A este lado del río, hay poco tiempo para pensar, poco tiempo para trazar planes, querida; a este lado del río, te lo aseguro, hay poco tiempo.
Como todo río, tiene dos orillas, pero lo curioso de este río es que siempre tuerce hacia el mismo lado: si sigues la corriente, y te aseguro que nadie puede nadar contra corriente en este maldito río, siempre tienes que ir virando, ligera, pero firmemente, a la izquierda.
A veces, el río parece tranquilo, y la corriente simula estar quieta, y es como si fuera domingo en un pueblo y la gente no se asusta y se viste para ir a misa, o para no ir, y yo soy un buen paleto, y me calo la boina y me pongo la corbata, que me sienta como la soga a un ahorcado y me subo a un tronco con mis amigos los gancheros, pastores mojados de la madera, y cantamos madrigales y comemos empanadas y bocadillos de sorpresas, a veces deliciosas, y miramos los muslos de las mujeres y los de los pollos y unos los comemos y los otros también, pero sólo con los ojos, y nadie tiene ganas de ver la tele.
Otras veces, casi siempre, el río tiene, oh, paradoja, mar de fondo, y a quien se le ocurra meterse, es la última ocurrencia que ha tenido, antes de tener la siguiente, por lo menos. Quiero decir que le lleva la corriente, y bueno, cuando te lleva, nadie sabe dónde te va a soltar. Porque te suelta. Después de darte volteretas, revolcones y ponerte en su sitio, aunque lo que pretende es que pienses que es tu sitio, te suelta allí donde le parezca y allá te apañes.
Vuelvo a lo que os decía de las orillas. Si eres un pringao, como yo, por no irnos muy lejos, y eres tonto de baba, como yo, de nuevo, vas y te metes en el río, haya corriente o no, y te vas dando mamporros, siempre en la orilla derecha. Y así es como vivimos los de esta desdichada orilla, nunca en el mismo sitio, nunca con la misma gente, pero siempre en el lado miserable de la vida, en la ribera indigna. Cuando el calor aprieta, te metes en el agua y crees que te refrescas, pero te estás metiendo en todo el lío, te lleva a otro sitio, te da un viaje y apareces un poco más allá, que nunca es un sitio mejor, porque aguas abajo la cosa se va poniendo chunga de verdad, río abajo te acercas poco a poco a la desembocadura, que es como llaman los optimistas a la muerte.
Estoy vivo. Todavía tengo unas cuantas travesías río abajo antes de pegarme la gran tarascada, porque sigo metiéndome en el agua, hasta el cuello, buscando, no se lo digáis a nadie, la otra orilla. El otro lado. Donde no le limpie la mierda a nadie. Donde no me diga todo el mundo lo que tengo que hacer y lo que puedo o no puedo hacer. Donde la gente respete lo que tengo entre las orejas, o al menos haga como que lo tiene en cuenta. En la otra orilla, donde estaré muy atento a no pensar jamás de los demás lo que, caramba, me obsesiona que piensan hoy ellos de mí.
El río. El maldito río que nos lleva, por San Pedro. Por si a alguien le interesa, y quiere localizarlo en Google Maps, en una enciclopedia o donde sea que se busque, este río se llama Crisis. ¡Qué gilipollez!
Como todo río, tiene dos orillas, pero lo curioso de este río es que siempre tuerce hacia el mismo lado: si sigues la corriente, y te aseguro que nadie puede nadar contra corriente en este maldito río, siempre tienes que ir virando, ligera, pero firmemente, a la izquierda.
A veces, el río parece tranquilo, y la corriente simula estar quieta, y es como si fuera domingo en un pueblo y la gente no se asusta y se viste para ir a misa, o para no ir, y yo soy un buen paleto, y me calo la boina y me pongo la corbata, que me sienta como la soga a un ahorcado y me subo a un tronco con mis amigos los gancheros, pastores mojados de la madera, y cantamos madrigales y comemos empanadas y bocadillos de sorpresas, a veces deliciosas, y miramos los muslos de las mujeres y los de los pollos y unos los comemos y los otros también, pero sólo con los ojos, y nadie tiene ganas de ver la tele.
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Foto de Amio Cajander |
Otras veces, casi siempre, el río tiene, oh, paradoja, mar de fondo, y a quien se le ocurra meterse, es la última ocurrencia que ha tenido, antes de tener la siguiente, por lo menos. Quiero decir que le lleva la corriente, y bueno, cuando te lleva, nadie sabe dónde te va a soltar. Porque te suelta. Después de darte volteretas, revolcones y ponerte en su sitio, aunque lo que pretende es que pienses que es tu sitio, te suelta allí donde le parezca y allá te apañes.
Vuelvo a lo que os decía de las orillas. Si eres un pringao, como yo, por no irnos muy lejos, y eres tonto de baba, como yo, de nuevo, vas y te metes en el río, haya corriente o no, y te vas dando mamporros, siempre en la orilla derecha. Y así es como vivimos los de esta desdichada orilla, nunca en el mismo sitio, nunca con la misma gente, pero siempre en el lado miserable de la vida, en la ribera indigna. Cuando el calor aprieta, te metes en el agua y crees que te refrescas, pero te estás metiendo en todo el lío, te lleva a otro sitio, te da un viaje y apareces un poco más allá, que nunca es un sitio mejor, porque aguas abajo la cosa se va poniendo chunga de verdad, río abajo te acercas poco a poco a la desembocadura, que es como llaman los optimistas a la muerte.
Estoy vivo. Todavía tengo unas cuantas travesías río abajo antes de pegarme la gran tarascada, porque sigo metiéndome en el agua, hasta el cuello, buscando, no se lo digáis a nadie, la otra orilla. El otro lado. Donde no le limpie la mierda a nadie. Donde no me diga todo el mundo lo que tengo que hacer y lo que puedo o no puedo hacer. Donde la gente respete lo que tengo entre las orejas, o al menos haga como que lo tiene en cuenta. En la otra orilla, donde estaré muy atento a no pensar jamás de los demás lo que, caramba, me obsesiona que piensan hoy ellos de mí.
El río. El maldito río que nos lleva, por San Pedro. Por si a alguien le interesa, y quiere localizarlo en Google Maps, en una enciclopedia o donde sea que se busque, este río se llama Crisis. ¡Qué gilipollez!