Este viejo y querido tema ilustra muy bien la historia de hoy. ponlo y lo ves y así lo recuerdas. Luego, lo vuelves a poner mientras lees la historia y le das muchas veces, a lo mejor llegamos a las 1.000 reproducciones: faltan solo 303.
He sabido esta mañana, no me preguntes cómo, que no estabas aquí. Supongo que es ese algo extra o suprasensorial que tengo, sabes que percibo cosas, que soy distinta, que poseo una intuición extraordinaria que he desarrollado a lo largo de los años de incomprensión, o quizá sea ese sexto sentido que dicen que tenemos algunas mujeres… no lo sé, pero esta mañana, al darme la vuelta en la cama y estirar el brazo hacia tu lado y no encontrarte roncando como solías, al respirar y no reconocer en el ambiente el olor dulzón y familiar de tus calcetines, al no escuchar Radio Marca en el radio despertador y, en fin, al ver tu lado de la cama aún sin deshacer, he sabido que no estabas.
Poco a poco, como si fueran partículas de arena en suspensión en un vaso de agua que alguien removió con la cucharilla de la confusión, los acontecimientos de ayer se han ido posando en el fondo de mi entendimiento y he podido ordenar y asignar nombres a todo lo que sucedió y he tenido la certeza de que “Ya sin ti” no es el título del último single de consumo rápido, el último gran –y fugaz- éxito de mi vida, sino el título de la película de lo que me resta de vida.
Así que no estás.
Ya no me prepararás más el café de por las mañanas. No era bueno, solías hacerlo demasiado aguado, pero era impagable el poder tomar el primer sorbo antes de levantarme y, sobre todo, lo que más te agradecía yo, era que al levantarme toda la casa olía a café y a pan recién hechos. Eso compensaba lo de los calcetines.
Ya no tendré que recoger tu albornoz húmedo de la cama, ni la ropa interior de tu silla, ni tu cepillo de dientes mojado, ni los pelos del desagüe de la ducha, y no me cagaré en tu madre nunca más por no enseñarte a ser un poco más hombre.
Ya no me sentiré culpable, ni ridícula, por poner la tele en cuanto te vayas, porque seguro que tú, con tu intelecto intachable, no lo aprobarías. Casi te oigo decir “¿y por qué no un libro?” y qué curioso, cariño, lo que ayer me parecía un rasgo encantador, hoy me parece simple pedantería y me sorprendo imitándote, parodiándote, haciendo chanza de tu altura y tu dignidad moral. Un castillo de naipes que se viene abajo cuando te recuerdo desesperado buscado el libro que tienes a medio leer porque te ha dado un apretón. Y cuando te imagino saliendo del baño, una vez has obrado, después de dejarlo declarado zona de exclusión venenosa por agentes tóxicos en suspensión que afectan a las personas humanas y a otras especies –solo sobreviven

Ya no te olvidarás nunca más de mí. Bueno, puede que lo hagas, claro, pero ya no me importará. Ya no me afectará. Ya no te esperaré, casi desesperada, sabiendo que llamarás, borracho, para decirme –para mentirme- que ahora mismo vuelves. Ya no quiero oírte nunca más con la lengua gorda, inventando excusas patéticas para justificar lo injustificable.
Ya no lloraré por imaginarte follando a otra. Ya no me dirás nunca más que estás cansado, que te duele la cabeza, la espalda, que te duermes, que tienes que madrugar al día siguiente, que nos oyen los niños, que no tienes condones, que no tienes ganas, que mejor por la mañana, ya no te harás el dormido para no tener sexo conmigo. Y sobre todo, chaval, ya no me rechazarás sin más nunca más. Ya no sentiré, encima, la culpa, la terrible culpa por ser una pesada, por pensar sólo en el sexo, y la sensación devastadora para mi autoestima de que cuanto más te lo pido, cuanto más sabes que yo te deseo, más te alejas de mí.
Nunca más me quedará, al terminar de discutir contigo, la sensación de que he sido demasiado cruel. De que no debía haberte dicho determinadas cosas, pasando por encima la crueldad de las que tú me dijiste a mí. No me acusarás más de egoísmo, de no entenderte y de ser previsible o ser un libro abierto. Ni me sentiré culpable por pensar, mientras te acorralo, que la discusión terminaría si dieras un paso adelante y me metieras la lengua hasta la campanilla y soltaras, con la pericia de antes, la hebilla de mi sujetador y te metieras mis pezones en la boca. Pero, en vez de eso, te quedas ahí delante, de pie ante mí, siendo un infeliz listillo y dejando que me marchite ante tus ojos bonitos pero fríos
Ya dejaré de mentir a mi familia y mis amigos, que seguían creyéndome feliz a tu lado; seguían pensando que eras lo mejor que podía haberme pasado. Las bobas de mis hermanas dejarán de envidiarme, porque te piensan un marido genial, y se creen, encima, la gilipollez esa de la bomba sexual. Tendrían que aguantarte, como yo, un año de muermo y luego verías cómo no se les ocurría decirme otra vez lo afortunada que soy de tenerte.
Ya nunca más me preocuparé por Lorna Cor y porque sueñes con ella, con abrazarla y besarla todo lo que no me has besado a mí. Ya no me torturaré más llorando en silencio cuando, en mitad de la noche, entras en el baño y te oigo gemir a solas, negándome a mí lo que le entregas a su imagen evocada, desnuda en tus sueños, atrapado entre sus piernas y sus rizos rubios, entre tu ira y sus sentimientos, enamorado como un capullo de esa mujer irreal.
Ya no, Wolffo, ya no más. Ya nunca más.
Pero, chico, lo has dejado todo marcado. Lo has puesto todo perdido. En este mismo baño en cuyo espejo me miro ahora, te masturbabas pensando en ella y no se borran de las paredes las huellas de tu mala baba. Y en la cocina, imborrable cada vez que abro la nevera, el recuerdo de aquella vez que, al acusarte por primera vez de estar engañándome, me rompiste en la cabeza la botella de vino blanco que habías puesto a enfriar por la mañana. Tardaré, bomba sexual desactivada, en limpiar mi espíritu cuantos recuerdos nocivos has ido dejando de por medio, ensuciándolo todo con tu desidia, tu cobardía y tu poca hombría. Tardaré en limpiar los níveos sofás de nuestro saloncito, llenos de las injurias y las mentiras que me dedicaste y, desde anoche, también, empapada su blanca palidez por la sangre, anoche roja y hoy negra, que circulaba por tu cuerpo hasta que, cansada de no oír los diálogos de House por tu rítmico roncar de elefante moribundo, te abrí el cuello con un cuchillo de cocina que –bonita ironía- tú, tan cuidadoso para esas cosas, habías afilado esa misma tarde.
Ya no.
Ahora sólo me preocupa cómo deshacerme de estos ciento quince kilos de carne. ¿Se te ocurre algo, genio?