Las letras de la luna
Subo otra vez este tema, pero ahora con el sonido un poco mejorado. La vez anterior, la canción tenía demasiada reverberación y se perdían las cosas importantes. De todas formas, necesito aprender a mezclar porque sé que si mezclara bien este tema, sería un tiro. Aun así, me gusta muchísimo. A ver si os gusta a vosotros también.Y si fuera la Luna la que no me deja dormir,
y si sus destellos dejaran su sello aquí;
y si sobre mi cuello cayeran tus cabellos al fin...
Y si fuera la Luna la que no me deja dormir,
Noche adelante, miedo constante
no poder amarte, y tampoco extrañarte
la Luna, si viene, no me deja dormir
Y si fuera tu risa la que no me deja reír,
y si fueran los sueños los que se han hecho dueños de mí
y si me empeño en amarte y desdeño lo bueno de ti
y si fuera tu risa la que no me deja reír
Los ojos abiertos, mi mundo, despierto,
a los magos, alerto; y requiero a los muertos
la Luna, no puede, ya sabes, dejarme dormir
Luna lunera, tu luz vagabunda
se extiende, profunda, por mi alma entera
la Luna, ya sabes, me ha vuelto loco por ti
Y si fueran tus letras las que no pudiera leer
y si al irse tus rimas mi estima se diluyera en el té
si me faltan tus cuentos, no encuentro el momento de ser
el hombre que bebe tus letras, ¿Y si no las puedo beber…?
Ya noto tu aliento, porque es mi alimento,
tu brisa es mi viento, me muero tan lento
Si no puedo leerte, no sé qué más puedo hacer
Subo, acompañado de Luis Mariñas, con quien formo, en la BBC el equipo de noticias más celebrado de la década, los dos pisos necesarios para acceder al célebre 4M, el Museo de las

Luis y yo hemos llegado juntos al museo, y estoy convencido de que trabajamos juntos, pero yo, antes de llegar al segundo piso, ya estoy harto de él, de su verbo lento y pringoso y de su manera de ladear la cabeza para que su mirada resulte interesante. Antes de entrar en el 4M, he tomado la decisión de que lo dejemos, que cada uno siga su camino profesional independientemente del otro. Cuando estoy admirando la luz de un Eustaquio Segrelles, un mediocre imitador de Sorolla, me doy cuenta de que Mariñas ya ha tomado la decisión de dar el salto a la tele privada y acompañar a las mamachicho en sus programas culturales, dejándome a mí en la estacada con mi programa amarillo y sensacionalista de noticias falsas y malintencionadas. Por lo visto, para él no tienen valor los 6 años de trabajo, codo con codo, en los que hemos hundido a personas perfectamente respetables, inventando y difundiendo basura informativa sobre ellas, destrozado carreras profesionales y familias con nuestros infundios. Para él eso no importa. Él sólo piensa en su prestigio. Muy bien, que le den por culo. Lo dejo, me voy.
Mientras bajo las escaleras del edificio, al caer la tarde y asomar una noche preciosa en el horizonte, me doy cuenta de que en mis manos llevo dos camisas de manga corta, de cuadritos, que acabo de comprar en Decathlon, , con sus respectivas perchas, una azul marino y la otra de colores tierra, muy majas, oye, ambas, y una chaqueta –americana- de lana, de mezclilla, color marrón, preciosa, pero pasadísima de moda, porque la compré en Cortefiel cuando necesitaba ir a trabajar con corbata (hace 20 años). No sé porqué llevo esas prendas en mi mano mientras bajo las escaleras de un inexistente museo de Marrakech. Por cierto, para los que viajáis mucho, apuntad este dato: Marrakech es igual que mi barrio (Plaza de Castilla, tirando hacia la estación de Chamartín) cuando era pequeño, es decir, sin Torres KIO, sin intercambiador de autobuses, con descampados y donde el edificio más alto es el viejo depósito del Canal de Isabel II. Voy con prisa, porque voy a perder el tren. No sé qué tren, porque la estación no es la de Chamartín (claro, hombre, estamos en Marrakech), sino algo parecido al apeadero de Pitis antes de que las Cercanías fueran una alternativa seria de transporte.
Al llegar al apeadero, con nervios porque no puedo preguntar a nadie (unos moros rarísimos, por cierto, altos y rubios) por causa del idioma, busco mi cartera, que estaba en el bolsillo interior de la chaqueta de Cortefiel y me doy cuenta de que, mierda, he perdido la chaqueta. En algún momento del azaroso viaje, se ha debido escurrir de entre mis manos y la he perdido.
No tengo un centavo, o sea ni una centésima parte de la moneda que utilicen en Marrakech (¿dólares, dínares, francos, pesetas…?) así que mi única alternativa es volver sobre mis pasos hasta el 4M, a ver si, por casualidad, puedo recuperar mi chaqueta pasada de moda, con sus hombreras excesivas y todo. Por alguna razón que no acierto a reconstruir, me importa una mierda todo (dinero, tarjetas, carnet, pasaporte, etc) salvo mi elegante chaqueta de mezclilla marrón: quiero volver a sentir su cálido peso sobre mis hombros: me da seguridad, me transmite confianza en que algunas cosas (el depósito de Isabel II, el río Duero, la nariz de Portugal, la pesadez de los entendidos en vino, la inmutable calidad de la ropa de Cortefiel) no cambian nunca porque no pueden cambiar: sencillamente han sido así desde el principio de los tiempos.
Ahora, sin que hayan pasado más de 30 minutos desde que eran las nueve y pico de la noche, es mediodía. Me encuentro con mi cuñada Sonia y me alegra ver que, aunque permanece el sencillo vestido azul de 10 euros –lo dijo ella, no es una crítica- sobre su esqueleto, se ha quitado la flor de papel que adornaba su testa la noche anterior, en la fiesta de Celia. No sé qué hace Sonia en Marrakech, pero la visión de una cara amiga, me tranquiliza.
- ¿Qué te pasa? – me pregunta porque mi cara de preocupación es un poema.
- Nada… - digo apesadumbrado - he perdido mi chaqueta, con mi cartera…
- Oh…
- Ah… bueno, podemos buscarla, ¿no?
- Sí, espera, que organizo una partida de caza con los sobrinos
Sonia, que trabaja en una guardería, organiza a los sobrinos mayores -Alex y Guille, de 23 años, Sabina, de 26, y mis hijos, Leticia (19) y Borja (17) - pero como si fueran niños de 5 años, convenciéndoles de que buscar mi chaqueta es el juego más divertido al que pueden entregar sus infantiles afanes en esa mañana. Tiene bastante maña para ello, pero miro a mis sobrinos e hijos, todos con pelos en los huevos, por decir las cosas de una forma sencilla y llana, y no entiendo porqué les entusiasma tanto. Bueno, lo importante es que busquen, aunque según avanza la mañana voy perdiendo la esperanza de recuperar algo.

Ahora rastreamos una zona de Marrakech que es clavadita, oye, al Redondel, que era como llamábamos al aparcamiento de superficie de las casas donde vivíamos que era, además, nuestro campo de fútbol, hasta que la junta de vecinos nos dio permiso para jugar en otro lado, hartos de que destrozáramos las tulipas de los coches. La planta del redondel es una especie de chupachups de palo gordo, o de bola pequeña, depende de si te gusta ver la botella medio llena o medio vacía. Leticia encuentra una chaqueta de mezclilla, pero es gris, aunque, curiosamente, tiene los mismos elementos que la mía: cartera, llaves, pasaporte, gafas. Aunque no es la mía, la agarro fuerte (ahora, no sé porqué ya no tengo las camisas) y avanzo firme hacia la bola por el palo. Entonces, sentados en el poyete, hay un grupito como de jubilados de vacaciones. Son españoles. Uno de ellos, tiene en sus manos mis gafas de sol y las llaves del coche de Susana y una bandeja de hamburguesas de Mercadona.
- ¡Eh…! – le apremio - ¡Eso es mío! – y ante la mirada torva y de duda del grupo de vejetes, añado – me llamo Wolffo Elgrande… puede comprobarlo
Entonces, para comprobar mi nombre, pasa una cosa rarísima, pero que entonces no me lo parece: le dan la vuelta al paquete de hamburguesas buscando la etiqueta y no encuentran ahí mi nombre.
- Se debe haber caído – dice una viejecita bondadosa
Y a continuación me dan la cartera, las llaves y las gafas (pero no la chaqueta que ahora, curiosamente, no echo de menos), yo le entrego al vejete su chaqueta (porque era suya) y al darme la vuelta la cuñada que está ahí no es Sonia, sino Ángel, con sus gafas de sol clásicas (que a mí me gustaría que cambiara, porque esas no le favorecen del todo, y le estropean un poco su preciosa carita), al volante de un viejísimo 4x4 descapotable.
Lo más chocante de todo es el final de la historia.
Me subo al 4x4 y hago un gesto de victoria al cielo (como si hubiera marcado un gol en un partido decisivo, o algo así) y Ángel, mis hijos y los vejetes cantan al unísono:
- Andalucíaaaaaaaaaaaaaaa…. Descubre el lado bueno de la vidaaaaaaa
Lo cantan genial, todos al tiempo y en el mismo tono, y es como si fuese el final de un anuncio, de lo bien hecho que está todo. Lo que no sé es a qué venía lo de Andalucía, porque la historia se desarrollaba en Marrakech y los escenarios eran los de mi niñez.
Pues eso es lo que he soñado esta noche.