viernes, octubre 25, 2013

El sueño, el bosque y la cima.

En lo que a mí concierne, con respecto a ti, alcancé la cima del monte, que no es una cima, propiamente dicha, pero sí una cima para mí, en el sentido de meta, de hito máximo, una noche, mientras dormías. O casi. Casi dormías, quiero decir.

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Como tantas otras veces, la conversación avanzó, beoda, entre la soltura de los primeros lances, y la inconexa sinrazón brillante que propicia el ritmo de esas reuniones vespertinas: una copa, un pitillo, una anécdota, un algo de picar, una risa, una lágrima nada furtiva, la anécdota de nuevo, otra copa, más pitillos, una llamada, el recuerdo de los agravios del pasado, otra copa, risas forzadas, la misma anécdota, pero ahora con los detalles más confusos, pitillos que hacen rebosar el enorme cenicero, otra ronda de copas, de nuevo los agravios, un pequeño percance entre nosotros, que se salda con abrazos, lágrimas sentidas y promesas de que ya nunca más pelearemos por esas tonterías, más copas, algún bostezo, se acaban los pitillos y se reencienden las pavas...

Morfeo entró en la habitación y repartió sus dosis de hartazgo con equidad salomónica y uno a uno, caímos todos en sus cálidos y confortables brazos. Dormimos, pues.

-.-


Soy, de nuestro pequeño grupo, bien lo sabes, el menos dado a la anestesia voluntaria, de modo que desperté sólo un rato después. Todavía aturdido, examiné con ojo crítico el campo de batalla, de la batalla que en éĺ tuvo lugar. Dormido el total de nuestros efectivos, me levanté y cambié mi lugar en el mundo por un asiento privilegiado junto a ti, una fila cero desde la cual, me bastaba con estirar el brazo, alargar mi mano ávida, para tocar el escenario de los sueños.

Ahí, en plena noche, bañada en la oscuridad, pero a mi alcance, estaba la aventura con la que tanto soñé y que, siendo sinceros, nunca viviría en plenitud. El bosque que conozco es siempre impenetrable, siempre lo será. Cómo explicarte... el bosque es mucho más hermoso de lo que el mismo bosque parece creer. Cree que es viejo, que fue más hermoso en otra época... es igual, yo sé que su hermosura es inagotable y que, como los buenos caldos, aumenta con el paso del tiempo. A mí me parece el paisaje más bello que un hombre pueda soñar.

De modo que emprendí camino, pues no me quedaba otra alternativa. Ante mí, oscuro, como dormido, el paisaje soñado. A mi alcance estaba la parte trasera de la gran llanura, cubierta por un manto ligero, pero firme, de vegetación. Avancé, poco a poco, separando el matorral y me adentré en la foresta virgen, esperando que el monte no advirtiera que un intruso se adentraba en su caverna más íntima.
Me detuve frente a la cima. O más bien tras ella. Ya dije antes que la cima de este monte, no es realmente una cima. Es una caverna, más que otra cosa. ¿O quizá una sima? Yo estaba tras ella o, mejor, frente a lo que podríamos llamar su parte trasera.

-.-
La cima del mundo


Te acaricié. Te acaricié suave y firme, perdiendo el sentido con cada uno de los pliegues de tu piel, apreciando tu calor, emborrachándome de tu olor. Te acaricié durante más de media hora. No paré de acariciarte y no hubiera parado de acariciarte nunca, porque acariciarte es la sensación más hermosa que he sentido en mi vida, si tú, volviendo por un minuto al mundo de los vivos, no te hubieras dado la vuelta y, mirando por encima de tu hombro (tu maravilloso hombro), no hubieras dicho:
- ¿Qué está pasando aquí?
- Nada, nada...
Y la siguiente media hora, confundido entre la vergüenza y la lástima que sentía por mí mismo, la pasé llorando.

Porque esa media hora tan patética, fue la mejor media hora de, al menos, los últimos cuatro años.

¿Sabes de lo que te hablo?





3 comentarios:

M dijo...

Madre mía, qué bien escribes...

Wolffo dijo...

Gracias, M, y tú, ¡Qué bien lo aprecias! ;)

Wolffo dijo...

((oo))