico está el champán y qué mierda de fiesta!

-.-

Son ya las dos de la mañana y paseo por la playa, sólo y borracho como una cuba. Bueno, no como una cuba, porque soy capaz de pensar y de alternar los dos pies al andar. Sé que cuando estoy pedo-pedo, intento andar adelantando los dos pies a la vez y suelo caerme. Pero estoy fino, vaya.

Deberíais ver la luna aquí. Porque supongo que es la luna eso de allí, sobre el mar, en mitad del maldito cielo. O eso o ya están aquí, vigilando para invadir y destruir el planeta. Quita, quita, que va a ser la luna. Y Selena, ¿dónde está? Igual necesita ayuda... probrecilla, porque estoy yo bueno para ayudar. El Cayetano, ya en condiciones normales, seguro que me pegaba una buena tunda, pero tal y como estoy ahora, no soy enemigo ni para Selena, que acabaría conmigo, a pesar de mis 100 kilos, en un pis-pas.

Solo y derrotado, me dejo caer en la playa. La temperatura es fantástica. Menos mal, porque lo llevo malamente. Estoy sentado en la arena, con la espalda apoyada en el muro-rompeolas que separa la playa del paseo marítimo. Me cae una piedrecita en la cabeza. Joder, qué mala suerte, espero que no sea un pájaro cagando. Me cae una segunda piedra, mira que voy a tener que levantar la cabeza y, si la mala suerte persiste, cambiarme de sitio. A la tercera piedra, acompañada de un dulce y familiar "¡eh!" ladeo la cabeza y levanto la vista.

- ¡Mierda, Selena...! - está arriba, en el paseo, apoyada de codos en el murete, asomada  con toda su carita, mirando y sonriendo. La felicidad podría ser completa - ¿Estás sola...?
- Claro... ¿con quién iba a estar?
- Con el ruso, o con Descartes
- ¿Descartes...? - dice extrañada - ¿te refieres a Cayetano?
- Eso, Cayetano
- No, que va - ríe y está tan guapa que se me va a romper el cuello - estoy contigo, pero voy a bajar ahí abajo contigo, porque te vas a romper el cuello.

Con sorprendente agilidad, salta a la arena. son un par de metros, yo me lo hubiera pensado un par de ves antes de saltar... y me hubiera metido una buena. Pero ella cae de pie, agachándose, pero sin hacer la clásica caída del paracaidista, quizá para que no le vea las bragas en la voltereta, porque lleva un vestido color arena precioso y vaporoso.

- No has hecho la caída oficial del paraca, la de la voltereta
- Tú lo que quieres es verme las bragas
- Vale, quiero hacerlo, pero me hubieras impresionado aún más si la hubieras hecho
- ¿Ah, sí...?
- Sí, te admiraría... ahora sólo me caes bien.

Se sienta a mi lado.  Hace un poco de fresco, así que le doy mi chupa y ella se encuentra mejor y yo estoy bastante helado, mierda. Hablamos y hablamos de esto y de aquello y poco a poco, ella se acerca a mí y apoya su cabeza en mi pecho y así nos quedamos dormidos. bueno, supongo que ella ha dormido también, porque yo me he quedado como una marmota.

Es, con diferencia, la mejor fiesta de la que me he ido en toda mi vida.














lunes, diciembre 24, 2012

Navidad colateral. Cuento improbable de Nochebuena al margen de todo.


¿Sabéis? 

Ya he dicho más de una vez que una de las pocas cosas buenas que tiene este trabajo que me ha tocado en la gasolinera es que te encuentras con gente de todo pelaje, y hasta con calvos, y que así como uno de cada mil te hace replantearte la conveniencia de seguir siendo un ser humano, por lo general la gente es buena, simpática, agradable y trata de sobrevivir lo mejor que puede, ayudando, si es posible, a sus semejantes. Los problemas de verdad llegan cuando resulta que no eres “semejante” y entonces a la gente no se le ocurre ayudarte, así, motu proprio, sino que te quedas fuera, ignorado y más solo que la una.

Esta noche, y hasta el jueves, estoy de turno de noche. Eso significa que durante estos días entraré a trabajar a las once de la noche y saldré a las 7 de la mañana, así que este año, en Nochebuena, mi brindis es con Gasolina de 98 octanos, la cara, que uno anda justo de fondos, pero si hay que gastar, se gasta, ¡qué caramba!

Si por el día el crisol humano que me visita en la gasolinera es variadito y plural, mi parroquia nocturna es, en términos generales, gente pintoresca y bichos raros, un puñado de gente que no son, precisamente, esos “semejantes “ a los que la gente ayuda, sino más bien tipos de esos que te hacen cambiar de acera (más por extrañeza que por miedo) cuando te vas a cruzar con ellos por la calle.

Viene mucho Freddy Alcabo, a eso de las dos de la mañana, un pobre viejo que escapa, buscando aire fresco, de la residencia cercana donde se marchita poco a poco, al que la vida le pesa un montón, y soporta ese peso sobre sus anchos y caídos hombros, y me pide una cerveza por cuyo precio  (¡ladrón, en el super me cuesta 60 céntimos!) discute todos los malditos días. Es su forma de darme conversación.

Mario “el Rajas” viene a diario, también, en un 127 color café con leche medio destartalado, pero aún funcionando, vacía en el cajetín por el que atiendo a los clientes de la noche sus bolsillos llenos de monedas (toca la guitarra en una buena estación de metro de Madrid) y pone 5 euros de gasolina (para poder pasar la noche calentito con la calefacción del coche) y el resto, hasta donde llegue, en Kinder Buenos, a los que es fatalmente adicto. Si ha tenido un buen día, puede llevarse hasta diez y fulminarlos mojándolos en un chocolate de máquina que me pedirá con toda la educación del mundo.

Lola, la Sola, viene también a diario y suele soltarme un puñado de monedas, no todas de curso legal, y que, normalmente, no llegan a juntar ni 20 céntimos, me mira con sus ojos vidriosos de un gris tristísimo sólo transparente a medias, y me dice, casi implorando, ¿pa qué me llega? Y yo busco y suelo darle una barra de pan del día anterior, todavía en buen estado, o algún bollo que haya sobrado. No están recién hechos, pero todavía están comestibles y a ella le gustan especialmente las napolitanas de jamón y queso. En verano le relleno su botellita de agua que, curiosamente, huele a vino, y en invierno, si algún cliente me ha dejado propina, le invito a un café con leche calentito, de la máquina.

Están también las Churris, una pareja de mujeres que se llaman a sí mismas churri constantemente,  que a mí me llaman churri también, e imagino que al resto del mundo; vienen en una moto de esas tipo chopper y que son pura alegría. Vienen casi a diario, también, y limitan su consumo a Whisky nacional, dos botellas, y Ducados, dos paquetes, aunque alguna vez me han dado un susto comprando unas patatas fritas.

Viene también, algún despistado a poner gasolina, pero mi gente, mis amigos nocturnos, son este puñado de bichos raros, de gente al margen, y es con ellos, con mi otra familia, con la que voy a pasar esta Nochebuena.

Para cenar, llevo de casa unas lentejas, que me salen superiores, y unas gambas cocidas que compré la semana pasada en el super. Freddy dice que está muy liado, pero que si viene, ni soñemos con que traiga nada, aunque yo sé que vendrá, seguro, y que robará algo de la cocina de la residencia (puré de guisantes o algo igual de poco adecuado); El Rajas traerá su guitarra, que toca de maravilla, y se encargará de los dulces (kínder buenos a mogollón, con toda seguridad); Lola dice que ella trae el pan (o sea, que lo pongo yo) y las churris dicen que traen el champán y el tabaco, aunque sólo ellas fuman. Se les olvidará, seguro y nos dirán que si no nos da igual whisky con casera, que sabe parecido. Ninguno somos demasiado exigentes.

Y esta será mi nochebuena este año. Con un viejo cascarrabias, un músico sin hogar adicto al chocolate, una mujer sin pasado ni futuro y una pareja de alegres mujeres de las que sólo sé que se quieren mucho. Somos, esta noche, gente al margen. Pero desde la orilla también se puede uno divertir

Pero, ¿qué queréis? Seguro que alguna vez, o más de una, cuando la vida te hace bajar sin control, como descendiendo unos rápidos en una balsa exigua, el ánimo exangüe, los brazos exhaustos, habéis remado hacia la orilla, os habéis bajado de la barca y, mirando al río, y a todos los que siguen la corriente, os habéis preguntado ¿y si me quedara aquí…?

En fin. De vez en cuando, no es nada malo, os lo puedo asegurar. Yo lo pasaré en grande esta noche, y espero, de corazón, que todos vosotros también lo hagáis.

¡Feliz Navidad!, como se decía antes (¿por qué no se dice ya?) a los hombres y mujeres de buena voluntad.

Happy Christmas
Como no disponía de un coro de niños encantadores, grabé esto yo solita, y desafino como una perra parturienta, pero lo que cuenta es la voluntá, y de eso, sobrao, ya te digo...


lunes, diciembre 17, 2012

Mi hotel es mi castillo (y en él está mi trono) (8)

Al otro lado de la puerta está Selena. Es posible que se esté cambiando, que esté tirada en la cama, pensando en mí o que esté en el baño. Es curioso, o a mí me lo parece, la importancia de las palabras, incluso las no dichas. O sea, algunas palabras no tienen que ser dichas, ni escritas, basta con pensarlas, para que se desate todo su poder descriptivo y evocador. Si pienso en Selena "en el baño" es encantador. Para mí estará haciendo cosas de esas encantadoras de chicas, que las hacen tan sexys a nuestros ojos: colocarse las ligas o cosas así. Pero si entro después de ella en el baño y, en fin, huele, ya no será porque ella ha estado "en el baño", lo que pensaré es que ella ha estado "cagando". Cagando. Seguro que las mujeres lo hacen, pero me resisto a creerlo. Ni siquiera yo "cago", aunque ahora, después del paseo, no le haría ascos a una sentadita, con el periódico o la novela que me he traído, dicho sea entre nosotros. Bueno, quiero decir que si ni siquiera pienso en mí en esos términos, ¿cómo voy a pensarlo de alguien con quien quiero acostarme? ¿Y si cuando estamos en ello, entregados al más primario y bello de los instintos, se cruza por mi mente su cara crispada por el apretón, o simplemente la idea abstracta de que ella "caga"?
Bien, dejo de pensar en esas chorradas porque ella da unos golpecitos en la puerta.
- ¿Estás visible? - pregunta
- Depende... -digo mientras me agacho para inspeccionar el minibar - estoy desnudo, pero por lo demás...
Entra sin ceremonias.
- Mentiroso -dice juguetona - estas vestidísimo.
Me doy la vuelta y mi sorpresa es que ella no está, ni mucho menos, vestidísima. Mi cháchara playera ha funcionado y ella ha pasado a mi habitación con la misma blusa vaporosa encima, pero sin los pantalones que llevaba en el paseo. Huelga decir que está impresionante con sus piernecitas suaves y blanquitas al aire y sus pies, sus maravillosos pies llamándome a gritos.
- ¡Selena! ¿Qué les ha pasado a tus pantalones, no han venido a trabajar por la tarde?
- Los he despedido - aún jugando - Soy una jefa sin escrúpulos; si alguien no me sirve... ¡me lo quito de encima! Trabajo mejor con un equipo reducido

Bien, sucede. Nos besamos. Bastante. Me gusta eso de besar. La boca de Selena sabe a mujer-mujer. No a chica, ni a whisky ni nada. Ni dulzón. Sabe a mujer. Y un poco a chicle de hirbabuena, vale: fresco y sexy. La piso con mis zapatones.

- ¡Ay...!- se separa para mirar qué arma letal he usado para agredirle - ¡mierda, Wolffo, usas zapatos ortopédicos?
- ¡No son ortopédicos! - me ofende que la gente no distinga - Tienen el arco y la puntera reforzados para el estilo de vida activo del hombre moderno.
- Pues parecen los zapatos de domingo de Frankenstein - me mira y sonríe, divertida de lo poco trendy que soy - ¡Hmmmm... mi hombre moderno! - dice mientras me abraza de un modo que me deja claro que me considera más antiguo que rezar el rosario. Volvemos al asunto de los besos.

Me gustaría contar que el tema es como en las pelis, besándonos en plan voraz, desnudándonos antes de acostarnos y ejecutando elaborados preliminares contra las paredes. Pero no, ya la he pisado una vez, así que antes de volver a hacerlo hago que se siente a los pies de mi cama y me quito los zapatos sin sentarme, pisándome los tacones, con menos garbo del que me hubiera gustado.
- No es que seas un bailarín, precisamente, pero tienes tu gracia
- Bueno -contraataco, al verla sentada con las manos en el regazo -, tu pareces Sofía Petrilo, estamos en paz - Una de las cosas buenas de Selena es su espíritu deportivo. Se ríe de sí cuando toca.
Me siento más o menos sensualmente a su lado, mientras nos besamos (es difícil) y llegamos a una conclusión evidente:
- ¿Vamos a tu cama, mejor? Es más ancha...
A veces se ponen las cosas difíciles y uno piensa que no se pueden complicar más, pero uno siempre se equivoca. Cuando se trata de mí y de sexo, todo es siempre susceptible de empeorar. Y empeora. Sólo hace falta darle tiempo.

Después de más besos en su cama, retiramos las sábanas y la dejo esperando porque, aunque odie reconocerlo, tengo que ir a solucionar algo que he dejado pendiente desde el principio de este post. Me voy por la pata abajo y en esas condiciones no puedo practicar sexo con nadie, y menos que nadie con ese ser de luz que es Selena.Se ha quedado, alucinada, desnuda, en la cama, pero creo que hasta sonreía un poco. La cosa se complica.


Sentado en el trono reflexiono sobre esto y sobre aquello. Soy de proceso lento, por decirlo de forma suave, y si no tengo mi libro, mi teléfono con conexión a internet o  mi caja de medicamentos para leer prospectos no sé qué hacer mientras dura el tránsito. Es como los cantantes con guitarra, que salen al escenario sin ella y no saben qué hacer con las manos. Mi tendencia es darme de puñetazos, porque he dejado a una mujer preciosa desnuda en la cama y lo normal es que no quiera retomar el asunto donde lo dejamos, porque, bueno, yo no querría, me inventaría cualquier cosa, en serio.

En estas veo algo que me sorprende en el suelo. Es un tipo de escarabajo no repelente, simpaticote, regordete y saltarín, más azul que negro. Casi se oye el tap-tap-tap de sus patitas sierra al corretear por el suelo del baño. Viene hacia mí y pasa entre mis pies hacia la base del wáter. Me agacho hacia delante para poder seguir su periplo y me inclino algo más de la cuenta con resultados fatales: el váter no es tá bien fijado al suelo y sucede la desgracia: se levanta y el baño sufre una inesperada inundación.

Pero, ¿por qué me pasan estas cosas? En vez de estar con una mujer maravillosa entre las sábanas de una enorme cama, estoy de pie, desnudo en el baño, mirando el váter caído en el suelo y con los pies metidos en las aguas escapadas del mal fijado sanitario, sintiéndome enormemente desdichado. He debido cagarme -verbalmente, figuradamente - en lo más grande, porque Selena llama al baño
- ¿Wolffo... pasa algo?
- Selena, en serio, no entres
- No me asustes, ¿ha pasado algo?
- Sí... - miro a mi alrededor, es un asqueroso desastre - pero no te lo puedo contar.
- ¿No necesitas ayuda?
- Claro que necesito ayuda, pero hazme caso, Selena, de verdad, vete a dar una vuelta, espérame en la cafetería; esta noche, o el año que viene, te lo cuento.

Afortunadamente se ha ido. No sé si os dais cuenta de lo irónico del asunto. Digo que "afortunadamente" la mujer que me esperaba desnuda en la cama, se ha vestido y se ha ido. Y yo, como un tonto, chapoteando entre, bueno, no lo voy a decir, pero ya sabéis, y en fin, no es mi mejor día. Recojo lo gordo, con perdón, y llamo al servicio de habitaciones para recoger las aguas desbordadas, la "pequeña inundación"
- ¿Pequeña inundación, dice? - es una voz masculina muy desagradable, nasal, del tipo estoy harto de las tonterías de los clientes - ¿Es la bañera, se ha desbordado la bañera?
- No, el váter
- Oh, no, ¿el váter? ¿se ha desbodado el váter?
- Bueno, no exactamente...
- ... ¿quiere decir que está todo llenos de mierda?
- No hace falta hablar así...
- Claro, usted no va a recogerla... ¿de verdad la mierda ha desbordado el váter?
-  No se ha desbordado... y no hay... eso que usted dice - me cuesta decirlo, soy un poco remilgos para esas cosas, como lo de "cagar" - no hay... "heces", ya las he recogido yo.
- Bueno, eso está mejor, señor... - el tipo parece ahora más accesible, un poco más simpático. Y, sin embargo ahora es más desagradable, aún - Oiga, una curiosidá: ¿de verdad cagó tanto como para desbordarlo...?
- ¿Qué...? - no puedo creer que un tío me esté preguntando eso
- Que debió ser una gran cagada...
- Mire, mande a alguien, ¿de acuerdo? - y cuelgo el teléfono.

Selena se ha ido. Me ha dejado una nota "Te espero en la cafetería" pero yo estoy en bolas y al irse, Selena ha cerrado la puerta que comunica las dos habitaciones. Yo, en fin, me había desnudado en mi habitación y tengo allí mi ropa, mis llaves, mi teléfono... No puedo llamar a Selena, porque ni idea de cuál es su teléfono, desde que hay móviles, uno no se aprende los números, ni los marca.
Así que me pongo una ridícula bata morada de Selena y espero, muerto de vergënza, a que un empleado del hotel me descubra vestido como un lord inglés de vacaciones y haga desaparecer mi dignidad por completo.

¡Madre de dios, vaya viajecito!



Nada
 



Hace días que no hablamos, no sé nada de ti,
Hace días que no escribo y tú no sabes de mí
Hace tiempo que me escuchas en la cinta sin fin
Que es la sombra de mi alma y que leen otros mil
Y no sé nada, no sé nada de ti
No tengo nada, nada que hacer por aquí
Yo no soy nada, no soy nada para ti
Y no sé nada, nada de ti ni de mí

Hace tiempo los reveses se me hicieron canción
Más que días, ya son meses sin entrar en razón
Yo quiero que te intereses por cuanto hago yo
Y solo consigo, a veces, un poco de atención
Y estoy cansado, cansado de soñar
Un sueño osado, sin nada que enseñar
Ven a mi lado, que quiero hacerte volar
Aquí a mi lado y el mundo puede estallar

Detrás de la conciencia, está oculta la habitación
Donde mora la paciencia
Dime, ¿quién la inundó?

Ya desbordan los embalses y anegadas de amor,
Las tierras por las que pases las he regado yo
Ya no hay diques, ya no hay fases
Soy acaparador
de tus dichos y tus frases, soy el que te da voz
Y ya no hay nada, nada que hacer por aquí
Y no sé nada de ti, yo no sé nada de ti
Yo no soy nada, no soy nada sin ti
Y no sé nada, nada de ti ni de mí

Detrás de la esperanza, hay un sueño de amor
Se inclina la balanza
Y el el fiel me mata de dolor

Y hoy el sol está escondido, no te puedo abrazar
Todo parece perdido sin poder penetrar
Tu cabeza y tus sentidos ni tu forma de hablar
Soy un elefante herido que no sabe luchar
Y yo soy nada, yo no soy nada sin ti
No soy nada, no soy nada para ti
Yo no sé nada, yo no sé nada de ti
Yo no sé nada, nada de ti ni de mí