sábado, enero 16, 2010

infierno, auge y caída de dimas mercal, el fonocaptor quisquilloso


Cuando Julius y Roberta Mercal consiguieron, al fin, traer un hijo al mundo, no imaginaban un futuro tan marcado por la peculiaridad de su hijo. El bebé nació normal, acaso un tanto vivaracho –pero eso lo pensaron a posteriori, cuando trataban de buscar razones-, y con los pabellones auditivos pelín exagerados. Esto último no lo pensaron a posteriori, ya que llamaba la atención de todo el que miraba. Nació como los nacen los bebés, en medio de una especie de orgía sanguinolenta y ruidosa y en ese momento, al tener las orejitas pegadas al cráneo, nadie advirtió su anormal tamaño.
Julius era cantarín y no entonaba mal el hombre, y fue que a la mañana siguiente, cuando después de una de las primeras tomas del bebé, quiso él cambiarle los pañales, que al acercarse a la cuna, exclamó, sin poder evitarlo:
- ¡Mierda, qué pedazo de orejas…!
Julius advirtió que al decir esto, el bebé –que hasta entonces aun permanecía con los párpados pegados- casi automáticamente, abrió los ojos y le miró con una mirada aliviada, como si hubiera localizado la fuente de sonido. Eso era raro. Las orejas del bebé, además, le pareció a Julius, pivotaron y se orientaron hacia él. Sí. Sin duda. El bebé era, a todas luces, orejudo y tenían, además, sus pabellones auditivos, una cierta cualidad canina. Y todo, en su conjunto, parecía reclamar a Julius más sonido, más ruido. Como si –en silencio- le dijera “di más, di más” y Julius, presa del pánico, y al no tener nada mejor a mano en su estrecho cerebro, cantó una canción estupenda de Pedro Ruiz, titulada “El juicio final”. Quizá fuera esa la razón de la histórica y perenne animosidad de Dimas hacia su padre. No lo sabemos con certeza, pero ¿quién se lo echaría en cara?
Su madre, maternal, claro, y amorosa, percibió desde el primer momento que un niño con semejantes orejas lo llevaría crudo en el colegio, pues sabía que los niños, individualmente, tienen un pase, pero en tropel son, en esencia, unos cabrones con pintas, crueles y carentes de la menor consideración para con los defectos y las peculiaridades ajenas. A falta de una ocurrencia mejor, Roberta decidió esconder su peculiaridad de su hijo a los demás, de modo que Dimas creció con el clásico peinado Príncipe Valiente, un peinado que ocultaba sus orejotas al mundo. Fue un desastre, claro, porque entonces los niños se metieron con su peinado de niña (de pequeño), de maricón (de adolescente), o de Paquirrín (de joven).

Pero Dimas Mercal no estaba sólo dotado de unas orejas descomunales y orientables, como antenas parabólicas. Es que la naturaleza, sabia aunque a equivocada a veces, le había dotado con semejantes adminículos para algo, y ese algo era oír bien. Para los curiosos queda saber dónde estaba el pobre perro a quien la sabia, pero despistada, madre naturaleza, había otorgado orejas humanas, pues ese animal no lo llevaría nada bien, fijo.
Los insultos y humillaciones de su niñez no cayeron en saco roto. Si bien toda esa etapa infantil y adolescente fue un infierno, de mayor, Dimas aprendió a utilizar su don de manera provechosa, pero mezquina. Hay mil maneras de aprovechar un oído excepcionalmente potente y afinado, y Dimas se vendió no al mejor postor, sino al que menos le exigía: la prensa del corazón. En realidad, su don no era un buen oído, porque no era algo que él controlara: Dimas era un fonocaptor. Sus oídos captaban sonidos. Todos los sonidos. Incluso los que hubiera preferido no captar.
Ganó pasta, pero ese tipo de pasta rápida que, de joven, te parece lo máximo, te compras un buen coche y tal, pero tampoco creáis que solucionó su vida. Su especialidad eran los rumores, porque oía las cosas que decían los famosos, incluso cuando hablaban en privado, sus casas. No podía grabarlo, porque no había grabadoras tan sensibles, así que lo que él le contaba a las revistas era, en realidad, de primera mano, pero imposible de probar. Como el listón ético de estas revistas no está demasiado elevado, admitieron sus historias sin pestañear. Pero como el listón de sus conocimientos legales (sobre todo en lo que respecta a asuntos que pueden ser dañinos para sus arcas) está por las nubes, se las apañaron para que, contractualmente, a cambio de unas zurraspillas económicas, Dimas admitiera toda responsabilidad sobre lo que contara en su columna “La Vanidosa Parabólica”.
Triunfó, claro, porque contaba las cosas que decían los famosos en situaciones tan íntimas como en la cama (publicó una popular serie sobre los orgasmos de las folclóricas); contaba “cómo iban de vientre” (no era un hombre de léxico especialmente elegante) las celebridades, cómo de miserables eran al negociar un contrato… Claro, todo lo que contaba era verdad. Y eso descolocó a los famosos. Se dio una cierta caza de brujas entre ellos, para saber quién era el traidor que le contaba a La Vanidosa sus secretos, pero fue en vano.
Además, la mayoría de los señalados en la columna, aplicaban a su repercusión pública (que es la matriz de sus ingresos) la máxima “que hablen, aunque sea bien” y pronto se hizo imprescindible salir en “La vanidosa” para ser considerado alguien. Tanto fue así que todos intentaron comprar a Dimas. Pero Dimas era tan tonto, y tan quisquilloso, que no se vendió. Se vio de pronto, en la cima, con todos los famosos del país contándole mentiras para intentar salir en su columna. Pero él era así: no era amor a la verdad per se, sino que, dado que él no podía evitar oír lo que oía, simplemente se convencía de que publicando la verdad, estaba haciendo algo bueno. Limpiaba su dudosa conciencia.
Pero esto no duró mucho. En cuanto los secretos develados empezaron a ser desagradables y, sobre todo, cuando el famoseo cayó en la cuenta de que “La Vanidosa Parabólica” era incontrolable, empezó el fin.
La revista donde publicaba se puso de perfil ante la cantidad ingente de denuncias que recibía y Dimas, sólo ante el mundo, tuvo que desistir. Perdió en seguida el poco dinero que había ganado porque su único argumento ante los jueces “es verdad, yo lo oí”, e incluso “no estaba en la casa, pero lo oí” no eran ciertamente convincentes.
Dimas se volvió loco. Oía y oía aun sin escuchar, y tan perturbado se sentía que se arrancó las dos orejas, aunque no el rabo, ni dio la vuelta al ruedo. Pero esta drástica solución resultó más estúpida que práctica, ya que ahora no podía orientar sus pabellones y el ruido, simplemente, entraba a borbotones en su alocada cabeza. Sus inexistentes orejas eran ahora un sumidero funcionando a pleno rendimiento, donde entraba todo sin discriminación.
Imaginaos la pesadilla. Oír todas las tonterías que se dicen en el mundo sin poder remediarlo, sin poder evitarlo. Fue al campo, al mar, en el aire o bajo el agua, pero seguía oyendo. Supo que en el espacio reinaba el vacío. Soñó con ese silencio. Subió a la montaña de los locos y se asomó al precipicio. Allí no oía bobadas, pero oía a los ratones, a los pájaros y hasta a las hormigas.
El último sonido que registró su mente fue el del aire acelerando en sus oídos mientras caía en caída libre, trescientos metros. Pensó en cómo sonaría su cráneo al estrellarse con las rocas…

(silencio)

19 comentarios:

Kotinussa dijo...

George, ¿dos post en dos días seguidos? Y al otro no lo has dejado ni reposar, que por un pelo se queda sin comentarios.

¿Tienes el virus de la diarrea publicatoria? ¿Hay tratamiento para eso?

Ahora tengo que irme a la calle sin más remedio, pero luego vuelvo, leo, oigo la canción y vuelvo a comentar. Sólo el título ya tiene una pinta estupenda.

Besos.

Kotinussa dijo...

Ya estoy aquí. Me parece increíble que en siete horas no haya venido nadie más a comentar. Se nota que los fines de semana la gente no lee blogs (excepto yo, que hasta publico y todo).

Primero, la canción. Me ha sorprendido gratamente tu elección. No te relacionaba yo con cantautores folk de ahora mismo, no sé por qué. ¿O es que eres un fan de "Perdidos"? Sea como sea, me gusta mucho, tanto la canción en sí como tu forma de cantarla.

Y el relato me encanta. Pasando por alto de dato algo intranquilizador de que en sólo siete días has escrito dos relatos que terminan con sus protagonistas tirándose al vacío (y quizás algún psicólogo tenga algo que decir de eso), me encantan esos personajes nacidos con un destino fatal, como Dimas. Y que de pronto te saques de la manga palabras como "fonocaptor", o conceptos como esas orejas que se orientan hacia los sonidos como los girasoles hacia el sol, me dejan boquiabierta.

En fin, todo el post de sobresaliente, George.

Los besos te los dejo bien sonoros, que tú no tienes el problema de Dimas.

Wolffo dijo...

Ya ves, Kotts, postorrea, me han dicho que se llama; se cura desenchufando el router, creo.
No sé si eres la única lectora de posts de fin de semana, pero, desde luego, eres la única de las Peroratas. Y por eso te bendigo. Gracias, muchas gracias de corazón.
Gracias, por leerme y escucharme. Sí, soy fan de perdidos, oí por vez primera vez a Joe Purdy viendo la serie, en una secuencia fastuosamente bella. Y me encanta su forma de "decir". Esta canción me atrapó al instante, claro. Gracias por lo que dices de mi versión.
Gracias también por leerme con tanta atención. Lo que dices es verdad: en muy poco tiempo dos suicidios por precipitación al vacío. Debería hacérmelo mirar.
Gracias por ser tan cariñosa, Kotts, de verdad.
Y no, no tengo los problemas de Dimas, gracias a dios, oigo y recojo tus besos, por lo tanto y te los devuelvo multiplicados por diez.

Gracias, de verdad.

Princesa del Guisante dijo...

Verdaderamente, para notar un padre que el hijo tiene las orejas desproporcionadas, tienen que ser monstruosas, porque en general nadie se da cuenta de cómo son sus hijos. Imagino que son mecanismos de la naturaleza y esas cosas.

Me gusta mucho el cuento, me encantan los cuentos de cualidades que se podrían desear pero que se vuelven en contra de quien las posee, porque nunca pensamos en las desventajas por mucho refrán que las avise (quien escucha lo que no debe, oye lo que no quiere) ni recordamos que por algo la omnisciencia es una cualidad divina, no humana. Si hasta yo, que no tengo un oído especialmente fino, me quejo muchas veces de llevar las orerjas puestas...

Lo que no me gusta tanto es el enlace, claro que tenía que haberlo supuesto, nunca me ha gustado esa especie de chansonnier. No sé si es esto peor que la canción que conozco de esa cantautora llamada Conchita que te "presenté" una vez, las dos cosas son crueles.

Está bien que al menos Dimas tuviese un pelo de calidad, porque si lo llega a tener finito, las orejas hubieran ido asomando por entre las guedejas del peinado de principito y los niños hubieran tenido más motivos todavía para ensañarse. Aunque visto el infierno de vida que tuvo, tampoco hubiera sido lo peor. Imagino que el superpoder de Dimas era inmune a los tapones de cera...
Besos, en silencio.

Wolffo dijo...

Mi Guisantilla...
gracias, nena, muchas gracias por tan genial comentario.
Es verdad lo que dices de los padres: somos ciegos para los defectos de los hijos, así como para el mal olor de nuestros peos. Venimos de serie con ese fallo.
Es verdad que es un cuento de ese tipo, fíjate, lo he escrito inconsciente de ello, es un cuento clásico en ese sentido, gracias por hacérmelo notar. En cuanto al enlace... jajajajajajaja "Chansonnier...?" jajajajajaaaa, eres la bomba. Es una venganza, efectivamente, estamos empatados. ME ha costado mucho encontrar un tema a la altuira del de la Conchis esa. Pero si quieres, por torturar a alguien más, te brindo otra perla del chansonnier (jajajajajaaaa):
http://www.youtube.com/watch?v=3omhmbFoTVE
en este tema, un PR súbitamente tornado en hombre sensible y sensato, pero sin abandonar del todo la denuncia social, habla de "nuestros mayores" por usar un eufemismo que sé que encantará a Fants. Vale la pena. Los descubrí el otro día cuando buscaba uina ilustración audiovisual para comentar en una bitácora amiga y me parecieron sensacionales.
Yo creo que sí, que el pelo de Dimas era weno. Pero ya sabes, bueno de ese que no evita el que todos pensemos que, además, deja entrever el de la dehesa.
Un beso estruendoso.

Princesa del Guisante dijo...

Ese paseillo americana al hombro, esa mano en la cadera (pega más cantar soy una tetera), esas rimas en "or" (sólo falta horror, que es la más apropiada), la cazadorcita de obrerete en el paseo sereno por la playa, las tiernas imágenes de los viejecitos y la reivindicación de oficios antiguos (encalando, haciendo redes), esa manera de ayudar al señor de la gorra y el bastón seguida por la imagen del pájaro volando, el mensaje entero de la canción (ni en el festival de la Inmaculada lográbamos textos tan concienciados), tan bien ilustrado... Igual no me emocionaba tanto desde Juan Salvador Gaviota :P

Me gusta muchísimo más Nada, que conste.

Besos, a pesar del enlace ;))

Wolffo dijo...

Si yo tuviera dinero, pero dinero de verdad, Guiss, haría un programa de TV en horario de máxima audiencia en el que tú serías la presentadora. Simplemente tendrías que decir cosas sobre videos como este.
Creo que volvería a ver la tele.

Gracias. Y besos, a pesar de los pesares.

Beatriz dijo...

Genial relato, wolffo. Y con un mensaje de lo más auténtico. Y de fondo, la espantosa actualidad española y sus programas del corazón que lo ocupan todo, tristemente.
Y me encanta lo de "peinado Príncipe Valiente". Buenísimo.
En cuanto al tema musical, yo no lo conocía porque no he visto nunca "Perdidos", pero me gusta la canción, al menos tu versión, que la original no la conozco.
Gracias por este post.
Y muchos besos.

Wolffo dijo...

Gracias, Beatriz, me encanta que te guste, porque está pasando muy desapercibido.
Una cosa, Beatriz: aunque seas de gran pantalla, deberías ver Perdidos: es puro entretenimiento y está bien hecha. Da gusto verla.
Gracias a ti por venir decir cosas así.
Muchos besos.

Mal dijo...

Que no, que no está pasando desapercibido, que he sido yo la prescriptora de la cleminova.
En mi caso la excusa es que no se me ocurre nada, aparte del "me ha gustado mucho, es buenísimo"
Y la canción ya la tenía en el mp3 y es de las que más me gustan.
A mí me acaban de pasar las 5 temporadas de "perdidos", y en el capítulo que ví el otro día escuché por primera vez la original (o sea, la versión de la tuya).
Y para empezar poco a poco a recupera mi prestigio: de esta chansonnier no me acordaba en absoluto.
Besos grandes

Beatriz dijo...

Yo soy principalmente de la gran pantalla, pero también soy de la pequeña, porque hay joyitas muy majas en series de televisión. De hecho, tengo muchas series compradas, españolas y extranjeras, porque las quiero tener para verlas más veces.
De "Perdidos" he oído hablar muy bien, y mira tú que se lo puedo pedir a Mal, que ya sé que lo tiene.
Mi problema en esta vida es la falta de tiempo. Me faltan horas, y muchas, para hacer todo lo que quiero hacer.
Pero acepto tu recomendación y tomo nota.
Besos.

Wolffo dijo...

Jo, Mal, que guay que estés ahí, al quite. Pero estaba tan seguro de que esto no le está gustando a nadie que acabo de escribir otra parida que voy a colgar en cuestión de minutos. Con canción nueva. No mía, versión, o sea.

¿Te gusta Perdidos?

Besos mayores.

Wolffo dijo...

Bueno, tampoco es para morirse, Beatriz, no es Doctor en Alaska ni (aquí soy yo el que pierde su prestigio) alguna de las series con Ana Diosdado, mi sex simbol, personal... pero sí que, si puedes, pídesela a Mal y le echas un vistazo.
Un beso.

Beatriz dijo...

Doctor en Alaska sí la he visto bastante, y está bien, pero no me engancha como para verla entera.
Y Ana Diosdado no te hace perder prestigio. A mi me encanta como actriz y sobre todo como escritora. Y me sigue gustando "Anillos de oro" que, por cierto, ya tengo en DVD.
Además, Diosdado es tía de un amigo de mi chico, que es músico y está en un grupo (yo le he visto en directo) y es también actor y supermajo. A ver si me presenta un día a su tía, que no me importaría nada...
Y te lo cuento aquí, claro.
Besos.

Wolffo dijo...

Beatriz, no digas nada de Dr. en Alaska, que es una especie de fetiche. Acabo de ver un capítulo de la 5ª temporada: el asunto es el instinto maternal, la maternidad desde el punto de vista natural, y el final es genial: lobas y lobeznos mamando, correteando, siendo, mientras suena Hymn to her, una obra maestra de Pretenders.
Ana Diosdado es casi tan grande como DeA, pero es que a mi, además, me encanta como mujer. A mí me gustaría que ese día que te la van a presentar a ti, casualmente, apareciera yo porque me hubieses avisado. Estaría genial.
Y nos lo contamos aquí, claro.
Un beso gordo.

Beatriz dijo...

Vale, pues yo no digo nada de Dr. en Alaska (si no es en superlativo), mientras la sigues viendo tú, y tú no dices que pierdes prestigio porque te gustan algunas series con Ana Diosdado o ella misma (a mí me parece una señora encantadora).
Ten en cuenta que a algunas les gusta-ba Pedro Ruiz físicamente...
Y si van a presentarme a Ana, y me da tiempo, te aviso.
Un beso.

Wolffo dijo...

¡Jajajajajajaaaa! es verdad, había olvidado lo de Pedrete...
Que no se te olvide lo de ana Diosdado, ¿eh?

Un beso y gracias.

linmer dijo...

Había olvidado tus historias sin sexo de por medio. Se te dan tan bien como las otras, sólo es por variar, supongo.

Pero no te voy a perdonar jamás tu vileza al enseñarme ese monstruo del "juicio final". Yo tenía una bella infancia por mantener, snif snif...

Un abrazo

Wolffo dijo...

Gran tema, El juicio final, qué gran artista era Pedrito Ruiz.
Si lo has visto, deberías ver los otros, sobre los viejos y otro sobre yo qué sé. Memorables. Legendarios.