miércoles, mayo 10, 2017

Un hortera llamado René (Mis líos con María IV)

 
Hubo una época, de remembranza no demasiado grata, la verdad, en la que rondarte era una experiencia peligrosa. No, ni siquiera eso... rondarte ni se me pasaba por la cabeza. Así las cosas, la sensación que yo tenía al hacerlo era la de caminar por una fina y bamboleante pared de yeso, entre dos ardientes parcelas, odiosas las dos: el ridículo y la indiferencia.
Temía tanto que mi obsesión te resultase cómica, como no despertar emoción alguna en ti. Fue la época en que te liaste con René. Maldito René.
René era un ejemplar genuino de imbécil integral y tú a su lado, déjame que te lo diga, parecías...
...
...
... vulgar.




René iba en moto, y esa era la típica cosa (me refiero a ir en moto) que me parecía envidiable hasta que vi que René la practicaba. René era bastante mayor que tú y que yo,  pero -como casi todo el mundo- estaba en mucha mejor forma que yo y que tú. Eso no es difícil, teniendo en cuenta que yo dejé de estar en forma,más o menos, a los 16 años y tú... tú nunca has estado en forma. Has estado muy buena siempre, bien es cierto, pero no en forma. En buena forma. Afortunadamente, no te ha dado nunca por salir a correr a la calle o, lo que hubiera sido imperdonable, ir a un gimnasio o a bailes de salón, salsa o sevillanas. En eso siempre fuiste tan estricta como yo: es imperdonable cualquiera de esas cosas.
René sí. Iba al gimnasio. En esa época en que los gimnasios olían a pies. O sea, en cualquier época desde los años 80 hasta ahora. Antes de eso olían a linimento Sloan, que era el equivalente a la Rhum Quinina de las barberías de antes, las de pirulí, las de antes de los consultorios de belleza, antes de que el mundo se volviera idiota. René ha sido, podríamos decir, cntribuyente neto a la idiotez mundial, un importante activo de la ola de horterez y la oquedad craneal humana que se impone en nuestros días. René es culpable.
René tuvo la desgracia de tener lo que podemos llamar unos padres memos. Le bautizaron Renato, pero como nació el 14 de julio,día de la república francesa, su madre, Doris (Dorotea de nacimiento) que era imbécil, insistió a todo el mundo, ya desde el hospital, de que debían llamar René al bebé de aspecto desdichado y como alargado que dormitaba en un capacho a su lado. Triunfó el empeño francófono de la madre, en parte porque a la gente le daba igual llamar Renato o René a aquel pequeñajo cetrino, larguirucho e infeliz, y en parte porque en la Ventilla, antiguo pueblecito y luego barrio del norte de Madrid, donde todo el mundo debía tener un mote, hubo una especie de consenso espontáneo en que llamar René a aquello... en fin, era más cruel que el mote más despiadado que se les pudiera ocurrir.
Creció René con una pátina de atontolinamiento de la que fue liberándose como de la pelusilla del bigote de los adolescentes: a base de hacerlo crecer y convertirlo en idiotez fuertemente enraizada en su cuerpo y su alma. Fue un joven flacurris y pálido en los primeros 80, un chico a la moda, así que vestía como un afterpunk, hablaba con dulzura afectada y amaneradamente mal, y vivía como un posmoderno cualquiera, de la Vía Lactea al Sol, del Pentagrama a Escridiscos, de Donoso al Knight y terminaba sus findes a esondidas en el Globo, a escondidas porque era un sitio medio jipi y nada moderno, pero tenía la ventaja de estar cerquita de su casa.
Cuando la fiebre movimadrileña bajó unos grados, terminó de mala manera sus estudios (o sea, no los terminó) y empezó a trabajar en publicidad, era la época de ¿diseñas o trabajas? y él se puso a diseñar.
Cuando René llevaba un tiempo trabajando en publicidad, empezó a frecuentar los gimnasios, hacerse aficionado a la enología, leer novelas históricas, escuchar música de mierda, comer sano y tocarse los huevos mientras se quejaba de lo liado que estaba con sus muchos temas. El alfeñique, pues, fue dejando sitio a un señor normal, eso sí, aún con cara de besugo y un rictus de profunda estupidez que ya nunca abandonaría su rostro ahora saludable. Esto en cuanto a su aspecto, porque en lo que respecta a su intelecto, vaya, hay cosas que no tienen una solución fácil. Ni la tendrán.

René no era más merluzo que el común de los mortales, pero era merluzo... es merluzo, de hecho. Nada puede sorprenderme de los ataques a la decencia y el buen vivir de René, un hortera más previsible que las estaciones, pero, María, hija... ¿cómo fuiste capaz de liarte con semejante montón de mierda?

María conoció a René en una fiesta en la facultad de Derecho de la Autónoma de Madrid, y ambos, medio pedos de coca, se fueron al baño al ratito de magrearse un poco para ver si consumaban su recién comenzada amistad con un polvete rápido y deprimente en los repugnantes baños de Derecho. Eran repugnantes sin fiesta/botellón,así que podéis imaginar sin mucho esfuerzo cómo eran cuando 100 cabestros bebían y bebían y luego trataban de acertar sus erráticos pises en las tazas. Tenían una especie de película barrosa en toda la superficie del suelo, una humedad sucia y fría, y un aire absolutamente irrespirable. A René no se le levantó, pero su poca vergüenza le hizo gracia a María y así, lo que hubiera sido un polvo asquerosete, se convirtió en una divertida anécdota y el pistoletazo de salida a una relación absurda y desnivelada.

María llamaba Ronnie a René, porque le causaba rubor decir en voz alta semejante nombre para referirse al desdichado René, y decía que, además, se parecía a Ron Wood, el asalariado de los Stones. Aunque lo cierto es que había que tener muy buen corazón para dar por válido ese parecido: efectivamente tenía una prominente napia, con el tabique desviado, aspecto de tonto con suerte y te caía mal de primeras, pero ahí terminaban las semejanzas. Cuando estaban enrollados María y René, yo vivía con Vladimira, que no se llamaba así, pero es que no me acuerdo muy bien de su nombre, aunque la quería mucho, en serio. Era prima o amiga del alma, o hermana, de María,no me acuerdo, pero vamos, que me la presentó María y yo, que me fiaba de María mogollón, me hice noviete de Vladimira y ésta,antes de que me diera cuenta, estaba preparándome el desayuno en casa. Ahora que lo pienso, a lo mejor Vladimira era hermana de René. Nunca se me han dado bien los parentescos y eso.

Un día, Vladimira estaba fumándose un peta de té con costo (yes, she did) y decidió cambiar las cortinas del cuarto de estar. Como no tenía una escalera a mano, se subió a la estantería blanca para la tele de Muebles La Fábrica que había junto a la ventana. Era una estantería horrorosa, pero con ruedas, así que, bueno, os podéis imaginar. Hostiazo. Rotura de Orgullo y menisco a la virulé. Hala, al sofá, o a la silla de ruedas, con la mantita y la botella de agua caliente y a darme el coñazo con los yaquestás (... de pie, traeme una mirinda, hazme una tortilla o córtamelasuñas de los pies) y yo, pues venga, porque me daba mucho el coñazo, pero la quería tanto...
Pues en esas, vino a hacer la visitilla al enfermo María, con otra chica que me caía superbien, pero que no me acuerdo ni de su cara, y que no sé si era hermana de Vladimira, de María o del puto René, pero que tenía unos pechos (dos, para ser exactos) muy bien colocaditos, uno a cada lado, en la parte antero frontal del tórax. No trajeron al bobo de René, pero éste hacía de chófer, y las dejó en mi casa mientras se iba a jugar al pádel. Por el telefonillo me dijo que si iba con él. No le maté de milagro.
Así que suben María y Pechoslindos a mi casa, convertida, por mor de la invasión, en pabellón de reposo de Vladimira y yo les abro la puerta, las llevo en presencia de la doliente Vladimira, les pongo un café, y me disculpo y me voy a mi despacho a reunirme con mis asesores fiscales (1). Para estas reuniones, solía hojear, para documentarme, la vieja colección de Fotogramas de mi hermano mayor, porque habéis de saber que además de versar sobre el séptimo arte, traía siempre, in illo tempore, interesantes reportajes naturistas, o sea, tías en bolas, al estilo de Interviú. De Interviú también guardaba un único y viejo número,  mi ejemplar favorito, uno que me impactó profundamente en mi tierna adolescencia, el que tenía un lindo reportaje titulado "Bárbara Rey. Fruta prohibida".

Así que allí estaban Vladimira, con María y Pechoslindos en la terraza de mi casa fumando las cosas raras que preparaba Vladimira; yo y mis asesores fiscales en mi despacho y René, se supone, en la pista de padel cuando se desató la locura. Yo estaba, digamos, en pleno argumentario, ensoñando y disfrutando la fruta prohibida, cuando Pechoslindos entra en mi despacho corriendo, levantándose la falda y bajando con habilidad increíble sus bragas, porque estaba buscando el baño, según dijo ella misma y me caza con las manos en la cosa. Bueno, no daré muchos detalles, pero cuando entró María en el despacho, buscando a Pechoslindos, yo había cambiado la fruta prohibida, por los lindos pechos de Pechoslindos y ésta, sentada a horcajadas sobre mí, me hacía una demostración práctica de cómo era el baile que estudiaba en ese momento, bamboleeeeo, bamboleeeia y todo lo demás.
María, sin poder aguantar la risa, provocada por el peta, trae en su silla de ruedas a Vladimira  y yo estoy en una situación complicada.
Estoy encajado, por decirlo así en Pechoslindos que ha entrado en trance y sólo dice noooopares, siguesigue y yo tengo ganas de parar y no seguir, porque María y Vladimira no hacen más que regañarme por estar tirándome a Pechoslindos, pero ambas me regañan entre risas incontroladas por algo que se me escapa. En un momento dado, Vladimira dice:
- No has sabido leer nuestra relación
La estupidez hace que las risas de María cambien de bando y ahora no puede dejar de reír de lo boba que es Vladimira. Son demasiadas emociones y a mí se me viene abajo el asunto y ahora la que está enfadada conmigo es Pechoslindos que termina yéndose con Vladimira a maquinar contra mí mientras yo intento aprovechar la coyuntura para liarme con María que, dicho sea de paso, no opone demasiada resitencia.
Al rato, cuando estoy enseñándole a María unas suertes, aparece el hortera de René, a quien fueron a buscar Vladmira y Pechoslindos, sorprendentemente aliadas contra mí, recortando su figura por el quicio de la puerta. Se monta. Drama. Melodrama, incluso. René es bueno y de lágrima fácil para el teatrillo sentimentaloide y alterna gritos y silencios con sorprendente sapiencia y manejo de los tiempos. En un discurso imperdonablemente cursi, pero conmovedor, deja sobre la marcha a María y yo me froto las manos
- ¿Por qué?
- ¿Por qué qué?
- Que porqué te frotas las manos... si crees que como quedo disponible, me voy a ir contigo, estás loco
- Mujer... pero ¿cómo piensas eso de mí...? (es exactamente lo que estaba pensando) ¿Qué clase de tipejo crees que soy...?

 Como casi siempre, María sabía exactamente la clase de tipejo que soy, pero con María lo que ocurre es que aunque lo sabe, me lo perdona, increíblemente. Yo debería aprender de ella y no despreciar sus relaciones con gentucilla como René, pero no hay manera de que aprenda. En cuanto voy a aprenderlo, zas, se me pasa.

Pero lo curioso del caso es que, aunque me avergonzaba que me tuviera tan calado,nunca perdía la esperanza de que un día, pudiese hacerla mía del todo. Nada de acostarme con ella... sino que se enamorase de mí absolutamente. Como yo de ella. Que dejase de pensar que soy el peor error de su vida. Que,al menos, me considerara el error más divertido.

Con eso... y con que me dejes tocarte, me conformo, María.
¿Cuándo acabará este lío?



















(1) Hacerme una paja.

3 comentarios:

Carmina dijo...

Ja,ja, jaaaaa,ja, ja ja ja. Cómo me he reído, Dios mío. Estas historietas tuyas sin pie ni cabeza me encantan. Me gustaría escribirlas yo también, pero soy un señorita fina que no puede poner su firma a determinadas cosas, aunque sí leer las que escriben otros.


Con una precicisión importante: Yo he ido al gimnasio, a clases de salsa y, por supuesto, a flemenco y a pesar de eso sé que me consideras encantadora. Pero sé que dices esas cosas para hacerte el duro (del baile de salón puedes decir lo que te dé la gana).

Besos a esportones

Wolffo dijo...

Hazusté muy bien leyendo y riendo, mas no yendo al gimnasio. Eso es casi imperdonable. Vamos, para que uo perdone eso, mucho tienen que mimarme... Ahí lo dejo.

El flamenco... en fin, no voy a decirte lo que opino yo de ir a una academia a bailar flamenco o sevillanas, porque quiero mantener tu aprecio, pero piensa en ello como en un error de juventud. Y supéralo.
Muchos besos, Kotts y gracias por leer. eres un solete

Carmina dijo...

Está bien..... te mimaré todo lo que demandes, y tú me perdonarás, porque en realidad no eres tan ogro, sólo querías tener una excusa para chantajearme. No te hagas el malote, que en realidad eres de tocino de cielo.